25.7.06

Bodegón

Camiseta azul ajustada y pantalones piratas blancos. Tu acompañante, camisa verde de rayas y vaqueros semirrotos, con un corte de pelo a lo David Beckham. Os intuyo madrileños, aunque podríais ser de cualquier otro lugar. Tampoco creo que eso importara demasiado.

Nos cruzamos frente al mismo cuadro. Vosotros y nosotros. Nos distribuimos al azar y susurramos algo al oído de nuestras parejas. También lo sois, es evidente. Hay formas de mirarse que nunca dejan lugar a duda alguna.

El primero es el más obvio de todos. Un cuadro picassiano archiconocido y revisionado hasta el aburrimiento. El resto de la exposición promete más. Será cuestión de ir profundizando en cada uno de los compartimentos que nos ofrece el Prado. A mí, entretanto, me gusta cada vez más tu camiseta. A ti, por lo que parece, te gusta cada vez más mi pantalón de lino.

Nos separamos morosa e imperceptiblemente, hasta convertirnos en cuatro individuos que apenas parecieran conocerse. A ratos, entre cuadro y cuadro, vigilo con una sonrise cómplice a mi chico. Su mirada apunta pícara hacia la camisa verde del tuyo que, a su vez, se regodea observando la barbita cuidada del mío.

En la tercera de las salas los cuadros se oscurecen. Algún que otro desnudo inesperado. Algún que otro bodegón insólito. En el bodegón, pienso, no quedaría nada mal el tributo fetichista de tu camiseta azul marino. En mi cama, me reafirmo, combinaría perfectamente tu desnudo con el mío.

Ellos piensan lo mismo delante de un rapto mítico de Picasso -las sabinas, creo- mientras lo comparan con otro de Rubens -el de Europa, sin duda- y se aprovechan de la lascivia de los dioses griegos para tocarse impunentemente aunque, cómo no, sin pretenderlo.

A la salida, nos reencontramos. Cada uno de nosotros recupera la posición con su pareja pero incorpora, a su vez, la cercanía con el nuevo desconocido. La sensación de complicidad es tal que no hace falta explicarse gran cosa. Explicar, en general, es un verbo tedioso y aburrido.

Nuestro apartamento sirve de taller improvisado para dar rienda suelta a la imaginación despertada en el museo. Los cuadros -bodegones de desnudos masculinos- nos salen ligeros y vehementes a un tiempo, con pinceladas de morbo, tonalidades lúdicas y, finalmente, algún que otro brochazo de una ternura que nadie esperaba obtener.

Anochece y, agotados, nos despedimos sin el número de teléfono que no necesitábamos pedir. Seguimos -los cuatro- sonriendo y sintiéndonos un poco más afortunados que aquellos que, seguramente, necesitarían juzgarnos para saberse a salvo de nuestras costumbres.

Se cierra la puerta y me abrazo a mi chico para dejar que su barbita me provoque ese cosquilleo en la piel que me estremece desde que lo conozco. El rapto, esta vez, es suave y acompasado. Dentro de sus brazos y hasta la cama donde seguiremos pintando lunas con las que llenar el bodegón de nuestra madrugada.

5 comentarios:

NaT dijo...

Ese tipo de bodegones me gustamucho más que los de las naturalezas muerta, creo que tiene más sentimiento ;)

Besos... de cine

Mart-ini dijo...

Opino lo que nat...

El Calentito dijo...

Pues espero que pintéis muchas lunas!! jajajajaja!!
Saludos!!
PD: El calentito renueva imagen!!

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