28.12.06

Año ¿qué?

Nunca he tenido la sensación de estrenar año en enero. Es un mes ridículamente situado al principio de nada, un paréntesis a fin de cuentas religioso que nada tiene que ver con mi forma de sentir o medir el tiempo. Siempre, desde que tengo uso de razón, comencé mis ciclos en septiembre. En parte por causas académicas y en parte -casual pero cierta- porque he tenido hasta ahora la sana costumbre de dejar mis sucesivos trabajos en junio para incorporarme a los nuevos en septiembre. Ahora, el nuevo puesto en el instituto reverdece esa sensación de estreno del mes de septiembre.

No, definitivamente, en enero no me siento especialmente festivo, ni siquiera en el festival de las rebajas, donde he comprobado que jamás hallo nada que me guste o que, peor aún, me siente bien. Así que, anulado por lo profano y hastiado por lo religioso, el 1 de enero no es más que un día consecuencia del anterior que antecede, como mucho, al cambio de la hoja de calendario.

Para colmo, en los últimos años sí me propuse con cierta buena o incluso óptima intención hacer propósitos de novedad en estas fechas. Así que, con una ingenuidad imperdonable, me convencía de que los borrones que la vida acababa de dejar en los meses precedentes serían sustituidos por mejores tiempos, por días más brillantes, por menos nubes. La vida, sin embargo, ha castigado con saña mi ánimo chaquetero y, cada nuevo año, sumaba otra ausencia. Así han sido estos cuatro últimos años. Una sucesión estúpida de ausencias irreemplazables que parecen no tener final.

Ausencias permanentes o temporales. Elegidas o impuestas. Voluntarias o hasta cromáticas. Ausencias femeninas y masculinas. Ausencias explícitas y secretas. Ausencias que son renuncia o que son un ejercicio de pura madurez. Ausencias de amigos (entre, con y bajo comillas) que resultaron no ser tales, de conocidos que demostraron ser tan solo eso, de enfermedades que se llevaron consigo a quienes tan bien me definían, de cambios que arrastran a su lado a quienes ahora ya no tengo junto a mí.

Quizá por eso, si me pongo a pensar en ello, prefiero no iniciar este supuesto nuevo año con ilusión. Tampoco con derrotismo. Ni siquiera con esperanza. Lo afronto con cautela, con prevención, mirándolo con cierta distancia, con cierta ironía. Porque ya he asumido que puede traer consigo nuevas formas de nostalgia y de extrañeza, nuevos huecos de esos que no se llenan porque tienen su nombre propio y su carné de identidad incaducable. A su modo, supongo que sumar días es también sumar huecos. Y a mí, en épocas así, me ataca un irrefrenable síndrome de coladero.

23.12.06

Mi ego y yo

Una pequeña -y previsible- confesión: siempre quise ser el profesor del que se enamoran sus alumnos.

En realidad, no es una idea nada original, es más, todos hemos tenido (¿o no?) ese personaje en nuestras vidas académicas. Hombres o mujeres que creíamos más guapos de lo que realmente eran -tal vez lo fueran- y a quienes convertíamos en una imagen más con la que habríamos decorado nuestras carpetas.

En mi caso, siempre fueron amores ambiguos, porque las idealizaba a ellas -aquella profesora de literatura que tantos pasos marcó en mi vida sin darse cuenta- y me excitaba con ellos -el mercado, en mi caso, no fue tan apetecible, pero supe aprovechar lo poco que se me ofrecía: uno de religión, uno de filosofía...-. Y con el tiempo, en la universidad, incluso hubo coqueteos, roces o juegos con algún profesor avezado cuyo nombre seguiré ocultando hasta que una revista en condiciones me ofrezca la cantidad necesaria para acabar con tanto secretismo vital...

Al empezar este año, en el que iba a ser mi primer curso como docente, me hacía gracia imaginar si alguien en una de esas clases decidiría elegirme a mí como representante de esa figura tan poco original pero tan gratificante para quien la ostenta, porque si de algo carece la adolescencia, es de la más mínima discreción... Y ayer, al fin, ocurrió.

En el recreo, en pleno barullo navideño, mi grupo de doceañeros -los pequeños que me sufren como profesor de Geografía e Historia, una materia ajena a la mía y que me tocó gracias a las estupideces de nuestro cutre sistema- me hicieron un par de regalos con los que no contaba. El mejor, una enorme tarjeta firmada por todos donde insistían en que era el profe más sexy y wapo (son incapaces de escribirlo con g) que habían tenido (?!). Al lado de cada adjetivo, un sinfín de corazones que habían dibujado -no fue difícil reconocerlas- dos niñas del curso, que me entregaron el regalo en representación de los demás con ojitos de cordero degollado... A mí, que no suelo ser tierno en estas ocasiones, se me despertó una vena entre ególatra y paternalista que casi me hace ponerme cursi, pero logré contenerme y, sin llegar a los extremos de distanciamiento (según para qué) de T-Bag, sí me mantuve recto y firme a pesar del embate emocional.

A última hora, ya con los mayores, entró en mi clase uno de los alumnos a los que más quiero. Un chaval conflictivo (dicen) y al que han amenazado con expulsar del instituto. El chico, la verdad, no tiene la culpa de que su situación familiar y económica sea una mierda (en mi centro la renta media es más bien elevada... muy elevada) y tampoco tiene la culpa de que le guste la estética punk porque, a diferencia de muchos de sus compañeros, sabe qué significa el punk y por qué se identifica con ello. Basta con dejarle hablar para darse cuenta de que su problema es que tiene más años de los que ha vivido y por eso le jode que le traten como un idiota o como un marginal sin darle opciones de demostrar que, tal vez, su problema reside en otros aspectos. Ayer, al entrar, me dio un abrazo y me dijo que había venido al instituto solo para desearme un feliz año y para charlar conmigo un rato. Lógicamente, no dimos clase y nos pasamos la hora hablando de temas que ellos mismos proponían (y que, digan lo que digan, no se limitan al botellón: aunque nos moleste admitirlo, piensan mucho más de lo que decimos). En ese momento sí que admito que me pudo una especie de sentimiento que debe llamarse emoción y que, debajo de mi epidermis de papel couché, debe estar más viva de lo que yo creo...

Menos mal que ahora vienen días de compras sin fin, comidas empachosas, decoraciones hórridas, galas televisivas alucinógenas y agobios infumables. Eso será bastante para devolver la acidez a mi espíritu. Y a mi estómago. Que ustedes -si la teleprogramación navideña y las reuniones familiares se lo permiten- lo pasen bien...

19.12.06

Despropósitos

Un autor de teatro escribe, habitualmente y salvo raras excepciones, obras teatrales. Esto, que debería ser una obviedad, no está siempre tan claro. Así lo demuestra el deshilvanado -y desafortunado- montaje de Mihura (Las visitas deberían estar prohibidas por el código penal) con el que nos deleita este mes el CDN. La propuesta consiste en sumar una serie de textos de diversa naturaleza y organizar con ellos una obra con un hilo argumental absolutamente innecesario y, peor aún, pueril. Como si de un homenaje organizado por RTVE se tratara, los actores se esfuerzan por sacar adelante una función gris, parda y colegial, donde parece que se intentara demostrar que Mihura es un autor menor, con es inquina que -inexplicablemente- le tiene toda la escena española. Es triste que nadie haya preferido poner en escena alguna de sus obras para demostrar lo contrario, algo así como que -pese a sus limitaciones- es y sigue siendo un nombre fundamental en la historia del teatro español. Por lo demás, resulta especialmente desolador que un autor de la talla de Ernesto Caballero se conforme con un montaje tan ramplón y -para colmo- inserte con calzador su fórmula beckettiana de personajes esperando algo o alguien, esa misma fórmula que ya usó en obras como Auto y que, en este caso, no solo no se justifica, sino que enerva el espectador mínimamente crítico.

Tras esta dosis cultural -no solo de palabras vive el hombre-, hoy el autor de estas líneas se dedicará a la ingestión masivo-gratuita de alcohol en la barra libre de la fiesta de su ex-empresa, porque esto de seguir colaborando con ellos tiene sus ventajas, además de que mañana mis alumnos agradecerán que su querido profesor llegue resacoso y vodkaetílico, sin ganas de hacer otra cosa que dejarles actuar con esa libertad que propugna la LOGSE y que la resaca me permitirá llevar a cabo. Si me da el punto, hasta puede que tire algún belén a la basura para que el periodismo amarillista nacional se cebe con ello y lo plante de portada en sus diarios, en esta avalancha de estupideces varias que llenan nuestros quioscos y rincones virtuales cada día. Viendo noticias así, no sé cómo hay quien sigue considerando frívolas las informaciones de ¡Hola! que, al menos, no se pretenden serias y son autoconscientemente idiotas. En el caso de rollos de papel higiénico como La Razón o similares las noticias son igualmente idiotas pero autoconscientemente relevantes.

Como relevante es comunicar, por si aún no lo sabían, que ya se puede conseguir en las tiendas un CD que lleva por título La historia del dance español. Teniendo en cuenta que los seguidores de este tipo de música no sabíamos que hubiera un dance español, es comprensible nuestra curiosidad al respecto... Al parecer, el CD recopila títulos imprescindibles como Duro de pelar, que son -sin duda alguna- merecedores de ese hueco en nuestras discotecas. Podríamos hablar del dance de verdad, pero entonces podríamos ser tan pedantes como Edith Salazar -o Empalagazar- en las nominaciones de OT. Menos mal, por cierto, que Leo se ha salvado. Ahora solo nos resta salvar también al churrero para que juntos funden los Pecos versión filo-abdo-gay. Y luego, los convertimos en divas, que nunca viene mal completar el catálogo divófilo con vistas a la próxima cabalgata del gay-pride (que es, como todo el mundo sabe, para lo que sirve OT).

15.12.06

Debatamos, pues

Definitivamente, entre los lectores de este blog hay mucha vida intelectual. Yo intento distraeros poniendo fotos de Daniel Craig y vosotros convertís esta página en la versión internáutica de Días de cine. Es obvio: no os merezco.

Como hoy me he levantado guerrero voy a ponerme, en el debate (véase comentarios del post anterior), del lado de Sisterboy (además, me apetece ponerme de su lado porque me cae muy bien y estaba muy guapo en su foto junto al Teide). Y es que, tras años defendiendo como un león el cine español, he llegado a un punto de tedio y aburrimiento en el que no solo no lo defiendo sino que, en cuanto puedo, generalizo y lo pongo a caer de un burro. Algo así como lo que le sucede a uno de los personajes en la última estupenda novela de Eduardo Mendoza, donde se dice que el cine español no puede ser bueno, ya que el séptimo artes es cuestión de dinero y de talento, y aquí -según afirma el personaje- no nos sobra ni lo primero ni lo segundo.

¿Que hay grandes excepciones? Desde luego. Me fascinan muchos de los títulos que mencionáis y en mi casa, donde hay más dvds qe cualquier otro objeto (bueno, hay otro objeto que también abunda, pero ese no viene a cuento, que luego me tachan de frívolo y texto-basuril), la mitad -al menos- son de cine español. Sin embargo, lo que me parece es que, en general, es un cine autocomplaciente y que, para colmo, no admite críticas.

Claro que me gustan películas como Familia, Sin vergüenza (una de esas comedias menores que transpiran verdad y sentido del humor, frente a acartonamientos ridículos como Reinas), La noche de los girasoles, Hola estás sola? (probablemente, mi película española favorita de los 90) o Smoking room, pero me pone enfermo la cantidad de mal cine que sale en este país y, sobre todo, la ausencia de espíritu crítico al respecto. ¿Por qué cuando se hace un horror como Isi Disi, Año mariano, Airbag o Torrente hay que buscar segundas -e inexistentes- lecturas? Que la vea quien quiera, pero no se puede poner a caer de un burro American Pie y pretender luego que la caspa hispana es más "autoparódica".

Lo mismo ocurre con las -riámonos- superproducciones. ¿Que El laberinto del fauno es interesante? Sí, aunque con dos historias mal superpuestas, pero -en todo caso- no es mérito precisamente del cine español, sino de un autor con mucha personalidad que se llama Guillermo del Toro y que, aunque aquí nos lo apropiemos todo, es mexicano. También tenemos otras superproducciones como Alatriste donde tampoco se puede decir que, pese a sus logros técnicos, tiene un guión mal hilvanado (es imposible seguir una trama donde se resume todo tan mal y a trompicones), personajes desaprovechados (Elena Anaya, por ejemplo) y actuaciones infames (que alguien le diga a Noriega que se dedique a enseñar su culo en anuncios de refrescos y abandone cualquier otra profesión interpretativa para el culo en cuestión). Si fuera americana sería una película del montón, pero como aquí hemos puesto cuatro cañones, tres trajes de época y un par de barcos, la llenamos de estrellitas críticas para decirnos que, cuando nos ponemos, también somos épicos.

Y en cuanto al cine de autor, salvo intentos honestos y arriesgados, se tiende en exceso al autoaplauso, al yoísmo y, sobre todo, al didactismo facilón. Películas que podrían ser interesantes -como Remake- se convierten en panfletos y otras, como la hórrida e insufrible Mar adentro, nacen siéndolo. Después, también tenemos el cine de autor de la intrascendencia -como las dos bochornosas partes de El otro lado de la cama, donde se suponía que se estaba rodando un musical cómico, creo-, el cine de autor bienintencionado -donde se habla bien de mediocridades como El próximo oriente por el mero hecho de tratar temas comprometidos con la misma sutileza que un Picasso pintado con Titanlux- o, peor aún, el cine de autor de la cutrería, como esa ¿Por qué se frotan las patitas? que me hizo querer asesinar a su director y a su reparto...

Nos guste o no, la estética artística -y esto sí que es una generalización: acribilladme ahora- española es la del realismo. Basta echar un vistazo a las cumbres de nuestro cine -Buñuel, Almodóvar, Berlanga-, literatura -Cervantes, F. de Rojas, Clarín, Martín-Santos...-, pintura -Goya, Velázquez, Solana-... Realismo sucio, teñido de surrealismo cervantino, almodovariano o goyesco -porque el humor es una defensa para deformar ese feísmo que, probablemente nace de elementos sociales, económicos e históricos mucho más hondos, casi atávicos- y de imaginación. Quizá por eso las dos únicas películas españolas que me interesaron este año fueron Azuloscurocasinegro y La noche de los girasoles, porque beben -a su manera- del Lazarillo, de Berlanga y de Solana. Incluso en la oscuridad -reléanse los títulos- de su color...

P.S. Por favor, voten YA a Leo para que sus pectorales y abdominales no abandonen OT. Sus gallos son insufribles, pero es el únco que no derrama 456 kilos de pluma por metro cuadrado y eso, la verdad, me pone muchísimo...

12.12.06

Vuelve el hombre

Pues sí. Aquí está el hombre -yo- en cuestión, dispuesto a retomar los hábitos blogueros tras haberme dedicado al suspenso masivo y la colección de traumas navideños para mis queridos alumnos, gracias a los cuales ahora sé que La Celestina es la obra más importante escrita por Don Juan Tenorio o que el mismísimo rey don Juan Carlos I comenzó su labor intelectual (¿...?) en la Escuela de Traductores de Toledo.

Como alivio de estos momentos de sofisticada cultura adolescente, he contado con el afortunado contrapunto del nuevo Bond. Admito que el cuerpo del protagonista me impidió centrarme en el guión y todo lo que diga puede ser utilizado, previo pago en carne, en mi contra. En cualquier caso, agradecí que el protagonista supiera actuar -por una vez- y que me permitieran olvidarme de la nenaza del Brosnan, que había convertido al espía en una especie de vendedor de Cortefiel que, para colmo, no fumaba. En este caso la masculinidad del personaje se exhibe con generosidad en escenas tan afortunadamente sádicas como la de su desnudo en el interrogatorio, donde solo lamentamos que el encuadre sea tan tacaño con nuestra ingenua curiosidad... En cualquier caso, es un gusto volver al Ian Fleming de siempre gracias a un guión tan tópico como ajustado al estereotipo (ese Higgis es bueno -véase Million Dollar Baby- cuando no le dejan dirigir -no vean Crash-) y con la inverosimilitud justa, esa que es consustancial al género y que, en este caso, es ínfima al lado de los pectorales del protagonista (que, por cierto, está igualmente estupendo en traje).


Obviamente, no todo podían ser halagos en mi reentree... Por suerte, ahí tenemos la última película de Antonio Banderas. Y decimos última con la esperanza -tonta, pero consistente- de que no haga ninguna más. Tras asistir medio alucinados, medio somnolientos al pase de esa supina gilipollez que es El camino de los ingleses(la novela era solo mediocre, pero el filme es absolutamente despreciable), no entendemos cómo la crítica se ha limitado a decir que "tal vez sea algo pretenciosa". Sí, puede ser que un largometraje que arranca con una escena donde se relata una extracción de riñón con un número de ballet alegórico en el que una bailarina de rojo representa al riñón... sea "algo pretenciosa". Tampoco queremos hacer sangre -por seguir con la alegoría semántica banderiana- así que el resto de las virtudes de este horror nos las callamos, como sus no-diálogos, su no-argumento, su voz en off (de esas omnipresencias que te despiertan un instinto psicópata del que no eras consciente), su Fran Perea disfrazado de ¿de qué sale disfrazado Fran Perea? y su desaprovechamiento de cuanto en ella aparece, ya sea la frescura de algún actor o la veteranía de la Abril, que dice cuatro chorradas y aparece desenfocada y en contrapicados ridículos para darnos a entender que es un secundario de enjundia porque al director se le ha metido entre ceja y ceja -y entre (des)foco y (des)foco- que lo sea.

La verdad es que el cine español, además de aburrido, se nos ha vuelto de lo más pedantón últimamente... Ahí tenemos cintas como Remake, que intenta dar lecciones vitales con un discurso demasiado esquemático y unos personajes demasiado previsibles (nada suena a verdad en esa fábula moralista) o, peor aún, Ficción, donde unos personajes nos cuentan una tontería y nos la presentan -la tontería y la película- como otra metáfora que, desde lo minúsculo, resume una vida. El problema es que a veces lo minúsculo es eso, minúsculo, y su grandeza no se consigue cargando las tintas en la obviedad, sino pulsando emociones que estas dos películas no saben trabajarse, porque están demasiado ocupadas en ser trascendentes y, sobre todo, en adoctrinarnos. Lástima que el cine del siglo XXI tenga tanto de medievalista, porque solo les falta la moraleja en verso para ser un cuento del Conde Lucanor (¿ese también lo escribiría el Juancar mientras mataba osos rusos borrachos?).

Pero como antídoto para el cine mediocre (y para reponernos de la expulsión de Dani López de GH y de la nominación de Leo en OT, los dos únicos torsos válidos de ambos realities), nada como la explosión de series televisivas que, no podía ser menos, ocupan todo un especial de la revista francesa Cine Live. Y es que, en este retorno desde mi yo más radical, he decidido que voy a cerrar este post siendo snob y pedante, cual Banderas con una cámara, y voy a recomendar dos especiales que me ha traído mi chico de contrabando -con las nuevas medidas de seguridad en los aeropuertos uno ya nunca sabe...- y que demuestran que la cinefilia francesa sigue siendo vanguardia, sobre todo, porque es la menos acomplejada. Así que se marcan un especial Bond (un número excepcional de la revista Studio) o un especial TV, con reseñas de las series más importantes de la historia (una selección caprichosa pero acertada en gran parte) y reportajes de las que consideran imprescindibles, Prison Break, Desperate Housewives, Lost, Nip/Tuck... Aquí, entretanto, nos preparamos para recibir la nueva temporada de Los Serrano, que debe ser aún más apasionantes que las experiencias de Carmen Rossi en Yo voy a bailar también. Espero que la prensa francesa edite otro suplemento al respecto. Con editorial del Juancar, eso sí, porque -habrá que admitir que mis alumnos se merecían un diez- es lo más parecido a Jesús Bonilla en la realeza europea.

5.12.06

Gimnasia artística

Tiene esa sonrisa apagada de la convicción que nunca fue. Esa mueca del gesto que se ha construido a sí mismo para aliviarse de espejos que le devuelvan las miradas que tanto daño le hacen. Ha esculpido su autosatisfacción como si de un aplicado gimnasta se tratase, aunque la tensión de la postura le agarrote los miembros y le cause una sensación que podría llamarse lumbalgia si no fuera porque el dolor se le clava un poco más adentro. Un poco más al fondo.

Habla despacio. Buscando las palabras que exalten lo que siente. Lo que se ha dicho a sí mismo que debe sentir. Lo que debe contarme para dejar bien claro que todo lo demás es una estupidez, que la adolescencia pasó de largo, que la madurez tiene que ver con esa posición inverosímil colgando de unas anillas que tienen más de prisión y de esposas que de salto triunfal.

Es mejor ahora, me repite. Y sigue su discurso engolado con palabras que niegan los suspiros que ahoga, que podrían negar -si soltase las anillas- también sus manos apuntando a cuerpos diferentes al suyo. Yo no soy como tú, me asegura, y comienza un juicio breve y timorato de mis actos, de mis creencias y hasta de mis noches. Dejo que siga hablando seguro de que el dolor le obligará a ceder, porque la convención hiere y la rutina mata, sobre todo cuando esa rutina es obligación y deceso, anulación y olvido, pérdida y abandono de la realidad.

No tenía que haber descolgado, me recrimino, pero no tengo valor para cortar su discurso hueco, su afán de una vehemencia que no llega. Cuento mentalmente -hacia atrás, hacia delante, en diagonal- y miro inútilmente por la ventanilla del autobús mientras jél repasa los dones de lo cotidiano, los instantes que -si en verdad fueran placer- no le haría falta exhibir. Tal vez acabe ya. Tal vez la postura imposible haga que el juez le obligue a terminar este ejercicio. Pero el teléfono sigue exhalando felicidad de oferta y vida al por mayor.

Entonces se abren las puertas del autobús y entra alguien ni mejor ni peor que los demás. Solo más guapo y evidentemente gay. La evidencia, menos mal, se adquiere con los años. Y con los amantes. Hace tiempo que ya no se me escapan. Que tampoco yo me escapo de ellos. Alguien con un cuerpo que supongo cuidado -esbelto, de tez morena- bajo un ceñido jersey y un plumas negro. No me fijo en la edad, tengo siete paradas y no debería perderme en los detalles. La edad, como casi todo, es un detalle más.

En mi móvil, sigue su voz, y sigue su discurso, algo de ello me llega mientras me levanto y, agarrado a la barra, finjo un roce nada involuntario con ese plumas, con ese jersey, con ese cuerpo que se insinuaba evidente desde que entró. Al final, ya no son siete paradas, son solo cinco, porque su apartamento está dos antes que el mío. Es tarde y los dos tenemos prisa, no hemos comido aún, así que el polvo es rápido, fugaz y muy intenso. Siempre me han gustado los orgasmos anónimos, pienso al vestirme. Tú debiste colgar en mitad del orgasmo. Tu voz lánguida, aburrida de sí misma, se apagó sin que yo pudiera darme cuenta.

Espero que los jueces puntuasen con buena nota tu casto estatismo acrobático. Yo, en la tórrida dinámica del mío, creo que conseguí un ocho... Por lo menos.

2.12.06

A la mierda

El mismo error constante
un paso adelante y dos atrás.
La misma piedra en un camino
del que no veo el final.
Mientras, seguimos como ayer,
huyendo de una realidad
a la que no le caigo bien
o es ella la que me cae mal.

La Quinta Estación


Así, sin paliativos. Hoy no me da la gana optar por la ironía, ni por la sutileza, ni por el buen gusto. Hoy no me apetece andarme con juegos de palabras porque es tarde, porque estoy cansado y porque no me queda mucha paciencia. En realidad, no me queda ninguna.

No podría contar las veces al día que pido disculpas a mi entorno. Me disculpo por no poder quedar tanto como debería, por no llamar tanto como debería, por no estar ahí tanto como debería, por no contestar a sus llamadas tantas veces como debería. Me disculpo porque a todo el mundo, en general y con honrosas excepciones, mi tiempo le importa un bledo y da igual si lo tengo o no, el caso es que jamás es suficiente, así que siempre tengo que desdoblarme para que todos estén contentos, felices y satisfechos, para que todos me cuenten su vida en ese rol contenedor que (como me decía hace poco mi lindísima yoe) nos ha tocado en suerte a unos cuantos y que la gente aplica sin ningún tipo de consideración. Un rol que consiste en absorber la vida ajena aunque la tuya importe más bien poco, porque como no suelo quejarme, parece que no hubiera problemas.

Y de repente, sin ningún motivo aparente, el que necesita un contenedor puede que sea yo. O un tejado para saltar. O un mueble para arañar y dejar en él toda la rabia sin hacer daño. Pero entonces, curiosamente, no se encuentra el buzón de voz donde dejar la llamada, porque los que tanto presionan día tras día, los que me hacen sentir culpable cuando no quedamos o no vamos a tal o a cual sitio, los que tanto interés tienen en verme en ese día en el que a mí me viene como el culo, por algún azar no identificado, justo hoy están ocupadísimos. Así que el teléfono no suena con los nombres que debería. Suena con otros, claro, pero esos nombres no tienen culpa de que esté cabreado, de que hoy me enfade el mundo, y no se merecen que les amargue la fiesta. Esos nombres son nombres de agenda de fin de semana, pero no los otros, los de verdad, los que tanto me persiguen cuando estoy estresado y jamás han entendido ese estrés ni han disculpado mis ausencias.

Mi chico, que es más sabio que yo para según que cosas, dice que me doy demasiado. Que luego no lo recibo. Que debería ser más cuidadoso con mi tiempo. Y sí, creo que tiene razón. Al menos, en parte. Como en casi todo. No puedo cambiar, lo sé. Así que seguiré corriendo cuando alguien me diga que lo haga y haciendo malabares para contentar a quienes pueda. Pero sí espero que nadie me pida explicaciones cuando me niegue, porque no pienso darlas. Optaré por el mismo silencio de los demás cuando están ocupados. A mí no se me perdona ese mutismo y, en adelante, eso est todo lo que acompañará mis noes. No pienso dar ni una explicación más. Y si eso no les basta, que no me busquen. No me van a encontrar.