5.12.06

Gimnasia artística

Tiene esa sonrisa apagada de la convicción que nunca fue. Esa mueca del gesto que se ha construido a sí mismo para aliviarse de espejos que le devuelvan las miradas que tanto daño le hacen. Ha esculpido su autosatisfacción como si de un aplicado gimnasta se tratase, aunque la tensión de la postura le agarrote los miembros y le cause una sensación que podría llamarse lumbalgia si no fuera porque el dolor se le clava un poco más adentro. Un poco más al fondo.

Habla despacio. Buscando las palabras que exalten lo que siente. Lo que se ha dicho a sí mismo que debe sentir. Lo que debe contarme para dejar bien claro que todo lo demás es una estupidez, que la adolescencia pasó de largo, que la madurez tiene que ver con esa posición inverosímil colgando de unas anillas que tienen más de prisión y de esposas que de salto triunfal.

Es mejor ahora, me repite. Y sigue su discurso engolado con palabras que niegan los suspiros que ahoga, que podrían negar -si soltase las anillas- también sus manos apuntando a cuerpos diferentes al suyo. Yo no soy como tú, me asegura, y comienza un juicio breve y timorato de mis actos, de mis creencias y hasta de mis noches. Dejo que siga hablando seguro de que el dolor le obligará a ceder, porque la convención hiere y la rutina mata, sobre todo cuando esa rutina es obligación y deceso, anulación y olvido, pérdida y abandono de la realidad.

No tenía que haber descolgado, me recrimino, pero no tengo valor para cortar su discurso hueco, su afán de una vehemencia que no llega. Cuento mentalmente -hacia atrás, hacia delante, en diagonal- y miro inútilmente por la ventanilla del autobús mientras jél repasa los dones de lo cotidiano, los instantes que -si en verdad fueran placer- no le haría falta exhibir. Tal vez acabe ya. Tal vez la postura imposible haga que el juez le obligue a terminar este ejercicio. Pero el teléfono sigue exhalando felicidad de oferta y vida al por mayor.

Entonces se abren las puertas del autobús y entra alguien ni mejor ni peor que los demás. Solo más guapo y evidentemente gay. La evidencia, menos mal, se adquiere con los años. Y con los amantes. Hace tiempo que ya no se me escapan. Que tampoco yo me escapo de ellos. Alguien con un cuerpo que supongo cuidado -esbelto, de tez morena- bajo un ceñido jersey y un plumas negro. No me fijo en la edad, tengo siete paradas y no debería perderme en los detalles. La edad, como casi todo, es un detalle más.

En mi móvil, sigue su voz, y sigue su discurso, algo de ello me llega mientras me levanto y, agarrado a la barra, finjo un roce nada involuntario con ese plumas, con ese jersey, con ese cuerpo que se insinuaba evidente desde que entró. Al final, ya no son siete paradas, son solo cinco, porque su apartamento está dos antes que el mío. Es tarde y los dos tenemos prisa, no hemos comido aún, así que el polvo es rápido, fugaz y muy intenso. Siempre me han gustado los orgasmos anónimos, pienso al vestirme. Tú debiste colgar en mitad del orgasmo. Tu voz lánguida, aburrida de sí misma, se apagó sin que yo pudiera darme cuenta.

Espero que los jueces puntuasen con buena nota tu casto estatismo acrobático. Yo, en la tórrida dinámica del mío, creo que conseguí un ocho... Por lo menos.

10 comentarios:

dexter dijo...

Como dice Sabina - autor que no es precisamente santo de mi devoción- a veces el alma necesita un cuerpo que acariciar. Siempre he dudado del tópico que apunta a la promiscuidad del colectivo gay. En mi caso siempre achaqué mi "promiscuidad" - no más que la suya,señora mía- a la falta de cariño acumulado, a la represión, a tantos años y años coleccionando miradas en el desván del deseo (otra vez Sabina, brrr). Como acabo de decir en otro blogg, echo de menos, nunca tuve, uno de esos encuentros furtivos en la noche, uno de esos encuentros que se apagan con la luz del alba (¿ alguién oyó la palabra "sexo"? ). He acabado por odiar esos encuentros fríos, calculados y artificiales en esos desvanes del deseo llamados chats. Lo otro es lo que verdaderamente te hace sentir vivo. Y ¿de qué sirve vivir si no te sientes vivo?

MM dijo...

Lo del autobus debe ser uno de los pocos sitios ke me kedan por probar el ligoteo; a ver si me pongo...

Anónimo dijo...

Esta mañana me creció el Mr.Hyde y mandé a la porra a un compañero de trabajo por meterse en mi vida privada. Digo yo si la gente no tiene espejos en su casa. En fin, que vivan la impostura y las máscaras. Que viva la taladradora de las habladurías, de los que siempre llevan razón (Coetzee dixit). Eso, que vivan, que yo seguiré yendo a mi puta bola y viviendo mi propia vida.

3'14 dijo...

Hay un momento en el texto en el que hay un salto.. una elipsis. Probablemente carezca de interés lo que sucede en ese espacio de tiempo eliminado, pero a mí me quita el sueño... Veamos, ¿Cómo leches se llega del bus al apartamento del desconocido? No, lo digo en serio, de verdad... A mí nunca me ha pasado algo así. Digo lo de ligar, y aparecer en casa ajena vistiéndome. Esto me lleva a pensar que qué narices de vida estoy viviendo!!!

Mari dijo...

Te doy un 10...por arrojado y amante de la vida

me encantó el post!!!!
besos sinceros

Vargtimen dijo...

Creo que todos tenemos una lección muy importante que aprender de este último post de Cinephilus. Hay que saber aprovechar y exprimir la vida.

Yo personalmente, me voy ahora mismo al bus urbano a ver con quien me froto.

Anímense amigos! La de nuevas experiencias que se están perdiendo por el precio de un bonobus...

andrés dijo...

un juego con sus reglas, su terreno, sus técnicas y en el que el riesgo que se preste a correr el jugador es clave. Como escribir.

Cinephilus dijo...

lecciones, no... no me atrevería, hay gente por aquí de la soy yo quien tiene muuuucho que aprender
digamos que intento que no se me escapen los autobuses, ni las elipsis
besos a todos ;-)

Max dijo...

Qué paja tu post. ¿Sabes? Es tan difícil esto de los jueces, de la justicia. Siempre esa manía de enajenarnos voluntariamente de nuestras prerrogativas de ser y de actuar, siempre ese vicio virginal de hacer de lo nuestro materia de otros: el jurado. Y eso de la “adultez”, vaya insulso criterio normativo, y normativo de la normalidad más normal: normópata incluso, porque resulta patológica su manía por ideales estadísticos. Y la cosa es que me doy cuenta de que casi nadie lee a Deleuze con su cotidianidad. En serio. Y no sé para qué revisan a Foucault una y otra vez si lo que hacen es ponerse el corsé victoriano con otros ropajes (pero sin un ápice de seducción), e incluso pretenden decirnos que nos quedaría bien. Pero claro, a los jueces se los invoca porque así uno se lava las manos de asumir la responsabilidad de definir sus propios criterios, así uno evita toda posibilidad de ir contra-corriente, así uno pretende garantizar encajar perfectamente en una corriente, pero una de bajo voltaje, segura, sin riesgos. Una corriente que es tan pálida que no podría dar vida a ningún Frankenstein, porque les parece aterrador y horrible de lo hermoso que es. Sí, bellísimo porque Frankenstein es aquel que se hizo como pudo, porque estaba harto de esa idea de belleza que encarnaba un aburrido Adán hecho a imagen y semejanza de la Corte Suprema en el momento del pseudo-orgasmo de su veredicto. Y lo que hizo Frankenstein fue tomar su vida entre sus manos, como quien toma su propio sexo como si fuese ajeno, y el ajeno como propio –todo a la vez— porque la vida es este voltaje que nos atraviesa haciendo que por un instante morir y vivir sean virtualmente sinónimos, porque es la pura vida excediéndonos y ningún juez, ni ningún sistema de puntaje podrá dar cuenta de esto, porque es inconmensurable.

Gunillo dijo...

Pues yo hace poco me pegué un frote en el metro...que sólo duró desde Pueblo Nuevo a Ventas.
Era la hora de ir a la oficina o a la academia y no podía uno abstraerse de sus obligaciones matutinas. snif!