22.5.06

Cuentos de cine (1)

Telentradas.com
Nací contable. Hay gente que nace rubia, que nace morena, que nace hetero, que nace gay, que nace de complexión fuerte o que nace de complexión débil. Pero yo, además de rubio, gay y de complexión fuerte, nací contable.

Mi pasión por la estadística data de muy atrás -treinta y dos años, para ser exactos- y encuentra su razón en los más diversos motivos, todos ellos centrados en la redonda perfección de los números y la poesía íntima que esconden tras de sí las matemáticas.

Gracias a la estadística y su aplicación en red, por ejemplo, gozo de una más que saludable y variada vida sexual, porque aplicar el cálculo de probabilidades vía internet a las dimensiones de mi cama es una operación aritméticamente muy gozosa. Intentaré explicarme.

Antes, cuando internet no era más que un proyecto, hacía cola en las taquillas de los cines para obtener mi entrada. Como las colas eran caudalosas, acudía con amigos para que amenizasen mi espera. La verdad es que hubiera preferido ir solo para no tener que soportar el ruido que hacían las palomitas de mis amigos ni, peor aún, las películas que elegían -cuando tenían oportunidad- esos mismos amigos. Después del pase, mis amigos iban a discotecas de música infumable donde la gente sí que fumaba muchísimo y yo no ligaba nada o casi nada.

Después, cuando internet se consolidó en nuestras vidas, desterré las colas en las taquillas por los servicios de telentradas. El servicio de telentradas tenía una ventaja a priori: se eliminaba la espera, y con la espera, también se eliminaba a los amigos. Según estos, por cierto, soy un tanto asocial, lo que justificaba que en la era pre-internet mi vida sexual fuera más bien inexistente.

La primera vez que probé mi servicio de telentradas, sentí un especial placer al comprobar cómo en mi pantalla se dibujaban todas las butacas de la sala con una serie de coloristas muñequitos en cada una de las butacas ya ocupadas. Parejas de muñequitos, grupos de dos, de tres, de cuatro y hasta de cinco muñequitos... Y muñequitos solos. Allí estaba la clave, en los muñequitos individuales de mi servicio de telentradas.

Jaleado por la escasa suerte de mi capacidad seductora, decidí probar suerte con alguno de los muñequitos solitarios que se dibujaban en mi pantalla. Pero no podía hacerlo de forma aleatoria. Por supuesto que no. Mi corazoncito contable encontró pronto una solución mucho más práctica: la estadística.

Comencé por elegir las películas con mayor afluencia gay potencial. Era muy sencillo. Bastaba seleccionar una serie de criterios como el tema, el director, el actor o la banda sonora. Gracias a tanta selección y a tanto cliché (lo malo es que se me cumplían), me hice un poquito homófobo, aunque la homofobia se me pasaba muy deprisa. Después, elegía los cines de afluencia convencionalmente gay, y acababa marcando algunos de versión original, algunos de cierto barrio y algunos de cierta plaza donde más de uno salía de la película a la sauna contigua. Por último, contaba el número de muñequitos solos y sacaba para mí un mínimo de dos o tres entradas junto a diferentes muñequitos para asegurarme de que tenía al menos una entrada al lado de un espectador solitario.

Una vez dentro de la sala, no tenía nada más que lanzar alguna que otra mirada provocativa antes de la proyección y complementarla con un hábil movimiento de brazos -es tan fácil rozarse en el brazo compartido entre dos butacas- durante la proyección misma.

Desde entonces, mi vida cinéfila y sexual ha mejorado muchísimo. Veo las películas que quiero, no escucho ruidos molestos (salvo los chasquidos entre lenguas) y, a la salida, ocupo mi cama con espectadores de todo tipo, tendencia y complexión.

1 comentario:

inquilino dijo...

JUAS!! X-D