30.7.06

Errores

Nunca fui indulgente conmigo mismo. Es el problema de haber tenido padres liberales, me respondió una vez un amigo al que le ocurre exactamente lo mismo. Según él, haber adquirido la libertad -y la responsabilidad que esta conlleva- tan pronto tenía una contrapartida necesaria, la exacerbación de la autocrítica, la conciencia del yo.

No sé si será cierto, porque mi amigo es un teórico nato capaz de formular una tesis sobre cualquier asunto, pero el caso es que mi capacidad para perdonarme es más bien escasa. Así que los errores que cometo -y son tantos- pesan en mí con una fuerza inusitada, evitando que Arquímedes haga su trabajo y flote el cuerpo de un Prometeo eternamente encadenado a su conciencia.

Lo peor son los errores que te duelen a ti, esos que no siempre me confiesas, esos que toleras para que yo no me venga abajo cuando arañas la inseguridad que bien conoces -y padeces- en mí. Esos que, como los de este fin de semana, solo afloran -Arquímedes es un jodido hipócrita que solo deja flotar lo que le place- cuando no puedes esconderlos, cuando no sabes mentirme, cuando la tristeza -la que provoca una distancia injusta de demasiados kilómetros, aviones y vuelos con retrasos- nos invade.

Después, cuando me hundo al saberlo, cuando me fustigo por cada nuevo error, por cada saldo negativo en mi cuenta de aciertos, acudes raudo con tu ternura, con tu forma de entenderlo todo, incluso lo que yo no entiendo, lo que yo hace tiempo que ya dejé de comprender.

El resultado son las lágrimas que hoy no freno del todo, la ansiedad de la espera -tan cerca y tan lejana tu llegada: días que se me hacen siglos en esa cadena del Prometo impaciente que tienes por pareja-, y -sobre todo- el nudo que se tensa y aprieta aún más, la cuerda -libre e independiente pero férrea- que nos une y vincula más allá de nuestros miedos, de nuestras pequeñeces, de nuestros temores. Porque esa cuerda, firme en nuestras cinturas, es la del sexo, la de complicidad, la de un amor que crece en esos errores donde yo no encuentro motivos para perdonarme y tú, sin embargo, sí encuentras nuevos motivos para quererme.

Tengo todavía mucho que aprender de ti en este camino que es nuestra vida juntos. Tal vez incluso me desate de la roca y cambie a Prometeo por Ganimedes. Mejor poner copas a los dioses que insistir, obstinado, en robarles el fuego. Con el nuestro, me sobra.

1 comentario:

Naxo dijo...

A mí no me gusta mucho esa gente que te formula una tesis de cualquier cosa (como por ejemplo: "tú bebes en tubo porque te gustan las pollas" En fin... jajaja), pero he de decir que con la tesis de los padres liberales estoy de acuerdo. A mí desde pequeño me han dado libertad (quizás porque no he dado motivos para lo contrario) y creo que a raiz de eso he sido siempre tan crítico y responsable de mis actos.
Y en cuanto a los errores... Pues de todos se puede sacar algo, y además no hay nada más bello que la comprensión por parte de la pareja ...
Vaya comment más tocho!
Un besito ;)