8.6.06

Biodegradable

Que si podemos vernos. Estoy de paso, me dejas caer. Solo esta noche. Mañana me vuelvo a Berlín a primera hora.

No te conocí allí. En realidad, no te conocí en ningún lugar. Te tropecé en un pasillo y te hice el amor en un lavabo. Nuestros poemas -si es que los hubo- los escribimos en rollos de papel higiénico. Fue todo pretendidamente sórdido y concienzudamente biodegradable. Por eso no duró, porque era orgánicamente imposible que durase.

Lo de Berlín fue una casualidad. Que tú estuvieras allí. Que te marcharas. A veces el destino es generoso y, en aquella ocasión, te alejó de mí justo cuando lo que era excepcional se nos volvía mediocre. Volveré, Sergio, me mentiste. Y yo no te creí. Porque las promesas tatuadas en papel biodegradable se destruyen muy rápido.

En tu ausencia, los primeros días frecuentaba las alcantarillas donde había creído conocerte. Allí encontré otros cuerpos con los que llenar el hueco de tu cuerpo en el mío. No sonaba igual el roce con esas otras pieles, pero mantenía la ficción burlesca del submundo que a veces necesito para no ahogarme. La belleza, tú lo pudiste comprobar cada vez que yo rechazaba la que tú me podías ofrecer, a mí me ahoga.

Estoy de paso, insistes. Y el reloj avanza inexorable mientras la conversación se aproxima al encuentro y el tiempo, en su transcurso, lo imposibilita. Te vas de nuevo. Me has invitado a verte en Alemania, a acercarme hasta a ti, aunque sabes que en Berlín no iré a buscarte. No a ti.

Vente a mi hotel, Sergio, me provocas. Vuelo mañana. Aquí, tal vez. Pero en Berlín no me dejaré llevar por ti. En Berlín sería otra la sordidez que buscaría. La misma que tropecé -mis pasiones siempre son calles que tropiezo, hombres con quienes choco- años atrás en Unter den Linden. No me pidas que te lo cuente. Nunca te he contado mi pasado. Ni te importa ni quiero compartirlo contigo, así que no voy a hacerlo ahora. Menos que nunca, ahora.

Palpo mi sexo. Completamente erecto. Tu voz al otro lado. Sabes que ya no hay nada entre nosotros. Que nunca lo hubo en realidad. Pero también recuerdas el salvajismo de esos encuentros. De esas madrugadas. El vacío brutal de la mañana siguiente y la certeza nihilista que acababa convirtiéndose en adicción. La nada por la nada. El sexo hecho ceniza. La cama hecha humo. La piel hecha sudor. Todo desaparecido y transformado. Todo biodegradable.

En el coche, rumbo a tu hotel, conduzco sin pensar demasiado en todo esto. Solo pienso en ahora, en el collige rosas, en mi poética de lavabos, callejones felinos y carpe diem. Estás de paso, Sandro. Ya no eres un peligro. Estoy de paso, insistes.

En realidad, caducos y biodegradables, todos lo estamos.

4 comentarios:

Sexo nocturno dijo...

No me es extraña esa tentación de la voz en el hilo telefónico... cruzar la ciudad en la noche, con las ventanillas abiertas del coche o del taxi, respirando el placer de un encuentro cuya esencia permanece en la oscuridad... El secreto placer de pasar inadvertidos al mundo, y de llegar a un orgasmo que nadie intuye, pero qeu raya la noche y la piel, para dejar un olor que te acompaña, aunque tú no quieras, sobre las sábanas vacías...

El Calentito dijo...

Me ha encantado la historia. Tiene ese puntito de "ni contigo ni sin ti"

Mart-ini dijo...

Tiene ese gustito, pero contendencia a caducar... y es que esos "amores de barra" o de "lavabo" en este caso, tiene eso.

Un beso biodegradable con tu permiso [x-D]

*Lady Laura* dijo...

Como dice el calento, no contigo ni son ti tienen mis males remedio.