30.11.06

Del júbilo al terror

Entre las noticias dignas de alegría y regocijo de la semana tenemos que comenzar por el lanzamiento del esperado último ladrillo de Luis Miguel, ese señor que una vez fue sex symbol y que cada día se parece más a una señora de puro acartonado y relamido. En esta ocasión nos ofrece su cd Navidades Luis Miguel. Por primera vez, un título directamente antonomásico: ni siquiera una preposición del tipo Navidades con Luis Miguel, Navidades según Luis Miguel o hasta Navidades por Luis Miguel. Para nada. Las Navidades, por obra y gracia de este maravilloso trabajo, se convierten directamente en el mismísimo Luis Miguel y en su tupé apermanentado, lo que nos da un motivo más para detestar estas fechas con toda intensidad... El disco, suponemos, contendrá la consabida selección de boleros olvidados que este buen señor rescata con el único fin de dormirnos con ellos y así darnos razones para olvidarlos de una vez por todas. Los compositores de boleros, sin duda, deben estarle muy agradecidos por su capacidad para generar aversiones y fobias indiscriminadas hacia su género.

Pero el campo de la cultura nos ofrece hoy otros motivos de júbilo, como la petición del Instituto de la Mujer de que se cambien, de una vez, los nombres de t-o-d-a-s las profesiones para no ser sexistas. Porque, según este Instituto, debe haber periodistos y periodistas, por ejemplo, ya que lo contrario es una marginación en toda regla. No contentos con hacer pública semejante gilipollez, han sido capaces de hacer llegar esta interesantísima queja a la mismísima RAE, exigiéndoles una respuesta. La RAE, cuya última respuesta fue una que dio Pérez Galdós a finales del XIX, se tomará su tiempo, así que puede que cuando decidan algo ni siquiera existan las profesiones sobre las que lo hayan decidido. Por supuesto, podríamos perder aquí el tiempo explicando que las palabras tienen género y no sexo, de modo que decir bolígrafo y no bolígrafa no es un acto sexista, sino uno de esos caprichos idiotas que tiene la gramática, como poner desinencia de género a los sustantivos y de tiempo a los verbos. Por cierto, que como los pronombres son otros cabrones misóginos reivindico que se cambie el sistema pronominal para que quede claro si el yo y el tú son chico o son chicas, con cambios tan sutiles como yoo frente a yoa y tuo frente a tua. Si alguien del Instituto de la Mujer está leyendo esto, le regalo la idea. Ah, también podrían dedicarse a hablar de cuestiones como diferencia de sueldos por un mismo trabajo, o de preguntas sexistas en entrevistas de trabajo, o de bajas de maternidad minúsculas y ridículas frente a otros países europeos..., pero supongo que todo eso es una nimiedad al lado de poder decir que Urdaci es un periodisto muy ecuánimo.

Pero no solo de placeres culturales vive el hombre, también necesitamos emociones estéticas como el terror que, gracias a la nunca bastante ponderada ¡Hola!, podemos experimentar con algunas de sus imágenes. Y como somos de natural generoso, vamos a compartir con todos las cuatro imágenes más terroríficas de esta semana (dejando a un lado las de Mamen, Pulpillo y Mimi en GH).

1. Siniestramente iguales...
Las de arriba son dos hijas de Isabel Preysler. El ejercicio consiste en distinguirlas entre sí y, a la vez, distinguirlas hasta de su propia madre y de su hermana mayor, Chábeli (con tilde inmensa en la primera a). No sabemos si estas dos están muy aseñoradas o si la mamá y la superhermana están muy añinadas, el caso es que esta fotografía nos recuerda, en versión pijofestiva, a las gemelas del pasillo de El resplandor. Igualmente siniestras son sus declaraciones, sobre todo una en la que afirman: "Sin Chabeli no nos sentimos completas". Si alguien necesita a Chábeli para sentirse completo, ese alguien tiene un grave problema de identidad. Que se lo hagan mirar, por favor.


2.
Siniestramente animales...
He aquí unos famosos -de los que no conocemos a ninguno- en Disneyland Paris. Lo complejo en este caso es distinguir a los famosos de Chip y Chop, porque todos se han mimetizado en gorros y pieles gigantes que además de demostrar que el tema ecológico les importa un bledo, también nos enseñan que cuando vayamos a un parque temático debemos vestirnos del parque en cuestión. Así que nada como salir de casa rollo ardilla para codearse con esos dos muñecos que le hacían la puñeta al Pato Donald (ya sabéis, el ánade y marinerito gay que coleaba por ahí sin pantalones).

3. Siniestramente elegantes...
En el título, se puede tachar la palabra elegantes y sustituirla por cualquier otra que signifique lo contrario. Basta fijarse en las pintas del reparto de El camino de los ingleses con Fran Perea haciendo de Fran Perea -ya saben, treintañero que hace de adolescente en serie de instituto-, una actriz vestida con la cortina de su casa (y encima, ceñidísima, para que no respire y se ahogue), otra vestida con una especie de gasas y transparencias negras que nadie le dijo que no combinan ni de broma con ese calzado rojo completamente desafortunado, otro con un traje de raya diplomática que no ha dado tiempo de arreglarle para que los hombros no le caigan a la altura del codo y, como gran centro de fiesta, el hortera del prota, que parece haber robado su traje brillante gris de aquella serie que lo hizo famoso (Mis adorables vecinos, no comment). En el lateral derecho, Felix Grande, un actor guapo y soso que no se ha terminado de decidir entre imitar a Jesús Vázquez con la camisa ajustada, a Jaime Cantizano con la chaqueta semiarreglada pero informal o a Coyote Dax con las botas de cowboy.
No, definitivamente, nunca seremos Cannes.

4. Siniestramente aterrador...
Y como cierre, la foto más terrible de la semana, la del mismísimo Karl Lagerferd, ese diseñador que ha encontrado inspiración para su imagen en El Gabinete del Doctor Caligari, solo que después de haber confundido una parrilla con una sala de rayos uva. Además de por su ultrabronceado, su aspecto de figura huida del museo de cera, y de su inquietante parecido con Julio Iglesias, solo nos preguntamos por el detalle absurdo de sus guantes plateados de fitness, pero preferimos no obtener respuesta alguna, por si acaso. Y como remate de la imagen, comprobamos que la cabeza que se asoma justo detrás es la de Boris Izaguirre. Scully siempre tuvo razón. La verdad sí que está ahí fuera. Lo que nunca nos dijo Scully era lo fea que podía ser esa verdad. Menos mal que ¡Hola! nunca nos miente. Menos mal...

29.11.06

Grita 2006

Hace un año 90 autores teatrales, 90 actores y unos cuantos locos más (total 180 y muchos) nos sumábamos a una iniciativa de Adolfo Simón, uno esos pocos que siguen creyendo en que el teatro es algo más que esnobismo y sofisticación impostada, uno de los que siguen empeñados en que el teatro tiene entidad y función social que no necesita ni de fatuos vanguardismos ni de estridentes panfletos para expresar algo. O incluso para poder gritarlo.

La iniciativa en cuestión se llamaba Grita! Tengo Sida (se puede encontrar más información en su web) y consistía en llenar las calles de Madrid de monólogos que hablasen de esa pandemia de la que apenas se dice algo porque, a fin de cuentas, ya no es noticia. El día elegido, cómo no, el 1 de diciembre. En parte como homenaje a quienes luchan con esta enfermedad -esa fecha es, todos lo sabemos, el día mundial de la lucha contra el Sida- y en parte como necesaria apuesta de marketing para conseguir que los medios -al menos, los no del todo amarillistas- prestasen atención al proyecto.

Y esa locura colectiva en la que tanta gente trabajamos por el puro placer de sentir que el teatro sigue teniendo sentido -de nuevo la semántica- se revalida este año con la repetición, uno por uno, de esos 90 monólogos, de esas 90 interpretaciones, de esas 90 historias que esta vez llenarán las aceras de la Ciudad Universitaria madrileña, un pequeño recodo en medio del barullo donde, como en cada rincón académico -infantil, adolescente o, por qué no, adulto-, se intenta forjar algo parecido a un mañana. A una mente crítica y abierta a esa mañana.

Por eso, desde las 8 de la mañana hasta las 9 de la noche de este 1 de diciembre se sucederán las palabras y las actuaciones sin previo aviso en esas facultades, en los autobuses que las conectan, en las calles que las esconden y en las paradas de metro en las que desembocan. Mi texto, un breve Lo entiendo, transcurrirá dentro de un autobús (intentaré estar subido a él para observar las reacciones de los pasajeros) a las cinco de esa tarde.

Por si acaso no llego, dejo aquí copia de esa pequeña historia. De ese puñado de frases donde no hay buenos consejos, ni soluciones, ni tan siquiera optimismos impostados. Tan solo hay un retazo de visión del mundo de un tipo que solo sabe expresarse en algo que se llama teatro y que, gracias a locos como Adolfo Simón y sus 90 autores y sus 90 actores, sigue estando muy vivo.

Lo entiendo

EMPLEADO Nº 1331:

Lo entiendo, me dijeron. En mi empresa no tuvieron ningún problema para entender mi enfermedad. Y eso que mi pareja me aconsejó que no lo contara. Roberto me aseguró que era mucho mejor callar. Pero yo no estaba de acuerdo. Ya es bastante jodido sufrir esta mierda como para tener que avergonzarme de ello.

Lo entiendo, me dijeron. Y mis jefes me pusieron su cara más políticamente correcta. Es importante ser políticamente correcto cuando uno tiene SIDA. Hablar con claridad podría hacernos creer que la enfermedad sigue existiendo. Que la plaga se extiende. Que quienes la sufrimos aún esperamos soluciones.

Mis jefes mostraron mucho interés. Sabían del SIDA todo lo que les habían contado en alguna de esas campañas pro-preservativo. Todo lo que habían visto en esos anuncios en los que nunca se habla de mí. De mí –no debe ser políticamente correcto- nadie dice nunca nada.

Yo pertenezco a las estadísticas de los irresponsables, de los insensatos, de los estúpidos que no nos dimos cuenta de que no podíamos dejarnos llevar por la pasión, ni por el instinto, ni por el deseo. La gente que sale en esos anuncios controla perfectamente su deseo. Y sus instintos. La gente que me dijo que entendía mi enfermedad, también debe saber controlarse muy bien. Seguro que ellos nunca han bebido. Que nunca se han sentido tan solos como para acostarse con un desconocido. Que nunca han necesitado abrazarse a nadie. Por eso entiendo que me juzguen. Su alma de látex les da derecho a sacarme de cualquier estadística.

En el trabajo entendieron lo me pasaba. Por eso empezaron a esquivarme en el cuarto de baño. A tocar con prevención los objetos por los que yo pasaba. Entiendo, me dijeron. Y corrieron a lavarse las manos después de estrechármelas para decirme que lo sentían.

Te lo advertí... Pero Roberto no tenía derecho a advertirme de nada. También yo lo entendía bien a él. Entendía que no pasábamos nuestro mejor momento. Que hacía meses que el amor era una rutina en la que nos ahógabamos sin demasiadas ganas. Que nuestras noches estaban casi tan vacías como nuestros amaneceres y que era lógico que quisiese llenarlas con alguien más.

Te entiendo, le había dicho hacía meses. En aquella ocasión me limité a bajar la mirada cuando Roberto me pidió que me hiciera las pruebas. En los anuncios pro-preservativo nunca hablan de eso. En el sexo en parejas estables no hay riesgos. En esos anuncios Roberto no lleva viviendo conmigo cinco años. Ni está saturado de nuestra convivencia. Ni sale a un bar. Ni bebe como un adolescente. Ni liga con un desconocido. Ni lo mete en su cama. Ni se muere de ganas de comerle la polla para olvidar la rutina que lo ahoga conmigo. Ni echan un polvo. En esos anuncios Roberto no recibe un sms de ese desconocido diciéndole que ha descubierto que es seropositivo. Ni tiene que contármelo. Ni me obliga a pedir cita para hacerme las pruebas. En esos anuncios no sale el médico que confirmó que sí. Que mi cuerpo había dejado de ser mío.

En mi empresa supieron entenderme. Por eso me pidieron que también les entendiera yo: su cuarto de baño no está preparado para mi caso. Ayer, a primera hora, su comprensión vino acompañada del fin de mi contrato. Un contrato por obra, me recordaron. Esta vez me despidieron sin estrechar la mano. Lo olvidarían, supongo.

Si no lo hubieras dicho... Miro a Roberto y no acabo de saber qué recriminarle. Porque no sé si esta mierda es culpa de alguien. No sé si puedo asegurar que no habría hecho lo mismo que él. Que no habría buscado a otro hombre en otro bar y en otra cama. Que no habría perdido el control. Que no habría cedido al deseo aunque no tuviera un condón cerca.

Nunca he sido bueno censurando mi instinto. Alguien más hábil que yo debería explicarme cómo se controla la sangre para que no estallen las emociones bajo la piel.

Nada de eso se cuenta en los anuncios. Nada de eso se cuentan en ningún sitio.

Lo entiendo, aseguran. Pero nunca entenderán cómo duele –cómo mata- tanto silencio.

28.11.06

Equipaje de mano

Dos despedidas en un día son demasiado incluso para mí. Y eso que ya debería estar más que entrenado, incluso habituado a facturar emociones y sentimientos con la habilidad de quien pasa por el infernal control de pasajeros sin que le piten las llaves o el reloj. En mi caso, soy capaz de despojarme de cualquier metal en tiempo record, hasta de llenar con soltura las nuevas bolsas transparentes donde exhibir los botecitos de gel secuestrados del último hotel o las muestras de perfume con las que seducir y ser seducido. La intimidad, en perfectas muestras de no más de 100 ml., también pasa el control y se aleja en esa aduana frágil y dolorosa que es la de la memoria.

Y a pesar de la costumbre y de las horas vividas en aeropuertos de ida o de llegada -he perdido la cuenta de las ciudades sumadas-, esta vez -tarde dominical, hórrido instante de cualquier semana- se me hizo demasiado difícil duplicar el adiós. Despedirme a un tiempo de Barcelona y a otro de Bruselas, hacer dos guiños, dos llamadas, dos muecas de no pasa nada cuando sí que pasa, cuando lo que pasa es esta desolación que no me deja en paz, porque no puedo esterilizarla en otros 100 ml., ni guardarla en otra bolsa de plástico, ni convencionalizarla hasta que me deje respirar.

Quizá por eso, entre hastiado y simplemente exhausto, esta mañana mi cuerpo volvió a desprenderse de mí declarándose en necesaria huelga, obligándome a estar en cama un día. Y no a estar en la cama, para que luego digan que los artículos no son semánticos. Que no significan. Estar en la cama significa un algo, es más, significa un alguien, es sudor con alguien. Estar en cama no significa más que sudor por fiebre. Eso y algún que otro analgésico de los que sí permiten pasar en el control del aeropuerto.

Mi cuerpo, en realidad, ya debería saber de qué va todo esto. Debería ser tan ágil en la convalecencia y en la espera como las ruedas de mi samsonite. Como las maniobras del siguiente avión. Pero hoy -lejos de aéreo y volátil- soy más bien lastre y añoranza, nostalgia y días tachados en malva -qué le voy a hacer, solo concibo la versión queer de la melancolía- en mi calendario.

22.11.06

El síndrome Ramoncín

Definitivamente, uno no puede seguir siendo el mismo tras verse los resúmenes de OT con ese ser entre marciano y repulsivo llamado Moritz cuyo llanto convierte al de la hiena en la más musical de las melodías. En esta semana, en la que el trabajo at home me sale, directa y simplemente, por las orejas, solo las comparto (las orejas, I mean) con programas que no alteran mi equilibrio intelectual, es decir, aquellos que pueden ser emitidos y recibidos sin ningún tipo de esfuerzo mental, lo que incluye un amplio sector de la programación.

Entre los únicos vetos (por salud mental) incluyo dos títulos que me niego a ver, sobre todo tras haberlo intentado en más de una ocasión con resultados igualmente desastrosos.
El primero, es esa suerte de Expediente X del pasado llamado Aquí hay tomate, donde se investigan los tiempos pretéritos de personajes que no me interesan en absoluto y a los que se fustiga públicamente por pecados y delitos tan graves como haber sido infieles a sus parejas. Que los presentadores de semejante catálogo inquisitorial vayan de modernos y progres, me saca de mis casillas, porque su programa ya no juega al distanciamiento más o menos satírico y divertido, sino al juicio moral pueblerino y paleto donde todo el mundo tiene derecho a ejercer de fiscal moralizante y moralizador.

El segundo se sitúa en el polo opuesto y es el templo de la sacralización del vacío. Ese envase de la nada en el que lo único acertado es el nombre: Carta blanca. Tan blanca y vacía como su plató, como sus presentadores y como las ideas que allí no aparecen. Lo mejor es el listado de supuestos intelectuales que han pasado por allí: desde Isabel Coixet, cuya frase más tracendente es la de Silke en su anuncio de compresas (sí, ese que si no se veía tras una ingestión masiva de porros no se entendía), hasta David Trueba, director de películas mediocres y autor de una supuesta novela (de esas que son novelas porque tienen pastas, porque si no, serían el prospecto de un laxante) que también ejerce de intelectual por la vida exigiendo lo que podemos denominar, sin temor a equivocarnos, como "complejo o síndrome de Ramoncín".

Y siguiendo con este culto al vacío, no podemos dejar de citar a otra de esas personalidades mediáticas que ha hecho de la nada un auténtico don de intelectualidad: Emilio Aragón. Su último atentado cultural es un disco que lleva por título Bach to Cuba en el que, además de un espantoso juego de palabras, el ex-payaso y actual jerifalte televisivo, acaba con todo vestigio de dignidad en Bach y lo fusiona -contra su voluntad y sus pentagramas- con sones cubanos. Imaginamos que, con la suficiente cantidad de alcohol en las venas, el disco podrá oírse sin soltar exabruptos. Aún así, esperamos la pronta resurrección de Bach para meterle a Emilito una demanda como es debido.

Pero como no todo pueden ser descalabros en lo que a la música se refiere, esta semana celebramos el lanzamiento de un disco que todos demandábamos con auténtico furor: la selección de los mejores temas de Gran Hermano. Y es que quién no iba a querer un CD con los grandes temas de Sonia & Selena, King África o Coyote Dax. Gracias a este CD ya no tendremos que esperar a la próxima boda ni al próximo cutre cotillón de Nochevieja para bailar tan ínclitos temas, sino que podremos organizar fiestas en nuestros pisos de 5 metros cuadros (a metro cuadrado por amigo caben 5 amigos) porque, Sonia & Selena dixit, queremos bailar toda la noche.

Tras este interludio cultural, regreso a mis quehaceres de editor free-lance y profesor concienciado. Menos mal que se acerca este fin de semana y, con él, Barcelona. Menos mal...

19.11.06

Ese otro Madrid

Una de esas salas pequeñas, semiescondidas en esta ciudad donde quienes no nos conformamos con el gris de la realidad que nos venden tratamos de dar pedazos de un nosotros que, tal vez, aporte alguna minúscula diferencia.

Una de esas salas que solemos compartir grupos independientes, mal llamados alternativos (odio lo alternativo que se autovende como minoritario: el arte, cuando lo es, debe expresar, emocionar, sugerir y decir), gentes que cuentan músicas o que cantan piezas teatrales con más pasión que apoyos y más ideas que medios.

Una de esas salas en las que se sube el escalón de lo mediocre para entonar melodías y letras diferentes, personales, unívocamente propias, como la de este Clyde que saca al mercado un segundo disco tras haber batallado con el laberinto de la realidad que circunda el proceso creativo.

Una de esas salas donde convivir entre cada nuevo tema con amigos de esos a los que se abraza sin dudar, a los que se abraza por egoísmo y por necesidad. Amigas, en este caso, que te acompañan o que te invitan, que me flanquean para que no me caiga cuando en noches de tristeza no confesada me deslizo hasta sus brazos y su presencia.

Una de esas salas donde corear ese Martini para desayunar que evoca tantas noches de pasiones comunes y despertares resacosos, o esas Cosas que dejó el verano que teje tras de sí el halo de nostalgia de toda pérdida (¿quién no las tiene?) y de todo olvido que, estival o no, suena marítimo en la voz del cantante.

Una de esas salas donde quien actúa no solo es artista, sino también amigo. Luchador y obstinado contra los dictámenes de lo posible, agudo en sus composiciones y sincero en sus textos, sin más necesidad que la de un lirismo condensado y próximo que tiene algo de haiku, algo de poesía urbana, algo de su Sur y de nuestro Madrid.

Una de esas salas que anteceden a una noche que enloqueció poco a poco, como todas las noches que merecen la pena, como todas las que acogen más de un ritmo, más de un estilo, más de una música. Porque la noche, como una buena copa, debe tener las dosis justas de cada bebida. Y en esta ocasión se combinaron el tempo lento de ese EP quasi narrativo llamado Amor (con colaboraciones como las voces de Nosotrash en uno de sus estupendo temas) y el tempo rápido de las copas y los cuerpos que se insinúan, que se restriegan, que se reconocen en el barullo apresurado y discoquetero de esa otra música, donde no importa ya la melodía, sino tan solo las caderas. Las miradas. Las insinuaciones más o menos obscenas. Y la piel.

Una de esas salas que, como cajas chinas, esconden otras salas. Otras miradas. Otras vidas. En mi grupo llevamos diez años habitando sus callejones y desvanes, sus focos y sus sótanos, sus llenos y sus clamorosos vacíos. Todo lo que acontece en el espectáculo es azar. Todo lo que lo antecede es siempre esfuerzo. E incluso cuando hay palos, entusiasmo.

16.11.06

Monstruos

Hubo que esperar a los románticos para que nos descubrieran que los monstruos más terribes solían tener el rostro más hermoso. Que la belleza encerraba una doble faz y que la perversidad, según como se mirase, podía ejercer una fascinante seducción. Ahí comenzó a darse sentido a una palabra, la sordidez, tan mal comprendida y peor asumida.

Los modernistas y otras especies afines convirtieron ese impulso romántico en una nueva moda gracias a su supuesta frivolidad -dichosos los superficiales, pues de ellos es el reino de la inteligencia- y revistieron de snobs reflexiones tan hirientes como la de ese espejo que devoraba a Dorian Gray, ese espejo- ese monstruo- que muchos de nosotros no vemos aun cuando sigue ahí detenido, justo delante de nuestras narices.

Monstruos como los que atormentan las conciencias de los personajes de Poe, cuyos mejores relatos siempre serán aquellos donde el mal tiene formas inciertas aunque reconocibles, de un corazón que estalla bajo el pavimento donde oculta su crimen o de un hombre que se persigue a sí mismo sin ser consciente de ello., este mes celebramos que uno de los clásicos del mejor terror se edita, al fin, en dvd. La edición es paupérrima, pero al menos permite disfrutar de tres mediometrajes absolutamente espléndidos en los que se adaptan tres inquietantes relatos de Poe. El mérito, en primer lugar, es la selección de los cuentos, mucho menos tópica de lo esperable. Y, sobre todo, reside en los directores y el elenco de cada cuento, con nombres como Louis Malle o Fellini detrás de las cámaras y Alain Delon o Terence Stamp (dos guapos entre los guapos) delante.

De los tres relatos, mi favorito -sin duda- es el protagonizado por Delon y dirigido por L. Malle. Su nombre, William Wilson; su tema, la dualidad de todo ser humano, la lucha eterna e invisible entre los instintos y la educación, la maldad y la bondad, la crueldad y la benevolencia. Ángel y demonio a un tiempo, el filme desgrana con cinismo, sensualidad y decadentismo la prosa poética de su relato original, traduciendo las palabras en lugar de limitarse a ilustrarlas, tal y como suelen hacer las malas adaptaciones literarias actuales. La película, lejos de ser una mímesis del texto, se convierte en una relectura inteligente y turbadora llena de instantes que son, en sí mismos, puro cine.

A mis alumnos quinceañeros, por cierto, les ha entusiasmado William Wilson a pesar de que al principio les parecía sospechosa la fecha de la película... Alguno incluso ha dicho que la película le daba más miedo que las de terror a las que está acostumbrado, porque eso de ver el mal tan de cerca le hacía sentir muy raro. El chico, por supuesto, se ha ganado un positivo instantáneo y, de paso, he anotado su nombre en mi cuaderno, no vaya a tratarse de un Wilson en potencia. Nunca se sabe.

Cuiden sus monstruos. Los míos, en días impares y bajo fianza (como la Zaldívar), salen a pasear.

14.11.06

La vida sigue igual (solo que menos bizca)

Acabó Supermodelos, pero la vida continúa. Sobre todo, ahora que ya sabemos que se está fraguando un Supermodelos masculino que esperamos haga las delicias de este comentarista y de sus más bajos instintos, que -admitámoslo- son unos cuantos.

Como prueba de que la vida sigue igual -Julio prelifting dixit-, la Academia OT nos dejó momentos memorables esta semana. Como la visita del mismísmo Julio -momificado y contento- a los chavales, la confesión de uno de ellos de que no sabía quién era Serrat (cultura musical, evidentemente, no les sobra) y la elección trigésimonovena de ese horror llamado Saray como favorita. Afortunadamente, el impostadísimo Risto (se ha preparado un personaje para hacerse poular y, la verdad, le funciona) dio la nota diciendo que quería nominar a los profesores. Podrían empezar con Kike Santander, ese líder internacional del empalago y la poesía barata digna de algún que otro blog que yo me sé... Pero no, no seré malo y no les daré links con el dedo acusador para que se rían con ciertos, jeje, intentos lirícos de ciertos, jeje, autores noveles...

Y para seguir dando testimonio y fe de esa vida que continúa, haremos un repaso breve por la realidad más cruda. Por ello advierto previamente -y no como Vargtimen, que nos planta a la Britney embarazada sin avisar- del contenido escabroso de las siguientes imágenes, no aptas para lectores sensibles (si es que queda alguno que todavía no haya perdido la inocencia...) Las imágenes, por supuesto, han sido extraídas del semanario que con más enjundia y profundidad nos informa de todo aquello que no nos interesa un bledo pero que, por lo menos, es más divertido que los índices bursátiles: la revista ¡Hola! Dicho esto, comenzamos el recorrido iconográfico organizado por materias.

1. Filosofía
Ricky Martin, fotografiado en unas ocho páginas para lucir tipo (el chico ha perdido el sobrepeso que se ganó el año pasado gracias a las clases con su, jeje, profesor de gimnasia particular...), afirma en un sorprendente titular cuál es su primer pensamiento cada mañana: "¿Dónde está mi café?" La intensidad metafísica de su comentario ha llevado a los sabios editores de esta publicación a destacar su afirmación para que todos compartamos su cosmovisión quasi kantiana. Leed y admiraos de lo que el pensamiento post-pop (o pop-corn) puede dar de sí.No contento con esto, el cantante afirma que le gustaría ver su casa llena de niños tirados por el suelo... En fin, nos limitaremos a decir que Michael Jackson comenzó así y acabó colgando a un bebé de un balcón como si fuera Aquiles bañado por su madre en la Estigia (qué torpe la madre de Aquiles, por cierto, tanto oráculo para que la buena señora se olvide de mojarle el talón, en fin, hay que joderse).

2. Moda
Nada como Leticia Sabater para marcar tendencia. Gracias a ella siempre sabemos lo que NUNCA debemos ponernos y lo que JAMÁS toleraremos que nadie de nuestro entorno lleve encima. Esta vez, la clase de estilismo la ha dado en la boda de su hermana. Suponemos que su hermana pensó que lo mejor era no invitarla, pero no debió quedarle otra opción. Es lo que tienen las familias, como bien sabemos todos los fans y adictos a Los Soprano.


3. Lógica

Aplastante la de este buen señor, un tal no sé cómo se llama, que es el padre de Colate. Sí, ese hombre con nombre de dentífrico que se va a casar con Paulina Rubio. Sí, esa cantante que se disfraza de Barbarella en su último disco y que ha sacado un CD con un sinfín de temas aburridísimos que nadie ha conseguido oír en su totalidad hasta el día de hoy. Pues bien, el papá de Colate afirma en un titular que él asistirá a la boda de su hijo, pero que no va a ser la madrina:
Menos mal que lo ha aclarado de una vez, porque la duda nos corroía. Al menos, padrino y madrina serán de sexos ortodoxos y eso, quieras que no, viste muchísimo en una boda. Podría ser como la de Chendler en Friends pero Colate, con ese nombre, no da para más.

4. Ciencia y tecnología

El mundo OT sigue produciendo pseudodivas gays de esas que adoptamos a los cinco minutos de conocerlas. Es sorprendente la velocidad a la que los gays creamos una diva, capaces de poner a la misma altura a Barbra Streissand (¿por qué nadie quema todas sus películas sin dejar rastro y, especialmente, el coñazo de Yentl?), a Malena Gracia (de gracia desconocida hasta día de hoy) o a Soraya, cuyo doble mérito ha sido deconstruir el tema Por ella y convertirlo en el ya célebre Poyeya y, en segundo lugar, operarse para dejar de ser bizca y empezar a no serlo. La foto del momento está, como se puede comprobar, llena de glamour, especialmente por la fotogenia de la pobre oftalmóloga, a la que alguien ha engañado bellacamente para que aparezca en la revista y así reírse a gusto. Imaginamos que se trata de un acto de mobbing nada sutil por parte de sus compañeros de curro.

Y hasta aquí la realidad de la revista del saludo exclamativo. De la otra realidad, mañana hablamos. Ahora tengo que decir si quiero ser madrina o padrino en mi próxima boda.

10.11.06

Supermodelo 2006. Razones para un clásico

Por vuestros comentarios os conocerán.

Algo así es lo que habría dicho un ciber-mesías a sus apóstoles en el siglo XXI. Y es que, queridos co-blogueros, no ha dejado de sorprenderme vuestra habilidad para hablar de Supermodelos en un post que nada tenía que ver con tan trascendente asunto. De nuevo, habéis demostrado estar a la altura de las circunstancias reconociendo la importancia de uno de los eventos mediáticos más memorables de los últimos años.

¿Por qué? Entre otras miles, por estas razones:

Razón nº1
Porque hacía tiempo que no asistíamos a una presentadora tan lamentable como la irrepetible Judit Mascó, que ha llegado mucho más lejos que la mismísima Carmen Sevilla en sus años telecuponizados. Como ejemplo, una de las situaciones más ridículas de la gala final. Cuando solo quedaban dos finalistas en la pasarela y todos -público y jurado incluidos- estábamos al borde del infarto tras tres horas de programa, la inefable Judit mira a ambas finalistas y dice con voz solemne "Chicas, atendedme". Las finalistas se descomponen (el público también), seguras de que ha llegado su momento. Entonces algún regidor desesperado le hace un signo que no vemos y Judit las mira fríamente y añade "No, vosotras no." Giro de 180 grados. "Chicas" (mirando a las demás) "atendedme vosotras". Entretanto, como no ve el monitor donde debe seguir leyendo tiene que detenerse porque no es capaz de improvisar. En ese momento, si yo soy familiar de una de las chicas me levanto y la abofeteo, por llevarnos a todos a la taquicardia.

Razón nº2
Porque nunca se habían mostrado las bajezas de un reality con tanto estilo postizo ni habíamos comprobado la auténtica razón de que la moda española no venda fuera como la italiana o la francesa. Natural que no venda si lo mejor que diseñamos es lo que las pobres concursantes se ponían encima. Si hubieran desfilado con la colección de básicos de H&M habrían estado muchísimo más favorecidas.

Razón nº3
Porque el resultado ha sido tan injusto, tramposo y ridículo como cabe esperar en un espectáculo así. Ha ganado alguien que no se lo merecía y que, encima, cumple el cliché-Livin' a celebration, es decir, chica humilde, insegura (etc, etc, etc) que quiere ser cenicienta. El príncipe, por si acaso, que empiece a correr, porque con la boca tamaño buzón de la ganadora, como le dé el beso se lo come con rana encantada incluida.

Razón nº4
Porque hemos comprobado que las víboras de verdad aparecen a la tierna edad de la adolescencia, como demostraba la crueldad de algunas de las concursantes, capaces de todo con tal de hacer acoso y derribo a sus compañeras. Y, además, no hemos tenido que soportar el feísmo ni el caos de GH ni tampoco los berridos de OT para disfrutar con esos tiernos momentos de convivencia femenina.

Razón nº5
Porque es un programa misógino, machista y superficial que nadie ha criticado y que hasta los medios progres han valorado como un canto al aprendizaje y la superación. Porque demuestra, de esta manera, que los progres cuando nos ponemos idiotas somos de lo más tonto y que, en el fondo, no sabemos lo que defendemos ni por qué. Salvo la razón argumental (la trama de Supermodelos ha sido la más movida y folletinesca de todos los realities de la temporada), no hay ninguna otra que haga este programa más higiénico mentalmente que OT o GH y, sin embargo, la biempensante Cuatro -algo cansina en su afán de hacer televisión de qualité- lo ha convertido en uno de sus mayores éxitos de producción propia.

Razón nº6
Porque desde los tiempos en que Rafaella Carrá llamaba por teléfono a espectadores incautos que jugábamos como adictos a su Si fuera, no asistíamos a un festival lingüístico donde se dieran tantas patadas al español y a su diccionario. Un profesor francés que no pronuncia bien un solo fonema y que inventa sustantivos mazagatianos. Un profesor italiano que no es capaz de organizar sintácticamente una sola oración y al que se le entendería mucho mejor si hablara directamente en ruso. Y una presentadora española que no sabe hacer pausas cuando le ponen un punto en el monitor y dice frases como la siguiente (extraída también de la final):
"Hemos visto a las modelos en el aire dentro. [Pausa] Del agua. [Pausa, cara de no haber entendido lo que ha dicho y mirada a cámara rogando que el regidor la ayude] Perdón. [Suponemos que alguien la ayuda. Proponemos a ese regidor a ser nombrado mártir santo del año. Ella respira y coge fuerzas para seguir hablando] Hemos visto a las modelos en el aire. [Pausa] Dentro del agua. [Suspiro de alivio]".

Razón nº7
Porque no hemos encontrado un profesor más ridículo que Jimmy, esa especie de conguito hipermusculado que dice ser monitor de gimnasia y que parece sacado de los enanos cachas que curraban de albañiles en Esta casa es una ruina. Lo mejor fue su numerito del baile en la pasarela de la final (sabiamente comentado por nuestro siempre idolatrado Vargtimen) y que demuestra que la vergüenza ajena puede sentirse hasta límites de auténtico estremecimiento. Yo aún no me he repuesto de la impresión.

Razón nº8
Porque pocos programas recientes han dado escenas tan bochornosas como la del profe gay que morrea a su alumna en un acto que ningún psicólogo sería capaz de interpretar o la de un presentador buenorro (Aitor Trigo) haciéndose fotos con unas modelos que, tras la sesión, afirman haberse dado cuenta de que el pobre acosado se había enamorado de ellas con tan solo mirarlas.

Razón nº9
Porque hasta la fecha no se ha conocido una profesora de estilismo con menos estilo que la que participa en ese programa, incapaz de usar un escote que no permita que le veamos las tetas caer hasta el mismísimo ombligo o de ponerse algo ligeramente menos ceñido donde no seamos capaces contar hasta el último gramo de abundante piel con la que nos deleita noche tras noche. El momento en que regañaba a las modelos por no ser elegantes mientras ella iba vestida con tutú, botas militares negras y top de lentejuelas es un clásico inmediato de incogruencia y/humor absurdo.

Razón nº10
Porque estamos enamorados de Yasmín, de su frialdad, de su teatralidad, de su capacidad de manipulación, de su estilo radicalmente personal, de sus orejas despegadas, de su fotogenia salvaje y de su inmerecida derrota (¿por qué siempre ganan las pánfilas?) tras haber sido la única mala oficial frente a otras malas fariseicas e hipócritas como la aburridísima Elisabeth, esa típica chismosa que todos hemos padecido alguna vez y que, pese a tener un cuerpo escultural, merecía su expulsión por aburrida, petarda y premarujil.

Razón nº11
Porque, además, en la final descubrimos algo que no sabíamos. La auténtica supermodelo, la auténtica belleza, la sensualidad ganadora virtual del programa no estaba entre las chicas... ¡sino entre sus padres! Y es que, definitivamente, la supermodelo 2006 es... el padre de Yasmín. Si alguien tiene su teléfono que lo haga saber para que nos pongamos en contacto con semejante ejemplar para mostrarle nuestra más profunda adhesión (esto último puede y debe interpretarse como se quiera y/o prefiera).

Por todo ello, confiamos en que haya más ediciones de este nuevo subproducto televisivo que tanto ha alegrado nuestras morbosas mentes cada noche de miércoles. Yo, mientras tanto, iré practicando con la pasarela. Por si acaso...

8.11.06

Estatuas de sal

Has contado los días.

Estás convencida de haberlo superado, de haber olvidado que compartisteis vida y cama, aunque -miéntete cuanto quieras- sigues haciendo muescas en la pared de tu propia cárcel, esa que nadie más que tu ansiedad conoce. Esa que a ratos se llama insomnio, a ratos depresión, a ratos nerviosismo. Cambia de nombre y hasta de forma, pero mantiene el contenido intacto de los días. Los que tachas satisfecha y orgullosa de haber tomado la decisión correcta. Lo correcto nunca se te dio bien, así que tienes que convencerte de que ha sido un acierto esa despedida que hoy te encierra en una grieta por donde solo contemplas el tiempo anudándose inútil sobre sí mismo.

Sabes el día, la hora, el minuto exacto en que dejaste de mirar atrás. El instante preciso en que borraste su número y mandaste a la papelera de reciclaje sus correos. El segundo en que te prohibiste escribirle un solo sms más. Mierda de móvil. Mierda de cobertura. Mierda de mundo contemporáneo, de posmodernidad y de soledad tecnológica. Reniegas mientras intentas serenarte contando las muescas. Una a una. Con la respiración lenta y acompasada que te recomendaría ese psicólogo al que no vas a ir. Para qué. Para que te sermonee o te pida que seas tú quien lo haga. Para que te diga que no puede recetarte nada. Para que agonices en público en lugar de romperte llorando en privado. Por eso no acudes. Por eso respiras con fuerza. Despacio y en orden carcelario. Igual que tu pared.

Todo eso, sin embargo, ocurre en un segundo. Un instante que nadie más percibe. En un lugar común. En un rincón casi siempre cotidiano. En ese recodo de la vida diaria donde no te permites las lágrimas porque alguien estará siempre mirando. Nuestra soledad está jodidamente acompañada. Ya lo sabes. No estás sola: solo sientes estarlo. Pero es un espejismo. Igual que lo demás (Schopenhauer, supongo).

Ahora, en este último bar, en esta última hora de la noche, en esta última oportunidad de follarte al tipo que te ofreció un cigarro unos minutos antes reconoces la opción de fundirte en esa masa donde no estarás sola porque habrás dejado de ser tú para ser solo cuerpo. Para ser solo carne. Para enfundarte en la piel de ese tipo del que no quieres saber su nombre y al que no tendras que borrar de tu agenda. Del que no esperarás llamadas, ni mensajes, ni correos electrónicos con guiños compartidos. Guiños que sólo él y tú podíais entender en la soledad de aquella orgía compartida e interminable. Guiños que murieron cuando hiciste lo correcto y cerraste la caja y ahorcaste a Pandora y te negaste a volverte hacia atrás y a convertirte en sal.

No, tú no quieres ser sal. Por eso no te puedes dar el lujo de llorar. Ni del psicólogo. Porque el llanto es salado, como el que puede que estalle justo después de abandonar la cama de ese desconocido del último bar, ese de quien solo esperas que sepa comer bien tu sexo y provocarte algo parecido a un orgasmo. Y, cuando llores, porque esta noche también acabarás deseando no haber borrado su teléfono, recuerda cuánto dinero te estás ahorrando gracias a tu fortaleza y al alcohol en terapia y pastillas. Eso no va a solucionar tu soledad, pero al menos, sí la hará más rentable.

6.11.06

Cuentos y desatinos

Esta, como todos sabéis, es una semana histórica. Y no solo porque ayer Saray diera uno de los espectáculos más bochornosos de la historia de OT (con ese modelito pin-up para hacer una versión-berrido de Goldfinger que ni el oyente más masoca habría soportado con dignidad), sino porque este miércoles se decide quién es la auténtica Supermodelo 2006. Personalmente, recuerdo pocos eventos de semejante calado intelectual y con tanta trascendencia para la vida de un país y de sus gentes. Por supuesto, recomiendo el visionado del programa y propongo un entretenido juego: contar los errores de Judit Mascó a lo largo de las dos horitas y pico que dura el concurso. Se aconseja usar palotes para contabilizarlos, porque su número suele superar la centena.

Tras esta inmersión en la cultura nacional, me pongo snob -por cambiar de registro- y paso a comentar mis últimas experiencias en la capital francesa...

1. Il etait une fois... Walt Disney
Expuesta en el Grand Palais, es -sin duda- una de las muestras cinéfilas más espectaculares y recomendables que recuerdo. Hace unos meses París se desmarcaba del resto de capitales europeas con dos exposiciones cinéfilas igualmente fascinantes: la primera dedicada a Almodóvar (vergonzoso que no haya sido traída a nuestro país) y la segunda, a la visión de París en el cine. Y ahora, la que definitivamente es la capital de la cinefilia europea, presenta una muestra absolutamente soberbia en la que indaga en las fuentes cinematográficas, literarias y pictóricas de las obras del Disney clásico.

A mí, como adicto a la animación, me resultó un viaje especialmente conmovedor, además de que la organización de las piezas fuera muy pedagógica, muy creativa y, además, muy amena. Lo más curioso era la presentación contigua de fragmentos de cine clásico y de películas Disney para comentar influencias y semejanzas, algunas de ellas tan desconocidas para mí como el hecho de que la madrastra de Cenicienta se inspiró en el ama de llaves de la Rebeca de Hitchcock o la transformación de la bruja en Blancanieves está influida por una escena del clásico Dr. Jeckyll. Referencias a Whale, a Murnau, a Lloyd o a Chaplin, además de una pinacoteca que iba del XVIII hasta el pop-art.

Como broche de oro, un corto de seis minutos con imágenes de Dalí que declaró en su momento que Disney era uno de los pocos surrealistas auténticos que habían dado los Estados Unidos. El pintor afirmó que la escena de cine que más le gustaba de todos los tiempos era la, efectivamente surrealista, pesadilla de Dumbo y preparó un largo del que solo se han salvado estos seis fascinantes minutos. Su título, Destino. Su contenido, impagable.

2. Quartett, con Isabelle Huppert
Y como contrapartida, uno de los cantos al vacío más incongruentes y lamentables que he visto en mucho tiempo. Bob Wilson, director que se imita a sí mismo en un ejemplo de lamentable y degenerativo narcisismo, se ha leído con prisas una de las mejores obras cortas del dramaturgo H. Müller. Ha contratado a la mismísima Isabelle Huppert y ha destrozado el texto para poner luces bonitas y vistosas, posturas de maniquí y ruidos infames que evitan que el público entienda nada y, peor aún, que se emocione lo más mínimo.

Al mitómano que vive en mí, le hacía una ilusión enorme ver a Madame de Merteuil -ya sabéis, la adorable sádica de Las amistades peligrosas- en la piel de la Huppert, pero para el caso que le hacía el director a sus actores, hubiera dado igual que el papel lo interpretase la mismísima Gracita Morales.

De la Huppert, eso sí, quedaba su elegancia escénica, su portentosa voz y su capacidad para aterrar a pesar, incluso, del corsé estúpidamente colorista y vacío que le impedía hacer un personaje y la invitaba a convertirse en número circense.

El público, por supuesto, aplaudió entusiasta. Pero es que eso de admitir que una modernez no nos gusta está muy mal visto, sobre todo si nadie la ha entendido y, por si acaso, prefiere que no le pregunten. Si nos toman el pelo, es mejor aplaudir. Como el emperador que caminaba desnudo. Igual de blandos, de fofos y de vacíos. Pero eso sí, de radiante diseño.

Por lo demás, espléndida la ciudad. Radiante el sol de su otoño. Imprescindibles sus calles, sus restaurantes y sus escondrijos. Ni siquiera Bob Wilson podía haber inventado una luz así. Ni un anochecer mejor.

3.11.06

El siglo de las luces

El velo semitransparente del desasosiego
un día se vino a instalar entre el mundo y mis ojos.
Yo estaba empeñado en no ver lo que vi, pero a veces
la vida es más compleja de lo que parece.
Jorge Drexler

Era necesario tocar este fondo. Apurar este veneno. Dejarse arrastrar por este barro en el que me hundía intentando controlar una melancolía -esa que me devora cuando no puedo más- de la que había perdido riendas, fuerzas y dirección. Ahora, una vez que tuvo lugar la caída, quedan las cicatrices. Las quemaduras. Las heridas que antes, en la oscuridad de su velada existencia, parecían insignificantes. Tal vez lo sean. O tal vez hayan dejado de serlo para siempre.

Y en el fondo, justo en ese barro repleto de ídolos caídos, de estatuas derrumbadas por el tiempo o la Historia, se vislumbran las raíces. Porque es preciso caer rígida y torpemente hasta el fondo mismo del abismo para adentrarse en el lugar donde arranca la solidez de lo que parece perderse. El lugar donde fortaleza de su origen garantiza, más allá de nosotros mismos, la continuidad.

En tan solo unas horas, mientras me pongo en pie, me aguarda un fin de semana lejos de todo. Un fin de semana en la ciudad que más he visitado estos últimos años. Un lugar donde siento ese yo que nace de ti. Que vive en ti. Y que te pertenece. Quizá porque de toda esta bruma, de toda esta niebla, de todas estas ganas de llorar y hasta de patalear como el niño que soy, lo único que hoy tengo claro es que al fondo de esa brumosa realidad, sigues estando tú. Y todo cuanto de ti me hace seguir deseando estar vivo.

Por eso ansío, a mi modo, este nuevo viaje. Por eso amo, a mi modo, esa ciudad. Porque en el París donde aterrizaremos esta noche la única niebla es la que cubre sus bulevares. Lo demás es luz que baña nuestros cuerpos y en la que, juntos, nos reinventamos.

1.11.06

Apuntes en serie (I)

La tarde de este 1 de noviembre ha dejado un documento televisivo para la posteridad: una entrevista post mortem a Carmina Ordóñez. Según nos avisaba su presentador una medium se encargaría de aclararnos cuanto Carmina deseaba contarnos desde el más allá. Tan solo me pregunto cómo se cobran las exclusivas al otro lado, si aceptan talones o si las hacen por transferencia vía Caronte. Lástima que Woody Allen no viera este scoop hispano antes de rodar su ligera (y divertida, por cierto) última película. Seguro que le habría dado bastante juego.

Comprobando que el panorama televisivo patrio no deja espacio para nada que no sea cutre, y mientras la insufrible de Saray berrea cual foca en celo en el resumen diario de OT, me decido a zambullirme en una de mis adicciones de estos dos últimos años: las series made in USA, que lejos de sonrojarme como los subproductos que aquí protagonizan Tejero & Cia., demuestran que el mejor cine norteamericano, actualmente, se emite en la pequeña pantalla. Y, debido a la miopía de los programadores de nuestras cadenas de no-pago, en internet.

Capítulo 1. Prison Break

Es la última a la que me he enganchado, pero el nivel de adicción es tal que se merece abrir esta sección. Su colección impagable de hombres atractivos (nada metrosexuales, menos mal) y su galería de villanos (con mucho, la más siniestra en mucho tiempo) son dos poderosos alicientes que mezclan, con inteligencia, los resortes del thriller, la acción de la serie B más carcelaria y hasta el erotismo grueso de carretera en una síntesis de lo más eficaz.

Lo mejor...
... su capacidad para engachar a la historia desde el primer minuto. Sus dos protagonistas, incluid el insípido salvador que, poco a poco, construye un personaje mucho más complejo de lo que cabía prever. Sus secundarios malvados, con un T-Bag que convierte al mismísimo Hannibal Lecter en un adalid de ONG's pro-viejecitas. Sus secundarios oscuros, con mafiosos en quiebra, matones en paro y otras especies afines. Sus secundarias buenas pero no tontas, con la estupenda pin-up que es esa doctora de la prisión. Sus secundarios extramuros, con un abogado de causas imposibles que tiene, tal vez, el mejor cuerpo de la serie. Sus guiones, que hilvanan con habilidad la acción dentro y fuera de la cárcel, manteniendo una sensación de protagonismo colectivo que siempre es difícil de lograr. Y sus homenajes inconfesos, guiños a todo un subgénero -el cine de cárcel- que tantos recovecos emocionales encuentra en los cinéfilos.

Lo peor...
...la sensación de que la serie nació para una (extraordinaria) primera temporada y el alargamiento de algunas tramas y subtramas para justificar las nuevas temporadas que nos han de venir. ¿Realmente era necesario seguir la historia más allá de los muros de la cárcel? No me pronuncio al respecto, pero agradecería que, de vez en cuando, las buenas historias se cerrasen sin apéndices comerciales.
...la previsibilidad de algunas situaciones (incluido el final) y la certeza de que los protas no van a acabar mal, frente al desasosiego y la sorpresa de otras series como Perdidos, donde se agradece una cierta arbitrariedad que despista a los espectadores.