18.7.06

Icaro y Newton

El mar en calma. Con el oleaje exhausto y la arena sedienta de nuevos soles. El mar de este ahora que se empieza a dibujar aunque para ello deba arrastrar y tragarse las rocas que aún bloquean su respiración.

El tiempo detenido tuvo efecto de ida y vuelta -como las olas- y lo que empezó siendo desazón y angustia acabó siendo desidia y despersonalización. El mar tiene esa capacidad del olvido, de tormenta, de vendaval que todo lo arrasa.

Sin los huecos de las palabras no dichas -de los labios no entregados- no habría redimensionado, una vez más -vez tras vez, mar tras mar-, lo que ya parecía redimensionado hasta el agotamiento. Pero la certeza del imposible en medio de la necesidad -que surgió en mí repentina y vehemente- ha transformado por sí sola el contorno de esa playa en la que ahora vuelvo a escribir mi nombre sin titubear tanto en su trazo.

Y no es que el mar me devuelva aún el reflejo de mí que más me gusta ni el canto de sirenas que más me emociona. El mar, de repente y sin ayuda, no puede hacer solo según que cosas. Por eso ahora me siento junto a él y remuevo la arena hasta construir acantilados y horizontes en los que deslizarnos juntos sin que el sol derrita nuestras alas de Ícaro. Alas de caída segura y de remontada incierta. Alas de Ícaro para ser siempre Fénix. Y es que la de la gravedad -vertical e implacable- es la más mitológica de las leyes físicas.

5 comentarios:

NaT dijo...

El mar te lo da y el mar te lo quita... él defiende lo suyo con su templanza, con sus arrebatos y sus vuelos a veces son incontenibles.
Va hoy un rezo (aún siendo atea) para la isla de Java.

Y un beso, de cine, para ti

Mart-ini dijo...

Estamos tristones ¿eh?

Un besote y mucha compañía

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