29.9.06

Mitos de ida y vuelta

Ante una actualidad tan trepidante como la que nos rodea me resulta especialmente complejo abordar el inicio de este post. ¿Con qué tema empezar? ¿Con la autocensura operística en Alemania por motivos de profilaxis mahometana? ¿Con la confirmación del romance entre Cristiano Ronaldo -mi mito caído del mes- y la musa de la telebasura, NuriaBer? ¿Con el nacimiento del nuevo retoño-florero-mantenido-reinante de Letizia & Cia? ¿Con el cabreo del retrógrado de Peñafiel por dicho nacimiento? ¿O con el hundimiento -menos mal- de la teleserie perpetrada con alevosía y nocturnidad por Ana Obregón?

Fascinantes asuntos, desde luego, que van desde la mutilación de la libertad de expresión (lo siento, pero me parece tan terrible esa inquisición islamista como la cristiana: no a los fanatismos de la clase y credo que sean) hasta la mutilación del buen gusto y el sentido común (que consiste en dejar que Ana Obregón escriba y dirija una fantasía erótica suya de tropecientos capítulos y tropecientos miles de euros de despilfarrado presupuesto).

Semana, sin duda, de mediocridad informativa. Por no hablar del boom del periodismo retroactivo, que consiste en indagar en el pasado de personajes -vivos, muertos o criogenizados- para dar como titulares de actualidad con quién durmieron o se acostaron hace lustros. Entre los personajes más aclamados por esta contemporaneidad flashbackiana, se encuentran Rocío Jurado, Carmina Ordóñez y Paquirri que, gracias a esta nueva técnica informativa, están hoy más vivos que nunca, igualitos al Cid cuando paseaban su cadáver para asustar a los enemigos... Lo malo es que de tanto verlos, uno ya no sabe si están aquí también y nosotros somos el homólogo de Bruce Willis en El sexto sentido...

Siguiendo con el cine -que alguna que otra alegría, como La noche de los girasoles, nos está dando la producción española en estos dos últimos meses-, hemos de anunciar el estreno de La distancia, una de esas películas que, cuando menos, prometen carne. Y de la mejor calidad. Como es de suponer en este blog, el término carne equivale aquí a sexo (que es de lo que en realidad vive el hombre, al menos, de lo que vivo yo como ejemplar de hombre). La carne en cuestión pertenece a Miguel Ángel Silvestre, un joven actor de errática trayectoria que, sin embargo, posee el mejor cuerpo del cine español (lástima que el cuerpo no sea tan errático como la trayectoria, porque en mi cama sería recibido con los brazos abiertos). Ya exhibió generosamente sus atributos en Motivos personales, aquel folletín donde Lydia Bosch gritaba, lloraba y corría mucho sin que ninguno entendiésemos por qué y en el que jamás nadie ha sido capaz de explicar el final de semejante tontería. Sin embargo, las escenas de Miguel Ángel desnudo en la ducha, Miguel Ángel desnudo en la cama, Miguel Ángel desnudo en el salón y Miguel Ángel desnudo en la terraza no solo permitieron a Tele5 ahorrar una barbaridad en vestuario, sino que también hicieron que yo mismo devorase con avidez toda la primera temporada con el Pause bien a mano para contar, uno a uno, sus pronunciados abdominales. En La distancia, su papel es igualmente agradecido, ya que interpreta a un boxeador, así que su torso aparece con tanta frecuencia como antaño, compensando así las carencias interpretativas de su partenaire, Jose Coronado (sí, sí, el del yogur-laxante).

Por si no fuera suficiente, junto con los pectorales de Silvestre, nos llegan las espaldas -limpias, amplias y morbosamente intelectualizadas- de Juan Diego Botto -otro de trayectoria errática con más bajos que altos- en la que promete ser una de las películas españolas del otoño, Vete de mí. Al parecer, trata el tema de las generaciones enfrentadas y, básicamente, el resto de temas de los que siempre se habla en el cine español, que otra cosa no será, pero original, tampoco. La diferencia estriba en que, en esta ocasión, incluso parece que lo que se dice está bien escrito y los actores, para variar, hasta vocalizan...

Para acabar también con cine, pasamos de la peli de terror islámica antimozartiana y de la peli de gore nuriabermudense a otro guiño erótico-nostálgico... Matt Dillon. Y es que el actor ha sido este año galardonado con un premio honorífico en San Sebastián. Resulta gratificante ver que los festivales serios no solo premian directores-coñazo iraníes y actores asiáticos desconocidos de esos que protagonizan películas estacionales (primavera en el estanque, otoño en las cerezas, invierno en el nenúfar, verano en la casa del té reluciente), sino que también se acuerdan de actores menores que, pese a su tendencia a engordar cuando no deben (ay, Matt, que te nos pierdes a ratos), siguen guardando algo de la esencia de estrellas de otras generaciones. Tal vez no sea el mejor, pero me cae simpático. Y tanto su Singles como su Beautiful girls, siguen siendo -a pesar del tiempo- dos de mis películas de culto favoritas. Ahora que la Bermúdez me ha derribado un mito en camiseta, no está mal poder fundar uno nuevo embutido en su esmoquin. Lo siento, Cristiano Ronaldo, hoy me quedo con Matt.

27.9.06

Amazing


Es uno de los grandes. Lo sabe y lo demuestra. Ayer, ante un público que rozaba el delirio (también rozábamos el récord de población gay en espacio cerrado), George lo hizo de nuevo.

Elegante, sensual y profundamente atractivo salió a escena dispuesto a desplegar un repertorio impecable, donde se alternaban baladas que cortaban la respiración con auténticas explosiones de baile, euforia y mala leche política (inenarrable el momento de Shoot the dog, con un Bush de goma gigante al que un bull-dog le hacía una aterradora felación...)


Reivindicación que no necesitó ser explícita ni aburrida para hacerse evidente, como el grito al unísono de ese Outside en el que todos cantábamos -gritábamos- un sí rotundo a la visibilidad. Y no solo a la visibilidad gay (allí, aunque solo fuera por números, éramos difícilmente obviables... por no hablar de ciertos especímenes que hubieran merecido toda mi atención si el escenario no se la robase a sus camisetas ajustadas, sus biceps abultados y sus miradas lascivas...), sino a cualquiera de ellas. Ser visible, ser real, ser tangible. Existir, en definitiva.

Imposible, al menos en mi caso, elegir un momento. Una canción. Solo el dolor de piernas al llegar a casa tras bailar frenéticamente dos horas y media llenas de buena música, de buena puesta en escena de un trabajo coral absolutamente milimetrado, estudiado, programado. Un espectáculo donde el artista se reinventaba una vez más, como lo ha hecho en estos 25 años. Capaz de reírse hasta de sí mismo en un revival de su Faith (cuántas carpetas forré con esa imagen suya...) que algo tenía de autoparódico. Me gusta, no lo puedo evitar, la gente que no reniega de sí misma. Que asume sus cambios, su evolución, como una suma de identidades siempre abierta. Él no renegaba de haber sido Wham (cómo sonaron algunos de sus temas) ni de haber protagonizado la etapa más macarra del pop para adolescentes. También estaban ahí esos otros George Michael, junto con el viril madurito y sus tres cambios de vestuario, a cual mejor...

Y en la noche, además, dos compañeros excepcionales. Dos piratas nocturnos como yo, que son -ellos lo saben- parte de lo mejor de mí. Que me ayudan a ser. A reinventarme. En mi cabeza y en mi corazón, lo admito, solo una ausencia... Así que cogí el móvil y, como el quinceañero que soy, dejé que sonara la música en mi teléfono para que llegara, bulliciosa y febril, a Barcelona... Allí sé que llegó con la fuerza con la que se la enviaba a esa persona a la que tanto extraño y que es, sin duda, la más amazing -como cantaGeorge- que yo conozco... Mi hermano. Y, por cierto, desde esta misma mañana y tras haber aprobado la última asignatura que le quedaba, ya es todo un ingeniero. Hay noches excepcionales que preceden, sin avisar, a días donde continuar con esa misma euforia... Brindo por ti, brother. A ritmo de George.

26.9.06

Épica, Tarantino y palomitas

Basta con algo de ganas, un poco de originalidad y, sobre todo, mucho trabajo.
Es mi primer año dando Lengua y Literatura, así que todo es nuevo y no cuento con material previo. Ni con prejuicios. Eso supone muchas horas buscando maneras de dar la clase pero, también, mucha motivación.
Lo mejor, sin duda, comprobar que los chavales no han oído hablar de la literatura como algo próximo o interesante. Cuando citan libros que les gustan lo hacen con miedo, porque están habituados a que les digan que eso no es literatura, a que les tachen de analfabetos porque prefieren a Tolkien o a Grisham. Ni siquiera estos dos autores son comparables entre sí, pero cualquiera de ellos -incluso el peor posible- es una puerta abierta a la lectura. Una forma de ir llevándoles, si se dejan, al terreno de la palabra.
No todos lo consiguen, pero si se renuncia a la utopía, la educación deja de tener sentido. Y en el caso de la Literatura, no podemos olvidar que ellos tienen otra formación, otras vivencias, otro bagaje. Hoy, en clase, conseguía que se interesaran por los nibelungos -incluso me pidieron un fragmento- gracias a Aragorn y Gandalf o que les provocara curiosidad el mio Cid comparando sus gestas hiperbólicas contra los árabes con los combates de Kill Bill. No es ortodoxo, supongo, pero su mundo debe formar parte de su educación, porque si se prescinde de eso, la Literatura se convierte en algo ajeno a ellos que solo estudiarán para aprobar, jamás como fuente de placer. De pensamiento crítico.
Y mañana, para hablar de la épica, una película sensiblera y adolescente, un refrito de leyendas germánicas pasado por el turmix de Wagner y la estética del director de Moulin Rouge que se llama Tristan + Isolda. Han sido horas de visionado tras visionado para analizarla, sacarle el jugo y buscar actividades que me permitan convertir la sesión cinéfila en una auténtica clase de literatura. Pero compensa. Vaya si compensa...
Más de uno, de nuevo, me tacharía de hereje, pero analizar la figura del héroe épico, de los temas de los cantares de gesta y el papel de la mujer a través de un filme así me asegura que, al menos algunos de ellos, lo entenderán y verán como algo que sigue teniendo validez y actualidad. Porque, en realidad, todos seguimos librando batallas para hacernos con la persona amada. Con la libertad que no tenemos. O con el reino -íntimo y privado- que deseamos conquistar.
Yo, por lo menos, estoy en ello.

24.9.06

Estrechos

Hay muchos tipos de estrechos diferentes. Estrechos marítimos donde se ahogan las esperanzas o el pasado, donde se arriba para no encontrar nada más que la miseria ya conocida y la marginación por conocer. Estrechos donde nos vemos desbordados porque estamos muy ocupados solucionando nimiedades que no nos inquietan en vez de atender tragedias que nos incumben.

Hay estrechos de lenguas. Estrechos incapaces de entender que el idioma es riqueza y no imposición. Estrechos que se escandalizan porque una mujer hable castellano en el pregón de unas fiestas municipales. Estrechos que han olvidado que Barcelona es una de nuestras ciudades más abiertas, más de vanguardia, más interculturales, más eternas. Estrechos que no tienen ni idea de que es el pueblo quien elige sus lenguas y las combina -eso es el bilingüismo- sin que cuatro políticos provincianos y oscurantistas les nieguen su posibilidad de ser como quieran. O estrechos que aprovechan la coyuntura para retomar su cantinela nacionalista -de uno u otro lado- tan cerrada y minúscula. Tan ciega y tan vacía. Tan lejos de la riqueza de la mezcla. De lo múltiple.

Hay estrechos en la cama. Como la Iglesia que condena el sexo en todas sus formas salvo la procreación. La Iglesia que llama depravados a los homosexuales. La Iglesia que, como publicaba ayer El País, encubre delitos de pederastia y absuelve a sus implicados una y otra vez. La Iglesia que sigue siendo el templo podrido de El Padrino III o el zulo pedófilo de Mystic River.

Hay estrechos morales. De esos que lo juzgan todo y que se creen con derecho a dar lecciones de vida y de forma de ser. Gentes que se convierten en adalides de valores que no practican y que los demás suelen seguir como si de profetas se tratase. Estrechos que se fingen abiertos para, en realidad, no dar cuenta de su yo mezquino y huraño.

Y, cómo no, hay estrechos que no conocen el sentido del humor, que no saben darle la vuelta a la realidad para reírse de ella, para tachar con ironía sus fallos y sus líneas torcidas, para buscar algo más que el gris con el que quieren anestesiar a quienes aún pensamos.

Por eso, supongo, me gusta tanto escribir este blog. No por lo que incluyo en él, sino por lo que leo en quienes lo siguen. Porque en los enlaces que figuran en este blog descubro diariamente nuevos mundos, nuevos lenguajes, nuevos guiños de humor o de lirismo que amplían y ensanchan, sin casi darme cuenta, mi perspectiva.

20.9.06

Juegos de niños

La culpa -no podía ser de otra manera- la ha tenido Vargtimen que, con ánimo incisivo, se extrañaba de mis comentarios sobre los amores de felpa y velcro entre Epi y Blas. En su cruzada contra mis textos llenos de candor y pureza, mi admirado bloguero no ha dudado en poner en duda la existencia de algunas de las parejas gays más asentadas del mundo del cartoon, así que no he podido resistir la tentación (las tentaciones no las resisto nunca: siempre es mucho mejor revolcarse en ellas) y he decidido a comenzar un repaso de los hitos en esta historia de amores (animados) ocultos.

Empecemos por el icono de todas ellas. Esos dos muñequitos bicolor y su extraña convivencia marital en un mismo dormitorio donde siempre aparecían, episodio tras episodio, con la luz apagada. ¿Alguien sabe por qué Epi insistía tanto en su necesidad de agua? ¿Nunca os habéis preguntado qué pintaba el patito en aquella historia? ¿Alguien les ha visto acostarse o levantarse alguna vez con muñeca de felpa alguna? ¿Hay quien pueda explicar por qué Epi susurraba sensualmente como si fuera el operador de una línea caliente? La respuesta es obvia, así que, aunque esto suponga un duro golpe (comparable a cuando descubrimos que Leticia Sabater no era rubia natural) no nos queda más remedio que asumirlo. A fin de cuentas, en la versión española, vivían en el mismo barrio que un erizo rosa, un ser marrón no identificado (¿qué coño era don Pimpón?) y un panadero con más pluma que barras de pan.

Pero la historia de amores ocultos no acaba en esta singular pareja. Tambíen tenemos que hacer alusión al mundo del fútbol, donde ya que no podemos hacérnoslo con Figo, siempre nos quedará la pasión atormentada de Oliver y Benji. Al lado de estos dos mocetones -esos que jugaban un partido en 789 episodios y que tiraban un penalti en una semana-, las tragedias de Candy Candy son pecata minuta. La tal Candy era una tía aguerrida y durísima comparada con los llantos que se traen estos dos muchachos cada vez que alguien se les atraviesa en el campo de juego y, curiosamente, lo que más se les atraviesa es un alemán llamado Marc Lenders, rubiales y guapo, con el que no saben si darse de leches por culpa de los celos o montarse un trío directamente.

Casi tan animado como el mundo del fútbol, hemos descubierto que se encuentra el mundo del mar, donde vive una esponja (casi mejor me quedo con don Pimpón) llamada Bob, que viste boxers ajustados y que tiene un íntimo amigo con el que vive todas sus aventuras (y cuando digo todas quiero decir t-o-d-a-s=). La televisión inglesa, alarmada ante tamaño escándalo (es evidente que nunca habían visto una esponja), estuvo a punto de cancelar la emisión de Bob, ya que la iglesia insistió en que se trataba de un personaje gay, como evidenciaba su gusto por la ropa interior masculina (y esto es absolutamente literal). El escándalo (que en España conocimos gracias a portadas de prestigiosos medios como La Razón, mientras regalaba vajillas de loza y churros para desayunar) rozó las proporciones de la polémica con el teletubbie malva, que también fue tachado de gay por la iglesia británica. Según los curas (tan preocupados por sacar gays del armario a patadas para tirárselos después, supongo) ser malva y llevar un bolso convertían al pobre personaje en un homosexual redomado. Ambos actos de outing hicieron que los miembros de la comunidad gay, que en ese momento estábamos ociosos y desocupados esperando el siguiente single de Mónica Naranjo, convirtiéramos en iconos durante unos meses a ambos personajes.

Por último, no podemos cerrar este primer repaso a la historia gay de los dibujos animados sin dos clásicos del tío Walt. En primer lugar, tenemos al transexual Flor, esa mofeta supuestamente macho que, tras ser confundida por Bambi (el ciervo medio lelo amigo del conejo pedante) con una planta, decide que quiere que lo llamen Flor. Hasta Priscilla, reina del desierto, la gran pantalla no nos ofreció un tratamiento tan candente de la realidad drag. Y, como colofón, el segundo momentazo Disney, esta vez , en versión Pixar. Y es que a nadie se le escapa la relación absolutamente homoerótica entre el vaquerito Woody y el astronauta Buzz. Basta echar un vistazo a los celos que sufren ambos en Toy Story 2 y a la presencia clarificadora de las dos mariliendres oficiales en cada una de las dos películas: la pastorcita y la vaquera, que pintan lo mismo que la gata Taylor sobre el tejado de zinc caliente donde su marido se lo montaba con su compañero el deportista. Si a eso le sumamos la emoción de Woody y de Buzz al verse en el almacén de las Barbies (donde seguro que mangaron alguno de los complementos de maquillaje y vestuario) obtenemos su verdadera identidad.

Para ilustrar esta interesante exposición (la calificaría de ensayo, pero ni siquiera yo soy tan pedante como Elvira Lindo), cuelgo un documento audiovisual que no deja lugar a dudas. Los culpables de este testimonio son, como de tantos otros males necesarios, los creadores de esa excelente serie llamada Padre de familia. Menos mal que, a pesar de que Julio Iglesias vuelva a sacar un disco esta semana, nos sigue quedando la televisión inteligente para consolarnos. Lástima que Julio no se quedara dentro de la Caja de Pandora (dijeron que iban a salir todos los males y, en efecto, tenían razón).

18.9.06

Absolut...amente masculino


Este fin de semana, además de haberme convertido en la versión humana de una botella de Absolut (cambiando el cristal de la botella por mi cuerpo escultural), también me he dedicado a la lectura. Mi última decepción literaria fue esa simpleza burda y facilona de Vargas Llosa (pese a ello sigue siendo uno de mis narradores de cabecera) titulada Travesuras de la niña mala, donde la niña -que no sé si es mala o no, la verdad- sí que se comporta como uno de los personajes más antipáticos y vacíos que recuerdo. Lo mejor es asistir al rosario de lugares comunes, tópicos y muletillas que usa su autor para hacer lirismo de andar por casa (¿por qué tanta gente piensa que lo poético es enrevesado, vacuo, culturalista y cursi?) y cobrar el generoso anticipo de su editorial, que suponemos ha sido su único aliciente para construir semejante bodrio (no, no es tan terrible como algo de Espido Freire, pero se acerca). Teniendo en cuenta esta desilusión post-literaria, he decido refugiar mi ocio en el apasionante mundo de las revistas masculinas que, la verdad, me han llegado muy hondo a ese corazoncito hetero que no sabía que guardaba en mi interior.

Hace algunos posts se debatía -con argumentos variados y todos interesantes- sobre la conveniencia de usar los adjetivos femenino y gay para calificar ciertas formas de expresión cultural o artística. En el caso de la prensa masculina el adjetivo no sé si se discute con idéntica frecuencia, pero resulta, cuando menos, chocante. Y es que el objeto de mi lectura ha sido la fascinante DT, que en un alarde de metrosexualidad galopante ha cambiado a la maciza de turno de todas las portadas por la imagen de Matt Damon (a la sazón, icono gay en ciertos ambientes). Por si fuera poco, la revista está llena de reportajes sospechosamente homoeróticos, como el posado de no sé cuántos futbolistas descalzos y potencialmente guapos con modelos ajustaditos y otoñales. Su título, de lo más machote en apariencia y de lo más equívoco en consonancia con las imágenes: Nos gusta el fútbol. Sí, desde luego, ese fútbol (Cannavaro, Figo y compañía) nos gusta cantidad. Personalmente, me he sentido de lo más hetero al compartir con los demás lectores de DT su interés por semejantes muchachos.

Problemas de orientación aparte (¿necesitan nuevos mercados en DT? ¿se han drogado los editores antes de lanzar este número? ¿es en realidad una edición camuflada de la revista Zero?), el reportaje que más me ha interesado es el que aborda la identidad de toda una generación de hombres distribuyéndonos en tres grupos distintos: los singles, los dinkies y los lat. No, no se trata de nuevas especies de teletubbies, sino de tres etiquetas que esos seres ociosos llamados sociólogos (¿no dice nada el Apocalipsis sobre su advenimiento en la tierra?) se han inventado en medio de uno de sus arrebatos de inspiración. El single es el soltero de toda la vida (ahí los sociólogos se limitaron al calco semántico, una pena), el dinkie es el joven que quiere chica pero no quiere niños (su nombre es un acrónimo de doble income no kids: ahí los sociólogos ya empezaban a coger inspiración) y el lat es el que quiere chica pero la prefiere viviendo en otra casa mientras él hace vida de soltero en su apartamento (living apart together, fue lo que -ya ebrios del todo- dijeron los sociólogos en cuestión).

Desde la apasionante lectura de este reportaje no salgo del mar de dudas en el que me hallo, ya que no sé si, por mi situación, soy un dinkie o un lat. Menos mal que Gran Hermano arrancó con vitalidad y vulgaridad renovadas para salvarme de mis cuitas y aportarme momentos de distracción en los que olvidar tamaño dilema metafísico. Supongo, en el fondo, que soy un dinkie y, además, un dinkie absolutamente vocacional. Creo que mi escueta necesidad de paternidad se va a ver saciada por los adolescentes que, desde mañana, aguardarán con los brazos y cuadernos abiertos ansiosos de sabiduría... De todos modos, dinkies, singles y lats aparte, este fin de semana la etiqueta que más se ha ajustado a mi personalidad ha sido la del Absolut así que, puestos a ser algo, yo debo de ser vodka. O, como dirían los sociólogos y la DT, un vodkie.

15.9.06

Significado ocasional

Intuyes que vamos a encontrarnos. No me mandas un mensaje para corrobarlo, ni siquiera me dices Carlos, nos vemos allí. En realidad, tu intuición tampoco tiene mucho mérito y, en cierto modo, hasta responde a una base científica. A fin de cuentas, las noches son un buen laboratorio para según qué experimentos.

Cuentas con que coincidiremos donde siempre. El nuestro -en todo caso- es un siempre fluctuante, de fines de semana esporádicos, de madrugadas huidizas. No se repite con asiduidad, pero sí con cierta obcecación. Los intervalos hacen que el juego tenga más interés, que el ratón sea algo más felino y el gato, algo más apocado. Según el humor, invertimos los roles. O según el alcohol.

La ceremonia de seducción varía. Oscila. Incluso se mantiene idéntica a sí misma. Tampoco hay leyes para eso. En el fondo, el hallazgo es lo que cuenta. La casualidad. Y de la euforia que provoca el azar se deduce el resto de las hipótesis. Las hipótesis ocurren en tu cama, que es más amplia y más silenciosa, porque hacer el amor en mi bajo de Lavapiés, con las ventanas abiertas y la gente pasando, te parece algo incómodo. Me intimidan los ruidos, Carlos. Aunque esos ruidos, a veces, te despierten algo de curiosidad y hasta te guste sentirte mirado. El arrebato voyeurista (o exhibicionista) depende, también. Como todo en nuestra peculiar forma de entender el significado del adverbio siempre.

No sé por qué, pero hoy estoy de acuerdo contigo. Esta noche, la probabilidad del siempre juega a nuestro favor.

Insomnio ochentero

No es que tenga grandes motivos para ello -los habituales, quizá- pero hay noches en las que el insomnio se sobrelleva con más dificultad o, peor aún, se llena -sin previo aviso- de pesadillas inútiles que ya creía superadas. Debe ser que en algún lugar continúan los mismos miedos o las mismas preguntas de hace años, y es que la supuesta madurez que nos da la edad no nos sirve para vencer los miedos, tan solo nos enseña dónde y cómo ubicarlos.

Hoy es una de esas noches de sombras con malas intenciones, de lugares comunes que parecen dejar de serlo y que eligen nombres propios para hacerse presentes. Que los miedos elijan nombre es toda una putada, porque les vuelve humanos y hasta les confiere identidad. Así que, con una ingenuidad pasmosa, decido conjurar su existencia con trucos simplones aprendidos de cierto programa televisivo de mi infancia. Tal vez la nostalgia sea una solución fácil -más barata, en todo caso, que atiborrarse de somníferos-, pero cuando me jode tener miedo suelo sacarle brillo a esa desgastada bola de cristal que encerraba todo el ideario de una época. Esta época, la de ahora mismo, me gusta un poco menos. Quizá porque me ha pillado adulto y por eso -por un simple matiz contextual- me resulta imposible mitificarla.

14.9.06

Queer as... who?

Bueno, vayamos por partes. En primer lugar, soy adicto a la serie. Sí, pero también soy adicto a GH, a Supermodelos y a OT, así que eso no dice gran cosa a mi favor. Ni a favor de la serie.

En segundo lugar, soy gay. Sí, pero me identifico más con algunos personajes y de guiones de Mujeres desesperadas, de Nip/Tuck o de Anatomía de Grey que con los diálogos de Queer as folk. De nuevo, seguimos en tablas.

En tercer lugar, sí, es una serie valiente y con imágenes de sexo explícito. Pero si pasamos por alto el hecho de la novedad homosexual, son más agresivas y novedosas las imágenes de Nip/Tuck o más corrosivos los diálogos de House. Si no fuera por la presencia del cuero y alguna que otra bajada al cuarto oscuro, no sería más provocadora que el sexo higiénico y limpito de Melrose Place.

En fin, que pese a mi adhesión catódica, no puedo negar que ando más que cansado y decepcionado de la supuesta serie estrella de Cuatro y del icono televisivo gay del nuevo milenio. Icono que, por cierto, ya se emitía hace unos añitos en el resto de Europa mientras nosotros teníamos como máximo referente multicultural el inmenso culo de Boris Izaguirre en las noches Tele5 (menos mal que en Channel nº4 ya no le dejan despelotarse: todo un detalle).

Tal vez lo más decepcionante de esta serie sea que desaprovecha, uno por uno, todos sus posibles caminos inteligentes. Plantea temas como el acoso laboral o la discriminación para darle soluciones folletinescas o, directamente, inverosímiles, como los episodios en los que la loca más loca de la serie decide ser hetero e ingresar en una secta (tras vender su servilleta firmada por Barbra Streissand).

Para colmo, los personajes no han dejado de ser estereotipos en ningún momento. Es lógico que comiencen siéndolo, para que el público los ubique, pero una buena serie sabe llenarlos de detalles y humanizarlos capítulo a capítulo. Aquí, seguimos teniendo al agresivo y buenorro Brian -que, en el fondo, tiene buen corazón y es un tío estupendo aunque vaya de vuelta de todo: como Mr. Scrooge, pero en cachas-, al pánfilo de Michael -que de puro bueno da grima el muchacho-, al madurito del novio de Michael -que tampoco acierta ni una y comete todos los errores que un hombre, a su edad, sabría sortear con bastante más soltura-, al negado de Ted -que hace de feo, va de feo, viste de feo y, sorpresa, también es feo-, a la loca de su amigo Emmet -que hace de loca y punto: para qué darle más historia personal, si con la pluma le basta y le sobra-, al rubiales pesadísimo pero brillante -un adolescente insufrible que me provoca alergia- y, como remate final, a la madre enrollada, moderna, humilde pero supercomprensiva que representa a unos padres que no existen (afortunadamente) en el mundo real. También aparece una pareja aburridísima de dos lesbianas que se quieren, tienen un niño y se dejan de querer, que luego se quieren otra vez y que, de puro blanditas y ñoñas, hacen que el matrimonio protagonista de Los problemas crecen (aquella de Kirk Cameron) parezca una durísima pareja adicta al sado.

Y ahí se acaba la novedad de la serie, que estriba en que sus protagonistas son gays y hablan de hombres (constantemente). Solo salen por una calle, solo acuden a una discoteca y solo piensan en una cosa. Cenan y comen en el mismo bar y supongo que el rodaje, con tanta variedad, debe salirlesa los productores de lo más baratito.

En el fondo, su guión tiene la misma profundidad que los de la añorada Al salir de clase (¿para cuándo el director's cut en dvd?), así que es igualmente consumible y disfrutable, sobre todo por lo previsible de las situaciones que, de puro inverosímil, son francamente obvias.

Si alguien tiene ganas de ver una historia gay sin tanta melaza, tanto tópico y tanto culebrón, siempre puede optar por pequeñas pelis juveniles de buena factura (Tormenta de verano, La verdadera naturaleza del amor), joyas europeas (Los juncos salvajes, Mi hermosa lavandería) o clásicos recién natos (Brobeback mountain, El tiempo que queda). Tal vez contengan menos desnudos y menos diálogos manidos, pero hablan de deseo, pasión, miedo, intolerancia, dependencia, necesidad, soledad e incomprensión, justo de todo lo que en esta serie queda fuera de cámara.

12.9.06

Algunas de esas tardes

La televisión vocifera frente a mí. Estridente y vacía, porque suelo dejar -premeditada y alevosamente- que vomite sus imágenes más prescindibles cuando no estás. En tus ausencias, la estupidez televisiva me sirve para evitar el pensamiento. Para favorecer la mente en blanco y las ideas desordenadas -y desnudas- sobre el suelo de la habitación.

Luego, cuando reacciono, suele ser el momento en el que abrir una de esas novelas que tardo mucho más en acabar cuando estás lejos (tu nombre le roba mi atención a sus páginas) o de ver alguna de esas películas de una videoteca que, no sé cómo, ocupa ya casi todo el apartamento. Hemos comprado muchas más de las que hemos podido ver juntos, pero sigue siendo un reto la posibilidad de llegar a hacerlo.

Antes del sofá y de dejar que nuestra gata salte zalamera a okupar ilegalmente tu hueco en él, suele haber unas horas de gimnasio, de supuestas endorfinas liberadas, de voyeurismo bienintencionado a los cachas oficiales del local y de músculos sudorosos que mueven máquinas sin pensar en lo que hacen para convencer a la cabeza de que tampoco piense en lo que siente. Mis músculos, pensando, son prácticamente inexistentes.

No siempre es así. Solo lo son las tardes en las que, sin venir a cuento, me vapulea la nostalgia. O la necesidad. Las tardes en las que el cuerpo se rebela porque quiere sexo. Y lo quiere contigo, así que no vale engañarlo con amantes de saldo ni baratijas al por mayor. Notaría la diferencia y el sabor sería amargo, tanto que el cuerpo abandonaría la madrugada de motel dejándose la cuenta sin pagar.

Ahora, en la cuenta atrás, la certeza de que la espera dejará de ser una parte esencial en mi vida se alza como la mejor de las fronteras que cruzaremos juntos. De momento, ya hemos demostrado que somos más fuertes -y más testarudos- que los obstáculos y los kilómetros. Así que cuando el día no hay manera de enderezarlo suelo mirar las fotos de Nueva York o las del último París y recordar que ambas ciudades -no puedo pensarlas sin asociarlas a ti- fueron cómplices de ello. Y que por mucho que siga existiendo la hórrida y provinciana Bruselas, algún día de ella no nos quedarán más que nuestros cómics de Tintín, alguna que otra postal de sus edificios art-decó y una colección inmensa de chocolate que devorar cada vez que acabemos de hacer el amor.

11.9.06

Menú cultural

Cayetano Rivera ya es torero. Hala, para que luego digan que no pasan cosas interesantes en este país. Con razón, Antena 3 abrió su telediario del sábado noche con el titular "Hoy ha sido una tarde histórica", refiriéndose a la alternativa del jovencito (no tan jovencito, pero igualmente jugoso, en todo caso). Tras esta noticia, contaron alguna que otra minucia, que si llega algún que otro cayuco, que si se habla de no sé qué tregua y no sé qué alto al fuego y que hoy se celebraba el quinto aniversario de una tragedia que cimentó, a base de dolor estúpido y brutal, el siglo XXI. Pero, obviamente, la tarde seguía siendo histórica gracias a que disfrutábamos de los hermanos Rivera juntos -que no revueltos- en todos los canales. Lástima lo del no revueltos, porque los chicos son guapetes y no estaría mal verlos en incestuosa acción a la vez. Es más, yo les cedo mi canal cuando me lo sugieran.

Siguiendo con esta densa crónica cultural, tenemos que hacernos eco del comienzo de un excelente programa en La 1, ese canal que pagamos entre todos y que sería motivo más que suficiente para negarnos a pagar Hacienda durante los próximos 3245 años. El excelente programa es un reality que se basa en el mismo principio de OT: gente que canta. En este caso, la gente no supera los quince años (deben tener ocho, nueve o diez, parece ser) y cantan lecciones como churros. El programa se llama El primero de la clase y consiste en someter a una serie de niños a un encierro -lógicamente, traumático y competitivo- para alentarles a ejercer el acoso escolar con total uso de razón y, sobre todo, de la cámara. El premio no sabemos en qué consistirá, pero la mecánica del concurso promete.

Por si el esquema argumental no bastase para disuadir a la pandilla de padres descerebrados de convertir a sus hijos en los futuros joselitos patrios, se ha hecho pública la identidad de uno de sus profesores: José Campos, a la sazón marido de Carmen Martínez-Bordiú, que se encargará de enseñarles Educación Física. Suponemos que gracias a sus enseñanzas aprenderán como convertirse en toneles humanos análogos a su profesor. Entretanto, su mujer bailará también en La 1, a la que solo le hace falta contratar al espectro de Franco para un reality basado en el No-Do que ahora nos regala El Mundo en su afán por sacarle brillo al pasado caudillesco (y luego dirán que Pedro J. es tendencioso...)

A la vista del colegio pro-bullying que prepara La 1, proponemos que dejen la clase de Lengua a Sofía Mazagatos, la de música a Melendi, la de arte a los matrimonios de Noche de Fiesta y la de inglés y alemán a Carrascal, para que las primera les ilumine sobre cómo combinar mal las palabras y el segundo les lea el Frankfurt Allgemeiner a modo.

Después de tan nutritivo menú cultural (súmenle las fotos de Cayetano de este domingo en ese suplemento absurdo, vacío y snob llamado EPS) , voy a tener que darme un baño de actualidad seria. Así que ahora mismo corto y cierro, porque están retransmitiendo en el telediario de Tele5 la entrevista que le ha hecho hoy la Quintana -esa mujer cuyo ordenador escribe con vida propia- a otro torero archienlasopa, Ortega Cano. Y justo después, llegará el estreno estelar de los castings de OT-6 y de las coreografías en Mira quién baila en la 1, con la Bordiú y la dell'Atte, que hace doblete con su papel en Supermodelos.

Lastrado por mi ignorancia habitual, no sé quién será el primero de la clase... Lo único que tengo claro, es que no se trata de la señora Caffarell.

10.9.06

Sin preguntas

No suelo hacer muchas preguntas y, cuando las hago, prefiero a los tíos que no las contestan. No necesito rellenar ni proponer un cuestionario previo para compartir un buen rato en la cama. Por eso, cuando empiezan con el instinto periodístico y su retahíla de lugares comunes acostumbro a moverme en dirección opuesta, avanzando o retrocediendo en la pista del local donde halla dispuesto mis redes. Salvo cuando me topo con esa estirpe de los encuestadores nocturnos -cómo te llamas, qué edad tienes, a qué te dedicas-, se me da bien cazar, tal vez porque soy práctico, porque la experiencia siempre supe aprovecharla a mi favor o porque el alcohol, en las dosis adecuadas, hace que los contornos se difuminen y las miradas se mezclen con más facilidad. Luego basta bailar mínimamente bien, moverse con cierta soltura, deslizarse hasta el rincón exacto y dejarse llevar por el azar de un encuentro casual absoluta y fervientemente premeditado.

Hay noches en las que la presa es tán hábil o más que el cazador. Hombres que se saben hacer desear y que se sitúan bajo el foco perfecto para ser descubiertos por aquel a quien eligieron unas canciones antes. Aguantan con estoicismo el consabido revival de himnos gays y fingen la pose que más les convenga para agradar a su cazador. Virilidad seca y casi agresiva esquivando el petardeo musical o connivencia plena con los megahits de la Carrá y sus secuaces para dar una imagen amaneradamente divertida. En el fondo, elijan la actitud que elijan, tan solo es un disfraz. Otra forma de disparo, solo que la suya está basada en la actuación.

A mí me pierde mi lado director, así que suelo escoger a los que hacen mejor su papel. A los más verosímiles. Por eso mi lugar es el del cazador, porque soy quien observa desde el borde del escenario, fingiendo ser uno más en la compañía pero creyéndose diferente. Incluso -ingenua y estúpidamente- superior. Entonces, el actor, que simula modestia aunque se sigue creyendo un dios, se deja seducir sabiendo que, en realidad, es él quien domina la obra. Sin su presencia en el reparto no habría función, se dice, y elige la cama, el lugar y hasta el juego erótico. Al menos, al principio.

Luego, una vez acabado el rito de la caza (cada vez pienso que cuanto más breve, mucho mejor), cada cual deja su máscara a los pies de la cama y se limita a desear -a ejercer su propio deseo- con todo el egoísmo -incluso la brutalidad- que favorece la anonimia. Quizá por eso nunca recuerdo las caras de esos cuerpos, porque mi memoria se ciñe exclusivamente a la piel, al tacto, al mordisco, a la saliva y al dolor. Todo lo demás, sobre todo si son palabras, cae rápido y certero en el olvido.

8.9.06

Cuando la política se acuerda del teatro...

Es curioso cómo un arte tan supuestamente minoritario como el teatro causa tanto revuelo. Resulta divertido observar cómo se escatiman subvenciones y ayudas, cómo se reparten mal (cuando se reparten) o cómo se omite el tema directamente y se esconde el teatro, como tantas otras disciplinas, bajo la alfombra.

Sin embargo, basta una brizna de polémica para que todo el mundo vuelva sus ojos al escenario o, más bien, al patio de butacas, y lo convierta en objeto de cambio político. El último ejemplo, las declaraciones de Pepe Rubianes y su retirada del montaje Lorca eran todos que se disponía a estrenar en el Teatro Español. Rubianes siempre ha sido un tipo follonero, de lengua fácil y viperina -quizá por eso nunca me cayó del todo bien-, que prefiere el escándalo a cualquier otro tipo de marketing más sutil. Sin embargo, su quehacer teatral tiene más luces que sombras y, en concreto, este montaje que presentaba en Madrid es, tal vez, uno de los más interesantes que íbamos a poder ver en Madrid este otoño.

Sin embargo, sus declaraciones le han costado la crítica del PP que, con todo su aparato mediático, se ha lanzado sobre sus verdaderas presas: Mario Gas, director del Teatro Español, y Alicia Moreno, responsable de Cultura en el Ayuntamiento de Madrid. El crimen de ambos personajes consiste, básicamente, en haber dado un giro a la política teatral de la Comunidad, que consistía en programar zarzuelas de bajo presupuesto, obras cómicas de medio pelo y, sobre todo, cuanto texto burdo y machista de los hermanos Quintero o del peor Jardiel encontraran.
Lamentablemente, Alicia Moreno y Mario Gas han tenido el pésimo gusto de convertir el Teatro Español en un foro para un teatro de calidad que alimenta el pensamiento crítico, consiguiendo que actúen en él compañías tan ínfimas y despreciables como la Royal Shakespeare Company, con aquel memorable montaje de Julio César con el mismísimo Ralph Fiennes a la cabeza del reparto.

Por supuesto, el PP pide la dimisión (supongo que de todos, incluso de Ralph Fiennes, que pasaba por allí pero que también debe tener la culpa de algo) y ha puesto su poderosa máquina mediática al servicio de tan noble función. Para ello, nada mejor que destinar al asunto el 99% de su programación en Telemadrid, canal que convierte al No-Do franquista en un ejemplo de imparcialidad, objetividad y saber hacer periodístico.

Es triste que una obra que habla del asesinato de Lorca y de la tragedia histórica que nos recuerda, deba ser retirada ante las amenazas a los actores y los gritos e insultos de unos cuantos exaltados que, de nuevo, recuerdan tiempos antiguos y que poco tienen del espíritu democrático que tanto pregonamos y que tanto nos sigue haciendo falta. Que las declaraciones de Rubianes eran absurdas, desde luego. Que no se dijeron en el tono adecuado, también. Que sacarlas de contexto demuestra que seguimos sin saber rebatirnos con otras técnicas que no sea el mamporro es evidente.

Ahora Mario Gas medita su dimisión de un teatro que, antes de él, ni siquiera merecía ese nombre. Con un poco de suerte, la presión de los de siempre acabará con su labor, como ya hiciera la Generalitat -otro ejemplo de estupidez cultural, como ha dicho tantas veces Els Joglars- con la labor de Flotats en Cataluña (¿cómo se puede desaprovechar a un director como él?).

El teatro, ese arte de minorías, sigue sin gozar con el apoyo económico y real de la política. Pero, afortunadamente, sí que goza de sus miserias, sus censuras y sus injerencias. Es un consuelo saber que, aunque sea para mal, la gente del teatro seguimos existiendo.

7.9.06

Ciencia... ficción

La universidad española, ese ente marciano que supuestamente es un espacio académico y cuya verdadera esencia aún no se conoce, ha vuelto a dar un paso de gigante en lo que a la investigación y el desarrollo científico se refiere.

No, tranquilos, no hemos descubierto nada mínimamente útil, ni hemos avanzado en teorema matemático alguno, ni hemos descifrado el significado de alguna de obra de arte enigmática ni, por supuesto, hemos aportado un hallazgo médico o farmaceútico. Nada de eso.

Sin embargo, el día de hoy marca un antes y un después en la sociología, gracias al siguiente titular (absolutamente verídico) del que, esta mañana, se hacían ecos los telediarios matinales:

"La Universidad Carlos III estudia e investiga el impacto social de Belén Esteban".

Lógicamente, tras saber que tan importante, delicada y fascinante cuestión está siendo indagada por expertos, hoy voy a poder conciliar el sueño con mayor tranquilidad, sin el desasosiego que ese vacío de conocimiento provocaba en mí.

Pero tampoco debería extrañarme si tenemos en cuenta que vivimos en un país donde triunfa una especie de homínido entre sucio y directamente mugriento que dice cantar y que se llama a sí mismo el Koala. A este respecto nos preguntamos cómo es posible que la Sociedad Protectora de Animales no haya denunciado que semejante engendro difame el nombre de estos simpáticos animalitos, que si bien es cierto que no aportan nada en el ecosistema, por lo menos, hacen bonito.

Espero que, en breve, la Universidad Carlos III también estudie el impacto social del Koala junto con otras cuestiones de idéntico calado como qué significan las improvisaciones-protesta de la Pantoja en su nueva gira, dónde se compra la ropa King Africa, cuántos kilos pierde al minuto Victoria Beckham o, mucho peor, por qué demonios existe Paz Padilla. Entretanto, y mientras la universidad española sigue avanzando en estos enigmas, los míseros mortales tendremos que conformarnos con seguir viviendo en la ignorancia y viendo la televisión. Como diría la Esteban, solo sé que no sé nada, ¿¿¿vale???

6.9.06

El sexo que sucede


EVA. Sergio y yo nos conocimos. Nos enamoramos. Ahora vivimos juntos. Después, conocimos a más personas.
RUTH. ¿En ese orden?
EVA. Sergio y yo nos conocimos mientras conocíamos a más personas. Nos elegimos mientras nos elegían. Ahora vivimos juntos.
El sexo que sucede


No es sencillo escoger un texto cuando se llevan ya escritos unos cuantos... En todos ellos se dejan tantas horas de trabajo -y, sobre todo, de soledad- que resulta difícil elegir uno solo. Sin embargo, en mi caso, no hay duda de que El sexo que sucede es una de las obras que más puertas me ha abierto y, gracias a ella, en mi grupo hemos vivido experiencias muy intensas. Muy especiales. Incluyendo viajes y minigiras por ciudades donde no habíamos actuado antes y que pudimos visitar para compartir con ellas las vivencias -experiencias- de Ruth y Eva.

Ahora, el próximo 13 de septiembre, retomamos sus rostros y sus historias. Y las retomamos con ganas, porque es un buen aliciente para la avalancha de trabajo que se nos viene encima. Las nuevas funciones con Melibea y el montaje, ya en preparación, de una comedia ácida, gamberra y de tema socioeconómico que estrenaremos allá por mayo.

Si alguien se aburre este 13 de septiembre (aunque es miércoles y tendremos la durísima competencia del metafísico programa Supermodelos en Cuatro), que no dude en venirse.

Para más información sobre la función (horario, lugar, regalos que deben llevarse al autor y director, etc.), se puede consultar el blog oficial del grupo Armando no me llama (no hay ningún blog no oficial todavía, pero queda mucho más interesante y sugerente dicho así).

5.9.06

Máscaras

Hace poco escribía sobre las mujeres fatal y su omnipresencia en el cine negro. Un requisito argumental sine qua non para algunas de las mejores películas -y novelas- del género. Ese cine en el que la maldad venía envuelta en la más sofisticada belleza, incluso en rostros angelicales que, lentamente, daban paso a la perversidad más despiadada. Y, sobre todo, la más egoísta.

Tampoco el género de terror ha menospreciado la capacidad de la maldad para ocultarse tras formas inofensivas, ya sean niñas poseídas, bebés recién nacidos en los brazos de Mia Farrow o candorosas reencarnaciones del diablo con forma de repelente hijo de diplomático (espléndido Gregory Peck en aquella profecía setentera).

La maldad y el egoísmo suelen encontrar disfraces muy útiles para no ser vistos. Cuestión de inteligencia, supongo, porque ser malvado -al igual que ser ingenioso- requiere un cierto nivel intelectual. O, por lo menos, unos ciertos reflejos. Que Kathleen Turner se saliera con la suya en Fuego en el cuerpo no dependía solo de sus piernas, sino también de su capacidad para saber cuándo abrirlas y cerrarlas alrededor del cuerpo de aquel pánfilo William Hurt.

En otras ocasiones, esa maldad ni siquiera se molesta en esconderse, porque no es consciente de su existencia, porque se asume como normal, porque el egoísmo -insano y desmedido- no deja lugar a autocrítica alguna. Para qué hacer autocrítica cuando se tiene un concepto tan elevado de uno mismo y, sobre todo, una máscara de puritanismo eficaz, rotunda y farisaica. Una creencia de ser algo así como el sumum de la sensibilidad mientras se desguaza el entorno con la excusa de la pandemia emocional y la torpeza de los demás -siempre los demás- para asumir sus carencias.

A mí, esa bondad autobombástica proclamada desde una palabrería vacua, barroquizante y, cómo no, muy ñoña, es la que más miedo me provoca. Porque además de malvada y egoísta, también suele ser embaucadora. Basta con fijarse en el barroco y aletargante discurso de la Iglesia, que lleva años practicando ese noble arte del engaño masivo a través del sermón.

El cine negro, como casi siempre, tiene razón. Mejor no fiarse de las apariencias. Ni de las palabras. El lenguaje -sobre todo el barroco- no suele ser mucho más que humo. La vida -y sus miserias- laten justo detrás.

3.9.06

Vampiros

Ya no quedan vampiros. Y dejas de bailar un segundo para dejar caer tu frase (ensayada, confiésalo) junto a mí. Te miro con desgana, con la misma desidia que me provoca la música, el local y la gente que esta noche lo llena. No estás mal, pienso sin entusiasmo, y me pregunto afirmativamente por qué me gusta ese aspecto entre duro y aparentemente descuidado que intentas imponer.

De algún modo, consciente o inconsciente, antes de que tú hablaras yo había acabado bailando cerca de ti, lejos de mis amigos. Un abultado grupo de ocho personas con las que celebro un cumpleaños. El porqué es lo de menos. Sin cumpleaños -hoy le caen treinta y dos a uno de ellos- también estaríamos aquí, rodeados de jóvenes design que no se saben los temas avejentados que el DJ pincha sin entunsiasmo y con mecánica rutina. No sé por qué, pero lentamente me he ido retrasando hasta este mismo punto, al borde de la escalera, como si necesitara alejarme de la pista para tomar perspectiva de las sombras -anodinas y monótonas- que hoy la llenan.

Ya no quedan vampiros, y te acercas hasta invadir mi espacio con la insolencia de quien no se imagina que pueda ser rechazado. Tal vez porque los vaqueros ajustados te dibujan un culo soberbio o un paquete escandalosamente jugoso. Tal vez porque esa camisa blanca esconde un buen cuerpo (todos caimos en el gimnasio, las pesas y los músculos) sin necesidad de ceñirte hasta cortarte la respiración como los cachas oficiales del local.

No, no quedan, respondo, y pienso que las noches eran distintas antes o que, tal vez, era yo quien las vivía de modo diferente. No tengo respuesta más allá de una sensación extraña de no hallarme en el lugar que me corresponde ni, tampoco, en el lugar donde me gustaría estar. Lugares que antes eran más sórdidos, pero con muchos más alicientes. Supongo que nos hemos empeñado tanto en heterosexualizar nuestra normalidad que hemos acabado con el placer del vampirismo.

Supongo, repito. Y el espacio que antes invadías ya es tuyo definitivamente. De mis amigos, de su cumpleaños, de sus treinta y dos, ahora ni rastro. De ti, tan solo un polvo rápido en tu coche (no lo reconocería: nunca tuve memoria para eso) y la sensación de haber sujetado con fuerza tu cabeza mientras chupabas como ese vampiro que decías ser. En realidad, tampoco ha sido para tanto, solo el escenario imprimía algo de aliento épico -casi veinteañero- al convencionalismo de tus formas. Me gustabas más seduciendo que follando, te digo al despedirme, y cuando vuelvo a casa escucho las voces de mis compañeros de piso. Otros dos amigos del cumpleaños que también debieron escaparse (no los vi en la escalera) y que ahora parecen estar celebrándolo a su modo.

Ya no quedan vampiros, me repito. Y antes de dormir me prometo no volver a ese local atestado de gente anodina nunca más. Cuando despierte el nunca más se convertirá en esa misma noche, en unas pocas horas. Eso forma parte de las ventajas de ser vampiro. Para nosotros, el tiempo es muy flexible.

2.9.06

Mujeres fatal

No es una película excepcional. Ni siquiera es una película especialmente sorprendente. Pero la belleza de Sophie Marceau, espléndida en este filme, ya compensa por sí sola su visionado.

Un escenario bien aprovechado e incluso idealizado -Niza- y dos actores sólidos y convincentes en sus respectivos papeles son las claves de una película que retoma los clichés del cine negro para construir una historia breve -casi escueta: no supera la hora y media- donde el giro final no es tan efectista como se pretende pero, al menos, permite una interesante evolución dramática a los dos protagonistas.

Su puesta en escena, tan elegante como el paisaje donde transcurre la acción, no desaprovecha ni un solo instante para lucir la belleza tanto de los lugares como de la femme fatale que mueve los hilos de una historia decididamente sensual y, sobre todo, sensorial.

Probablemente no pasará a la historia del cine, pero tampoco creo que lo pretenda y, en cualquier caso, sigue siendo una de las propuestas más refrescantes del último cine francés y, a su manera, una nueva contribución al esquema chica mala conquista, seduce y engaña a chico bueno. Seguramente el guión pudo haberse redondeado más, pero las piernas de Sophie compensan, a su manera, esas carencias.

1.9.06

Feliz año nuevo

No, no es que me haya esnifado lo mismo que Pocholo en su programa sobre Ibiza en La Sexta (que, con el tiempo, será un clásico de culto análogo al de Gil y Gil en Marbella en el primerizo Tele5). Nada de eso. Simplemente es que siempre celebro, a mi modo, el inicio del año el 1 de septiembre que es, en realidad, cuando comienza (casi) todo en mi vida.

Hasta la fecha, todos mis trabajos se iniciaron en septiembre, siguiendo la rutina firme e inalterable del curso escolar. Así que, como si de un anuncio de la vuelta al cole se tratara, cuando agoniza el verano suelo dedicarme a afilar los lapiceros, preparar las gomas de Milán de mis colores favoritos y forrar las carpetas con fotos de mis actores predilectos (las actrices, por obvias cuestiones de tendencia sexual, suelo reservarlas para los separadores interiores).

También este año, quizá más que otros, tiene lugar un nuevo comienzo este 1 de septiembre. Y es que esta vez, literalmente, sí que regreso al insti, solo que con unos años más y con otra perspectiva. Me toca el lado de la pizarra, de la tiza (la enseñanza española sigue en su peculiar concepto de modernidad...) y de vigilar en los exámenes, pero supongo que el tiempo impide que me siente de nuevo a cursar la Secundaria lo que, visto desde aquí arriba, también da un poco de pereza, para qué negarlo.

Como la paradoja temporal no se me permite -Regreso al futuro era una mentirijilla imposible, por mucho que la viéramos unas cuantas veces los adolescentes de esa generación-, mañana comienzo como profe de lengua en mi nuevo instituto. Confío en tener cierta libertad para evitar, al menos, el adocenamiento y estimularles un espíritu crítico que los libros de texto no siempre alientan. Y eso, como editor, puedo atestiguarlo... En mi asignatura uno de los objetivos -según la ley y, en especial, según la última ley- es enseñarles a usar y descifrar el lenguaje en todas sus dimensiones, a leer prensa, ver cine, entender telediarios y analizar textos tanto literarios como audiovisuales, aprender -en definitiva- a deslindar el contenido objetivo de la opinión, la tendenciosidad del rigor, el objeto del sujeto. Esta finalidad no puede ser más ambiciosa ni tampoco más motivadora, así que confío en que, de algún modo u otro, podré aportarles algo que vaya más allá de las negritas y las cursivas de su libro de texto.

De momento, y para terminar bien el año, hoy lo he celebrado dando un largo paseo con una de esas personas a las que quiero tanto como admiro, y es que, lo mejor de este nuevo año es que cuento en él con todas las personas que realmente me importan (saben bien quienes son). Personas a las que no puedo dejar de querer y admirar a un tiempo, aunque no siempre se lo diga o se lo haga explícito, porque en sus vidas encuentro continuamente motivos para enorgullecerme por cómo son y por cómo actúan. Los fantasmas, esos borrones con nombre propio de este último curso -que también los hubo- quedan ya muy lejanos y se hunden, al fin, en el terreno cómodo y estéril de la indiferencia. Así que, gracias a esos reset que nos regala de vez en cuando la memoria, ahora solo veo con nitidez -y con una ilusión que roza lo infantil- la puerta que este 1 de septiembre se dispone a abrirme. Y de puertas y armarios abiertos, la verdad, sé un rato...