21.6.06

Ídolos caídos

Se conocieron en un bar y se enamoraron en internet. El bar les hizo acabar en la cama de Gerardo e internet les permitió, después de intercambiar móviles y mails, comprobar que entre ellos había una especie de sintonía personal con la que no contaban.

Andrés empezó a enamorarse por e-mail. En realidad, Gerardo no le volvía loco físicamente. Ni siquiera era su tipo, pero cuando follaban no se acordaba de su listado de prototipos. Había algo salvaje en la aparente normalidad de Gerardo y Andrés, que no suele hacerse demasiadas preguntas innecesarias, asumió pronto que el sexo con él le satisfacía aunque ni sus ojos verdes, ni sus manos demasiado finas, ni su cabello demasiado rizado sumaran su ideal de belleza masculina.

Gerardo, consciente de sus limitaciones, decidió que era preciso sacarle partido a sus virtudes de futuro guionista y, ya que no podía cambiar ni sus ojos, ni sus manos, ni sus tercos rizos, cultivó la palabra con cuidado, apurando sus dotes de guionista en cada correo electrónico. En los textos donde Andrés se sorprendía siendo un lector apasionado de su propia existencia. Y cuanto más lo leía, más se preguntaba cómo era posible que Gerardo no hubiese conseguido vender ese guión del que le había hablado hacía meses. Andrés no entendía que Gerardo siguiese trabajando en Zara para pagar las letras del piso que, a esas alturas, ya habían empezado a compartir.

Una tarde, Andrés le pidió a Gerardo que se lo dejara leer. Gerardo se negó con suavidad. Tenía experiencia en eso y sabía que no era una buena idea. Pero Andrés era más obstinado que él y al final se hizo con el codiciado guión... Lo devoró. Un par de horas. Tal vez tres. Y la voracidad inicial se convirtió en una decepción que se hacía cada vez más desoladora conforme pasaba las páginas. Le resultaba simple. Mediocre. Insípido. No reconocía en aquel guión al autor de los correos que habían acabado enamorándolo. No, definitivamente, no le gustó. Le pareció muy malo. En la cena, cuando Gerardo le pidió su opinión, Andrés hizo un sutil quiebro de cintura -y de verbo- para evitar la respuesta. Ambos supieron. Y ambos callaron.

Desde ese momento, nada pudo volver a ser igual. Andrés recordaba frases y escenas de aquel texto que cada día le parecía más simple. Más ramplón. Había tocado al ídolo y se le había quedado el brillo entre las manos. Ahora ya no cenaba junto al escritor admirado, sino junto a un chico de rizos rebeldes, manos escuálidas y ojos penetrantemente verdes que ya no le resultaba tan genial. En breve, y sin saber por qué, le molestó también su forma de sentarse. De arrastrar las eses. De reírse escandalosamente y atraer la atención de los demás cuando no estaban solos. Intentó luchar contra eso -era solo un guión, se decía- pero derribar el mito acabó derribando consigo todo lo demás.

Ahora, cuando Andrés se abraza a otros hombres, a veces se acuerda de Gerardo. Y, para evitar que se repita, les pide que -pase lo que pase- jamás le enseñen todo de sí mismos. Por si acaso.

7 comentarios:

Mart-ini dijo...

Me ha dejado mal sabor de boca... no porque sea malo, si no por la aptitud de el... La historia es muy muy bella (y totalmente real) pero protagonista no se enamora totalmente de él...

Yo viví esa historia con Merka, aunque el final es muy muy diferente... Ya tendrás ocasión de leerla ;)

Cinephilus dijo...

esperaré ansioso esa lectura ;)

y sí, el final esta vez es triste... pero ocurre con frecuencia, me temo... sobre todo cuando, como en el caso de los dos personajes, la relación apunta un cierto desequilibrio o se basa, directamente, en un mito idílico que la realidad se encarga de poner en su sitio...

Vulcano Lover dijo...

A veces el amor y la fascinación, están demasiado enredadas de expectativas... Pero supongo que es algo humano.
Al final, cuando es, es y cuando no es, no es... (bueno, casi siempre)
A pesar de todo, estoy con Mart-ini, deja un regustillo extraño... (ahora que yo, con lo que escribo, no soy quien para hablar, je je je)

Cinephilus dijo...

La idea, Vulcano, era dejar ese regustillo... Creo que, en el fondo, es el sabor que dejan consigo muchas de las historias que nos recorren o, a veces, atraviesan.
Como escribía Flaubert, "No es bueno tocar a los ídolos: se queda el dorado en las manos"...
Prometo volver a relatos eróticos en breve. De vez en cuando, uno disfruta sacando la voz de adicto a Sábato que lleva dentro... ;-)

inquilino dijo...

Adicto a Sábato?? Desde cuando?? ¡Con lo solita que me sentí yo prestándole mi ficha de lectura del Informe sobre ciegos a todo el mundo!! :-P
¡¡Que tiempos aquellos en los que uno podía tomarle el pelo a Rubios, Amoroses y Mayorales!!

Por cierto, peaso cambio de look el del tu blog. Enhorabuena, Mart-ini :-)

Cinephilus dijo...

Es que este Mart-ini es genial, la verdad.

Y sí, fan radical de Sábato. Debí ser el único que se lo leyó junto contigo ;-)

Ay, habrá alguna Mayoral en mi examen del viernes???????? Ojalá...

Vulcano Lover dijo...

Ya, los regustillos, ese eco de la insatisfacción que siempre nos acecha...
Además, también pueden estar presentes en el relato erótico...