16.5.06

Rapto ¿en el Serrallo?

Dirigir no es una labor sencilla. Ni dirigir un espectáculo teatral ni dirigir una orquesta. El verbo dirigir connota y denota un esfuerzo ímprobo que, lamentablemente, no siempre se consigue.
Los dos directores de El rapto en el Serrallo que ofrece el Real naufragaron, en similar medida, el pasado viernes... El director musical se ahogó en la partitura mozartiana, dejando a un lado el dinamismo de la música (¿dónde quedó?) y olvidando su viveza, su capacidad emotiva, su intenso hálito de aventura y misterio... Nada de todo eso sonó gracias a su más que anodina batuta, con la que condenó la música a una lánguida sucesión de notas que, mediocremente ejecutadas, solo lograron enfurecer al público y proporcionarle dos merecidísimos abucheos. Incluso los poco o nada expertos como yo pudimos darnos cuenta de que aquello no era el Serrallo, sino alguna islita de saldo rescatada del Oriente del Corte Inglés.
Pero si la dirección musical era mediocre y traidora (¿cómo se puede robar el color al Serrallo de Mozart?), la dirección escénica resultaba, simple y llanamente, bochornosa. Vergüenza ajena era lo que provocaba el ruido -continuo, avasallador, innecesario- de los personajes que se movían sin ton ni son por la escena, la pésima tramoya con la que se bajaban los lienzos de Barceló -cayendo cacofónicamente como si de un montaje escolar se tratase-, el humor grueso y televisivo -que carecía de gracia y solo permitía sonrojarse ante su estupidez- y así, en animada y nutrida lista, un sinfín de errores que resultan del todo incomprensibles en un foro como el Teatro Real.
Entre los grandes e inexcusables fallos, destaca el hecho de condicionar toda la puesta en escena a los dibujos de Barceló. Los lienzos resultaban escasamente significativos, se trataba de meras reproducciones miméticas de algunos de los momentos de la obra, de manera que su labor icónica era más de subrayado que de complementariedad. Una buena ilustración para el libreto, por ejemplo, pero irrelevante en el escenario. Poco aportaba la redundancia -elemento que debe cuidarse mucho en el arte teatral- y, peor aún, mucho empobrecía el resto del conjunto, al condicionar un elemento tan básico como la luz.
El protagonismo escénico de los cuadros -culpa del escénografo, y no del pobre Barceló- impedía iluminar la caja escénica con los juegos que la obra requería, de manera que todo quedaba en una atmósfera plana y sin volumen, absolutamente estática.
La elección de un escenario único no es óbice para ese estatismo que acusaba toda la función. Un único espacio puede alterarse con recursos e instrumentos sencillos -la luz, de nuevo-, pero el trabajo imaginativo brillaba por su ausencia y, cuando aparecía, no hacía más que ensuciar la puesta en escena. Algo inconcebible en un cuento infantil como este, donde los elementos narrativos permiten toda suerte de juegos (justificados) que enriquezcan la historia. A mi cabeza no dejaba de venir otro montaje visto en el Real en el que la fascinante Die Frau ohne Schatten de R. Strauss se plasmaba con la delicadeza que su cuento de base requiere. Nada de esa sutileza había aquí, nada de esa magia.
En general, resulta inverosímil que olvidaran la importancia de lo teatral en un género como el Singspiel, como es el caso, donde lo dramático y lo musical conviven desde una cierta fragilidad que solo puede salvarse con una dirección escénica potente y semántica. Las interrupciones verbales del Singspiel exigen una representación que evite, por sí sola, la caída del ritmo al cesar la música. En este caso, sin embargo, como la música tenía tan poco ritmo como la dirección escénica, no se notaba cese alguno. Eso, a su manera, sí era coherente.
Triste montaje, triste Serrallo y triste representación del mensaje humanista mozartiano que, siguiendo en la línea de su clemente Tito -una de mis debilidades-, aboga aquí por la tolerancia y el perdón. Por la benevolencia y la reconciliación. Por un mundo, el suyo, donde vence el amor.

1 comentario:

inquilino dijo...

Resulta triste que tanto talento (Mozart, Barceló) acabe en nada bajo una manos torpes y sin criterio.