5.1.12

Hermano (de José Luis Serrano)

No es el amor quien muere,
somos nosotros mismos.
Luis Cernuda

Con estos versos de Cernuda arranca uno de los capítulos de Hermano, la primera -y notable- novela de José Luis Serrano, conocido en los medios culturales 2.0 como elputojacktwist. Y son, precisamente, estos versos -no en vano escogidos por su autor- los que mejor resumen la esencia de esta novela breve -o relato largo: escojan ustedes- que tan bien se ajusta a los rasgos de la Novelle alemana y francesa. Novelle en la que, como exige el género, no pasa apenas nada -en realidad, vivir es algo muy parecido...- y, sin embargo, las emociones se suceden en ella formando un tejido tan espeso que resulta imposible no identificarse con el protagonista-narrador de este libro que parece escribirse a sí mismo y que, en un acto impúdicamente cervantino, nos cuenta su propio proceso creador.

Tras unas primeras páginas algo farragosas -donde el juego de referencias y narradores puede distraer del verdadero corazón de la obra-, llegamos al comienzo del viaje que nos propone su protagonista. Y enseguida nos damos cuenta de que -afortunadamente- no estamos ante un libro de viajes convencional, ni ante una novela sentimental, ni ante una obra de memorias. Estamos ante un yo que se decide a desnudar sus emociones en un exorcismo que cualquier lector con un mínimo de experiencia emocional podrá identificar. El exorcismo que exige toda despedida, toda ruptura, todo después. La muerte del amor de la que hablaba Cernuda y que nos obliga a construirnos de nuevo cuando sabemos que el yo que antes éramos ha quedado olvidado con la persona a la que hemos amado. A la que ya no podemos seguir amando.

El viaje en Hermano no es, por tanto, un elemento documental. Ni decorativo. Ni siquiera aporta grandes giros de trama: no se trata de eso. Se trata de caminar junto al protagonista, de enamorarnos -como él- de ese chico birmano al que construye desde el recuerdo y desde la nostalgia. De adentrarnos en los recuerdos de un viaje que, a modo de magdalena proustiana -otra de las referencias que se hacen explícitas de la obra-, desatan tanto los flash-backs del narrador como las sensaciones del lector de esta novela.

Tras las páginas de Hermano se percibe a un escritor que es, además, un gran lector. Y esa voracidad le hace, en ocasiones, sumar demasiadas notas a pie de página que quizá no siempre necesita para construir el mundo en el que consigue que entremos casi desde el principio. Y lo consigue porque la calidad de su prosa ya comunica, por sí sola y con la suficiente intensidad, la lucha interna del personaje, la agonía de quien se niega a empezar a ser y tiene, para ello, que asumir y revivir lo que se ha sido. Un viaje -interior- que acompaña al trayecto -exterior- que sostiene el argumento de un texto mucho más reflexivo que narrativo.

En el conjunto, solo me disuenan los monólogos de un personaje secundario -amigo del narrador- que, si bien contribuyen a cambiar el ritmo y el tono de la novela, no llegan a aportarme demasiado y, sobre todo, me interrumpen en medio de la contemplación voyeurística -y a menudo, muy empática- de los sentimientos del protagonista. En estos capítulos -escasos, por otra parte- se construye una voz fresca, divertida y con un sentido del humor muy próximo al mundo del primer Almodóvar o a las novelas de Mendicutti, pero no es una ruptura necesaria en una novela donde la densidad lírica no solo no cansa sino que emociona.

En cualquier caso, Hermano es una novela muy recomendable para quienes preferimos la literatura como un interrogante, como un encuentro con uno mismo, como un viaje hacia recuerdos que, como el protagonista, a menudo no sabemos dónde colocar. En caso de que prefieran vampiros adolescentes o psicópatas suecos, déjenlo. En Hermano hay mucho más del aliento de Muerte en Venecia que de Millenium.

4.12.11

Un método peligroso


El diálogo entre el teatro y el cine es siempre tan complejo -a veces, incluso más- que el que mantienen el cine y la novela. La tentación de emplear el texto dramático como base -casi única- para la posterior película puede acartonar el resultado final, incluso en experiencias tan aplaudidas como ese último Polanski, Un dios salvaje, que -pese a la brillante interpretación de Kate Winslet- deja demasiado a la vista el frívolo artificio disfrazado de disquisición intelectual que sostiene el texto de Yasmina Reza, mucho más eficaz en las tablas que en la gran pantalla.

No es este, sin embargo, el caso de una de las -realmente- grandes películas de este invierno: Un método peligroso, del siempre interesante David Cronenberg. En ella, el punto de partida es todo un ejercicio de evolución semiótica, pues toma como punto de partida una anécdota histórica -con base epistolar- que, después, se convirtió en novela, y más tarde en obra de teatro, y -por último- en un espléndido film que, por su entidad intelectual -que no pedante- y por la calidad de sus interpretaciones y puesta en escena debería ser contenido obligatorio en nuestros centros escolares. Pocas películas recogen tan bien como esta -y sintetizan con tanto acierto- algunos de los hallazgos de Jung y Freud, dos autores que nuestros bachilleres estudian en sus asiganturas de Literatura, Filosofía y Psicología y que, sin duda, podrán conocer desde una nueva perspectiva gracias a esta visión fabulada de su trabajo.

Una ficción que, sin embargo, se apoya sólida en citas y extractos de cartas de los personajes históricos y que, además, reivindica el papel de un tercer vértice del triángulo, Sabina Spielrein, olvidada por esa -tristemente- habitual visión misógina de la historia científica y cultural. Aquí, sin embargo, el punto de vista de Cristopher Hampton -que nos regala otro guión en estado de gracia- la convierte en, quizá, el personaje más interesante de la función, todo un regalo para Keira Knightley, que sigue demostrando que es una actriz tan valiente a la hora de asumir nuevos riesgos como capaz en el momento de afrontarlos. Bravo por su interpretación, al igual que las del resto del reparto, con un magnífico Michael Fassbender, un sorprendente Viggo Mortensen y un turbio e hipnótico Vincent Cassel, cuyo (breve) papel le va como anillo al dedo y, quizá por eso mismo, sabe aprovecharlo con tanta astucia.

Cronenberg emplea, en este caso, un envoltorio de época -estupenda la ambientación- para, debajo de ese supuesto esteticismo de su película, ahondar en las miserias de nuestra condición humana, volviendo a muchos de los temas que se repiten de manera obsesiva en toda su obra: la violencia, el masoquismo, la sexualidad, la negación del yo, la autodestrucción... En el fondo, da la impresión de que se hubiera traído al diván a algunos de sus personajes de Crash, uno de esos títulos -por cierto- que, conforme pasa el tiempo, más inquietantes me resultan.

La película, en su conjunto, apuesta por una narración casi sinóptica, llena de elipsis, sin grandes subrayados -pero valiente en su narración, oral y visual, de los elementos sexuales que la componen- y llena de líneas de texto que son auténticos aciertos. Resulta difícil no llevarse alguna de esas frases en la cabeza y, sobre todo, no verse reflejado en el turbio espejo -vestuario impecable, escenografía impecable, sordidez anímica in crescendo- que nos ofrecen sus personajes. Un film más que recomendable y que es todo un antídoto -necesario- en estos tiempos de narrativa pueril, semiadolescente y tan explícita como vana.

25.9.11

No habrá paz para los malvados


Hace tiempo que Urbizu se erigió como uno de los grandes autores del cine negro español (títulos como La caja 507 o su arriesgada y primeriza Todo por la pasta así lo demuestran). Un género que, tanto en lo novelístico como en lo cinematógrafico, ha dado grandes obras a nuestra narrativa (los éxitos literarios de autores como el gran Lorenzo Silva o de escritores más jóvenes como el sorprendente Domingo Villar son solo algunos ejemplos de ello). Títulos en los que las normas del género negro se alejan de la estilización -a veces, sórdidamente esteticista- que sí se observa en muchos ejemplos de la tradición anglosajona y que en nuestras letras se funden, sin embargo, con el realismo -incluso costumbrismo- que ha caracterizado nuestra literatura desde sus inicios.

Por eso, en No habrá paz para los malvados, la ciudad de Madrid es otro personaje más. Un inmenso antagonista donde todo resulta creíble y verosímil, donde los bares, los túneles, las comisarías, las casas y los descampados tienen textura, relieve, matices. Donde resulta difícil no sentirse parte de esa marea humana que pasa ante los ojos del antihéroe sobre el que recae todo el peso del film, un José Coronado espléndido en su papel -ese Santos Trinidad, de nombre tan simbólico como la cita de Isaías que da título a la película.

La cinta, sostenida en dos ejes: la investigación (pulcra y laboriosa) de la jueza (una estupenda Helena Miquel) y las pesquisas (sórdidas y violentas) de Santos Trinidad (Coronado), construye un guión sin trampas, sin golpes de efecto innecesarios, con contadas -pero contundentes- escenas de violencia, sin ornamentos ni metafísicas new age de esas que tanto valoran según qué festivales de cine. Aquí no hay nada accesorio, porque el cine negro es siempre un -seco- descenso a los infiernos, a ese Madrid que Trinidad recorre en una carrera contrarreloj consigo mismo.

Urbizu compone una película que nos exige una participación activa en su lectura, un film en el que los espectadores seremos los únicos en tener todas las piezas para componer nuestro propio puzle -las piezas que nos entrega, en asépticas bolsas de plástico, la jueza; las que nos presenta, cubiertas de sangre, el policía- y donde el -certero- desenlace nos devuelve, de lleno, al centro mismo del huracán. Al origen del miedo. A la paraonia que define nuestra sociedad desde que los escombros de las torres del 11-S se convirtieron en nacimiento fúnebre de este nuevo siglo. De este, solo aparentemente, nuevo milenio.

La reflexión, eso sí, subyace debajo de la trama. No hay digresiones moralistas. No hay espacio para el panfleto ni para las elucubraciones autoriales de salón. Porque Urbizu no necesita recurrir a eso para construir una narración eficaz y rotunda. Una narración donde los secundarios juegan bien sus cartas -aunque se eche de menos un mayor desarrollo de personajes como el de Rodolfo Sancho o Pedro Mari Sánchez- y en la que su protagonista descubre lo que muchos ya intuimos con aquel otro policía que interpretara en la -injustamente- olvidada La distancia: que bajo capas de años de televisión y papeles poco acertados, se esconde un buen actor. De momento, le han negado -injustamente- la Concha de Plata en San Sebastián. Confiemos en que otros galardones sí se acuerden de él: se lo merece.

28.8.11

La piel que habito


La piel que habito es puro Almodóvar. Resulta curioso que el director se reencuentre con su esencia -pasada por el tamiz de los años y de la experiencia- a través de un material narrativo ajeno, una novela breve y perturbadora -Tarántula, de T. Jonquet- que sirve como punto de partida para una cinta que no encaja -conscientemente- en ningún género. Una película de trazado y puesta en escena casi minimalista que, sin embargo, está llena de capas y, por supuesto, pieles.

Ante todo, un consejo esencial: huyan de cualquier análisis o crítica que les destripe su argumento (aquí, se lo prometo, no lo haremos). Eviten, si pueden, los spoilers. Y déjense llevar por un guión tan arriesgado como bien orquestado. Una historia llena de saltos al vacío que, seguramente, solo se pueden salvar si se tiene el talento de Almodóvar, la luz de Alcaine, la música (magnífica, una vez más) de Alberto Iglesias y un reparto que sabe entregarse con generosidad a todos sus (complicados) personajes. Elena Anaya devora la pantalla a cada instante, Banderas se mantiene gélido, contenido y escalofriante (con un punto de esa locura suya en Átame o La ley del deseo), Paredes está espléndida (como de costumbre, con esa capacidad melodramática y excesiva tan suya que intensifica cuanto dice y siente) y, junto a ellos, dos interpretaciones jóvenes -las de Blanca Suárez y Jan Cornet- que, enfrentados a personajes límite- salen más que airosos del reto. Solo desentona -al menos, en mi caso- el Tigre (¿guiño lejano a aquel otro de Entre tinieblas?) de Roberto Álamo, quizá porque la suya es la secuencia más desmadrada -¿prescindible?- del conjunto o porque no acabo de entender la necesidad de forzar a un actor como Álamo a fingir un más que poco creíble acento brasileño.

En cualquier caso, con una materia prima más que aprovechable, Almodóvar construye un film tan extraño y anómalo -en una capa superficial- como lleno de sí mismo -debajo de la máscara de ciencia ficción y de terror que envuelve el film-, de guiños a cintas previas que -de repente- se tornan originales y autónomos. Una historia que tiene algo de la piel de Átame -y, cómo no, de su ya homenajeada El coleccionista-, de la negrura de Carne Trémula, de la fusión imposible entre el terror y el romanticismo de Hable con ella, de la locura de (la infravaloradísima aunque fallida) Kika, o del estudio de la obsesión de (mi venerada) La ley del deseo. Resulta imposible no encontrar el alma -los temas y fantasmas- del cine almodovariano en cada plano, por mucho que el tiempo haya pasado para convertir su cine impetuoso y kitsch de los ochenta en un festival esteticista y, solo en apariencia, frío y distante.

Pero esa frialdad -la de la luz, la de las pantallas voyeurs que permiten avanzar la acción, la del espacio (casi) único donde transcurre la trama (El Cigarral es, desde ya, una de las casas con nombre propio de la historia del cine), la de la estática (así lo quiso el director) e inexpresiva interpretacion de Banderas...-, todo eso no es más que el envoltorio necesario para ofrecernos -de modo que no resulte indigesto- esta fábula -atormentada- sobre el deseo y sus límites, sobre la obsesión y la memoria, sobre los frágiles límites de ciertas fronteras morales...

Y es que, en este caso, los saltos temporales del guión de Almodóvar no solo sirven para generar desconcierto y suspense (esa primera mitad de la película donde solo tenemos preguntas sobre lo que vemos), sino -sobre todo- para otorgarnos una perspectiva ética quebradiza, que se rompe y se pliega según avanza el film. De fondo, un macguffin ético (todo un clásico de la ciencia ficción) y un más que eficaz anclaje estético (con Louise Bourgoise como leit-motiv y Gaultier como ejecutor). Por debajo, en la segunda -y auténtica- piel de la historia, circulan la muerte, el olvido, el perdón o la locura. Una locura que tiene en la mirada de Jan Cornet (gran trabajo el suyo) uno de sus puntos más álgidos.

Si buscan una película racional y realista, o si quieren reencontrarse con el Almodóvar alborotado y desmadrado que, a su modo, regresó con Volver, saldrán decepcionados. Pero si son capaces de sentarse en la butaca ante La piel que habito con la misma ingenuidad que Pedro dice haber exigido a Banderas antes de trabajar de nuevo con él, entonces seguro que disfrutarán de la negrura perturbadora de la película. Una historia donde los únicos monstruos son nuestras propias pasiones. Nuestras zonas en sombra. Por eso, supongo, es un film de terror. Porque nada da más miedo como asomarse a abismos de los que preferiríamos no ser nunca conscientes.

15.8.11

Homofobia en sotana

En los dos últimos textos que he publicado -La edad de la ira y Tour de force- se aborda, desde diferentes perspectivas, el tema de la homofobia. Hay quien, en los meses de promoción de la novela, me preguntaba si ese tema seguía estando vigente aún en nuestro país, un país moderno y tolerante con una ley que nos permite casarnos a quienes formamos parte del colectivo LGTB. Y ante esa pregunta, siempre acababa reproduciendo lo que dicen algunos de los personajes -Dani, Álvaro- de mi novela: hay que diferenciar la existencia de la ley de matrimonio homosexual -progresista y valiente- de la mentalidad de un país al que todavía le sigue lastrando el fuerte peso de la rancia moral católica. Basta fijarse en los programas de más audiencia para descubrir que se mantienen vigentes algunos usos casi vetustenses, tales como denunciar infidelidades, forzar salidas del armario y, en definitiva, condenar la vida privada ajena desde una moral tan pacata, beata y retrógrada que desautoriza a cuantos participan en ellos (lástima que, por cierto, haya tantos miembros del colectivo gay en esos espacios haciendo un flaco favor a la causa de la igualdad real).

Esta semana de la JMJ -dejando a un lado el enorme gasto de dinero público que supone el evento, o la cesión de 800 centros públicos, o el uso cortijero de fachadas de edificios públicos -como la Consejería de Educación- para colgar pancartas proselitistas y confesionales, o los cortes de tráfico que nos harán vivir sitiados -literalmente- durante siete días-, tenemos -además- que soportar las declaraciones insultantes y homófobas de la Conferencia Episcopal, tímido adelanto de lo que se supone que el Papa dirá en sus futuros discursos. Tiene gracia que haya que recibir con tantos loores (¿por qué se le trata como si fuera una visita estatal si insisten en que es solo pastoral?) a quien viene dispuesto a atacarnos y agredirnos, por considerar que los avances (aún timidos) hacia un laicismo real son un ataque contra el oscurantismo que él representa.

Por supuesto, hacer cualquier crítica a la iglesia se considera, automáticamente, beligerancia y curas y obispos se amparan en la libertad de expresión para hacer declaraciones como las del portavoz de la Conferencia Episcopal Española (CEE), que califica el matrimonio homosexual de "virus", asegura que "no se puede tratar de forma igual lo desigual" e insiste en que el matrimonio homosexual "es contrario a la razón" (es curioso que se amparen en la razón quienes defienden dogmas de fe totalmente opuestos a todo criterio científico: ¿alguien me explica lo del Espíritu Santo, por cierto?).

Según la iglesia, estas declaraciones no son ni homófobas ni insultantes, tan solo expresan su punto de vista
, una opinión contraria a la ley vigente y que, por cierto, mueve al odio a sus simpatizantes. Es irónico que, debajo de ese supuesto mensaje evangélico de amor al prójimo (¿cómo era aquello de la mejilla?), escondan tanta bilis con la intención de mover a sus masas hacia la homofobia y la discriminación (¿de veras que esto tiene algo que ver con la figura de Jesús y lo que representó en su momento?).

A cambio, eso sí, los ateos no podemos expresarnos, pues automáticamente estamos siendo irreverentes e irrespetuosos, de modo que hemos de permanecer impasibles ante sus agresiones y, además, poner buena cara ante los eventos papales como si este país no fuera un Estado laico y aconfesional, como si no hubiéramos luchado por liberarnos del yugo de la retrógrada moral eclesiástica: esa que prohíbe el preservativo, esa que ampara y oculta casos gravísimos de pederastia en sus asotanadas filas, esa que sigue culpabilizando a las mujeres que deciden abortar, esa para la que los gays estamos enfermos, esa que sigue haciendo presión en las aulas a través de la materia de religión, esa que intenta controlar la enseñanza a través de la concertada, esa que se mantiene férrea en sus principios inquisitoriales y que ha perdido el rumbo en su cruzada antitodo y antitodos. Una cruzada que justifica que nos insulten y que, sin embargo, a nosotros nos impide que un artista pueda exhibir una fotografía como la que censuraron en el Festival de Mérida hace solo unas semanas. Porque decir que un gay es un enfermo es, según la iglesia, solo un ejemplo de libre expresión, pero emplear iconos e imágenes cristianas en una obra literaria o artística es un ataque furibundo contra ellos.

Afortunadamente, ya no pueden quemarnos, pero hay que admitir que la ira de las declaraciones episcopales parece esconder un nada velado deseo de recuperar las hogueras o, por qué no, los campos de concentración para reunir allí a los que él llama "desiguales" y darnos un trato, en sus mismas y fascistas palabras, "desigual", pues lo contario -la igualdad, la tolerancia, el respeto- podría poner en peligro a todos los mercaderes que Jesús en su momento echó del templo y que el Vaticano, raudo y codicioso, corrió a meter de nuevo en él.

Entretanto, los ciudadanos seguimos esperando que alguien se decida a intervenir de una vez y a tomar medidas que separen -por fin- iglesia y Estado. Alguien que deje de tener miedo de la moral de alpargata y rosario que nos rodea y que nos encamine hacia un laicismo real y auténtico, un laicismo donde cada cual pueda tener la fe que desee (no es este un post contra los cristianos -mi propia familia lo es: yo soy, en eso y en casi todo, la oveja negra, por supuesto), un laicismo donde no se imponga ningún símbolo -de la naturaleza que sea- y donde no haya injerencias de quienes atentan contra la Constitución desde sus púlpitos, disfrazando de moralidad un mensaje cargado de odio y de incomprensión.

Un mensaje que, lamentablemente, cala mucho más de lo que queremos creer -basta leer algunos de los tweets que he recibido esta mañana al respecto- y que da alas a esa homofobia latente que -perdonen la automención- critico en La edad de la ira, en Tour de force, en casi todo lo que escribo y que, en cuanto encuentra un hueco, sale a la luz. Esa homofobia tan peligrosa de quienes dicen no tener nada en contra de los gays pero ponen mala cara cuando se aborda el tema de la adopción. Esa homofobia de quienes afirman que lo respetan todo pero te miran con desconfianza cuando saben que tú, un profesor homosexual, eres el tutor de su hijo. Esa homofobia de los que dicen que no están en contra de que nos casemos, sino de que lo llamemos matrimonio, como si pudiésemos contaminar el sustantivo con tan solo tocarlo. Esa homofobia que nos quieren hacer creer que no existe y que no es peligrosa, pero que la iglesia promueve y ante la que debemos estar alerta para seguir avanzando y no dar ni un solo paso atrás.

Por eso, sin duda, estaré en la marcha laica del miércoles 17 en Madrid. Porque estoy cansado y harto de que me insulten impunemente. De que juzguen mi forma de vida. De que quieran devolvernos a la Edad Media o convertir este país en un plató gigante de Sálvame. Porque quiero un Estado laico, una escuela laica, una realidad plural y tolerante, donde cada cual se exprese como quiera sin agredir al otro disfrazando sus patadas y puñetazos bajo una sotana o detrás de un misal. Por eso iré a esa marcha. Porque el laicismo y la libertad solo pueden -y deben- conocer un camino: hacia delante.

14.8.11

El caso Farewell

Hay películas que van a contracorriente. Historias que parecen pertenecientes a otro momento en el que el cine prefería un buen guión y unos personajes creíbles a una planificación espídica llena de acciones que, de puro frenéticas, resultan inverosímiles. Una de esas (agradables) rarezas es la recién estrenada El caso Farewell, film de espías donde se consiguen tres objetivos especialmente difíciles: emocionar y mantener la tensión hasta el final, retratar con interés y de manera sucinta una época especialmente compleja y, por último, emocionarnos con la historia íntima de los personajes que protagonizan la trama. Intrahistoria, en realidad, que nos permite colarnos -como voyeurs o como espías, elijan ustedes mismos- en las vidas de los dos protagonistas: Pierre (Guillaume Canet) y Serguei Grigoriev (Emir Kusturika), ambos espléndidos en sus papeles.

Y es que El caso Farewell no es solo una de espías, sino -sobre todo- un retrato intrahistórico -en el sentido más unamuniano del término- de toda una época, de un momento de cambio esencial para entender qué paso durante la década de los 80 y cómo empezó a transformarse el mundo durante aquellos años. Comparte con otras películas recientes -como La vida de los otros o Goodbye Lenin- su capacidad para resumir muchos datos de forma casi pedagógica -pero sin resultar nunca confusa ni maniquea- y, sobre todo, coincide con ellas en su capacidad para hacernos empatizar con sus personajes, algo clave en esta cinta donde lo contrario habría dado lugar a un film mucho más frío y distante.

El guión, además, de vez en cuando nos sorprende con hallazgos que, como escritor, me parecen más que loables, aciertos como plantear el tema de la mentira y de la confianza desde dos planos aparentemente divergentes y, sin embargo, claramente implicados entre sí en la película: en la vida de pareja y en las labores de espionaje. Verdad y máscara, realidad y trampantojo, el yo y los demás. El argumento transcurre, sin subrayados, sobre binomios que se convierten en interrogantes en la cabeza del espectador al mismo tiempo que siembran dilemas en las vidas de nuestros personajes. El conflicto ético se vuelve político. El drama individual se hace colectivo. Y viceversa.

La dirección de Christian Carion, además, sabe sacar partido de las referencias y elementos culturales y, sin caer en la sensiblería, utiliza con habilidad la música en escenas como la del hijo adolescente Grigoriev cantando Queen a voz en grito o la de su padre reconciliándose con su madre gracias a un viejo disco que les transporta a un pasado perdido y que, sin embargo, sigue siendo su mejor punto de conexión.

No hay grandes giros argumentales y, los que se nos presentan, son tan eficaces como verosímiles. Evitaremos los spoilers -un film como este no los merece-, pero confieso que -soy un ingenuo, lo sé- me sorprendieron los últimos diez minutos de la cinta. Y no hay trampa alguna en ella, solo oscuridades y verdades a medias, ocultaciones privadas y colectivas, imprecisiones que, al final, acaban conformando el puzzle tanto de la intrahistoria -Pierre y su mujer, Grigoriev y su hijo: bravo por la escena desgarradora del abrazo entre ambos- como de -mayúsculas, por favor- los vericuetos de "madrastra Historia", como escribiera el gran Fernando Arrabal en su Carta de amor (como un suplicio chino).

Y mientras la trama de espías avanza y la guerra fría se complica, la película nos regala algunos guiños cinéfilos impagables (fíjense en la más que significativa escena de Liberty Valance que se recoge) y retratos más o menos verosímiles de Reagan, Kruschev o Miterrand. No es fácil evitar lo acartonado en estos casos -que no son, seguramente, lo más logrado de la cinta-, pero sí se aleja de lo esperpéntico y se les presenta, a cambio, con una cierta ironía (muy divertidas las escenas de Reagan viendo westerns clásicos) que recuerda -en cierto modo- al estilo de Frears en The Queen.

Los secundarios rodean con eficacia a la pareja protagonista -especialmente Alexandra Maria Lara e Ingeborga Kapkunaite- y, por supuesto, sería injusto no mencionar la presencia -escueta pero rotunda- de un astuto William Dafoe, cuya (casi única) escena no es solo clave en la resolución de la película -y en su interpretación-, sino que -además- es uno de los momentos más intensos desde el punto de vista dramático.

En definitiva, El caso Farewell es una cinta casi anacrónica -en el mejor de los sentidos- y, seguramente por ello, interesante y muy aconsejable. Porque de vez en cuando está bien echar la vista atrás hacia un pasado que cada vez es menos reciente y, de paso, saber que los espías también tienen vida cotidiana -con dudas, demonios, soledades- y que la heroicidad del día a día no se parece en nada al ágil e invulnerable Bourne, sino a las aristas -dolorosas y trágicas- de esta cervantina pareja -Pierre y Grigoriev- que bien merece que se acerquen, en cuanto puedan hacerlo, a una sala de cine.

13.8.11

Di Di... No, mejor no digas nada


La culpa fue mía, desde luego, pero necesitaba darle una oportunidad a Di Di Hollywood por aquellos tiempos en los que el cine de Bigas Luna al menos sí me interesaba. Gracias al pésimo guión y las inefables interpretaciones (no tengo palabras para lo que vi), conseguí aguantar hasta los títulos de crédito, de modo que puedo hacerles una breve síntesis de su intenso -e inolvidable- argumento. Por supuesto, si desean que no les arruine su (más que previsible) desarrollo, no sigan leyendo, pues esta crónica está llena de spoilers (si es que eso es posible en una película como esta).

La historia tiene como punto de partida un pub en el que Diana y su mejor amiga ponen copas. Ambas sufren muchísimo pues están obligadas a servir cócteles al ritmo de Mónica Naranjo, cuya canción "Amor y lujo" suena en todas las escenas ambientadas en ese marco. Lógicamente, esa repetición obsesiva de los gritos de la pobre Mónica, genera en ellas un transtorno depresivo que, en el caso de la amiga, se manifiesta en su relación destructiva con un tipo llamado David que la maltrata psicológica, física y hasta visualmente, obligándola a verle siempre con la misma camisa, elemento suponemos que simbólico, ya que el personaje no luce otro modelo en todo el metraje.

Diana, harta del single de la Naranjo y de la camisa de su jefe, sale del bar y le dice a su amiga "Mira, me voy a Miami a hacerme actriz". Sí, no exagero, la línea de guión es tal cual acaban de leerla (bueno, tal vez me haya olvidado alguna muletilla). Si esto fuera una parodia de aquella genial comedia llamada Hola, estás sola? (¿recuerdan cuando Candela Peña y Silke se iban a hacerse ricas?) funcionaría, pero lo triste es que aquí se lo toman en serio y pretenden que nosotros hagamos lo mismo. Bien, sigamos.

Llegamos a Miami mientras escuchamos otro sutil tema a todo volumen (la banda sonora no tiene desperdicio), en este caso, La loba, de Shakira. De este modo, el director nos insinúa -por si alguien lo dudaba- que la prota está dispuesta a lo que sea para triunfar. Tras unas cuantas secuencias que parecen un anuncio de "Viajes Halcón: véngase a Miami", la chica empieza a trabajar limpiando en un restaurante, donde hay otro jefe cabrón -más feo aún que el jefe madrileño- que tiene a su vez un sobrino que mete mano a su nueva mejor amiga y por culpa del cual las echan. Fin de la primera parte.

Pero como en todo cuento dickensiano (bueno, ojalá fuera dickensiano, lo he puesto así para aliviar el insufrible maniqueísmo de la cinta), aparece -entre planos de bragas tendidas y chicas orinando sobre revistas: todo muy poético- el príncipe azul de turno. En este caso, un ayudante de dirección que se enamora de ella al ver cómo se cae al suelo (sí, ese típico flechazo), se la lleva a los Ángeles (a ella y a su amiga, claro: ahí es nada) y -tras el nuevo momento de Viajes Halcón: ahora, LAX- decide presentársela al galán latino de turno. Por supuesto, el ayudante de dirección pasa a ser candidato instantáneo al ingenuo más ingenuo del mundo, lo que se pone toscamente de relieve con un nuevo temazo de la banda sonora: Quién es ese hombre, en referencia al galán con el que se lo hará nuestra Diana.

Este affaire -que todos preveíamos, salvo el pobre personaje del ayudante de dirección, la criatura de ficción más simple y tontorrona después de los Teletubbies- conlleva una nueva crisis y eso hace que se busque a un manager cuya caracterización supera lo esperpéntico. A su lado, aquellos gags de Martes y 13 eran ejercicios de nouvelle vague y naturalismo. El manager la obliga a prostituirse para un multimillonario muy cansino que la envuelve en celofán, le pone cinta aislante en lugares íntimos y bebe cerveza a morro en su espalda. Resulta difícil controlar la risa floja ante lo poco creíble del personaje, lo poco creíble de la interpretación de la Pataky (muy mona, sí, pero por favor, que se prepare un poco más antes de seguir dando tropiezos...) y lo poco creíble de la situación.

Un día -sí, uno en que los guionistas se han cansado ya de tanto juego erótico o que al director se le ha acabado la cinta aislante-, ella se topa con un managermucho mejor caracterizado -Peter Coyote- que le promete convertirla en una gran estrella. Y nada, dicho y hecho, en cinco minutos pasa a convertirse en Di Di (sutil metáfora ¿de Pe?) y le buscan un novio gay (sutil metáfora de ¿Tom Cruise?) del que todo el mundo sospecha que es gay, menos ella, claro. Hay rumores en la prensa, en Hollywood, en los programas de corazón, en las peluquerías de su barrio y hasta le ve saludarse afectuosamente con un tipo con un teñido imposible que, con su perrito en los brazos, entra a darle dos besos al actor en cuestión. Pero ni por esas: ella no se da cuenta porque está enamorada de él en tiempo récord.

Entretanto, vemos cómo rueda películas en una sucesión de imágenes que parecen sacadas de alguna parodia del antiguo Homo Zapping y que nos explican cómo ha llegado al estrellato. Si no quieren ver el film completo (cosa que entendería), por lo menos no se pierdan ese momentazo: son cinco minutos de carcajada a mandíbula batiente garantizados. Un día que el rodaje acaba antes de lo previsto, sin embargo, llega la tragedia otra vez a su vida: descubre al novio con el tipo rubio de las mechas en la piscina. Tanto el tinte como la postura de su novio la disgustan muchísimo (es que esas mechas son un horror) y quiere abandonar, pero no abandona porque también quiere ser una estrella. Así que, en pleno conflicto hamletiano, llama a su madre que se va con ella a mimarla.

Mientras, por cierto, la amiga madrileña sigue escuchando a Mónica Naranjo con su novio, el capullo de la única camisa, e intenta verla sin éxito. Ni siquiera cuando Di Di viene a Valencia a presentar su última película es capaz de tener un minuto a solas con su antigua mejor amiga, así que se emborracha y la atropella un coche. Di Di se entera, llora y dice que no quiere ir ahora al estreno, pero al final va y vemos una nueva metáfora sutilísima de lo sola que está cuando sale sola -curiosamente- de la proyección y camina -sola- durante los últimos minutos de película.

Toda una epopeya -agradezcan que he sido breve, podía haberles dado más detalles- que desaprovecha un tema que ha dado grandes películas a la historia del cine. Resulta difícil de creer que un director tenga tan poco que contar sobre su mundo o, cuando menos, que lo cuente de manera que resulte tan ridículo, irrisorio e inverosímil. En fin, seguiré recordando a Bigas Luna por los títulos que me hicieron interesarme por su mundo creativo y que, desde luego, no tienen nada que ver con... esto. Sea lo que sea.

2.8.11

El hombre de al lado


Hay películas incómodas. Perturbadoras. Inquietantes. Películas que nos hacen mirarnos desde ángulos demasiado próximos -y reconocibles- como para no despertar en nosotros una cierta angustia. El hombre de al lado -sorpresa argentina del año- es uno de esos títulos, un film de ritmo pausado y denso donde se diseccionan, con humor ácido y pulso firme, muchas de las contradicciones y vacíos de la vida contemporánea.

Su protagonista (Rafael Spregelburd) es un arquitecto de éxito que vive con su familia en una magnífica casa diseñada por Le Corbusier. Una construcción perfecta -evidente metáfora de su vida burguesa, de diseño y supuestamente feliz- que ve su armonía amenazada por la presencia de un nuevo vecino (Daniel Aráoz), un peculiar vendedor de coches usados empeñado en abrir una ventana frente a la casa del arquitecto para poder robar, en sus propias palabras, "unos rayos de sol".

La ventana -que nos lleva una y otra vez a Hitchcock, cómo no- se convierte no solo en el quid (literal y físico) de su disputa, sino también en perspectiva y punto de vista desde el que miraremos y seremos mirados. Observaremos la vida ajena y dejaremos -culpa de los hábiles guionistas- abiertas las grietas en la nuestra, convirtiéndonos en espectadores -tal vez, más lúcidos de lo que nos gustaría- de nuestro día a día.

La dirección de actores, impecable. La planificación, inteligente. Las imágenes, capaces de retratar con pulcra elegancia el desmoronamiento de esa vida perfecta en la casa perfecta con la familia perfecta. Un desmoronamiento sangrante y, a la vez, invisible, tanto como para que al final -en el fondo- parezca no haber pasado nada., O quizá es que, aun cuando sucede, el diseño es capaz de camuflarlo todo.

Algún momento de trazo más grueso -como la "conjura" new-age de la Blackberry o la audición de música indie-, pero siempre contrarrestados tanto por su eficacia humorística -la caricatura funciona realmente bien- como por la veracidad interpretativa de su tándem protagonista -espléndidos Rafael Spregelburd y Daniel Aráoz-, que llenan de matices y complejidad a sus personajes. Sin su aliento de autenticidad, sin su amargura, sin su vis cómica, puede que el film no funcionara con la misma eficacia, porque la estructura -y la metáfora- podría con su contenido, conduciendo la narración hacia lo grotesco y, sobre todo, hacia lo evidente.

El final -imposible no acordarse de los últimos planos de la Tristana de Buñuel, donde el teléfono jugaba un papel tan importante como lo hace en este caso- es, quizá, precipitado. Pero, precisamente por ello, cae con fuerza sobre el espectador. Como un mazazo. Un golpe que nos obliga a posicionarnos en uno de los dos lados de la ventana, preguntándonos a quién hemos estado mirando y, sobre todo, qué queremos ver (o no) al salir del cine. Porque cuando se encienda la luz puede que sigamos con esa casa -y esos muebles perfectos en armonía perfecta- en la cabeza. Incluso que nos sigamos riendo con alguno de sus gags (magnífica la discusión conyugal sobre los "piquitos", las escenas con la hija adolescente lobotomizada por su i-pod o la cena de amigos snobs y gafapastas). Pero, sobre todo, puede que sigamos con otros momentos mucho más sutiles en la cabeza, momentos hechos de silencios o de arrebatos de ansiedad que estallan sin piedad dentro de un coche donde todo, salvo las emociones del protagonista, es de luxe.

Una película valiente, conscientemente antipática y llena de huecos desde los que nos invita a jugar a ser voyeur de vidas ajenas y propias. Si les gusta el cine de verdad -el de actores entregados, el de directores con cosas que decir, el de guionistas nada complacientes-, vayan a verla. No se arrepentirán de haberlo hecho (o, mejor dicho, tal vez sí... pero, igualmente, me lo agradecerán).

29.7.11

Beginners

La etiqueta de "cine indie" suele provocarme ciertos reparos. Demasiados tics reconocibles -más o menos fáciles de imitar- y demasiadas historias un tanto banales que se refugian en la excusa referencial de la nouvelle vague para ocultar su vacío narrativo.

Sin embargo, no es este el caso de Beginners, una de las sorpresas más gratas -y más emotivas- de la temporada. Supongo que, en gran parte, esa capacidad de emocionar al público -en mi caso lo consiguió- viene del hecho de que se inspira en una circunstancia absolutamente personal de su director (y guionista), quien -con carácter casi autobiográfico- ha construido dos personajes muy creíbles en el padre (Christopher Plummer) y su hijo (Ewan McGregor, su evidente alter ego). A este tándem impecable se le une una magnética Melanie Laurent que, pese a jugar con el personaje menos dibujado de los tres (nos quedamos con ganas de indagar más en su vida y en su pasado), sabe explotar la química -brutal- con McGregor y regalarnos una protagonista femenina vulnerable e independiente, una de esas composiciones de caracteres en las que se puede caer fácilmente en el tópico y que, sin embargo, aquí funciona más bien.

En cuanto al argumento, la película parte de una premisa (casi un McGuffin) que, en el fondo, no es más que una excusa para hablar de un tema mucho más universal y reconocible: el derecho de empezar otra vez, la necesidad de reinventarnos, la dificultad para abandonar las máscaras y los prejuicios que el tiempo va construyendo sobre nosotros mismos. La fábula se edifica en una anécdota chocante (el padre, a sus 75 años y tras quedar viudos, le confiesa a su hijo su homosexualidad y sus ganas de tener un primer novio), pero ese punto de arranque no es más que la excusa argumental para hilvanar un relato sobre cómo nuestras vidas son el resultado de un montón de decisiones que no nos competen -el lugar donde vivimos, el tiempo en que lo hacemos, la gente que nos educa y nos rodea-, y quizá por eso funcionan también los insertos contextuales -nada accesorios- que nos ubican y nos explican a los tres personajes.

Así pues, Beginners nos presenta una historia donde no ocurre nada especialmente destacable (la vida suele tener mucho de eso: ahí sí se nota el aliento de la auténtica nouvelle vague) y con una estructura discontinua que nos permite bucear -casi como si de un psicoanálisis se tratara- en la mente del protagonista. De su mano, haremos un recorrido por temas tan diversos como la dificultad para mantener una pareja -los miedos de toda una generación de treinteañeros entre los que me encuentro- o la historia del colectivo homosexual durante el siglo XX y su lucha por una visibilidad que aún hoy sigue siendo un objetivo no conseguido en la medida en que debiera serlo.

Con capacidad para arrancar sonrisas y pequeños grandes hallazgos (COMO los flash backs centrados en la madre y en su soledad, o los dibujos del personaje de Ewan McGregor, o el primer encuentro McGregor y Laurent, o las discusiones de pareja silenciadas por la música que se transforman, ipso facto, en un diálogo universal...), Beginners es una de esas películas pequeñas, sinceras y personales que emocionan porque están llenas de verdad. Una verdad tan liviana y tan trágica como la vida misma, como el miedo que todos sentimos cuando alguien nos invita a despojarnos de los escudos en los que nos amparamos para que demos un salto hacia un nuevo lugar. Hacia algo que a veces nos empeñanos en no ser y que, en esta película, todos intentan alcanzar. Véanla...

26.6.11

Last night

Cada cierto tiempo surge una nueva versión de Breve encuentro. La obra de Lean -una de las historias de amor más emocionantes de la historia del cine- ha dejado su huella en numerosas películas (Los puentes de Madison, Antes de amanecer, Deseando amar...), en las que los guionistas y directores han incorporado el signo de sus respectivos tiempos, dejándose llevar por influencias e ingredientes diversos que son los que acaban dando personalidad al producto final. En el caso de Last night (torpemente traducida al español como Solo esta noche) el breve encuentro -protagonizado por unos inmensos Keira Knightley y Guillaume Canet- parece cruzarse con Closer, aunque -afortunadamente- huye de los excesos verbales del segundo y sabe dejarse llevar, en sus mejores escenas, por los excesos sentimentales del primero.

No es una película redonda, ni siquiera equilibrada (pues la pareja Mendes-Worthington funciona mucho peor -tanto en el guión como en pantalla- que la de Knightley-Canet) pero no se puede negar a su director la capacidad para crear una atmósfera envolvente (esa noche urbana en la que todo queda tan desdibujado como intensificado al mismo tiempo) y, sobre todo, la habilidad de guionistas e intérpretes para conseguir que nos creamos esa fábula, donde no se cae en el moralismo habitual del cine norteamericano (gracias) ni en la pedantería del último cine conyugal francés. Diálogos, miradas, gestos y situaciones que podemos entender, reconocer y, sobre todo, que nos hacen entrar en la historia como un personaje más, aunque nos agazapemos tras las siluetas de esos cuatro protagonistas a los que les pasa algo tan sencillo -y tan complicado- a la vez como el tiempo, o como el deseo, o como la rutina.

Tampoco encontramos aquí situaciones tan inverosímiles como las de la sobrevalorada Closer, donde todo me resultó falso y teatral (en el peor de los sentidos), pero sí pequeños guiños a nuestras propias realidades cotidianas, en un film de ritmo pausado y, por supuesto, previsible, como lo es todo en la vida real. Previsible porque sabemos que cualquier indicio de pérdida del equilibrio puede conllevar un cambio de rumbo y, por tanto, un interrogante o una decisión. La fábula se adereza con algo de Schnitzler y su Ronda, con un Nueva York lleno de rostros posibles y de reencuentros fugaces, y con unos personajes que recuerdan más a los adolescentes de Antes de amanecer que a los adultos de Deseando amar, quizá porque en Last night se respeta el espíritu de estos tiempos, donde el síndrome Peter Pan ha calado hondo entre la generación de los treinta y... (entre la que me cuento), una generación que se ha decidido a probar suerte en la vida adulta aun cuando nos persigan -y de qué modo- los fantasmas adolescentes.

No es una película que admita una disección excesivamente racional -pues caeríamos en analizar lo ramplón de su estructura o lo pobre de algunas de sus situaciones- pero sí invita a dejarse llevar por las sensaciones que transmite, por algunas líneas de diálogo realmente interesantes y, sobre todo, por el juego -morboso y casi próximo al thriller- que se va estableciendo en la pantalla. Un juego que puede llevarles a un jugoso debate a la salida del cine, pues sus autores tienen el buen gusto de abandonar la partida en un momento álgido, sin hacer valoraciones sobre los contendientes y, sobre todo, sin subestimar nuestra inteligencia como espectadores.

En estos tiempos de cine de superhéroes, magos, osos panda expertos en artes marciales, solterones borrachos en juergas reincidentes y otros personajes de igual -ejem- calado psicológico..., se agradece toparse con un film adulto, sutil y, a su modo, sugerente. Lástima que estemos tan lejos de la alegría sexual del cine de los ochenta y no haya ni un solo polvo en condiciones en toda la película. Es curioso que el erotismo se haya tenido que refugiar en la televisión -menos mal que nos quedan las grandes series- ante el puritanismo visual de un cine que no tiene reparos en mostrarnos la más horrible de las violencias pero que huye, conservador y timorato, de algo tan hermoso como el sexo. Pese a todo, este paseo por Nueva York y Filadelfia sí merece la pena. Una escapada nocturna -llena de preguntas y puntos suspensivos- desde este caluroso Madrid estival.