29.11.06

Grita 2006

Hace un año 90 autores teatrales, 90 actores y unos cuantos locos más (total 180 y muchos) nos sumábamos a una iniciativa de Adolfo Simón, uno esos pocos que siguen creyendo en que el teatro es algo más que esnobismo y sofisticación impostada, uno de los que siguen empeñados en que el teatro tiene entidad y función social que no necesita ni de fatuos vanguardismos ni de estridentes panfletos para expresar algo. O incluso para poder gritarlo.

La iniciativa en cuestión se llamaba Grita! Tengo Sida (se puede encontrar más información en su web) y consistía en llenar las calles de Madrid de monólogos que hablasen de esa pandemia de la que apenas se dice algo porque, a fin de cuentas, ya no es noticia. El día elegido, cómo no, el 1 de diciembre. En parte como homenaje a quienes luchan con esta enfermedad -esa fecha es, todos lo sabemos, el día mundial de la lucha contra el Sida- y en parte como necesaria apuesta de marketing para conseguir que los medios -al menos, los no del todo amarillistas- prestasen atención al proyecto.

Y esa locura colectiva en la que tanta gente trabajamos por el puro placer de sentir que el teatro sigue teniendo sentido -de nuevo la semántica- se revalida este año con la repetición, uno por uno, de esos 90 monólogos, de esas 90 interpretaciones, de esas 90 historias que esta vez llenarán las aceras de la Ciudad Universitaria madrileña, un pequeño recodo en medio del barullo donde, como en cada rincón académico -infantil, adolescente o, por qué no, adulto-, se intenta forjar algo parecido a un mañana. A una mente crítica y abierta a esa mañana.

Por eso, desde las 8 de la mañana hasta las 9 de la noche de este 1 de diciembre se sucederán las palabras y las actuaciones sin previo aviso en esas facultades, en los autobuses que las conectan, en las calles que las esconden y en las paradas de metro en las que desembocan. Mi texto, un breve Lo entiendo, transcurrirá dentro de un autobús (intentaré estar subido a él para observar las reacciones de los pasajeros) a las cinco de esa tarde.

Por si acaso no llego, dejo aquí copia de esa pequeña historia. De ese puñado de frases donde no hay buenos consejos, ni soluciones, ni tan siquiera optimismos impostados. Tan solo hay un retazo de visión del mundo de un tipo que solo sabe expresarse en algo que se llama teatro y que, gracias a locos como Adolfo Simón y sus 90 autores y sus 90 actores, sigue estando muy vivo.

Lo entiendo

EMPLEADO Nº 1331:

Lo entiendo, me dijeron. En mi empresa no tuvieron ningún problema para entender mi enfermedad. Y eso que mi pareja me aconsejó que no lo contara. Roberto me aseguró que era mucho mejor callar. Pero yo no estaba de acuerdo. Ya es bastante jodido sufrir esta mierda como para tener que avergonzarme de ello.

Lo entiendo, me dijeron. Y mis jefes me pusieron su cara más políticamente correcta. Es importante ser políticamente correcto cuando uno tiene SIDA. Hablar con claridad podría hacernos creer que la enfermedad sigue existiendo. Que la plaga se extiende. Que quienes la sufrimos aún esperamos soluciones.

Mis jefes mostraron mucho interés. Sabían del SIDA todo lo que les habían contado en alguna de esas campañas pro-preservativo. Todo lo que habían visto en esos anuncios en los que nunca se habla de mí. De mí –no debe ser políticamente correcto- nadie dice nunca nada.

Yo pertenezco a las estadísticas de los irresponsables, de los insensatos, de los estúpidos que no nos dimos cuenta de que no podíamos dejarnos llevar por la pasión, ni por el instinto, ni por el deseo. La gente que sale en esos anuncios controla perfectamente su deseo. Y sus instintos. La gente que me dijo que entendía mi enfermedad, también debe saber controlarse muy bien. Seguro que ellos nunca han bebido. Que nunca se han sentido tan solos como para acostarse con un desconocido. Que nunca han necesitado abrazarse a nadie. Por eso entiendo que me juzguen. Su alma de látex les da derecho a sacarme de cualquier estadística.

En el trabajo entendieron lo me pasaba. Por eso empezaron a esquivarme en el cuarto de baño. A tocar con prevención los objetos por los que yo pasaba. Entiendo, me dijeron. Y corrieron a lavarse las manos después de estrechármelas para decirme que lo sentían.

Te lo advertí... Pero Roberto no tenía derecho a advertirme de nada. También yo lo entendía bien a él. Entendía que no pasábamos nuestro mejor momento. Que hacía meses que el amor era una rutina en la que nos ahógabamos sin demasiadas ganas. Que nuestras noches estaban casi tan vacías como nuestros amaneceres y que era lógico que quisiese llenarlas con alguien más.

Te entiendo, le había dicho hacía meses. En aquella ocasión me limité a bajar la mirada cuando Roberto me pidió que me hiciera las pruebas. En los anuncios pro-preservativo nunca hablan de eso. En el sexo en parejas estables no hay riesgos. En esos anuncios Roberto no lleva viviendo conmigo cinco años. Ni está saturado de nuestra convivencia. Ni sale a un bar. Ni bebe como un adolescente. Ni liga con un desconocido. Ni lo mete en su cama. Ni se muere de ganas de comerle la polla para olvidar la rutina que lo ahoga conmigo. Ni echan un polvo. En esos anuncios Roberto no recibe un sms de ese desconocido diciéndole que ha descubierto que es seropositivo. Ni tiene que contármelo. Ni me obliga a pedir cita para hacerme las pruebas. En esos anuncios no sale el médico que confirmó que sí. Que mi cuerpo había dejado de ser mío.

En mi empresa supieron entenderme. Por eso me pidieron que también les entendiera yo: su cuarto de baño no está preparado para mi caso. Ayer, a primera hora, su comprensión vino acompañada del fin de mi contrato. Un contrato por obra, me recordaron. Esta vez me despidieron sin estrechar la mano. Lo olvidarían, supongo.

Si no lo hubieras dicho... Miro a Roberto y no acabo de saber qué recriminarle. Porque no sé si esta mierda es culpa de alguien. No sé si puedo asegurar que no habría hecho lo mismo que él. Que no habría buscado a otro hombre en otro bar y en otra cama. Que no habría perdido el control. Que no habría cedido al deseo aunque no tuviera un condón cerca.

Nunca he sido bueno censurando mi instinto. Alguien más hábil que yo debería explicarme cómo se controla la sangre para que no estallen las emociones bajo la piel.

Nada de eso se cuenta en los anuncios. Nada de eso se cuentan en ningún sitio.

Lo entiendo, aseguran. Pero nunca entenderán cómo duele –cómo mata- tanto silencio.

17 comentarios:

Anónimo dijo...

"Alma de látex", estupenda imagen. No podré estar en ese autobús -lástima-, pero estoy segura de que tarde o temprano tendré ocasión de ver el monólogo.
Besos funcionariles ;-)

Reality Bit dijo...

Muy sentido. Es cierto, a veces es más rotundo, menos desestabilizador, decir las cosas como son, conocer la verdadera opinión de la gente antes de que la descubras por sus actos. Porque se lleva mucho eso de "yo no soy homófobo/machista/racista o lo que sea", y luego demostrar con los actos que las palabras son eso... palabras.
Genial iniciativa.
Saluditos apretados

Anónimo dijo...

En ese autobus deberiamos ir todos :)

Cinephilus dijo...

En el bus nos vemos :)

NaT dijo...

Nada de eso se cuenta en los anuncios. Nada de eso se cuentan en ningún sitio.

Bueno... tú lo has contado aqui, seguro que muchos más lo leen y gran cantidad lo escuchará en ese autobús, en el que no podré estar; eso no quiere decir que no te acompañe. Y aunque las reacciones de la gente pueden ser dispares, no creo que nadie se quede indiferente ante tal relato, porque esa vivencia puede ser tuya, mía o del vecino de arriba.

Besos... de Philadelphia

w. dijo...

Sabía del monólogo... no imaginaba que llegaría a leerlo. Como siempre, me tocas.
Besos.

Gunillo dijo...

Demoledor.
Qué tristeza me ha provocado el texto.
....

3'14 dijo...

Trabajé en un centro en el que corría el rumor de que un residente tenía SIDA. Muchos estaban escandalizados por no estar advertidos respecto a la identidad del infectado en cuestión. En su momento, admito, llegué a pensar que también debería estar prevenida, más que nada para poner todos los medios suficientes para evitar un posible contagio por error. Pero, sinceramente. ¿Es ese el motivo real por el que tenemos la necesidad imperiosa de saberlo? Las medidas pertinentes como buen profesional (guantes etc...) ya debía ponerlas conociendo o sin saber de que algún usuario pudiese tener el dichoso virus. Pues existen riesgos de otro tipo de contagio, mucho más comunes y fáciles de transmitir: Hongos, herpes...
No digo que se tenga que callar ni mucho menos. Es precisamente ese impuesto silencio el que crea más temor y pánico social. Estamos rodeados de un montón de cosas que algunos (demasiados) pretenden con el silencio o tapándolo hacer creer que estamos "seguros" que nada de toda esa horripilante realidad nos puede afectar a NOSOTROS. Y se equivocan, hay que quitar la venda de los ojos a la sociedad. Nadie está inmune. Por otra parte, reclamo el derecho a cada cual a expresar libremente si padece un mal u otro. ¿O no se respeta el mutismo a enfermos de cáncer? Por citar un ejemplo. Pero por no se qué extraña razón, unos están condenados al rechazo. Bueno ,desgraciadamente sí lo se, pero me joden tanto esos motivos que ni pienso escribirlos. No merece la pena seguir promulgando tanta ignorancia y maldad ajena.

Besos estimando Cinephilus.

andrés dijo...

lúcido post (again), emocionantísimo texto. En un orden de cosas más prosaicas, comparto aquello de camuflarse entre el público ;), ya nos contarás que tal.

gracias por la lectura

Cinephilus dijo...

Os prometo que el siguiente post será de otra tonalidad mucho más alegre, pero creo que el día 1 se merecía un huequecito y una reflexión, aunque el escenario tenga que ser la pantalla de un pc y no la calle donde los actores defenderán, en 48 horas, los textos que los cobardes de los escritores les hemos endosado...
En breve, una dosis de acidez provertedero catódicosocial. Prometido ;-)

Mari dijo...

que bueno!!!!
me encantaría verte

y tienes razón, el silencio mata y lo sé. lo sé muy bien

muchos besos para tí

dexter dijo...

De eso nada, cinephilus, tu siguiente post tiene que versar sobre la reacción de los pasajeros de tu autobus ante este monólogo tan impresionante. ¿ Os habéis dado cuenta de que hoy en día expresiones como " te entiendo" o "lo siento" son totalmente vacías y han perdido todo su significado?

3'14 dijo...

Lo siento dexter, pero te entiendo perfectamente.

Anónimo dijo...

Lo mejor seria grabar la escena, youtubearla y ponerla aqui, tampoco es manca mi idea :D

Mart-ini dijo...

Sublime! un texto para, desde luego, vertelo en directo... con los nervios y todo....

Un besote

amelia dijo...

Me ha calado muy dentro tu post,quizás porque trata de los dos temas,que a una le tocan más las entrañas,la enfermedad y el teatro...

Por eso esta aprendiz de médico,y con corazón de teatrera,ha tardado tanto en hacer su comentario...llevo algun día pensando.

¿Qué podría añadir?...y recordé a Lluís Llach cantando emocionado una canción,en ese Teatro en el de que tantas buenas Obras y personas me han hecho soñar y me han dado fuerzas para seguir apostando por la Medicina...porque algún día,tal vez,una no consiga curar el SIDA,pero sí podrá aliviar el dolor de esos enfermos,o cuando éste sea incluso más fuerte que el más potente de los fármacos,dar la mano a la persona que sufre...

Lluís Llach lo escribe de manera más hermosa que una...dedicó esta canción a Fabià Puigver,el director y fundador del Teatre Lluire de Barcelona...

"FABIÀ"

Ya que llega la luz
allí donde había sólo sombras
quizá sea hora de decir
que la esperanza nueva
no nos borra la memoria
de los que han muerto en silencio
en lechos de soledad
y sábanas de vergüenza
con un dolor atrozo
por todo nuestro abandono.

Ya que llega la luz
donde había sólo sombras
abrimos puertas al canto
de una esperanza nueva
pero sentimos la aflicción
de África que nos grita:
quien es pobre en dinero
no puede comprar la vida.
cuando hasta la miseria se debe
y la muerte es una salida,
hacemos de nuestra suerte
la desgracia compartida...

Pero tú y yo podemos ser luz para los que luchan
Y han podido vencer la muerte mas no el rechazo
Y esperan, siempre esperan nuestra mano hecha luz

que tú y yo tenemos el amor, la buena luz,
i quizá la enfermedad es sobre todo
nuestro propio miedo, la vergüenza con la que rodeamos su dolor...

Ya que llega la luz
donde había sólo sombras
quizá sea hora de decir
que la esperanza nueva
no borra el tormento
de los que mueren silenciosos
en lechos de soledad
y sábanas de vergüenza
con un dolor atroz
por todo nuestro abandono.

Ya que hay algo de luz
donde había solo sombras
habrá, pues, que rehacer
el sentido de las cosas,
hacer del sexo y el amor
un tesoro sin normas,
un espacio generoso,
un refugio para el gozo.
Es así de sencillo,
ningún secreto nos molesta,
abrimos puertas al canto
para poder decir con más fuerza:

Pero tú y yo podemos ser luz para los que luchan
y han podido vencer la muerte mas no el rechazo
y esperan, siempre esperan nuestra mano hecha luz

que tú y yo tenemos el amor, la buena luz,
i quizá la enfermedad es sobre todo
nuestro propio miedo, la vergüenza con la que rodeamos su dolor..."


Sólo añadir una cosa más...Gracias Cinephilus a ti,y a todos los que haceís posible,esa manera de entender el Teatro...y que a otros para tanto nos sirve...¡Gracias!

UNA FORTA ABRAÇADA!

dreambear dijo...

Excelente texto!!!!
Una historia extremecedora que podría pasarle a cualquiera. Como siempre un placer leerte. Un abrazo de oso!!!