31.5.06

Sara, al atardecer

Un libro sin abrir. Una novela fácil de sensibilidad ramplona y adjetivos mate. Sus amigas la consideraron excepcional. Reveladora. Sus amigas se sienten canon cultural y lo ejercen con la temeridad que proporciona la simpleza. La falta de autocrítica.

Sara cierra los ojos y respira. Respira de manera pausada. Intensa. Respira exagerada. Teatralmente. Respira para olvidar el libro cerrado. La mesa dispuesta (él tardará en llegar). La tarde y la ventana. Sara cierra los ojos hasta ese recodo donde sus amigas no pueden alcanzarla. Donde nadie podría hacerlo jamás.

A oscuras, camina por el salón de su apartamento. Vacío, como cada capítulo de la novela por abrir. No lo ha intentado. Pero lo intuye. Se dirige, todavía sin mirar, al centro de la habitación. En su cabeza, no sabe bien por qué, suena fuerte una música. Una de esas canciones que sus amigas reprobarían. No es Franz Ferdinand. No es Depeche. No es nada aceptable estéticamente. Es un grupo para quinceañeras que ella escucha a escondidas. Que todavía le gusta. Todavía debe de ser una de ellas. De las quinceañeras, no de sus amigas.

Sara ya está en el centro. No, en realidad no, pero ella no lo sabe. Se orienta mal a ciegas. Así que, sin pretenderlo, ha terminado en un rincón de su minúsculo salón. Ella lo ha creído centro. No le importará comprobarlo. Su certeza le basta. La música suena cada vez más fuerte. Se repite sin un porqué. Sin un para qué. Se repite con la misma ceguera con la que ella busca un lugar donde dejar caer la ropa que ahora se quita.

Calor, hace tanto calor. Demasiado como para centrarse en la novela que con tanto acierto le recomendaron sus amigas. Cerrada. Está cerrada. Como casi todas las puertas que ella misma se cierra sin poder impedirlo. Cerrada. Tanto como la ventana desde la que no se ve una ciudad que hoy tampoco le apetece demasiado.

Ya desnuda, se sienta en el suelo. Deja que el frío de las baldosas se filtre en su piel. Disfruta el dolor del contraste y se estremece con levedad. Con densa conciencia de sí misma.
La música ha cesado. Ahora solo oye voces. Lejanas y reconocibles. Las voces de quienes la quieren. Incluso de quienes la protegen. Voces que le recomiendan libros. Que le recomiendan discos. Que le recomiendan vidas. Voces que desconocen cómo -en este mismo instante- se clava el frío del suelo entre sus piernas. Voces que son solo eso, voces. Ecos que ni en presencia podrían rescatarla de ese saberse sola. De ese sentirse isla. De ese yo radical que no es más que esencia y del que nada, por mucho que mientan los libros, la música o el sexo, podrá salvarla.

Cuando abra los ojos, el libro seguirá cerrado, la mesa dispuesta y el calor asfixiante acechará tenaz a un lado y a otro de la ventana. Cuando abra los ojos, el hombre al que adora abrirá la puerta deseando darle un beso, y ella -a pesar de todo- seguirá sabiéndose esencialmente sola. Eso sí, en compañía.

30.5.06

Tan solo un despertar

Se busca en el intervalo de sus manos, con la mirada aún borrosa del primer despertar.

Le gustaría creer que ha sido un simple despertar, un amanecer más. Pensar que tan solo se corrió acelerado y abundante sin mayor emoción que la del azar nocturno y la caza satisfecha.
De pie y desnudo, decide buscar el baño en ese apartamento desconocido. Tanteando sin encender la luz. Escuchando el sueño del hombre que ha dormido junto a él. Que ha respirado toda la noche junto a él.

No suele quedarse dormido, se reprocha. Lava sus manos frenéticamente. Deja correr el agua abundante. El jabón líquido que derrama con saña su persistente olor a avena. Frota sus manos intentando arrancarse de la piel la sensación demasiado perenne de una aventura destinada a ser ocasional.

A través de la persiana se cuela con tenacidad el primer sol. El sueño sigue intacto en el cuerpo acariciado, mordido y deseado del hombre cuya presencia ahora le intimida. Se viste deprisa. Se aprieta el cinturón. Se coloca las gafas. Un último vistazo. Las llaves, el móvil, la cartera. No, no se deja nada. No tendría sentido volver allí. Ahora no.

Abre sin hacer demasiado ruido. Intuye que, a estas alturas, la cerradura ya lo habrá despertado y entra en el ascensor con miedo a ser descubierto en su huida. No se despidió. No desayunó allí. No le pidió su móvil. No, claro que no lo hizo. Para qué.

En el autobús, de camino a casa, se pregunta por qué se durmió. Por qué su cuerpo se sentía extrañamente cómodo en esa cama. Se pregunta si el sexo puede ser tan revelador como para que el tacto de una piel despierte el deseo de toda una vida. Se pregunta sin encontrar respuestas mientras un voraz rayo de sol le deslumbra repentinamente a través del cristal. En un acto reflejo, se lleva las manos a los ojos para frenar su ataque. Y al levantarlas siente cómo le golpea -brutal y frágil- un persistente olor a avena.

29.5.06

Diferentes... y mutantes

Comencemos por una simple comparación.

De un lado, tenemos una película pretenciosa, sin ritmo, llena de secundarios accesorios y mal elaborados, basada en una obra literaria que desguaza sin piedad y sostenida en la interpretación histriónica de su protagonista que, por supuesto, ganó su correspondiente Oscar. Su título, Capote. Se supone que hablaba de Truman Capote, de su fascinación por la sordidez, de la diferencia y, en realidad, no hablaba de nada y se limitaba a guiñolizar un personaje que merecía mucho más que un guión de sesudos -y vacuos- silencios.

De otro lado, tenemos una película aparentemente simple, trepidante, de acción y base subliteraria, como se suele calificar (con poco acierto) a todas las sagas de los comics de superhéroes. En este caso, se trata de X Men III, tercera parte de una franquicia del llamado cine palomitero con un reparto tan coral como bien seleccionado. Sirva como ejemplo Ian Mc Kellen, inolvidable protagonista de Dioses y monstruos y carismático Gandalf en la saga de Peter Jackson.

No soy amigo de prejuicios culturales, así que suelo devorarlo todo con igual ansiedad. En su momento, me atraganté con Capote. Y en este caso, me relamí ante el retorno de Lobezno -su torso justifica una saga por sí solo- y sus compañeros de aventuras. X Men III no es una película de autor, sino de oficio. Un solvente director, un guión inteligente y adulto (el público infantil se aburrió hasta el dolor en la proyección a la que asistí) y un aprovechamiento excelente de la información de las dos partes previas. Esta vez ya sabemos de qué hablamos, así que el filme se centra en la acción y en sus consecuencias, despegando del tono un tanto solemne que lastraba algunos momentos de la primera secuela.

Y en un relato intrascendente, sin embargo, se nos plantean temas como el del respeto al otro y a su diferencia. ¿Aceptaríamos una vacuna que nos hiciese iguales? Una vacuna que, en este caso, convertiría a los mutantes en no mutantes. Una vacuna que, en una sociedad conservadora (lamentablemente, en alza), podría convertir gays en heteros, por poner un ejemplo. Uno entre tantos otros...

Aquí no hay silencios, ni interpretaciones de Oscar, ni frases grandilocuentes para no decir nada. Aquí solo hay una historia que deja tras de sí un poso de cierta amargura. Una galería de personajes -no siempre aprovechados, lamentablemente- que retratan la soledad y la marginación en trazos minúsculos, sin necesitar del metraje de la fallida y sobrevalorada Capote.
¿Somos capaces de aceptarnos sin pretender cambiarnos? X Men III respeta la oscuridad de su original y no duda en saltarse las normas del cine familiar en pro del argumento. Así, en el filme más oscuro de la saga, se suceden muertes y desapariciones de personajes con las que no contábamos. Y como colofón, una escena insospechadamente reveladora. Un canto de amour fou que recuerda a la mismísima Duelo al sol y que demuestra que este cine palomitero guarda, como hicieran los westerns de John Ford, mucho más de lo que aparenta.

No es una gran película, ni siquiera pretende serlo. Pero, al igual que el cómic del que nace, sí encierra una alegoría de la tolerancia y el respeto mucho más eficaz que la de tanto bodrio pseudointelectual como anega nuestras pantallas. Y, además, ellas son guapas, ellos están tremendos y la factura visual es impecable.

Si le hubiesen quitado mucho antes la camiseta a Lobezno, habrían rozado la perfección.

26.5.06

Sistema métrico

La vida no es una cuestión de segundos, sino de milímetros.
Un milímetro puede ser la distancia inasible entre nuestro deseo y nuestro destino.
El concepto intangible donde se suicida una esperanza.
El dígito que acabará sumando la cifra imposible de los metros y los miles de euros que requiere ese apartamento compartido. O solitario. O invadido.
Hay milímetros de pavimento. De mar. De cielo. Y, ante todo, de piel.
Milímetros como el que no te atreviste a recorrer cuando os depedisteis. Cuando Ángel te llevó en coche hasta tu casa. Cuando se dejó de oír el motor de su coche y las llaves giraron lentas hacia la posición de pausa.
Milímetros como los que recorría el segundero de tu reloj en aquel tiempo muerto. Milímetros en círculo. En sucesión eterna de sí mismos.
Milímetros como los que separaban tu mano del manillar. La puerta del asfalto. El trecho hasta tu edificio. El ascensor al piso compartido. Todavía con vida de estudiante. Tienes más años que metros cuadrados. Más esperanzas que realidades.
Un milímetro, uno solo, fue la distancia exacta que quedó entre la comisura de tus labios y los labios de Ángel. Un intento fugaz de provocar algo que pudo suceder. Algo que si hubieras medido mejor, habría ocurrido.
Hubiera bastado con que él ladeara su cabeza -otro milímetro- para provocar la coincidencia. Pero no la movió. Aunque deseara hacerlo. Tengo novio, te había dicho Ángel durante la cena. En tiempo, no fue más que una frase de un segundo. En distancia, fue el milímetro que su cabeza -aunque poco convencida del ruido cultural de la fidelidad- no recorrió.
Ahora, en el ruido de tu piso compartido -demasiada gente, demasiadas cajas, demasiados marcos de fotos vacías- recuerdas ese instante. Observas su nombre en la agenda parpadeante de tu móvil y piensas en llamar. En probar suerte.
Un milímetro separa tus dedos de las teclas. Un milímetro que tampoco esta noche -¿cobardía o sensatez?- podrás marcar.
La vida -al menos, la tuya y la de Ángel- no se mide en segundos. Sino en milímetros.

25.5.06

Crucifixión

Madonna se ha crucificado para cantar I love New York en su último concierto y se ha montado un gran escándalo. Esto demuestra que montar escándalos, a fecha de hoy, sigue siendo básicamente muy sencillo. Que la cantante lograse provocar con su vídeo de Like a prayer en los últimos 80 podía tener sentido. Que fuese especialmente controvertida su defensa del aborto en los tiempos de Papa, don't preach tenía su porqué contextual. Que hace dos días se organizara un cristo -y nunca mejor dicho- por su crucifixión entre pantallas de plasma con imágenes de Bush y Blair me parece, cuando menos, pueril.

Y mientras ella escandalizaba a los de siempre, los de siempre -que son ubicuos, como el mismo cristo del concierto- tapaban con pancartas el cartel de El código da Vinci en los cines italianos. La película, es verdad, bien merecería ser censurada de principio a fin por motivos auténticamente escandalosos, como el peinado de Tom Hanks (deberían matarle a él y a su peluquero), la sosería de la Tautou (se le quedó cara de tonta en Amèlie y aún no se le ha quitado del todo) y la birria de narración cinematográfica (todo transcurre con pesadísimos diálogos y la cámara parece que tuviera artrosis). Eso bastaría para tapar el cartel y hasta para desterrar a sus creadores, pero considerar escandaloso su contenido es, de nuevo, un tanto sorprendente.

En el fondo, las leyes del escándalo siguen siendo las mismas. Pueden manejarse con la sabiduría del marketing y, como en los dos ejemplos anteriores, dar el resultado esperado que no se traduce en pensamiento, sino en dólares. Lejos queda la provocación real, auténtica, lejos queda el escándalo que sea motor y revolución, lejos queda la lucha por cuestiones como una vivienda digna, un trabajo digno o una deuda externa homicida sobre países que no la resisten. Lejos queda todo eso cuando los medios destilan tinta hablando de la Madonna crucificada o de la Magdalena de Dan Brown (que nada tiene que ver con la magdalena de Proust).

Gracias a lo políticamente correcto seguimos maniatados a la ñoñería y la simplicidad de las formas. Rasgándonos las vestiduras mientras los grandes pensadores del marketing se llenan los bolsillos a costa de tanta banalidad. Definitivamente, gracias a lo políticamente correcto cada día somos un poco más borregos y, si seguimos sin saber mirar o enfocar la realidad con algo de afán crítico, un poco más alelados. Igual que la mirada de la Tautou.

24.5.06

Salvemos el Albéniz

Desde aquí, ante una nueva atrocidad cultural de nuestro más que lamentable Ayuntamiento, nos sumamos a la necesaria defensa del Teatro Albéniz.
Estos son los datos de la convocatoria y del blog oficial:
Lunes 5 de junio 19.00 h. Concentración de protesta en la puerta del Teatro Albéniz para evitar su cierre y su transformación en un centro comercial.
http://teatroalbeniz.blogspot.com/
Si el Albéniz también ha sido parte de tu vida, no dejes de plasmar tus palabras en esa web. La cultura de una ciudad no puede resignarse a ser mutilada sin, al menos, luchar para evitarlo.

Dobles consonantes

Tenemos monitor nuevo en el gimnasio. Empezó hace ya un mes y se nota una diferencia considerable entre él y todos los anteriores.

La diferencia considerable reside -exactamente- en dos grandes ventajas. La primera es su más que adecuado nivel de conversación con los clientes. Y la segunda, su más que abultado nivel corporal bajo la tímida camiseta y los insignificantes shorts que lo cubren sin demasiado éxito, porque la tensión de sus músculos evapora cualquier posible percepción textil.

Lo mejor, en cualquier caso, es su sonrisa. Suena tópico, ya lo sé, porque uno no le va mirando la sonrisa a hombres como él, pero es que gracias a la sonrisa en cuestión he podido mirar todo lo mirable sin sentir demasiado remordimiento o timidez por ello (porque uno, aunque tampoco lo parezca, sí que es tímido).

Sonríe mucho y se acerca a los más habituales -yo lo soy en un grado casi superlativo- para preguntarnos un qué tal en el que alarga y palataliza mucho la ele, como si lo dijera en un falso catalán o en un inventadísimo francés (el adjetivo francés lo evito cuando ando por allí, me trae ideas muy pérfidas a la cabeza.)

Desde que él entró, decidí adoptar aire de víctima. Pablo, saca tu aire de víctima, me dije con la taxatividad con la que me digo yo las cosas. La verdad es que se me da bien poner carita de niño bueno que no sabe usar las máquinas y que se ve acorralado por las masas de hormonas y batidos de proteínas del resto de los niños del gimnasio, mucho más macarras que yo y ante los que, obviamente, necesito dosis extra del cariñoso qué talll de mi monitor.

Cuanto más hablaba con él en este mes, más eles añadía, así que una vez decidí que podía aprovechar su prolongación consonántica para inmortalizarle con mi móvil nuevo. En realidad, nunca antes había sabido por qué necesita cámara un teléfono. O un mp3. Pero como soy caprichoso por vocación, el mío tiene de todo eso. E incluso más. Si lo dejaran, sé que mi teléfono también hablaría solo. Es más, puede que ya lo haga y por eso tengo que pagar cuentas telefónicas tan abultadas. Tan abultadas (o más) como los brazos de mi monitor, que casi no me caben en la pantalla extragrande, extraplana y extrabrillante de mi móvil.

Para fotografiarle sin que se molestase por ello me limitaba a fingir que recibía un sms justo en el momento en que comenzabala sucesión de eles de su qué tallllll que, con la confianza, iba ganando en la duración monosilábica. Mientras él enredaba y desenredaba la lengua con su frase habitual, yo desenfundaba el móvil y lo iba dirigiendo a cada una de las partes de su más que lograda anatomía. A fecha de hoy, por cierto, lo he fotografiado ya todo (salvo la sonrisa).

Pero -nada es perfecto ni dura para siempre, como dicen- ayer me pilló... Era inevitable. Aunque siempre tengo cuidado de desconectar el flash de la cámara, esta vez mis precauciones no se sucedieron con el orden y el cuidado habitual, y la cámara deslumbró a mi adorado monitor en mitad de su ele vespertina. Él, lejos de ofenderse, se sonrió, posó narcisista y continuó hablando. Incluso sumó alguna que otra nueva consonante. Una erre muy múltiple en Vamos a verrrrrrrrr y, aún mejor, una ese de lo más sibilante (y sibilina) en Podemos tomar luego unas cervezassssssss... Le dije que sí, pero que tengo novio (no me gusta que mi novio se pierda ciertas cosas), y él volvió a la ese descontrolada al confesarme que le gustaba mucho lo del número tresssssss...

Avisé de inmediato a Santi, le dije que se pusiera la ropa más deportiva que encontrase -para no desentonar con nosotros dossssss- y nos juntamos para esas cervezasssss mientras mi monitor hacía el numerito de la ele y la erre ante la mirada igualmente aprobatoria de mi chico.

Esta mañana, al levantarnos los tresssss, he visto que tenía llena la memoria de mi móvil. Al parecer, anoche nos entretuvimos haciendo fotos unos de otros mientras metíamos eles y erres dentro de la cama. Le he pedido a Santi -que es tan adicto como yo a las nuevas tecnologías- que me compre una nueva tarjeta de memoria, porque esta tarde, lógicamente, espero con ganas el momento de retomar mi consabida tabla de musculación. Y mis clases, aceleradas pero muy prácticas, de fotografía digitalllllll.

23.5.06

Clive Owen... oculto

Evidentemente, Spike Lee es heterosexual.
Esta aguda conclusión se desprende de varios datos de su última película, The inside man (inventivamente traducida en nuestra cartelera como Plan oculto). Entre estos datos destacan:
1. Los planos recurrentes sobre las piernas de una Jodie Foster absolutamente radiante.
2. La idea -¡descabellada!- de colocar una máscara al atractivo Clive Owen durante casi todo el metraje de la proyección
Es obvio que el guión exigía la máscara pero... ¿no se podían haber usado analepsis, prolepsis o cualquier tipo de figura retórica acabada en -lepsis para lucir al estupendo actor?
Después de tan sesuda apertura crítica..., cabe destacar que esta película aparentemente sencilla y comercial es un trabajo más que solvente de su director, ya liberado -menos mal- de sus arrebatos mesiánicos pretéritos (Malcolm X).
The inside man retoma con soltura -y sin persecución de coches alguna- el género del thriller y se olvida, por una vez, de los psicópatas y los serial killers para homenajear al cine de atracos de los 70. Como condimentos, un buen trío de buenos actores -con un Denzel Washington más divertido y canalla de lo habitual- y, sobre todo, un guión con sorpresa que esconde los recovecos necesarios, sin marearnos hasta la extenuación. Incluso la estructura tiene el punto justo de juego, sin excesivos rompecabezas que distorsionen el pulso narrativo. No se pretende que el filme sea más de lo que es, una buena muestra de su género.
Pero lo mejor, por encima de las habilidades del gran contador de historias que es Spike Lee, reside en su capacidad para trazar un retrato de la sociedad post 11-S. Breves retazos -casi todos basados en un humor agrio y punzante- le bastan para hablar de la violencia, la psicosis colectiva o el racismo, sin necesidad de caer en la blandenguería de joyas del kitsch contemporáneo como la sobrevaloradísima Crash.
No es lo mejor de Spike Lee, ni siquiera lo más arriesgado, pero al menos es un título digno en una cartelera copada por la mediocridad de misiones imposibles, niñeras mágicas, perros en trineos y otras maravillas para paladares duros. Y duro, muy duro, es poder disfrutar tan poco de Mr. Owen a lo largo de esta filme...
Afortunadamente, a los fans de Clive siempre nos quedará su erótica presencia en Closer. Una de esas películas donde no se cuenta absolutamente nada -remake inconfeso, aséptico y pobre de Sexo, mentiras y cintas de vídeo- y se justifica la vacuidad de su esencia con la pretensión de su modernidad... Estupendas, por cierto, sus escenas de cama en la que se pretendía una película adulta sobre el sexo y donde los adultos en cuestión se acostaban en pijama de algodón (ellos) y de lino (ellas). Pero de esa osadísima película -y de qué hacía allí perdida Julia Roberts- hablamos otro día.

22.5.06

Cuentos de cine (1)

Telentradas.com
Nací contable. Hay gente que nace rubia, que nace morena, que nace hetero, que nace gay, que nace de complexión fuerte o que nace de complexión débil. Pero yo, además de rubio, gay y de complexión fuerte, nací contable.

Mi pasión por la estadística data de muy atrás -treinta y dos años, para ser exactos- y encuentra su razón en los más diversos motivos, todos ellos centrados en la redonda perfección de los números y la poesía íntima que esconden tras de sí las matemáticas.

Gracias a la estadística y su aplicación en red, por ejemplo, gozo de una más que saludable y variada vida sexual, porque aplicar el cálculo de probabilidades vía internet a las dimensiones de mi cama es una operación aritméticamente muy gozosa. Intentaré explicarme.

Antes, cuando internet no era más que un proyecto, hacía cola en las taquillas de los cines para obtener mi entrada. Como las colas eran caudalosas, acudía con amigos para que amenizasen mi espera. La verdad es que hubiera preferido ir solo para no tener que soportar el ruido que hacían las palomitas de mis amigos ni, peor aún, las películas que elegían -cuando tenían oportunidad- esos mismos amigos. Después del pase, mis amigos iban a discotecas de música infumable donde la gente sí que fumaba muchísimo y yo no ligaba nada o casi nada.

Después, cuando internet se consolidó en nuestras vidas, desterré las colas en las taquillas por los servicios de telentradas. El servicio de telentradas tenía una ventaja a priori: se eliminaba la espera, y con la espera, también se eliminaba a los amigos. Según estos, por cierto, soy un tanto asocial, lo que justificaba que en la era pre-internet mi vida sexual fuera más bien inexistente.

La primera vez que probé mi servicio de telentradas, sentí un especial placer al comprobar cómo en mi pantalla se dibujaban todas las butacas de la sala con una serie de coloristas muñequitos en cada una de las butacas ya ocupadas. Parejas de muñequitos, grupos de dos, de tres, de cuatro y hasta de cinco muñequitos... Y muñequitos solos. Allí estaba la clave, en los muñequitos individuales de mi servicio de telentradas.

Jaleado por la escasa suerte de mi capacidad seductora, decidí probar suerte con alguno de los muñequitos solitarios que se dibujaban en mi pantalla. Pero no podía hacerlo de forma aleatoria. Por supuesto que no. Mi corazoncito contable encontró pronto una solución mucho más práctica: la estadística.

Comencé por elegir las películas con mayor afluencia gay potencial. Era muy sencillo. Bastaba seleccionar una serie de criterios como el tema, el director, el actor o la banda sonora. Gracias a tanta selección y a tanto cliché (lo malo es que se me cumplían), me hice un poquito homófobo, aunque la homofobia se me pasaba muy deprisa. Después, elegía los cines de afluencia convencionalmente gay, y acababa marcando algunos de versión original, algunos de cierto barrio y algunos de cierta plaza donde más de uno salía de la película a la sauna contigua. Por último, contaba el número de muñequitos solos y sacaba para mí un mínimo de dos o tres entradas junto a diferentes muñequitos para asegurarme de que tenía al menos una entrada al lado de un espectador solitario.

Una vez dentro de la sala, no tenía nada más que lanzar alguna que otra mirada provocativa antes de la proyección y complementarla con un hábil movimiento de brazos -es tan fácil rozarse en el brazo compartido entre dos butacas- durante la proyección misma.

Desde entonces, mi vida cinéfila y sexual ha mejorado muchísimo. Veo las películas que quiero, no escucho ruidos molestos (salvo los chasquidos entre lenguas) y, a la salida, ocupo mi cama con espectadores de todo tipo, tendencia y complexión.

19.5.06

Eurovision 2006

Uribarri cree que Las Ketchup son una elección inadecuada. Lo mismo dijo Peñafiel de Letizia, que era una opción inadecuada para el príncipe, y todavía no ha mejorado en exceso su relación (la de Peñafiel con Letizia, quiero decir, que de la de Letizia con el príncipe poco sabemos).

Uribarri, que tantas veces nos ha acompañado a los fans del festival (lo admito: los he visto casi todos) y que es el culpable de que muchos aprendiéramos los números en francés a ritmo de Malta, douce points, Malta, twelve points, está indignado porque llevamos una canción que no se entiende y cuya gracia reside en la letra y no en la música ni el ritmo. Por eso Uribarri, sabio del festival donde los haya, ha decidido acudir hoy a un programa del corazón para contar cuantas intimidades recuerde. Y cuanto más perversas las recuerde, mejor.

Uribarri, tal vez, esté enfadado por la patada que TVE le ha dado al experto en esta gala. El profético presentador que siempre acertaba con eso de Grecia, seguro que nos vota (porque, como decía entre líneas, para algo la reina nos vino desde allí) ha sido destituido en sus rappelísticas funciones. A cambio, este año, mandan al sosito busto parlante de Gente, la encargada de alternar los reportajes de Pepa Bueno sobre degüellos, violaciones, asesinatos y lanzamiento de cabra desde el campanario con los suyos sobre el nuevo corte de pelo de Gonzalo Miró o las ataduras arbóreas de la Baronesa.

Uribarri, eso sí, ponderaba ayer la sabia elección de los presentadores, porque Grecia ha optado por el más que interesante Sakis Rouvas (en la foto), el cantante que hace dos años nos deleitara con su salto en el aire hacia atrás, su camiseta sin mangas y sus abdominales de infarto. Un cantante que antes fue gimnasta y que ahora es, además presentador. Su Shake it no tenía más gracia que la de verle a él, pero aquello bastó para que la red se colapsara con descargas de sus vídeos, donde suele aparecer vestido con cierta escasez. Falta de presupuesto o exceso de narcisismo que sus fans agradecemos igualmente. Algo así como las camisas sin botones de Jesús Vázquez.

Ayer, la 2 nos ofrecía, con permiso de Uribarri, un adelanto de lo que vamos a ver y sufrir mañana. Poco importaban los zombies de Finlandia -¿por qué ese triunfo del feísmo, ya sea el Koala o el remake nórdico de Thriller?-, las soserías-baladas (balidos, más bien) de los países francófonos... poco importaba todo aquello ante la impecable planta del imprescindible Sakis. Este año, eso sí, Grecia nos lleva una mujer... Una pena para el público eurovisivo gay, que en las últimas ediciones pasa un año de nervios esperando con auténtica devoción la presencia de los cantantes griegos y chipriotas.

Uribarri, de todas formas, se encargará esta noche de poner de vuelta y media todo lo que se tercie... Espero que, al menos, no se meta con Rosa, que ya tuvo bastante con lo que tuvo. Y a quien todavía recuerdo haber visto en cierta fiesta en cierta casa en cierto momento de la vida de una de las amigas que más quiero... Europe's living a celebration, cantaba Rosa. Y Europa -Viena, en este caso- se preparaba para la celebration que fue el desembarco de su nueva Kaiserin...

Uribarri, diga esta noche lo que diga, seguirá siendo la versión eurovisiva de los lunnies como método para aprender idiomas. Yo, personalmente, soy incapaz de pronunciar los números franceses sin imaginarme un panel lleno de países y un puñado de canciones que, cinco minutos después del concurso, jamás recordaré. Hay amnesias que, la verdad, se agradecen mucho.

17.5.06

De cómo Caperucita se encontró con el lobo

Hard Candy -triunfadora en el último Sitges- no es una película cómoda, ni siquiera es una película redonda. Su ritmo presenta altibajos, su guión tiene aristas de difícil resolución, su puesta en escena ronda la trampa en algunos instantes... Sin embargo, su intensa capacidad perturbadora, su perverso tramado, su inteligente apuesta permite dejar a un lado sus imperfecciones -a fin de cuentas, es una ópera prima- para disfrutar de un filme mucho más inteligente -y osado- que la media.
En tiempos de corrección política (que no de corrección ideológica: no es lo mismo), resulta atrevido hablar con tanta desnudez de temas como la pederastia y, aún más, plantear asuntos como la venganza, el rencor o la violencia sin excusas morales que las amparen. El juego de esta Caperucita deconstruida consiste precisamente en eso, en la duda -que solo se nos resolverá al final- de si la violencia que los personajes ejercen entre sí es válida o no.
Quizá el mayor acierto -de guión, interpretación y dirección- consista en un habilísimo intercambio de empatías entre la cinta y el espectador. Empatías que van de ella a él y que se convierten en antipatía y simpatía según avanza la película. El director no juega tanto al suspense del qué paso, como a la manipulación consciente de nuestras filias y fobias.
A mí, que siempre me gustaron los cuentos perversos y el lado margin -por qué no- de la vida, esta Hard Candy me parece uno de los caramelos más amargos y sabrosos del cine reciente. En ella, destacan por encima de todo, una protagonista espléndida y un Patrick Wilson que ha sabido cómo quitarse de encima al mormón de Angels in America para afrontar un personaje tan mítico como el del temido lobo feroz.

16.5.06

Rapto ¿en el Serrallo?

Dirigir no es una labor sencilla. Ni dirigir un espectáculo teatral ni dirigir una orquesta. El verbo dirigir connota y denota un esfuerzo ímprobo que, lamentablemente, no siempre se consigue.
Los dos directores de El rapto en el Serrallo que ofrece el Real naufragaron, en similar medida, el pasado viernes... El director musical se ahogó en la partitura mozartiana, dejando a un lado el dinamismo de la música (¿dónde quedó?) y olvidando su viveza, su capacidad emotiva, su intenso hálito de aventura y misterio... Nada de todo eso sonó gracias a su más que anodina batuta, con la que condenó la música a una lánguida sucesión de notas que, mediocremente ejecutadas, solo lograron enfurecer al público y proporcionarle dos merecidísimos abucheos. Incluso los poco o nada expertos como yo pudimos darnos cuenta de que aquello no era el Serrallo, sino alguna islita de saldo rescatada del Oriente del Corte Inglés.
Pero si la dirección musical era mediocre y traidora (¿cómo se puede robar el color al Serrallo de Mozart?), la dirección escénica resultaba, simple y llanamente, bochornosa. Vergüenza ajena era lo que provocaba el ruido -continuo, avasallador, innecesario- de los personajes que se movían sin ton ni son por la escena, la pésima tramoya con la que se bajaban los lienzos de Barceló -cayendo cacofónicamente como si de un montaje escolar se tratase-, el humor grueso y televisivo -que carecía de gracia y solo permitía sonrojarse ante su estupidez- y así, en animada y nutrida lista, un sinfín de errores que resultan del todo incomprensibles en un foro como el Teatro Real.
Entre los grandes e inexcusables fallos, destaca el hecho de condicionar toda la puesta en escena a los dibujos de Barceló. Los lienzos resultaban escasamente significativos, se trataba de meras reproducciones miméticas de algunos de los momentos de la obra, de manera que su labor icónica era más de subrayado que de complementariedad. Una buena ilustración para el libreto, por ejemplo, pero irrelevante en el escenario. Poco aportaba la redundancia -elemento que debe cuidarse mucho en el arte teatral- y, peor aún, mucho empobrecía el resto del conjunto, al condicionar un elemento tan básico como la luz.
El protagonismo escénico de los cuadros -culpa del escénografo, y no del pobre Barceló- impedía iluminar la caja escénica con los juegos que la obra requería, de manera que todo quedaba en una atmósfera plana y sin volumen, absolutamente estática.
La elección de un escenario único no es óbice para ese estatismo que acusaba toda la función. Un único espacio puede alterarse con recursos e instrumentos sencillos -la luz, de nuevo-, pero el trabajo imaginativo brillaba por su ausencia y, cuando aparecía, no hacía más que ensuciar la puesta en escena. Algo inconcebible en un cuento infantil como este, donde los elementos narrativos permiten toda suerte de juegos (justificados) que enriquezcan la historia. A mi cabeza no dejaba de venir otro montaje visto en el Real en el que la fascinante Die Frau ohne Schatten de R. Strauss se plasmaba con la delicadeza que su cuento de base requiere. Nada de esa sutileza había aquí, nada de esa magia.
En general, resulta inverosímil que olvidaran la importancia de lo teatral en un género como el Singspiel, como es el caso, donde lo dramático y lo musical conviven desde una cierta fragilidad que solo puede salvarse con una dirección escénica potente y semántica. Las interrupciones verbales del Singspiel exigen una representación que evite, por sí sola, la caída del ritmo al cesar la música. En este caso, sin embargo, como la música tenía tan poco ritmo como la dirección escénica, no se notaba cese alguno. Eso, a su manera, sí era coherente.
Triste montaje, triste Serrallo y triste representación del mensaje humanista mozartiano que, siguiendo en la línea de su clemente Tito -una de mis debilidades-, aboga aquí por la tolerancia y el perdón. Por la benevolencia y la reconciliación. Por un mundo, el suyo, donde vence el amor.

11.5.06

Crisantemos

Ju Dou, semilla de crisantemo, La linterna roja... Joyas de Zhang Yimou que la FNAC edita en su filmoteca particular y que este mes salieron por primera vez a la venta. Joyas que nacen de dolores ancestrales que descubría, hace algunos años, desde mis ojos de adolescente con ganas de devorar todo cuanto fuera una novedad. Hoy esas mismas ganas se mantienen, aunque el paladar se haya hecho más selectivo y haya sabores que prefiera evitar.
Historias contadas por hombres donde la mujer es eje del argumento, el tema y hasta de la emoción. Opresión, búsqueda, lucha, libertad, sacrificio, castigo, verdad, coherencia, posibilidad, sociedad, encierro, fatum, brutalidad. Los conceptos se suman como un cliché en historias que, pese a repetir esquemas argumentales, resultan únicas por su puesta en escena, su exquisita filmación y su concepto interno del tiempo, donde la vida se sucede ante el espectador con la rápida morosidad que tienen nuestros días. Con elipsis evitadas que se convierten en relato de un detalle que significa y pesa tanto como un diálogo que no llega a producirse. Que ya no es necesario.
Hoy, gracias a sus recientes y cuidadas ediciones en dvd, uno puede sentarse ante ellas con distancia. Como el espectador de una obra de arte que disfruta de la belleza del cuadro en la tranquilidad de su hogar. Que lo observa con frialdad y autosatisfacción.
Aunque uno también puede sentarse ante ellas con el mando del dvd en una mano y el periódico en la otra. Entonces tal vez no las contemple como una simple pieza de colección, sino como una constatación de un horror que sigue sucediendo. Todo depende de si abrimos el periódico por la misma página donde ayer se hablaba del hallazgo de una mujer asesinada y descuartizada por su marido. En ese caso, el dolor de esas películas -trágicas sin excesos, terribles y delicadas como un relato de Mishima- se nos hará reciente, y próximo, y cercano.
Uno puede creer que Ju Dou, semilla de crisantemo o La linterna roja no son más que testimonios del mejor cine oriental de los primerísimos noventa. Demostraciones de que hay arte y narración más allá de Hollywood y de Europa.
Uno puede creer lo que más le convenga, pero el dolor -el horror cotidiano- sigue sucediendo en las páginas del periódico que tal vez dejemos cerrado bajo el mando a distancia. Y ese recorte en la sección Sucesos no es ninguna leyenda ancestral. Es el crisantemo fúnebre y doliente de nuestro ahora.

8.5.06

Yossi & Jagger

A veces, las cuestiones temáticas predominan sobre el criterio artístico en el análisis de una obra narrativa. Una novela o una película que aborda un tema complejo suele considerarse, per se, de mayor rango que otra que aborda una supuesta trivialidad. Este es uno de esos ejemplos.
Sin ser una mala película, Yossi & Jagger no deja de ser un film un tanto olvidable y, en cierto modo, intrascendente. Su valentía y mérito radica más en el hecho de su rodaje -película israelí sobre dos soldados homosexuales- que en su contenido.
La puesta en escena, excesivamente monótona; las interpretaciones, mejorables (salvo alguna mirada del guapo protagonista y algunas inflexiones de los dos únicos personajes femeninos); el guión, esperable y previsible; el conjunto, apagado y mediocre.
La historia bien podría suceder lejos de las trincheras y tener una pareja de clase media -ejecutivo él y periodista ella, por ejemplo- de esas que pueblan el cine (supuestamente) romántico del nuevo Hollywood. En ese caso, no habría dejado de ser un intento comercial (fallido) y escasamente atendido por la crítica.
Pero el contexto supera al texto y la recepción del film se debe leer desde la pragmática antes que desde la semiótica o, lo que es lo mismo, hay que sentarse ante la película pensando en lo difícil que fue conseguir producirla, rodarla y estrenarla. En el coraje de sus creadores. En la valentía del hecho en sí.
Aunque no comparto la etiqueta de film de culto que muchos ya se han apresurado a darle -especialmente quienes lanzaron su copia en dvd hace tan solo unos meses-, no se le puede negar su oportuna aparición y, sobre todo, su falta de prejuicios. Un guión menos superficial y más arriesgado, habría acercado la película a una suerte de Fresa & Chocolate que, sin embargo, nunca llega a ser.
Lástima.

Yossi & Jagger, dirigida por Eytan Fox. 2002

4.5.06

Que se pierdan, que se pierdan

No pude resistirme. La verdad es que mi grado de autocontrol deja mucho que desear últimamente y, quizá por eso, sigo buceando en ese cutrerío televisivo patrio que con tanto ahínco cultivamos entre todos.
Hace unas semanas Tele5 amenazaba con la reposición de la (fallida) isla de Antena3 y este martes, sin mayores miramientos y -sobre todo- sin antestesia- cumplió su amenaza... La amenaza en cuestión se tradujo en un surtido de famosos absolutamente desconocidos -entre célebres resucitados y célebres de nuevo cuño-, un aburrido (y cabreado por la mala producción) Jesús Vázquez y una calva descomunal llamada José María Íñigo que, allá en el Caribe, sustituye las curvas y los bikinis de la (desde ya) añoradísima Paula Vázquez.
El programa solo tardó unos quince minutos en deleitarnos con un precioso plano de las tetas de Marlene Mourreau (siempre generosa con su público) nadando bocarriba y otros quince minutos en expulsarla de la isla. Lástima... Imagino que la preferirán en plató para que siga enseñando lo que se tercie y aporte algo de gracia a un programa que ha nacido cadáver y donde se oyó al pobre Íñigo decir que "Había que evitar los tiempos muertos". No se evitaron, desde luego. Los espectadores pudimos padecerlos todos. Uno tras otro.
Entretanto, desfilaban por la afortunada isla unas cuantas personalidades impagables: el padre de un concursante de Gran Hermano, dos ex-triunfitos, un humorista venido a menos, un modelo (el más feo de todos los modelos conocidos, por cierto, que ni eso se ha cuidado en esta ocasión), una vedette con sobredosis de botox, una periodista que no sabía nadar (buena idea irse a una isla, desde luego), una miss España (condimento indispensable en todo reality que se precie), una italiana que ni siquiera yo conozco y, sobre todo, el ínclito Pipi, exnovio de Terelu y periodista en ratos de ocio.
El programa, aburrido hasta el dolor, ni siquiera parece augurar momentos de carnaza a lo Gran Hermano ni de vileza audiovisual a lo Hotel Glam... Lo único que podemos esperar de él es que, en efecto, los náufragos perdidos en la isla se queden allí perdidos... para siempre.

P.S. Jesús Vázquez, eso sí, tan guapo como siempre... Tan solo, algo excedido en su modernidad (esa camisa doblemente abierta y esos brillos en la chaqueta no eran lo mejor para un estreno). Mejor en su versión más sport en el vespertino Allá tú. Lo suyo son las t-shirts y los jeans. Sin duda.