10.11.09

Clases de cocina

Hoy vamos a centrarnos en una de esas películas que deberían estrenarse directamente en televisión y que, sin razón alguna, amenazan con tener candidaturas en los próximos Oscar. Sí, cómo no, se trata de Julie&Julia, una de las muestras del cine más ñoño que he visto en mucho tiempo.

Ni siquiera nuestra devoción por Meryl Streep pudo hacer frente a una película previsible, anodina, gris y, cómo no, reaccionaria, llena de valores añejos y de una misoginia encubierta en lo que, misterio entre los misterios, es una supuesta muestra de cine femenino.

Para colmo, el olor añejo es intergeneracional, ya que salta del personaje de la Streep -sobreactuada hasta límites inconcebibles- hasta el personaje de Amy Adams, prototipo de treinteañera cursi y simplona cuyas crisis son menos profundas que la de Bambi al descubrir el hielo. El guión recurre a un humor, digamos, simple y la directora -la temible Nora Ephron- nos da un recital de caspa con una ambientación que convierte a Amar en tiempos revueltos en una joya de la decoración y el atrezzismo.

Lo que no entiendo -entre otros miles de cosas que tampoco entiendo: cada día debo ser más simple- es cómo se pueden escribir guiones tan ingeniosos y llenos de humor para televisión -como Mujeres desesperadas o hasta algunos episodios de Dexter y Gossip Girl (el 3x18 de esta última es una joya que comentaremos en detalle más adelante), pese a las carencias de estas últimas- y caer, sin embargo, en tales ramplonerías cuando de escritura cinematográfica se trata.

Evidentemente, después de ver este canto a la cocina -que parece sacado del Yo Dona- aún me parece mejor la última de Woody Allen. Y no porque sea una obra maestra, sino porque, a pesar de todo, sigue haciéndome reír y consigue lo que la comedia americana actual ha olvidado hace siglos: convertir el humor en un instrumento crítico e inteligente.

Por lo demás, un film olvidable y tedioso -lo mejor es que, aunque parezca imposible, se acaba después de casi cien minutos (tal vez más, tal vez menos, no sé) de sufrimiento- que se suma a la lista de pelis sobre la cocina y la comida, en la que o se dan pequeñas joyas -El festín de Babette, Comer, beber, amar e incluso Tomates verdes fritos- o se perpetran cursiladas como esta -o Sin reservas, por poner otro ejemplo reciente- donde el star system se pone a pelar cebollas mientras nos intentan emocionar con historias de amor de cartón piedra y traumas tan falsos como el histrionismo de la Streep.

(Y esta semana prometo que cuelgo el post pendiente sobre Bolonia... ¡¡¡Que el día tenga más horas, por favor!!!)

6.11.09

Aciertos... y desaciertos

Días de mucho (muchísimo) trabajo en todos los sentidos: docente, editorial, literario... Y, por si fuera poco, con unas cuantas funciones de El sexo que sucede a la vuelta de la esquina. Estaremos en DT (C/ Reina, 9 - Metro Chueca y Gran Vía) los domingos 15 y 29 de noviembre a las 20 h. Si alguien se anima a pasar la tarde con nosotros, podéis ver más información en este enlace de la revista Red teatral.

Y ahora, para recuperar el tiempo perdido, pasemos brevemente revista a dos temas pendientes de la cartelera... Trataré de ser breve, que la noche nos llama fuera de la pantalla... ;-)

1. El secreto de sus ojos

Iba con dudas. Temía encontrarme una película sobrevalorada... Pero me llevé una de las más gratas sorpresas de lo que va de otoño. Una película bien contada, sensible, inteligente y adulta. Quizá con algunas escenas más o menos obvias, pero -en cualquier caso- capaz de atrapar al espectador y de narrarle con solvencia dos tramas paralelas y diferentes entre sí: el mero thriller político-policíaco y la historia de amor. Esta última se nos relata en escenas de auténtica antología, como el no-beso que los protagonistas se dan en la estación y cuya intensidad erótica me recuerda a una de mis escenas cinematográficas favoritas: el momento en la biblioteca entre Emma Thompson y Anthony Hopkins en Lo que queda del día.

Los intérpretes están soberbios (inmensos Darín y Villamil: sus miradas son tan expresivas como requiere un título como este) y la estructura (como el cuaderno o la máquina de escribir: me encantaron esos pequeños guiños) cumple bien su función. Es inteligente y, a la vez, eficaz, sin retruécanos torpes ni barroquismos inútiles. Una puesta en escena limpia que recoge, sobre todo en su inicio, la dificultad de organizar un recuerdo a la hora de narrar una historia. Una reflexión metaliteraria que recorre de algún modo el film y que inventa a otras lecturas. A fin de cuentas, el tiempo y la memoria son otros de los temas que desarrolla con acierto, así como su capacidad para desdibujar o subrayar nuestras vivencias.

En conclusión, véanla. Una película absolutamente disfrutable y, a su modo, también una rareza. No es necesario ser televisivo ni tontorrón ni sanguinolent para rodear un buen policíaco. Este film lo demuestra.

2. La italiana en Argel
La música, como siempre en Rossini, es divertida, ligera, amenísima y, desde luego, muy fácil de escuchar. Sin embargo, esa facilidad es inversamente proporcional al reto que supone su libreto: una historia simplona, pésima y previsible que se convierte en un duro escollo si el director escénico no sabe cómo convertir lo bufo en divertido. En este caso, la propuesta del Teatro Real es tan estética como hueca. Todo muy bonito, muy conjuntado, muy grandilocuente... y muy vacío. Sin gracia, sin vida, sin una pizca de talento personal por parte del director, que se limitó a colocar a los cantantes y al coro de modo que no desentonasen con el colorista vestuario y el colorista decorado y la colorista iluminación. Todo muy a su estilo, como corresponde al director de Els Comediants, pero sin aportar nada que no fueran fuegos de artificio. Se echaba en falta la creación de un subtexto que permita que la función no se venga abajo, sobre todo cuando se tiene a un director musical como López Cobos, excelente, sí, pero empeñado en convertir al pobre Rossini en una suerte de Wagner. Por no hablar de la mezzo, que en vez de a la mujer pícara y seductora del libreto, debía creer que estaba haciendo la Salomé de Strauss: una bellísima voz -eso es indiscutible- pero sin ningún tipo de empatía ni con el público ni con su personaje, en un ejercicio de frialdad que evitaba cualquier atisbo del aliento rossiniano. En su conjunto, la música sonó solemne y apocada, evitando la gracia y la viveza de la partitura y condenándonos a los espectadores a ver una ópera correcta y -horrible adjetivo- bonita, pero tan pálida en su fondo como una naturaleza muerta. Lástima. Pudo ser tan distinto...

25.10.09

La visita

Llega a veces. Sin avisar. Traidora y alegórica, como la hora que se resta al día para que anochezca antes. Para que la oscuridad nos ahogue con la excusa del ahorro energético. Para que sigamos siendo productores de no sabemos qué para no sabemos quién. Y se instala sin decirnos por qué. Con la sonrisa boba de uno de esos sociólogos que nos llaman generación peter pan y que se enzarzan en debates estériles sobre lo que soñamos y lo que tenemos. Sobre lo que somos y lo que quizá vayamos a ser. Y, entonces, sin decir apenas nada, nos acompaña como la losa de esas hipotecas de las que habla el sociólogo en un dominical donde no se cuenta nada más que trivialidades, como la publicación de un nuevo best seller que nadie necesita o la conversión en actriz de una protagonista insulsa del papel couché. Luego, sin hacer ruido, se sienta junto a nosotros y ojea ese periódico mientras encendemos la luz, porque en nuestro ecomundo ecoperfecto hoy hay menos horas de ecoluz y más minutos de ecooscuridad. Nos hace un guiño insípido y la sabemos ahí, agazapada en el dvd donde dudamos si poner el House 6x03 o el Mad Men 3x08. Tal vez no lo dudamos, tal vez fingimos dudarlo para ganar más tiempo. Para sumar minutos y lograr que regrese a nosotros la hora que nos quitaban. Que pretendían hacernos creer que ganaríamos. Igual que ganamos el nombre de X, o de Peter Pan, o cualquiera de esas etiquetas que fabrican en serie los sociólogos cuando les regalan una hora de luz y de madrugada. Deberían robarnos los domingos y regalarnos sábados, supongo. Llenos de músicas y de bares. De ruido y de restaurantes. De sexo y de furia. Pero queda el domingo y el periódico sobre el sofá y las páginas naranja que ya ni siquiera consulto y el 6x03 recién descargado en el que seguramente los subtítulos no vayan al mismo tiempo que la imagen. Y mientras se toman decisiones vanas -dominicales- sabemos, por fin, que ella está ahí. Que nos mira densa y rutinaria. Y pensamos su nombre pero preferimos no decirlo en voz alta. Confiamos que el silencio deshaga su existencia abstracta, pero pegajosa. Y entre anuncios que venden familias en coche y amigos en pizzas para microondas, pulsamos el play. Para nuestra sorpresa, los subtítulos van bien sincronizados. Show must go on.

24.10.09

Don Carlos

Se me acumula el trabajo..., pero los días -estos días- no dan para más. Tengo pendiente un resumen del reciente viaje a Bolonia -ciudad más que recomendable- y, como el tiempo sigue escaseando, de momento intentaré ponerme al día con una recomendación teatral: el Don Carlos, de Schiller, que se representa actualmente en el CDN.

La dirección de Bieito auguraba, cuando menos, sorpresa. La presencia escénica de Carlos Hipólito suponía, sin duda, más de un acierto. El resultado, para mi sorpresa, un montaje inteligente y más sutil que estruendoso, con un empleo inteligentísimo de la música -su bagaje como director teatral es más que evidente- y unas buenas dosis de sano cachondeo sobre el typical spanish, muy de agradecer en estos tiempos de neobeatería y confusión. Al son del pasodoble, la España negra trata de romper el jardín con el que Felipe II -reverso histórico de los que hoy alientan al foro de la familia y similares- intenta ocultar la podredumbre -moral y vital de todo un país- en un inmenso invernadero que funciona como una gran metáfora del poder y de cuanto bajo él se esconde. Cortinas de humo que, transformadas en enrededaderas, sirven para alojar una versión sintética y depurada de la obra de Schiller, respetando sus excesos románticos, pero evitando las reiteraciones y los circunloquios menos afortunados de un texto que, en ciertos aspectos, no puede dejar de envejecer mal.

Lejos de quedarse en el armazón, en el montaje se bucea en aquello que el texto puede tener de moderno y se nos ofrece un retrato cruel y humorístico -próximo, en ciertas escenas, al esperpento- que no deja de ser romántico -¿algo más romántico que la hipérbole?- y, sobre todo, que nos resulta absolutamente contemporáneo. Secundarios impagables, como el gran Inquisidor -todo un Rouco Varela cargado de bilis y de prejuicios- o la espléndida princesa de Éboli que, una vez más, tiene el personaje más agradecido de la función. Además, Bieito no teme respetar las escenas intimistas y nos ofrece duetos y monólogos expresados en un tono intimista, que no menor, sin caer en el grito ni el subrayado, de modo que el humanismo del Marqués de Poza o el amor de don Carlos y la reina se expresen con emoción y solvencia, pero sin caer en tipografías de negritas y cursivas que arruinen la función.

En suma, un montaje más que disfrutable y lleno de propuestas escénicas. No todas perfectas. No todas necesarias. Pero sí forman un conjunto plenamente semántico en el que Schiller no parece ejercer como un dramaturgo romántico alemán, sino como un columnista coetáneeo español. Puro siglo XXI versión invernadero. Si pueden, véanla.

17.10.09

Si la cosa funciona... y sí, funciona

Hacía tiempo que no me reía en una comedia. No me interesan ni me divierten las supuestas gracietas de Appatow ni, mucho menos, las de sus imitadores. Tampoco me han gustado nunca las comedias supuestamente gamberras ni las parodias facilonas y hace siglos que no se hace una buena comedia al estilo clásico de Hollywood. Creo que la última vez que me reí con ganas tuvo que ser en alguna peli de Pixar y, para mi sorpresa, en aquella rareza de Lars Von Triers llamada El jefe de todo esto, que me pareció hilarante en su crueldad. Sin embargo, la comedia es un género descuidado en el cine, quizá porque es francamente difícil hacer reír sin caer en lo zafio, en lo banal o en lo tópico. Por otro lado, no entiendo que la comedia cinematográfica esté de capa caída cuando los guiones televisivos sí que aportan ideas más que válidas en este género, ya sea en comedias menores pero eficaces como la de Cómo conocí a vuestra madre -que sin volverme loco, me divierte- o en soap operas entretenidos y ácidos como las ya clásicas Mujeres desesperadas.

Por eso, supongo, he agradecido tanto los noventa minutos de Si la cosa funciona (Whatever works), la última película de Woody Allen. Su estreno no me suscitó mucho interés -salvo por el nombre de su director, claro- y la presencia del actor principal tampoco me parecía un gran motivo para ir a verla. No me suelen gustar las películas en las que Woody emplea a otro como alter ego. Tenía curiosidad por ver a Evan Rachel Wood (sobre todo porque sé de dos que nos vamos a Nueva York en unos meses para verla estrenar el musical de Spiderman con música de Bono) y admito que siento cierta debilidad por Patricia Clarkson, además de por ese bellezón llamado Henry Cavill, que tan buenos momentos nos ha dado en esa gozada sensual llamada Los Tudor. Pero, en conjunto (y sabiendo que ni siquiera aparecería desnudo Mr. Cavill), la película no me atraía en exceso y, lo confieso, tampoco he corrido a verla.

Quizá por todo ello, ayer me encontré con una gratísima sorpresa. Una película sencilla, nada pretenciosa, lejos de los excesos rimbombantes de algunos títulos recientes de Woody y, sobre todo, con un necesario regreso a ese Nueva York donde ha dado lo mejor de sí mismo. No cuenta nada nuevo -en el fondo, lleva años sin hacerlo-, pero lo cuenta bien y consigue, con una habilidad pasmosa, retratar neurosis, miedos y obsesiones actuales (muy actuales: me admira su capacidad para integrar el hoy en su cine) en un guión divertido, hilarante e ingenioso. Por supuesto que la acción es evidente, pero en ningún caso pretende que no sea así: el desenlace se anuncia desde el comienzo y el autor insiste con guiños diversos en que solo estamos viendo una ficción caprichosa donde los sucesos se guían por el arbitrio de su autor (divertidísimo el momento del destino llamando a la puerta, por ejemplo, o la caída sobre su nuevo y definitivo amor: el final, en el fondo, no es más que un fin de fiesta gozoso y cínico a la vez que pone en evidencia el nulo afán realista de la trama). La acción solo se plantea como una excusa para desarrollar un monólogo cínico, desengañado y, sin embargo, feliz sobre la condición humana, así como sobre otra de las grandes obsesiones del último Woody: la suerte, aunque aquí se cambie la trama dostoievskiana y la pelota de tenis de Match point por una comedia ácida y supuestamente trivial. El film se presenta como una suerte de mezcla imposible entre Sartre y Molière con ciertos toques de Bernard Shaw y, cómo no, de Brecht, en esa continua ruptura de la cuarta pared para distanciarnos de la acción y obligarnos a fijarnos en las palabras.

Larry David domina la función con soltura (parece que su personaje fuera la evolución esperable desde Seinfeld) y, sobre todo, con gracia, dándole a su rol una credibilidad que me resulta francamente difícil de conseguir, ya que todos los papeles de la película son claros y forzados estereotipos. Y, sorpresa entre las sorpresas, Evan Rachel Wood le da una respuesta más que aceptable en la enésima recreación woodyallenesca de la nena-rubia-mona-tonta, que nos recuerda -inevitablemente- a la Mira Sorvino (¿qué fue de esa mujer?) de Poderosa Afrodita (¿y por qué -a propósito- ni este título ni Balas sobre Broadway han podido aún ser editados en dvd?).

Personalmente, me sorprende la capacidad de Allen para seguir escribiendo conversaciones -y monólogos- tan divertidos y punzantes, su talento para un humor intelectual -que no pedante- y su capacidad para seguir usando los mismos temas con diferentes recursos. Escenas como el diálogo entre el padre de la joven y el gay divorciado, por ejemplo, son ejemplos de cómo escribir un gag cómico sin caer en el humor de brocha gorda y resultando, sin embargo, francamente gracioso. Lástima que el hecho de hacer reír -con o sin talento- sea condenado siempre al ostracismo artístico tanto en novela, como en teatro o cine, motivo por el que esta película puede verse como una nadería sin fijarnos en lo difícil que resulta arrancar tanta carcajada con una idea tan sencilla.

Si la cosa funciona, exactamente como ya nos avanza su título, no creo que aspire a ser una obra maestra. Tan solo aspira a eso: a funcionar (mientras lo haga). Inevitablemente, hay algún bache, e incluso algún momento más insulso, pero el conjunto es divertido, ágil y directo. Y la crítica que contiene resulta mucho más mortífera e inteligente que cualquier alegato de Michael Moore (cómo la idea de situar el diálogo madre-hija ante las figuras republicanas del museo de cera).
Lo mejor, supongo, es que me quedé con ganas de volver a verla para reírme de nuevo y, sobre todo, que sigo recordando algunas frases, ideas y citas de una película que, sin grandes aspiraciones, respira mucha más verdad que gran parte del cine que se estrena a su alrededor. Si les apetecen, véanla. Pero sobre todo, riánse.

15.10.09

Perplejidad(es)

Debe ser porque me siento un poco más misántropo de lo habitual, pero mi capacidad de sorpresa se ha visto renovada estos días. Y no tanto por la novedad, sino por la repetición de modelos que creía ya más que superados... Empecemos.
1. Perplejidad A
Antena3 ha estrenado un nuevo cutre-reality en el que unos adolescentes son educados como si, supuestamente, viviesen en el año 1963. La propuesta está producida con toda la pobreza y falta de imaginación a la que esta cadena nos tiene acostumbrados y, en definitiva, no deja de ser otra variante -entre cientos- de Gran Hermano. No me sorprende que encierren adolescentes, ni siquiera que disfracen a unos supuestos profesores del modelo más rancio y casposo imaginable, es más, ni siquiera me sorprende que un bodrio de estas dimensiones tenga un éxito absolutamente inexplicable. Lo que sí me deja boquiabierto es que esta memez reaccionaria dé lugar a supuestos debates en los que hay quienes defienden un modelo de educación similar, basado en el autoritarismo más decadente y en la disciplina más incontrolada. Algo se tiene que estar haciendo realmente mal para que haya quien defienda un modelo dantesco como una opción real. O eso o hay mucho descerebrado suelto por ahí.
2. Perplejidad B
Tampoco me sorprende que siga teniendo éxito cierto programa en el que la reina de la telebasura, Emma García, busca novio/novia a unos tipos a los que llaman "tronistas" y que deben seleccionar a su amor ideal entre un grupo inefable de pretendientes. Tampoco es un formato novedoso, se basa en provocar la vergüenza ajena -eso, admitámoslo, lo consiguen- y en despertar, continuamente, el morbo del espectador. Ni siquiera me sorprende que uno de los tronistas sea un tipo rapado y cargado de anabolizantes que luce su analfabetismo con la misma apostura con la que exhibe bíceps, convirtiéndose en lo que, según el programa, sería un ideal de galán y, por tanto, de "tronista". Lo que sí me deja, de nuevo, perplejo es que haya mujeres dispuestas a pretender su conquista después de ver cómo veja a todas y a cada una de las chicas que pasan por su lado. Bien es cierto que solo he soportado ráfagas de este programa -soy incapaz de digerir más de diez minutos de este veneno-, pero en todas ellas ha tenido algún tipo de comportamiento vejatorio, sexista y, cuando menos, borde y grosero con las supuestas pretendientas. ¿Tan poco hemos avanzado en este asunto? ¿Tanto se cotiza el kilo de músculos de gimnasio de barrio? ¿Cómo es posible que se vea ese trato violento y ordinario contra la mujer como una conducta normal en pleno siglo XXI?
3. Perplejidad C
En esta misma línea, tampoco me sorprende que sigamos teniendo Gran Hermano, a pesar de que el formato haya muerto en todos los demás países del mundo civilizado o, en su defecto, haya quedado como un simple reducto a olvidar de televisiones pasadas. Aquí, lejos de desaparecer, se mantiene con elevados índices de audiencia y sigue siendo protagonizado por una presentadora que, hace tiempo, perdió la cabeza. Pero lo que me sorprende, una vez más, no es su existencia -cada cual pierde tiempo con lo que le apetece- sino el modelo de tío que, de nuevo, se nos ofrece. No conozco a los concursantes de este año, pero sí he visto en algún zapping a un tipo vulgar, basto, malhablado y profundamente hortera que dice llamarse Arturo y que tiene por costumbre insultar a la chica -de esa sí que no sé el nombre- con la que supuestamente está enrollado. La emisión de esas trifulcas de un gusto pésimo a todas horas en la -recordemos- "cadena amiga" es, cuando menos, un acto totalmente irresponsable en un país como el nuestro, donde la violencia doméstica alcanza unas cifras tan desoladoras y elevadas. Lo peor tampoco es que algo así se emita -hace tiempo que no espero ética de la televisión- sino que el público lo valore como algo normal, gracioso o hasta pintoresco. El argumento de "pero está muy bueno" parece que tanto en este caso como en el del primate calvo del otro programa anulan cualquier otra opinión sobre sus formas o sus ideas. Es decir, que se puede ser misógino si se está cuadrado. Genial, todo un alivio.
4. Perplejidad D
Entiendo el éxito (frívolo) de Sexo en Nueva York, siempre que no se tome como una especie de biblia sobre el amor y la sexualidad femeninos. Si se ve como un pasatiempo tontorrón de gente vestida de marca en sitios monos de NY, vale. Pero nada más. Lo que no entiendo es que se acabe de publicar -con visos de best seller- un libro titulado Por qué los hombres quieren sexo y las mujeres necesitan amor. Y lo peor no es que haya un cenutrio -o una cenutria, vaya usted a saber- que escriba semejante prejuicio en no sé cuántas páginas, ni que una editorial decida publicarlo (es evidente que el criterio editorial -con excepciones- murió hace años), lo que me sorprende es que se esté vendiendo y, sobre todo, que haya mujeres que lo compren, en lugar de sentirse ofendidas al ser, una vez más, privadas del sexo como parte de su identidad. Que si ellas de Venus, que si nosotros de Marte... Y el tópico sigue vendiendo y funcionando, porque de repente parece que nadie se da cuenta de que está volviendo una ola brutal de conservadurismo que amenaza con llevarse todos los logros conseguidos -y eso que estaban a medio hacer- en décadas anteriores.

6.10.09

Días de series

El otoño no me ha sentado nada bien... y llevo en cama desde el viernes. De momento, me esperan unos días más... Soy un pésimo enfermo y echo de menos el trabajo, a mis alumnos, el barullo de la ciudad y entrar y salir normalmente. En fin, una lata.

Al menos, he podido ponerme al día con unas cuantas series y ya solo me quedan dos episodios para terminar las magistrales seis temporadas (con esa intensísima, oscurísima y peculiar sexta-bis) de Los Soprano. A ver qué tal ese comentadísimo episodio final del que no he querido saber nada, a pesar de que ha sido más que difícil no enterarse de su contenido, ante los ríos de tinta que generó en su momento y que aún pueblan la red.

En cuanto a los vicios televisivos de este mes -algunos nuevos y otros, no tanto-, aquí van algunos apuntes...

Me divierte Miénteme. Su planteamiento imita punto por punto el esquema de CSI, sustituyendo la investigación científica por el lenguaje no verbal. Entre sus defectos, además, hay que admitir que sus técnicas de investigación son tan pobres que parecen sacadas de los capítulos más flojos del libro de Flora Davis y los secundarios sobreactúan para que notemos sus gestos en todo momento, de modo que todos sabemos que mienten en cuanto lo hacen. Sin embargo, su ritmo es ágil, sus personajes no funcionan del todo mal -muy mono, por cierto, el chico que solo puede decir la verdad- y, ante todo, sale Tim Roth, uno de los actores que más me gustan -enorme carisma y fuerte personalidad escénica- y al que podría soportar hasta en un remake de Aquí no hay quien viva si fuera necesario. Solo por verlo a él sigo la serie, con la esperanza de que los guionistas descubran que su prota es un punto fuerte y se despeguen de CSI para ofrecernos otra cosa. De momento, ya han creado un misterio en su pasado -el porqué de su interés en el lenguaje gestual- y hasta lo han aproximado a la línea de series como House en algún capítulo. Supongo que lo que les falta es decidir un camino y otorgar al producto una auténtica personalidad. Veremos.

Me interesó (a medias) Flash Forward. La obsesión de su equipo -y de su cadena, ABC- por convertirla en la nueva Perdidos, me chirría en exceso. Seguramente porque Lost no pretendía ser Lost, pero se convirtió en un hito televisivo por sí misma, a pesar de sus trampas y sus retruécanos de guión. Da igual. Somos una legión de fanáticos los que contamos los días para ese enero de 2010 en el que comenzará la última temporada. En Flash Forward también se nos ofrece un piloto espectacular -aunque no creo que sea comparable al accidente inicial de Perdidos- y una idea inteligente, pero es todo mucho menos natural, menos complejo y, a estas alturas, menos sorprendente. Además, Joseph Fiennes (todavía no he visto un solo papel de este chico en el que me convenza) no es tan sexy como Jack o Sawyer y la protagonista, la Penny de Perdidos, no tiene el carisma ni de Kate ni de Juliet (¿quién ha hecho un casting tan anodino?). La serie -aunque sea también coral- tiene una estructura mucho más sencilla que Lost y empezó con una trampa tan pueril (ese vídeo captado por las cámaras de seguridad y, alehop, cazado casualmente por la policía: parecía hecho de coña) que hace prever un desarrollo quizá precipitado, al estilo de la última y patética temporada de Prison Break (con lo geniales que fueron , en sus subgéneros, las dos primeras). De momento, habrá que seguir viendo cómo evoluciona la serie, pero no acabo de saber si este cruce de Memento-Lost-K.Dick funcionará como pretenden.

Me provocó curiosidad el arranque de la nueva temporada de House. El hecho de que sigan inventando y sorprendiendo al espectador es más que meritorio en una serie que comienza ya su sexta temporada. La duda es hasta cuándo pretenden alargarlo... Ojalá decidan parar en un momento en que serie y personaje aún mantengan su dignidad. De momento, el episodio de hora y media con House en el psiquiátrico es, cuando menos, interesante. A ver qué viene luego...

Me aburre -infinitamente- la segunda temporada de True Blood. Tampoco me entusiasmaba la primera, pero al menos era brutalmente sexy, muy atrevida y, sobre todo, funcionaba como una crítica durísima y gamberra de todo tipo de fanatismo. Ahora, de repente, desaparece la oscuridad turbia y real de los guiones del principio y se convierte en un serial teen tontorrón y sentimentaloide de vampiros-niñatos y víctimas-niñatas. Qué pena que se haya preferido lo comercial a lo transgresor. Tal vez, en una tercera temporada, se recupere el malsano criterio original.

Me alegra -sobremanera- que hayan echado a Violeta de Física o Química. La serie -todo un sacrilegio mencionarla en este post, lo sé, pero la fiebre es lo que tiene- ha empezado este curso con guiones aún peores que los de la temporada anterior (¡y parecía imposible!), repitiendo las mismas tramas y alargando hasta la náusea historias de nulo interés (el fanático religioso que quiere cantar ¡con Nacho Cano! y otras ideas igualmente brillantes). Para colmo, se han montado su propia versión de Juno (peli moralista y sobrevalorada, he de decir) con la tal Angy, una de las actrices más inexplicable de ese gazpacho folletinesco (¿quién le ha dicho que colgarse todas las muñequeras de su barrio y mirar al suelo con cara de bizca es actuar?). De momento, Blanca Romero sigue actuando (¿no se han dado cuenta de que es un peligro para la salud pública?) y hasta ha estrenado una película (sin comentarios), con lo que el virus FoQ parece ir más allá del televisor. Yo, de momento, sigo consumiéndolo como mi dosis de telebasura semanal (qué le vamos a hacer, no tengo fuerzas para desengancharme), incapaz de dejar de reírme ante las frases de sus personajes (sobre todo, de las supuestamene dramáticas) y las situaciones que se plantean. Como ejemplo, me quedo con los cuadros perpetrados por el supuesto profesor de Arte: ¿no había dinero en producción para encargar algo mínimamente digno? Digamos que parecen pintados por la mismísima Belén Esteban después de un maratón en Sálvame...

Y, por último, volviendo a eventos más, digamos, culturales, me muero de impaciencia por ver tanto la tercera de Mad Men -que me espera seductora en mi pc- como por saber qué hace la Adrianna de Los Soprano en la nueva temporada de Desperate Housewives. El fichaje -con guiño autorreferencial y televisivo incluido- promete...

Por ahora, poco más, me vuelvo al sofá, manta y mando de televisión en mano, deseando que la salud posea mi cuerpo cual Megan Fox en Jennifer's body para retomar la normalidad. Quién me iba a decir a mí que iba a echar tanto de menos a mis alumnos... Con lo felices que deben de estar ellos sin aguantar al pesado de su profe de literatura...

29.9.09

Refugios

Cada cual tiene sus refugios, y el mío -uno de ellos- es la Fnac. No es un lugar cómodo, ni amplio, ni siquiera está mínimamente organizado. Después de un buen arranque hace ya unos cuantos años, comenzó a convertirse en un bazar cultural donde cada vez impera más el caos y la desidia. Aún así, a pesar de que ya no sea lo que pudo haber sido, sigo escondiéndome allí de vez en cuando, sobre todo en momentos en los que no acabo de entender al entorno o en los que el entorno no acaba de entenderme a mí.

Ayer no fue fácil llegar. Primero tuve que sortear todos los socavones que el ayuntamiento ha ido dejando a lo largo de la ciudad, un Madrid hipotético que hace años fue una hermosa ciudad y que ahora es un inmenso agujero lleno de zanjas y hórridas grúas. Da igual, hago como si el ruido, y el polvo, y la fealdad no existiesen y llego hasta Preciados. Allí me espera una versión castiza de la Corte de los Milagros, con turistas de saldo, repeticiones clónicas de tiendas inditex y alguna que otra actuación entre cutre y simplemente patética de gente que hace cosas que ni me interesan ni me importan, trileros y otros eventos populares incluidos. El ambiente tiene un ligero tufo al Madrid de la Gran Familia, igual de feísta y de rancio que en aquella terrible loa a la familia franquista, como si por aquí jamás hubiera pasado el siglo XXI (tal vez sí pasó, pero se cayó en una zanja gallardoniana y por eso no hay ni rastro de él).

Finalmente, alcanzo mi objetivo. La librería hoy está más descuidada que nunca. Las películas han sido clasificadas en estanterías imposibles y los discos responden a un criterio indescifrable que me impide encontrar lo que busco. Da igual. No tengo prisa. Necesito tiempo, así que me sumerjo en la búsqueda hasta que doy con el dvd de Mishima (al fin editaron la biografía de Schrader), con una rareza de Weill, con algo de pop -cómo no- y con una buena pila de libros que me apetece leer y que, pienso, pueden ser buenos libros que comentar con mis alumnos de 4º y Bachillerato. Entonces, a pesar de hallarme en el refugio -supuestamente a salvo- vuelvo a recordar por qué estoy allí. Porque ha sido una mañana llena de zafiedades y pequeñas miserias -esas son las peores, porque las grandes miserias son, al menos, interesantes-, una de esas mañanas donde me dan ganas de volver (otra vez) a cambiar de aires. O de rumbo. Y no porque no me guste lo que hago. Sino porque, con excepciones (pocas y con nombre propio), no me gustan quienes lo hacen junto a mí. Quizá ese sea -con o sin pacto de educación- uno de los problemas de la enseñanza: quién se sitúa frente a ellos. Es imposible que los adolescentes aprendan nada si se sigue subiendo a las tarimas -o donde nos quieran subir, porque a este ritmo tendremos que dar la clase desde las grúas traídas de las obras- gente gris, mediocre, aburrida, monótona, sin expectativas y sin ningún tipo de inquietud. Gente que cree que esa tarima es el foro donde vengarse por todos sus complejos, o gente que, como no tiene vida fuera, decide generar folletines absurdos allí dentro. Es imposible que los chicos aprendan algo positivo de docentes incapaces de dar los buenos días por el pasillo, o de profesores de literatura que jamás conversan sobre un libro porque desconocen que se ha seguido publicando incluso después de La colmena. Supuestos profesionales que se limitan, año tras año, a leer los mismos folios enmohecidos y que luego se quejan de no estar motivados, de que se aburren, cuando el problema no es que se aburran ellos: es que aburren -y desmotivan- a los demás. No, el problema no es dónde subirnos -tarimas, globos... me importa un bledo- el problema es quién se sube al lugar en cuestión.

En las cajas hay menos gente de la habitual. Saco la tarjeta de cliente -más bien, de refugiado cultural- y me concentro pensando en todo lo que quiero hacer este curso -planes, proyectos, ganas- para anular el maleficio de los que no hacen, de los que solo viven para zancadillas, maldades y envidias al trabajo ajeno. No es eficaz, pero al menos amortigua el golpe y, sobre todo, permite recobrar fuerzas. Quizá por eso hoy, al ver a algunos de esos elementos mezquinos y diminutos no he sentido la ira de ayer. Ni siquiera un mínimo de enojo. Tan solo un profundo aburrimiento. Y una profunda lástima. Pero no por ellos y su gris -bastante tienen con su estulticia como para culparles por ella-, sino por los alumnos que habrán de sufrirles. Espero que ellos también descubran pronto sus refugios. Y, sobre todo, que lo hagan antes de que el ayuntamiento de Madrid los convierta en un infinito socavón.

27.9.09

4ever

Está escrito con rotulador en su mochila. La recorre en todas direcciones. Paty & Ali 4ever. Así, sin más letras ni más retórica. Con la seguridad que solo se tiene a su edad, cuando todo es mucho más blanco y más negro. Más evidente y más apasionado. Cuando la realidad se resume en que o se es amigo para siempre o no se es, porque los términos medios no existen. O si existen, no son satisfactorios.

No dejo de mirar esa mochila mientras retomo la lección de ayer. Algo sobre la deixis y sus formas de expresión en castellano. Pero la única deixis que llama mi atención es esa. Esta mochila. Esta promesa. Esta seguridad de que lo verdadero no se rompe. Ni se altera. Ni se cambia. Lo verdadero lo es aquí y ahora. Ahora y siempre. ¿No era eso la deixis?

Deixis y fe ciega en un 4ever que, atravesada cierta edad, ya se sabe mucho más precario. Un 4ever cuya semántica a menudo es del todo incompatible con la amistad. Aunque no lo parezca.
Supongo que por eso, entre otras razones, nos dan envidia. Y disfrazamos los celos de preocupación social. De alarmismo cívico. Entonces es cuando hablamos de macrobotellones o de los adolescentes sin valores o de todos esos tópicos eternos desde que el mundo es mundo. Hablamos cargados de bilis, porque hemos olvidado que entonces nosotros también creíamos que existía ese 4ever, que no había traiciones, ni vacíos, ni mentiras. Que los amigos jamás te fallaban y que todo era sincero y cristalino. Altruista. Necesario.

Vuelvo a la deixis y enumero sandeces pragmáticas mientras en mi cabeza -bajo mi piel- estallan todos todos los 4ever que no fueron. Todas las traiciones lejanas y presentes. Deixis y escepticismo en una clase que -no, esta tampoco lo fue- no va a quedar grabada para siempre en la mente de nadie.

17.9.09

Silencio, silencio he dicho

La casa de Bernarda Alba es una obra difícil. En primer lugar, porque se trata de un texto que casi todos hemos visto y/o leído más de una vez, por tanto, no se cuenta con el factor de la novedad y, para colmo, se ha luchar contra todos los prejuicios que el espectador lleva consigo. Además, es un texto tan sublime como difícil, con elementos poéticos que dificultan su puesta en escena (los episodios simbólicos de la abuela, por ejemplo) y que obligan al director a posicionarse con respecto a la obra desde el primer minuto. Todo ello suele dar lugar a versiones más o menos correctas, acartonadas y donde el aliento lorquiano brilla por su ausencia, aunque la palabra de ese inmenso poeta y dramaturgo sobresalga sobre la mediocridad reinante.

No es este el caso del montaje que el trío Lluís Pasqual-Rosa María Sardá-Nuria Espert nos ofrece ahora en el Matadero. Tras haber sufrido los excesos entre ridículos e ingenuos de Tito Andrónico, se agradece una puesta en escena como esta, donde la modernidad no nace de la estridencia, sino de la relectura de un texto al que hemos convertido en símbolo, deshumanizándolo siempre y dando lugar a una serie de personajes míticos más próximos a la tragedia griega que al teatro del siglo XX.

En este caso, Pasqual sigue al pie de la letra la indicación de Lorca de que esta obra es un "drama" (que no tragedia, es decir, que ha de contener elementos cómicos) y que posee la intención de un "documental fotográfico". Esa sensación, la de documento, se consigue gracias a elementos tan sabiamente empleados como la luz o el espacio escénico, situado entre las dos tribunas de espectadores y obligándonos a entrar en la casa cada vez que la familia se queda a solas, sin visitas del exterior. La claustrofobia se intensifica conforme avanza la obra, consiguiendo que seamos parte de ese pueblo opresor, crítico y mezquino que denuncia Lorca. En su afán por convertir la obra en documento se llega a ciertos excesos, como los momentos en los que aparece la abuela, donde se ha omitido cualquier visión poética del personaje y se nos la presenta de manera descarnada y un tanto esperpéntica. Quizá sean las dos escenas que menos me convencieron, pero admito que nunca he visto una resolución de las mismas que me haya convencido, así que, en parte, supongo que la dificultad reside en su propia escritura y en mi dificultad para integrar al personaje -que me resulta demasiado obvio- dentro de una obra mucho más sutil.

Pero el gran hallazgo del montaje reside, sobre todo, en haber convertido a Poncia en parte de un tándem indisoluble con Bernarda. No se trata de una secundaria , ni de una simple heredera de la tradición celestinesca, ni de la acompañante cómica de la protagonista. Al revés, la Sardá convierte a su Poncia en un personaje esencial para entender a la propia Bernarda, llenándola de matices y robando cuanta escena se encuentra a su paso. La simbiosis de ambas, que está en el texto y que casi siempre se pasa por alto, funciona a la perfección, de modo que la obra, automáticamente, comienza a humanizarse, con una Bernarda cansada, mayor, fatigada y que ejerce su rol represivo desde un carácter y una educación que nos obliga a verla como una mujer y no como un simple símbolo casi mítico. De ahí que su interpretación del texto final de la obra - ese Silencio. Silencio he dicho casi siempre declamado de forma pétrea, incólume, brutal-, sea aquí de un desgarro tan terrible como contenido, releyendo al personaje desde un presupuesto menos habitual y ahondando en sus sentimientos como madre, sin renunciar por ello al lado despótico y tirano de Bernarda.

Y en cuanto a las hijas, lo que más me interesó fue el afán del director por diferenciarlas, algo francamente difícil y casi siempre mal logrado. Salvo Adela, el resto de las hermanas suelen conformar una masa más o menos homogénea donde solo los incidentes permiten distinguirlas, pero no su propia psicología. Aquí, sin embargo, la dirección de grupos funciona y se esmera por dotarlas de rasgos individuales que las actrices aprovechan con mayor o menor fortuna. El retrato, bajo mi punto de vista, está bien conseguido y evita que las cinco hijas se conviertan en el coro monocorde y gris que estamos tan acostumbrados a ver.

Por todo ello este montaje me parece más que recomendable. Porque no resulta fácil aportar algo nuevo a una obra tan célebre y, sobre todo, porque es difícil que esa novedad no atente contra la esencia misma del texto. En este caso, se puede discutir si Bernarda puede ser o no esa mujer que dibuja la Espert, pero -guste o no esa visión del personaje- se trata de un retrato bien construido y justificado, sostenido en el "típico estilo Espert" (quien la conoce ya sabe cómo es sobre el escenario). Un montaje, en conjunto, más que notable. Y, sobre todo, otra ocasión -tras aquel fantástico Wit- de comprobar lo estupenda que es la Sardá, tan desaprovechada en el cine español de los últimos años.