22.2.07

Shortbus


Naive. Ingenua. Casi tanto como el Nueva York fauvista que interrumpe las escenas en los interludios musicales de esta película, este Shortbus en el que tanto me gustó subirme la semana pasada. Un Nueva York recreado desde los colores subjetivos de un grupo de personajes que siguen viviendo a pesar de. A pesar de un trauma colectivo -siglas, onces, sietes, eses, emes y jotas-, de un Occidente en crisis, de una regresión moral y espiritual, de un vacío personal que no siempre se llena. Personajes que pululan por la ciudad hasta el local que da título a este pseudomusical o pseudocomedia. Shortbus, un salón donde todo tiene cabida mientras que sea libre y sea deseado. Un local donde la ciudad de Nueva York sigue siendo tal cual la imaginamos, tal cual la deseamos, tal cual -sus mitómanos- la necesitamos. Por eso es especialmente intensa la conversación entre el joven efebo y el antiguo alcalde. Por eso hay tanto silencio transgresor o tanta verborrea inútil. Porque en estos años el lenguaje se nos ha quedado pequeño en un mundo que se traga las palabras que no desea escuchar.

Es curioso que una película como esta deba ir acompañada de advertencias. De carteles prohibitivos. Del tenga cuidad, podemos herir su sensibilidad. Y puede hacerlo porque presenta sexo explícito. Porque hay sexo de verdad, y no pantomimas metafísicas como en Juegos secretos, donde la valentía se condensa en una dosis más de moralismo (teóricamente) atípico, pero sin alcanzar cotas de autenticidad. Los cuerpos no se ven. El sexo no se palpa. El sudor no alcanza al espectador.

En Shortbus se visualiza lo físico porque, sin eso, la película no tendría sentido. Y no provoca por la visión de lo sexual, sino por la desnudez emocional de sus protagonistas. Del ejercicio de improvisación actoral que da buen resultado y que aporta más miradas intensas que los mohínes pro-oscar de la Winslet en esos juegos (solo supuestamente) secretos.

Y es que, en realidad, Shortbus es naive. Es sincera. Es casi pueril. Porque solo plantea la necesidad del sexo. La belleza del deseo. La necesidad de no estar solos y de romper con la barrera de nuestra piel para alcanzar la plenitud en la piel del otro.

Y quizá me emocionó pensar, a través de aquel manojo de pequeñas historias, que yo tengo la suerte de compartir mi Nueva York y mi propio Shortbus con la piel en la que alcanzo esa identidad (intensidad) vital que necesito. Ya sea desayunando con vistas al Central Park (cómo no añorar aquellas mañanas, aquel ventanal, aquel Mandarin Oriental...) o acariciando sus piernas -morbosa y tiernamente- en la butaca de al lado de nuestros dominicales cines Verdi. Curioso nombre, Verdi... El mismo de la gata okupa de cierto apartamento...

15.2.07

Mass media

Tranquilos, mi cansancio no da para análisis profundos sobre este tema que, además, tanto juego nos da en tertulias estas últimas semanas gracias a la crispación -radicalización- a la que asistimos en nuestro país... Muy al contrario, y con el único e insano propósito de compartir los traumas que el periodismo nos proporciona, me limitaré a un sucinto recorrido por algunos de los momentos que más entusiasmo han provocado en mí estos últimos días...

...el revuelo provocado por el robo de la tal Aida Nizar (ex-Gran Hermano no sé cuántos) de dos muestras de perfume de un aeropuerto. Lo mejor no es la noticia en sí, sino el hecho de que apareciera publicada como primicia en El Mundo, para que luego presuman de periódico serio...

...los titulares de hoy en El Mundo y El País: una misma oración sobre el contenido de los explosivos del 11-M con dos adverbios antónimos: El explosivo sí contenía... frente a El explosivo no contenía.... Esto prueba cuánto y cómo nos tranquiliza leer la prensa escrita...

...la salida a toda prisa de Chelo Cortés del plató de ¿Dónde estás corazón? al saberse, en riguroso directo, que Isabel Pantoja había sido ingresada en un hospital. A su vuelta, un cariacontecido Jaime Cantizano le pregunta: "¿Qué le ha pasado a Isabel?" Chelo, como si diera el parte del estallido de una contienda bélica, responde "Os informo de que Isabel ha tenido que ser ingresada para hacerse una radiografía de una muela que le extraerán mañana". Mi corazón, claro, aún sigue en vilo...

...la entrevista de la revista ¡Hola! a Chabeli, donde esta fascinante intelectual hace declaraciones como las siguientes: "Mi boda con Ricardo Bofill ha sido la típica cosa que cualquier chica de veintidós año no debería hacer" (cierto, ¿qué chica -e incluso qué chico- de veintidós años no ha querido casarse con Ricardo Bofill alguna vez?) o "Mi madre, a la que adoro, manda lo que mandan todas las madres. Y como todas las madres, siempre intenta mandar más de lo que manda y consigue mandar. Y pasa lo mismo con todas, ya que todas mis amigas me dicen lo mismo" (si alguien entiende esta declaración, le agradeceré su comentario: yo me perdí en el segundo mandar)....

...el nuevo momento sonrojante del programa cultural A tu lado, donde no contentos con tener a los colaboradores más zafios, vulgares, ordinarios y rastreros de toda la televisión, además de usar el polígrafo para preguntar estupideces también han inaugurado el "instante Predictor". De momento, consiste en dárselo a una famosa -o algo así- para que orine durante la publicidad y luego, después de los anuncios, le confirman si está o no embarazada. Así lo hicieron con la también enigmática Nuria Ber -conocida por acostarse con medio Real Madrid, entre otros méritos- y a quien le confirmaron que va a tener una víctima, perdón, un niño...

...el estreno del novio de la Obregón como modelo en la Pasarela Cibeles. Su musculatura, marcada bajo la lana de Francis Montesinos, era la única justificación de su presencia, donde caminaba como podía frente a la profesionalidad de modelos que llevan años haciéndolo con algo llamado preparación y que, está claro, es algo de lo más old fashioned. ¿Y luego quieren que nos tomemos la moda española en serio?

...el reportaje de la machista y ultraconservadora revista Cuore, donde se compara -literalmente- el airbag -entiéndase, pechos- de diferentes famosas. Precioso ejemplo de cosificación y metonimia ese titular de una portada que, francamente, me hace dudar de que ese ser extraño conocido como código deontológico no haya sido producto de mi imaginación...

...cualquier escena del siempre hórrido -y desternillante, sobre todo si se ve con una buena compañía- programa Corazón de milenio, santuario de los objetos del Todo a 1 euro y donde el cartón piedra encuentra su sentido más íntimo, así como el lenguaje pierde su sentido por completo.

...la afirmación en un programa vespertino de que alguien "cobraba un sueldo muy risueño" (el sueldo, suponemos, sería irrisorio, salvo que fuera un sueldo cabroncete que se descojonara de su dueño).

...todos y cada uno de los programas de Cristina Tárrega en Tele-Espe, perdón, Telemadrid. Con permiso de Quequé y su Guerra de los medios, en Noche Hache, aquí va uno de sus hits del año pasado. Con ella, y visto lo visto, lo dejamos por hoy (necesitamos, urgentemente, una dosis extra de Paracetamol)

12.2.07

N.

12 de febrero de 2005. Aquella noche, como si el destino estuviese tan furioso como lo estábamos nosotros mientras velábamos tu cuerpo, se quemaba una torre en Madrid. La torre donde habías empezado a trabajar hacía tan solo unos meses. Y el fuego, como si nos vengásemos por la tristeza de tu ausencia, comenzó en el piso donde estaba tu empresa, aquella consultora que había contratado a una ingeniera brillante, hermosa y llena de talento y de ganas. La vida, ruin y egoísta, no te dejó sumar más años. Tan solo veinticuatro de una vida que contagiabas y que, en el recorrido tramposo del azar, tuve la suerte de compartir contigo en alguno de sus recovecos.

Han pasado dos años. Y es curioso que hoy, precisamente hoy, me haya quedado afónico a media mañana. Es cierto que mi garganta me molestaba revoltosa estos días, pero también es cierto que la afonía total ha llegado justo cuando he empezado a pensar en ti, en el día de hoy. Entonces se me ha apagado por completo la voz. Tal vez vuelva mañana o tal vez, egoísta, prefiera seguir en silencio un par de días más.

De algún modo, nunca enmudecí lo bastante porque los acontecimientos no me dejaron expresar más dolor del estrictamente necesario. Y ahora, cuando mi mundo -mi gente- parece que ha vuelto a caminar, cuando ya no quedan escombros de aquel incendio en el que tanta desolación me tocó barrer, siento que tengo el derecho -y la necesidad- de enmudecer alguna que otra noche. Igual que hoy. Para pensar -a través de este silencio- en cómo sonaban tus manos al piano (¿recuerdas aquel concierto?), en cómo sonaban nuestras conversaciones cuando éramos cuatro -tú y A., J. y yo-, o en cómo me gustaba tu risa cuando sonaba junto con la de mi hermano.

Y aunque no me quede el consuelo de ningún tipo de fe ni la promesa de ninguna religión -es el fatídico reverso de mi ateísmo- siento -y así me obligo a sentirlo para luchar contra el inmenso vacío que deja tu inicial- que de alguna manera estás aquí. Sigues aquí. Y a eso me aferro cuando el destino me parece demasiado cruel, las lágrimas demasiado amargas y los incendios demasiado casuales como para no ser parte, indeleble y extraña, de ese mismo destino.

9.2.07

Moral vs. Ética

En este nuevo modelo de feed-back que constituye la blogosfera, se planteó el otro día un tema más que interesante en los comentarios del último post: la moral vs. la ética. Inspirado por esos mismos comentarios, decidí que no podía conformarme con una apostilla, sino que necesitaba desarrollarlo con algo más de extensión. Y temo confirmaros que al fin he encontrado tiempo para hacerlo...

Definitivamente, no creo en la moral pero sí en la ética. Y es que la moral se ha cargado semánticamente con nociones que no tienen nada que ver con mi visión del mundo y que la alejan, por completo, del sentido que los grandes oradores romanos quisieron y supieron darle. Hoy en día, la moral es un juicio abstracto, colectivo y social, es decir, una valoración subjetiva del comportamiento ajeno y, normalmente, una sentencia que busca prohibir y condenar con el ánimo de eterno poseedor de la verdad de quienes no saben mirar bien a su alrededor. O, simplemente, de quienes no saben mirar porque temen verse en ese mismo paisaje. Esa moral es la que condena la homosexualidad, la que juzga a la mujer, la que sostiene las fobias de toda clase y la que alimenta nuestros miedos. Moral teocrática y dogmática que niega la identidad del individuo en pro de libros sagrados que pueden ser bíblicos, coránicos o hasta televisivos, como los ejercicios absolutamente denigrantes de programas como Hormigas blancas, donde se juzga a la gente por haber vivido y tener un pasado, cuando lo que deberían es no tener pretérito a sus espaldas y haber nacido en el inmaculado vacío de la nada que con tanto garbo ostentan los contertulios allí presentes.

La ética, sin embargo, es una actitud concreta, individual y personal, que -sin embargo- tiene consecuencias directas en el conjunto social. No se trata de un juicio ni de una opinión, sino de una conducta y, por tanto, de algo que no admite más motor que el personal, porque solo es válida si nace de nosotros. Debe enseñarse, desde luego, porque no tengo claro que la ética, la solidaridad o la tolerancia sean valores innatos, sin embargo, una vez aprendida se ejerce desde el ámbito de la libertad y la responsabilidad. Ambos conceptos, por cierto, se enseñan poco mal en los diferentes sistemas educativos, porque hemos creado un sistema que se basa en los derechos y que olvida los deberes. No podemos crear ciudadanos libres si no les decimos que cada ápice de libertad que disfrutan tiene el reverso de otras tantas obligaciones con ellos y con los demás. No podrán ser libres de pleno derecho si no son conscientes de la responsabilidad que eso entraña y, asimismo, del lujo absoluto que eso supone, de la conquista social que hay tras ello. Porque la ética, en esa dimensión de acto y conducta, tiene repercusiones en nuestro entorno directo e indirecto. Y de ella, en última instancia, depende la convivencia, el respeto, la integración.

En ese sentido, la moral está obsoleta y demodé. Es un criterio arcaico que solo sirve para crear tabúes y para perpetuar ancestrales crímenes que ya cometieran sacerdotes inquisitoriales y que hoy ejercen algunos -demasiados- mass media. Sin embargo, la ética está de plena actualidad. Necesita revitalizarse, ejercitarse, renovarse. Porque es ridículo criticar la burbuja inmobiliaria si somos los primeros en comprarnos dos pisos -uno, para alquilarlo y especular, como he oído a más de un conocido-, porque no tiene sentido llenarnos de palabras de igualdad si somos los primeros en quejarnos cuando nuestro jefe es una mujer, porque es estúpido quejarnos de lo mal que funciona todo si somos los primeros que no demostramos ética laboral, personal, emocional.

A mí, desde luego, la ética me supone un esfuerzo cotidiano. Porque no creo que ese sea el camino sencillo, tal vez ni siquiera sea el camino natural si entendemos naturaleza como instinto. No creo que Rousseau tuviera razón en su buen salvaje, porque el salvajismo es incontrolable y, como tal, no tiene en cuenta al otro ni a su otredad, que diría Unamuno. Y no es que rechace ese lado salvaje o instintivo -al revés, es parte indisoluble y esencial de mi forma de ser- pero tampoco creo que pueda existir sin la ayuda de ese Dr. Jeckyll que, convencido del porqué de su existencia, le administre las dosis éticas necesarias para conseguir que el placer -máximo- al que aspiro se obtenga siempre desde el respeto -absoluto- a los demás.

Y ahora, tras ejercer de Nicómaco virtual, me evado a dar la última clase de la mañana. Esta tarde me esperan dos vuelos de llegada -primero en el aeropuerto y después en mi piel- que vaticinan un más que placentero -y salvaje- fin de semana... Rousseau, estoy seguro, se moriría de envidia.

6.2.07

Ethos

Poniéndonos pedantes -o etimológicos, que viene a ser lo mismo-, la ética viene del ethos griego, hermosa palabra (como todo lo griego) que significa comportamiento. Sin embargo, el cambio semántico de este sustantivo ha operado una mentirosa restricción. Y es que, de todos los comportamientos posibles, el ético es -posiblemente- el más complejo y difícil de todo. En parte porque exige unas dosis de autoconciencia que no siempre no son factibles, en parte porque requiere tener en nuestro pensamiento a los demás en la misma medida en que nos tenemos a nosotros mismos y, finalmente, porque supone una coherencia de la que el ser humano no siempre es poseedor. Así que de todo ello se deduce que la ética es un ejercicio que requiere esfuerzo, una opción vital, una postura que no se sigue en sencilla línea recta, sino que obliga a trepar por las escarpadas simas de una realidad que resulta mucho más sinuosa que nuestras intenciones.

Quizá por esa dificultad, se agradece tanto la llegada de películas como este Bobby, donde un guión sin demasiadas estrías pero con un buen puñado de historias -apenas pinceladas- sirve como base para hacer una reflexión sobre la violencia (violence breeds violence, afirman en uno de los discursos que sirven a la parte documental del filme) y el odio que, más allá de un contexto histórico determinado, gangrenan una ciudad, un país, una civilización.

La película está bien ejecutada por un director aún inexperto pero con cierta pericia y, sobre todo, por un elenco que -en su mayoría- aprovecha con inteligencia sus roles (bravo por la Stone, en su mejor papel desde Casino). Pero, más allá del discurso fílmico, prevalece su discurso moral (que no moralista). Porque, lejos de apabullarnos -y dormirnos- con datos históricos -e histriónicos- a lo JFK, la película se aleja del ombliguismo a lo Oliver Stone, para sumar interpretaciones y relecturas de un hecho concreto que, sin embargo, se difumina en ese túnel extraño y también sinuoso que es la Historia. Vietnam, reconvertido en Irak, como telón de fondo y, a partir de ahí, vidas que reconocemos en las calles de nuestras ciudades, incluyendo el problema de la integración de otros pueblos, de la inmigración y el mestizaje. No hace falta volver a 1968 para darse cuenta de que hay heridas que continúan sangrando.

Ética, sí, la de una película que tal vez juegue con demasiada evidencia sus bazas políticas e incluso en la que el tono amable pueda ser algo acusado en más de un momento. Pero a pesar de esos defectos de opera prima, consigue contagiar al espectador del clima de euforia y de cambio que se vivía en un hotel utópico donde no se pretende recrear hechos, sino inventar sentimientos. Una euforia truncada por un final contundente, seco y profundamente verbal en una película que no teme a la palabra y que, en ese remedo grecolatino del ethos, incluso se atreve con la oratoria y la retórica. Euforia que, en mi caso, se tradujo en la continuación y el cierre de uno de los mejores fines de semana de vida... (Pero eso es otra historia. Y otro ethos, mucho más sensual, íntimo y erótico que el propuesto en Bobby...)
En el extremo contrario, ejemplos como la emisión ayer en La 2 de Cosas que hacen que la vida valga la pena, una comedia modesta pero con algún toque interesante que, sin embargo, se vio truncada gracias al cambio de rollos de la proyección, de modo que se emitió su final a las 23.30 para, a las 23.45, retomar la película desde su primera mitad. Lamentable la desidia de la televisión pública que ya ni siquiera se preocupa de mimar a los pocos espectadores que le quedamos. Visto así, parece preferible sumergirse en el océano de basura de La casa de tu vida (con un Jordi González cada día más deplorable y mezquino), al menos allí no importa el orden, los desechos -otra clase de ethos, solo que sin su variante semántica restrictiva- pueden observarse en cualquier orden pues poseen, como única virtud, la propiedad conmutativa.

2.2.07

Brevísimo apunte cultural

Por si alguien no sabe qué hacer con su tarde de sábado, este día 3 de febrero a las 19.30 h los locos integrantes del grupo ARMANDO NO ME LLAMA volvemos a la carga con la representación de EL SEXO QUE SUCEDE (www.armandonomellama.blogspot.com) en el Centro Juvenil Villa de Vallecas (C/ Real de Arganda, esquina con C/ Sierra del Torcal. Metro Villa de Vallecas). El texto de la obra, publicado por la AAT, es de un servidor. Y la imagen, un momento del montaje protagonizado por dos de mis mejores amigas y actrices, Silvia López-Ortega y Paloma Aparicio. Sin ellas -sin su talento y su cariño-, esta obra no tendría ningún sentido. Y muchas cosas en mi vida, tampoco.

Goyas 2006: lo más... de lo menos

Por falta de tiempo no ha sido posible incluir antes una breve sinopsis de lo que fue la gala (por llamarla de alguna manera) de los Goya de este año. Como el tiempo sigue sin sobrar al cronista que ejecuta -como puede y en tiempo récord- estas líneas, nos limitaremos a un sucinto esquema basado en superlativos, hipérboles y otras muestras de exageración y partidismo. En mi caso, he de confesar que lo mejor del evento se resume en el regazo y la espalda en la que me recliné durante toda la gala... y en el hecho de haberla compartido con él... Y pasando al espectáculo (de nuevo, nótese el eufefismo) en sí hay bastante que comentar...

- Lo más macarra... la cantante Bebe con su videocámara y su discurso balbuceante de quinceañera de instituto. Lamentable imagen, la verdad, la que ofreció al recoger su premio. Ni siquiera la Coixet estuvo tan ridícula el año pasado.

- Lo más hortera... el presentador, sin duda. Definitivamente, ya que no somos capaces de mostrar un mínimo de elegancia, decidimos optar por subrayar el feísmo. Como el feísmo tampoco era original ni divertido, consiguió que todo fuera simplemente eso: feo.

- Lo más casposo... el decorado, sacado de los desvanes de RTVE o de algún capítulo gótico de Historias para no dormir. Los cortinajes de película de vampiros de serie B y la cutrísima disposición del escenario eran más propios de un centro cultural de barrio que de una gala del cine español.

- Lo más vulgar... el supuesto humor del presentador, incapaz de hacer chistes no escatológicos y nulo a la hora de mostrar un mínimo de incorrección política que no fuera obvia. Imposible esbozar una sonrisa ante tanta zafiedad.

- Lo más piojil... el ganador a no sé qué categoría rascándose la melena mientras daba las gracias. Me imagino a Helen Mirren haciendo lo propio cuando recoja su próximo Oscar.

- Lo más repeinado... Vigo Mortensen, al que su estilista engañó diciéndole que le favorecían esos litros industriales de gomina y ese look de escolar aplicado. ¿Dónde quedó su lado salvaje? ¿Y por qué las cámaras casi nunca lo enfocaron?

- Lo más evidente... El cabreo de Agustín Díaz Yanes, al que solo le faltó poner la zancadilla a los ganadores que sí recogían premios mientras su película se conformaba con un solemene vacío.

- Lo más intrigante... El porqué de un homenaje público a un personaje tan célebre como ¿¿¿Teddy Villalba??? No dudamos de su aportación al cine español, pero desde aquí proponemos que la gala de los Goya continúe premiando gente desconocida para que los espectadores vayamos tranquilamente al baño, mientras dan un homenaje al mejor cámara, o al mejor tramoyista o a la mejor maquilladora.

- Lo más pueril... El discurso ridículo, infantil y patético de la nueva presidenta de la Academia, que demostró que aquel monólogo que escribió para El principio de Arquímedes (donde la protagonista decía "Soy una naranja, soy una naranja"), no fue un desliz. No, está claro que la chica escribe esas solemnes tonterías con plena conciencia de su labor y ánimo altamente exhibicionista. Su discurso, vacuo e incoherente, se alimentó de una metáfora digna de un libro de Primaria y, para colmo, fue jalonado con interesantes alocuciones del tipo ¡Cáspita!, que nos hicieron añorar con intensidad el antaño y a la Paredes.

- Lo más desconcertante... Estrella Morente intentando cantar con un cuadro flamenco estupendo mientras la gente dudaba entre aplaudir a los nombres de los cineastas fallecidos o escuchar su interpretación. La gala, musicalmente nula, fue desastrosa.

- Lo más breve... Las escenas -de dos o tres microsegundos- de cada película que se proyectaban en los pertinentes vídeos. Fue la gala del cine donde menos cine se vio.

- Lo más colocado... Najwa Nimri que, además de susurrante e insípida como de costumbre, parecía sacada de una campaña de di no a las drogas, para no najwagilizarte.

- Lo más triste... La apatía y abulia de todos y cada uno de los presentadores, incapaces de hacernos creer que esto del cine tiene algo de encanto y de magia. Consiguieron ser tan aburridos como una película de Kiarostami.

- Lo más misógino... El humor de brocha gorda (besos y babosería incluida) del presentador. En el fondo, lo políticamente incorrecto en estos comicastros sirve para sacar todo el machismo y la vertiene estesopajariana que llevan dentro. Es lo bueno de la deconstrucción, que permite camuflar ese arrebato ancestral de pretendida modernidad.

- Lo más out... El look de casi todos los hombres que pasaron por ese escenario, incapaces de elegir un modelo adecuado y, mucho menos, de combinar tejidos o colores.

- Lo más bochornoso... El coro de amiguetes del presentador haciendo el remake cinéfilo del programa de Buenafuente en una gala que debía ser de cine y no de cutre-tv.

- Lo más flagrante... La ausencia de nominaciones para La noche de los girasoles (tan solo una a mejor dirección novel) y la no nominación de Azuloscurocasinegro a mejor película.

- Lo más prescindible... La gala en su conjunto. El año que viene, mejor que den los premios en secreto. Así nos ahorramos tanta caspa. Incluida la Coixet.