30.5.06

Tan solo un despertar

Se busca en el intervalo de sus manos, con la mirada aún borrosa del primer despertar.

Le gustaría creer que ha sido un simple despertar, un amanecer más. Pensar que tan solo se corrió acelerado y abundante sin mayor emoción que la del azar nocturno y la caza satisfecha.
De pie y desnudo, decide buscar el baño en ese apartamento desconocido. Tanteando sin encender la luz. Escuchando el sueño del hombre que ha dormido junto a él. Que ha respirado toda la noche junto a él.

No suele quedarse dormido, se reprocha. Lava sus manos frenéticamente. Deja correr el agua abundante. El jabón líquido que derrama con saña su persistente olor a avena. Frota sus manos intentando arrancarse de la piel la sensación demasiado perenne de una aventura destinada a ser ocasional.

A través de la persiana se cuela con tenacidad el primer sol. El sueño sigue intacto en el cuerpo acariciado, mordido y deseado del hombre cuya presencia ahora le intimida. Se viste deprisa. Se aprieta el cinturón. Se coloca las gafas. Un último vistazo. Las llaves, el móvil, la cartera. No, no se deja nada. No tendría sentido volver allí. Ahora no.

Abre sin hacer demasiado ruido. Intuye que, a estas alturas, la cerradura ya lo habrá despertado y entra en el ascensor con miedo a ser descubierto en su huida. No se despidió. No desayunó allí. No le pidió su móvil. No, claro que no lo hizo. Para qué.

En el autobús, de camino a casa, se pregunta por qué se durmió. Por qué su cuerpo se sentía extrañamente cómodo en esa cama. Se pregunta si el sexo puede ser tan revelador como para que el tacto de una piel despierte el deseo de toda una vida. Se pregunta sin encontrar respuestas mientras un voraz rayo de sol le deslumbra repentinamente a través del cristal. En un acto reflejo, se lleva las manos a los ojos para frenar su ataque. Y al levantarlas siente cómo le golpea -brutal y frágil- un persistente olor a avena.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

El deseo no admite preguntas, porque tampoco sabría dar respuestas. El cuerpo, en su fisicidad, es inexplicable. La razón y el sentimiento no hacen más que acentuar esa inexplicabilidad. Mejor, por tanto, dejar que la piel actúe por sí sola. Y borrar ese olor mediocre de la avena. Quizá la manzana verde corra mejor suerte.

Mart-ini dijo...

Y por qué borrarlo? Quizás se haya amado más a una persona en una noche que en 10mil días de continuo...

Un abrazo, con tu permiso

Cinephilus dijo...

Totalmente de acuerdo... Hay noches que valen una vida

Anónimo dijo...

Amar una noche y amar 10mil días son cosas diferentes, muy diferentes. Y, por supuesto, totalmente compatibles. Lo de borrar no iba por eso... Es que a mí el olor del jabón de avena no me gusta mucho... Prefiero otros perfunes.