31.5.06

Sara, al atardecer

Un libro sin abrir. Una novela fácil de sensibilidad ramplona y adjetivos mate. Sus amigas la consideraron excepcional. Reveladora. Sus amigas se sienten canon cultural y lo ejercen con la temeridad que proporciona la simpleza. La falta de autocrítica.

Sara cierra los ojos y respira. Respira de manera pausada. Intensa. Respira exagerada. Teatralmente. Respira para olvidar el libro cerrado. La mesa dispuesta (él tardará en llegar). La tarde y la ventana. Sara cierra los ojos hasta ese recodo donde sus amigas no pueden alcanzarla. Donde nadie podría hacerlo jamás.

A oscuras, camina por el salón de su apartamento. Vacío, como cada capítulo de la novela por abrir. No lo ha intentado. Pero lo intuye. Se dirige, todavía sin mirar, al centro de la habitación. En su cabeza, no sabe bien por qué, suena fuerte una música. Una de esas canciones que sus amigas reprobarían. No es Franz Ferdinand. No es Depeche. No es nada aceptable estéticamente. Es un grupo para quinceañeras que ella escucha a escondidas. Que todavía le gusta. Todavía debe de ser una de ellas. De las quinceañeras, no de sus amigas.

Sara ya está en el centro. No, en realidad no, pero ella no lo sabe. Se orienta mal a ciegas. Así que, sin pretenderlo, ha terminado en un rincón de su minúsculo salón. Ella lo ha creído centro. No le importará comprobarlo. Su certeza le basta. La música suena cada vez más fuerte. Se repite sin un porqué. Sin un para qué. Se repite con la misma ceguera con la que ella busca un lugar donde dejar caer la ropa que ahora se quita.

Calor, hace tanto calor. Demasiado como para centrarse en la novela que con tanto acierto le recomendaron sus amigas. Cerrada. Está cerrada. Como casi todas las puertas que ella misma se cierra sin poder impedirlo. Cerrada. Tanto como la ventana desde la que no se ve una ciudad que hoy tampoco le apetece demasiado.

Ya desnuda, se sienta en el suelo. Deja que el frío de las baldosas se filtre en su piel. Disfruta el dolor del contraste y se estremece con levedad. Con densa conciencia de sí misma.
La música ha cesado. Ahora solo oye voces. Lejanas y reconocibles. Las voces de quienes la quieren. Incluso de quienes la protegen. Voces que le recomiendan libros. Que le recomiendan discos. Que le recomiendan vidas. Voces que desconocen cómo -en este mismo instante- se clava el frío del suelo entre sus piernas. Voces que son solo eso, voces. Ecos que ni en presencia podrían rescatarla de ese saberse sola. De ese sentirse isla. De ese yo radical que no es más que esencia y del que nada, por mucho que mientan los libros, la música o el sexo, podrá salvarla.

Cuando abra los ojos, el libro seguirá cerrado, la mesa dispuesta y el calor asfixiante acechará tenaz a un lado y a otro de la ventana. Cuando abra los ojos, el hombre al que adora abrirá la puerta deseando darle un beso, y ella -a pesar de todo- seguirá sabiéndose esencialmente sola. Eso sí, en compañía.

2 comentarios:

Mart-ini dijo...

:'(


Lo siento, es triste...

Un abrazo, con tu permiso

melancólico habitual dijo...

Sara aprende a saberse ella misma. Con esa infinita intensidad para lo triste, pero también con esa fuerza interna que se hace más sólida a cada aguja de frío que se le clava...