29.6.06

Un, dos, tres...


...responda otra vez.

Pues sí, esta semana seguimos a cuestas con los números (culpa de Naxo, que los puso de moda con esa ternura suya tan especial y hemos acabado cayendo todos). Así que ahora, por 0,25 céntimos de euro cada respuesta, necesito excusas -verosímiles e inverosímiles- para no ir al trabajo.

Las mejores serán empleadas en cada una de las huidas que tengo que hacer para mis exámenes opositores de la semana que viene. Pensad que, en el fondo y aunque no lo parezca, estáis haciendo una buena acción...

28.6.06

Veintinueve

Que sí... Que esto sigue subiendo. La verdad es que llevo toda la semana fijándome mucho en todos los recovecos de mi espejo para cerciorarme de que, en el fondo, los únicos cambios que se perciben son todos para mejor. Mi espejo, a su modo, me ha felicitado esta mañana no llevándome la contraria. Claro que a las seis y cuarto -cuando me he mirado en él- tampoco hemos tenido ganas ninguno de los dos de entablar un diálogo mucho más profundo.

En parte, mi celebración matinal ha consistido en leer todo lo que he tenido que escribir estos días en esa especie de maratón insólita que son las oposiciones. Me ha resultado todo tan absolutamente surrealista que hoy -en plena ebriedad de cansancio e insomnio- hasta me he divertido pasando folios y folios llenos de citas de señores que no conozco pero que son fundamentales para explicar lo que pretendía explicarles a otros señores que tampoco conozco pero que constituyen el tribunal que ha de juzgarme. Obviamente, si me juzgaran en serio, me hallarían culpable de adicciones y delitos de perversión moral varios, pero como tampoco se trata de eso (no sé bien de qué me juzgan, en realidad), mi conciencia sigue teniendo conmigo una relación tan ambivalente como la que yo tengo con mi espejo.

Después, la insólita fiesta ha continuado con una sesión teatral en la que he interpretado el papel de "no pude venir esta mañana porque me encontraba enfermo" delante de la mirada atónita de mi jefe, que dudaba entre la teoría de mi enfermedad -quiero un oscar ya, por favor- y la teoría de la resaca, otro rasgo proverbial de mi carácter que, siento confirmarlo, con el tiempo tampoco mejora. Uno sigue sumando años y noches porque la vida -vista desde el tedio- nunca ha sido mi fuerte ni mi vocación. Y las noches, sin salir, sin compartir, sin respirar, son puro tedio.

Ahora, mientras me dispongo a salir, empieza la fiesta de verdad. La de una tarde en la que no pienso hacer nada más que aquello que pueda apetecerme. Y -aunque eso tampoco sea sorprendente- entre otras cosas, la que más me apetece es el festín sexual que espero darme en tan solo un par de horitas.

Todo esto, punto por punto, aún debo hablarlo con mi espejo, aunque no note demasiados cambios a día de hoy. Tal vez, eso sí, me sienta ahora un poco más crío. Un poco más irresponsable. Un poco más tierno. Y un poco más gamberro.

Mola. Porque si esto sigue así de bien, en tan solo unos años, llegaré a ser un niño.

27.6.06

Verbo e instinto

No encuentro entre mis apuntes de editor aplicado, de estudiante rebelde nada que no sea tu cuerpo. Aquí, en este deseo desbocado que es mi sed, en esta noche sin tregua que son mis días. Intento concentrarme en libros y en palabras de las que solo recuerdo las curvas de letras que se asemejan a tus piernas. Eles torneadas. Emes esquinadas en su cuadrado imposible con las que dibujo tu espalda mientras dejo que mi fantasía se desboque -desacompasada y ageométrica- sobre cada una de las zonas de un cuerpo que conozco mucho mejor de lo que jamás he llegado a conocer el mío.

Atesoro, fetichista, tus rincones y los escondo sin que te des cuenta, tensando las cuerdas del pentagrama para que la música -la que tú me has enseñado a amar en estos años- suene rápida, intensa, atronadora. No lo notas, pero te persigo en el calor de este verano, de esa ventana abierta tras la que, en tus noches de ausencia, presiento que espías mis movimientos, mis búsquedas, también mis erecciones. Y el sudor, el del verano, el de mi cuerpo, el de mis fantasías empapa una sábana que multiplica las curvas de esas letras que ya no recuerdo porque no me sirven para resumir la necesidad. Ni la obsesión. Ni la voracidad.

Por eso, tan pronto como las palabras -aquellas palabras virtuales que luego se hicieron físicas al conocernos- trenzaron su puente de proximidad, conseguiste invadirme con la única certeza que de mí tengo y que de mí obtuviste. La que dedujeron tus manos al arrancarme la ropa, al desmayar las frases que no dijimos porque, de repente, nuestra lenguas se negaban a hablar mientras recorrían animales los itinerarios que aún hoy siguen sorprendiéndoles en su tacto. En su aroma. En el sabor rotundo de la carne. En la certeza de una animalidad consciente, necesaria, omnipresente. La certeza de que, en el fondo, todo lo que no es sexo en mí -y ese sexo en mí es siempre sexo contigo- no significa más que un intento de estilización -intelectualización, tal vez- de mi propio instinto, de ese que late rotundo bajo las palabras que, envidiosas de la piel y de su evidencia, se deshacen por culpa del sudor.

23.6.06

Suerte

Suerte que heredé las piernas firmes
para correr si un día hace falta
y estos dos ojos que me dicen
que han de llorar cuando te vayas.
Sabes que
estoy a tus pies...
Contigo, mi vida, quiero vivir la vida.
Lo que me queda de vida, quiero vivir contigo.
Shakira
Suerte, sí. Igual que estar allí anoche. Que cantar a voz en grito ese Inevitable abrazado a mi hermano (no olvidaré jamás ese momento). Danzar ese Ojos así a ritmo de meine Kaiserin (tan hermosa, tan radiante, tan llena de verdad). Y volver a ser un adolescente cuando, en medio del delirio, salió Alejandro Sanz para ponerle picante a esa Tortura que tantas noches de verano me recuerda.
Suerte, sí. Amanecer hoy rodeado de sms, de mails, de amores rotundos y reales. De personas que me acompañan en este nuevo intento que se cristaliza en mi examen de esta tarde. No sé qué pasará. Pero sí sé lo que ya ha pasado: que he vuelto a tener la medida real de la suerte que tengo. De la cantidad de gente que me da más de lo que yo jamás podré darles.
Suerte, sí. Suerte de saberte aquí cerca, con o sin aviones, porque tu presencia me arropa cuando a mí me da vértigo esto de seguir avanzando sin saber bien adónde, cuando te confieso mis dudas, cuando asumo que soy un inseguro y que no concibo más satisfacción que la de seguir creciendo ni más estabilidad que la del cambio. Y tú siempre ahí. Siempre dentro de mí. Siempre.
Suerte, sí. Suerte la de los correos intercambiados con mi club de almas gemelas en este proceso. En este y en otros muchos procesos más. Mi rubia sevillana, tan linda y tan llena de vida y de talento (arróllalos hoy, nena). Mi Pentium I, como ella me escribió ayer, una de las mujeres más brillantes que conozco y de una inteligencia absolutamente desbordante (este será tu año, lo sé). Mi sultana, inmensa en nuestros mares, en nuestra huida de la rutina, en su magia de mares y cielos donde esperaremos esa reencarnación que la vida nos debe para amarnos también en lo carnal como es debido. Miriam y Maribel, dos grandes amigas de mi etapa en SM por las que no solo siento cariño, sino también admiración por su lucha, por su generosidad, por su verdad.
Suerte, sí. Suerte la de contar con mis niñas -no soy gran cosa sin vosotras, ya lo sabéis-, de las que cada día aprendo algo nuevo. Inmensas fuera y dentro del escenario. Mi Silvia, mi Paloma, mi Eva, mi Nuria... Y tras cada uno de sus nombres un compromiso de verdad con la vida, con la honestidad, con todo lo que son y lo que somos. Y siempre aquí, cerca de mí, dándole a mi vida un sentido que sin ellas, sin lo que somos juntos, no tendría.
Suerte, sí. Suerte la de los mails especiales que han llegado estos días. Desde el ático (¿qué habría sido de mí si no hubiera podido residir y descansar allí estos años?). Desde el reino de Klingsor (hermoso como todo lo que toca). Desde el nuevo edificio de SM que no llegué a conocer pero donde sigue cierto angelito que está a puntito de traer otro bellezón como ella al mundo. Desde aquí mismo, con mi musa favorita vestida de bellísimo negro y dándome un abrazo que he atesorado codicioso en mi haber. Desde este edificio, en forma de yoes cómplices sin las que no habría mañanas tan soleadas ni soles tan cotidianos. Desde Kyoto, donde siguen latiendo palabras tiernas y cómplices. Desde la terraza de los Nabucodonosorcitos que okuparon el piso de Epi y Blas con un ejército de patitos de goma. Desde más lugares de los que he visitado pero a los que, gracias a cada uno de sus habitantes, pertenezco.
Suerte, sí. Y al pensarlo anoche, en medio de esa canción, después de una semana de nervios y ansiedad, sentí que estos meses sí han servido para algo. Que poco importa lo que venga detrás. Porque pase lo que pase esta tarde en ese examen, sé que tengo un montón de lugares y de vidas en las que reclinarme, junto a las que caminar y, sobre todo, con las que seguir creciendo.
Hoy -también- os llevo conmigo. A todos.

22.6.06

Onanismo

Es un mensaje más. Un texto escueto e insípido que se pretende divertido y original. Pero el remitente no fue nunca original, ni siquiera cuando se acostaban con más frecuencia, cuando inventaban una relación que no quería ser tal, cuando después de algún polvo se empeñaban en irse juntos al cine para confirmar que no se soportaban más allá de las sábanas. Y ni siquiera dentro de ellas mejoraba la situación...

El remitente no recuerda grandes orgasmos. Los polvos con el destinatario se basaban más en el morbo que le provocaba su cuerpo que en la agilidad que demostraban sus piernas. En su tacto musculoso y velludo más que en la correcta -pero anodina- posición de sus manos. En la voluminosa geometría de su sexo más que en la torpe penetración con la que cerraban algunas de sus noches. En el fondo, aquella atracción casi animal -nunca corroborada por los hechos- era el motor tanto del sexo como del cine. Moderado en resultados el primero y desastroso en consecuencias el segundo.

Durante los meses que pasaron juntos, a fuerza de intentar quererse solo consiguieron aburrirse. Les quedó, eso sí, la costumbre de los mensajes, conscientes de que si no fuera por el progreso de la telefonía móvil, nunca habrían tenido valor ni ganas para marcar el teléfono convencional y cambiar los 160 caracteres por su timbre de voz.

Ahora, el único timbre que aún sonaba de vez en cuando era de algún que otro sms con el que, en sus horas bajas, probaban a seducir al ya seducido. Cada timbrazo era la confirmación de que no habían ligado en las últimas semanas o de que, después de haberlo hecho, habían caído en una nueva desilusión o, las menos veces, en algún desenamoramiento. De algún modo, pensaba el remitente, haberse aburrido era una garantía, porque les permitía desahogarse sin apasionamientos ni cicatrices que abrir o cerrar. Se habían asegurado, sin pretenderlo, una especie de onanismo vitalicio que ambos, en su vertiente pragmática, sabían aprovechar. Eso era, más o menos, lo que pensaba el remitente, que no solía preguntar por sus pensamientos (en caso de que los tuviera o tuviese) al destinatario.

Hoy, después de demasiadas noches en blanco en el último mes, el timbrazo ha sonado nítido y certero. El remitente siente una erección rotunda ante la perspectiva de cambiar el rumbo de los acontecimientos. El destinatario sigue teniendo un cuerpo apetecible y correrse sobre él se convierte, mientras teclea su mensaje, en el mejor objetivo de la semana.

No muy lejos, en otro lugar, el destinatario no va a responder ese mensaje. Porque el destinatario no sabe nada de ese onanismo neutro, de esa satisfacción inmediata. El destinatario sabe que se aburren juntos, que no se gustan del todo, que no tienen nada que ver. Pero también sabe que cada vez que el remitente se derrama sobre su cuerpo, a él se le desbordan las ganas y le martiriza la adicción a una piel que no acaba de pertenecerle. El destinatario piensa que la vida es imperfecta y que las dependencias surgen, casi siempre, con quien no debieran. Por eso, esta vez, ya no va responder ese mensaje y, a cambio, se meterá en un bar o en una sauna o en un cuarto oscuro donde desahogar la frustración por no poder verlo. No es mala idea, se dice. Y sin poder evitarlo, en un arrebato que él mismo calificará de estúpido, rompe a llorar.

21.6.06

Ídolos caídos

Se conocieron en un bar y se enamoraron en internet. El bar les hizo acabar en la cama de Gerardo e internet les permitió, después de intercambiar móviles y mails, comprobar que entre ellos había una especie de sintonía personal con la que no contaban.

Andrés empezó a enamorarse por e-mail. En realidad, Gerardo no le volvía loco físicamente. Ni siquiera era su tipo, pero cuando follaban no se acordaba de su listado de prototipos. Había algo salvaje en la aparente normalidad de Gerardo y Andrés, que no suele hacerse demasiadas preguntas innecesarias, asumió pronto que el sexo con él le satisfacía aunque ni sus ojos verdes, ni sus manos demasiado finas, ni su cabello demasiado rizado sumaran su ideal de belleza masculina.

Gerardo, consciente de sus limitaciones, decidió que era preciso sacarle partido a sus virtudes de futuro guionista y, ya que no podía cambiar ni sus ojos, ni sus manos, ni sus tercos rizos, cultivó la palabra con cuidado, apurando sus dotes de guionista en cada correo electrónico. En los textos donde Andrés se sorprendía siendo un lector apasionado de su propia existencia. Y cuanto más lo leía, más se preguntaba cómo era posible que Gerardo no hubiese conseguido vender ese guión del que le había hablado hacía meses. Andrés no entendía que Gerardo siguiese trabajando en Zara para pagar las letras del piso que, a esas alturas, ya habían empezado a compartir.

Una tarde, Andrés le pidió a Gerardo que se lo dejara leer. Gerardo se negó con suavidad. Tenía experiencia en eso y sabía que no era una buena idea. Pero Andrés era más obstinado que él y al final se hizo con el codiciado guión... Lo devoró. Un par de horas. Tal vez tres. Y la voracidad inicial se convirtió en una decepción que se hacía cada vez más desoladora conforme pasaba las páginas. Le resultaba simple. Mediocre. Insípido. No reconocía en aquel guión al autor de los correos que habían acabado enamorándolo. No, definitivamente, no le gustó. Le pareció muy malo. En la cena, cuando Gerardo le pidió su opinión, Andrés hizo un sutil quiebro de cintura -y de verbo- para evitar la respuesta. Ambos supieron. Y ambos callaron.

Desde ese momento, nada pudo volver a ser igual. Andrés recordaba frases y escenas de aquel texto que cada día le parecía más simple. Más ramplón. Había tocado al ídolo y se le había quedado el brillo entre las manos. Ahora ya no cenaba junto al escritor admirado, sino junto a un chico de rizos rebeldes, manos escuálidas y ojos penetrantemente verdes que ya no le resultaba tan genial. En breve, y sin saber por qué, le molestó también su forma de sentarse. De arrastrar las eses. De reírse escandalosamente y atraer la atención de los demás cuando no estaban solos. Intentó luchar contra eso -era solo un guión, se decía- pero derribar el mito acabó derribando consigo todo lo demás.

Ahora, cuando Andrés se abraza a otros hombres, a veces se acuerda de Gerardo. Y, para evitar que se repita, les pide que -pase lo que pase- jamás le enseñen todo de sí mismos. Por si acaso.

20.6.06

Distrito Cabaret en el Teatro Buero Vallejo


Acabo de enterarme de que el grupo de teatro EL HAMBRE pone hoy en escena mi texto Distrito Cabaret, estrenado en junio de 2005 en la Sala Triángulo de Madrid. La fotografía pertenece a uno de los momentos de aquel día.

La función es hoy martes a las 20 h. en el Teatro Buero Vallejo (Avda. Pablo Iglesias s/n) de Alcorcón. Entrada libre.

No sé si podré ir, pero lo intentaré... Si alguien más se apunta, el montaje merece la pena por su riesgo formal y la calidad de los actores, con un maestro de ceremonias excepcional. Y, cómo no, el texto es simplemente brillante, tan atractivo en su fondo y su forma como su insigne autor ;-)

Besos inmodestos de un dramaturgo opositante...

Agudeza verbal

Tanto mundial, tanta deportividad, tanto canto a la unión a través de la competición y tanta monserga... pero cuenten el número de veces que escuchan hoy la palabra moro pronunciada o escrita con valor despectivo en foros de internet, medios de comunicación y máquinas de café de sus oficinas para referirse al equipo tunecino con el que el combinado español jugaba ayer. Yo, entre la indignación y la tristeza, ya me la he topado hoy unas cuantas veces.
Lamentable ejercicio cabalístico, la verdad.

Selectividad

A Sara le han quedado dos. De camino a casa se le caen un par de lágrimas traidoras de esas que detesta no poder controlar. En realidad, lo de que le hayan quedado dos le importa poco. Total, ya contaba con pasar el verano estudiando y, a su manera, prefiere posponer el mal trago de la selectividad. No sabe qué quiere estudiar ni qué nota de corte necesita para hacer ese no sé qué que la sigue esperando. Tartamudea cuando habla de su futuro y el único que corte en el que piensa es uno de mangas, bien grande y bien rotundo a los que la marean con nombres de carreras en las que no tiene motivo alguno para correr. Para seguir corriendo.

La tercera lágrima la obliga a sentarse. Está furiosa consigo misma. Debería controlarse. No está dispuesta a llorar por algo así. Qué va a hacerle si Raúl es gilipollas. Raúl no es motivo para llorar. Claro que no. Ni siquiera es el primero de los tíos con los que sale. Ni el más guapo. Es uno más. Guapo, sí, claro, es guapo. Porque Sara puede elegir a los chicos que le apetezca. Y Raúl no es el mejor. Con los mejores ya estuvo antes. Antes de aburrirse de todos ellos -su insti no es muy grande- y conocer a Raúl.

El boletín de notas se humedece. Mierda, ahora pensarán que ha llorado por esa chorrada. A Sara le da rabia que conozcan su debilidad, porque esa debilidad en verdad no existe, porque ella no es débil, porque le importan una mierda las notas y la selectividad y las carreras esas donde no piensa competir por nada ni con nadie. Ella siempre se lleva a los más guapos sin competición alguna, a los más simpáticos, a los más enrollados. Raúl no era más que un tío de tantos. No llora ni va a llorar por él. Claro que no.

Repasa el círculo que sus lágrimas furtivas han dejado sobre la cartulina. Un círculo casi perfecto. Como parecía serlo todo antes de esta mañana. Antes de que se encontrara en el baño con Ali. Porque Ali es su mejor amiga. Y Ali también ha suspendido dos. Y Ali le propuso que estudiaran juntas este verano, que eligieran la misma carrera, que lo compartieran todo como habían hecho desde hacía ya tantos años. Ali no especificó qué incluía ella en ese todo. No mencionó a Raúl. Por eso Sara se ha sorprendido al verlos en el baño de tías. Porque no sabía que el simple de Raúl salía también con la simple de Ali, que ni es tan guapa como ella, ni tan simpática como ella, ni tiene tanto éxito con los tíos como ha tenido siempre ella.

No puede controlarlo y rompe a llorar de una vez. Por primera vez en sus diecisiete años. No es mucho, en realidad. Hasta ahora las cosas habían sido distintas. No había tenido que estudiar en verano. No había tenido que pensar demasiado en qué quería ser de mayor. Ni siquiera tuvo que pensar si quería ser mayor. Ahora, por primera vez, tan solo siente las náuseas que le provoca un confuso sentimiento de traición, el vértigo que le produce una decepción con la que no contaba -Raúl no le duele tanto, pero Ali sí- y piensa que, definitivamente, mentirá en casa y dirá que está triste por las notas, por la selectividad, por el futuro. Dirá lo que pueda inventar para no asumir que lo único que ocurre es que la vida, por primera vez, le ha hecho sentir miedo. Inseguridad. Y -eso ya no la abandonará jamás- desconfianza.

19.6.06

Mediocres

Cada día los soporto menos. A los que van de artistas, se venden como artistas y, en realidad, no son buenos en nada. Si somos honestos, la gente buena en algo no abunda y en eso, en parte, reside su excepcionalidad.
El último en sumarse a la lista de genios incomprendidos -porque el mediocre no lo es por falta de talento: sino porque el mundo se ha conjurado contra él- es el inefable Kiko Veneno, autor de obras esenciales para el desarrollo de la música contemporánea universal, como todos sabemos.
Hoy, en una entrevista destinada a la sección Cultura (otro gran cajón de sastre) de ciertos periódicos de tirada nacional, este gran vate musical afirma:
El artista catalán Kiko Veneno echa de menos un público más educado, que sepa "callarse" cuando quien se ha subido a un escenario se lo pide para interpretar sus canciones, pues, a su juicio, debe haber un "equilibrio cultural" con las, "eso sí, legítimas" ganas de cantar y bailar que predominan actualmente.
Me ha emocionado la necesidad de silencio que siente Kiko Veneno, poseedor de una voz incomparable y cuyos temas, hasta la fecha, nunca han dejado de ser una versión falsamente indie de la pachanga de toda la vida. Eso sí, con el sello independiente que se cuelgan los que no consiguen hacerse su hueco en el top manta.
Es curioso que ese silencio del que habla no lo pidan otros cantantes ni otras voces que realmente deslumbran en un escenario, quizá porque en esos casos quien acude al concierto lo hace para disfrutar de la voz, de la melodía, de la música. Pero, la verdad, no conozco a nadie que acuda a un concierto de Kiko Veneno para disfrutar de sus graves y agudos sino, en todo caso, para desgañitarse saltando y gritando temas populares y populistas, que de ambos ha cultivado este gran autor. Un autor que ahora quiere ser el Cigala sin darse cuenta de que lo suyo, a su manera, está más cerca de Estopa -si lo reciclamos- o los Chunguitos -si lo dejamos en conserva.
No, definitivamente no me gustan. No soporto a los mediocres. Quizá porque los grandes -tan pocos y tan escogidos- nunca nos dan lecciones de nada a los demás. Y los mediocres, sí.

Mancuernas, visa y escapismo

Las oposiciones no solo van a acabar con mi paciencia, sino también con mi salud y mi cuenta corriente. Y es que, tras un fin de semana enclaustrado entre tacos y tacos de apuntes sin sentido alguno (¿a alguien le interesa la ontogénesis? ¿o la transfrástrica? ¿¿¿qué XCVHGKAHG es eso???), era necesario buscar vías de escape para salir de tanto letargo vital. Dos, en este caso, han sido las salidas escogidas:
a) El gimnasio
Este epígrafe justifica por qué las oposiciones me van a costar la salud... Porque gracias a ellas el gimnasio se ha convertido en un refugio donde, al menos, puedo huir de los apuntes con la excusa de "tengo que hacer deporte". De repente, me he sorprendido a mí mismo machacándome como los más macarras del recinto -hasta me he comprado unos guantes sin dedos absurdos para evitar callos en mis sensibles manos de editor-dramaturgo- y me he pillado in fraganti sintiendo una extrañísima satisfacción cuando aumento el peso de las mancuernas o el de la máquina de pectorales. No sé si serán las endorfinas (nunca he visto a esas señoras de las que todo el mundo habla), pero espero que esto sea transitorio porque gracias a tanta pasión deportiva tengo unas agujetas absolutamente brutales y una sensación de estar convirtiéndome en un cutre-rocky de barrio que no me pega nada...
b) El Corte Inglés
Sí, ese terrible centro de consumismo insano que, para mal de los adictos a la visa, no cierra los domingos su sección de discos y vídeos (ni su club del gourmet, cuyos chocolates van en contra de las mancuernas del epígrafe a, claro). Como mi horario de estudiante no me permite más que salir a horas estúpidas -la de la comida, básicamente, porque el resto estoy sentado frente a los apuntes en actitud de estudio-, es toda una tentación acercarse por ese antro tan próximo a mi casa y acaparar todo lo acaparable "para cuando tenga tiempo libre". Teniendo en cuenta el ritmo de compras de libros, discos y dvds que llevo en este mes opositor, en ese tiempo libre no voy a tener libertad alguna, porque estaré ocupadísimo desprecintando compact-discs y películas (con lo difíciles que son de desprecintar, por cierto) para amortizar el gasto tarjetario de este mes...
A pesar de todo, el consumismo también tiene sus ventajas, y quizá por eso este domingo pude hacerme con algunas de esas películas que, sin ser perfectas, me gustan especialmente... Todas, por cierto, están de oferta en grandes centros comerciales (nótese mi talento para el marketing), así que recomiendo sin condiciones la inversión de nueve euritos que requiere cada una de ellas. Ahí va la lista:
- Amigos y vecinos, una película divertida, irónica y bastante salvaje sobre las relaciones de pareja. Una de esas escasas cintas donde se habla de sexualidad sin tapujos y con escenas de cama realistas (lo que quiso ser Closer y nunca fue). Algún personaje algo exagerado, como el de Jason Patrick, pero más que interesante en su malsano planteamiento. Y Jason Patrick, aunque poco verosímil, luce un desnudo o semidesnudo absolutamente estupendo durante casi todo el metraje. Ah, y sale Catherine Keener, a la que dejan interpretar un papel estupendo con el que consolarse de su "yo pasaba por aquí" en la infumable Capote.
- Picnic, una joya malentendida, malinterpretada y subvalorada del cine clásico. Llena dedecisiones caprichosas -como la de su madurito protagonista para un papel que requería, supuestamente, a un hombre más joven- que, sin embargo, acaban confiriendo a la película su verdadero carácter.
- Los novios búlgaros, una película menor a partir de una novela de Mendicutti aún más menor (lo sé: esto va decreciendo de tamaño por momentos) que, sin embargo, cuenta con dos atractivos. El atractivo evidente, Dritan Biba, un hombre que deberían clonar y regalar con cada pack de yogures para que todos lo disfrutásemos en casa, y uno de los pocos cuerpos espectaculares del reciente cine español. El atractivo oculto, la inteligencia y verbosidad de Eloy de la Iglesia, uno de los pocos cineastas no relamidos, no pedantes y no vacuos del igualmente reciente cine español.
- La tormenta de hielo, un clásico moderno, una de las maravillas cinematográficas de Ang Lee que, antes de su inmensa Brokeback Mountain, ya dejó testimonio de una época -los 70- y de una atmósfera -la crisis de la familia como institución- en una narración llena de matices y actuaciones memorables.
- Soñadores, un Bertolucci desprejuiciado, vital, rejuvenecido. Una de sus obras menos redondas -seguramente- pero también de las más frescas y sugerentes. Las escenas de sexo, refrescantes. El punto de vista gana con un segundo visionado. Y, si se deja que la película se cuele en la conciencia del espectador, da mucho que pensar...

16.6.06

Toda la noche en la calle

¿Qué le voy a hacer, si mañana nadie sabe?
¿Qué le voy a hacer, si el futuro está en el aire?
Toda la noche en la calle
Toda la noche en la calle
Cuando llegue el nuevo día,
dormiremos a la orilla del mar...
Amaral
Aquí y ahora.
Instante. Momento. Minuto. Segundo.
Beberse la vida.
Beberse el tiempo.
Beber las noches hasta acostarse ebrios
de barras de bar
de músicas anónimas
de cuerpos que se anudan
de cuerpos que acarician
de cuerpos que respiran
Agotar el oxígeno
Reinventarlo
Saltar, correr, gritar
Avanzar hacia ningún lugar
Hacia cualquier lugar
Hacia todo lugar donde estar con
Donde ser con
para ser más
Y llenar el armario de excusas
que disfracen el ánimo
que nos desaten frívolos
que nos desnuden trémulos
si es su mano la que desabrocha los botones
la que calienta nuestra cama
o nuestro pecho
Saltar, correr, gritar
Y la calle que no se acaba
Y la noche que no se agota
Y la ciudad
-la que llevas en ti, la que tiene tu nombre-
que nunca duerme.
Por cierto, esta noche sí es viernes.
La ciudad -la que tú quieras inventar- está esperándonos.

15.6.06

Mr. Miracle

Responsable del sonido de los últimos trabajos de Fangoria, de la irrupción de Bebe y hasta de la resurrección de OBK (uno sigue fiel a sus quince, qué le vamos a hacer), Carlos Jean ha sacado un nuevo disco lleno de pequeños futuros clásicos electrónicos como el temazo de Fangoria, Nada, de letra y música absolutamente recomendables.

Esta noche se apunta al concierto de las Ventas, donde yo creía que solo actuaba Amaral y en el que, al parecer, canta medio país: Julieta Venegas, Keane, Despistaos... No sé si es un concierto o un remake de la gala Murcia, qué hermosa eres, pero a estas alturas, y teniendo en cuenta que voy sin pagar gracias a un concurso tan raro como la selección y mezcla de cantantes, no pienso quejarme. Además, la compañía de hoy bien lo merece.

El caso es que tras un mes pegado a la silla estudiándome temas infumables y jugando a esto de ser opositor -asunto al que dedicaré no sé si futuros posts o, directamente, una novela del absurdo- estoy deseando saltar como un energúmeno canten lo que canten y toquen lo que toquen. La presencia de Carlos Jean augura, al menos, más de un momento discotequero, así que aspiro a cansarme tanto como para llegar mañana medio dormido al trabajo, que la droga del cansancio hedonista no falla casi nunca. Por la tarde, empezará mi último fin de semana de claustro monacal antes de que el 23 comience el festival carnavalero de la oposición.

En una libreta, entretanto, voy anotando copas pendientes cada día que no salgo. El listado se está engrosando tanto como para asegurarme una futura alcoholemia nocturna que, obviamente, estará plenamente justificada. Es una de las ventajas de las oposiciones, que si uno se presenta sin drogadicciones previas, ellas se encargan de generártelas. Yo, como los vicios ya los llevaba puestos -los tengo (felizmente) casi todos-, me he limitado a aplazarlos... Pero por poco tiempo.

14.6.06

Sigue llamando

No te muestres nervioso. Aparenta seguridad. Mira fijamente a los ojos del entrevistador. No cruces las piernas. No te agarres las manos. No fumes ni masques chicle. Llega puntual. Aparece diez minutos antes. Ve solo. Prepárate las preguntas. No improvises. ¿Por qué ha solicitado usted este empleo? ¿Cómo se definiría a sí mismo? ¿Cómo cree que le definirían sus amigos? No tosas. No carraspees. No te levantes si no se levantan ellos primero. No hables de más. No contestes de menos. No pienses. No reflexiones. Infórmate sobre la empresa. Apréndelo todo. No mientas jamás si no puedes justificar esa mentira. ¿Dónde trabajó antes? ¿Por qué se marchó? ¿Dónde se imagina trabajando dentro de cinco años? Jura fidelidad. Promete esfuerzo. Finge lealtad. No vistas informal. No lleves deportivas. Siéntate con la espalda erguida. Recto. No parpadees demasiado. No te rasques. No te toques la cara ni las mejillas. Procura no sudar. No eres humano. ¿Estaría dispuesto a hacer cursos de formación si la empresa se lo pidiera? ¿Y horas extras? ¿Contaríamos con usted para trabajar en una sucursal fuera de esta ciudad? Escucha atentamente. Asiente. Muestra interés. Conformidad. Lleva ropa formal. Deja en tu armario los colores fuertes. Nada de confianzas. Nada de pluma. No tienes sexo. Ni orientación. No lo practicas. No en horas de trabajo. ¿Antepondría su vida personal a su vida profesional? ¿Tiene usted pareja? No hables de ti. No quieres tener hijos. No piensas ser madre. Tampoco te interesa la paternidad. Nunca pedirás una baja por embarazo. En tu mundo no hay familia. Ni amigos. No lleves puestas gafas de sol. El sol no te molesta. A un trabajador no le molesta nada. ¿Cuáles son tus aficiones? ¿Cuál es tu libro favorito? ¿Y la última novela que has leído? Coetzee. Yourcenar. Joyce. Busca en tu biblioteca. Nunca has leído un best-seller. Nunca ves la televisión. Nunca te acuestas más tarde de las doce. ¿Eres sociable? ¿Trabajas bien en grupo? ¿Podrías incorporarte a un proyecto con más gente como tú? Te encanta ser sociable. Amas al prójimo como a ti mismo. No tienes religión. La religión de tu jefe te parecerá bien. No pongas los codos en su mesa. Es su espacio. A él también le gusta trabajar en equipo pero no olvides que su equipo no eres tú. Déjate observar. Exhíbete. Asume lo que eres y deja que te juzguen. Luego despídete. Le llamaremos. Tendremos muy en cuenta su currículum. Espere nuestras noticias. No insultes. No te crispes. No digas lo que sientes. Sal. Márchate. Busca otro número. Tira las deportivas. Compra más mocasines. Llévate el traje a la tintorería. Sigue llamando. No te muerdas las uñas. Sólo sigue llamando.

13.6.06

26

Eres un crack de los buenos
Tienes mirada, eres tremendo
Tienes un sueño y lo vas consiguiendo
Que sepas, amigo, que de ti aprendo
El canto del loco
Veintiséis ya, brother. Nos hacemos mayores, supongo, incluso puede que nos estemos convirtiendo en adultos (aunque solo un poquito). En realidad, seguimos siendo igual de gamberros, de nocturnos, de insomnes. No andamos muy lejos de aquellos dos adolescentes que compartían habitación e inquietudes, que encontraron juntos el modo de aprender a construirse.
Estos no han sido tiempos fáciles, brother. La suerte nos dio esquinazo hace dos años y la vida se nos hizo presa de una oscuridad que, lentamente, vamos remontando. Hoy se hacen jodidas las ausencias. Se clavan con esa torpeza del dolor necesario, del dolor que ni siquiera el tiempo ha conseguido integrar. Del dolor que has tenido que enseñarme a vencer, aun cuando tú eras quien sufría la peor de las pérdidas, la más injusta, el vacío de Nuria que, en algún extraño lugar, seguro que hoy también nos acompaña. Así quiero creerlo.
Pero ni siquiera eso pudo contigo, brother. Porque siempre fuiste valiente, y temerario, y pasional. "Si de algo no me arrepiento es de haber hecho siempre lo que sentía", me dijiste una vez. Fue, sin pretenderlo, la mejor definición posible de quién eres, porque tu vida está hecha a base de coherencia, de pasión y de lucha. Nada ha sido fácil en tu caso, pero tu talento -vital y personal- ha estado siempre por encima de todo.
De mí, poco habría que contar sin hablar de ti, brother. Siempre has sido el primero en oír mis dudas, en conocer mis miedos, en calmar mis llantos. Siempre has sido el mejor compartiendo mis pequeños éxitos, mis pequeños logros, mis pequeñas alegrías. Siempre has sido lo mejor de mí, con esa forma tuya de saber arroparme mis silencios, acompañarme en mis cambios de ánimo, esperarme en mis idas y venidas.
Ahora, con el corazón dividido, intento aceptar lo que viene, brother. Porque intuyo que viene la distancia, que viene el cambio, que viene el viaje. Intuyo que viene una maleta con la que empezarás una nueva etapa tras el verano y a mí, egoístamente, eso se me hace cuesta arriba y me deja un vacío que me va a costar mucho llenar. Voy a tener que aprender a no echarte de menos, a sentirte cerca a pesar de los kilómetros, a saberte aquí aunque hayas cambiado el adverbio de lugar. Pero sea como sea, apoyaré tu decisión y trataré de ser un buen respaldo para tu vuelo, para tu nuevo inicio. Porque tu felicidad, esa que tanto mereces, es lo único que realmente me importa. Y donde la encuentres, allá estaré contigo.
De momento, tenemos todo un plan de festejos para celebrar tu nuevo año, brother. Amaral este jueves, Shakira el siguiente y, como colofón, El canto del loco. No sé si tocarán su tremendo, pero si lo hacen, puedes aplicarte cada palabra de esa canción, porque no sólo te quiero y te necesito, brother, sino que también -y cada día más- te admiro.

12.6.06

Mudanza

todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre
Garcilaso
Cajas. Piezas de puzzles sin hacer. Maletas llenas de objetos inservibles condenados al trastero. Al desván. A acumular el polvo hasta volverse falsos fantasmas. Siluetas que aterrarán a los niños que, incautos, crucen el umbral del caserón.

Abandono de un tiempo que ya no es, de un lugar que ya no está, de personas que ya no viven y de nombres que no les pertenecen. Voces que resuenan dentro de las cajas, deshechas en consonantes como piezas de ese puzzle que es el pasado y que sigue esperando que alguien lo descifre y lo encierre de una vez por todas en la botella que se ahogará en el mar.

Detrás, a la espalda, el polvo del camino. Delante, la promesa de estelas machadianas -¿se hace camino al andar?-, de rincones por construir, de horizontes geométricos, de luegos que ya no serán como sí fue el ahora, porque los paraísos jamás se conservan intactos, los paraísos caducan, se deshacen. Las grietas, irreversibles, no admiten vuelta atrás.

En esas cajas, abandonadas al tiempo y a los fantasmas del triste caserón, quedó alguna promesa por cumplir. Incluso alguna esperanza que mantener. Trastos que Pandora abrirá cuando nos creamos a salvo de los arañazos de la nostalgia.

Pero a pesar de todo, el camino traerá -firme- el olvido. Así que cuando regrese la memoria, esta lo hará cargada de sus trampas. De sus mentiras. Del color sepia con el que teñirá recuerdos que en realidad nunca estuvieron dentro de aquellas cajas.

Lejos del caserón, lejos del ayer, lejos del polvo que levanta el camino, tan solo el hoy, y la estela, y el horizonte... Y, para los que arriesguen -tan solo para ellos-, también el mar.

8.6.06

Biodegradable

Que si podemos vernos. Estoy de paso, me dejas caer. Solo esta noche. Mañana me vuelvo a Berlín a primera hora.

No te conocí allí. En realidad, no te conocí en ningún lugar. Te tropecé en un pasillo y te hice el amor en un lavabo. Nuestros poemas -si es que los hubo- los escribimos en rollos de papel higiénico. Fue todo pretendidamente sórdido y concienzudamente biodegradable. Por eso no duró, porque era orgánicamente imposible que durase.

Lo de Berlín fue una casualidad. Que tú estuvieras allí. Que te marcharas. A veces el destino es generoso y, en aquella ocasión, te alejó de mí justo cuando lo que era excepcional se nos volvía mediocre. Volveré, Sergio, me mentiste. Y yo no te creí. Porque las promesas tatuadas en papel biodegradable se destruyen muy rápido.

En tu ausencia, los primeros días frecuentaba las alcantarillas donde había creído conocerte. Allí encontré otros cuerpos con los que llenar el hueco de tu cuerpo en el mío. No sonaba igual el roce con esas otras pieles, pero mantenía la ficción burlesca del submundo que a veces necesito para no ahogarme. La belleza, tú lo pudiste comprobar cada vez que yo rechazaba la que tú me podías ofrecer, a mí me ahoga.

Estoy de paso, insistes. Y el reloj avanza inexorable mientras la conversación se aproxima al encuentro y el tiempo, en su transcurso, lo imposibilita. Te vas de nuevo. Me has invitado a verte en Alemania, a acercarme hasta a ti, aunque sabes que en Berlín no iré a buscarte. No a ti.

Vente a mi hotel, Sergio, me provocas. Vuelo mañana. Aquí, tal vez. Pero en Berlín no me dejaré llevar por ti. En Berlín sería otra la sordidez que buscaría. La misma que tropecé -mis pasiones siempre son calles que tropiezo, hombres con quienes choco- años atrás en Unter den Linden. No me pidas que te lo cuente. Nunca te he contado mi pasado. Ni te importa ni quiero compartirlo contigo, así que no voy a hacerlo ahora. Menos que nunca, ahora.

Palpo mi sexo. Completamente erecto. Tu voz al otro lado. Sabes que ya no hay nada entre nosotros. Que nunca lo hubo en realidad. Pero también recuerdas el salvajismo de esos encuentros. De esas madrugadas. El vacío brutal de la mañana siguiente y la certeza nihilista que acababa convirtiéndose en adicción. La nada por la nada. El sexo hecho ceniza. La cama hecha humo. La piel hecha sudor. Todo desaparecido y transformado. Todo biodegradable.

En el coche, rumbo a tu hotel, conduzco sin pensar demasiado en todo esto. Solo pienso en ahora, en el collige rosas, en mi poética de lavabos, callejones felinos y carpe diem. Estás de paso, Sandro. Ya no eres un peligro. Estoy de paso, insistes.

En realidad, caducos y biodegradables, todos lo estamos.

La decisión de Wendy

Peter Pan no decidió ser niño para evitar ser adulto. Decidió ser niño porque ya era lo suficientemente adulto.

Peter ya sabía lo que era la libertad, la autonomía, la imaginación. Ya sabía lo que era la anarquía, el compromiso, la solidaridad. Ya sabía lo que era trasnochar, desvelarse, padecer insomnio o disfrutar del sueño. Peter Pan no necesitaba que le regalasen más años ni más carnés para afiliarse a ningún sitio. A ningún partido. A ninguna cconvención. No necesitaba construir su mundo con los patrones burgueses que Garfio le vendía. Ni siquiera necesitaba jurarle fidelidad a Wendy, porque ella ya sabía que la amaba, aunque a veces lo intuyese en la cama de hierba de alguno de los muchachos perdidos que, de puro perdidos, no podían evitar seducir al ingenuo de Peter.

Por eso, mientras Wendy le cosía su sombra -la que había encontrado retozando con aquel grupo de okupas literarios-, ella no dejaba de esbozar una sonrisa traviesa, tal vez porque sentía bajo el vestido el cosquilleo de la celosa Campanilla que, obviamente, no era más que el disfraz de un deseo lésbico a punto de explotar. Wendy, que siempre pareció la tonta de la historia (aunque no lo era), acabó seduciendo a Campanilla y completando el cuarteto de posibilidades entre los personajes de su propio relato.

Cosió sombras pares a cada uno de sus amigos, amantes y conocidos y dejó que la ambigüedad fuera la clave de su reino recién inventado, porque las certezas la aburrían y el integrismo la asustaba. El tiempo pasó, claro, y dejó sus marcas. Pero ellos seguían avanzando en su propia búsqueda, seguían trasnochando, seguían soñando, seguían siendo inconformistas okupas de la realidad, alquilados en algún vagón de su propio tiempo y, cada día, más unidos en su círculo de pequeñas contradicciones.

Garfio, que acabó haciéndose con el timón del barco, les llamaba inmaduros y les condenaba con sarcasmo. Garfio bendecía a quienes cumplían años y décadas sabiendo qué lugar debían ocupar exactamente en cada tiempo. El desorden adolescente. La jovialidad de los veinte. La madurez de los treinta. La solemnidad de los cuarenta. La serenidad de los cincuenta... Peter, como no podía ser menos, tachó los sustantivos que Garfio había hecho imprimir en cada calendario y Wendy le secundó en su tarea. Nunca supieron en qué sustantivo estaban. Jovialidad, serenidad, solemnidad, desorden... En realidad, todo cabía a la vez, incluso dentro de un mismo día. Así que fueron solemnes a los quince o alocados a los cincuenta o serenos a los veintidos. Definirse dejó de importarles y se limitaron a respirar.

Sin darse cuenta, en el camino perdieron los sustantivos que los definían, los adjetivos que los caracterizaban y hasta las dobles sombras que les acompañaban. Ya a solas, cuando no quedaron más que ellos mismos -en el cuerpo desnudo del pronombre- supieron que realmente estaban vivos. Y vivos de verdad.

7.6.06

Excepción

En estos meses, en estos dos años, no sé qué habrían sido mis días sin ti. No somos adictos a la exhibición, solemos reservarnos ante las miradas ajenas y ni siquiera recurro a nuestra vida como materia literaria. A veces -claro- me cuesta no hacerlo, escindirte de lo que escribo, de esas obras de teatro que se van estrenando y que, cada día, parece que funcionan mejor (con mis chicas es imposible que no sea así), pero prefiero reflejarte en esas colecciones de relatos que solo tienes tú, que trato de que sean siempre diminutas y muy finas porque sé que luego las llevas -viaje tras viaje- en tu bolsa de mano, como un pequeño tesoro que no quieres perder. No son más que palabras, te digo. Y tú sonríes.

Hoy he amanecido pensando precisamente en eso. En tu sonrisa... Hoy, también, me ha costado mucho levantarme. Me cuesta mucho hacerlo desde hace ya dos años. No he cerrado heridas -lo sabes- y me debato entre mi vitalismo habitual y una ansiedad esporádica -o no tanto-, intentando siempre que venza la primera y se desvanezca la segunda. Ahora, estos meses extraños, las circunstancias vuelven a hacer de las suyas y el pequeño mundo -ese en el que solo cabemos tú y yo- se tambalea y nos obliga a ser soporte el uno del otro. Igual que ha sido siempre, solo que con el suelo más lejos de los pies, porque la vida pesa en su transcurso. En su quehacer monótono de miserias cotidianas.

Entonces -justo como ocurría esta misma mañana- es cuando llega tu sonrisa. Tu forma de cogerme la mano. De acariciarme tras hacer el amor. Tu asegurarme que todo saldrá bien. Y yo te creo. Te creo porque jamás me mentiste y sé que si me aseguras que esto ha de salir bien, es que ha de salir bien. Aunque a mí se me empañe la mirada cuando oigo ciertas músicas, cuando atravieso ciertas calles, cuando miro ciertos objetos que me recuerdan a quienes ya no están. A quienes deberían estar y ya no están.

Y luego está mi caos, mi insatisfacción eterna, mi ansia constante de ser, de vivir, de devorar cada minuto con fuerza. Con honestidad. Con la contradicción de mi propia naturaleza. Capaz de la risa más brutal y de la melancolía más devastadora. Siempre al límite. Siempre obligándote a ser el fiel de mi balanza, a que ubiques en el lugar exacto mis fantasmas para que no me pesen, para recomponer el vuelo y la libertad.

Esta mañana, cuando notaba que volvía a costarme despegar las sábanas, que sentía la tentación de esconderme ya vestido entre las sábanas, he pensado en ti. En tu risa de reciente fan (culpa mía) de esa Desperate Housewives que compartimos hace un par de noches. En tu mirada empañada ante las notas de compositores de los que yo antes no sabía más que el nombre. Y por eso, sin decirte nada, he cogido uno de los primeros discos que me regalaste y he volcado todas sus arias en mi mp3.

Ahora, a ritmo de aquella (nuestra) primera ópera, escribo estas líneas. Hago esta diminuta excepción en mi costumbre literaria. Mañana, lo prometo, retomaré el camino de la ficción. Pero esta mañana ha surgido espontánea la letra de una melodía que necesitaba hacerte llegar. Porque sin esa música -la de cada ciudad, la de cada país, la de cada rincón descubierto a tu lado- ahora no sería lo que soy ni habría remontado todo lo que fue.

Aún sigo triste. Aún algo abatido. Aún me cuesta evitar que los pequeños desencuentros cotidianos no me duelan más de lo normal al estrellarse con la pérdida honda de voces que ya no puedo oír. Pero tu apoyo -tu sonrisa- es mi mejor aliciente. Mi mejor recurso. Y mi mejor fin.

6.6.06

Perdidos en la Fnac

Se encontraron e hicieron el amor. Los hechos, a su modo, no permitían otro desenlace. Y por eso, supongo, lo comprendí.

Rober estaba en la sección de cine de la Fnac. Le gusta perderse con morosidad en el pasillo cinéfilo de su particular rascacielos. Allí bucea con pericia entre los dvds, poniendo a prueba su olfato de hábil cazador de ofertas. Con los hombres, desde siempre, Rober ha exhibido idénticas cualidades olfativas.

Ayer, cuando todo empezó a ocurrir, Rober llevaba en su mano una copia de Perdición, recién editada y en riguroso estreno digital. La miraba con codicia, casi tanta como la de Barbara Stanwyck en cada uno de los fotogramas del clásico de Wilder. Tan abstraído estaba que ni siquiera me intuyó unos pasos más allá, camuflado en la sección de dibujos animados, mimetizado con los protagonistas de Toy Story, ese pequeño clásico del amor gay con el vaquerito enamorado del astronauta.

Rober se dirigió hacia las máquinas registradoras y esperó paciente que llegara su turno. Con su turno también llegó un chico moreno, delgado y muy alto que se colocó justo detrás de él. La camiseta blanca realzaba el tono tostado de su piel. Lo hacía aún más apetecible de lo que ya era... Me gustó especialmente su barbita, aparentemente descuidada como las que, según me constaba, tanto ponían a Rober. Yo mismo, consciente de su tendencia fetichista, suelo dejármela para acariciar con ella algunos de los trazos que más me gustan de su piel.

Rober y el alto desconocido se miraron. El alto desconocido atesoraba entre sus manos otra copia de Perdición. Sonrieron al ver la coincidencia y forzaron el azar para meterse en la misma cama. Aquello, ambos lo supieron, era un choque brutal de esos que no pueden desaprovecharse, como si de una superoferta de la Fnac se tratara.

El camino hasta el apartamento donde vivía Rober fue rápido. En ningún momento notaron que yo les seguía. Dejé que entraran, aguardé un tiempo prudencial y giré la llave con suavidad en la cerradura. Podía escuchar los primeros gemidos. Los primeros movimientos. Los primeros signos del orgasmo que estaban a punto de compartir. Los orgasmos de Rober suelen ser muy ruidosos y, lo confieso, esa musicalidad de su sexo me enloquece. Igual que le pasa a Rober con mi barbita.

Me oculté en la habitación contigua. Ellos estaban en el dormitorio, sobre la cama deshecha, tal y como Rober y yo la habíamos dejado aquella mañana. No suele ocurrirnos. A los dos nos gusta hacer la cama. Doblar matemáticamente el embozo. Tensar el edredón hasta dejarlo perfectamente liso sobre las sábanas. Pero aquel día no habíamos tenido tiempo. Incluso dejé mi camiseta tirada justo a un lado la cama. En el suelo. La camiseta blanca recién estrenada que me había puesto la noche anterior. Lástima, ahora estaría arrugada y hasta sucia. A un lado de la cama...

Me desnudé para no desentonar con ellos y me dejé llevar por el morbo de una situación no planeada que, sin embargo, me resultaba especialmente excitante. Les miraba de reojo. Sin que lo notaran. Y me divertía su salvajismo, su ausencia verbal, su sudor excesivo y vehemente en una tarde de junio que irradiaba su sol con vehemencia.

Los tres nos corrimos varias veces. Incluso conseguí sincronizarme con el ritmo de Rober y su alto acompañante. Soy muy bueno midiendo tiempos, la verdad. (Eso me dice Rober.) El tiempo, a su vez, se encargó de poner punto final a aquel encuentro. El reloj se acercaba a las nueve y mi llegada tras el curso de italiano se hacía inminente. Rober no sabe que hace siglos que ya no voy a italiano, que me aburrí a la tercera clase y que, desde entonces, aprovecho esa excusa para vagar por donde me place y, cuando el morbo me provoca, para perseguirle sin que él lo sepa. Él, mientras me imagina aprendiendo el idioma de Petrarca, bucea en dvds clásicos y en cuerpos contemporáneos, así que la mentira es mutua y la complicidad, aunque silenciosa, compartida.

Rober se incorpora nervioso. Sabe que estoy a punto de llegar. Así que obliga a su acompañante a vestirse rápido, apresurado. De un empujón lo saca del apartamento y se encierra en el baño. Oigo caer el agua abundante sobre su cuerpo y aprovecho el instante para vestirme y fingir mi entrada. Me recibe ya vestido, le doy un beso –primero tímido, después brutal- y acabamos haciendo el amor casi sin hablarnos. Él intuye que yo lo sé y a mí me excita que lo intuya. El juego de silencios acaba siendo un río de placeres comunes que nos dejan sumidos en un profundo sueño.

Al amanecer, pienso en mi camiseta blanca y arrugada a los pies de la cama. Decido rescatarla y ponérmela para purgar mi imperdonable atolondramiento. Noto, sin embargo, que me queda pequeña, que parece que fuera a estallarme el pecho bajo su tela. Debería notarse mi primer año de gimnasio, me digo, pero no tanto... Me miro en el espejo y descubro una musculatura más que aparante bajo una camiseta dos tallas menor. ¿Estos brazos son míos de verdad? Entonces caigo... Él era muy delgado, recuerdo. Y compruebo que el perfume adherido a la prenda no es el mío.

Me despido de Rober sin decirle nada y salgo con mi minúscula camiseta rumbo a la oficina. Me siento guapo y algo mestizo, con ese robo involuntario de un fetiche ajeno. No puedo evitar sonreír y me pregunto si esa tarde, en la Fnac, habrá un chico alto, moreno y con barbita aparentemente descuidada luciendo una camiseta blanca más holgada de lo debido. Si es así, puede que esta vez me acerque a él, me presente y le proponga que vuelva a casa de Rober. Pero eso sí, con o sin el permiso de Rober, esta vez nos lo montamos entre los tres.

5.6.06

Shakespeare en lata

Las perspectivas no podían ser mejores. Un reparto de lujo. Un director habitualmente genial. Un teatro como el Español que, gracias a Mario Gas, ha dejado de ser el refugio de la caspa y se ha convertido en un auténtico coliseo dramático. Y, para colmo, Shakesperare y su inmortal bisturí aplicado al alma humana. Desde la sutileza de sus comedias hasta la hondura de sus intensas tragedias.

Sin embargo, poco de todo eso había en La tempestad que nos ofrece el Teatro Español en este mes de junio. Solo un cúmulo de despropósitos que, por supuesto, intentaban modernizar un texto que -por algo es un clásico- ya es en sí muy moderno. La modernidad del montaje residía en hallazgos tales como convertir al bufón del texto en un drag-queen, a la ninfa Ariel en un remake de Super Mario Bros (¿por qué no han encarcelado al diseñador del vestuario?, al diablo Calibán en un santero cubano (hablaba igual que Dinio, por cierto) y a Esteban -el cocinero del barco- en un chef vasco que imitaba -cual Cruz y Raya- a Karlos Arguiñano.

Ante semejante suma de brochazos de grueso traso y resolución fallida, solo quedaba esperar que, al menos, el sentido de la obra no hubiese sido alterado en exceso. Pero el sentido de la obra ni se vio... La Tempestad es una de las obras más misteriosas de Shakespeare. Él, como Cervantes, acabó su vida con un texto oscuro, mistérico y lleno de simbolismos mágicos. Al igual que el casi póstumo Persiles cervantino, La Tempestad es un testamento dramático de un autor que emplea el símbolo de una isla embrujada para hacer su propia alegoría de la humanidad.

En la obra, el tema central es la comprensión, la concordia y la necesidad de la literatura como un arte que comprenda al ser humano y que no lo juzgue, que -simplemente- lo acoja junto a sí. Dentro de sí. Imborrables son las palabras finales de Próspero en La Tempestad, donde Shakespeare reniega de la violencia y del castigo moral habituales en el teatro de la época -y que él mismo había practicado en todas sus tragedias-, hasta que el protagonista rompe en dos su varita mágica, arroja su libro de embrujos al fondo del mar y reniega de su crueldad anterior puesto que todos somos sombra, todos somos ilusión, todos estamos hechos de la misma materia de los sueños. Una lección de vida, una de tantas como nos dejó el teatro barroco europeo y que tan mal leemos -y peor representamos- en la actualidad.

Pero entre el humor obvio, la ruidosa tormenta (¿cómo se puede presentar una escena tan fundamental como esa desde el dinamismo ruidoso y la descoordinación), el remix de acentos regionales y la desigualdad del reparto (histriónica Miranda, aburridísimo Fernando, inmensos Próspero y Alonso), La Tempestad no consiguió ni tan siquiera amenazar con lluvia. Y, lógicamente, nunca estalló.

Eso sí, el público femenino y masculino gay agradecimos enormemente la decisión de descamisar al joven Fernando -un impávido pero estupendamente musculado Iván Hermés- durante parte de las escenas. La historia de amor seguía resultando igual de descafeinada y fría, pero su cuerpo caldeaba una sala gélida ante tanta modernidad.

Por supuesto, Shakespeare ya había sido mucho más moderno cuatro siglos atrás. Pero de eso, lógicamente, nadie se quiso dar por enterado.

2.6.06

Vámonos...

Vámonos donde nadie nos juzgue,
donde nadie nos diga que hacemos mal...

Se me clavó tu voz Chavela. Se aferró a mi cuerpo durante todo el concierto con la potencia que tienen tus notas rotas, agonizantes de pasión y desbordadas de vida. La vida que has recorrido con tus canciones, con tus músicas, con tus pasiones dentro y fuera de los escenarios. Dentro y fuera de lo convencional.

Vámonos, cantaste con la fuerza de una juventud que late bajo tus años. Con la emoción que da la desmesura de los clásicos. De quien está por encima de todo juicio. Por eso tus palabras sonaban próximas, limpias, sin afectación alguna. Y tras ellas, la negra noche de amores desencontrados, de sexo prohibido, de lugares inconfensables donde solo los auténticos poetas -aquellos que no confunden el lirismo con la ñoñería- saben vivir. Y cantar... Mucho hay de sórdido en tus poemas de amor. Tanto como en el auténtico romanticismo, el que nació de Byron, de Schiller, de Heine. El que se adentra en la locura, en el abandono, en la entrega que anula la identidad para probar el abismo sin necesidad de seguridades convencionales o de promesas fatuas.

Arrancaste muchas lágrimas en el Albéniz, Chavela. Eras consciente de ello porque tu voz también lloraba con nosotros en cada tema. Pidiendo luz de luna, pidiendo otro último trago, pidiendo todos los tópicos literarios que trenzan tus canciones y que, si nos dejamos vivir en libertad, también trenzan las vidas plenas. Las vidas de sórdida y tierna redondez, como la redondez felina de la luna en cualquiera de los callejones de este Madrid a medias.

Vámonos... Cantabas. Y me fui. Por un instante -por una nota- me deslicé hasta una ciudad lejos de aquí. Una ciudad fea, insípida y anodina. Una ciudad donde voy una y mil veces. porque allí late la parte de mí que me hace respirar, que me da sentido. La parte de mí que pocos han entendido y muchos han juzgado. Porque no es fácil asumir la plenitud del otro sin envidiarla, supongo. Ni la libertad y la temeridad sin prejuzgarla.

Vámonos... Nos decías. Y me fui. Me fui con él -dentro de él, de su cuerpo, de su emoción, de sus propias músicas- mientras tu voz seguía arrancándome unas lágrimas que no son más que la confirmación de sentirme vivo. Sórdida, tierna, vehementemente vivo. Y, para colmo, enamorado.

Gracias, Chavela.

1.6.06

Triste espectáculo

Soy editor. Una cuestión de azar, en realidad, como casi todas las cosas que nos acaban definiendo sin que siquiera lo pretendamos. Y como editor aprendí hace tiempo que la industria cultural no es más que eso, una industria que compra y que vende, en la que -a veces- uno puede darse de bruces con ciertas formas de auténtica cultura -raras veces, en realidad.

Por eso, por pura coherencia profesional, entendí que hace unos meses tuviera sobre mi mesa un par de libros dedicados a Rocío Jurado. Dos libros que debían estar listos "para cuando ocurriera lo inevitable", matizaban las altas instancias. Así que el editor hizo aquel trabajo con fines póstumos intentando olvidar -mientras preparaba su publicación- que aquellas páginas hablaban de la muerte de quien entonces luchaba por su vida.

Hoy, al fin, la prensa ha dado su ansiadísima noticia. Hoy, al fin, han podido publicar su exclusiva. Hoy han satisfecho su furiosa necesidad informativa. Sus ganas de luto y de carnaza mediática. Pero ni siquiera hoy dejarán de bombardearnos con el relato del después de. Hemos vivido la agonía de la cantante en tiempo real y ahora, cuando ella acaba de marcharse, viviremos el duelo de la familia. Eso también es noticia. También ha de ser público. También es, ante todo, industria.

Resulta triste comprobar nuestra capacidad para hacer espectáculo del horror. Para asistir con delectación a ese mismo espectáculo. Hemos cambiado leones por cámaras y gladiadores por paparazzis, pero seguimos asistiendo al mismo circo y con las mismas ganas. Ahora, cuando encendamos (si osamos hacerlo) nuestro televisor, nos esperan días de especiales, de coloquios, de recordatorios. Ahora nos queda asistir como cómplices a todo un negocio que lleva meses preparado y que, como aquel libro que se pasó por mi mesa hace unos meses, ha encontrado, al fin su -triste, sórdida y terrible- razón de ser.