30.7.06

Errores

Nunca fui indulgente conmigo mismo. Es el problema de haber tenido padres liberales, me respondió una vez un amigo al que le ocurre exactamente lo mismo. Según él, haber adquirido la libertad -y la responsabilidad que esta conlleva- tan pronto tenía una contrapartida necesaria, la exacerbación de la autocrítica, la conciencia del yo.

No sé si será cierto, porque mi amigo es un teórico nato capaz de formular una tesis sobre cualquier asunto, pero el caso es que mi capacidad para perdonarme es más bien escasa. Así que los errores que cometo -y son tantos- pesan en mí con una fuerza inusitada, evitando que Arquímedes haga su trabajo y flote el cuerpo de un Prometeo eternamente encadenado a su conciencia.

Lo peor son los errores que te duelen a ti, esos que no siempre me confiesas, esos que toleras para que yo no me venga abajo cuando arañas la inseguridad que bien conoces -y padeces- en mí. Esos que, como los de este fin de semana, solo afloran -Arquímedes es un jodido hipócrita que solo deja flotar lo que le place- cuando no puedes esconderlos, cuando no sabes mentirme, cuando la tristeza -la que provoca una distancia injusta de demasiados kilómetros, aviones y vuelos con retrasos- nos invade.

Después, cuando me hundo al saberlo, cuando me fustigo por cada nuevo error, por cada saldo negativo en mi cuenta de aciertos, acudes raudo con tu ternura, con tu forma de entenderlo todo, incluso lo que yo no entiendo, lo que yo hace tiempo que ya dejé de comprender.

El resultado son las lágrimas que hoy no freno del todo, la ansiedad de la espera -tan cerca y tan lejana tu llegada: días que se me hacen siglos en esa cadena del Prometo impaciente que tienes por pareja-, y -sobre todo- el nudo que se tensa y aprieta aún más, la cuerda -libre e independiente pero férrea- que nos une y vincula más allá de nuestros miedos, de nuestras pequeñeces, de nuestros temores. Porque esa cuerda, firme en nuestras cinturas, es la del sexo, la de complicidad, la de un amor que crece en esos errores donde yo no encuentro motivos para perdonarme y tú, sin embargo, sí encuentras nuevos motivos para quererme.

Tengo todavía mucho que aprender de ti en este camino que es nuestra vida juntos. Tal vez incluso me desate de la roca y cambie a Prometeo por Ganimedes. Mejor poner copas a los dioses que insistir, obstinado, en robarles el fuego. Con el nuestro, me sobra.

28.7.06

Verdimalva

Pues sí, ese de la camiseta malva soy yo. Y la chica sonriente de al lado, mi amiga-confidente-alma-gemela Mercedes, una de esas personas que el azar pone en tu camino para demostrarte que la vida es algo realmente excepcional.
Editora, esposa, madre, mujer y amiga, capaz de triunfar en todos los frentes a un tiempo, de dejar tras de sí una estela llena de generosidad y de vehemencia, de emoción y de realidad, de simpatía y de vitalismo. Una de esas personas a las que se quiere con locura y se admira con devoción, que me demuestra cada día que la mujer es un ser de un rango excepcional ya que yo, como hombre, no me considero capaz de alcanzar todas las facetas que las mujeres que quiero y admiro desempeñan sin desatender ninguna de ellas.
A Mercedes la conocí en mi editorial y anoche, con otras amigas también muy especiales, fuimos a cenar para celebrar el comienzo de mi nueva etapa. Una etapa que ahora tendrá como entorno y marco un aula, una pizarra, un patio como los de mi infancia y mi adolescencia. Ayer me dijeron dónde daré clase y el uno de septiembre me incorporaré con esta mismaa ilusión que hoy, no puedo disimularlo, me invade por completo.
Ahora, mientras escribo esto, aplazo el momento de recoger los trastos de estos tres años en un trabajo que, a fin de cuentas, me ha gustado siempre mucho. Un trabajo que seguiré haciendo como free-lance, claro, porque la edición es parte de mí y los libros, en todos sus frentes, parte esencial de mi personalidad.
Sí, ese de la foto, el de malva, soy yo. Pero confieso que no soy el mismo de hace tres años. La persona que ríe junto a mí con su camiseta verde, tan sensual y estilosa como ella misma, ha conseguido hacerme, gracias a su presencia, mucho mejor persona. Y, aunque ella no sea consciente de ello, me ha ayudado -ante todo- a ser mucho más yo y a sentirme orgulloso por ello.
O -ella entenderá por qué- mucho más yo(e).

26.7.06

Piedras

Es triste, lamentable y bochornoso, pero situaciones como esta que hoy abre la portada de elpais.es aún siguen pasando.

El hombre agredido en una piscina de Madrid tras besarse con otro tiene fracturas en la cara

Luis, de 30 años, tiene media cara rota: fractura de varios huesos en el lado izquierdo y posible afectación de la mandíbula. Hoy le van a operar en un hospital madrileño, a causa de una patada que recibió el sábado pasado en la piscina pública de La Elipa, en Moratalaz (Madrid). Le atacaron un grupo de 10 chavales, la mayoría menores, tras darse un beso con un amigo holandés. Les llamaron "maricones" y les espetaron: "¡Hijos de puta, no merecéis vivir!" y "¡Vuestra vida es una mierda!". La pareja había ido al solarium nudista que frecuentan grupos de gays.

25.7.06

Bodegón

Camiseta azul ajustada y pantalones piratas blancos. Tu acompañante, camisa verde de rayas y vaqueros semirrotos, con un corte de pelo a lo David Beckham. Os intuyo madrileños, aunque podríais ser de cualquier otro lugar. Tampoco creo que eso importara demasiado.

Nos cruzamos frente al mismo cuadro. Vosotros y nosotros. Nos distribuimos al azar y susurramos algo al oído de nuestras parejas. También lo sois, es evidente. Hay formas de mirarse que nunca dejan lugar a duda alguna.

El primero es el más obvio de todos. Un cuadro picassiano archiconocido y revisionado hasta el aburrimiento. El resto de la exposición promete más. Será cuestión de ir profundizando en cada uno de los compartimentos que nos ofrece el Prado. A mí, entretanto, me gusta cada vez más tu camiseta. A ti, por lo que parece, te gusta cada vez más mi pantalón de lino.

Nos separamos morosa e imperceptiblemente, hasta convertirnos en cuatro individuos que apenas parecieran conocerse. A ratos, entre cuadro y cuadro, vigilo con una sonrise cómplice a mi chico. Su mirada apunta pícara hacia la camisa verde del tuyo que, a su vez, se regodea observando la barbita cuidada del mío.

En la tercera de las salas los cuadros se oscurecen. Algún que otro desnudo inesperado. Algún que otro bodegón insólito. En el bodegón, pienso, no quedaría nada mal el tributo fetichista de tu camiseta azul marino. En mi cama, me reafirmo, combinaría perfectamente tu desnudo con el mío.

Ellos piensan lo mismo delante de un rapto mítico de Picasso -las sabinas, creo- mientras lo comparan con otro de Rubens -el de Europa, sin duda- y se aprovechan de la lascivia de los dioses griegos para tocarse impunentemente aunque, cómo no, sin pretenderlo.

A la salida, nos reencontramos. Cada uno de nosotros recupera la posición con su pareja pero incorpora, a su vez, la cercanía con el nuevo desconocido. La sensación de complicidad es tal que no hace falta explicarse gran cosa. Explicar, en general, es un verbo tedioso y aburrido.

Nuestro apartamento sirve de taller improvisado para dar rienda suelta a la imaginación despertada en el museo. Los cuadros -bodegones de desnudos masculinos- nos salen ligeros y vehementes a un tiempo, con pinceladas de morbo, tonalidades lúdicas y, finalmente, algún que otro brochazo de una ternura que nadie esperaba obtener.

Anochece y, agotados, nos despedimos sin el número de teléfono que no necesitábamos pedir. Seguimos -los cuatro- sonriendo y sintiéndonos un poco más afortunados que aquellos que, seguramente, necesitarían juzgarnos para saberse a salvo de nuestras costumbres.

Se cierra la puerta y me abrazo a mi chico para dejar que su barbita me provoque ese cosquilleo en la piel que me estremece desde que lo conozco. El rapto, esta vez, es suave y acompasado. Dentro de sus brazos y hasta la cama donde seguiremos pintando lunas con las que llenar el bodegón de nuestra madrugada.

24.7.06

¡¡¡YA SOY PROFE!!!

Después de un año de compaginar trabajo, estudios, teatro, pareja, tesis y vida social... ¡¡¡Al final he obtenido la plaza!!! Este viernes será mi último día en la editorial. Después, vacaciones. Y a partir del 1 de septiembre... ¡¡¡a dar clase!!!
Estoy eufórico... Se me nota, verdad? ;-)

Por amor al arte

Fin de semana intenso. Íntimo. Fin de semana de paseos por un Madrid repleto de sol y de verano, de gentes nuevas y de planes todavía por hacer. Fin de semana de siestas sexuales, de fiestas sensuales, de lugares reconocibles y de excursiones a restaurantes, terrazas, bares y museos. De mezcla con los demás y de aislamiento doméstico. De ronroneos felinos entre tú y yo o de ronroneos caprichosos de nuestra entronizada gata. Fin de semana de dvds a medias, de revisionados o de descubrimientos, de frivolidades inteligentes a lo Mujeres desesperadas o de inteligentes reflexiones como la imprescindible Caché, película con un también imprescindible Daniel Auteil. Fin de semana de Picasso, de vanguardia y de tradición, de caminar por el Museo del Prado para ser conscientes, una vez más, de la inmensa capacidad de uno de nuestros genios más indiscutibles. Para contrastar su trayectoria con la historia de la pintura universal en una hábil selección de cuadros y secuencias que nadie debería perderse. Fin de semana de nervios compartidos -tantos, tantos nervios- y de espera a medias. De ansiar -y temer- el día de hoy y la respuesta al interrogante que se cierne sobre mi futuro desde hace algunos meses. Fin de semana de amaneceres cómplices y anocheceres tórridos. De despedida esta mañana en el andén de un metro que nos lleva a aviones diferentes y que en breve se buscarán de nuevo. Y también en breve, cómplices y sedientos, se encontrarán.

21.7.06

Peindre ou faire l'amour

No siempre sabemos qué hacer con nuestro tiempo. Ni con el que ya hemos vivido ni con el que nos queda por vivir. Algo así le sucede a la pareja protagonista de este film, unos juguetones Daniel Auteil y Sabine Azema, que en esta ocasión dan vida a un matrimonio inmerso en una sutil crisis de crecimiento. Prejubilado él y estresada ella, la vida se les escapa sin encontrar nada nuevo para llenar su lienzo. Aunque el cuadro, lentamente, encuentre nuevas formas para manchar su blanca superficie.

¿Se puede mantener intacta la fantasía después de treinta años de convivencia? Desde una apuesta naive, ingenua y, sobre todo, sensual, la película nos responde que sí. Basta con despojarse de los prejuicios y desnudarse de miedos y tabúes. Película, por tanto, no apto para parejas autocomplacientes o felices en su tedio vital. La naturalidad con la que los personajes de Daniel y Sabine viven e integran nuevos modos de relación emocional y sexual con otras parejas, con otros cuerpos, con otras vidas es, quizá, el secreto de la elegante sensualidad de esta película, traviesa en sus formas, en sus temas y, sobre todo, en su planteamiento.

Estética, conjuntada en colores y encuadres, decidida a plantearse como un filme más lúdico que trascendente, consigue -sin embargo- arrancar sonrisas cómplices y, sobre todo, fantasías adolescentes que reverdecen como el idílico entorno de la historia o los cuerpos maduros de los protagonistas, sabiamente aprovechados por sus intérpretes y su director.

Nos llega tarde, como casi todas esas películas diminutas que, sin embargo, encierran mucha más vida de la que podríamos pensar en un visionado rápido o superficial. Y, sin embargo, gracias a ese retraso en la distribución, la sensualidad del otoño que evoca el filme se recibe con agrado en medio del calor sofocante de este nuevo julio.

¿Y a la pregunta de qué hacer con el tiempo? Pues ya lo dice el título. O pintamos... o hacemos el amor. O, quien sepa, puede atreverse con las dos actividades a la vez. Y es que, normalmente, la exclusión nunca es la decisión más afortunada. Ni la más feliz.

20.7.06

Stellaaaaaaaaa!

El grito que cierra Un tranvía llamado deseo es uno de los estertores más rotundamente hirientes de la historia del cine. Un resumen no verbal -las letras se deshacen en la garganta de Brando mientras llama a su mujer a voz en grito- de una de las obras inmortales que nos dejó el cine de Elia Kazan y la inteligencia de Tenesse Williams.

Este fin de semana, gracias a su reciente regreso vía dvd, volví a verles. Y allí estaban. Blanche Dubois -con su nombre de princesa de cuento, Blanca del Bosque- y su necesidad de una amabilidad -amable, dícese de lo que es susceptible de ser amado- que no llega en un entorno de brutalidad, incomprensión y pasado que se pliega sobre sí mismo.

Stanley Kowalski -con esa camiseta icono pegada a una musculatura exultante en su definición, perfectamente sudada y encuadrada por la cámara- y su forma de humillar sin que podamos acabar de odiarle porque en su primitivismo conecta con instintos y emociones de las que soterramos en la vida diaria.

Stella Dubois -con ese amor fraternal que tiene algo de celos, algo de admiración, algo de idolatría, algo de postración, algo de amargura y de hasta de resentimiento- y su entrega a un hombre que la destroza mientras se aman, porque ninguno de los dos sabe amarse -con o sin camiseta- de otra manera que no sea hiriéndose hasta la extenuación.

El guión de este tranvía está lleno de momentos sublimes, excepcionales, únicos. De un deseo pegajoso que hace de la casa de Kowalski y Stella un antro claustrofóbico donde Blanche instala sus ropas de falsa princesa, sus joyas de plástico, sus estolas y bufandas de admiradores que nunca fueron tales y, sobre todo, el farolillo de papel con el que disimula la desnudez de una bombilla en un intento desesperado de dar cabida a la fantasía en un hogar deprimido por la dureza -alcoholizada y empobrecida- de la realidad en la periferia obrera.

Entre sus escenas, momentos tan turbadores como los encuentros entre Blanche y Kowalski o, sobre todo, la aparición del mensajero joven, casi adolescente, a quien la decrépita Blanche rogará, suplicará, robará un beso. ¿Por qué no ha de arrastrarse si su deseo así se lo exige? ¿Por qué la vida ha de verse en su desnuda fealdad en vez de camuflar sus aristas con farolillos de papel? Solo intento hacer la vida más hermosa, solloza en una ocasión mientras un hombre la humilla (una vez más) por no ser tan joven como se pretende, ni tan delicada como se finge, ni tan princesa como se sueña y, sobre todo, por ser mucho más sexual de lo que una mujer debería ser según su mentalidad obsoleta y ridícula de macho herido.

El grito final, el Stellaaaaaaa! desgarrado de Kowalski al pie de la escalera resume la dureza de una película que conmueve, que estremece, que excita y duele a partes iguales. Una película tan brutal como el sexo, tan sudorosa como la camiseta de Marlon Branco y tan intensa -en su esencia teatral- como la vida misma.

19.7.06

Tiemblo, luego existo

Esta mañana siento con fuerza el mismo nerviosismo de siempre. La misma impaciencia que vive en mí desde hace ya cinco años. El mismo temblor en la voz cuando hablamos por teléfono la noche que precede a tu viaje, la madrugada que antecede a tu aterrizaje en nuestra cama, esa que se me quiebra -que me rehuye- cuando no estás, cuando te alejas, cuando la vida -en su itinerante devenir- nos obliga a rehacer nuestro mundo a distancia.

Hoy amanecí resacoso de expectativas. Eufórico de ideas con las que llenar esta semana. Esa exposición de Picasso a la que dedicaremos dos días y donde espero seguir aprendiendo de arte -tu especialidad, ya lo sé- contigo. Esa película francesa que ambos tenemos tantas ganas de ver. Esas sesiones cinéfilas o melómanas que nos regalamos en casa con la complicidad curiosa -y felina- de nuestra gata. Y entonces, mientras lleno con tu nombre las horas de la agenda, vuelve a arrasar mi serenidad ese cosquilleo, esa impaciencia, esa necesidad de que el tiempo se diluya para que luego, cuando aterrices, vuelva a detenerse.

Sin embargo, yo sé que no lo hará. El tiempo no se detiene nunca. Y aunque he aprendido a vivir en el ahora sin obsesionarme con el después, sabes que siempre me rondará esa vaga melancolía que es tan mía, que es tan inevitable, que es tan incómoda. Una vez más -como las anteriores- tendrás que hacerla desaparecer con sexo y con ternura, con sábanas tiradas en el suelo y caricias firmes sobre mi piel, con sudor compartido y con miradas que maten el miedo que, a ratos, invade mis sueños.
Si alguna vez cesa este cosquilleo. Si alguna vez cesa este nerviosismo. Si alguna vez no aprieto los puños de pura rabia cuando te secuestra el siguiente avión. Si alguna vez no siento este temblor de piernas, manos y alma que siento hoy... Pero algo en mí me dice que esa supuesta vez no ha de llegar, porque el temblor que me provoca tu presencia es demasiado intenso. Tanto que necesitaría más de una vida para lograr calmarlo.

18.7.06

Icaro y Newton

El mar en calma. Con el oleaje exhausto y la arena sedienta de nuevos soles. El mar de este ahora que se empieza a dibujar aunque para ello deba arrastrar y tragarse las rocas que aún bloquean su respiración.

El tiempo detenido tuvo efecto de ida y vuelta -como las olas- y lo que empezó siendo desazón y angustia acabó siendo desidia y despersonalización. El mar tiene esa capacidad del olvido, de tormenta, de vendaval que todo lo arrasa.

Sin los huecos de las palabras no dichas -de los labios no entregados- no habría redimensionado, una vez más -vez tras vez, mar tras mar-, lo que ya parecía redimensionado hasta el agotamiento. Pero la certeza del imposible en medio de la necesidad -que surgió en mí repentina y vehemente- ha transformado por sí sola el contorno de esa playa en la que ahora vuelvo a escribir mi nombre sin titubear tanto en su trazo.

Y no es que el mar me devuelva aún el reflejo de mí que más me gusta ni el canto de sirenas que más me emociona. El mar, de repente y sin ayuda, no puede hacer solo según que cosas. Por eso ahora me siento junto a él y remuevo la arena hasta construir acantilados y horizontes en los que deslizarnos juntos sin que el sol derrita nuestras alas de Ícaro. Alas de caída segura y de remontada incierta. Alas de Ícaro para ser siempre Fénix. Y es que la de la gravedad -vertical e implacable- es la más mitológica de las leyes físicas.

17.7.06

No guilt

Some would call me a cheat, call me a liar
Say that I've been defeated by the basest desired.
Yes, I have strayed and succumbed to my vices
But I tried to live right.

But I have no regrets, no guilt in my heart
I only feel sadness for any pain that I've caused
I guess I wouldn't bother to worry at all
if I'd lived right.
From Unsung psalm
Tracy Chapman
Tú no tienes la culpa, se dice. Y Raúl se observa fijamente en el espejo. Porque para eso sirven los espejos, para culparnos o para absolvernos. Para contar con un testigo y juez que nos haga el favor de reciclar nuestros fantasmas con tan solo mirarnos en él.
Tú no tienes la culpa, se repite. Y escucha la respiración acompasada de Álvaro un poco más allá. Desnudo y enredado en esa sábana que agita con tanta torpeza cada noche. Duerme inquieto, como un niño revoltoso incapaz de calmarse. Raúl lo abraza aunque Álvaro no se deje. Lo sujeta de madrugada en un intento más de retener sus sueños, sabiendo que Álvaro, en el próximo giro, volverá a deslizarse entre sus brazos y dará una vuelta más sobre la sábana.
Tú no tienes la culpa, se absuelve. Y recuerda ahora la cama de la noche anterior. De la madrugada en que volvió a mensajearse con ese chico del que solo sabe su nombre y su teléfono. Del que no podría enamorarse aunque quisiese hacerlo. Porque a él le gustan los amores difíciles, como el cuerpo lagartija de Álvaro, que se escabulle entre sus dedos cuando intenta hacerlo sentir suyo.
Tú no tienes la culpa, se perdona. Y reconoce que, en realidad, aquel chico podría no haber contestado su sms vespertino. Que, en el fondo, se había limitado a proponerle un plan ante el que nunca tuvo por qué ceder. Que, de todos modos, ambos deseaban el sexo que les sucedió en ese piso de las afueras donde acudía por tercera o cuarta vez.
Tú no tienes la culpa, se convence. Y piensa en la huida, en cómo se levantó a las siete y media -tal vez un poco más tarde, tal vez un poco más temprano- y se vistió sin hacer ruido. Está acostumbrado a no hacer ruido en la oscuridad. Es el único modo de que Álvaro no se despierte, de que consiga descansar en medio de las turbulencias de su sueño. Por eso esta vez tampoco le resulta difícil escabullirse sin dejar rastro, sin que aquel chico se despierte, sin que le pida explicaciones o le proponga un desayuno. En aquel chico, mientras follaban durante horas, notó alguna que otra mirada que escondía sentimientos, emociones, posibilidades. Y cada vez que le sorprendía alguno de esos fogonazos, él corría a esconder la cabeza entre sus piernas, sorbiendo su sexo con fuerza, agarrando sus muslos con violencia y obligándole a olvidar todo intento sentimental a base de orgasmos continuados y mamadas voraces.
Tú no tienes la culpa, se autoafirma. Y vuelve a la cama con Álvaro, intentando abarcarle con unos brazos que no dan para retenerle del todo, sabiendo que quizá la de anoche no sea la última de las madrugadas con ese chico. O con cualquier otro. Que quizá repita la imprudencia de desear otros cuerpos aunque solo sea capaz de amar a quien ahora tiene entre sus brazos.
Tú no tienes la culpa, se adormila. Y escucha otra vez esa canción de Tracy Chapman. Esa letra que alguien le regaló una vez y con la que tanto se identifica. A fin de cuentas, a aquel chico le regaló una noche y un cuerpo, si no sabe agradecérselo ni entenderlo, será cosa suya. Porque su ser, todo lo que es y lo que siente de verdad, solo a ese niño travieso que se enreda en las sábanas quiere y puede dárselo.

14.7.06

En llamas

El cine, según con quién, debería estar prohibido.

Eso pensé cuando me propusiste la primera película juntos (¿o la propuse yo?), porque sabía que si luego ocurría lo que iba a ocurrir (siempre ocurre lo mismo) esa película quedaría marcada y anotada en mi lista de las que jamás sería capaz de ver de nuevo.

Por eso es mejor el cine a solas, o con amigos, con amigos de mis amigos, porque así la película no se convierte en símbolo ni el símbolo en recuerdo. Tengo muchos recuerdos, tantos que a ratos no doy abasto para dejarme romper en pedazos por todos ellos. Pedazos que, una vez desparramados por el suelo, corren a esconderse en los dvds -cientos, en realidad- que cubren las paredes de mi apartamento. Porque aunque no las vea, aunque no sea capaz de abrir sus cajas, compro las cintas y las atesoro como testimonio último de lo que fue y de lo que todavía -eso de que el tiempo lo cura todo es una gilipollez- siguen siendo.

Intento que no ocurra, pero las películas eligen sus dueños, sus lugares, incluso sus momentos. Y entonces, cuando reaparecen ante mí, se ubican en esa dimensión que ellas escogieron por puro capricho y a la que me transportan contra mi voluntad. Porque a ellas yo no puedo engañarlas. Ellas saben bien que mi voluntad es de futuro, pero mi sensibilidad es de pasado.

Estos días he empezado a quemar parte de esas películas. Algunas las regalo. Otras las revendo. Las más, las tiro. Puede que me las cruce alguna vez -el azar tiene sus propias leyes- pero no seré yo quien provoque el encuentro. Ellas me acusan de ingrato entre las llamas y se quejan de mi actitud hostil. De mi voraz deseo de aniquilarlas. Yo les oculto la impotencia y hasta las lágrimas mientras continúo mi plan con férrea determinación. Una tras otra. Allá, dentro de esa hoguera donde nada volverá a tener la forma que tuvo entonces. Un incendio en el que arden otros tantos fuegos que quemaron en butacas y camas, en sábanas y pantallas gigantes. Nada, salvo cenizas, quiero dejar de todo ello. Nada salvo un fundido en negro que ponga fin a la hoguera del recuerdo. Y de sus nombres.

13.7.06

Circular

Era más fácil antes. Cuando no tenía tiempo para pensar. Cuando los apuntes se acumulaban en el suelo del dormitorio. Cuando junto a la cama no había lugar para nada que no fuera el estrés de esos exámenes que ahora -tan solo hace dos días- ya son pasado. Como todo lo que se vuelve arena en cuanto doblamos la siguiente esquina.

Y aquí, en esta avenida, en este callejón de mi ciudad, vuelven las ideas que, de algún modo, no debían estar. Las que suponía lejos. Las que creí enterradas en el tiempo mientras me deslizaba por el tedio de todos esos apuntes que ocuparon mi cabeza durante meses.

Pero el pensamiento, circular y férreo, sigue enclaustrado en los lugares de los que creí escapar. Y ahora, cansado y casi exhausto, se aprovecha de la debilidad física para chantajearme y darme recuerdos que no siempre me apetece revisionar o ausencias que no siempre soy capaz de llevar con calma.

La serenidad es una virtud de la que carezco. Y eso, mis días lo saben. Por eso se divierten jugando con mi ánimo y haciéndome tropezar en charcos de los que ya me he levantado antes. Tantas veces como las que volví a caer. Como las que voy a volver a hacerlo.

Bienaventurados los cursis, porque de ellos será el reino (falso y aletargante) de las respuestas. A mí, vivir a plena luz no me permite drogarme con su felicidad de cartón piedra. La vida entendida en su vehemencia, en su intensidad, en su verdad tan solo me provoca más preguntas. Y cuando cese la duda, esa misma vida puede que haya perdido su sentido, porque solo en ese dolor de lo desconocido soy capaz de crecer. De desaprender. De no convertirme en una imagen, prototípica y convencional, de mí mismo.

12.7.06

Rousseau vs. Hobbes

Nunca he entendido la misantropía. Nunca he sido capaz de comprender ni valorar a la gente que se enorgullece de sentirse ajeno a todos los demás. A quienes presumen de no mezclarse con nadie, de no creer en nadie, de tener fe nula en el género humano. Y no es que yo sea un optimista nato, pero me interesa más Rousseau y su buen salvaje que Hobbes y su lobo-hombre o su hombre-lobo. Porque hay lobos, claro que los hay, pero también hay -existen, me consta- personas fabulosas, excepcionales, próximas. Personas -muchas más de las que creemos- que nos sorprenden en determinados momentos.
A mí, en estos meses, me han llegado muchas de esas sorpresas. Sorpresas por vías tan curiosas como un servidor de internet o unas oposiciones. Personas tan generosas como para regalar un diseño bloguero o tan cálidas como para dejar mensajes y comentarios llenos de empatía desde otros blogs amigos donde también me gusta colarme como polizón o espectador en la última fila. Personas como las chicas que se examinaron ayer conmigo en la oposición y con las que he abordado cada una de las fases, que han demostrado en todo momento un compañerismo a prueba de bomba. Y es que, frente a las caras largas que veía entre los rivales (así debían sentirse) de otros tribunales, en el nuestro solo había intentos de ayudarnos, de aconsejarnos, de intercambiar ideas y propuestas. Incluso conseguimos relajarnos y hacer algo agradable de lo que, en su origen, es una pesadilla.
Claro que hay lobos, claro que Hobbes tenía razón, claro que es imposible no decantarse hacia la náusea sartriana más de una vez... pero ese no puede ser mi principio ni mi insignia vital. Porque estoy convencido de que Rousseau tenía razón. De que hay que tener fe en la gente. Y es que, en estos extraños y convulsos meses de mi vida, han llegado hasta ella -directa o indirectamente- muchas personas diferentes -especiales- que le dan la razón.

10.7.06

Siesta

Estás demasiado cerca como para no aproximarme un poco más. No preguntas gran cosa. Te limitas a observarme mientras acorto el espacio que nos separa. Que ya no nos separa...

Creo que tiemblas un poco. Finges hacerlo para que mi ego se excite tanto como mis palabras. Y el verbo se erige torpe entre ambos -ni siquiera tu acento argentino lo rescata del tedio- mientras las manos hacen el trabajo que el lenguaje no se siente capaz de culminar.

Al fondo del bar, en el sofá donde tantas veces he hablado con mis amigos de temas de los que jamás voy a charlar contigo, te dejo que me manosees con la pericia del seductor que se sabe cazado, que ha triunfado en esta siesta estival de hombres que pasean sus tardes libres por una ciudad donde antes solo transitaban de noche.

Me gusta dejarte hacer a plena luz. Notar tus manos adentrándose en mi pantalón mientras los rezagados acaban su pincho de tortilla en la barra de este local donde nunca hice cruising. Con una caña en vez de una copa de vodka. Con algún que otro sutil cambio en mi ritual del sexo con desconocidos. Porque eso es lo que eres. Lo que quiero que seas.

De tu casa, recuerdo el maullido de tu gato, las puertas marcadas por sus arañazos, el tacto firme de tus manos sobre mi piel. De mí, creo que recuerdas el sudor, el morbo, el orgasmo al que siguió otro orgasmo -Nietzsche o Borges, no sé- mientras tus piernas me apretaban con fuerza clavándome tus ganas, tus fantasías, tu sexo. Mientras acercabas tus labios carnosos de gaucho moreno y musculado al mío. Perdiendo la forma y el lugar de nuestros cuerpos (antes dos) en unas sábanas casi tan desordenadas como nuestros miembros (ahora solo de uno).

Recompuesto el puzzle, no te pedí el número de piezas que forman tu teléfono. Tampoco tú. Salí de tu apartamento -me despedí con una caricia tramposa de tu gata- y respiré con fuerza el sol de la tarde que aún latía -brutal y salvaje- por delante.

7.7.06

¡¡¡Un 9,0538!!!

Sí, con todas esas décimas extrañísimas que no sé de dónde salen componen la nota de la primera parte de mi oposición... En fin, que estoy muy contento y el martes tengo la siguiente y última parte. Esto tiene mucho de Groucho: la primera parte de la parte contratante de la segunda parte...
Ahora, a seguir estudiando (bueno, pero esta noche, para que el estudio sea eficaz, habrá algo de alcohol y baile... eso me han klingsorizado esta mañana...)
:-P

Cinéfilo al borde de un ataque de nervios

Y es que hoy, justo hoy, salen la nota media de mis dos primeros exámenes de oposición. Si apruebo esa parte, paso al tercer y último examen... Esta tarde espero poder colgar aquí una buena noticia... De momento, voy a ir fingiendo que me siento muuuuuy mal para que justificar el hecho de tener que largarme de mi trabajo a media mañana... Menos mal que el teatro me gusta, porque si no...

Ah, la foto de James Denton (Mike Delfino en Mujeres desesperadas) no tiene nada que ver con el contenido de este post... No, nada que ver, pero es que esto de los nervios me hace necesitar una terapia basada en la contemplación de chicos guapos. Ayer, lo confieso, mi móvil echaba humo en el gimnasio, donde mientras simulo mensajearme con media España acabo retratando a los guapos oficiales que, la verdad, son unos cuantos. Uno es así de trascendente...

4.7.06

Cuarenta

Empezó hace ya dos meses. Y no le va mal. Es un tipo listo, uno de esos psicólogos intuitivos para captar problemas y ofrecer soluciones. No todos lo son. A ella, en concreto, no la han ayudado mucho en los últimos años. Visitó ya unos cuantos y en la mayoría solo obtuvo humo y consejos de barra de bar que, sin tanta terapia ni tanto pago, podía haberse dado a sí misma sin problema.
Esta vez es distinto. Él parece entender lo que intenta contarle. Y eso que ella, cuando pidió cita, insistió en que quería una mujer. En que no podía hablar de sus cuarenta a un hombre. Porque ellos no entienden de según qué cosas. Ellos, a veces así lo piensa, no suelen entender de casi nada.

Mientras está allí, deja a su niño con su madre. El crío está acostumbrado a deambular por manos y casas diversas, porque el trabajo no les deja tiempo para hacerlo más suyo. A ella, a su modo, eso la desazona, porque le pesa el hecho de no estar ejerciendo bien su rol. ¿Cuál es? ¿En qué consiste? Y se atribuye, sin compasión alguna, cuanto fallo o problema encuentra en su pequeño. A Carlos no le pasa lo mismo. Carlos vive la infancia de su hijo sin grandes dramatismos. La interpreta sin culpa. Pero ella, aunque no quisiera que fuera así, no puede hacerlo.

Este tipo lo entiende. Al menos, esa es la sensación que saca tras sus sesiones. Incluso entiende su obsesión por la comida, por las tallas, por sentirse mirada. Entiende que, de repente, se vea atrapada en una sensación de elecciones conclusas y herméticas donde ya ningún otro hombre podrá tener cabida. Desea con furiosa inclemencia una infidelidad. Incluso comprendería una de Carlos. Llevan juntos doce años y ahora quiere más nombres, más hombres, más experiencias. No quiere esperar a dejar de sentirse deseada y su cuerpo -el femenino habla sin diplomacia cuando necesita decir algo- parece que inicia un declive que no está dispuesta a asumir.

Él sonríe cuando le escucha contar lo del declive y hasta lo de la decadencia. A él le parece una mujer muy atractiva y sabe -lo intuye- que lo seguirá siendo dentro de cinco, diez, quince años. Él, a sus cincuenta y dos, está en ese tramo de hombres maduros e interesantes que, en el mercado sexual, están en alza. Curiosa paradoja, piensa ella mientras le mira con atención. Curioso que su madurez sea mejoría y la nuestra, declive. Y entonces se indigna y se enfada porque por su culpa no está en casa y ha tenido que dejar al niño con su madre una vez más.

Llevan dos meses de terapia y, sin darse cuenta, acaban las sesiones con un sutil intercambio de miradas que a ella, cuando regresa a casa, le sigue produciendo un cierto cosquilleo. Intenta olvidarlo haciendo los deberes con el pequeño, jugando con él los diez minutos que tiene tiempo de hacerlo antes de la rutina diaria: bañarlo, darle la cena y acostarlo. Se está perdiendo su infancia, se dice, y Carlos no lo entiende porque la infancia la emiten en tiempo directo cada día y él, a su modo, preferiría saltarse algún capítulo.

Cuando se acuestan y hacen el amor, ella cierra a veces los ojos para pensar en los hombres que aún se siente a tiempo de conocer. Desde hace dos meses siempre imagina el mismo rostro. Y el mismo cuerpo. Pero eso, lógicamente, no piensa contárselo a Carlos. Ni a su psicólogo.

1.7.06

¿Orgullo gay?

Admito que, en días como hoy, ser gay no me produce orgullo, sino más bien una sonrojante vergüenza que no me consigo arrancar.
Entiendo -en todos los sentidos- que en su momento era necesario un desfile de protesta. Que tuvo su lugar aquella cabalgata estrafalaria para, en épocas de opresión, dejar claro que había gente que sufría acoso o persecuciones.
Sin embargo, no entiendo -en el sentido intelectual, en este caso- que hoy, en pleno 2006, tengamos que seguir asistiendo a un carnaval patético donde se inunda Madrid de músculos de plástico, reinonas medio acabadas y purpurina de saldo que poco aporta y con la que, desde luego, no me identifico.
Ahora, en plena efervescencia de normalidad, con derechos tan importantes como el matrimonio o la adopción, creo que son otros cauces los necesarios. Aún no es fácil adoptar, porque se hizo la ley pero no cambió el corpus social, así que ese tema aún llevará su tiempo. Sin embargo, dar como argumento semejante patochada estética es, cuando menos, triste.
No, la verdad es que no estoy orgulloso de ser gay. Ni de ser moreno. Ni de ser hombre. No. Estoy orgulloso de mis amigos. De mi familia. De mi pareja. De la gente que es de verdad. Que lucha de verdad. Que vive de verdad.
El orgullo me lo provoca la coherencia, la actitud, la conducta. Pero no algo que me viene de serie y que ya traía conmigo, como el color de ojos o la textura de mi piel.
Me aburre, lo admito, el victimismo gay y el canto a la frivolidad amariconada y chorra de estos días. Nunca estuve en uno de esos desfiles, pero sí he defendido siempre mi condición en todo tipo de situación, incluso en trabajos donde mi tendencia pudo haberme costado el puesto. No lo defendí con purpurina ni latex, eso sí, así que a lo mejor eso tampoco sirve.
De momento, y por lo que pueda pasar, hoy no pienso ni acercarme a Chueca. Cuando todos los fantasmas se hayan marchado a casa dejando el barrio hecho -literalmente- una mierda (ayer ya lo estaba el pobre), volveré con mis amigos de siempre a los bares de siempre para ser uno más. Ni orgulloso ni avergonzado. Tan solo un tipo que no acaba de conocerse bien y al que le gusta conocer y que le conozcan otros tipos tan poco orgullosos como él.