20.7.06

Stellaaaaaaaaa!

El grito que cierra Un tranvía llamado deseo es uno de los estertores más rotundamente hirientes de la historia del cine. Un resumen no verbal -las letras se deshacen en la garganta de Brando mientras llama a su mujer a voz en grito- de una de las obras inmortales que nos dejó el cine de Elia Kazan y la inteligencia de Tenesse Williams.

Este fin de semana, gracias a su reciente regreso vía dvd, volví a verles. Y allí estaban. Blanche Dubois -con su nombre de princesa de cuento, Blanca del Bosque- y su necesidad de una amabilidad -amable, dícese de lo que es susceptible de ser amado- que no llega en un entorno de brutalidad, incomprensión y pasado que se pliega sobre sí mismo.

Stanley Kowalski -con esa camiseta icono pegada a una musculatura exultante en su definición, perfectamente sudada y encuadrada por la cámara- y su forma de humillar sin que podamos acabar de odiarle porque en su primitivismo conecta con instintos y emociones de las que soterramos en la vida diaria.

Stella Dubois -con ese amor fraternal que tiene algo de celos, algo de admiración, algo de idolatría, algo de postración, algo de amargura y de hasta de resentimiento- y su entrega a un hombre que la destroza mientras se aman, porque ninguno de los dos sabe amarse -con o sin camiseta- de otra manera que no sea hiriéndose hasta la extenuación.

El guión de este tranvía está lleno de momentos sublimes, excepcionales, únicos. De un deseo pegajoso que hace de la casa de Kowalski y Stella un antro claustrofóbico donde Blanche instala sus ropas de falsa princesa, sus joyas de plástico, sus estolas y bufandas de admiradores que nunca fueron tales y, sobre todo, el farolillo de papel con el que disimula la desnudez de una bombilla en un intento desesperado de dar cabida a la fantasía en un hogar deprimido por la dureza -alcoholizada y empobrecida- de la realidad en la periferia obrera.

Entre sus escenas, momentos tan turbadores como los encuentros entre Blanche y Kowalski o, sobre todo, la aparición del mensajero joven, casi adolescente, a quien la decrépita Blanche rogará, suplicará, robará un beso. ¿Por qué no ha de arrastrarse si su deseo así se lo exige? ¿Por qué la vida ha de verse en su desnuda fealdad en vez de camuflar sus aristas con farolillos de papel? Solo intento hacer la vida más hermosa, solloza en una ocasión mientras un hombre la humilla (una vez más) por no ser tan joven como se pretende, ni tan delicada como se finge, ni tan princesa como se sueña y, sobre todo, por ser mucho más sexual de lo que una mujer debería ser según su mentalidad obsoleta y ridícula de macho herido.

El grito final, el Stellaaaaaaa! desgarrado de Kowalski al pie de la escalera resume la dureza de una película que conmueve, que estremece, que excita y duele a partes iguales. Una película tan brutal como el sexo, tan sudorosa como la camiseta de Marlon Branco y tan intensa -en su esencia teatral- como la vida misma.

6 comentarios:

Mart-ini dijo...

aunque no te lo creas, no la he visto... así que me la apunto pa'verla ahora que tengo taaaaaaaaaaaaaaaaaaaanto tiempo libre

El Calentito dijo...

Me Gustó mucho la peli!! Últimamente me apasiona el cine clásico!!

NaT dijo...

Joe... me han entrado ganas de verla y todo... ya lo hice en su día y no sé si es que a mi Brando no me ha gustado nunca o era una peli demasiado complicada para mi tierna edad en ese momento.
Tendremos que visionarla de nuevo.

Besos... de cine, claro

Cinephilus dijo...

Totalmente de acuerdo con El calentón, os aconsejo, Nat y Mart-ini, que la veaís. Es absolutamente recomendable...
Por no hablar de otras obras maestras basadas en textos del mismo autor, como La noche de la iguana o La gata sobre el tejado de zinc, brevemente en estas pantallas ;-)
Besos y buen fin de semana!!!

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