8.8.06

Cuando fui cantante...


El de arriba soy yo. Sí, ese que está tocando la guitarra. Ahí tengo tres años y canto con emoción un tema de los Pecos que, por aquel entonces, eran mis favoritos (para que luego digan que lo de ser gay no es genético). Aún guardo casettes -objetos que hoy ya son reliquias- grabadas por mi tía donde se atestigua mi chorro de voz infantil digno del mismísimo Eurojunior.

El de abajo también soy yo. Sí, ese que está con dos adolescentes -mis primos- en remojo. Ahí tengo veintinueve años y trato de sobrellevar lo mejor posible el calor jiennense del pasado fin de semana.

En realidad, entre ambas fotos lo único que ha pasado ha sido el tiempo. Que no es poco. Veintiséis años entre ambas, veintiséis años que sería difícil resumir en fotografías, porque la vida da para mucho y yo, que soy más bien intenso, la exprimo hasta donde se deja. O incluso hasta donde no se deja... El caso es que la exprimo.

Esta noche, después de una tarde absolutamente deliciosa con dos amigos a los que adoro -y ellos lo saben-, he sentido la tentación de sumergirme en otros años -en otros recuerdos- a golpe de instantánea. Y lo mejor ha sido que, pese a la nostalgia de los que no están, de los que se fueron de un modo u otro, de las pérdidas que la vida trae siempre consigo, no he podido reprimir una alegría traviesa y rotunda al comprobar que, a pesar de los años y las fotos, sigo siendo el mismo que cantaba a los Pecos mientras mi tía me grababa en un radiocasette que hoy sería una antigualla.

No he cambiado mucho -mis muñecos, mi videoteca llena de clásicos de animación y mi pasión por el chocolate dan fe de ello- y quizá por eso me ilusiona eso de empezar a ejercer de profe en septiembre, eso de comenzar un nuevo camino rodeado de adolescentes tan perdidos y tan curiosos como mis primos, eso de ser adulto entre chavales que tienen tanto que aportar y que ofrecer.

Sí, supongo que algo de adulto hay en mí -en el yo que paga las facturas, que revisa la nómina o que cede el asiento en el autobús-, pero el niño revoltoso -el que pone los pies en el asiento justo antes de cederlo, el que se resiste a fregar los platos, el que no se prohíbe ni un solo capricho, el que hace fotos sin permiso a los chicos que le gustan y que ve por la calle- sigue ganando en mí. Por eso, cuando menos me lo espero, me sorprendo tarareando horrores como Acordes o, si el ataque peterpanesco es agudo, canciones aún peores. Pero eso, ni siquiera en un blog como éste, es confesable.

7 comentarios:

dreambear dijo...

Definitivamente es muy interesante hacer memoria de los recuerdos de infancia y adolescencia, aunque debo reconocer que eso a mi me pone un tanto melancólico.
Besos...

Cinephilus dijo...

Sí, dreambear, me temo que la melancolía es inevitable; además de que, en mi caso, es uno de mis estados naturales... Aún así, soy incapaz de renunciar a bucear en los recuerdos. Su presencia -incluso cuando me araña con la nostalgia- me equilibra.
Besos de cine ;-)

Mart-ini dijo...

Nostagia...

Y oye ¿Qué es eso de meterte con el calor insufrible de Jaén que hace que yo no pegue ojo por la noche, eh?

jajajajajajaja

Cinephilus dijo...

Jajaja... No lo hacía con mala intención, Mart-ini. A partir de ahora, solo hablaré del fresco jiennense, jajaja... Besos

J. H. dijo...

Qué majillo en la foto de niño!!

Aunque nos hagamos mayores, siempre es bueno que mantengamos intacta parte de nuestra inocencia.

inquilino dijo...

Je je, veo que ya eras guapetón de peque.
Mimitos ;-)

khayo dijo...

buenas buenas , aqui aterrizando desde venezuela gracias por tu visita ....

desde mi blog un enorme abrazo de saludo y cordialmente bienvenido cuando guste regresar.. pa lante alla tenemos siempre algo de todo...

xpresateeeee... kon kosho