26.5.06

Sistema métrico

La vida no es una cuestión de segundos, sino de milímetros.
Un milímetro puede ser la distancia inasible entre nuestro deseo y nuestro destino.
El concepto intangible donde se suicida una esperanza.
El dígito que acabará sumando la cifra imposible de los metros y los miles de euros que requiere ese apartamento compartido. O solitario. O invadido.
Hay milímetros de pavimento. De mar. De cielo. Y, ante todo, de piel.
Milímetros como el que no te atreviste a recorrer cuando os depedisteis. Cuando Ángel te llevó en coche hasta tu casa. Cuando se dejó de oír el motor de su coche y las llaves giraron lentas hacia la posición de pausa.
Milímetros como los que recorría el segundero de tu reloj en aquel tiempo muerto. Milímetros en círculo. En sucesión eterna de sí mismos.
Milímetros como los que separaban tu mano del manillar. La puerta del asfalto. El trecho hasta tu edificio. El ascensor al piso compartido. Todavía con vida de estudiante. Tienes más años que metros cuadrados. Más esperanzas que realidades.
Un milímetro, uno solo, fue la distancia exacta que quedó entre la comisura de tus labios y los labios de Ángel. Un intento fugaz de provocar algo que pudo suceder. Algo que si hubieras medido mejor, habría ocurrido.
Hubiera bastado con que él ladeara su cabeza -otro milímetro- para provocar la coincidencia. Pero no la movió. Aunque deseara hacerlo. Tengo novio, te había dicho Ángel durante la cena. En tiempo, no fue más que una frase de un segundo. En distancia, fue el milímetro que su cabeza -aunque poco convencida del ruido cultural de la fidelidad- no recorrió.
Ahora, en el ruido de tu piso compartido -demasiada gente, demasiadas cajas, demasiados marcos de fotos vacías- recuerdas ese instante. Observas su nombre en la agenda parpadeante de tu móvil y piensas en llamar. En probar suerte.
Un milímetro separa tus dedos de las teclas. Un milímetro que tampoco esta noche -¿cobardía o sensatez?- podrás marcar.
La vida -al menos, la tuya y la de Ángel- no se mide en segundos. Sino en milímetros.

11 comentarios:

Anónimo dijo...

Qué parvos éstos... los milímetros, mejor que sean centímetros (cuántos más mejor) y en vez de separación, que sean de intersección...

Mart-ini dijo...

milimetros? centímetros? Qué más da?
1000 kilómetros pueden ser una "ñoñería" y 5 milímetros puede ser una distancia insalvable... según de quien lo mida, según el metro que se use... ¿que metro usas tu?

Cinephilus dijo...

qué metro uso yo? cualquiera que me acerque a la gente que merece la pena, lo mío son las cercanías ;-)

Naxo dijo...

Me ha encantado la historia, y tu forma de contarla. A veces unos milímetros nos salvan de una desgracia, pero otras veces pueden ser tan crueles...
Un abrazo milimétrico! ;)

inquilino dijo...

Ays, esas triangulaciones!
Serías un estupendo jugador de billar francés ;-)

Payaso dijo...

El billar es francés, bobo. lo demás es pool o billa.

Anónimo dijo...

La distancia física muchas veces no representa más que la distancia personal. O existe o no existe. Kilómetros de distancia pueden ocultar la cercanía más intensa que pueda imaginarse. La piel contra la piel sin embargo otras, nada que no se olvide en ese mismo instante. Lo dífícil son esas distancias inexactas, esos milímetros que jamás osamos traspasar, o los que deseamos pero nunca nos concederán.

Cinephilus dijo...

Por qué le enfadan los epítetos, señor Payaso? Haya paz, haya calma... y haya milímetros (pero de complicidad y de cercanía)

inquilino dijo...

Sr. payaso, si no es capaz de captar la connotación extra que añade el epíteto "francés" no es problema mío. En cualquier caso, tampoco creo que andar por la vida soltando "bobos" gratuitos sea una política demasiado productiva, pero usted mismo.
Pues eso, que viva el billar francés ;-)

Cinephilus dijo...

Que viva el francés en general, jejeje

Payaso dijo...

Ah! era una mamada?

qué sutil, señor
Inquilino, qué sutil!

[pero en ese caso, y contando con las amígdalas como bolas adicionales, la carambola sería una cuadrangulación, no una triangulación, creo...]