5.6.06

Shakespeare en lata

Las perspectivas no podían ser mejores. Un reparto de lujo. Un director habitualmente genial. Un teatro como el Español que, gracias a Mario Gas, ha dejado de ser el refugio de la caspa y se ha convertido en un auténtico coliseo dramático. Y, para colmo, Shakesperare y su inmortal bisturí aplicado al alma humana. Desde la sutileza de sus comedias hasta la hondura de sus intensas tragedias.

Sin embargo, poco de todo eso había en La tempestad que nos ofrece el Teatro Español en este mes de junio. Solo un cúmulo de despropósitos que, por supuesto, intentaban modernizar un texto que -por algo es un clásico- ya es en sí muy moderno. La modernidad del montaje residía en hallazgos tales como convertir al bufón del texto en un drag-queen, a la ninfa Ariel en un remake de Super Mario Bros (¿por qué no han encarcelado al diseñador del vestuario?, al diablo Calibán en un santero cubano (hablaba igual que Dinio, por cierto) y a Esteban -el cocinero del barco- en un chef vasco que imitaba -cual Cruz y Raya- a Karlos Arguiñano.

Ante semejante suma de brochazos de grueso traso y resolución fallida, solo quedaba esperar que, al menos, el sentido de la obra no hubiese sido alterado en exceso. Pero el sentido de la obra ni se vio... La Tempestad es una de las obras más misteriosas de Shakespeare. Él, como Cervantes, acabó su vida con un texto oscuro, mistérico y lleno de simbolismos mágicos. Al igual que el casi póstumo Persiles cervantino, La Tempestad es un testamento dramático de un autor que emplea el símbolo de una isla embrujada para hacer su propia alegoría de la humanidad.

En la obra, el tema central es la comprensión, la concordia y la necesidad de la literatura como un arte que comprenda al ser humano y que no lo juzgue, que -simplemente- lo acoja junto a sí. Dentro de sí. Imborrables son las palabras finales de Próspero en La Tempestad, donde Shakespeare reniega de la violencia y del castigo moral habituales en el teatro de la época -y que él mismo había practicado en todas sus tragedias-, hasta que el protagonista rompe en dos su varita mágica, arroja su libro de embrujos al fondo del mar y reniega de su crueldad anterior puesto que todos somos sombra, todos somos ilusión, todos estamos hechos de la misma materia de los sueños. Una lección de vida, una de tantas como nos dejó el teatro barroco europeo y que tan mal leemos -y peor representamos- en la actualidad.

Pero entre el humor obvio, la ruidosa tormenta (¿cómo se puede presentar una escena tan fundamental como esa desde el dinamismo ruidoso y la descoordinación), el remix de acentos regionales y la desigualdad del reparto (histriónica Miranda, aburridísimo Fernando, inmensos Próspero y Alonso), La Tempestad no consiguió ni tan siquiera amenazar con lluvia. Y, lógicamente, nunca estalló.

Eso sí, el público femenino y masculino gay agradecimos enormemente la decisión de descamisar al joven Fernando -un impávido pero estupendamente musculado Iván Hermés- durante parte de las escenas. La historia de amor seguía resultando igual de descafeinada y fría, pero su cuerpo caldeaba una sala gélida ante tanta modernidad.

Por supuesto, Shakespeare ya había sido mucho más moderno cuatro siglos atrás. Pero de eso, lógicamente, nadie se quiso dar por enterado.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Vaya, y yo que pensaba ir a verla! Bso

Strehleriano fustrado dijo...

En fin, lo de actualizar los textos clásicos es todo un riesgo, que algunos acometen con poco rigor. Y es que lo esencial del texto (y en éstos textos, lo es casi todo) debe permanecer casi intacto... Sólo un mago, alguien excepcional, tiene capacidad para elevar las posibilidades de éxito (quizá Pascual sí es un genio, pero ya está visto que hasta los genios se equivocan). Es como con las escenografías... La modernidad, la venguardia, la genialidad, no vienen necesariamente de la ruptura, de la capacidad de impactar... Y sino ahí están las últimas proposiciones mozartianas que hemos visto por aquí... Cuando no hace mucho pudimos (algunos, otros desafortunadamente no) ver la reposición del montaje de Strehler para Cosí fan tutte con el picolo teatro di milano... A veces lo clásico puede resultar más que rompedor, porque sobre una obra maestra no puede sino reforzar esa maestría... Por cierto, que para los que no pudieron verlo, y por comparar con lo que hemos tenido aquí (regularcito, y sino sólo hay que leer el comentario que hizo Cinephilus en su día...) Que otra de las producciones del desaparecido Strehler se repondrá en San sebastián en verano, durante las jornaadas de la quincena musical donostiarra... Sí, set rata de la del Rapto en el Serrallo, una de las que más aclamó la crítica en su día y de las que más reflejan el caráter del italiano... Yo estoy dispuesto a ir si alguien me acompaña ;-)
En cuanto a Shakespeare... Pues bueno, a lo mejor sólo por ver al Fernando merece la pena la entrada... (a lo que hemos llegado)

Cinephilus dijo...

Pasqual, cuando quiere, es genial... pero se relame -debe ser- en sí mismo. De ahí que sus últimos montajes -el fallido Don Giovanni en el Real o esta pretenciosa doble sesión shakespeariana- se queden en nada...
Strehler son palabras mayores... Y sí, no quiero dar envidia, pero el Cosí que vimos en el mismo Teatro Español hace unos años fue escénicamente excepcional.
La modernidad no consiste necesariamente en epatar. Sino, seguramente, en conectar con la intimidad del espectador desde la universalidad...
El tal Fernando conectaba más bien con la sexualidad, pero hay que reconocer que se agradecía la subida testosterónica en tan amuermado cuadro escénico...

Amante del teatro y de los actores dijo...

Con lo que se deduce de tus posts, deber ser todo un diablillo, y capaz eres de haberte quedado al final de la obra con el teléfono del dotado actor, el Fernando ese... MMMMMMmmmmm a ver si lo pasas por aquí, en confianza... ;-)

Cinephilus dijo...

A punto estuvimos tanto mi chico como yo de pedirle el teléfono... Pero creo que ambos preferimos esperarnos a este viernes. Esa tarde reincidiremos con el Hamlet, en la que el apuesto Fernando será el apuesto (¿también descamisado? confiamos en que sí) Laertes...
Si conseguimos el teléfono, prometo compartir.

Vulcano Lover dijo...
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Amante del teatro y de los actores dijo...

Eso, eso, yo pensaba ir la semana que viene... Y mira, va ya uno con el teléfono apuntado y eso... El caso es que ir sin expectativas, tiene la ventaja de apreciar mejor todo lo que de bueno haya tenido nuestro Lluis (que algo habrá, pues Shakespeare se puede destrozar, pero non tanto). Ah, y de acuerdo también para la pésimo y escasamente acertado montaje del mozartiano Don Giovanni, que con los marchantes de "made in spain" y "excellent" nos quisieron colar "aquello"