11.7.12

El dos no tiene género


Tras presentar mi último texto, CUANDO FUIMOS DOS, recientemente publicado por Ñaque y con el que regresamos a Madrid este 18 de agosto, cierto crítico me acusó de que en mi obra "gays y lesbianas son iguales al resto de parejas heterosexuales, que bien se podría sustituir a Eloy y César por Pepa y Pepe y no pasaría nada ya que de lo que se está hablando es de relaciones". Esta crítica, supuestamente negativa y escrita desde la indignación de alguien que considera que existe un modelo de pareja gay y otro modelo hetero (¿tendrán copyright?), resumía perfectamente el espíritu de la función.

Y es que, en CUANDO FUIMOS DOS no se cree que haya modelo alguno. Al menos, no modelos que nos limiten en nuestra forma de vivir las emociones. En esta obra se cree que hay tantas formas de relación -de pareja, de amistad, de familia- como individuos las componemos -seamos hetero, seamos homo, seamos bi-, pues -por mucho que le pese a nuestro crítico- el amor y el sexo no admiten ni etiquetas ni guetos.

Quizá por eso, tras cada función, el aplauso del público ha sido -hasta la fecha- tan sincero. Y tan emocionante. Porque los espectadores se identifican con nuestros personajes -fantásticamente interpretados por dos grandes actores, Doriam Sojo y Felipe Andrés-, porque se ven reflejados en muchas de las situaciones que plantea esta función, porque se dejan arrastrar por la nostalgia que favorece la excelente música de Warko, o porque conectan con la sencillez de un lenguaje plenamente contemporáneo con el que solo pretendemos contar momentos y escenas de lo que puede -o podría- ser la vida de cualquier pareja.

Si a ustedes también les asaltan a veces las dudas, si la rutina ha podido llegar a ser un problema, si les ha dado vértigo la convivencia, si todavía se equivocan -o creen que se equivocarían- con ciertos amores del pasado, si no acaban de entenderse ni de entender del todo a la personan con la que comparten su vida, entonces, seguramente, les interese esta función. Porque entenderán que en ella no hay un bueno y un malo, tan solo hay dos personas que se quieren -Eloy y César, César y Eloy-, dos personas que se arriesgan, que apuestan y que, eso ya lo decidirán cuando la vean, perderán o ganarán en esa apuesta.

Pero si creen, como escribía aquel crítico, que existe un tipo de amor gay y un tipo de amor hetero incompatibles e irreconciliables, entonces seguro que esta función no les enganchará. Porque en ella no hay ni militancias ni estereotipos, tan solo se reflexiona -con humildad y, eso hemos intentado, con mucha honestidad- sobre el hecho de entregarse a ese alguien con quien nos gustaría ser dos. Un dos que, por mucho que se empeñen algunos, no tiene género.

El dos, con todo lo que implica, solo conoce un lugar y un género: el de la intimidad.

Las funciones de CUANDO FUIMOS DOS serán todos los SÁBADOS a las 22.30 h. desde el 18 de AGOSTO hasta el 6 de OCTUBRE en la SALA TRIÁNGULO (C/ Zurita 20 - Metro Lavapiés).
Las entradas se pueden conseguir con descuento en este enlace.
Además, hay un descuento especial para estudiantes y parados. Solo tienen que llamar al 915306891 para hacer la reserva. 

29.4.12

La mujer de sombra

Lo más perturbador de la última novela de Luisgé Martín -La mujer de sombra- no son sus -espléndidas- escenas eróticas. Ni su capacidad para bucear -con una sensualidad desbordante- en los lados más sórdidos de nuestra sexualidad. Ni siquiera su talento a la hora de describir ciertos rituales y perversiones que pueden despertar más de un fantasma -reprimido o no- en la mente de sus lectores.

No, lo más turbador -y lo más terrible- de esta obra -heredera, en su forma y hasta en su justa extensión, de la mejor tradición del género de la Novelle- es que nos plantea la incómoda pregunta de hasta qué punto queremos saber la verdad de la gente que forma parte de nuestra vida. Y ese interrogante, aparentemente tan cotidiano, es lo que convierte a esta novela en un texto escandaloso y provocador, un texto en el que el perverso talento de su autor nos obliga a mirarnos en el espejo de nuestros propios miedos y a preguntarnos hasta qué punto necesitamos conocer -en su integridad- el alma de la persona amada. 

La pareja, la amistad, la familia... Todos son círculos conocidos y, a su vez, llenos de sombras tan afiladas como las que envuelven a la mujer del título. Porque aunque la que aquí se narra es, sin duda, una gran historia de amor -Eusebio y Julia, Segismundo y Marcia-, las dudas que atormentan al protagonista sobre la mujer con quien comparte cama se pueden hacer extensivas a cualquiera que forme parte esencial de nuestra vida, cualquiera de esas personas a las que creemos conocer y que, sin embargo, seguramente guarden tantos secretos como los que ocultamos sobre nosotros mismos. Como los que, muy a menudo, nos ocultamos a nosotros mismos.

Y así, en la búsqueda de respuestas por parte de Eusebio -en su creciente obsesión por hallar la auténtica identidad de la mujer de quien se ha enamorado- nos veremos abocados a compartir su enfermizo recorrido por una ciudad donde tendremos que elegir entre seguir viendo lo que sus habitantes nos dejan ver u optar por colarnos en esas habitaciones cerradas a cal y canto para averiguar todo aquello que ocultan. La duda, página a página, se vuelve más incómoda. Porque nos vemos reflejados en Eusebio. Porque a ratos compartimos su fiebre -y su morbo- y, a ratos, preferiríamos ignorarlo todo, conformarnos con la verdad que ya tenemos

¿Sabríamos -querríamos- respetar una parcela secreta de la intimidad de nuestra pareja? ¿Qué estaríamos dispuestos a admitir dentro de ese rincón que no compartiremos? ¿Cabe lo normal como adjetivo en esa zona de nuestra psique? ¿De nuestras pasiones? Y es que, si el sueño de la razón produce monstruos, el sueño de la verdad no solo los produce sino que, como le sucede a Eusebio, los libera... Incluso puede que el conocimiento absoluto y la felicidad sean incompatibles. Y hasta puede que todos tengamos un Eusebio y un Segismundo, una Julia y una Marcia, un Jeckyll y un Hyde en  nuestro interior. Sí, puede que por eso esta nueva novela de Luisgé Martín sea tan recomendable -y tan apasionante-, porque nos invita a un contemporáneo y faustiano descenso a los infiernos -el amor no es mucho más que eso- en el que ser voyeurs de la verdad que escondemos al otro lado del espejo.

7.4.12

No más impunidad

Pueden obligarnos a mantenerles en nuestras aulas públicas. Pueden obligar a cancelar exposiciones que consideran "ofensivas". Pueden opinar despectivamente sobre cuanta cuestión social les venga en gana. Y, sobre todo, pueden insultar y alentar a la discriminación -homófoba y misógina- tal y como ha hecho esta misma semana el inefable obispo de Alcalá.

La impunidad de la iglesia no conoce límites mientras que el hartazgo de quienes sufrimos -una y otra vez- sus ataques ya toca techo. Tan delictivo -y execrable- me parece el imán que arenga al maltrato y la violencia de género como el sacerdote cristiano que invita a despreciar y marginar al homosexual. Tan enfermo es quien atenta contra la dignidad de la mujer como quien lo hace contra la dignidad de aquel cuya forma de amar no entiende ni comprende.

Jamás juzgaré la fe de nadie -cuestión privada en la que, como en todo lo que afecta a la esfera íntima de nuestra personalidad, no tengo cosa alguna que objetar-, pero sí me opondré siempre a la injerencia-inadmisible- de una institución tan retrógrada como la iglesia -y tan permisiva con sus propios delitos, esos a los que, lamentablemente, ni siquiera hace falta ponerles nombre- en la vida política y social.

Al menos, declaraciones tan aberrantes como las del obispo de Alcalá -retransmitidas por una televisión que pagamos todos: sí, incluso esos gays que tan enfermos y necesitados de curación andamos según este individuo- sirven para poner cada vez más de relieve la lejanía entre la iglesia -su doctrina e ideología oficial- y el pensamiento de los propios creyentes que dudo que comulguen -nunca mejor dicho- con tesis tan fascistas, violentas y alejadas del supuesto mensaje de paz y tolerancia que la iglesia debería promulgar si, en vez de tanto odio y tanta bilis, eligiera como banderas el progreso, la tolerancia y la coherencia. Nada que, en estos tiempos de benedictino oscurantismo medieval, parezca posible.

19.3.12

Los idus de marzo


Dos son los retos esenciales que supera, y con creces, el último film de Clooney como director. El primero, sortear el origen teatral de su guión -en el que radica la construcción, aguda y matemática, del thriller-, logrando quedarse con lo mejor del mismo para darle una lectura -y un punto de vista- auténticamente cinematográfico. El segundo, volver a contar una historia que ya conocemos sin que, sin embargo, perdamos jamás el interés, explicando bien las motivaciones de los personajes y evitando que el gran público se pierda por el camino en una intriga que sabe combinar el espectáculo -la elegancia formal, los giros de guión más o menos sorprendentes- con el análisis político.

Y, por supuesto, Clooney ha acertado -una vez más- en la elección del casting, dando el papel protagonista de Los idus de marzo a un inmenso Ryan Gosling -cuántos grandes papeles a sus (deseables) espaldas: Half Nelson, Drive...- y rodeándolo de un conjunto de secundarios de lujo -Philip Seymour Hoffman, Evan Rachel Wood, Marisa Tomei, Paul Giamatti, Jeffrey Wright...-, todos ellos capaces de dibujar con rotundidad -y enorme talento- sus personajes aprovechando, astuta y sagazmente, cada uno de los planos en los que aparecen.

Partida de ajedrez dialéctica y sofisticada -la puesta en escena tiene un aire deliciosamente clásico en el que la belleza formal contrasta con la miseria y la podredumbre moral de sus criaturas-, la película no cae ni en excesos de metraje ni en barrocas y herméticas controversias más o menos pedantes, sino que apuesta por un estilo mucho más ágil y directo, tan escéptico como -los tiempos mandan- también misántropo.

Lejos de los errores del último cine político de Redford -que se ha perdido por la pendiente de una rigidez formal excesiva que, esperemos, sepa romper para recuperar su firme pulso de antaño-, Clooney da la impresión de saber adaptarse a los tiempos -satisfaciendo así a un amplio espectro de espectadores- sin caer en una narración televisiva y regalándonos algún que otro -ponderable- hallazgo de puesta en escena. Aciertos como la elipsis de la conversación entre el gobernador y su presidente de campaña o algún esperado tête-à-tête que, gracias a las líneas de guión y al carisma de sus intérpretes, no decepciona, como la conversación en la cocina entre Gosling y el propio Clooney.

Una película reflexiva y, a la vez, llena de acción que concilia lo mejor del cine político americano -Pakula, Lumet o el mismo Redford- con la tradición del thriller y del género negro. Por eso, supongo, me gusta tanto el personaje de Evan Rachel Wood, porque aunque su presencia sea esencialmente funcional -y casi folletinesca, para qué negarlo-, me encanta ser testigo de cómo aprovecha cada uno de sus planos, convirtiéndose en una suerte de femme fatale nabokoviana, haciendo que salten chispas de pura química sexual entre ella y Ryan Gosling. Se agradece esa textura emocional -y sensual: de nuevo, el clasicismo formal de Clooney- en esta contundente fábula ética sobre la integridad y su -más que tangible- desintegración.

25.2.12

Cuando fuimos (mucho más que) dos


Cada novela, cada montaje teatral, cada pequeño o gran acto de creación es siempre un intenso viaje. Un recorrido en el que se suman experiencias y personas, en el que nos peleamos con nosotros mismos -y nuestros fantasmas- para poder sacar a la luz algo que sea verdad, algo que -bajo su apariencia de ficción- esté hecho con la honestidad que creo que es requisito sine qua non de todo acto artístico.

En Cuando fuimos dos ese viaje ha sido tan complejo -horas de trabajo, de esfuerzo, de lucha por conseguir condensar la vida de una pareja en ochenta minutos de función- como hermoso. Un viaje lleno de gente con un inmenso talento y que ha construido desde la aportación y la generosidad. Gente como mis dos fantásticos actores -Felipe Andrés y Doriam Sojo-, que no solo han enriquecido sus personajes -Eloy y César-, sino que los han dotado de vida propia, de una personalidad llena de guiños y matices, de giros y de vaivenes que los hace profundamente reales. Gente como Dani, mi ayudante de dirección entregado y entusiasta, tan vocacional en su trabajo como positivo y eficaz den sus resoluciones. Gente como Warko, un músico lleno de sensibilidad y magia en sus partituras, capaz de construir una banda sonora que se convirtió, desde el primer momento, en un personaje más de nuestra función. Gente como José Santiago, actor y, además, artista gráfico, que nos hizo de la cama que protagoniza la obra un cartel tan atractivo como para llenar -¡y con lista de espera!- la Sala Triángulo. Gente como Alfredo, cineasta joven que nos editó un tráiler que, de puro emocionante, nos hizo creer -si cabe- aún más en el proyecto. Gente como el fantástico personal de la Sala Triángulo -Fran, Melanie, Natalia, Pilar, José, Raúl-, con una paciencia infinita y un buen hacer excelente. Gente como quienes vinieron los dos días a acompañarnos en la Alternativa, quienes nos dieron su apoyo y su cariño -¡qué arropado me he sentido estos días!- y se sumergieron, sin prejuicios ni barreras, en la historia de César y de Eloy.

En mi caso, además, bucear en el mundo de estos dos personajes fue un proceso no demasiado fácil... Había que abrir heridas, o inventarlas, quitarle el polvo a fantasmas y monstruos supuestamente olvidados y aprovechar todo eso para llenar de verdad las frases y escenas de la obra (objetivo que, esté o no logrado, sí que me esforcé en conseguir). Construir Cuando fuimos dos -un texto que pretende ser cotidiano, sin apenas eventos climáticos, con la cercanía de lo real, de lo que todos conocemos amemos a quien amemos- no habría sido posible sin desnudarse mucho en cada minuto de la obra. Un desnudo que luego hicieron suyo los actores (¡cuánta generosidad en su trabajo!) y que, al final, ha permitido que la obra tenga vida propia, casi autónoma.

En lo que a mí respecta, esa dificultad emocional del texto -que intenté, espero que con éxito, manejar bien en los ensayos- no habría sido afrontable sin el apoyo de mi pareja, de la persona que lleva ya unos años conmigo -muchos, aunque a mí me parezcan, de puro hermosos, muy pocos...- y que tan bien sabe cuidarme y animarme cuando mi inseguridad -Eloy- ataca o cuando mi claustrofobia existencial -César- me aprieta. El viaje de esta obra no ha sido solo teatral, sino también -y sobre todo- ha sido íntimo. Viaje de pareja -qué reconfortante era y es sentirlte cerca, Juan, en cada etapa del trayecto: parafraseando a Salinas, sacas de mí mi mejor yo-, viaje de amistad -cuántas expectativas, cuánto optimismo, cuánta generosidad- y viaje teatral -experimentación, búsqueda y, a veces, hallazgos.

En cada novela, en cada estreno, siempre dejo -y pierdo- una parte de mí. Posiblemente, en los últimos años, esa parte de mí que se queda expuesta -y vulnerable- en las páginas de un libro -ya sea La edad de la ira, ya la nueva novela en que trabajo ahora- o en el escenario es cada vez mayor. Y más osada... Y, sin embargo, pese a que esa sensación me haga verme más frágil de lo que me gustaría, también me hace sentir más satisfecho y conforme con el trabajo realizado y, sobre todo, con el proceso recorrido.

Hoy sé que hay una parte de mí que se ha quedado, ya para siempre, entre la cama y las cajas de Cuando fuimos dos. En este montaje que -allá por junio- regresará a las tablas madrileñas. Pero también soy consciente de que hay otra parte de mí que se ha sumado -y construido- en esta obra. En estos meses. En este caminar junto a gente que -así lo siento- forma ya parte -luminosa y certera- de mi vida.


5.1.12

Hermano (de José Luis Serrano)

No es el amor quien muere,
somos nosotros mismos.
Luis Cernuda

Con estos versos de Cernuda arranca uno de los capítulos de Hermano, la primera -y notable- novela de José Luis Serrano, conocido en los medios culturales 2.0 como elputojacktwist. Y son, precisamente, estos versos -no en vano escogidos por su autor- los que mejor resumen la esencia de esta novela breve -o relato largo: escojan ustedes- que tan bien se ajusta a los rasgos de la Novelle alemana y francesa. Novelle en la que, como exige el género, no pasa apenas nada -en realidad, vivir es algo muy parecido...- y, sin embargo, las emociones se suceden en ella formando un tejido tan espeso que resulta imposible no identificarse con el protagonista-narrador de este libro que parece escribirse a sí mismo y que, en un acto impúdicamente cervantino, nos cuenta su propio proceso creador.

Tras unas primeras páginas algo farragosas -donde el juego de referencias y narradores puede distraer del verdadero corazón de la obra-, llegamos al comienzo del viaje que nos propone su protagonista. Y enseguida nos damos cuenta de que -afortunadamente- no estamos ante un libro de viajes convencional, ni ante una novela sentimental, ni ante una obra de memorias. Estamos ante un yo que se decide a desnudar sus emociones en un exorcismo que cualquier lector con un mínimo de experiencia emocional podrá identificar. El exorcismo que exige toda despedida, toda ruptura, todo después. La muerte del amor de la que hablaba Cernuda y que nos obliga a construirnos de nuevo cuando sabemos que el yo que antes éramos ha quedado olvidado con la persona a la que hemos amado. A la que ya no podemos seguir amando.

El viaje en Hermano no es, por tanto, un elemento documental. Ni decorativo. Ni siquiera aporta grandes giros de trama: no se trata de eso. Se trata de caminar junto al protagonista, de enamorarnos -como él- de ese chico birmano al que construye desde el recuerdo y desde la nostalgia. De adentrarnos en los recuerdos de un viaje que, a modo de magdalena proustiana -otra de las referencias que se hacen explícitas de la obra-, desatan tanto los flash-backs del narrador como las sensaciones del lector de esta novela.

Tras las páginas de Hermano se percibe a un escritor que es, además, un gran lector. Y esa voracidad le hace, en ocasiones, sumar demasiadas notas a pie de página que quizá no siempre necesita para construir el mundo en el que consigue que entremos casi desde el principio. Y lo consigue porque la calidad de su prosa ya comunica, por sí sola y con la suficiente intensidad, la lucha interna del personaje, la agonía de quien se niega a empezar a ser y tiene, para ello, que asumir y revivir lo que se ha sido. Un viaje -interior- que acompaña al trayecto -exterior- que sostiene el argumento de un texto mucho más reflexivo que narrativo.

En el conjunto, solo me disuenan los monólogos de un personaje secundario -amigo del narrador- que, si bien contribuyen a cambiar el ritmo y el tono de la novela, no llegan a aportarme demasiado y, sobre todo, me interrumpen en medio de la contemplación voyeurística -y a menudo, muy empática- de los sentimientos del protagonista. En estos capítulos -escasos, por otra parte- se construye una voz fresca, divertida y con un sentido del humor muy próximo al mundo del primer Almodóvar o a las novelas de Mendicutti, pero no es una ruptura necesaria en una novela donde la densidad lírica no solo no cansa sino que emociona.

En cualquier caso, Hermano es una novela muy recomendable para quienes preferimos la literatura como un interrogante, como un encuentro con uno mismo, como un viaje hacia recuerdos que, como el protagonista, a menudo no sabemos dónde colocar. En caso de que prefieran vampiros adolescentes o psicópatas suecos, déjenlo. En Hermano hay mucho más del aliento de Muerte en Venecia que de Millenium.

4.12.11

Un método peligroso


El diálogo entre el teatro y el cine es siempre tan complejo -a veces, incluso más- que el que mantienen el cine y la novela. La tentación de emplear el texto dramático como base -casi única- para la posterior película puede acartonar el resultado final, incluso en experiencias tan aplaudidas como ese último Polanski, Un dios salvaje, que -pese a la brillante interpretación de Kate Winslet- deja demasiado a la vista el frívolo artificio disfrazado de disquisición intelectual que sostiene el texto de Yasmina Reza, mucho más eficaz en las tablas que en la gran pantalla.

No es este, sin embargo, el caso de una de las -realmente- grandes películas de este invierno: Un método peligroso, del siempre interesante David Cronenberg. En ella, el punto de partida es todo un ejercicio de evolución semiótica, pues toma como punto de partida una anécdota histórica -con base epistolar- que, después, se convirtió en novela, y más tarde en obra de teatro, y -por último- en un espléndido film que, por su entidad intelectual -que no pedante- y por la calidad de sus interpretaciones y puesta en escena debería ser contenido obligatorio en nuestros centros escolares. Pocas películas recogen tan bien como esta -y sintetizan con tanto acierto- algunos de los hallazgos de Jung y Freud, dos autores que nuestros bachilleres estudian en sus asiganturas de Literatura, Filosofía y Psicología y que, sin duda, podrán conocer desde una nueva perspectiva gracias a esta visión fabulada de su trabajo.

Una ficción que, sin embargo, se apoya sólida en citas y extractos de cartas de los personajes históricos y que, además, reivindica el papel de un tercer vértice del triángulo, Sabina Spielrein, olvidada por esa -tristemente- habitual visión misógina de la historia científica y cultural. Aquí, sin embargo, el punto de vista de Cristopher Hampton -que nos regala otro guión en estado de gracia- la convierte en, quizá, el personaje más interesante de la función, todo un regalo para Keira Knightley, que sigue demostrando que es una actriz tan valiente a la hora de asumir nuevos riesgos como capaz en el momento de afrontarlos. Bravo por su interpretación, al igual que las del resto del reparto, con un magnífico Michael Fassbender, un sorprendente Viggo Mortensen y un turbio e hipnótico Vincent Cassel, cuyo (breve) papel le va como anillo al dedo y, quizá por eso mismo, sabe aprovecharlo con tanta astucia.

Cronenberg emplea, en este caso, un envoltorio de época -estupenda la ambientación- para, debajo de ese supuesto esteticismo de su película, ahondar en las miserias de nuestra condición humana, volviendo a muchos de los temas que se repiten de manera obsesiva en toda su obra: la violencia, el masoquismo, la sexualidad, la negación del yo, la autodestrucción... En el fondo, da la impresión de que se hubiera traído al diván a algunos de sus personajes de Crash, uno de esos títulos -por cierto- que, conforme pasa el tiempo, más inquietantes me resultan.

La película, en su conjunto, apuesta por una narración casi sinóptica, llena de elipsis, sin grandes subrayados -pero valiente en su narración, oral y visual, de los elementos sexuales que la componen- y llena de líneas de texto que son auténticos aciertos. Resulta difícil no llevarse alguna de esas frases en la cabeza y, sobre todo, no verse reflejado en el turbio espejo -vestuario impecable, escenografía impecable, sordidez anímica in crescendo- que nos ofrecen sus personajes. Un film más que recomendable y que es todo un antídoto -necesario- en estos tiempos de narrativa pueril, semiadolescente y tan explícita como vana.

25.9.11

No habrá paz para los malvados


Hace tiempo que Urbizu se erigió como uno de los grandes autores del cine negro español (títulos como La caja 507 o su arriesgada y primeriza Todo por la pasta así lo demuestran). Un género que, tanto en lo novelístico como en lo cinematógrafico, ha dado grandes obras a nuestra narrativa (los éxitos literarios de autores como el gran Lorenzo Silva o de escritores más jóvenes como el sorprendente Domingo Villar son solo algunos ejemplos de ello). Títulos en los que las normas del género negro se alejan de la estilización -a veces, sórdidamente esteticista- que sí se observa en muchos ejemplos de la tradición anglosajona y que en nuestras letras se funden, sin embargo, con el realismo -incluso costumbrismo- que ha caracterizado nuestra literatura desde sus inicios.

Por eso, en No habrá paz para los malvados, la ciudad de Madrid es otro personaje más. Un inmenso antagonista donde todo resulta creíble y verosímil, donde los bares, los túneles, las comisarías, las casas y los descampados tienen textura, relieve, matices. Donde resulta difícil no sentirse parte de esa marea humana que pasa ante los ojos del antihéroe sobre el que recae todo el peso del film, un José Coronado espléndido en su papel -ese Santos Trinidad, de nombre tan simbólico como la cita de Isaías que da título a la película.

La cinta, sostenida en dos ejes: la investigación (pulcra y laboriosa) de la jueza (una estupenda Helena Miquel) y las pesquisas (sórdidas y violentas) de Santos Trinidad (Coronado), construye un guión sin trampas, sin golpes de efecto innecesarios, con contadas -pero contundentes- escenas de violencia, sin ornamentos ni metafísicas new age de esas que tanto valoran según qué festivales de cine. Aquí no hay nada accesorio, porque el cine negro es siempre un -seco- descenso a los infiernos, a ese Madrid que Trinidad recorre en una carrera contrarreloj consigo mismo.

Urbizu compone una película que nos exige una participación activa en su lectura, un film en el que los espectadores seremos los únicos en tener todas las piezas para componer nuestro propio puzle -las piezas que nos entrega, en asépticas bolsas de plástico, la jueza; las que nos presenta, cubiertas de sangre, el policía- y donde el -certero- desenlace nos devuelve, de lleno, al centro mismo del huracán. Al origen del miedo. A la paraonia que define nuestra sociedad desde que los escombros de las torres del 11-S se convirtieron en nacimiento fúnebre de este nuevo siglo. De este, solo aparentemente, nuevo milenio.

La reflexión, eso sí, subyace debajo de la trama. No hay digresiones moralistas. No hay espacio para el panfleto ni para las elucubraciones autoriales de salón. Porque Urbizu no necesita recurrir a eso para construir una narración eficaz y rotunda. Una narración donde los secundarios juegan bien sus cartas -aunque se eche de menos un mayor desarrollo de personajes como el de Rodolfo Sancho o Pedro Mari Sánchez- y en la que su protagonista descubre lo que muchos ya intuimos con aquel otro policía que interpretara en la -injustamente- olvidada La distancia: que bajo capas de años de televisión y papeles poco acertados, se esconde un buen actor. De momento, le han negado -injustamente- la Concha de Plata en San Sebastián. Confiemos en que otros galardones sí se acuerden de él: se lo merece.

28.8.11

La piel que habito


La piel que habito es puro Almodóvar. Resulta curioso que el director se reencuentre con su esencia -pasada por el tamiz de los años y de la experiencia- a través de un material narrativo ajeno, una novela breve y perturbadora -Tarántula, de T. Jonquet- que sirve como punto de partida para una cinta que no encaja -conscientemente- en ningún género. Una película de trazado y puesta en escena casi minimalista que, sin embargo, está llena de capas y, por supuesto, pieles.

Ante todo, un consejo esencial: huyan de cualquier análisis o crítica que les destripe su argumento (aquí, se lo prometo, no lo haremos). Eviten, si pueden, los spoilers. Y déjense llevar por un guión tan arriesgado como bien orquestado. Una historia llena de saltos al vacío que, seguramente, solo se pueden salvar si se tiene el talento de Almodóvar, la luz de Alcaine, la música (magnífica, una vez más) de Alberto Iglesias y un reparto que sabe entregarse con generosidad a todos sus (complicados) personajes. Elena Anaya devora la pantalla a cada instante, Banderas se mantiene gélido, contenido y escalofriante (con un punto de esa locura suya en Átame o La ley del deseo), Paredes está espléndida (como de costumbre, con esa capacidad melodramática y excesiva tan suya que intensifica cuanto dice y siente) y, junto a ellos, dos interpretaciones jóvenes -las de Blanca Suárez y Jan Cornet- que, enfrentados a personajes límite- salen más que airosos del reto. Solo desentona -al menos, en mi caso- el Tigre (¿guiño lejano a aquel otro de Entre tinieblas?) de Roberto Álamo, quizá porque la suya es la secuencia más desmadrada -¿prescindible?- del conjunto o porque no acabo de entender la necesidad de forzar a un actor como Álamo a fingir un más que poco creíble acento brasileño.

En cualquier caso, con una materia prima más que aprovechable, Almodóvar construye un film tan extraño y anómalo -en una capa superficial- como lleno de sí mismo -debajo de la máscara de ciencia ficción y de terror que envuelve el film-, de guiños a cintas previas que -de repente- se tornan originales y autónomos. Una historia que tiene algo de la piel de Átame -y, cómo no, de su ya homenajeada El coleccionista-, de la negrura de Carne Trémula, de la fusión imposible entre el terror y el romanticismo de Hable con ella, de la locura de (la infravaloradísima aunque fallida) Kika, o del estudio de la obsesión de (mi venerada) La ley del deseo. Resulta imposible no encontrar el alma -los temas y fantasmas- del cine almodovariano en cada plano, por mucho que el tiempo haya pasado para convertir su cine impetuoso y kitsch de los ochenta en un festival esteticista y, solo en apariencia, frío y distante.

Pero esa frialdad -la de la luz, la de las pantallas voyeurs que permiten avanzar la acción, la del espacio (casi) único donde transcurre la trama (El Cigarral es, desde ya, una de las casas con nombre propio de la historia del cine), la de la estática (así lo quiso el director) e inexpresiva interpretacion de Banderas...-, todo eso no es más que el envoltorio necesario para ofrecernos -de modo que no resulte indigesto- esta fábula -atormentada- sobre el deseo y sus límites, sobre la obsesión y la memoria, sobre los frágiles límites de ciertas fronteras morales...

Y es que, en este caso, los saltos temporales del guión de Almodóvar no solo sirven para generar desconcierto y suspense (esa primera mitad de la película donde solo tenemos preguntas sobre lo que vemos), sino -sobre todo- para otorgarnos una perspectiva ética quebradiza, que se rompe y se pliega según avanza el film. De fondo, un macguffin ético (todo un clásico de la ciencia ficción) y un más que eficaz anclaje estético (con Louise Bourgoise como leit-motiv y Gaultier como ejecutor). Por debajo, en la segunda -y auténtica- piel de la historia, circulan la muerte, el olvido, el perdón o la locura. Una locura que tiene en la mirada de Jan Cornet (gran trabajo el suyo) uno de sus puntos más álgidos.

Si buscan una película racional y realista, o si quieren reencontrarse con el Almodóvar alborotado y desmadrado que, a su modo, regresó con Volver, saldrán decepcionados. Pero si son capaces de sentarse en la butaca ante La piel que habito con la misma ingenuidad que Pedro dice haber exigido a Banderas antes de trabajar de nuevo con él, entonces seguro que disfrutarán de la negrura perturbadora de la película. Una historia donde los únicos monstruos son nuestras propias pasiones. Nuestras zonas en sombra. Por eso, supongo, es un film de terror. Porque nada da más miedo como asomarse a abismos de los que preferiríamos no ser nunca conscientes.

15.8.11

Homofobia en sotana

En los dos últimos textos que he publicado -La edad de la ira y Tour de force- se aborda, desde diferentes perspectivas, el tema de la homofobia. Hay quien, en los meses de promoción de la novela, me preguntaba si ese tema seguía estando vigente aún en nuestro país, un país moderno y tolerante con una ley que nos permite casarnos a quienes formamos parte del colectivo LGTB. Y ante esa pregunta, siempre acababa reproduciendo lo que dicen algunos de los personajes -Dani, Álvaro- de mi novela: hay que diferenciar la existencia de la ley de matrimonio homosexual -progresista y valiente- de la mentalidad de un país al que todavía le sigue lastrando el fuerte peso de la rancia moral católica. Basta fijarse en los programas de más audiencia para descubrir que se mantienen vigentes algunos usos casi vetustenses, tales como denunciar infidelidades, forzar salidas del armario y, en definitiva, condenar la vida privada ajena desde una moral tan pacata, beata y retrógrada que desautoriza a cuantos participan en ellos (lástima que, por cierto, haya tantos miembros del colectivo gay en esos espacios haciendo un flaco favor a la causa de la igualdad real).

Esta semana de la JMJ -dejando a un lado el enorme gasto de dinero público que supone el evento, o la cesión de 800 centros públicos, o el uso cortijero de fachadas de edificios públicos -como la Consejería de Educación- para colgar pancartas proselitistas y confesionales, o los cortes de tráfico que nos harán vivir sitiados -literalmente- durante siete días-, tenemos -además- que soportar las declaraciones insultantes y homófobas de la Conferencia Episcopal, tímido adelanto de lo que se supone que el Papa dirá en sus futuros discursos. Tiene gracia que haya que recibir con tantos loores (¿por qué se le trata como si fuera una visita estatal si insisten en que es solo pastoral?) a quien viene dispuesto a atacarnos y agredirnos, por considerar que los avances (aún timidos) hacia un laicismo real son un ataque contra el oscurantismo que él representa.

Por supuesto, hacer cualquier crítica a la iglesia se considera, automáticamente, beligerancia y curas y obispos se amparan en la libertad de expresión para hacer declaraciones como las del portavoz de la Conferencia Episcopal Española (CEE), que califica el matrimonio homosexual de "virus", asegura que "no se puede tratar de forma igual lo desigual" e insiste en que el matrimonio homosexual "es contrario a la razón" (es curioso que se amparen en la razón quienes defienden dogmas de fe totalmente opuestos a todo criterio científico: ¿alguien me explica lo del Espíritu Santo, por cierto?).

Según la iglesia, estas declaraciones no son ni homófobas ni insultantes, tan solo expresan su punto de vista
, una opinión contraria a la ley vigente y que, por cierto, mueve al odio a sus simpatizantes. Es irónico que, debajo de ese supuesto mensaje evangélico de amor al prójimo (¿cómo era aquello de la mejilla?), escondan tanta bilis con la intención de mover a sus masas hacia la homofobia y la discriminación (¿de veras que esto tiene algo que ver con la figura de Jesús y lo que representó en su momento?).

A cambio, eso sí, los ateos no podemos expresarnos, pues automáticamente estamos siendo irreverentes e irrespetuosos, de modo que hemos de permanecer impasibles ante sus agresiones y, además, poner buena cara ante los eventos papales como si este país no fuera un Estado laico y aconfesional, como si no hubiéramos luchado por liberarnos del yugo de la retrógrada moral eclesiástica: esa que prohíbe el preservativo, esa que ampara y oculta casos gravísimos de pederastia en sus asotanadas filas, esa que sigue culpabilizando a las mujeres que deciden abortar, esa para la que los gays estamos enfermos, esa que sigue haciendo presión en las aulas a través de la materia de religión, esa que intenta controlar la enseñanza a través de la concertada, esa que se mantiene férrea en sus principios inquisitoriales y que ha perdido el rumbo en su cruzada antitodo y antitodos. Una cruzada que justifica que nos insulten y que, sin embargo, a nosotros nos impide que un artista pueda exhibir una fotografía como la que censuraron en el Festival de Mérida hace solo unas semanas. Porque decir que un gay es un enfermo es, según la iglesia, solo un ejemplo de libre expresión, pero emplear iconos e imágenes cristianas en una obra literaria o artística es un ataque furibundo contra ellos.

Afortunadamente, ya no pueden quemarnos, pero hay que admitir que la ira de las declaraciones episcopales parece esconder un nada velado deseo de recuperar las hogueras o, por qué no, los campos de concentración para reunir allí a los que él llama "desiguales" y darnos un trato, en sus mismas y fascistas palabras, "desigual", pues lo contario -la igualdad, la tolerancia, el respeto- podría poner en peligro a todos los mercaderes que Jesús en su momento echó del templo y que el Vaticano, raudo y codicioso, corrió a meter de nuevo en él.

Entretanto, los ciudadanos seguimos esperando que alguien se decida a intervenir de una vez y a tomar medidas que separen -por fin- iglesia y Estado. Alguien que deje de tener miedo de la moral de alpargata y rosario que nos rodea y que nos encamine hacia un laicismo real y auténtico, un laicismo donde cada cual pueda tener la fe que desee (no es este un post contra los cristianos -mi propia familia lo es: yo soy, en eso y en casi todo, la oveja negra, por supuesto), un laicismo donde no se imponga ningún símbolo -de la naturaleza que sea- y donde no haya injerencias de quienes atentan contra la Constitución desde sus púlpitos, disfrazando de moralidad un mensaje cargado de odio y de incomprensión.

Un mensaje que, lamentablemente, cala mucho más de lo que queremos creer -basta leer algunos de los tweets que he recibido esta mañana al respecto- y que da alas a esa homofobia latente que -perdonen la automención- critico en La edad de la ira, en Tour de force, en casi todo lo que escribo y que, en cuanto encuentra un hueco, sale a la luz. Esa homofobia tan peligrosa de quienes dicen no tener nada en contra de los gays pero ponen mala cara cuando se aborda el tema de la adopción. Esa homofobia de quienes afirman que lo respetan todo pero te miran con desconfianza cuando saben que tú, un profesor homosexual, eres el tutor de su hijo. Esa homofobia de los que dicen que no están en contra de que nos casemos, sino de que lo llamemos matrimonio, como si pudiésemos contaminar el sustantivo con tan solo tocarlo. Esa homofobia que nos quieren hacer creer que no existe y que no es peligrosa, pero que la iglesia promueve y ante la que debemos estar alerta para seguir avanzando y no dar ni un solo paso atrás.

Por eso, sin duda, estaré en la marcha laica del miércoles 17 en Madrid. Porque estoy cansado y harto de que me insulten impunemente. De que juzguen mi forma de vida. De que quieran devolvernos a la Edad Media o convertir este país en un plató gigante de Sálvame. Porque quiero un Estado laico, una escuela laica, una realidad plural y tolerante, donde cada cual se exprese como quiera sin agredir al otro disfrazando sus patadas y puñetazos bajo una sotana o detrás de un misal. Por eso iré a esa marcha. Porque el laicismo y la libertad solo pueden -y deben- conocer un camino: hacia delante.