7.6.06

Excepción

En estos meses, en estos dos años, no sé qué habrían sido mis días sin ti. No somos adictos a la exhibición, solemos reservarnos ante las miradas ajenas y ni siquiera recurro a nuestra vida como materia literaria. A veces -claro- me cuesta no hacerlo, escindirte de lo que escribo, de esas obras de teatro que se van estrenando y que, cada día, parece que funcionan mejor (con mis chicas es imposible que no sea así), pero prefiero reflejarte en esas colecciones de relatos que solo tienes tú, que trato de que sean siempre diminutas y muy finas porque sé que luego las llevas -viaje tras viaje- en tu bolsa de mano, como un pequeño tesoro que no quieres perder. No son más que palabras, te digo. Y tú sonríes.

Hoy he amanecido pensando precisamente en eso. En tu sonrisa... Hoy, también, me ha costado mucho levantarme. Me cuesta mucho hacerlo desde hace ya dos años. No he cerrado heridas -lo sabes- y me debato entre mi vitalismo habitual y una ansiedad esporádica -o no tanto-, intentando siempre que venza la primera y se desvanezca la segunda. Ahora, estos meses extraños, las circunstancias vuelven a hacer de las suyas y el pequeño mundo -ese en el que solo cabemos tú y yo- se tambalea y nos obliga a ser soporte el uno del otro. Igual que ha sido siempre, solo que con el suelo más lejos de los pies, porque la vida pesa en su transcurso. En su quehacer monótono de miserias cotidianas.

Entonces -justo como ocurría esta misma mañana- es cuando llega tu sonrisa. Tu forma de cogerme la mano. De acariciarme tras hacer el amor. Tu asegurarme que todo saldrá bien. Y yo te creo. Te creo porque jamás me mentiste y sé que si me aseguras que esto ha de salir bien, es que ha de salir bien. Aunque a mí se me empañe la mirada cuando oigo ciertas músicas, cuando atravieso ciertas calles, cuando miro ciertos objetos que me recuerdan a quienes ya no están. A quienes deberían estar y ya no están.

Y luego está mi caos, mi insatisfacción eterna, mi ansia constante de ser, de vivir, de devorar cada minuto con fuerza. Con honestidad. Con la contradicción de mi propia naturaleza. Capaz de la risa más brutal y de la melancolía más devastadora. Siempre al límite. Siempre obligándote a ser el fiel de mi balanza, a que ubiques en el lugar exacto mis fantasmas para que no me pesen, para recomponer el vuelo y la libertad.

Esta mañana, cuando notaba que volvía a costarme despegar las sábanas, que sentía la tentación de esconderme ya vestido entre las sábanas, he pensado en ti. En tu risa de reciente fan (culpa mía) de esa Desperate Housewives que compartimos hace un par de noches. En tu mirada empañada ante las notas de compositores de los que yo antes no sabía más que el nombre. Y por eso, sin decirte nada, he cogido uno de los primeros discos que me regalaste y he volcado todas sus arias en mi mp3.

Ahora, a ritmo de aquella (nuestra) primera ópera, escribo estas líneas. Hago esta diminuta excepción en mi costumbre literaria. Mañana, lo prometo, retomaré el camino de la ficción. Pero esta mañana ha surgido espontánea la letra de una melodía que necesitaba hacerte llegar. Porque sin esa música -la de cada ciudad, la de cada país, la de cada rincón descubierto a tu lado- ahora no sería lo que soy ni habría remontado todo lo que fue.

Aún sigo triste. Aún algo abatido. Aún me cuesta evitar que los pequeños desencuentros cotidianos no me duelan más de lo normal al estrellarse con la pérdida honda de voces que ya no puedo oír. Pero tu apoyo -tu sonrisa- es mi mejor aliciente. Mi mejor recurso. Y mi mejor fin.

5 comentarios:

vi230850 dijo...

A mi también me duelen más de lo normal los pequeños desencuentros cotidianos

Un gran placer reencontrarte

Nunca dejes de mutar, no es posible

Cinephilus dijo...

Lo pequeño suele ser la causa del mayor placer o del mayor dolor... Supongo que actúa de catalizador de todo lo demás.
Seguiré mutando, palabra. No concibo la vida sin cambios ni sin evolución. Ser y saberse siempre igual solo puede conducir al abatimiento y la intolerancia.
Un abrazo, poeta ;-)

inquilino dijo...

Lo pequeño... el síndrome de la galleta que cae al café del desayuno y lo derrama todo. Esa galleta traicionera que logra arrancarnos las lágrimas tanto tiempo retenidas por esas heridas profundas que a duras penas van cicatrizando. O ese nimio detalle -un olor, una melodía- que logra arrancarnos una sonrisa en el más gris de los días.

Mart-ini dijo...

Me has echo llorar, de verdad... No sabía lo IGUALES que somos... En este coment, te dedico esta lágrima que he derramado al leer tus sentimientos, porque yo, desde mi mundo, tambien lloro por desencuentros e intento que Merka ponga en su punto justo mis fantasmas...

Un Beso (casto), con tu permiso (o sin él, hoy me dejo llevar por los impulsos)

Cinephilus dijo...

Ese instante de emoción compartida, Mart-ini, ya vale por todo un blog
Otro beso con/sin permiso, pero eso sí, con mucho cariño ;-)