3.9.06

Vampiros

Ya no quedan vampiros. Y dejas de bailar un segundo para dejar caer tu frase (ensayada, confiésalo) junto a mí. Te miro con desgana, con la misma desidia que me provoca la música, el local y la gente que esta noche lo llena. No estás mal, pienso sin entusiasmo, y me pregunto afirmativamente por qué me gusta ese aspecto entre duro y aparentemente descuidado que intentas imponer.

De algún modo, consciente o inconsciente, antes de que tú hablaras yo había acabado bailando cerca de ti, lejos de mis amigos. Un abultado grupo de ocho personas con las que celebro un cumpleaños. El porqué es lo de menos. Sin cumpleaños -hoy le caen treinta y dos a uno de ellos- también estaríamos aquí, rodeados de jóvenes design que no se saben los temas avejentados que el DJ pincha sin entunsiasmo y con mecánica rutina. No sé por qué, pero lentamente me he ido retrasando hasta este mismo punto, al borde de la escalera, como si necesitara alejarme de la pista para tomar perspectiva de las sombras -anodinas y monótonas- que hoy la llenan.

Ya no quedan vampiros, y te acercas hasta invadir mi espacio con la insolencia de quien no se imagina que pueda ser rechazado. Tal vez porque los vaqueros ajustados te dibujan un culo soberbio o un paquete escandalosamente jugoso. Tal vez porque esa camisa blanca esconde un buen cuerpo (todos caimos en el gimnasio, las pesas y los músculos) sin necesidad de ceñirte hasta cortarte la respiración como los cachas oficiales del local.

No, no quedan, respondo, y pienso que las noches eran distintas antes o que, tal vez, era yo quien las vivía de modo diferente. No tengo respuesta más allá de una sensación extraña de no hallarme en el lugar que me corresponde ni, tampoco, en el lugar donde me gustaría estar. Lugares que antes eran más sórdidos, pero con muchos más alicientes. Supongo que nos hemos empeñado tanto en heterosexualizar nuestra normalidad que hemos acabado con el placer del vampirismo.

Supongo, repito. Y el espacio que antes invadías ya es tuyo definitivamente. De mis amigos, de su cumpleaños, de sus treinta y dos, ahora ni rastro. De ti, tan solo un polvo rápido en tu coche (no lo reconocería: nunca tuve memoria para eso) y la sensación de haber sujetado con fuerza tu cabeza mientras chupabas como ese vampiro que decías ser. En realidad, tampoco ha sido para tanto, solo el escenario imprimía algo de aliento épico -casi veinteañero- al convencionalismo de tus formas. Me gustabas más seduciendo que follando, te digo al despedirme, y cuando vuelvo a casa escucho las voces de mis compañeros de piso. Otros dos amigos del cumpleaños que también debieron escaparse (no los vi en la escalera) y que ahora parecen estar celebrándolo a su modo.

Ya no quedan vampiros, me repito. Y antes de dormir me prometo no volver a ese local atestado de gente anodina nunca más. Cuando despierte el nunca más se convertirá en esa misma noche, en unas pocas horas. Eso forma parte de las ventajas de ser vampiro. Para nosotros, el tiempo es muy flexible.

5 comentarios:

J. H. dijo...

Claro que quedan vampiros. ¿Qué hay de mí, entonces?

Vargtimen dijo...

He leído hoy en el periódico que el gobierno chino iba a censurar los blogs donde se comentan experiencias sexuales...o algo asi.

Todo ha surgido a raiz del blog de un profesor británico en esas tierras que describe en su página sus experiencias sexuales con alumnas, adolescentes y mujeres de todo tipo.
Con la mentalidad de ese país, imagínate la polémica que se ha montado.

Ay como te pillen los chinos, Cinephilus...

Cinephilus dijo...

Sí, con los chinos lo tendría yo muy difícil, me temo ;-) Pero bueno, digamos que mi rollo es más occidental, jeje...

Fabro dijo...

Wow, lo habia dejado por falta de tiempo para leer despues este post.. y me gustó mucho como describís las cosas.
Abrazo,

PD: de vampiros no puedo opinar ;)

Abad_de_Carfax dijo...

Ay... lo de 'gente anodina' me ha dejado intranquilo. Que imagínate que llegamos a coincidir en ese local y va y me llamas anodino, con lo estupendo que soy :S