30.3.07

Tempus fugit

Definitivamente, Heráclito tenía razón. Eso de que no se podía cruzar dos veces un mismo río era completamente cierto, sobre todo si el río es mediático y tiene forma de televisor.

Y es que deja uno de escribir un par de semanas y, para entonces, cambia todo el mundo conocido. Se acaba el reinado de un mister y una miss España totalmente prescindibles (¿cómo se llamarían?) y se proclaman otros dos de igual calado social. Luis Miguel tiene una niña y la enseña en Hola. Elsa Pataky no tiene ninguna niña pero se enseña a sí misma -anverso y reverso- en sendas publicaciones con escándalo -pueril e incomprensible- incluido. Miguel Bosé tampoco tiene niña y afirma en una entrevista en la susodicha Hola que abandona la música (lástima, no será cierto) y antes de ello nos obsequia con un disco de versiones con los de siempre cantando las de siempre (y con su eterna declaración de que prefiere ser sexualmente ambiguo... ¿para alguien es ambiguo el señor Bosé?). Ana Rosa Quintana agradece con su ñoñería habitual otro inmerecido premio más por seguir siendo la mariliendre más hipócrita y detestable de las mañanas. Polanco, que no sigue las tendencias de la revista AR, se desmelena en un congreso, que para algo es Polanco y para algo está abocando a Prisa -no por sus comentarios, sino por la guerra interna que ha desatado su sucesión- a una inminente contienda bélica que ni los 300 de Frank Miller. El Mundo, que quisiera desmembrar a otros 300, pero de Prisa, sigue buscando conspiraciones y alimentando la crispación con su caterva de agitadores profesionales. TVE, en pleno ataque de buen rollo anti-Miller o proto-Miller, vaya usted a saber, estrena su nuevo concepto de programa político, algo así como una versión light de los Lunnies donde Lupita es un político y sus amiguitos los ciudadanos le hacen preguntas cómodas, ensayadas, pueriles para que el político se crea un Azaña y el espectador, un contertulio, en un espacio moderado (esto es una metáfora) por un simple, soso, insulso y cada día más autocomplaciente Lorenzo Milá (esto no es una metáfora). De momento, el estreno de la nueva versión política del Sound and Music (faltaba Julie Andrews vestida de monja para completar el exceso de glucosa) fue con ZP y esperamos con ansiedad que, si tiene tiempo entre aguiluchos y manifestaciones, acuda en breve Rajoy. Y Teresa Viejo le roba a Nieves Herrero el talk-show de su vida, un espacio ideal para cenas familiares, en el que la gente exhibe todos sus complejos para dejar que el bisturí acabe con ellos (esto no es una metáfora, sino polisemia). Se trata de la versión en vivo de Nip/Tuck, con la ligera diferencia de que aquello era ficción, era crítico, era inteligente y estaba realizado desde un distanciamiento que convertía al bisturí en un cirujano sociológico. Aquí, obviamente, Teresa Viejo se limita a presentar horrores y a vender casquería. El concepto, digamos, es distinto.

Visto lo visto, confío en evitar pausas blogueras tan pronunciadas, porque en este país seguimos alejados del verbo progresar (y mi querida caja tonta da fe de ello), pero el verbo acumular (chorradas, que no noticias) lo conjugamos perfectamente...

19.3.07

Glosario visual


Querida Pi,
te presento (en parte, al menos) a mis ferragamos... ;-)

P.S. Y tras este emocionante anexo cultural, prometo ponerme en breve con relatos de Lisboa...

16.3.07

Seis

Hace seis años no sabía que me emocionaba Debussy. No había sentido ninguna curiosidad por ojear la Wallpaper. No me había subido al último piso del Empire State.

Hace seis años no había conocido a nadie a quien me gustase sentir tras de mí cuando tecleo una de mis obras en el ordenador. No se me había pasado por la cabeza la idea de dar clase a un montón de adolescentes desorientados. Ni tenía un solo par de Ferragamos en un zapatero que tampoco existía.

Hace seis años no sabía que me gustaba Mozart, que me alegraba Rossini, que me inquietaba Wagner. No hablaba una sola palabra de francés. No había visto ninguna una obra de teatro con Isabelle Huppert. No me habían enseñado que la frivolidad no era incompatible con la trascendencia, que la tolerancia era un ejercicio y no un discurso y que la vida exige ser múltiple y diverso, no intransigente y aburridamente ortodoxo.

Hace seis años no había visitado los canales venecianos. Ni las calles londinenses. Ni sentía que París fuera una de mis ciudades. Conocía sus calles tan mal como conozco las de este Madrid donde nos vimos por primera vez...

Hace seis años no sabía bien lo que esperaba de mi vida. Hoy, lógicamente, tampoco lo sé. Solo sé que esa vida necesito compartirla contigo para poder vivir intensamente cuanto nos llegue. Cuanto hayamos de descubrir y de inventar. Sigo teniendo dudas sobre casi todo, sin poder decidir qué camino profesional es el correcto, qué camino vital es el adecuado. Pero en ese eterno dudar -también cartesiano, como tú mismo- tengo, desde hace seis años, una única certeza. La certeza de con quién quiero seguir deambulando en ese destino incierto, en esas sendas escondidas del tiempo, del futuro y de la memoria.

Porque en estos seis años junto a ti he aprendido a perder el miedo, a caminar con los ojos cerrados -como cuando escuché aquel Fidelio que me obligó a negar la palabra para deleitarme con la música-, a confiar en que incluso en los momentos más terribles -y los hubo, claro que los hubo- jamás estuve ni estaré solo.

Hace seis años, hace solo seis años, no creía que el amor -que la vida- pudiera ser como lo estamos construyendo. Ahora esa creencia -esa fe radical- es la única religión que profeso. Por eso esta noche, cuando aterricemos en Lisboa, los fados serán el único salmo posible para nuestros cuerpos que, entre ansias de mar y decadentismo portugués, se buscarán voraces.

1.3.07

Vidas propias y ajenas

Merecido Oscar, aunque me traicione mi pasión por la cultura alemana y el interés relativo que me produjo el fauno de Guillermo del Toro, una propuesta técnicamente lograda pero argumentalmente mejorable. Sin embargo, y sin tantos alardes, Das Leben der anderen se nos presenta como el retrato histórico e intimista -la intrahistoria, que dijo Unamuno- de una sociedad -la alemana de los ochenta- que no nos queda tan lejos en estos tiempos de censura, control, crispación y aberración política y mediática. Fábula humana y humanitaria con un antihéroe silencioso cuya mirada vale por toda la película (soberbia interpretación de su protagonista) y donde los arquetipos se van deconstruyendo para narra con una verdad tan cinematográfica como vital. Un final que, pese a sus elipsis algo forzadas, cumple su propósito de transmitir un mensaje que, por una vez, es positivo. Un mensaje que tiene mucho de altruista, de quijotesco, de cervantino. Una película feísta en su formato e idealista en su contenido. Prosaica en sus hechuras y poética en su objetivo. Cine político desde las vísceras de quienes lo viven. De quienes lo padecen. Entre mis triunfos como espectador, por cierto, haber arrastrado a mi francófilo particular ;-) para persuadirle de que hay creadores alemanes que siguen estelas brechtianas -comprometidas, necesarias- que merece la pena ver.

Y ahora, me temo, vuelvo a desaparecer unos días. Porque el tiempo, como se habrá notado por la escasez de post, me viene tan escaso como el vestuario a Beyoncé, que volvió a ser una de las más horteras de los Oscar para jolgorio y felicidad de sus fans. Intentaré hacer una crónica del evento oscariano -¿cómo es posible que Pe presentara el Oscar junto a Lobezno-Jackmann? ¿cómo se puede provocar tanta envidia insana a espectadores como el que aquí escribe?- antes de que mis quehaceres me lo impidan...

Y es que, tareas docentes, editoriales y estudiantiles aparte, ando montando mi nuevo texto -comedia ácida y urbana, de trazo pretendidamente grueso y paródico- que preestrenaré con mi grupo el próximo 12 de abril. Su título, Zapping mileurista. Su argumento, tres mujeres que cumplen treinta el mismo año y revisan, en retazos de su vida, algunas de las lagunas que -la sociedad, el trabajo y la vivienda dixerunt- les dejan... El tema, a su modo, cómo llevar una vida a los treinta o cómo hacer frente -con dignidad- a tanta contraprogramación...