12.2.07

N.

12 de febrero de 2005. Aquella noche, como si el destino estuviese tan furioso como lo estábamos nosotros mientras velábamos tu cuerpo, se quemaba una torre en Madrid. La torre donde habías empezado a trabajar hacía tan solo unos meses. Y el fuego, como si nos vengásemos por la tristeza de tu ausencia, comenzó en el piso donde estaba tu empresa, aquella consultora que había contratado a una ingeniera brillante, hermosa y llena de talento y de ganas. La vida, ruin y egoísta, no te dejó sumar más años. Tan solo veinticuatro de una vida que contagiabas y que, en el recorrido tramposo del azar, tuve la suerte de compartir contigo en alguno de sus recovecos.

Han pasado dos años. Y es curioso que hoy, precisamente hoy, me haya quedado afónico a media mañana. Es cierto que mi garganta me molestaba revoltosa estos días, pero también es cierto que la afonía total ha llegado justo cuando he empezado a pensar en ti, en el día de hoy. Entonces se me ha apagado por completo la voz. Tal vez vuelva mañana o tal vez, egoísta, prefiera seguir en silencio un par de días más.

De algún modo, nunca enmudecí lo bastante porque los acontecimientos no me dejaron expresar más dolor del estrictamente necesario. Y ahora, cuando mi mundo -mi gente- parece que ha vuelto a caminar, cuando ya no quedan escombros de aquel incendio en el que tanta desolación me tocó barrer, siento que tengo el derecho -y la necesidad- de enmudecer alguna que otra noche. Igual que hoy. Para pensar -a través de este silencio- en cómo sonaban tus manos al piano (¿recuerdas aquel concierto?), en cómo sonaban nuestras conversaciones cuando éramos cuatro -tú y A., J. y yo-, o en cómo me gustaba tu risa cuando sonaba junto con la de mi hermano.

Y aunque no me quede el consuelo de ningún tipo de fe ni la promesa de ninguna religión -es el fatídico reverso de mi ateísmo- siento -y así me obligo a sentirlo para luchar contra el inmenso vacío que deja tu inicial- que de alguna manera estás aquí. Sigues aquí. Y a eso me aferro cuando el destino me parece demasiado cruel, las lágrimas demasiado amargas y los incendios demasiado casuales como para no ser parte, indeleble y extraña, de ese mismo destino.

16 comentarios:

inquilino dijo...

:-*

Mart-ini dijo...

A veces, las amargas casualidades parecen que han reptado desde lo más profundo para joderla (a proposito, claro) en el peor (mejor) momento posible... no llores porque no está, y ríe por lo feliz que fuiste con esa persona.

SisterBoy dijo...

¿Y quien dijo que el ateismo fuera algo fácil? Pero ¿acaso puede uno elegir?

Cinephilus dijo...

desde luego que no es fácil, sisterboy... en eso, como unamuniano que soy, tengo claro que la no creencia es la opción difícil, porque entonces hay un opio que nos falta o una mentira -léase consuelo- que no se nos otorga

besos a todos

Max dijo...

¡Puta madre! Qué jodido y bueno tu post. Y acaso tu afonía sea la marca melancólica de una pérdida, una marca que se escribe como una inicial pero que inscribe la imposible experiencia de lo terminal: no un inicio, sino un final. No en vano el grito inconsolable por excelencia es mudo (pensar en El Grito, de Edvard Munch o, la enfermera en El Acorazado Potemkin de Eisenstein). Y ese silencio produce un eco ensordecedor porque siempre reverbera “en el inmenso vacío” que uno encara desde el ateismo, porque ese vacío es estructuralmente afónico porque sabe que desde la finitud de muerte no hay “Hágase la Luz” alguno por el cuál esperar.
Kisses.

andrés dijo...

también podemos pensar en magnolia y en los juegos sarcásticos que se puede gastar la vida a cuenta de los demás, que somos nosotros y que es ella misma, o a como le da por travestirse con esa manía de parecerse a una metáfora. Quizá no tengamos fe por pura cuestión estética.

y usted emociando de nuevo...

Anónimo dijo...

No es cuestión de fé, N. vive en muchas de las cosas que haces, piensas y escribes cada día, estoy segura.

Un abrazo enorme

Sinclair

Arual dijo...

Hermoso post, hermosísimo, hoy N. ha vuelto a vivir, y seguirá viva mientras tus recuerdos la mantengan así, eso me gusta pensar cuando alguien a quien quiero mucho se va...

3'14 dijo...

El recuerdo y compartirlo hace que N. mantenga una parte de su existencia.

Un abrazo.

mariadel dijo...

Quien está en nuestra mente, sigue vivo de algun modo.

Vargtimen dijo...

Muy emotivo, Cinephilus. El hecho de que 2 años después escribas estas palabras, muestra el cariño firme que tenías y sigues teniendo hacia esa persona. Es lo mejor y lo más que se puede hacer en estos casos. Hay que recordar a los que se van y nadie debería irse tan joven.

Mari dijo...

las ausencias son eso, ausencias...
es curioso saberse ausente de uno mismo, o saber que podría uno estar ausente. De ausencias está hecha la vida

besos para usted

Amelia dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Anónimo dijo...

Que injusta y amarga puede ser la vida, y lo peor o lo mejor, no sé, es que no se para por nadie.

Besos

Empiezo a entender dijo...

;-) casi snif !!!

Maria Cristina dijo...

Mira que escrito mas profundo, la verdad que una perdida siempre es dificil pero es mejor recordar todos los buenos momentos por muy dificiles que sea a veces, hay alguien que te cuida y es esa persona