29.10.06

Halloween

Empecemos por una capitulación en toda regla: Reniego (desde hoy y para siempre) del Día de Todos los Santos. Y es que, tras una semana intentando explicar en qué consiste tal fecha a mis queridos alumnos, he decidido rendirme a la evidencia, norteamericanizarme y dejarme llevar por el maravilloso y alienante mundo del mainstream para rebautizarlo como Halloween, tal y como hace la televisión, el cine made in USA y las tiendas de todo a 1 euro, que son las grandes favorecidas por esta celebración tan absurda como casi todas las que nos ofrece el calendario.

Y para festejar mi nueva pérdida de principios (cada vez me quedan menos, lo confieso) desde aquí va mi pequeño homenaje a dos de los fantasmas y monstruos más terroríficos de la semana.

1. Fantasmas culturales
No, no nos referimos a Ramoncín, insigne lexicógrafo y pensador de asuntos varios (¿...?). Nos referimos a una imagen que a punto estuvo de provocarme un corte de digestión hace tan solo unos días.

Me encontraba haciendo una pausa entre dos episodios adrenalíticos de mi nueva adicción catódica (la innecesariamente alargada pero igualmente disfrutable Prison Break) cuando me topé en el clásico de la casquería de Tele5 con unas imágenes difíciles de digerir. Allí estaba su enclenque presentador (no puedo evitar verlo sin pensar en sus hábitos babosos en el Polana, meitendo mano a cuantos allí sufrimos la experiencia de compartir espacio y música con él) anunciando un vídeo en el que el protagonista no era -oh, sorpresa- ni Julián Muñoz, ni Mayte Zaldívar, ni Paquirrín, ni tan siquiera se trataba de la Pantoja. Qué va. Aquí hay tomate daba un giro de 360º (así conseguían quedarse donde siempre) para anunciar un reportaje sobre (tachán) Lorca.

Lo grave no era que entrevistasen a Ian Gibson (cuidado, Ian, tu ego te pierde...) como si se tratase de Fran Rivera, o que convirtiesen la biografía de Lorca en un folletín (algo de eso hubo, cómo no). En el fondo, al transgresor que siempre fue el poeta le habría divertido esa especie de barraca de feria y habría sabido liquidarla con humor y algún que otro verso envenenado, como los que dedicara a los amantes que lo merecían (y vistos desde lejos, todos los ex amantes siempre se merecen una buena colección de dardos). No, lo realmente monstruoso era la insistencia del programa en que, al fin, veríamos el rostro del verdugo de Lorca y la obcecación en afirmar que dos actrices españolas de éxito eran hijas suyas.

No sé qué hubiera pensado el propio Federico de semejante atrocidad. Quizá porque en sus denuncias -duras, sangrantes y llenas de verdad- nunca se dejó llevar por las miserias individuales y apostó por palabras mucho más amplias y cortantes, como las de su Poeta en Nueva York, su Romancero Gitano o, cómo no, su Público, el mayor vómito lírico e intelectual que ha dado el teatro en lengua castellana y que muy pocos han sabido estrenar con la dignidad que merece. Nunca necesitó del nombre propio, porque sabía que el terror tenía forma de masa y que respondía a colectivos y maquinarias donde poner apellidos resultaba casi siempre inútil. Claro que hay nombres insignes en el reino de la atrocidad, desde Pinochet hasta el mismísimo Bush, pero el resto de sus esbirros no son rostros identificables, sino siluetas y sombras chinescas que ejecutan con sus músculos de carne de cañón la muerte ajena.

Poner caras a los peones de la Historia, a las manos que aprietan los gatillos que dirigen otros es, sin duda, un ejercicio más de ese flash-back atroz en el que quieren convertir la actualidad. Una prueba de que necesitamos el odio y la bilis para sentirnos vivos y que, si esa bilis no tiene rostro, nosotros ya se lo pondremos. Un paso más allá en ese bucear en el pasado de, en el ayer de, en las otras vidas de quien sea. Da igual que la excusa sea una vedette, un triunfito o el mayor poeta español del siglo XX. Eso no importa. La mierda, si se escarba, sale de todas partes. Y de cualquier familia.

El reportaje, por lo demás, no podía ser más homófobo y reaccionario. El contenido demagógico y las palabras paternalistas sobre el pobrecito Lorca y su condición de pobrecito gay eran un auténtico fusilamiento en toda regla. Nada peor que la compasión de una realidad que no la merece. Una realidad que Lorca exhibía con orgullo y que ese reportaje, en su rancia hipocresía, intentaba de nuevo sepultar.

2. Fantasmas en red
O cómo seguir caminando por la cuerda floja del descrédito y del rastreo. Y es que, según las últimas tendencias virtuales, ya no basta con el despecho y/o cabreo convencional. Con eso de romper las fotos, o de devolver los regalos, o de poner a parir al ex ante amistades en sanos ejercicios de desahogo. Ahora, lo realmente in, consiste en abrir un perfil del ex en cuestión en internet (si se añade foto, mucho mejor) para dejar claro que es un cabrón, que nos ha hecho mucho dañito y que lo mejor es que nadie quede con él nunca más.

La web que ofrece tan interesante información recibe el nombre de dontdatehimgirl.com (en traducción libre, ni se te ocurra quedar con él, tía.com) que, como su nombre indica, es todo un ejemplo de progresismo e igualdad. Personalmente, confieso que me enferman los intentos feministas desde el victimismo, y esta página me parece un acto sexista, infantil y absolutamente lamentable. Un corrillo de peluquería convertido en web que, indudablemente, los gays copiaremos enseguida para no ser menos y continuar con la cadena de victimismos varios, que tanto gustan al ser humano y, cómo no, a sus minorías.

Supongo que confío en la madurez emocional de los demás y creo que no es preciso desacreditar a nadie para expresar dolor, rabia, despecho, tristeza o incluso ira. Supongo que creo que todos tenemos derecho a hacer caminos que, seguramente, no siempre sean rectos, porque de algún modo hay que aprenderse el rollo este de estar vivo y eso supone meter mucho la pata. Supongo que creo que tengo derecho a mi pasado, a haber hecho daño y a que me lo hayan hecho (porque la cama tiene muelles que funcionan mejor que otros, queramos o no). E incluso supongo que tengo derecho a mi presente y a mi futuro, con todo lo que pueda dar y todo lo que pueda quitar, consciente o inconscientemente. Cuando me apetezca ser un ángel y morirme del aburrimiento que debe provocar tanta bondad, hablaré con Pitita Ridruejo para que me ponga en contacto con la Virgen.

Entretanto, y como soy humano, espero que todas estas webs de niños y niñas malcriadas se colapsen y se pudran para que los demás podamos seguir deseando, amando, follando, olvidando, sudando y esperando sin que nadie nos convierta en verdugos por el mero placer de sentirse víctimas. En el amor y en el sexo no somos mas que eso. Un mar de jodidas, estúpidas y reincidentes víctimas. Y si eso no pueden aceptarlo, mejor que cambien el nombre de su web y la titulen date_nobody.com. Así se ahorran los perfiles, las fotos y el sufrimiento. Se aburrirán casi tanto como los ángeles y las vírgenes de Pitita, pero ya no sentirán ningún dolor.

Con eventos así, ¿quién necesita calabazas? Feliz Halloween.

26.10.06

Osos borrachos

En días como hoy me pregunto por qué sigo viendo telebasura en lugar de dedicarme a reírme con la prensa seria que, francamente, es mucho más divertida que la última edición de Gran Hermano.
Como prueba, he aquí algunos ejemplos de los periódicos de hoy.

1. La noticia monárquica
El rey mata en Rusia a un oso borracho. Declara que no sabía que estaba borracho.

La noticia, lo juro, es exactamente así. No sé qué me sorprende más de todo ello. Si que el rey siga cazando (debería haberlo dejado después de aquel disparo que, sospechosamente, mató a su hermano cuando ambos eran niños...), que el supuesto monarca se vaya hasta Rusia a practicar semejante rito ancestral (eso demuestra lo ocupada que anda la monarquía y lo bien que gestiona su tiempo en sí misma) o que no distinga a un oso borracho de un oso sobrio.
Sinceramente, me preocupa mucho el estado de la fauna actual, porque imaginarme a un grupo de tres osos agarrados entre sí, tambaleantes y cantando himnos obscenos tras salir de una taberna rusa me parece, cuando menos, sorprendente. Qué habría dicho Ricitos de Oro si sus tres ositos hubieran sido tres borrachines y sus platos de sopa, cubetas de vodka. Y la tonta de Ricitos probando sus platitos, sus vasitos y sus camitas...
Tampoco entiendo bien qué diferencia hay entre matar a un oso borracho y matar un oso sobrio. Supongo que deberían hacer controles de alcoholemia osunos para evitar estas desagradables confusiones. Que debatan el asunto en el parlamento cuanto antes.

2. La noticia política
Miguel Sebastián será el candidato socialista a la alcaldía de Madrid.

Bien, ya sabíamos que el PSOE lo tenía difícil en su pelea por la alcaldía, pero al menos podían haberlo peleado con algo de dignidad. Esto de presentar al primer desconocido que han encontrado no deja de tener su gracia y supera el nivel de ineptitud que le suponía a la federación madrileña del partido. Personalmente, acabaré votando a algún grupo de osos de esos borrachos para que, al menos, aprueben otra vez el botellón y con el alcohol nos enteremos menos de los efectos secundarios de las obras gallardonianas. Mientras que el rey no se ponga estupendo con su escopeta, seguro que lo pasamos todos mucho mejor.
De momento, nadie se ha aprendido el nombre del candidato, que supongo que estará deseando que pasen las elecciones para volver a su vida de siempre y olvidarse de este marrón que le ha caído por sorpresa. Y por desgracia.

3. La noticia cultural
Jiménez Losantos publica nuevo libro.

Losantos, ese adalid de la lírica periodística, acaba de sacar un nuevo libro. Su contenido es el esperable: insultos, descalificaciones, mala baba y, por supuesto, conspiraciones y conjuras diversas. Digamos que Losantos habla de las mismas tonterías que Iker Jiménez, pero cambiando a los extraterrestres por los socialistas.
Su hipótesis más divertida en esta nueva joya literaria consiste en afirmar que hay una conspiración republicana en la monarquía. No sabemos si la conspiración la protagoniza el estilista de Marichalar, el pedagogo de los infantitos, el abuelo de doña Letizia o el soseras del príncipe.
Sea quien sea (nosotros votamos por Marichalar), Losantos afirma que la monarquía está en grave peligro y, para celebrarlo, invita a la presentación de su libro a su editor jefe, Pedro J., a su mujer, Agatha, y a doña Espe, que va vestida de la susodicha Agatha con un traje (véase la imagen) que, según la diseñadora (por decir algo), es "un disfraz de hada madrina alcaldesa". Visto así, un oso borracho me parece mucho más normal y simpático que un hada madrina alcaldesa (¿en qué convierten ellas las calabazas? ¿¿¿en parquímetros???) El vestido de la Espe sería estupendo para las chirigotas del carnaval de Cádiz pero no entendemos qué hace esta mujer así en un acto público. Tal vez el candidato del PSOE a la alcaldía (de su nombre, ni idea, antes lo he copiado del google) debería vestirse también de Agatha y, ya que va a perder, por lo menos nos echamos unas risas.


4. La noticia mediática

Son dos:
a) Tenemos que evitar que echen de la Academia a José Galisteo. Bien, es evidente que canta fatal y que tiene el mismo sentido del ritmo que un calamar borracho (¿beberán tanto como los osos?) pero es guapo, alto, de espaldas anchas y de sonrisa cautivadora. Incluimos fotos acreditativas de su talento.

b) Las supermodelos son unas perras (siento la crudeza verbal, pero la situación lo requiere) que le han metido mano, lengua y piernas al guapísimo y tremendísimo Aitor Trigo. Afortunadamente, después de provocar los celos y envidias de la audiencia (c'est moi), el jurado ha expulsado a la pavisosa de Malena dando lugar a los lloros e histerias pertinentes. Eso, eso, que sufran.

5. La noticia musical
David Bisbal ha cantado ante los europarlamentarios en Bruselas y se ha hecho una foto con Borrell.
Aquí ni siquiera somos capaces de comentar absolutamente nada. Hay hechos que superan, con creces, la ficción.

24.10.06

Reina por un día

Nunca le he pedido a nadie que me firme un disco. Cuando era un adolescente, por pura timidez. Cuando dejé de serlo, porque ya no me interesaba que me firmasen nada. Soy mitómano a mi manera -fetichista desde la sobriedad, supongo- y eso incluye una forma de ser que hoy, por una vez, me he saltado sin ningún complejo.

Todo ha comenzado como comienza siempre. Por puro azar. Sabía que esta mañana Fangoria lanzaba su último disco -El extraño viaje, que nos hace pensar en el film de Fernando Fernán Gómez, una de las mayores obras de culto de nuestro cine- y me he pasado por la Fnac para hacerme con una copia. Allí, anunciados de tal modo que ni siquiera mi despiste proverbial ha podido obviarlos, figuraban Nacho y Alaska, dispuestos a firmar discos a quienes tuviesen la (igualmente proverbial) paciencia de aguantar una cola infame.

En parte, porque les venero desde mi panteón politeísta y promiscuo; en parte, porque tenía ganas de tirar el tiempo por la ventana, al final he decidido quedarme a esperar en medio de una turba de gente que en su mayoría -por no decir en su totalidad- era una extensa y nutrida representación de mi supuesto colectivo.

Por una vez, y sin que sirva de precedente, me he dedicado a la antropología gay sin sentir en mis venas unas cuantas copas de más, fingiendo interés y sin mirar necesariamente el culo de los mejores chulazos, como hago en mis noches de disco y de pubs. Hoy, muy al contrario, he intentado saber con algo de rigor y de objetividad por qué mis amigos (también gays) y yo nos sentimos cada día más lejos de ese colectivo y menos identificados con sus puntos de vista.

Y es que mis amigos y yo somos de los que no vamos nunca a la cabalgata del Orgullo Gay, porque no entendemos la reivindicación a base de purpurina y de mamarrachos diversos en carrozas igualmente estúpidas. O de los que nos cabreamos cuando en una disco gay nos ponen pegas para que entren nuestras amigas o parejas amigas hetero. O de los que no nos sentimos grupo por el mero hecho de compartir gusto en la cama (¿cómo sería un colectivo hetero si todos los ídem se agrupasen?) o porque no nos gusta que la diferencia gay (esa que nos hace especiales, esa que es responsable de tantas cosas buenas en nosotros) intente anularse en pro de una malentendida igualdad. Yo quiero iguales derechos, desde luego, pero no iguales sentimientos. Quiero seguir siendo individuo, persona, incompleto, imperfecto y concretamente abstracto. Quiero seguir siendo yo y no normalizarme, no casarme, no adoptarme y, por supuesto, no convencionalizarme.

Intentaba yo pensar en todo esto mientras el colectivo en cuestión se agolpaba ante la puerta donde Fangoria firmaba su disco. Y he descubierto que no me siento colectivo porque no voy rapado, porque no me gustan las gafas de pasta para parecer intelectual, porque considero que no todo el mundo ha nacido para la lycra y porque no me visto con tallas de prenatal para lucir los efectos del gimnasio (que en más de uno ni siquiera llegan a la categoría de secundarios).

Demasiada pose también en horario vespertino... En el fondo, tenía la sutil esperanza de que fuera parte solo de su show nocturno. Eso lo entendería. También yo llevo a cuestas mi personaje cuando salgo de noche. Voy de sobrado, de promiscuo y de mala persona. (De los tres, solo uno es totalmente cierto). Pero me resulta cansino ver que esa máscara es indeleble o que, al menos, muchos han olvidado otros registros. Afortunadamente, la tarde se ha ido animando a última hora con grupos de gays recién salidos del trabajo que estaban, aunque ellos no se hayan dado cuenta, realmente guapos, realmente espléndidos, con aspecto de hombres atractivos, interesantes, cansados de madrugones o de horarios infames, con humor ácido, con mitomanía incorporada, con salvapantallas de Joan Crawford en su móvil o con cara de críos cuando Alaska les daba dos besos al firmarles el disco, pero todos ellos -todos los que he mirado con auténtico deseo- iban sin la máscara y sin la lycra, porque con las prisas de la vida real, se habían dejado el disfraz en casa.

Después de tanta espera, al fin llegó mi saludo a Nacho y a Olvido. A la categoría musical y profesional de un dúo que lleva casi treinta años reinventando la música, la suya y la de este país. Y el par de besos de un adolescente hoy (yo mismo) que sigue emocionándose (soy un nostálgico cursi y rancio, me temo) con su colección de dvds de La bola de cristal. El disco, por cierto, extraordinario. Como todo lo que viene de Fangoria. Como la propia Alaska. Como el colectivo cuando se olvida de su identidad postiza y se convierte en suma de personas. En gente que ama a otra gente, o que intenta ser amada por otra gente o que, simplemente, se pregunta qué coño es eso del amor, cuándo y con quién se emplea y por qué cuando se destapa la caja de Pandora acaba siempre por dolernos tanto. Lo demás, lycra incluida, son fuegos de artificio.

22.10.06

Bajos instintos

Si tuviera que elegir un género de la historia del cine, no dudaría. El mío, desde que tengo uso de (cinéfila) razón, ha sido el cine negro. Tal vez porque su origen está en algunas de las mejores novelas norteamericanas (condenadas a ser subliteratura por ese edén de inframentales que son los snobs y culturetas varios) o porque en ellas viven los personajes más descaradamente sensuales y eróticos del celuloide, convirtiendo en mojigatos y beatas a las mismísimas estrellas del porno.

Amores homosexuales y políticamente incorrectos (inolvidable la pasión inconfesa -con bastón fálico por medio- entre aquel intrigante magnate y el apocado Glenn Ford de Gilda), mujeres fatal capaces de todo con tal de salirse con la suya y pánfilos que las persiguen hasta los abismos para quedarse, al final, sin otra cosa que la humillación y su derrota.

Algo de eso hay en La dalia negra pero, tristemente, se queda en ese algo sin llegar, en sus dos horas de metraje, a traspasar la barrera de lo correcto para conseguir ser, por una vez, brillante.
Y es que este De Palma no es el de tiempo atrás. Recordemos, aunque nos duela, que por él han pasado horrores como aquella Femme Fatale (tan mala que parecía cine español y todo) y se ha empeñado esta vez en un esteticismo que no siempre está exigido por una película donde se agradecería, en más de una ocasión, una sobriedad como la de Curtis Hanson en aquella (sí) brillante L.A. Confidential.

Dejando a un lado las trampas del guión (algo enmarañado al principio y abrupto al final, ¿no podía haberse resuelto la historia sin tratar de hilvanar todos los cabos y, sobre todo, sin hacerlo en unos tristes diez minutos?), lo más flojo de la película son, seguramente, sus intérpretes. Veamos...

Estupenda la Swank, que al fin acierta en la elección de un personaje después de ganar un Oscar (la estatuilla anterior la tiró directamente por el wáter gracias a bodrios diversos). En esta ocasión, se adueña de un papel breve que consigue sobredimensionar y dotar de unos matices que, hasta la fecha, esta actriz no nos había ofrecido.

En el polo opuesto, Scarlett Johanson, que repite cliché, mohínes y tics de la mujer fatal que quiso ser en Match Point. Aquí, sin embargo, lejos del talento de Allen y apartada de su morboso compañero de juegos (el nunca bien ponderado Jonathan Rhys Meyers), su maldad resulta demasiado marujil y su morbo, un tanto limitado. La chica, por cierto, amenaza años de futura vulgaridad y algún que otro aspecto matronil que no hace preverle grandes logros salvo que los nip/tuckianos de rigor se hagan cargo de sus operaciones. Y, por supuesto, confiamos en que guillotinen a su peluquero en el filme, que se ha encargado de afearla con auténtica saña y auténtico talento.

Junto a la sosa Scarlett, el sosísimo protagonista. Un actor descafeinado de esos que gustan a los yanquis y cuyo éxito nadie se explica. Claro que aquí nos pasa lo mismo con gente como Noriega, experto en joder películas allá donde aparece su culo de tónica. En este caso, se trata de Josh Harnett, con un cuerpo interesante pero blandito (mucho más interesante su compañero Aaron, con una virilidad más que deleitosa) y una capacidad de expresión nula, tanto que a su lado el mismísimo John Wayne parece un imitador de Jim Carrey. En una escena, el tal Josh incluso llega a llorar, pero por lo demás, experimenta y transmite las mismas emociones que mis pinzas de la ropa cuando dejo que disfruten del tacto de mi ropa interior.

Ni mis pinzas ni Josh saben aprovechar sus oportunidades (este es el sentido del símil que cerraba el párrafo anterior, por si quedaban dudas), así que la película cuelga sobre los hombros de este muchacho sin sal y sin atractivo que solo se salva por parecer tan pánfilo como mandan los cánones del cine negro, aunque le falte llama, algo de vello pectoral (¿qué coño hace un detective duro de los años cuarenta totalmente depilado?) y, sobre todo, química con las mujeres que lo acosan.

En el bando contrario, la fabulosa Mia Kirschner, una excelente Betty Short, que roba cuanta escena le permiten meterse en el bolsillo (y en su escote). Inmensa en las interpolaciones narrativas que se permite De Palma y en las que, de veras, demuestra que sí es un gran director. Lástima que eso no se mantenga durante los 120 minutos de película.

Aún así, y teniendo en cuenta que este fin de semana desembarca la choni de Bigas Luna (¿por qué sigue estrenando este individuo?) y que Pajares va a estrenar también una película (confiamos en que al menos sea una autobiografía, por aquello del morbo familiar), esta Dalia negra sigue siendo una de las mejores opciones de la cartelera. Así que, a pesar de la permanente de Scarlett y del careto de Josh, recomendamos su visionado. Porque al menos los personajes fuman, el sexo no se condena (aunque no veamos tanto como quisiéramos), la violencia no siempre se oculta y los instintos humanos, como corresponde al cine negro, no se disimulan, sino que se exhiben y se ostentan.

Y si alguien quiere más, que busque la novela. James Ellroy no defrauda nunca las expectativas que levanta. Exactamente igual que la sordidez de la existencia... Ella, tampoco.

20.10.06

Dudo, luego ¿existo?


No tengo a quien culpar que no sea yo
con mi reguero
de cabos sueltos

No me malinterpreten,
lo llevo bien,
o por lo menos hago el intento.

Jorge Drexler

Esta vez empiezo con algo de autopromoción. No muy convencida, eso sí, porque arrecian días de duda y de vacilaciones a las que soy propenso y que, de vez en cuando, me vuelven más huraño y tambaleante de lo habitual.
Dudas como la que, por cierto, da título a una de las mejores canciones del último disco de Drexler que, por lo demás, es una de esas pruebas de que el Oscar arruina cuanto toca. Quizá la presión mediática, quizá la exigencia llevada a un límite poco recomendable, quizá una confusión entre el lirismo y la pedantería ha dado lugar a un disco lleno de pretensiones, de letras reiterativas y donde pocos versos se escapan de una perenne plantilla y una poesía de salón que poco recuerda la auténtica -y fresca- poesía de sus otros temas...

Dudas como la de la identidad, la del quién, la del qué somos... Algo que a mí me pasa con frecuencia y que, definitivamente, me va a seguir pasando. Siempre.
En el capítulo de la autopromoción, la noticia breve y escueta de que acabo de publicar un texto teatral más. Un monólogo llamado Spinning que hoy mismo sale a la venta con una selección de textos de dramaturgos entre los que se cuentan autores como Juan Mayorga, seguramente el mejor autor español actual. Por mero azar alfabético, mi texto ha caído justo al lado del suyo y, de forma simplona y algo tonta, se me han cruzado por la cabeza un sinfín de reflexiones que, en el fondo, tampoco llevan a ninguna parte. Tan solo la duda de para qué se escribe, de por qué, de qué fin tiene y si de verdad mis palabras aportan algo... Afortunadamente, mi espíritu siempre ha sido nitzscheano, así que -con dudas o sin ellas- sé que seguiré escribiendo. Aunque ni siquiera entienda para qué.

Y para acabar con este paréntesis metafísico, nada mejor que recurrir a todo un clásico cultural patrio, la última edición de la revista ¡Hola! Y es que en semejante medio he encontrado unas declaraciones excelentes que demuestran que hay gente capaz de vivir sin tantas dudas, sin tantas comeduras de coco y con una inverosímil ostentación de su propio vacío. Aquí dejo una selección de las que, sin duda, son las mejores citas de la semana:

1. Lo que mejor se me da es ir de compras. También soy buena jugando al hockey sobre hielo y cocinando. (Paris Hilton)
El currículum de esta chica le corta la respiración a cualquiera. Para completar sus cualidades, basta con echar un reportaje a su mansión, un templo a la horterez que convierte los excesos del Roca marbellí en un ejemplo de exquisito gusto.

2.
Me encanta que seas tan bella (Kevin Costner a su esposa).
Obviamente, su esposa no puede decir lo mismo a su marido. Nótese, por cierto, el teñido de Costner para demostrar, por si quedaban dudas, que es el actor más acabado de su generación.

3.
Nos conocimos hace 22 años (Gina Lollobrigida, de XXXX años, sobre su novio español, de 34)
Según esto, él (que además de producir grima, tiene una pluma más que evidente) inició su romance con 12 años. Lógicamente, confiamos en que la policía detenga cuanto antes a Gina por tráfico de menores.

4.
Todos los días hago 15 minutos de meditación para estar conmigo misma (Ana Obregón)
Entiendo perfectamente que solo pase consigo misma 15 minutos, que deben ser los más terribles de su día. Lo que me pregunto es que hace consigo misma las 23 horas y 45 minutos restantes.

5.
Y como foto de la semana, elegimos la que ¡Hola! califica como histórica, por haber conseguido reunir a todas las momias de la televisión española. Solo se salva David Cantero (cada día más guapo, la verdad) y, en el terreno de lo más freak, destaca la presencia inexplicable de José Manuel Parada con un look de caspa gótica que ya quisiera para sí Todd Solonz en alguna de sus películas.

Efectivamente, estos sí que no dudan. Por eso, supongo, tampoco existen.... Salvo en revista.

18.10.06

Disco fever



Definitivamente, no se puede desperdiciar esta ocasión en la que -al fin- la música disco está in. Hasta los semanarios más petardamente pseudointelectuales, como esa baratija filo-snob y pro-vacío mental de El País de las Tentaciones (que bien podría llamarse El País del Tedio y el Muermo) alaba las bondades de este género otrora denostado. Así pues, siguiendo la estela de Madonna (reinventora oficial de las mallas y sus efectos colaterales), lanzamos desde aquí dos emule-consejos.

El primero, un consabido clásico para fans, teleadictos y similares que no por ello ha perdido su vigencia. Su origen, la serie Queer as folk. Su contenido, la banda sonora de la primera temporada. También se puede optar -gracias al zip- por una colección de todas ellas, pero -tal vez por nostalgia, tal vez por afinidad, tal vez porque me apasiona la versión de You think you're a man que allí se recoge- recomiendo encarecidamente la descarga de ese QAF 1 para todos los que no sepan qué música ponerse mientras se visten dispuestos a devorar la noche. Y en homenaje a todas las Mónicas Naranjos que laten en nuestros corazones os dejo un retazo de su estribillo, donde se acumulan en ocho tímidos versos un número inagotable y nutridísimo de tópicos divo-gays:
You think you're a man
but you're only a boy
You think you're a man
you are only a toy.
you think you're a man
but you just couldn't see
You were not man enough to satisfy me.

La segunda recomendación, tras esta bocanada de lírico despecho, es una novedad que ha desconcertado a unos cuantos y congratulado a otros (a mí podéis contarme entre estos últimos). La novedad se llama Follow the city lights y es un regalo dance de un grupo hasta hoy mismo rockero: los postizos Dover, esos que cantaban en inglés de Majadahonda y que supuestamente eran muy alternativos aunque los promocionara una multinacional. Según la crítica seria (es decir, los cuatro sordos y comprados de siempre que ni siquiera se molestan en oír el disco), Dover "se ha reinventado a sí mismo". Como el grupo es supuestamente bueno hay que utilizar un verbo creativo y pedante (reinventar) para camuflar lo que, en mi modesta opinión, no parece más que un oportuno giro de marketing que demuestra que, como sospechábamos, su personalidad es tan falsa como su inglés. Sea como sea, su producto no puede ser más comercial, más pegadizo y más discotequeramente vacuo. Quienes se crean a los críticos serios y busquen en este CD reinvención musical no hallarán nada que se le parezca. Quienes simplemente quieran una versión made in Majadahonda del estilo Hung up de Madonna, aquí hallarán una réplica espléndida y con personalidad. Algo así como si los imitadores de Louis Vuitton reinventasen sus modelos y sacasen colecciones propias a sus puestos callejeros. No sería lo mismo, pero tendría su gracia desde una óptica trash.

De la música seria, si se tercia, hablamos otro día, porque aunque nadie me crea cuando hago este tipo de afirmaciones, la semana pasada estuve paladeando a Mozart en un (muy especial) concierto en el Teatro Real y en breve dejaré que sea Prokofiev el que me adentre en su especial mundo operístico. Pero, honestamente, después de haber ingerido esta noche el primero de la tercera temporada de Perdidos (con Jack y su sucia y sudada camiseta) y una dosis extra de testosterona con mi última serie favorita (la intrigante, perversa, sanguinolenta y homoerótica Prison Break, una especie de peplum carcelario del que hablaré en próximas entregas) no puedo entregarme a otra fiebre musical que no sea el ritmo disco de esas canciones que se bailan con el único propósito de quemar el alcohol, quemar las pistas y, si se dejan, quemar los cuerpos -y las camas- de quienes bailan a nuestro alrededor.

Suerte en vuestras hogueras. Y hasta el próximo baile.

14.10.06

"I am not young enough to know everything" (O. Wilde)

Entre pinta y pinta de cerveza, llevo tres dias recorriendo Dublin, una ciudad en la que las calles respiran literatura, poesia y arte. Se mezcla con naturalidad con la esencia de una gente abierta, hospitalaria y llena de contrastes y de vitalismo, gente que llena una exhibicion de Yeats en la National Library (una de las mas hermosas que he visto en mucho tiempo) o que atesta pubs y conciertos improvisados en noches mas largas y calidas de lo que yo podia imaginar.

De la mano de Yeats, Wilde, Joyce, Beckett o Bernard Shaw resulta imposible no enamorarse de un Dublin abierto y multiforme, transido por un rio que arrastra tantas paginas de la mejor literatura como mares de cerveza y lugares compartidos. En mi caso, ademas, dejare en ese rio (cuando regrese a Madrid y a sus itinerarios galdosianos) el recuerdo de unos dias a medias con dos personas excepcionales que me han cedido corazon y casa en este viaje. Dos personas cuya felicidad aqui me llena de orgullo por lo que han luchado, lo que han conseguido y lo que, ademas, saben compartir.

Ahora, mientras hago una pausa en mi odisea joyceana particular, respirando citas y versos prestados de poetas y dramaturgos que se adelantaron a su tiempo, siento que respiro yo tambien y que lo demas se detiene al ritmo de los libros en blanco todavia pendientes de ser escritos. Asi que, desnudo de limites, arruino la ortografia, abandono las tildes, y confundo las grafias de mi (prestado) teclado ingles con las palabras de mi lengua para que la mezcla resulte difusa. Ondulante. Tan nomada como cualquier rio. Como ese que divide este Dublin y que esconde, en su recorrido al divino Oscar, al provocador Samuel o al inquietante James.

Todos estan aqui. En una ciudad donde la literatura vive (y respira) para siempre.

10.10.06

Antropías

Cada día me agota más la estupidez. Supongo que eso no es políticamente correcto, pero es correctamente explícito con lo que pienso en este mismo instante.

Me agotan las noticias manipuladas, los telediarios comprados, los periódicos sesgados. Me agota hacer el mínimo esfuerzo para asociar el medio y la ideología, consciente de que me van a contar una gilipollez desde el ángulo necesario para fingir una verdad que nunca es tal. Y no es que me moleste que mientan, simplemente me aburre la manera anodina y previsible en que lo hacen. La manera en que nos subestiman.

Me hastían los individuos y grupos etiquetados que ejercen de etiqueta y los vacíos que ejercen de idea o de veleta según les va el viento. Y me hacen bostezar, sobremanera, los pedantes, los extensos, los aburridos y los todómanos que se exhiben con conocimientos tan inútiles -y tan aprendidos de carrerilla para lucir en fiestas o foros virtuales- como los que tenemos los demás, pero sin la capacidad para resumirlos o administrarlos, al menos, en dosis oportunas y no en explosiones de egos fingidamente humildes.

Me cansan los dignos, los verdaderos, los que se rasgan las vestiduras para mirar por el ojo de la cerradura lo que no confiesan. Esos que juzgan a quienes podemos cenar con las vísceras de un gran hermano o los gorgoritos de un reality musical porque saben que pueden condenarnos a los idólatras del trash, a los amorales voyeurs, a los analfabetos que por consumir carnaza no deberíamos contaminar a Proust o a Thomas Mann con nuestras pupilas pecaminosas. Me aburren todos esos renegados de la cotidianidad, en cuyo vocabulario no hay más que palabras con las que no saben hacer otra cosa que no sean frases hechas.

Me agotan los pedagogos, los demagogos, los bobógogos en general, esos que se pasean por el sistema poniéndolo patas arriba y contando estupideces que no tienen praxis y sí utópicas teorías basadas en la nada (a esos les daba, por cierto, un paseo por mis aulas para que probasen sus hipótesis y jugaran a la vida por fascículos con las que regalan el fracaso escolar en masa en la entrega primera de hágase una logse y una paja mental en su propia casa).

Me aburren los retrógrados, los fachas, los todófobos y hasta los progres que desempeñan el rol de progre sin despeinarse, los gabilondistas, los jiménezlosanteros, los mundistas, los papistas, los castristas, los populistas, los nacionalistas, los que no saben ser individuos y tienen que pensar -balar- siempre como masa.

Me cansan los que no escuchan, que son mayoría, sobre todo porque imponen su voz y ostentan su monólogo sin compasión alguna, exigiendo que los demás les oigamos las telarañas que tienen que sacar de la garganta para colgarlas en el cielo cabizbajo de su miseria. Quizá por eso, a veces, les ignoro sin ningún tipo de cortesía y me olvido de que siguen ahí para centrarme en mi propio mundo. En mi propio discurso. O en mi propio silencio. Un silencio que, en general, nadie suele entender. Porque estamos acostumbrados al ruido de tal manera que su ausencia -sin mentiras, sin tópicos, sin nada con los que cubrir la desnudez de las preguntas para las que jamás hemos tenido una respuesta- nos asusta.

Tal vez -nunca lo había pensado hasta esta línea- sea ese miedo ancestral , ese pánico absurdo la causa primigenia y colectiva de toda estupidez.

7.10.06

N-19

Me despido de ellos. Les veo subir a su autobús, un búho cargado de borrachos como nosotros. De los que ligaron y de los que se vuelven a casa de vacío. Con la cabeza más caliente que la cama solitaria que les espera esta madrugada. Les digo un hasta luego rápido y fijamos la hora para vernos mañana y repetir la ruta de hoy, porque en la amistad siempre hay algo -mucho- de rutina, de Liberty Avenue y de Babylon a la madrileña. En la parada, esperamos los habituales del N-19, que esta noche pasa tan irregular como de costumbre. Es importante que estos pequeños detalles también se repitan. Eso hace que la estúpida ilusión de la vida tenga algo de sentido.

Entonces llegas tú y pasas despacio. Sin prisa. Con las manos en los bolsillos buscando un cigarrillo que no aparece. Avanzas justo detrás de la parada y, no sé por qué, te miro. Lo notas (no triunfaste en los bares, pero un buen luchador jamás se rinde hasta el final de la batalla) y me devuelves la mirada (¿seré yo ese final?). Alto, moreno, de belleza simple y rasgos fáciles. No sería difícil desear follarte, pienso, y dejo que una ligera excitación sacuda mi cansancio.
Tu tabaco no aparece, mientras avanzas cada vez más despacio. Un par de pasos y te vuelves hacia mí. Quieres comprobar si yo sigo mirándote. Y sí, lo hago. Obscenamente. No quiero ponértelo difícil. Ahora no. Es demasiado tarde para jugar a nada. Y tengo sueño y prisa. También estoy caliente. Pero si no actúas rápido me quedo con mis sábanas.

Te acercas tímido. Tu cuerpo merecería más decisión. Estás bien, ya deberías saberlo. No eres el más alto. Ni el más fuerte. Ni el más salvaje. Pero me gustan tus piernas. Y tu espalda. No me ha dado tiempo a ver mucho más. Tampoco aspiro a hacerlo. Con eso ya me sobra.

Un N-19 se aproxima. O vienes o me subo. Al fin lo has encontrado. Sacas un paquete de Fortuna vacío. Lo arrugas crispado y lo pisoteas. Rabioso. Con un cigarrillo en la mano te sería más sencillo atacarme. Te falta el talismán. El autobús que abre la puerta. Los borrachos que suben. El borracho que soy yo y que (¿te?) espera. ¿Vienes o no?

Al final te acercas. Mascullas algo que no entiendo (qué coño importa) y agarras con tus manos mis hombros. Con eso basta. Hoy no pienso pedirte más. No contaba con que ocurriese nada, así que prefiero que el algo sea lo más sórdido posible.

Tú no me entiendes. Hablo demasiado para la cantidad de alcohol que tienes encima. En realidad, dentro. Te arrastro hasta una de las perpendiculares a la Gran Vía, una de esas calles sucias, oscuras y llenas de olores infames que sugieren perversiones privadas hechas públicas. No te importa. Y a mí me excita. Bajo tus pantalones. Cojo tu sexo. En ese punto de erección semifláccida que delata tu grado de alcohol. En los controles policiales deberían mirar eso a menudo. Que se metan el globo y el soplido por el culo. Que contraten maderos guapos y que saquen la polla al conductor para comprobar si se le endurece o no. Si lo hace, que lo premien con la mamada que hoy te exijo a ti. No puedo darte más placer que el de ejercer en mí, porque tu sexo no va a pasar del estado -semideplorable- en el que ahora se encuentra.

A ti no te importa. No te preocupa. Aguantas hasta que me corro y perpetras una caricia que rechazo. No me toques más. No se trataba de eso. Tampoco hay despedida, solo una carrera hasta la parada de autobús. Entre la masa, mientras intuyo que tratas de abrocharte con torpeza el pantalón, olvido tu existencia y siento una de esas bofetadas de ansiedad que me atacan en madrugadas como esta. Mientras me repongo del golpe, llega -irregular, como todas las noches- otro N-19. Y esta vez, esta maldita vez sí que es el mío.

5.10.06

Distancia prudencial

El cine negro nunca se nos dio bien. Lo nuestro es el humor negro. O el negro del drama rural. O incluso el negro de la tragedia lorquiana. Pero el negro del cine americano lo hemos imitado hasta la náusea sin conseguir resultados dignos de recuerdo. Al menos, en su gran mayoría.

La distancia, estrenada el pasado viernes, es un paso más en esa carrera de emulación hacia ninguna parte. Un intento de género que parte de todos los tópicos que ha encontrado su director para construir una historia que no encaja y que, de puro mema, acaba provocando una cierta hilaridad.

Entre los tópicos destaca el trío protagonista: el boxeador, el madero corrupto y la puta. Basta esta enumeración para pensar en una película previsible, manida, tópica y, por supuesto, tramposa. En el lado positivo de la balanza, sin embargo, podemos situar algunos diálogos, el uso de la luz (efectista pero bien conseguido), la corrección de las interpretaciones (incluso la de un José Coronado que parece más actor de lo que es habitual en él) y, por encima de todo, el físico insultantemente perfecto de su protagonista, Miguel Ángel Silvestre, que se sitúa muy por encima de la media del físico interpretativo nacional. Y lo mejor no son solo sus escenas en el ring -en las que la cámara se recrea en su portentosa musculatura- sino sus escenas de cama, donde -como en sus mejores tiempos en Motivos personales- vuelve a presumir de poseer el mejor culo de todo el cine español.

Además del tema carnal, hay otros elementos de la película que podrían salvarla de la mediocridad y el tedio en el que acaba cayendo, como la pasión -casi amour fou- entre el policía gay y el joven boxeador. Pero ni el guión es tan valiente ni los actores tan sutiles, así que el fogonazo acaba siendo una entelequia que provoca un giro inverosímil en los hechos, en vez de generar la tensión sexual que exige el cine negro.

Aquí, más que negro, todo parece desteñido y bajo en calorías, así que las dos horas transcurren lentas entre metáforas de la vida como un combate de boxeo -y viceversa, que las viceversas siempre dan mucho juego- y otras simplezas de las que solo despertamos gracias a los hombros, brazos, abdominales y piernas arqueadas de Miguel Ángel Silvestre, cuyo apellido da mucho que pensar sobre su más que probable salvajismo en la cama (quién lo probase).

Como la edición de hoy de Supermodelos no ha conseguido animarme tras esta decepción cinematográfica de la tarde de hoy (la nominación de Laura B ha acabado con la escasa fe que me quedaba en el género humano), me despediré autoalegrándome con un vídeo de una de mis series favoritas, Nip/Tuck. Sí, exacto, ese folletín donde todo el mundo es tan pijo y tan guapo y tan sexy y, a la vez, tan sórdido, tan mezquino y tan frustrado... Una serie con un guión tan afilado como el bisturí de sus protagonistas, dos cirujanos plásticos que a través de la aparente frivolidad de las tramas se dedican, en realidad, a diseccionar el vacío de su vida. Y de quienes los rodean.

Entre esos otros que los rodean aparece, de vez en cuando, alguna sorpresa del pasado televisivo reciente, como la aparición en su cuarta temporada del mismísimo Mario López, el A. C. Slater -tosco, moreno y diestro en lucha libre- de Salvados por la campana. Ahora mismo -si intento hacer balance- no sé si he visto más veces Verano Azul o Salvados por la campana, pero admito que Slater, Zach y Kelly tienen en mi biografía tanto peso como Pancho, Javi y Chanquete. Sin embargo, mientras que Pancho y Javi no abundaban en masa corporal, Slater era el prototipo de jovencito cachas que a mí, en mi tierna adolescencia, me ponía mucho más de lo que jamás pude confesarle a mis amigos. Luego -años después- el tiempo pasó y yo me convertí en el hombre de 29 años maravilloso, atractivo y seductor que soy ahora y Mario López -Slater para los fans- en el treintañero cañón que se preveía. Por eso, en homenaje a la adolescencia -y con todo mi cariño para la injustamente nominada Laura B- pongo este vídeo donde, además de la imagen, es importante fijarse en las palabras. Impagable el diálogo en el cuarto de baño, ese lugar donde mis conversaciones -cuando las hay- jamás superan las tres palabras y el morreo inmediato. Pero eso, una vez más, es otro tema.

3.10.06

El rey Clive y los caballeros de la Cama Redonda

Siguiendo con mi tema favorito -el sexo, cómo no- daremos un salto en el tiempo para abordarlo en su vertiente medieval que, bien mirada, también tiene su gracia. No, no había poppers, ni Liberty Avenue, ni siquiera conocían a Mónica Naranjo, pero también se lo pasaban bien a su manera.
Dejando a un lado consideraciones políticamente correctas (que suelen ser más bien hipócritas y, sin duda, muy aburridas), hay que reivindicar el lado morbosillo del Medievo europeo, dejando a un lado el aburrido mundo del Cid y su fidelidad, que -gracias al peso en nuestro país de la Iglesia desde el principio de los tiempos- es uno de los héroes de su tiempo más aburridos en lo sentimental.
Afortunadamente la épica francesa se sacudió con ligereza los condicionantes religiosos -luego se los sacudiría para siempre en ese siglo XVIII que nosotros no tuvimos y que es el barro del que nos vienen estos integristas lodos- y se dedicó a cultivar uno de los ciclos más fecundos y fascinantes de la Historia de la Literatura: el ciclo artúrico.
La base, aunque británica, no obtuvo un primer desarrollo a la altura de sus personajes hasta que la pluma (entiéndase, por una vez y sin que sirva de precedente, en su significado no gay) francesa le dio forma en verso, gracias al talento y la imaginación de sus autores. Así se configura la lascivia de Morgana, el adulterio de Ginebra, los cuernos del rey Arturo y la galantería de Lançelot, ese amigo íntimo que te clava el puñal por la espalda cuando menos te lo esperas (y de esos, Arturos míos, hay muchos sueltos por ahí...) Por no hablar de ese amor gay inconfeso entre Arturo y Lançelot, que también apuntaba el amaneramiento del caballero en la estupenda película musical Camelot, tan incomprendida y tan deliciosa.
Todos estos personajes aparecen en una colección de libros que he encontrado este mes por puro azar -mientras preparaba mis clases- bajo el nombre de Biblioteca artúrica (dentro del sello de Alianza Editorial).
Entre las obras incluidas en esta Biblioteca merece la pena adentrarse en el Breve diccionario artúrico de Carlos Alvar (en la imagen), ejemplo de obra divulgativa y amena a un mismo tiempo, capaz de reunir en su interior las leyendas más fascinantes y de resumirlas como si de micronovelas se tratase. El autor se salta toda la parte más técnica y no nos aburre con cuentos para filólogos (manuscritos y otras simplezas eruditas que no interesan a nadie en su sano juicio) y, lejos de caer en el mamotreto insufrible, construye una obra dinámica y exhaustivamente documentada donde lo importante es dar cuenta de las variantes más importantes de cada historia y de los rasgos más notables de cada personaje.
La lectura de cualquiera de sus entradas constituye un microcosmos literario en sí mismo, así que este supuesto diccionario es, a su vez, una suerte de biblioteca condensada donde la imaginación basta para dar forma a cada una de las vidas que encierra.
Ahora que el cine se dedica a contar mal la Historia -valga como ejemplo esa nefasta Los Borgia que amenaza nuestras pantallas- puede merecer la pena adentrarse en sus muros a través de líneas de obras como esta. Y, encima, habla de sexo. A semejante joya bibliográfica solo le falta para ser perfecto un desplegable de Clive Owen desnudo (pausa: necesito tomar aire mientras me imagino algo así) interpretando el papel del rey Arturo en la funesta película del mismo título... Por si acaso, y para calmar mis propias ansias de sabiduría medieval, la foto para el desplegable os la incluyo yo.