6.6.06

Perdidos en la Fnac

Se encontraron e hicieron el amor. Los hechos, a su modo, no permitían otro desenlace. Y por eso, supongo, lo comprendí.

Rober estaba en la sección de cine de la Fnac. Le gusta perderse con morosidad en el pasillo cinéfilo de su particular rascacielos. Allí bucea con pericia entre los dvds, poniendo a prueba su olfato de hábil cazador de ofertas. Con los hombres, desde siempre, Rober ha exhibido idénticas cualidades olfativas.

Ayer, cuando todo empezó a ocurrir, Rober llevaba en su mano una copia de Perdición, recién editada y en riguroso estreno digital. La miraba con codicia, casi tanta como la de Barbara Stanwyck en cada uno de los fotogramas del clásico de Wilder. Tan abstraído estaba que ni siquiera me intuyó unos pasos más allá, camuflado en la sección de dibujos animados, mimetizado con los protagonistas de Toy Story, ese pequeño clásico del amor gay con el vaquerito enamorado del astronauta.

Rober se dirigió hacia las máquinas registradoras y esperó paciente que llegara su turno. Con su turno también llegó un chico moreno, delgado y muy alto que se colocó justo detrás de él. La camiseta blanca realzaba el tono tostado de su piel. Lo hacía aún más apetecible de lo que ya era... Me gustó especialmente su barbita, aparentemente descuidada como las que, según me constaba, tanto ponían a Rober. Yo mismo, consciente de su tendencia fetichista, suelo dejármela para acariciar con ella algunos de los trazos que más me gustan de su piel.

Rober y el alto desconocido se miraron. El alto desconocido atesoraba entre sus manos otra copia de Perdición. Sonrieron al ver la coincidencia y forzaron el azar para meterse en la misma cama. Aquello, ambos lo supieron, era un choque brutal de esos que no pueden desaprovecharse, como si de una superoferta de la Fnac se tratara.

El camino hasta el apartamento donde vivía Rober fue rápido. En ningún momento notaron que yo les seguía. Dejé que entraran, aguardé un tiempo prudencial y giré la llave con suavidad en la cerradura. Podía escuchar los primeros gemidos. Los primeros movimientos. Los primeros signos del orgasmo que estaban a punto de compartir. Los orgasmos de Rober suelen ser muy ruidosos y, lo confieso, esa musicalidad de su sexo me enloquece. Igual que le pasa a Rober con mi barbita.

Me oculté en la habitación contigua. Ellos estaban en el dormitorio, sobre la cama deshecha, tal y como Rober y yo la habíamos dejado aquella mañana. No suele ocurrirnos. A los dos nos gusta hacer la cama. Doblar matemáticamente el embozo. Tensar el edredón hasta dejarlo perfectamente liso sobre las sábanas. Pero aquel día no habíamos tenido tiempo. Incluso dejé mi camiseta tirada justo a un lado la cama. En el suelo. La camiseta blanca recién estrenada que me había puesto la noche anterior. Lástima, ahora estaría arrugada y hasta sucia. A un lado de la cama...

Me desnudé para no desentonar con ellos y me dejé llevar por el morbo de una situación no planeada que, sin embargo, me resultaba especialmente excitante. Les miraba de reojo. Sin que lo notaran. Y me divertía su salvajismo, su ausencia verbal, su sudor excesivo y vehemente en una tarde de junio que irradiaba su sol con vehemencia.

Los tres nos corrimos varias veces. Incluso conseguí sincronizarme con el ritmo de Rober y su alto acompañante. Soy muy bueno midiendo tiempos, la verdad. (Eso me dice Rober.) El tiempo, a su vez, se encargó de poner punto final a aquel encuentro. El reloj se acercaba a las nueve y mi llegada tras el curso de italiano se hacía inminente. Rober no sabe que hace siglos que ya no voy a italiano, que me aburrí a la tercera clase y que, desde entonces, aprovecho esa excusa para vagar por donde me place y, cuando el morbo me provoca, para perseguirle sin que él lo sepa. Él, mientras me imagina aprendiendo el idioma de Petrarca, bucea en dvds clásicos y en cuerpos contemporáneos, así que la mentira es mutua y la complicidad, aunque silenciosa, compartida.

Rober se incorpora nervioso. Sabe que estoy a punto de llegar. Así que obliga a su acompañante a vestirse rápido, apresurado. De un empujón lo saca del apartamento y se encierra en el baño. Oigo caer el agua abundante sobre su cuerpo y aprovecho el instante para vestirme y fingir mi entrada. Me recibe ya vestido, le doy un beso –primero tímido, después brutal- y acabamos haciendo el amor casi sin hablarnos. Él intuye que yo lo sé y a mí me excita que lo intuya. El juego de silencios acaba siendo un río de placeres comunes que nos dejan sumidos en un profundo sueño.

Al amanecer, pienso en mi camiseta blanca y arrugada a los pies de la cama. Decido rescatarla y ponérmela para purgar mi imperdonable atolondramiento. Noto, sin embargo, que me queda pequeña, que parece que fuera a estallarme el pecho bajo su tela. Debería notarse mi primer año de gimnasio, me digo, pero no tanto... Me miro en el espejo y descubro una musculatura más que aparante bajo una camiseta dos tallas menor. ¿Estos brazos son míos de verdad? Entonces caigo... Él era muy delgado, recuerdo. Y compruebo que el perfume adherido a la prenda no es el mío.

Me despido de Rober sin decirle nada y salgo con mi minúscula camiseta rumbo a la oficina. Me siento guapo y algo mestizo, con ese robo involuntario de un fetiche ajeno. No puedo evitar sonreír y me pregunto si esa tarde, en la Fnac, habrá un chico alto, moreno y con barbita aparentemente descuidada luciendo una camiseta blanca más holgada de lo debido. Si es así, puede que esta vez me acerque a él, me presente y le proponga que vuelva a casa de Rober. Pero eso sí, con o sin el permiso de Rober, esta vez nos lo montamos entre los tres.

6 comentarios:

anónimo alto y delgado dijo...

Desde luego, a saber de dónde sacarás tú la inspiración para estas cosas que nos cuentas... Fantasía al poder!!! y camisetas blancas con perfumes ajenos...
Ay, Pillín...

Cinephilus dijo...

Lo mejor de la literatura es que nos permite ser traviesos. Y, claro, ser niños.
En breve, iré poniendo más cuentecillos, aunque a mí los personajes me salen subidillos de tono, la verdad.
Salu2

anónimo adicto a la Fnac dijo...

Me alegro... a mí no haces más que darme ideas... Desde lo de las entradas por internet no hago más que ligar en cines... Lo de la camara en el gimnasio también me permitió algún que otro affaire... Ahora solo queda que describas un poco mejor a Rober para que lo pueda buscar mejor por la Fnac, que no queda muy claro en el cuentito.
Yo, perdición aún no la he comprado, pero está en cabeza de mi lista de próximas adquisiciones...

Mart-ini dijo...

juas juas juas... sujerente y calentito... pero si en vez de Rober es Merka (o yo y Merka el que mirara), sería la última...

;)

Un abrazo, con tu permiso

vi230850 dijo...

ojalá la realidad mirase un poquito a tu ficción

Anónimo dijo...

Hay vacíos y vacíos... Algunos se van llenando, sustituyendo, metamorfoseando, olvidando... Otros, sin embargo, no se llenan nunca, permanecen incólumes a todo, arañando conscientemente la memoria, el sueño, el tiempo, ese otro vacío que es el futuro...