29.1.07

Reconstrucción

Angels over Berlin. Ese era el sutil hilo argumental -¿homenaje a Wim Wenders?- del soberbio recital que dio Ute Lemper en el Teatro Real este mismo sábado. Ángeles que, escondidos o exhibicionistas, se paseaban por la historia de un siglo XX convulso en las calles de Berlín. Las guerras, las separaciones, los muros, los recelos, el afán de superación, las culpas, las muertes y, cómo no, la reconstrucción.

La voz del cabaret alemán, la distorsión social -y antisocial- de los textos de Weill y de Brecht, la crítica burguesa de Heinrich Mann y su Professor Unrat, inmortalizado por otro ángel berlinés -el de la azul Dietrich-, la protesta setentera del Cabaret de Bob Fosse y hasta los acordes irónicos de un Chicago -todo, sí, todo es jazz- travestido de Berlín. Todo sonó nítido en el concierto -incluidas las críticas a Bush y a sus aliados- a través de la voz y el cuerpo portentoso de la Lemper que, como toda diva que se precie, sabe ejercer bien como tal.

Reconstrucción, sí. Aquel era el lema del concierto y de la ciudad a la que se homenajeaba. Aquel es hoy también mi propio lema. Construir desde el dolor porque la belleza de lo que hubo y la promesa de lo que habrá justifica el esfuerzo de luchar por la existencia de lo que hay. Ciclos y espirales de tiempo -y de ángeles- que se superponen a las bombas, a las tragedias, a la desconfianza. Culpas que es preciso asumir y por las que se debe y se debió pedir perdón. Y entretanto, el curso de la Historia que no se detiene y las vidas que no cesan de latir entre canciones que, sin pretenderlo, acaban siendo himnos de la utopía -como Youkali- o del pacifismo -como la rota Lili Marlenn con la que Ute prácticametne abrió el concierto.

Reconstruir es difícil, porque requiere aprender a olvidar. Requiere aprender a pedir perdón. Requiere ser adulto y responsabilizarse de los daños cometidos. Reconstruir exige crítica, sufrimiento, esfuerzo y osadía. Reconstruir exige enfrentarse a los recuerdos que, como los ladrones del Mackie Messer brechtiano, se ocultan en los callejones del Soho y en los vericuetos de la memoria.

Pero, como en el texto de Brecht, la honestidad, la emoción y el amor acaban siendo las armas más eficaces para recomponer cimientos e ilusiones. Reconstruir fue el lema del concierto. El lema de la ciudad de Berlín en un siglo XX demasiado complejo. El de una Europa herida donde los muertos siguen siendo más que los vivos, al menos, en el peso de nuestras conciencias. El de alguien -yo- que solo piensa en esa reconstrucción, en esos ángeles que observan, en esa verdad que acaba imponiéndose a las sombras porque más allá de esa verdad -Ute Lemper seguro que lo sabe- ni tan siquiera hay vida.

27.1.07

Cómo hablar

La culpa la tuvo aquel CD. El primero de todos los que vendrían mucho después. Una selección de ese pop comercial que solo después conseguí sofisticar y que, lo confieso, aún sigue siendo parte de mi biografía. Y de mi discoteca. Era mi primer piso. Y una cena aún peor de las que preparo ahora, porque cuando empecé -quizá muy joven- a ser yo solo en aquel lugar tenía menos idea de la poca que tengo ahora de cómo sobrevivir en esos menesteres domésticos -la supervivencia- que tan mal se me dan.

Las canciones se seguían con un discurso contundente y monótono. Siempre la misma idea. Una idea que me daba miedo expresar de otra forma. Porque el lenguaje -qué contradicción- me falla en mitad de toda trascendencia. Se me queda tan corto...

Y vino esta canción. Ese resumen de mi incompetencia. Ese instante de silencio. Esa mirada tuya confesando que habías entendido bien el mensaje que con tanta torpeza quería comunicarte. Y, quizá porque el pop es machacón y repetitivo, no pudiste dejar de preguntarme.

¿Hay algo que estás intentando decirme?

Eso fue todo cuanto me preguntaste. La respuesta seguro que te suena. No tienes más que pulsar el play con la suavidad -con la destreza- con la que aguardo -hoy que tampoco tengo palabras, hoy que el lenguaje está hecho jirones- a que pulses mi -tu, nuestra- piel.


25.1.07

En primera persona

Nada existe de mí fuera de ti. Lejos, el yo se convierte en una minúscula intuición de todo lo que puedo llegar a ser cuando respiras conmigo, cuando alientas mis esperanzas, cuando abrazas mi cuerpo después de cada uno de tus viajes. Lejos, cuando la vida no me deja formar parte de ese tú que es mi único yo desde hace ya seis años, me quedo sin nombre, sin hogar, sin razones para continuar un camino que hemos trazado juntos y donde las piedras vienen a veces del propio itinerario y, a veces, de mi solemne estupidez. Y es que lejos, fuera de la sensatez que me dan tus caricias y de la pasión que me das en cada uno de nuestros orgasmos, no soy capaz de ser el yo que tú conoces, el yo que mis amigos valoran, el yo que mis alumnos a ratos incluso estiman, porque ese yo -el vital, el idealista, el vehemente- te pertenece, es tuyo, es el mejor que hay aquí dentro de este cuerpo y, por eso, no soy capaz de admitir el fantasma -terrible y fúnebre- de que te vayas. Porque contigo se va ese yo que has construido sin darte cuenta y que es, dentro de mí, quien respira, quien sueña, quien construye, quien lucha, quien camina, quien desea, quien necesita. Ese yo que seguirá respriando, construyendo, luchando, caminando, deseando y necesitando mientras tú se lo digas. Mientras tú -y solo tú- me lo pidas.

23.1.07

¿Prodigios?

Esperar demasiado de una película es garantía, casi inequívoca, de decepción. Tal vez el problema no resida en el trabajo artístico de sus autores, sino en las desmedidas expectativas de su público. Por eso, y consciente de esa voracidad que me caracteriza, lanzo dos críticas que son más interrogantes que afirmaciones. Y es que no sé si la vaguedad y la apatía con la recuerdo ambos largometrajes es resultado de su mediocridad o, simple y llanamente, de mi ambición como receptor de las mismas.

1. The prodigy
Traducida, con esa innata torpeza patria, como El truco final -más propio de un reportaje de Iker Jiménez que de una película de Christopher Nolan-, el autor de Memento nos sorprende aquí con un juego de estructuras que se explica a sí mismo con una torpeza innecesaria. Después de haber creado escuela con su estupenda recreación de la amnesia (aquel cuerpo tatuado de Guy Pierce también creó escuela en mis fantasías más tórridas) y de haber conseguido que su sobriedad como director superase los escollos sobreactorales del dueto Williams-Pacino en Insomnio, e incluso después de haber conseguido que la presencia de la pavisosa novia de Cruise no arruinase la función metafísico-pilates-zen de Batman Begins (me gusta menos cuanto más la veo, lo confieso), en esta ocasión, sin embargo, naufraga en su propósito de sorprendernos a toda costa, jugando con una única baza -el desenlace- que se adivina sin excesiva dificultad a medio metraje.
No soy especialmente hábil destripando finales, así que mi capacidad de sorpresa es de lo más relevante. Incluso me sorprendo con filmes que ya he visto y donde no recuerdo cómo acaban. Sin embargo, esta vez el truco no justifica el metraje lento y algo anodino de esta cinta, con una Scarlett Johanson haciendo por enésima vez de Scarlett-mohínes-Johanson (¿por qué las nuevas divas son tan limitaditas) y un dueto de sosos con buen cuerpo y miradas supuestamente atormentadas: Christian Bale (actor gris que han empeñado en convertir en personaje heroico y que siempre se queda a la sombra del partenaire que le toque, Michael Caine en este caso) y Hugh Jackman (tan anodino y escasamente sexy como en todas las películas donde le quitan la camiseta sudada sin mangas y las garras de Lobezno).

El resultado, una película prescindible que se estructura como un truco de magia (dato que explican unas 456 veces por si alguien no ha notado el artificio) y en el que, sin embargo, no existe ni la emoción ni la sorpresa.

N. de E.: Evidentemente, las fotografías no pertenecen a la película, ya que en The prodigy ni siquiera tienen la decencia de desnudar a sus protagonistas...

2. Banderas de nuestros padres
El título, lo admito, me mosqueaba... Y por una vez, no se trataba de la traducción, así que el mosqueo era doble en este caso. Además, a pesar de ser un admirador de Eastwood, tampoco entiendo la necesidad de convertir en obra maestra cuanta película rueda, ya sean meros entretenimientos facilones como Deuda de sangre o películas mal rematadas como Ejecución inminente (solo salvada por la posibilidad de que ese epílogo -pésimo y ñoño- sea un elemento onírico).

En este caso, la película es una exposición desordenada, caótica y sanguinolenta de unos hechos que permiten, en un primer tramo, hacer una crítica descarnada del concepto del heroísmo y de su manipulación política y mediática. Sin embargo, esa visión se da a través de brochazos que se repiten continuamente, sin enriquecer el lienzo. Datos como el arribismo social de la novia del Tyrone Power pequeñito o la ética del soldado indio se machacan con los mismos tonos una y otra vez, descuidando el resto de la pintura.

Así, la parte bélica se narra con una estructura supuestamente circular donde se pierde la perspectiva de los hechos en pro del juego de la puesta en escena (qué terrible es la genialidad cuando no se pone al servicio de la narración o de la emoción, sino del narcisismo autorial) y confundidos entre la monotonía de los nombres, la monotonía de los rostros y los colores monocromos, es difícil saber quién es quién en esta historia, de modo que ese concepto del héroe como persona individual no se defiende desde el argumento, ya que no vemos personas individuales (con excepción del trío de soldados stars, versión castrense de las Supremas de Móstoles).

Pero si el único problema hubiera sido el desconcierto, se podría haber defendido la tesis de que el bueno de Clint trata de desubicarnos como espectadores para que sintamos esa misma repetición de hechos y hombres que viven los soldados en el caos de la batalla. Sin embargo, los timonazos que da el guión en su última e inacabable media hora no permiten tanta benevolencia. Media hora en la que el director repite el mismo subrayado innecesario de Los puentes de Madison, con ese autor que desde el presente intenta ordenar los hechos y que da lugar a algunas de las escenas más sonrojantes de la película, ya sea el primer plano de los indios en la asamblea (que parece sacado de Scary Movie o similares) o la escena papá moribundo-hijo entregado que podría ser una versión a lo Heidi de grandes escenas del mismo estilo, como la de la extraordinaria Las invasiones bárbaras. Y por si no tuviéramos suficiente histrionismo emocional, se nos relata -a trompicones y de forma sincopada- el esperable destino del soldado indio, que ni nos sorprende ni nos aporta información nueva alguna. Eso sí, nos impide salir de la sala antes de que llegue el último cuadro costumbrista y absolutamente paradójico... Esa playa que, de un plumazo, manda a la mierda la crítica que sustenta la película y nos devuelve al reino de lo políticamente correcto (crítico, sí, pero nunca demasiado). No, no estamos ante una convulsión como la de Apocalypse Now, sino -más bien- ante una evolución de la línea revisionista que trazó el soldado Ryan de Spielberg. Algo de Historia new age y vísceras para convencernos de que se relata con dureza un guión que no sabe sacar de su anécdota -interesante y sórdida- una auténtica historia.

Sin embargo, puede que todo lo aquí dicho solo sea producto de mi insatisfacción como admirador desilusionado de ambos directores... Es lo malo de quienes mordemos el chocolate en vez de dejarlo derretir en la boca: nuestros nervios a veces nos impiden ser clementes con la desilusión de un chocolate que no resulte lo bastante amargo...

18.1.07

El lenguaje de las abejas

Siempre el mismo ejemplo. Las abejas. Mario no entiende muy bien de qué hablarán semejantes insectos ni para qué necesitan tantos signos, pero aprende sumiso que el código de las abejas es uno de los lenguajes no verbales más célebres del mundo animal. Lo ha memorizado todos los años desde que comenzó la secundaria y ahora, este primero de bachillerato tampoco supone una excepción.

Hay más opciones, piensa. Pero se las calla porque, generalmente, no comparte ese tipo de pensamientos con sus compañeros. Con ellos prefiere utilizar ese lado entre divertido e irónico que ha sido su escudo durante todo el instituto. Lo descubrió pronto y se cubrió con él, consciente de que cada cual -en esa jungla que es la adolescencia- estaba buscando y eligiendo el suyo.

Hubiera podido aprovecharse de ser guapo, incluso haberse erigido en el sex symbol de la clase, otro de esos rangos que proporciona un aura defensiva -incluso magnética- en la colmena. Pero no le apetecía convertirse en miel para tantas abejas cuando hacía ya dos cursos -tres, en realidad- que había decidido cuál era el panal -moreno, muy delgado y de ojos negros y profundos- donde prefería ahogarse.

Por eso, siguiendo los consejos de la unidad 1 de todos sus monótonos y nada imaginativos libros de Lengua, empieza a expresar esa decisión con uno de los lenguajes no verbales que jamás aparecían allí como ejemplos. La danza de las abejas le parece compleja y fatigosa, así que la sustituye por la selección atinada y traviesa de camisetas en las que dejar mensajes de lectura más o menos evidente.

Nunca emplea tácticas facilonas, como imprimir letreros o llevar sus ideas a los talleres de reprografía, sino que prefiere buscar dibujos, colores o palabras que algún diseñador haya elegido con un fin mucho más inocente y a las que Mario, en un instante, traviste de significados ocultos.

No ha tardado mucho en descubrir que la semántica de la camiseta posee un código extraño. Contundente. Un código que, repetido con astucia, acababa siendo legible. Incluso por el atolondrado de Sergio.

La primera vez que Sergio le dirigió la palabra fue, precisamente, después de haber interpretado -casi inconscientemente- uno de aquellos signos. El intercambio verbal fue breve. Apresurado. La vida urgía debajo de la ropa. Por eso ahora, cada vez que se besan, la mano de Sergio recorre la camiseta de Mario, buscando en ese braille apresurado de la inconsciencia, nuevos mensajes que le ayuden, a su modo, a saber orientarse.

15.1.07

Narciso en el Trianon

Insufrible, en términos generales, la pretenciosa María Antonieta de Sofia Coppola. Evidente, en cualquier caso, su propósito y, bajo mi perspectiva, insuficiente.
No basta con deconstruir la Historia para que la revisión resulte válida, especialmente si esa deconstrucción se articula con un guión inexistente donde todo se resume en un eterno y monótono videoclip que convierte la belleza anacrónica de Versalles en los tonos pasteles y kitsch de un anuncio de compresas a lo Isabel Coixet.
Personajes desdibujados, secundarios que nada o poco aportan, acciones que se repiten con la monotonía de lo ya sabido y atrezzo exhibido hasta la náusea en un muestrario incansable de repostería francesa, calzado dieciochesco y telas de la época. Un esfuerzo notable de producción, sin duda, pero más propio de la revista Elle que de una película con supuesto calado narrativo o emocional.
Poco más que decir sobre una película que emula a otras (valga el intento de plagiar la escena del rechazo social en la ópera que tan soberbiamente interpretó Glenn Close en Las amistades peligrosas) y que queda muy lejos de las biografías -especialmente la de Zweig- que sobre este personaje se han compuesto.
Pese al tedio de la función, a mí me desató la vena nostálgica y no pude evitar recordar los paseos del verano pasado por los jardines versallescos. De algún modo, agradecí la simpleza que es esta película porque me devolvió a esos escenarios, a ese verano y a la promesa de que el siguiente estío -y el siguiente viaje- está muy cerca.
Así que, tan exhibicionista como la Coppola, hoy me dedico este post al recuerdo, a las ganas de hacer nuevas fotografías y a los soles, las fuentes y los recovecos de la Historia que me quedan por visitar. Más abajo, con gafas de sol, creo que se adivina mi sonrisa. Las fotos anteriores también son de ese mismo viaje, solo que sin mi exultante presencia escondida entre ellas.
En cuanto a la visión de mi yo más narcisista sin las gafas de sol, habrá que esperar a los siguientes posts. Que el exhibicionismo nada tiene que ver con mi connatural y celebérrima timidez...

10.1.07

Vidas de cine




El exceso de expectativas puede conducir, torpe e irremisiblemente, a una suerte de aguda decepción. Algo así me temía que ocurriera con este Hollywoodland, que -como todo biopic cinéfilo- me resulta demasiado sugerente a priori como para no esperar que la película me apasione en cada uno de sus minutos.

El mundo del cine visto desde el cine ha dado lugar a algunas de las mejores películas de la historia. El listado sería interminable, ya sean las escaleras de El crepúsculo de los dioses, la nostalgia de la infancia de Cinema Paradiso o las escenas de doblaje de Johny Guitar en Mujeres al borde de un ataque de nervios. Sin embargo, frente al retrato desmedido, intenso y profundamente creativo que se hacía tanto de los personajes como de su ambiente en esa obra magna que es El crepúsculo de los dioses, en Hollywoodland se observa un cruce de tendencias (el biopic, el cine negro, el mediometraje de sobremesa) del que se desprenden notables aciertos y, al mismo tiempo, evidentes carencias.


Entre los aciertos (empezaré siendo positivo para que luego se no me acuse de fatalista), destaca la elección del subgénero del cine negro para contar, articular y ambientar la historia. La trama, conocida y contada con corrección, se acerca más al puzzle narrativo de un Hammet que al biopic sin alma de El aviador. No se intenta plagiar una época ni caricaturizarla con actuaciones histriónicas como la de la Blanchett en la película de Scorsesse. Hay mayor capacidad de sugerencia y, sobre todo, mayor interés por los personajes, que no son meras imitaciones de cartón piedra.

Esa trama argumental tiene como consecuencia un segundo acierto -el mayor de toda la película- consistente en el protagonismo que cobran quienes, en principio, serían los personajes secundarios. De repente, el protagonista no es el actor muerto -Ben Affleck-, sino el detective que lo investiga -Adrian Brody: sí, no sé por qué, pero cada día lo encuentro más y más atractivo en su desgarbada figura- y las mujeres que habitan en su mundo -Diane Lane y Robin Tunney. Esta arquitectura de desvíos consigue facilitar el trabajo de un actor mediocre -el aquí orondo Affleck- y conseguir que, a fuerza de concentrar sus escenas, el bueno de Ben logre una cierta expresividad un tanto sobrevalorada pero, en cualquier caso, digna.

A cambio, el espectador puede disfrutar de la mirada llena de matices y turbulencias del tándem Lane-Brody que devoran cada una de sus escenas y que consiguen arrastrarnos sin que ni siquiera el director sea capaz de estar a su altura. El diálogo Lane-Affleck es un perfecto ejemplo de como ser anulado por tu partenaire y ella, una vez más, eleva la categoría del producto, como ya hiciera en obras menores como Infiel, donde la belleza de Olivier Martinez (actor soso hasta el dolor pero guapo como para calentar mis más gélidos pensamientos) y el talento de esta mujer eternamente sensual compensaban el moralismo infame del guión y la insulsez del siempre aburrido Richard Gere.

Entre los desaciertos hollywoodlandienses, un guión y una dirección planas, sin fuerza, sin capacidad para ilustrar mejor lo que se cuenta de forma aséptica y arrítmica. El material narrativo se queda, por tanto, a merced de los actores, que lo defienden ante el abandono de una cámara que se mueve con desgana y que no parece propia de quien hubiera sido autor de muchos de los capítulos de Los Soprano, entre otras series. Tal vez sea eso mismo, la herencia televisiva y la corrección narrativa (solo interrumpida por fugaces hallazgos), lo que dificulta el despegue del film, en el que los actores buscan modos de compensar con las turbulencias ellos intuyen en sus personajes las carencias de un guión que no sabe jugar con el morbo que el tema y las situaciones requieren.

Difícil decantarse por una definición categórica de una película como esta. En mi caso, hay demasiados elementos a favor -Brody, Lane, la ambientación y el tema, la herencia del cine negro...- como para no sentir más simpatía que antipatía por este film en el que, además, el tema real es tan humano y cotidiano como el fracaso, la debilidad, la dependencia o la destrucción de uno mismo, incluso cuando ese uno mismo es todo un superman.

Próxima entrega: Banderas de nuestros padres, o por qué no entiendo la media hora final de la película de Clint Eastwood.






8.1.07

Noche de Reyes


Noche nada shakespeariana la de este día 5 de enero, pero igualmente brillante. Todo comenzó en un macroconcierto, rodeado de macroamigos y a ritmo de Pastora, un grupo que en directo podría confundirse con un remix de Jose-Ot-Churrero, solo que en vez de semejante chulazo, hemos de conformarnos con una suerte de mujer pokemom que, disfrazada de algo que no identifiqué, tuvo detalles tan de agradecer como subirse la falda hasta el cuello (literal) para -en una especie de remake tecno del cancán- enseñarnos sus bragas y sus ligas. Por lo demás, se limitaron a estropear su propio repertorio y a hacerme dudar de por qué me he comprado sus dos discos. Aún sigo con la duda...Después del pastoreo, llegaron las Nancys Rubias -abajo, con Fangoria- y dieron una rápida muestra de su música gamberra y absolutamente desmadrada, demostrando tantas ganas como capacidad para exhibirlas y contagiarlas. Era imposible no bailar con su canto a la superficialidad más absoluta en canciones con melodías que parecen ser antisistema y que, sin embargo, hablan de temas tan esenciales como las cremas Sisheido, la petardez de las muñecas Barbie o la necesidad de una marimutación musical en la radio española...
Y tras las Nancys, Fangoria. Con una Alaska que derrochaba no solo escote (creo que me dio en el ojo derecho con una teta, la verdad, porque esta mujer cada día se las recoge y ciñe menos) sino también saber hacer musical y personal. Como siempre que voy a verlos, un concierto divertido, frenético, espídico y con una selección de temas impecable. Incluyendo el rescate de Descongélate o la versión con las Nancys de El rey del glam.
Como fin del concierto -que no de la noche-, unos soberbios Pet Shop Boys llenos de ideas tan minimal como el single de su último trabajo. Imposible no querer fugarse al West con ellos ni vocear eso de You're always on mind que una enfervorecida fan junto a nosotros convirtió en You're always on mi mice (suponemos que eso debe cantarle Minnie Mouse a Mickey ídem).

Tras el concierto, una cena delirante con ataque de risa incluido y, de postre, una sesión de música supuestamente bailable y obviamente infame -hay que descubrir cuál es el verdadero oficio del DJ del Polana, porque, desde luego, no es el de DJ- que, en tan excelente compañía, fue la excusa perfecta para seguir dando rienda suelta a tantas complicidades como había sobre aquella pista.El desayuno, por último, otro vodka en mi apartamento con dos amigos -ella es mucho más que eso, por supuesto- y un par de horas de sueño que no me permitieron descansar pero que, como todo el insomnio de noches como esta, sí me permiten sentirme vivo. Quizá por eso el día 6 también fue tan especial. Porque el insomnio -con la ayuda del Hugo Boss Skin- me favorece mucho...

P.S. En el próximo post, hablamos de mi reciente paseo por Hollywoodland, de cuánto me gusta (y hasta excita) Adrian Brody, del extraño tipo que hacía pesas en la terraza durante toda la película y de que si alguna vez nazco hetero quiero casarme con Diane Lane...

5.1.07

Numb


Don't wanna hear the news
What's going on
What's coming through
I don't wanna know
Don't wanna know
Just wanna hide away
Make my my escape
I want the world
To leave me alone
Feels like I feel too much
I've seen too much
For a little while
I want to forget

I wanna be numb
I don't wanna feel this pain no more
Wanna lose touch
I just wanna go and lock the door
I don't wanna think
I don't wanna feel nothing
I wanna be numb
I just wanna be
Wanna be numb

Can't find no space to breathe
World's closing in
Right on me now
Well that's how it feels
That's how it feels
Too much light
There's too much sound
Wanna turn it off
Wanna shut it out
I need some relief
Think that like I think too much
I've seen too much
There is just too much
Thought in my head

I wanna be numb
I don't wanna feel this pain no more
Wanna lose touch
I just wanna go and lock the door
I don't wanna think
I don't wanna feel nothing
I wanna be numb
I just wanna be
Wanna be
Taken away from all the madness
Need to escape
Escape from the pain
I'm out on the edge
About to lose my mind
For a little while
For a little while
I wanna be numb

Numb, PET SHOP BOYS
Fundamental (2006)

4.1.07

Sado, S.A.

Somos ricas y famosas.
No queremos más que una cosa:
Lujo, drogas, liposucción.

Nancys Rubias

Definitivamente, vivimos en una sociedad sadomaso. Es una conclusión arriesgada, me consta, pero se basa en hechos absolutamente ciertos, verídicos, comprobables y científicamente desacreditados. He aquí las pruebas que de ese sadomasoquismo patrio nos deja la última semana...

1. La noticia (tristemente confirmada) del regreso de Sorpresa, sorpresa (con Gemio incluida) a los domingos de Antena3. Por si no fue suficiente amargar la infancia/adolescencia de toda una generación a quienes nos tocó ver llorar todo lo llorable a los sorprendidos de esta copia festiva del clásico de Paco Lobatón, ahora se proponen arruinar jóvenes e inocentes vidas con los acordes de este programa en el que el sustantivo ñoñería vació por completo todo su significado...

2. El anuncio (deplorablemente cierto) del retorno de Vip Noche, solo que esta vez ya no tendremos que soportar a Emilio Aragón (que ahora se dedica a dirigir cadenas de televisión con una mano y a versionar a Bach con la otra), sino a Carolina Ferre, que tras fracasar con su última aventura televisiva (duró dos programas, me parece) se propone a hacer lo propio con este refrito que ahora pasa a llamarse Tres en raya (original, desde luego). Según su flamante presentadora, el programa vuelve porque "es injusto que una generación no haya podido conocer el Vip Noche". Espero que también repongan a las Mamachicho y los especiales de Gil y Gil y Jeanette Rodríguez desde Marbella con ese mismo argumento generacional.

3. La imagen (espantosamente inexplicable) del príncipe Eduardo en ¡Hola! demostrando que la monarquía británica no tiene nada que envidiar a la monarquía española y que tanto unos como otros saben ser hórridamente inútiles y estúpidamente anodinos al mismo tiempo. El turbante se supone que es un homenaje al pueblo indio. El pueblo indio, imagino, se querellará en breve y exigirá que no lo homenajeen más, sobre todo porque puede que el príncipe Eduardo no pertenezca al país que mejor humor se ha gastado con su excolonia india a lo largo de la Historia....


4. El reportaje (salvajemente incomprensible) de Enrique Ponce y Paloma Cuevas en el último ¡Hola!, donde nos felicitan las Navidades todos juntos. El todos incluye a Enrique, a Paloma, a su perro... ¡¡¡y a un ciervo!!! Lo mejor es la cara del ciervo, que duda entre hacerse con la pasta de la exclusiva para rodar un remake de Bambi o salir corriendo directamente para no verse involucrado en la horterez pastelosa de uno de los reportajes más grises, vulgares y ramplones de esta revista. Nada que ver con aquel en el que Raquel Mosquera nos enseñaba su casa vestida con modelos hechos de las telas de las cortinas de cada una de las habitaciones que iba presentando.... Aquello sí era una noticia de verdad.

5. Los pantalones (militarmente equivocados) del cada día más perdido Carlos Lozano. Comprendemos que presentar Eurojunior debe haber sido muy duro y traumático, pero ni siquiera la tortura de escuchar en directo a María Isabel justifica la elección de este atuendo a lo Sargento de Hierro made in Torrelodones. Solo la capa del omnipresente Ramón García (ese hombre que viene en el pack de todas las nocheviejas con las uvas y los anuncios de cava) es tan horrenda.

6. La elección (escandalosamente envidiable) de maromo por parte de la Obregón. Esta vez, decidida a protagonizar portadas, al menos ha escogido al más macizo del catálogo. Que si stripper, que si con antecedentes, que si veintiocho años más joven... Él ya tiene la fama y ella, a los fotógrafos en la puerta y al polvazo de su vida en la cama. Al final, esta chica va a resultar más inteligente de lo que parecía. Sigue combinando mal la ropa, que parece sacada de los saldos de Pinkie, pero al chulazo que se ha buscado eso no le importa. Para Reyes, si alguien conoce alguno parecido, me pido otro igual.

7. El modelito (esquemáticamente negro) de Paulino Rubio en el Especial Nochevieja TVE. La nueva Barbarella (su videoclip no tiene desperdicio) salió con un body negro ante el que caben varias preguntas: ¿olvidó el pantalón compañero? ¿se le cayó la falda de camino al escenario? ¿va a imponer la moda de cantar en bragas de aquí en adelante? Solo ella y su tanga lo saben. El público masculino, encantado. Al público gay le encantó su boina, que la hacía muy parisina a ella.

Como antídoto, recomendamos acudir a conciertos como el de este 5 de enero en Madrid. Pastora, Fangoria, Nancys Rubias y (suspiro de eterno fan) Pet Shop Boys... Se admiten más acompañantes, siempre que sean guapos y promiscuos. Razón aquí.

Y como regalo pre-Reyes, un temazo autoparódico, autobombástico y autocongelable de las Nancys Rubias (seguro que mi querido Queer Enquirer valora el detalle).

1.1.07

Agenda

La resaca del fin de semana (agraviada por el fin de año solo en lo imprescindible) me exige un cierto esquematismo literario en este primer post del 2007. El esquematismo, en cualquier caso, será sutil y casi imperceptible, porque hasta bajo los efectos del alcohol mantengo intacta mi necesidad de verborrea (entre otras necesidades que están mucho menos intactas y son mucho más táctiles). En cualquier caso, y para que no se diga que este blog no recoge intensos e interesantísimos contenidos de índole cultural, nos dedicaremos hoy a hacer una revisión sucinta de mis paseos por la cartelera madrileña estos últimos días...

1. Babel
Es fácil criticar la reiteración de un modelo formal que su director ya ha experimentado en sus dos filmes anteriores. No hay, por tanto, sorpresa estructural. Sin embargo, una vez más, la estructura no es un mero juego, ni un guiño cinéfilo, ni una trampa de guionista enrevesado. La estructura, en esta gigantesca y necesaria Babel, es consustancial a lo que se cuenta, y sin ella, sin sus conexiones visibles e invisibles, sin su caos idiomático y de personajes, sin sus previsibles hilos subterrénaos la historia como tal no tendría sentido o, al menos, no gozaría del alcance del que goza. En sus dos horas y media no he podido despegar la vista de ninguna de las historias que se cuentan en ella y me he sentido tan cerca y tan lejos de sus protagonistas como el director ha querido hacerme sentir. No me importa que me conviertan en marioneta si el fin es una película tan viva, tan inteligente y tan crítica como esta. Una película que retrata una sociedad -el mundo paranoico, politizado y aterrorizado de principios del siglo XXI- a través del drama de unos pocos personajes. Es imposible salir indiferente. Yo, al menos, no he podido.

2. The covenant
Cambio de registro. Esto no es cine serio. Ni lo pretende siquiera. Es un homenaje encubierto (y ramplón) a Jóvenes ocultos, una de las películas fetiches de terror de quienes hoy rozamos los treinta. Aquí el guión es mucho más simple (unas cuantas líneas que se esbozan en cinco minutos y se desarrollan en hora y veinticinco) y lo único que importa es la estética y el ritmo. El segundo no está del todo logrado, pero la primera se consigue con creces. Un empaque visual espléndido y, sobre todo, una versión masculina y filogay de Embrujadas con una especie de Backstreet Boys cachas que, además de brujos malditos y todo eso, son campeones de natación. Lo mejor, las escenas de los protas sudorosos en el gimnasio, sudorosos en los vestuarios, sudorosos en la piscina y sudorosos teniendo pesadillas en sus cuartos con demonios que, suponemos, deben ser algo así como Ansón y Peñafiel aterrorizando jovencitos musculados in/out del armario. Película disfrutable y recomendable si se ve desde los quince años mentales. Yo, en ese registro, me lo pasé realmente bien. La compraré cuando la editen, claro.

3. Mentes en blanco
Otra película de género. En este caso, de un curioso subgénero posmoderno: el de la amnesia. Debe ser síntoma de nuestro tiempo el interés por el olvido y la desmemoria, sobre todo si atendemos a sus implicaciones históricas y políticas en los últimos meses... En este caso, la amnesia se emplea para organizar una curiosa fusión entre la premisa de Saw y el guión de Memento, en una película que se deja ver con facilidad, que guarda una sorpresa final (muy final) y que se sostiene gracias a una narración firme y sin demasiados excesos gratuitos y a una buena interpretación de su quinteto protagonista. Tampoco es nada excepcional, pero convence más que el desenlace de la desilusionante Identidad y es menos pretenciosa que El maquinista.

4. Plataforma
Y para el final, dejamos esta pieza teatral (aquí deberían sonar risas enlatadas) perpetrada por el aburridísimo Calixto Bieito, director que considera que sigue siendo muy moderno y original incluir desnudos y piezas porno en sus montajes teatrales. La función está protagonizada por un cansino y sobreactuadísimo Juan Echanove que, además de sudar como un pollo, nos suelta un discurso facilón y moralista anti-occidente (en realidad, anti-todo) que suma tópicos con una naturalidad y descaro apabullante. El texto, supuestamente crítico porque es políticamente incorrecto, esconde tras de sí una misoginia absolutamente abyecta y lamentable, camuflándose en un supuesto doble sentido y recayendo una y otra vez en los mismos estereotipos. La puesta en escena incurre en esa misma misogina, utilizando el cuerpo femenino como recipiente, escaparate y atrezzo y regalándonos un feísmo masculino generalizado (y afortunadamente vestido) que no sería preciso dada la sexualización creciente del texto. Personalmente, no solo me aburrió, sino que me indignó que me cuelen un discurso tan reaccionario con un disfraz tan progre.

Y poco más, el esquematismo -la verdad- no se me dio muy bien. Inauguro el 2007 con la lengua tan suelta como siempre. Sí, efectivamente... en todos los sentidos.