27.12.07

Cine navideño

Un día antes de partir rumbo a París -qué cercana se ve ya nuestra ciudad, J.,-, tres recomendaciones de cine navideño -es un decir- que salvan, con mucho, la actual (y mediocre) cartelera... Y es que, por una vez, junto a los infumables dibujos prefabricados para estas fechas (que este año nos traen las desgracias de Donkey Xote y El arca de Noé), las películas protagonizadas por Papá Noeles falsos, reales o clónicos y demás monsergas obsoletas y políticamente correctísimas, la cartelera ha albergado títulos que sorprenden en sus diversos géneros y que, personalmente, me han regalado unas estupendas horas de cine en esta última semana. Empezamos...

1. Deseo, peligroLástima que el lust del título americano se quede aquí en un tibio deseo que, por vulgarización léxica, es un sustantivo demasiado devaluado en nuestro poco autoconsciente castellano. Y es que la película es una delicatessen para los cinéfilos voraces, tanto por su apasionamiento narrativo como por el lirismo -seco, adusto, distante y magistral- de su puesta en escena.

Demasiado extensa -seguramente, sí-, pero disfrutable y llena de aciertos, como casi todo el cine que nos regala Ang Lee. En este caso, se demora en exceso en el primer tercio del filme, pero -en mi caso- agradecí esos minutos por pura complicidad con la materia relatada. La presentación del grupo de teatro universitario -el amor que por el teatro desprende la película, al igual que por el propio cine- y la disección de esos personajes -fundamental para entender el desenlace de la historia- me conmovió y, a su modo, me hizo pensar en mis propios comienzos teatrales. En la utopía inicial de mi grupo y en cómo hemos ido posicionándonos hacia la realidad y lo factible. Nada comparable al contexto del filme, desde luego, salvo por la importancia que ese grupo -ese mundo teatral universitario- tiene en las vidas adultas de los personajes. Y eso, quienes amamos el teatro, sabemos que es siempre así. Sea cual sea el contexto...

Más allá del debate de su duración, la película logra -de nuevo- presentarnos una pasión prohibida, terrible, fatal, uno de esos amores que, entre el deseo más carnal y la represión más terrible, sabe contar Ang Lee en sus mejores filmes. Ya sea con cowboys (Brobeback mountain), señoritas de época que toman té en tacitas de porcelana (Sentido y sensibilidad), gélidos habitantes de la década de los setenta (La tormenta de hielo) o gays en el armario de su más cáustica y divertida comedia (El banquete de boda).

De nuevo, con su excelente pulso narrativo y su sensibilidad para ahondar en los sentimientos ajenos, Ang Lee sabe construir un relato ambiguo, contradictorio e incluso salvaje, donde lo inverosímil se hace verosímil porque sabe cómo transmitir la pasión sin, pese a ello, querer emocionarnos. Tal vez ahí radique la mayor dificultad de la película: es pretendidamente fría. No hay ni una sola escena subrayada y esto, unido a su metraje, no la convierte en una obra de fácil visionado. Sin embargo, ahí -precisamente- radica también su mayor logro. En llenar de sexo y de deseo la sala de cine gracias a sus coreografías de cama y a sus silencios y elipsis. Una película que, pese a lo explícito de sus imágenes sexuales (bravo, se echa de menos el buen sexo en el cine de nuestro tiempo), oculta mucho más de lo cuenta.

2. La brújula doradaCine familiar, sí. Cine poco personal, también. Pero cine de entretenimiento eficaz y, sobre todo, con un mensaje que elude la moralina convencional. En este caso, la película -como la novela- defiende el pensamiento liberal y, a su modo, el ateísmo.

Resulta divertido asistir a esta función en la que los malos pertenecen a un Magisterio -así dice llamarse- que recuerda poderosamente a la curia eclesiástica. El mismo edificio que les alberga parece un remedo futurista de San Pedro, en el Vaticano. No es de extrañar, pues, que la Iglesia católica -ese ente que debería ser, como todos los extremismos religiosos, una realidad agonizante y moribunda en nuestro siglo- haya puesto el grito en el cielo. Y solo por eso ya recomendamos esta película convencional, pero bien rodada y ciertamente ágil, con una bellísima Kidman y un más que atractivo Daniel Craig. Aunque este último aparezca poco (¡con lo bien que le sienta esa barba!), confiamos en que goce de mayor protagonismo en el siguiente capítulo de la saga. Si el mensaje sigue siendo la defensa del pensamiento libre y la negación de toda creencia dogmática, también iré a verla.

3. PersépolisNo, no es estreno, pero hasta ayer no pude sentarme a verla con tranquilidad. Evidentemente, es una adaptación pero, personalmente, no encontré nada reprochable en ella. Fui con mi pareja y un amigo común, y a los dos les entusiasmó la película como tal. Es decir, que la obra funciona de manera autónoma, sin necesidad de explicar sus fuentes ni justificar -una y otra vez- que es la versión fílmica de una novela gráfica. Este hecho, por sí solo, ya me parece más que suficiente para defender esta pequeña joya de la animación francesa: es, ante todo, una película, no una mera versión. En cuanto al relato en sí, me pareció especialmente inteligente su modo de sintetizar una historia tan densa y compleja, y su talento al hilvanar las imágenes y, sobre todo, los diálogos (sublime el personaje de la abuela), además de que las voces -Deneuve, Derrieux...- constituyen un auténtico lujo cinéfilo.

Honestamente, creo que toooodo el mundo debería ver esta película al menos una vez para tener una visión interna -y, en general, bastante mesurada- de un tema tan complejo como la realidad iraní. En el monólogo de la joven protagonista -ya en la universidad- sobre el uso del velo, habría aplaudido si de una obra teatral se tratase. Y, aunque no venga a cuento, aprovecho aquí y me reafirmo: no al velo en las aulas de nuestro país. No se puede tolerar ni defender la humillación de la mujer como una forma de cultura ni de religión. En eso Francia nos lleva ventaja, y hace años que prohíbe tanto el uso de velos como el de los crucifijos en sus aulas. Y es que la religión debe ser algo respetado, por supuesto, pero también íntimo y personal. Nunca un elemento que interrumpa la vida de un Estado laico ni, mucho menos, un instrumento de opresión sobre los demás.

Y soltado este discurso (de vez en cuando, uno necesita un desahogo...), corto y cierro la emisión por unos días. En París no pienso conectarme a nada que no sean las exposiciones de sus museos, los paseos por sus avenidas, las cenas en sus restaurantes y el sexo en sus camas... A la vuelta les cuento. Pásenlo muuuy bien y empiecen con la mejor escena posible su nueva película del 2008.

P.S. Por cierto, si se aburren estos días, prueben a dormirse con la segunda e insípida temporada de Héroes, que ha concebido la continuación como una repetición & plagio de sí misma. Así pues, no hay una sola novedad reseñable en su monótono avance, salvo los kilos de músculos que se ha puesto encima el otrora enclenque Peter Petrelli. Teniendo en cuenta que sus escenas de exploitation durante los primeros capítulos son lo único reseñable de esta temporada (imitando, por cierto, las de la tortura de Craig como 007), les dejamos como postal navideña con el recién trabajado torso del muchacho que, la verdad, se lo ha currado muuuuucho más con las pesas que los guionistas con el ordenador...

23.12.07

Way of life (...& Merry Christmas)

En septiembre de 2006 empecé, sin darme cuenta, una nueva vida. Un cambio de trabajo que, en este primer año y medio, me ha transformado -para bien- en más de un aspecto. Y aquel septiembre, sin más razón que la cercanía en metro (y la posibilidad -necesidad- de seguir comiendo con mi amiga Mercedes), elegí un instituto en el que hoy continúo. Un centro donde, nada más llegar, apareció alguien con nombre tan metafórico como pertinente. Alguien que dijo llamarse Camino y que, desde muy pronto, se convirtió en la mejor compañía posible para esa nueva senda profesional y personal de la enseñanza. Y así, aprendiendo de ella, riendo con ella, hasta llorando con ella (porque la vida -cuando se vive intensa y honestamente- da siempre para todo), hemos construido una amistad en la que nos identificamos y nos seguimos construyendo y creciendo día a día. Una amistad que, como todas las verdaderas relaciones que he ido cosechando en cada una de mis diferentes etapas vitales -algo de lo que confieso que me enorgullezco-, es el mejor resumen de este momento, de este lugar, de esta nueva vocación de la enseñanza que ya veremos por qué lugares -por qué caminos- me conduce.

Así que, con todos estos datos, no era de extrañar que la fiesta que preparamos juntos el pasado viernes en nuestro (habitualmente serio) insti, fuera un éxito. Todo el mundo implicado, mezclado, revuelto en el mejor y más social de los sentidos. Y nosotros disfrutando de ese pequeño momento juntos, haciendo el loco y apurando birras que sabían a vodka como la tarde -incluso la mañana- nos supo a noche. En las fotos tan solo se intuye, pero tras su sonrisa -y su cuerpazo, que su pasado de gimnasta rítmica y su presente de deportista nata bien se notan- hay un camino amplio, generoso, vital, imprescindible. Un camino de autenticidad que desde hace ya año y medio tengo la suerte de transitar cada día. Y así, en ese andar machadiano, puedo seguir aprendiendo en nuestros cafés fugitivos de las 11.10, intuyendo más de mí, más de los demás, hasta de cómo dar una clase o de cómo parodiar algún momento malo para que deje de serlo.Quizá por eso estas fotos -y estas impresiones- son, en este 2007, mi post de felicitación navideña para amigos, blogueros y lectores curiosos. Porque no hay mejor tarjeta que la felicidad propia, la que de verdad se desea compartir con los demás (sobre todo si se evitan dibujos cursis o papá noeles con sobrepeso, que cada año me atacan más). Y esta felicidad -plena, imborrable, arrolladora- solo la obtengo en mi pareja -qué poco nos queda para inaugurar París en el 2008-, en la familia más cercana y en los amigos de verdad.

Felices fiestas a todos... Y dedicada a ti, my way, ahí va una de nuestras canciones (que, en tan solo año y medio, ya suman unas cuantas...) Just for your eyes.

20.12.07

Jueves!!!

Siempre me ha gustado este día -su noche es, sin duda, una de mis favoritas-, pero concretamente este jueves -sí, este en el que tecleo estas mismas letras- se presenta -simple y llanamente- excepcional. ¿Motivos? Ahí van:
1. Llegada vía Iberia de esa mitad mía -más que mitad, en realidad, el porcentaje que habita de él en mí es cada día mayor...- sin la que, como es obvio, permanezco incompleto. Y esta vez, su llegada viene con tres semanas por delante sin más viajes, sin más despedidas, sin más esperas, salvo nuestra escapada -juntos- a París... Ese motivo, por sí solo, ya hace que este jueves sea genial...
2. Copa con amigos en casa. Y no unos amigos cualquiera. No. Amigos de esos que valen una vida. Que atraviesan contigo cada momento. Los buenos, los malos, los sencillos, los complejos. Amigos con los que te sientes cómodo, feliz, arropado. Y, sobre todo, te sientes tú. Sin impostura alguna. Amigos, en el sentido más amplio y generoso de la palabra (ese sentido en el que los amigos, la verdad, no se puede decir que abunden...)
3. Bailes enloquecidos con mi Inquilino, la gogó más glamourosa a este lado de la ciudad. Y la única mujer conocida capaz de fingir el playback de cualquier canción polanesca como si realmente la conociese. Hasta ahora, jamás la han detenido ni le han pedido canon alguno por su amoral actitud cantarina ;-)
4. Comienzo de vacaciones!!! Hasta el 8 de enero... ¡se acabó!
5. Planes ya seguros de funciones este 2008 que se acerca con mis niñas (Silvia, Paloma, Eva... ¡qué ganas de recuperaros en el escenario), Nuria... ¡qué ganas de que te subas con nosotros a él!, Alber... ¡jo, cómo te echo de menos en estas lides...!). Funciones con Melibea y Zapping mileurista los días 18 y 25 de febrero, 3 de marzo y 17 de mayo. Confirmadas (de momento). Y más que vienen en camino...
Y, para colmo, aún me dura el buen sabor de boca de mi velada santillanil por dos grandes motivos: Mercedes y Klingsor, dos amigos que merecen sendos posts para ellos solos, porque cada risa, cada confidencia, cada velada, tarde o momento con ellos es, simplemente, estupendo. Abajo, por cierto, poso con Klingsor -nótese que éramos, sin duda, los dos editores más guapos y bien conjuntados de la fiesta- en la pasada juerga editorial. El del chaleco -de riguroso estreno, jeje- c'est moi.
Besos para todos los blogueros. Pásenlo bien estos días y, ante todo, sobrevivan a las Navidades... :-)

14.12.07

Balance audiovisual de la semana

El gobierno recomienda comer conejo en Navidad. Esta es, según El Mundo, una de las noticias más importantes de este día. Personalmente, estoy tan cansado de la precampaña, que ya no sé si lo dan como una noticia positiva en lo gastronómico o peyorativa en lo económico o si, simplemente, desde que se les ha acabado el chollo de la conspiración, no tienen muy clara cómo empezar las portadas de su diario... Claro que también puede que el vodka de ayer y la resaca de hoy tengan algo que ver en mi nula capacidad para interpretar semejante crónica periodística. Y es que, la proximidad navideña, ya ha irrumpido con su lista de compromisos y su agenda de reuniones varias. Ayer, lo confieso, la reunión -profesional y docente- se saldó con una velada estupenda en la que hasta nos volvimos humanos y nos dimos cuenta de que, lejos de una pizarra, formamos un grupo más que majo... Los bailes, al horrendo ritmo de la pachanga habitual, dieron muestra de ello.

Y entre lo horrendo de estas semanas, incluyo -desde luego- ese Orfanato que, al fin y por algún motivo masoquista aún por explicar, vi hace ya un par de semanas. La película, aparte de provocar mi hilaridad (aún me río con la escena en que Mrs. Rueda se enfrenta a las temibles nancy peinados...), no consiguió que entendiera por qué todo el mundo ha decidido ir a verla. Obviamente, mandarla a los Oscar es un despropósito que solo se justifica por el hecho de que casi toda la producción nacional de este año ha sido lamentable. Sin embargo, elegir semejante estupidez en vez de obras, cuando menos más dignas, como Siete mesas de billar francés solo prueba que, además de hacer malas películas, no tenemos criterio para seleccionarlas o premiarlas... Confío en que el año que viene, mandemos ese bonito plagio de Shrek que es Donkey Xote, cuyo contenido debe estar a la altura de su ingenioso título. Sinceramente, la animación española debería estar prohibida por el código penal, con la excepción de De profundis (por eso supongo que la vimos cuatro gatos mal contados...) y de los excelentes animadores que tienen que emigrar para no verse abocados a hacer bobadas varias.

Y entre lo mejor de la semana, el hecho de que al fin hayan expulsado al tal Andalla de GH, autor de esa gran frase que rezaba tal y como sigue: "El fin del mundo se acerca porque hay muchos gays que han salido del armario". Por supuesto, como es un personaje musulmán, nadie puede criticarlo y hay que entender que su homofobia galopante y su estrechez mental son "productos culturales". Me gusta esa visión empobrecedora que solo condena las atrocidades -que son unas cuantas de la religión cristiana- y sin embargo proclama tolerancia con todas las vejaciones que contra mujeres, homosexuales y demás comete -y promueve- el lado más duro de otras grandes religiones de este atrasado mundo.

Ah, también sumamos a lo mejor el calendario de curas cañón que el Vaticano ha sacado, un año más, en plan extraoficial. Esperamos que en el siguiente les quiten directamente la sotana, total, seguro que no es la primera vez que se desnudan delante de alguien ni que..., bueno, dejo ahí los puntos suspensivos para que los completen ustedes, queridos lectores, con sus más calenturientas imágenes. Como muestra ahí les dejo un botón (o mejor, un alzacuellos...) Ah, y un comentario curioso: dos de los curas que aparecen en la imagen superior (sí, los dos del lado derecho)... NO SON CURAS. Al parecer, el Vaticano ha decidido que es mejor ahorrar gastos y USA IMÁGENES SIN PAGAR DERECHO ALGUNO de cofrades sevillanos. Reveladora noticia que nos demuestra, una vez más, que la caridad empieza en casa y que Ratzinger no está para mariconadas (bueno, según el tipo, porque se me ocurre alguna que otra que haría las delicias de este pequeño y cabroncete hitler de bolsillo). En fin, me alegra la vista el muestrario de curas y me alegra mi alma atea recalcitrante comprobar que la iglesia no abandona, ni por un instante, su mezquindad habitual. Alabado sea su dios (el del dinero, claro).

Y hasta aquí por hoy, que esta tarde me espera Rossini y un fin de semana de sexo, amor y lujo de esos que tanto me gustan. Los detalles morbosos, el lunes... Si la resaca de la voracidad que me espera estas noches me permite relatarlos...

10.12.07

Días napolitanos

Hay destinos que se salen de lo corriente. Incluso de lo esperable. Destinos que requieren ser viajero en vez de turista. Que no admiten al segundo y que, sin embargo, acogen al primero. Nápoles, sin duda, es uno de ellos.No resulta fácil asomarse a sus calles, a sus rincones, a sus facetas decadentes y, sin embargo, grandiosas antaño. En sus edificios late la esencia neorrealista y el tiempo se compone de sumas y restas aleatorias, juguetonas, eternas en el trampantojo de una ciudad que despista al visitante hasta conseguir que se ría de su desorientación y se deje llevar por el bullicio y el ruido de su alma sureña y portuaria.No aconsejaría Nápoles a quienes esperen una Italia domesticada y bien embalada, una Italia de souvenirs o de escaparatismos ultramodernos, pero sí a quienes deseen adentrarse en la Italia del sur, en ese lado luminoso y complejo donde el escaparatismo cede ante una realidad mucho más tangible y, a la vez, mucho más poliédrica. Incluso a quienes busquen un escaparatismo clásico de grandes modistos y camiseros, de zapateros ilustres y de una estética, en fin, sublime en los tejidos y más recta en las formas y el diseño.Seguramente si no hubiera ido con él -contigo-, con el viajero que tantos lugares me ayuda y enseña a descubrir, ahora no podría rehacer el relato -y la memoria- de un viaje que ha sido mucho más intenso y hermoso de lo que una guía al uso puede transmitir. De nuevo, cegado por mis prejuicios, tuve que despojarme de ellos -él, con astucia, me despojó de ellos con su paciencia y su generosidad habituales- y ahora, de regreso en Madrid, extraño las alocadas carreras en taxi -mi rostro pálido entre el miedo y la incredulidad eran una clara descripción del tráfico en la ciudad- y la exuberante gastronomía, que se basta de unos cuantos y sencillos ingredientes para preparar la mejor pizza y la más deliciosa pasta que jamás he probado. Y es que, como ellos dicen, la pizza napolitana no es comparable a ninguna otra en Italia. Y tienen razón...El hotel, lujoso y situado en la bahía -uno de los rincones más hermosos de toda la ciudad-, nos ofrecía unas vistas ante las que era imposible no dejarse llevar: el palazzo del'Ovo, el Vesubio, Capri... Cómo no dejarse contagiar por el mar y bucear en la belleza que se ocultaba tras el caos de una ciudad que no sabe embelesar, pero sí atraer. Y sugerir.
Y cómo no, el palacio de Capodimonte -con los Caravaggios y Tizianos de obligada visión- y el museo arqueológico, con un gabinete secreto lleno de pinturas eróticas romanas y grupos escultóricos como el toro farnesio, que por sí solo ya merece un viaje. Y, fuera del museo, a tan solo algunos kilómetros, la viva Pompeya, deslumbrante en su sucesión de calles, casas, mosaicos, rótulos...: vidas, sobre todo vidas y existencias que parecen siluetearse con precisión mientras se curiosea por un tiempo que fue y que, gracias a la arqueología, hoy sigue siendo. Nunca había sentido algo parecido en un yacimiento arqueológico y todavía me estremezco al pensar en cómo nos adentramos en las habitaciones y la intimidad de aquellos hombres y mujeres que, un día, se vieron sorprendidos por el traicionero Vesubio, hoy cómplice de las fotografías y ambiguo -siempre- en sus intenciones.Una ciudad -un viaje- paradójica, ecléctica, cambiante, mediterránea... vital.

5.12.07

Sobre el móvil (y la intimidad)

Mañana, a estas horas, ya habré preparado mi equipaje y estaré a punto de partir rumbo a Nápoles, donde espero huir durante este puente en la mejor de las compañías, con ganas de conocer la ciudad napolitana y, cómo no, los testimonios de Pompeya, que siempre me han itrigado (supongo que como a todos los que amamos la Historia y el mundo clásico).

En estas huidas, además, consigo evadirme de uno de los ruidos que más me molestan y perturban. El ruido del móvil. Hace días, en una cena con mi amigo Raúl (una de esas personas de las que siempre se descubren nuevas facetas y cuya amistad es tan enriquecedora como su honestidad), pues bien, en una cena con este amigo salió el tema del móvil y de mi escaso hábito de responder a las llamadas. Por primera vez me di cuenta de que mi punto de vista en este sentido o no se entiende o no se comparte y, aunque pueda parecer un antipático o incluso un borde (ya ni siquiera me preocupa eso), esta vez necesito soltarlo.

El móvil es, en mi opinión, la mayor y más terrible intromisión contra la intimidad que me veo obligado a sufrir las 24 horas del día. Parece mentira que existiera una vida sin móviles -y la existió, los de mi edad, desde luego, sí que la conocimos- y, de repente, todo el mundo siente la necesidad de llamar sin preguntarse jamás qué pensará, hará, sentirá o deseará la persona a la que llama en ese instante. El caso es llamar, es más, insistir e incluso preguntar ese cansino "¿Pero por qué no me coges el teléfono?" que, francamente, no sé por qué tengo que justificar.

No se trata de ir contra la tecnología (quienes me conocen saben que soy un tecnoadicto), sino contra el uso despreocupado y abusivo de esa tecnología. Hay métodos rápidos y mucho más sutiles, mucho más respetuosos con el tiempo y el ritmo ajenos: el mensaje y el e-mail. Ambos se reciben en el momento, ambos nos permiten expresarnos, ambos sugieren la necesidad de una respuesta pero no nos obligan a dar esa contestación en el momento. Ambos, eso sí, requieren una mínima elaboración, aunque solo se trate de teclear unos cuantos caracteres. ¿Que no se puede decir todo en un sms? Por supuesto que no. Pero ¿no se puede sugerir, incitar, comentar, esbozar...? Claro que sí, aunque eso requiere un cierto esfuerzo y es menos cómodo que hacer la llamada y divagar hasta que se dice algo (si es que hay algo que decir). ¿Que no todas las llamadas deben ser funcionales? ¡Por supuesto! Pero, ¿tan difícil es asegurarnos mediante una vía menos invasiva de que vamos a llamar en un buen momento a esa persona?

Personalmente, lo admito, no me gusta nada el teléfono (de ahí el nombre de mi grupo, Armando no me llama, que puesto cuando solo contaba yo con 18 añitos fue una síntesis perfecta de mi conducta en este tema). No sé hablar por ese dichoso aparato (bueno, salvo con mi chico, porque hace años que inventamos nuestro propio lenguaje y ni siquiera el teléfono es un obstáculo en nuestra semántica egoístamente individual) y no soporto mantener largas conversaciones por el móvil salvo cuando la situación lo requiere. Y cuando el tiempo de los dos contertulios lo permite.

Y no, no se trata solo de no poder contestar a causa de las ocupaciones cotidianas -reuniones laborales o momentos en los que nos es imposible contestar-, se trata también de muchos momentos en los que, llame quien llame, no apetece contestar. Y eso no tiene nada que ver con la persona que hace la llamada, sino con el instante privado en que yo la recibo. En mi caso, mi vena social suele confundir (me encanta la gente, hacer amigos, sí, pero como contrapartida necesito respirar mucho tiempo a solas: ¿cómo podría escribir si no, por ejemplo?) y nadie aprecia que necesito -exijo, demando, respiro- una faceta individual, solitaria y nómada que no quiero ni deseo compartir con nadie. Así, cuando una tarde decido perderme a mirar dvds por la fnac, por ejemplo, claro que -si quiero- puedo coger físicamente el móvil, pero no psicológicamente, porque si suena es una intromisión en ese momento, en ese instante, en esa necesidad. En ese acto simple y sencillo de mirar dvds o de pasear por el centro de Madrid con el I-Pod a todo volumen y sin ganas de hablar con nadie, tan solo de escuchar alguna de esas listas de reproducción de sanísimas influencias como mi Lydi, culpable de más de una nueva adicción disco-consumista que, si es buena, ya le confesaré.

Quienes me conocen saben que es mejor localizarme por sms, porque me hacen ilusión, porque me gusta y porque me permiten sacar el móvil cuando realmente me siento sociable, abierto, receptivo. Así se lo digo a mis amigos, aunque suene raro o incluso parezca pretencioso. ¿Tan ocupado estoy? ¿Tanto preaviso necesito? En parte -en gran parte- es cierto, mi agenda suele ser un caos, un laberinto (me comprometo a veces a más tareas de las que debería..., me pueden mis ganas de hacer cosas, de colaborar, de crear), pero también me resulta mucho más grato el sonido de un mensaje que no me coacciona que el timbrazo de una llamada que me pone en el compromiso de hablar o no hablar. ¿Y si no quiero hablar? ¿Y si estoy demasiado eufórico, triste, abúlico, feliz o cualquier otro adjetivo que haga que prefiera el silencio? ¿Y si estoy hablando ya con un amigo en un restaurante o en su casa y el télefono interrumpe ese momento? ¿Por qué cuando suena el móvil en una conversación con alguien ese alguien se siente incómodo y luego, sin embargo, no tiene reparos en llamar tantas veces y a tantas horas como le plazca?

Lo sé. Suena egoísta y, posiblemente, poco amable, (en realidad, este post no es más que un desahogo de alguien que se siente algo presionado y estresado por su entorno y al que le gustaría que se le comprendiese sin tener que dar tantas explicaciones), pero no creo que el móvil deba ser un elemento que me esclavice socialmente ni que multiplique por arte de magia tecnológica mi ya densa vertiente social. Es un instrumento de comunicación con el exterior que agradezco y valoro, pero que quiero emplear con libertad, sin sentirme presionado ni obligado. Por eso, supongo, casi siempre lo llevo en el modo silencio. Ni timbres polifónicos, ni monofónicos, ni sinfónicos. Nada, cero. Porque no quiero que me interrumpa en clase, ni cuando estoy con mi pareja (¿qué pinta un timbrazo cuando -a la hora que se desee, que para eso está el horario: para saltárselo- se está haciendo el amor?), ni cuando quedo con mis amigos, ni cuando estoy en casa de mis padres, ni cuando estoy escribiendo, ni cuando simplemente no quiero estar para nadie porque ni siquiera sé muy bien donde estoy yo o cómo estoy y me siento yo.

Por eso estos viajes -entre otras muchas razones- me devuelven la calma y me hacen olvidar el estrés cotidiana. No solo por la distancia o por la fascinación del destino (estos tres últimos meses ya van tres lugares a los que volvería sin dudarlo: Turín, mein geliebter Berlín y ahora Nápoles), sino porque en ellos sí que me pierdo y desconecto móviles y teléfonos. Y porque tengo la suerte, la inmensa suerte, de hacer esas escaoadas con alguien que no solo me complementa, sino que entiende y respeta esa parcela mía de soledad, de reflexión, de independencia. Alguien que, como yo, no concibe ni la pareja ni la amistad como una especie de simbiosis que mutila a sus componentes, sino como una sincronía en la que la libertad de ambos genera un movimiento y una meta comunes. Por eso, supongo, en esos viajes ambos sumamos un dos tan rotundo, porque ninguno pierde la individualidad ni el deseo de que el otro siga siendo tan singular, tan diferente y tan único como nos gusta ser.

Nos vemos a la vuelta. Cuídense y usen con cabeza -y corazón- sus móviles. A veces los 160 caracteres de un sms son mucho más rotundos -y mucho más cercanos- que interminables facturas donde las palabras no significan mucho más que el aire -o las ondas- en que se perdieron.

2.12.07

Del Prado a Manhattan

Fin de semana con más trabajo del deseable pero, también, con intensos momentos compartidos. Momentos culturales, urbanos y, cómo no, necesariamente tórridos, de esos que hacen que el lunes se pueda abordar con una (lujuriosa) sonrisa. Dejando a un lado las escenas de cama y las compras sofisticadas, nos centraremos en el repaso de algunas recomendaciones y antirrecomendaciones de índole, digamos, cultural.

1. El nuevo Museo del Prado
Francamente, después de años criticando su escasa presencia mediática en la vida social española y madrileña, hay que reconocer que el lavado de cara que está viviendo este museo es, cuando menos, un motivo de celebración. Nueva web -mucho más cercana, llena de contenidos y también de funciones prácticas- y dos exposiciones que, por motivos diferentes, son merecedoras de una visita.

A) Fábulas de Velázquez

No es una muestra deslumbrante, a pesar de que detenerse ante la Venus del espejo ya compensa la visita. En realidad, es un claro ejemplo de esas exhibiciones en las que el Prado amortiza su colección permanente. En este caso, el mérito reside en la colocación de los cuadros que, salvo alguna sala errática (en especial, la segunda y la tercera), consigue el efecto deseado. Al fin un planteamiento pedagógico y didáctico definido y una contraposición inteligente de las pinturas, que tienen -posiblemente- su punto más álgido en la sala dedicada al desnudo, donde se hace un recorrido fastuoso -tanto por su capacidad sinóptica como por la calidad de las pinturas allí escogidas- por la estética del barroco. Inteligente, sin duda, también el cierre de la muestra, con Las Hilanderas -una de las obras de Velázquez que más me emocionan- y el cuadro que inspiró el tapiz que aparece en el cuadro, El rapto de Europa, de Rubens.

No es una exposición que descubra nada nuevo, pero sí es recomendable para los interesados en iconografías mitológicas y religiosas (en el fondo, ambas son míticas...) y constituye una hora de velazquiano y deslumbrante paseo.

B) El siglo XIX
No estamos aquí ante una muestra de grandes pinturas -sí en las dimensiones, no en la calidad de la mayoría de los autores y obras. Excepciones hay, claro, como Fortuny, algún Madrazo, algún Goya -los menos- e incluso un par de Sorollas que, tal vez por estar en la última sala, no lograron captar demasiada atención por parte de los visitantes. Sin embargo, el recorrido por el XIX español es absolutamente impagable. A mí, que soy un amante de este siglo (al igual que del siglo XVII, las dos épocas literarias y artísticas que, junto con el XX, más me interesan), me resultó enriquecedor -e incluso revelador- el paseo por cada una de estas salas, donde se sucedían romanticismo, realismo, naturalismo y hasta noventaiochismo y primeras vanguardias en una vorágine de influencias que representa, con acierto, la suma y la fusión de las diferentes tendencias, esas que tanto nos afanamos por clasificar y que, en la práctica, son tan complejas de deslindar plenamente.

La muestra, además, viene precedida por un folleto que, a modo de librito, explica con claridad el tema y argumento de todas las pinturas, lo que consigue -al fin- que la exposición sea realmente didáctica y fácil de seguir, tanto para los expertos en XIX como para los neófitos. A mí, que llevo tantos años criticando la asepsia informativa de las exposiciones del Prado, consiguieron conquistarme por primera vez y, desde luego, reconozco su mérito y su buen criterio. Bonanzas de una exposición que se ve favorecida, además, por la ampliación de Moneo, a la que no encuentro pegas y que me pareció que dignificaba y realzaba aún más el Prado, dotándolo de una infraestructura arquitectónica y espacial que, por primera vez en décadas, lo aproxima a la estética y la filosofía de otras grandes pinacotecas europeas.

En dos semanas, por cierto, me llevo a un grupo de 12 alumnos que, voluntariamente (prometo que no hubo coacción), se apuntaron a hacer esta misma visita conmig por la tarde. A cambio, eso sí, les invitaré a merendar. Que el XIX con un buen batido de chocolate en Vips se digiere mucho mejor...

2. El anti-cineY es que para homenajear a Billy Wilder hay que ser... Billy Wilder. Algo así pensé cuando me topé con el comienzo de la insulsa y aburridísima The nanny diaries, cuya escena inicial recuerda a los símiles antropológicos que abren La tentación vive arriba. La tentación, en este caso, son Scarlett Johansson (más fea que nunca y con todo su repertorio de mohínes, ahora que no está papá Allen para dirigirla) y Chris Evans (a quien el director no quita la camiseta y, por tanto, desperdicia todo su -único y musculoso- talento). Lo demás es una sucesión de gags ramplones, zafios y maniqueos, donde se intenta emular la sofisticación de El diablo viste de Prada -que sin ser genial, es mucho más ingeniosa que esta solemne tontería- y que, en este caso, se queda en un simple La niñera se viste de Bershka. Ni siquiera se aprovecha el escenario -podría haberse rodado en Nueva York o en Cáceres, nadie notaría la diferencia gracias a los planos pobres y simples que nos ofrece el montaje final- y solo el vestuario de la Linney (que se esfuerza por dar carne a un papel imposible) tiene cierto estilo. Si no fuera por las bolsas de Tods, Louis Vuitton y Dior que llenan de vez en cuando la pantalla, nadie diría que es una "parodia de la alta sociedad", tal y como se vende el filme, ya que esa alta sociedad ni siquiera es parodiada, al menos, no con un mínimo de gracia. Considerar que los hombres con dinero deben ser todos gordos y calvos, que las madres con dinero rozan la estupidez compulsiva y que los jóvenes con dinero -que, por cierto, se llaman Jojo...- humillan cruel y burdamente a una joven en un bar por ser niñera (ni en el peor culebrón venezolano se da semejante escena) es, cuando menos, un tanto maniqueo. Hasta el vídeo aquel del pasapalabra y el cocodrilo era más sutil...

Y hablando de tonterías, he visto parte -no he sido capaz de terminarla- de la insufrible La habitación de Fermat y casi me caigo de espaldas de la risa ante la complejidad de los enigmas matemáticos. Suponemos que sus intelectuales directores -dos criaturas que no deberían haber salido jamás del anonimato en el Club de la Comedia- las han copiado de algún mono de feria, porque si no, no hay quien se explique semejante gilipollez. Ahí va, para que se ilustren con él, el primer (e indescifrable, jeje) acertijo de este nuevo bodrio del cine español (que menudos últimos añitos llevamos...): "¿Por qué orden están estos números: 5, 4, 2, 9, 8, 6, 7, 3, 1?"

1.12.07

Crónica (a)social

Lo cierto es que la final de Supermodelo fue, cuando menos, decepcionante. La vi en diferido, así que eso puede que le restara un poco de emoción a semejante prodigio televisivo. Lo mejor, sin duda, los arrebatos provincianos de los diferentes lugares de procedencia de las chicas, donde se organizaron comités de recepción que parecían una parodia a lo Bienvenido Mr. Marshall. Entre los de peor gusto, nos quedamos con el desenfreno de la concursante murciana, a la que agasajaron con globos en forma de enormes falos y el regalo de la escultura -por llamarla de alguna manera- de un pie amputado en un zapato rojo que, imaginamos, habrá obligado a la pobre adolescente a recurrir a un terapeuta para olvidar semejante visión. A destacar también los esfuerzos del cámara por disimular la soledad de Alba, la única madrileña del certamen (es lo que tenemos los de las grandes ciudades, que pasan de nosotros nuestros conciudadanos y no nos regalan pies amputados ni globos fálicos), a quien sentaron en la Vaguada para que la gente la confundiera con la azafata de una promoción de toallitas desmaquilladoras. La ganadora, Noelia, no era mi favorita (hubiera preferido a Alba, por fotogenia y medidas, a pesar de su insoportable actitud en el concurso), pero al menos es una chica con personalidad y con facciones interesantes. Mejor que Isa -demasiado bajita para la pasarela- y Magda -¿cómo diablos llegó a la final esa chica?-, desde luego.

En cuanto al resto de la vida social de nuestro cutrepaís, no podemos dejar de destacar tres de los personajes con los que ¡Hola! -tan profunda en sus comentarios y reportajes con las novelas del mismísimo Musil- nos ilustra esta semana, y eso a pesar de que lleva ya un mes dedicando su portada a los dichosos infantes de Lugo. A este paso me cambio a la Vale, que al menos saca en portada a Hugo Silva sin camiseta.... Ahí van algunas joyas.

1. Julio Iglesias, Jr.
Este ser de difícil descripción, antes llamado Julio José, enseña su modesta casa de Miami y amenaza con sacar disco. Entre las preguntas del periodista (que debería dedicarse a cualquier otra cosa antes que a perpetrar entrevistas como esta) y las respuestas del entrevistado, el artículo no tiene desperdicio:

- (Refiriéndose a la casa) Lo que no es muy grande, Julio.
- Para nada. Tiene alrededor de trescientos metros cuadrados, tres dormitorios, salón, cocina y cuartos de baño.
- Ahora te perderás en la de tu madre.
- Es diferente, por que la mía es más de playa.
- Con todo y con eso.
- Ya, bueno.

(Si alguien entiende las dos últimas intervenciones de este "diálogo" que nos las traduzca... Y si alguien tiene una casa "más de playa" que avise también.)

Además, entre el nuevo léxico acuñado por el personaje a lo largo de la entrevista destacamos el momento en que afirma que su novia es "su pie a tierra". Personalmente, ya he escrito a la RAE para que incluyan esta lograda expresión en su próxima edición del diccionario, junto con el modismo "chupa pan y moja" que se inventó este jueves la inefable Milá en GH.

2. Tamara Falcó
Y es que la familia Iglesias-Preysler-etc-etc da para mucho... Ahí van algunas perlas:

- Del matrimonio de mi madre y de mi padre, solo nací yo, y sería como si no tuviera hermanos. En cambio, es todo lo contrario. Todos son mis hermanos.
(Nótese la paradoja, que ni Santa Teresa de Jesús... Esto demuestra que las neuronas de Tamara trabajan en dos bandos y cuando habla un bando se opone al otro sin piedad, hasta que salen frases como esta).

- ¿Crees que la gente tiene razón cuando se mete contigo porque dice que hablas pijo?
- Sí. Intento hablar despacio, pero me sale así.

(La relación entre ser pijo y la velocidad al hablar es otro dato que se les ha escapado a los lingüistas de todos los tiempos. Confiamos en que solucionen enseguida este error tras la agudeza semiótica de Tamara, que -como ella misma afirmó- es una experta en "comiuniqueishion", que debe ser como comunicación pero sin que te entiendan)

3. George Clooney
Es guapo, está tremendo, incluso puede ser un actor correcto (que no genial), pero ¿por qué lo anuncia todo él? En esta ocasión, hemos contado los anuncios de Mr. Clooney a página completa... ¡Tres campañas diferentes! Nespresso, Porcelanosa (con, glups, la Preysler) y Martini. Menos mal que, de momento, Isabel Coixet no le ha propuesto rodar el remake del anuncio de compresas de Silke, porque si no, lo teníamos preguntándose a qué huelen los sueños mientras se prepara una taza de Nespresso. Se ve que este señor compagina muy bien el discurso moralista y de buen rollo político con el lado pesetero y mercantil... Me caía mejor antes de que decidiera convertirse en pancarta publicitaria, la verdad. Y es que me da a mí que este hombre quiere convertirse en el nuevo Robert Redford y, lógicamente, no le sale.

27.11.07

Día atípico

No, no voy a empezar comentando la final de Supermodelos porque... ¡aún no la he visto! Y es que ayer tuve una preciosa cena con mi amiga Marta, así que puse el dvd a grabar y hoy me daré un atracón mascó-niano para ver cómo acabó semejante joya catódica... Antes del post sobre este evento televisivo, me centraré en algo tan cotidiano y simple como mi día académico de hoy, que ha sido de todo menos previsible...

1ª hora: Clase de alemán. Teniendo en cuenta que yo soy de Literatura española, el hecho de ejercer este año como profe de alemán durante este curso (y, posiblemente, los siguientes) ya es una novedad algo insólita en sí misma. Y lo mejor es que cada día me gusta más ese papel y, sobre todo, la posibilidad de retomar -y reverdecer- una lengua y una cultura que tanto me han gustado siempre.

2ª hora: Clase íntegra en inglés de lengua española. Y aquí, justo aquí, ha sido donde la rutina se ha roto de repente, con la entrada de cuatro estudiantes británicos de dieciséis años que venían a visitar el instituto y que no hablaban apenas nada de español. Cuando me comunicaron ayer que hoy los tendría en mi clase de niños ¡de doce años! sentí un ataque de pánico. ¿Qué podía hacer con gente mayor que mis chavales y que, además, no tenía ni idea del idioma? ¿Cómo hacer algo productivo para todos a la vez...? La solución me vino en forma de pantera rosa, gracias a la cuidadísima edición de todos sus cortos que salió hace un par de años. Y así pues, tras temer que mi elección fuera un desastre, he dividido la clase en cuatro grupos en los que los pequeñajos debían conseguir que los mayores describiesen con slang español a los protagonistas del corto. Al ser mudo, todos entendían la trama, de modo que podían centrarse en su análisis, en el que los pequeños han disfrutado enseñando español a los mayores, a la vez que los mayores se morían de la risa con las ocurrencias medio en inglés, medio en español (se han defendido con muchas ganas y mucha imaginación) de los primerines. Al final, las cuatro exposiciones han sido estupendas y los teenagers británicos han aprendido a decir piba, pillar, pedo y otras joyas de la jerga juvenil. A mí, eso sí, me ha tocado dar la clase íntegra en inglés y aunque me he sentido rarísimo impartiendo mi materia en la lengua de Shakespeare, la sensación global ha sido más que positiva. Lo mejor, los comentarios finales -esos me los guardo, que aquí suenan prepotentes- de los cuatro chavales británicos, que me han hecho sentir francamente bien, la verdad.

La ruptura de la rutina, en realidad, ha sido diminuta, pero lo bastante intensa como para desequilibrar -para bien- este martes. Quizá esa capacidad de sorpresa dentro de lo monótono que tiene la enseñanza -al igual que cualquier otro trabajo donde el objeto profesional no es tal objeto, sino seres vivos y, por ende, cambiantes- sea uno de los mayores alicientes que le encuentro a este trabajo. De momento no es más que mi segundo año, así que llevo ventaja a la hora de ser optimista (el tiempo no pesa aún en mi contra), pero no hay día que no me levante con ganas de pelearme -y reírme- con ellos, en el mejor y más dialéctico sentido de la palabra. Hoy, desde luego, los pequeños me han dado una clase de trabajo en equipo, desparpajo lingüístico y habilidad social. Hasta les ha parecido natural que su profe no dijera una sola palabra en español en toda la clase. Ojalá eso sea síntoma de algo parecido a un cierto europeísmo o, cuando menos, a algún que otro aire de necesario -y antiprovinciano- cambio.

25.11.07

Lions for lambs

Comenzaré admitiendo mi debilidad por Robert Redford, director de dos de las películas que más me han impactado en distintos momentos de mi vida: su intensa, seca y acertadísima Ordinary people -uno de las radiografías más lúcidas de la familia jamás rodadas- , y su aguda, inteligente y necesaria Quiz show -una disección de los mass media y, sobre todo, del mundo televisivo, que sigue resultando vigente.

En esta ocasión, Redford nos ofrece en su Lions for lambs una película honesta, valiente y difícil. Un guión perfectamente estructurado en noventa minutos densos y nada comerciales, donde cada línea del texto es un golpe de conciencia. Los actores, recluidos en espacios cerrados y condenados a interpretar de manera estática sus personajes, se dejan la piel en una de las películas que más me han impresionado recientemente. Meryl Streep, denostada por unos y adorada por otros (entre estos últimos me cuento), da una lección de cómo crear un personaje con tan solo miradas, gestos, movmientos de manos (esas manos que sabe usar como pocas) y convierte su personaje en crisol mediático de una tragedia de la que todos somos testigos, si no cómplices.

Así que la película se convierte en un interrogante, tal y como la pregunta que cierra el filme, donde se golpean tres frentes fundamentales: la política, los medios de comunicación (escalofriante la ironía del avance "urgente" de noticias de la escena final) y la educación, con una entrevista profesor-adolescente que, siendo la más tramposa de las tres, consiguió removerme y hacerme reflexionar sobre mi papel en el aula (hacía tiempo que necesitaba escuchar algo así, que me reafirmase en mis principios de lo que hago cada día cuando entro en clase). Y así, a lo largo de noventa minutos con escasísima acción, se suceden temas como la implicación, la marginación, la inseguridad, el fanatismo o la manipulación. Una película valiente, oportuna, incómoda y en la que la violencia -sin ser tan explícita e inútil como en el último Cronenberg, cuyo final cada día me resulta más pueril y ñoño- juega un papel brutal y no plástico. Dos muertes que no tienen nada de heroico y que ni siquiera permiten desplegar una de esas banderitas que tanto le habría gustado desplegar a directores como el otrora interesante Oliver Stone.

Cine político, cine discursivo, cine que es en verdad ensayo y que, sin embargo, sigue siendo cine. Nada que ver con el horror pretencioso de películas supuestamente discursivas como las del insufrible Guerín (¿por qué considera que su bodrio En la ciudad de Sylvia era algo que debía compartir con el mundo?). Nada que ver. Lions for lambs no posee el efectismo de El mensajero del miedo -en cuyo remake, por cierto, también bordaba su papel de pérfida manipuladora Mrs. Street-, pero tampoco lo necesita. La elegancia de la cámara, la acertada sincronización del montaje, la interpretación brillante de los actores -incluso Cruise resulta razonablemente verosímil, sobre todo por el acierto en el casting- y la buena estructura del guión ya suman el efectismo, la emoción y, en definitiva, el cine necesario.

Una de esas películas que se deben ver. Que se deben hacer.
P.S. El fin de semana, por cierto, perfecto. Una cena inesperada y realmente especial el viernes, un sábado íntimo-cinéfilo-cómplice y un domingo con comida sofisticada -pocas cosas me gustan tanto como un buen restaurante...- y siesta de pereza y sexo por delante... ¿Se puede pedir más...? ;-)

22.11.07

Telón

DON LUIS. Para ese empleo te vendría bien la bicicleta que te iba a comprar cuando pasase esto, ¿te acuerdas?
LUIS. Ya lo creo. Yo la quería para el verano, para salir con una chica.
DON LUIS. ¡Ah!, ¿era para eso?
LUIS. No te lo dije, pero sí.
DON LUIS. Sabe Dios cuándo habrá otro verano.
(Siguen paseando.)
TELÓN
Fernando Fernán Gómez
Las bicicletas son para el verano

Era uno de los grandes. Uno de los pocos intelectuales -auténticos en su talento y en su eclecticismo- que nos quedaban. Magnífico actor, gran director y dramaturgo culpable -con permiso del gran Buero Vallejo- de una de las mejores obras del teatro de posguerra, Las bicicletas son para el verano, un texto que marcó un camino teatral por el que aún sigue transitando la escena española. Una reflexión sobre la intrahistoria unamuniana, en la que vida política y vida personal quedan disociadas hasta que la primera aplasta sin piedad a la segunda. "Quería contar cómo sentí que con aquella guerra me habían robado la adolescencia" dijo una vez su autor. Y eso, exactamente eso, es lo que supo contar con una prosa sencilla y unos personajes tan vivos y minúsculos como sus heridas.

Y para los cinéfilos, nos quedan en la memoria obras tan poderosas e insignificantes como El extraño viaje, todo un alarde de cine maldito e inteligente, o su personal -y emocionante- homenaje al mundo del teatro y a los cómicos de la legua, El viaje a ninguna parte.

Como amante de la literatura, del cine y del teatro me gustaría pensar que eso es, precisamente, lo que ha emprendido Fernando Fernán Gómez. Un viaje hacia algún lugar donde pueda seguir otorgando dignidad y categoría artística al instrumento -tan tristemente desperdiciado- de la palabra.

16.11.07

I know where i've been

Gracias al sensacionalismo -al terrible amarillismo- mediático, uno no sabe muy bien si Madrid será, como avisan, una ciudad invadida por el odio y la violencia este fin de semana. La prensa, de nuevo, ha actuado con toda la irresponsabilidad de la que ha sido capaz para caldear tanto los peores instintos como los más diversos miedos. Y quizá por eso hoy me voy a limitar a colgar una de las escenas más naives de Hairspray -su b.s.o, que acaba de editarse, merece una visita a la tienda de discos más cercana-, naive porque es un alegato sencillo y casi sentimentalista contra la segregación, contra la violencia, contra el racismo.

Lo triste es que algo que debería ser testimonio de tiempos peores ya superados se convierte, de nuevo, en asunto de necesaria reivindicación. I know where i've been, canta Queen Latifah, en un tema cuya letra habla de la memoria, de la conciencia del esfuerzo de tantos hombres y mujeres a favor de una concordia y una tolerancia que no siempre llegan. Cada minoría, por supuesto, puede que haga su propio alegato, e incluso su propia manifestación, hasta su propio discurso victimista. El problema es que, en realidad, todos somos de una u otra minoría. Todos raros, todos complejos, todos únicos. Y por eso a todos -que sabemos como Queen Latifah de dónde venimos y dónde hemos estado- nos debería resultar sencillísimo respetarnos.

Esta vez, me temo, siento auténtica vergüenza y repugnancia ante la labor de ciertos medios de comunicación. Y es que estoy cansado de que una ciudad tan viva, abierta y ya herida como Madrid tenga que ser objeto de sus apocalipsis. Buen -y pacífico- fin de semana a todos.

12.11.07

De estreno... en Sevilla

Y, para cambiar el tono del último post, hoy incluimos una buena noticia... Mi último texto teatral, Tres formas de lenguaje, ha sido seleccionado -junto con piezas de autores como Alonso de Santos o Antonio Álamo- entre las obras de teatro breve que se dramatizarán en el VIII Salón Internacional del Libro Teatral.

Este año, el Salón Internacional (organizado por la Asociación de Autores de Teatro ) se celebrará en Sevilla, en el Casino de la Exposición (Avda. María Luisa s/n) , del 29 de noviembre al 2 de diciembre de 2007.

De momento aún no sé cuándo ni cómo se pondrá en escena, pero si alguien está por Sevilla y tiene curiosidad por el mundo del libro teatral, que no deje de pasarse por allí. Y, si es posible, que luego me lo cuente :-) Lo admito: estoy contento. Es el tipo de pequeños hechos que, de vez en cuando, apuntalan un poquito mi -inevitablemente frágil- autoestima.

9.11.07

Formas de violencia

Unos jóvenes se bajan de un coche y agreden brutalmente a un hombre colombiano de 56 años.
Un joven agrede a una chica de dieciséis años en un tren de cercanías.
Unos jóvenes irrumpen borrachos en las aulas de una universidad de Vigo e insultan a profesores y alumnos.
Una concursante transexual de GH, que reivindica su derecho a ser respetada, insulta a un concursante negro por el color de su piel.
Un concursante negro de GH, que denuncia con razón todo acto racista y discriminatorio, confiesa abiertamente su homofobia y afirma que la homosexualidad es antinatural y un peligro para la sociedad.
Un clérigo saudí aconseja en una televisión musulmana cómo se debe golpearse a la mujer para no dejar marcas y conseguir modificar su conducta.
Un joven anuncia una matanza en youtube y la ejecuta a sangre fría.

No son comparables entre sí, lo sé, pero todos ellos son síntomas de una sociedad absolutamente enfermiza y desquiciada, donde la violencia -física y verbal- alcanza todos sus grados en una escalera que no nos lleva hacia ningún sitio que no sea la autodestrucción. Puede que el virus que me tiene esta semana medio enfermo y con el estómago revuelto sea en parte responsable de que me cueste ver la botella medio llena, pero el vacío mental que todas esas acciones demuestran me resulta, cuando menos, alarmante.

Quizá por ello, en esta ocasión, más que reflexionar, quiero compartir dos experiencias de esta misma semana en dos de mis clases. En ambas tomé la determinación de actuar, aunque albergara dudas sobre la conveniencia de mi intervención. En cualquier caso, y como siempre, se admiten opiniones. El dogmatismo, resulta evidente, no es más que otra forma de violencia.

1. Situación A
Clase de 2º de ESO. Alumnos de 13 y 14 años a los que no doy clase y que, por tanto, no conozco. En una hora en la que estoy de guardia por la ausencia de un profesor empiezan a pasarse un folio que les hace reír mucho a todos ellos. Confío en que dejen de intercambiárselo, pero ante su persistencia, al quinto alumno secuestro el folio. En el papel en cuestión, un curioso titular: "Medidas de gobierno". Y después, una sucesión de normas como las siguientes: Masacrar toda América del Sur; Fundar pabellones de tortura y violación; Hacer esclavos a los negros; Violar a toda América del Sur; Masacrar otros países salvo a los chinos... Indignado, pero intentando encontrar un sentido razonable a semejante documento, pregunto quiénes son sus autores y qué habían querido escribir. En el fondo -muy en el fondo- me hubiera gustado oír que era una crítica ácida y terrible de la política imperialista de ciertos países -como EE UU-, pero teniendo en cuenta la edad de aquellos alumnos sabía que era poco probable escuchar algo así. Su respuesta: "solo es un juego. Es divertido". Podía haber fingido no leer el papel, podía no haber intervenido, podía haberme callado (total, ni siquiera era mi clase), incluso podía haber querido comprender que no era más que humor infantil e inconsciente..., pero no pude hacerlo. Y les hablé de que era aberrante que se rieran de temas tan serios como la violación o la tortura, que era inaceptable emplear argumentos racistas y xenófobos en algo que para ellos no era más que un chiste y que, sin embargo, atentaba contra la dignidad de los demás... Y tras una hora de debate, al menos, conseguí que entendieran la gravedad de su escrito -aunque no tuvieran malas intenciones en él-, pero no sé si se quedaron convencidos de ello. Obviamente, ninguno de aquellos chavales quería masacrar nada, pero dejar impune aquel papel era abrir una mínima grieta en la que, de nuevo, la violencia podría empezar a germinar y a campar a sus anchas. A fin de cuentas, si aquellas medidas eran graciosas para ellos, ¿qué habría pasado si alguno decidía ponerlas en marcha? La difusa barrera entre el juego y la realidad a ciertas edades sumada al torrente de confusión que, al respecto, reciben diariamente, no era algo que me hubiese permitido irme tranquilo a casa sin intervenir directamente primero.

2. Situación B
Clase de 1º de ESO. Alumnos de 12 años a los que doy Lengua Española. Les había propuesto un taller dramático en el que debían dar voz -es decir, inventar y representar un diálogo- para una escena de La lengua de las mariposas, que previamente vieron sin volumen. Todos los grupos hicieron creaciones orginales y personales y la sesión transcurrió de forma animada y fluida. Uno de los grupos, sin embargo, decidió incluir un elemento nuevo al final de la escena: el personaje del padre abofetea a su hijo y, cuando este es defendido por su madre, también la golpea fuertemente a ella. El resultado, una carcajada general ante los golpes y, supongo, ante las palmadas con las que pusieron efecto sonoro a la escena. Mi reacción, de nuevo, darles la correspondiente charla sobre la gravedad de lo que habían hecho -de manera inconsciente- debido al tema que allí subyacía: los malos tratos. En este caso, la reacción de los alumnos fue sincera, porque no se habían percatado de que su broma atacaba tan directamente a uno de los temas más graves de nuestra realidad social: la violencia familiar que, por desgracia, sigue existiendo. Personalmente, me alarmó aquella risa y el hecho de que ninguno de los 30 alumnos presentes esbozase el más minúsculo signo de alarma ante lo que estaba viendo.

Puede que todo sea culpa de ese virus que me tiene medio enfermillo esta semana, pero la convivencia diaria con tanta forma de violencia me tiene cada vez más preocupado. Y no solo las terribles tragedias -como esa matanza a sangre fría que hemos tenido que padecer esta semana- sino también los gérmenes -verbales, físicos o casi invisibles- de esas mismas -¿y evitables?- tragedias.

4.11.07

El cielo -nuestro- sobre Berlín

para JJ
Como el título de la película de Wenders, esa que se ha colado -entre tantas otras cosas- en nuestra maleta. Así, sobrevolando la ciudad desde todas sus aristas, es como me he sentido estos días junto a ti. Días en los que he descubierto que Berlín ha cambiado tanto como yo mismo, porque entonces -en aquellos primeros viajes- yo era una primera persona del singular y ahora, en este retorno junto a ti, he vuelto siendo primera del plural, un rotundo nosotros que le da sentido a cada recuerdo y, sobre todo, a cada proyecto.

Y Berlín, con sus contrastes, desde ese espléndido The Regent que con tanto mimo y acierto elegiste como alojamiento, ha sido nuestro cómplice en estas veladas. En estos largos paseos. Gendarmenkmarkt, Ku'Damm, Unter den Linden, Potsdamer Platz, Friedrichstrasse... En estas visitas a esos museos que ambos amamos y, cómo no, en la experiencia total de esa ópera -Carmen, apasionada y brutal en su excelente orquestación y en su inteligentísimo montaje- que vimos en la Staatsoper el viernes por la noche.

El viaje, sin duda, ha sido excepcional. Pero no solo por reencontrar una ciudad tan especial como Berlín, sino por el inmenso placer de poder descubrírtela y compartirla contigo, de poder sumarla al posesivo nuestro en el que tú y yo sumamos tantas ciudades -tantas vidas- juntos. El placer -el enorme privilegio- de descubrirte a ti también en ella. De descubrirte inmensamente generoso. Inmensamente valiente. Inmensamente necesario en cada uno de los segundos de mi existencia. Y es que, como en la película de Wenders, tú eres mi único cielo posible en mi Berlín. Y si no está tu mano acariciando la mía, ya no hay Unter den Linden, ni Brandenburger Tor, ni siquiera ese museo de Helmut Newton tan provocador como nuestro sexo y tan carnal como nuestra pasión. Sin tu mano, sin tu cielo cubriendo mis noches, todo -la vida, la pasión, el futuro- se desvanece. Porque ahora, como me susurraba al oído Berlín con una voz que tenía algo de la de la Dietrich, ya no soy uno. Ahora, cogido de tu mano desde hace siete años, soy siempre dos.
Mi mejor motivo para levantarme cada mañana. La mejor parte de mí mismo...


Gendarmenmarkt

Konzerthaus. Schillers Denkmal



Brandenburger Tor


Berliner Dom. Fernsehturm.


Spree Ufer

Sony Center

Jüdisches Museum

Siegessäule

Gedächtnis Kirche. Berlin (von Chillida)

Humboldt Universität

Gorki Theater

Historisches Museum

30.10.07

Super-gymkaMa


Y eso fue, según Judit Mascó, lo que esta semana hicieron las supermodelos de mi cutreprograma favorito: una GYMKAMA. Lástima que pareciera más una gymkana, porque lo de la cama prometía. Podían haberles metido a unos cuantos modelos (masculinos) las habitaciones... Ayer, por cierto, tras haber visto hace poco al sosainas y supuesto guaperas de Aitor Trigo -bajito y pésimo presentador, por ponerle algún tipo de profesión...- me tocó coincidir con el fotógrafo de Supermodelos en Sephora. Yo acababa de salir de comprar cremas y maravillosos perfumes para mi chico, así que tuve que volver a entrar sin excusa alguna para observar a Rouzic de cerca. Y este, con sus orejillas despegadas y todo, es de los que gana de cerca. Menos cuadrado de lo que se le ve en algunos programas, pero bien proporcionado, casi tan alto como yo y muy bien conjuntado, la verdad. Destila heterosexualidad por todos sus poros, y las sephora-girls acudieron raudas a probarle cuanto se dejó. En fin, que tras verlo ayer estoy aún más convencido de que es un fotógrafo de mentira: él se limita a entretener la vista de la audiencia femenina y gay, mientras un fotógrafo de verdad se dedica a hacer las instantáneas. Por lo demás, del programa de ayer destacaremos algunas secuencias memorables como...


1. Los pájaros

Sí, Cristina ya no llevaba su loro, pero -a cambio- y tras el éxito de colgarse un peluche en un top, se puso dos periquitos que, si bien eran menores en tamaño, ganaban en cantidad y complicidad entre ellos. Nos gustaría haber escuchado su conversación en el hombro de la profesora de estilismo, pero no nos fue posible.


2. Aterriza como puedas

Especial mención merece la prueba en la que obligaron a las modelos a cambiarse de ropa cada vez que sonaba un timbre. La primera vez las pusieron tan histéricas que consiguieron que una de ellas se cayera de bruces sobre la pasarela gracias a los amables empujones de sus compañeras y, sin embargo, enemigas. Los profesores reaccionaron con su tacto habitual insistiendo en que debían ser cuidadosas cuando ellos les pidieran que se despepitaran corriendo por el centro de mal-formación.


3. Carros de fuego

O cómo lesionar a las modelos que te estorban. Así, decididos a acabar con Zaida fuese como fuese, el profesor de gimnasia les propuso una carrera en bicicleta por equipos. Como todos sabemos, una modelo no puede serlo si no es capaz de ganar el tour de Francia. Zaida se cayó, se hizo moratones pero, para desgracia del programa -que la odia sin contemplaciones- se levantó y siguió pedaleando. Imaginamos que la siguiente prueba será agarrarse a la cola de un avión y no caerse cuando despegue...


4. Esta casa es una ruina

El desfile-prueba de la semana también tuvo su punto: dejaron a las modelos en ropa interior en medio del Instituto Europeo del Diseño y les pidieron que corrienda buscando su ropa. Consiguieron que todas lloraran -no sé por qué lloraban, pero lo hicieron con ganas- y aunque no tengo claro que aprendieron, a ellas les pareció una experiencia muy reveladora. No dijeron el adjetivo revelador, por supuesto, pero seguro que se les cruzó por la cabeza gracias a su espléndido vocabulario.


5. All that jazz

Y, como cierre, uno de esos momentos surrealistas que revelan que los creadores del programa viven en una realidad paralela no identificada. Llevaron -como prueba de dudosa finalidad- a dos modelos a pasar "por una alfombra roja" que, Mascó corrigió enseguida, "era roja aunque fuera azul". La alfombra roja que en realidad era azul llevaba al evento Rock in Rio, donde aseguraron que las chicas conocerían a muchísimos e importantísimos famosos. Y allí, tras esa alfombra de color cambiante, conocieron a Bimba Bosé -esa modelo que nunca debió serlo, al menos en público-, a Antonio Carmona y a Rosario -su relación con el mundo de la moda es abrumadora- y a una tal Almudena Fernández, que también estaba en el plató. La fiesta, evidentemente, estaba llena de personajes insignes... O tal vez sí que lo estuviera, pero pasaron por una alfombra roja que en realidad era verde y estaban en otra habitación mientras las supermodelos pasaban a la sección de flamenquito chachorro.


Y de momento, poco más. Que hoy tengo que preparar las maletas para el vuelo de mañana... Y eso sí que va a ser una -berlinesa y extraordinaria- gymkama con mi pareja.

29.10.07

Cassandra's dream

La crítica, en esta ocasión, ha decidido ponerse en contra. Supongo que es cuestión de modas. O que los críticos tienen cosas mejores que hacer como para destacar las virtudes de una película más que digna. Evidentemente, no es la mejor de Woody Allen, pero eso no quiere decir que -con sus fallos y, sobre todo, con sus aciertos- no sea una de las mejores opciones que nos ofrece ahora mismo la cartelera.
Cassandra's dream, un título perfecto para esta nueva tragedia greco-contemporánea, presenta una estructura correcta y eficaz. Una película de tesis -y fábula moral- donde se desarrollan, como núcleos temáticos, dos grandes motivos: la ambición y la culpa. Y así, mediante una metáfora hiperbólica, Woody Allen nos presenta su versión -desdoblada- del Raskolnikov del siglo XXI en este remake inconfeso de Crimen y castigo. En este caso no hay vieja, sino un contable algo molesto. Y la necesidad del Raskolnikov de la novela rusa se convierte en el arribismo del ambicioso Ewan McGregor y la ludopatía de Colin Farrell. Ambos, por cierto, me sorprendieron en sus papeles, especialmente el señor Farrell, capaz de pasar de un registro cómico -humor negro, negrísimo- al dramático con una eficacia que, hasta la fecha, no había comprobado en él (aparte de que sigue siendo uno de los hombres más tórridamente sensuales del descafeinado Hollywood actual). A destacar lo mucho que le favorece el look viril-macarra con el que se pasea por la pantalla (monos de mecánico con grasa incorporada, camisas de leñador semiabiertas y camisetas ajustadas que dejan adivinar un cuerpo de esos que, a juicio de lo que parecíamos opinar el público femenino y gay de la sala, apetece morder...).
Y no, claro que esta no es la mejor de Woody Allen. Hay algún que otro problema de ritmo y, sobre todo, el espectador habitual de su cine se topará con un desenlace que, seguramente, haya previsto desde el propio arranque del filme. Sin embargo, son dos horas de reflexiones necesarias, oscuras, complejas. Dos horas en las que las palabras -desusadas y, sin embargo, omnipresentes en toda vida racional y mínimamente consciente que se precie- culpa, remordimiento, conciencia se pasean por el patio de butacas como un revulsivo dostoievskiano que, en estos tiempos light, tampoco viene nada mal. Más aún si se compara con la ingenuidad de panfletos melifluos y folletinescos como Trece rosas y otros intentos de cine serio con los que nos tortura el último cine español.

Definitivamente, se puede culpar a Woody Allen de que no nos regale una obra maestra en esta ocasión. Pero hay que agradecerle que, con esta infravalorada Cassandra's dream, siga regalándonos cine inteligente año tras año. Y eso, cuando la cartelera se llena de zafios árbitros que salen pitando, huerfanitos psicóticos y supersalidos adolescentes, ya me parece más que suficiente como para seguir viendo todas y cada una de sus películas. Thanks a lot, Mr. Allen.

27.10.07

Nach Berlín

Han pasado nueve años desde aquel Berlín. Parecen muchos más, pero tan solo fueron nueve. Uno de esos números mágicos -asimétricos- con los que toda cábala que se precie ha jugado más de una vez. Aquel Berlín fue el lugar de mi fuga, el punto de partida que provoqué cuando la vida se me hacía una carga demasiado insoportable a causa de tantos interrogantes. De tantas dudas. Nunca he dejado que la vida me pase por encima, ni siquiera le permito que pase junto a mí, quiero -con errores o incluso con aciertos- moldearla y exigirle que el camino sea que el que yo voy dictando, con acciones-reacciones que, aunque jamás podremos controlar, sí que origino en su primera instancia. Luego, lo que resulta de cada decisión es ya cuestión del azar, o hasta del sino, o puede que de alguna de esas formas de determinismo en las que creo para poder ejercer la negación.

Tenía veinte años en mi primer Berlín. En aquel hotel donde trabajaba como un recepcionista inexperto que intentaba solventar los errores con algún que otro inocente coqueteo... Casi veintiuno en el segundo. Veinte años y un historial de pasiones ocultas y poco memorables. Veinte y un profundo hastío académico y profesional ante la incertidumbre de qué iba a hacer después. De qué iba a ver después. Veinte y un hartazgo de tanta mentira, de tanto esconder, de seguir inventándome nombres para las sombras con las que me acostaba.

Por eso fue Berlín. Y allí, en esa fuga decidida pero jamás premeditada, me enamoré de verdad por primera vez. Tuve suerte. Di con alguien que merecía la pena. En su momento no lo supe. Todo pasó rápido -schnell, schnell, schnell-, pero con el tiempo me he dado cuenta de hasta qué punto el azar fue generoso con aquel chico dulce que, desde su experiencia, me enseñó un Berlín -una forma de aceptación y de orgullo- que yo desconocía.

La ciudad, plena de vida y de cultura, se convirtió en mi particular Ítaca (¿quién no tiene la suya propia?) y el amor duró menos que el recuerdo de ese verano. De esas noches. De ese aprendizaje en el que decidí que, a mi regreso, ya no habría más escondites, ni más verdades a medias, ni más sombras anónimas. Por eso volví con más palabras de las que me había ido, y me abrí ante todo y ante todos, con el apoyo firme de mi familia y la complicidad eterna de mis amigos. Luego, tras Berlín, vinieron otros hombres. Y siguieron, durante unos meses, llegando sus cartas. No tenía sentido prescindir del descubrimiento que ambos, en aquel viaje, habíamos hecho. Él -de eso no me compete hablar a mí- también cambió su Berlín interior. Y yo, al fin, construí el mío propio.

Mi primer trabajo ya en España, por supuesto, fue en una empresa alemana. Como traductor. Y allí, en ese mini-Berlín de empresa de trabajo temporal (qué mal pagaban, qué poco ganaba, y -sin embargo- qué feliz fui en esos diez meses de sobreexplotación) apareció, gracias a la pantalla de un chat supuestamente verboten en la oficina, mi Berlín real. Un Berlín -viajero, con barbita, con la capacidad de devolverme la autoestima que las relaciones previas habían desgastado con tanta fuerza- que ambos provocamos, que ambos tentamos, que ambos quisimos que ocurriera. Y de repente, los hombres que hubo entre ambos Berlines no fueron más que siluetas para inspirar relatos y obras de teatro futuras. Poco más quedaba de ellos cuando la vida se volvía dibujar con fuerza ante mí.

Y esa nuevo Berlín se convirtió en París, y en Nueva York, y en Roma, y en Lisboa, y en tantos rincones donde hemos ido tejiendo juntos esta biografía que compartimos y a la que siempre encontramos nuevos capítulos que sumar. Ahora, en este periplo juntos, recalamos en el Berlín real. En ese Berlín al que hace tantos años que no he regresado. Esa ciudad donde intenté con cierto éxito ser yo mismo por primera vez y a la que la semana que viene regreso con la única persona con la que soy yo en el sentido más amplio -y más rotundo- de ese complejo y breve pronombre. Por eso este Berlín juntos -el que nos aguarda en tan solo unos días- sé que será especial. Porque no hay otra forma de ser en Berlín, salvo la excepcional.

17.10.07

Torino

Esta vez, tras un viaje tan intenso y tan especial, dejaré que hablen por sí solas las imágenes. Tan solo una brevísima selección de las más de trescientas que ahora se agolpan en mi cámara, en mi ordenador y, sobre todo, en mi memoria... El elegante y barroco Turín, sin necesidad de ayudas verbales externas, es capaz de definirse por sí solo. Una bellísima y dinámica ciudad, sin duda, para volver tantas veces como las posibilidades lo permitan (y unas tiendas de moda italiana, también lo confieso, para perderse en ellas...)





15.10.07

Saturno en Turín

Recién regresado de Turín. Sin tiempo aún para descargar las fotos de unos días intensos, hermosísimos, plenos en una ciudad sorprendente en cada una de sus interminables sucesiones de calles y plazas barrocas. Todo un templo urbano de la belleza que, para colmo de mi espíritu frívolo y coqueto, se veía sazonado de jugosos y sofisticados escaparates donde renovar -Italia lo vale- el vestuario... Y, mientras preparo el reportaje de esta ciudad, comienzo el relato por el final, por la noche de la llegada y el momento en el que, echados en el sofá -reticentes al sueño, seguramente porque había demasiados buenos recuerdos que compartir- abrimos el dvd comprado en uno de nuestros habituales atracones culturales... En este caso, se trataba de la última de Ozpetek, Saturno contro, recién estrenada en España y traducida con el burdo título de No basta una vida. Título que no solo se traiciona el aire críptico y mistérico de Saturno contro, sino que se liquida -en tan solo una frase- gran parte del sentido y la coherencia de la película. Y es que, mientras anoche la veía en su regazo, con Verdi ronronéandonos a ambos tras su fin de semana de gata solitaria y emancipada -en el fondo, aunque se queje, eso le gusta a nuestra gata-, no me daba cuenta de cómo y hasta qué punto calaba en mí el argumento y la historia de ese Saturno, de todos sus habitantes, y del punto de vista que emplea aquí su director.

Al fin, Ozpetek parece haber superado los subrayados excesivamente evidentes y algo facilones de películas estimables como Hamam o, la más previsible, El hada ignorante. Ambas me gustan, pero en las dos hay un exceso de información sentimental, de búsqueda del instante mágico, de anotación a pie de página que me pueriliza como receptor. En Saturno contro, sin embargo, hay más elipsis que narración, más puntos suspensivos que diálogos, más vidas sueltas -dispersas y libres- que enunciados y relatos ortodoxos. Preguntas que, como los sentimientos de los personajes, vuelan durante la hora y media -poco más- que dura esta película y que, sin darme cuenta, volvían a mí esta misma mañana. Sobre todo esa historia de amor entre David y Lorenzo, una historia real, brutal, apasionada y, sin embargo, nada convencional. Una historia que despierta curiosidad en su entorno -el director capta esa duda de los demás con inusitada inteligencia-, una historia cuya verdad solo los protagonistas saben vivir, paladear... y sufrir. A veces, porque mi vida tampoco es convencional, me he sentido como ellos, tentado a explicarme ante quienes parecen no ser capaces de entender mis elecciones o mi camino, pero lo cierto es que a mi alrededor tengo demasiadas parejas convencionales, amistades convencionales, vidas convencionales que, en su perfecta convención, hace demasiado tiempo que no funcionan. Y yo, sin embargo, siento plenamente cada instante en mi vida de pareja no convencional, en mis amistades tampoco convencionales, en mi negación -involuntaria pero constante- de lo reglado o de lo esperable. Y así, lejos de la rutina en la que escucho romper y acartonar vidas ajenas, sigo inventando ciudades. Países y lugares de propiedad exclusiva. Incluso infinita. Lugares donde la mezquindad de los que no entienden está lejos, más allá de las puertas que se cierran ante ellos. Igual que las puertas que albergan a Lorenzo y a David. Las puertas tras las que los demás quisieran mirar sin jamás conseguirlo.

Una película más dura de lo habitual para un director que sigue creciendo. Que tampoco apuesta por la convención, ni siquiera en sus músicas. Como la estremecedora canción de Consoli con la que hoy, aún preso de los recuerdos del viaje, pongo los puntos suspensivos... Y mañana, Turín.

10.10.07

(Breve) agenda teatral


Hoy miércoles 10 de octubre hago doblete en la cartelera. Dos textos míos suben a escena en manos de otros directores y actores:

- Tres formas de lenguaje, dirigida por Aitana Galán. A las 19 h., en el Centro Cultural Julio Cortázar dentro del montaje Adiós al verano.

- Distrito Cabaret, por el grupo El Hambre. A las 20 h. en el XII Festival Internacional Madrid Sur. Más información sobre la obra, en este enlace. La imagen del post pertenece a una de las escenas de este cabaretero -y casi trágico- montaje.