28.4.07

Imprescindible


Imprescindible, sin duda, el concierto de Fangoria esta noche en la Riviera. Por su capacidad para mover a su público, por reinventarse, por ser los reyes más glam del petardeo, por reírse hasta de sí mismos, por traer consigo la frivolidad travesti de las Nancys Rubias y el humor grotesco de la Terremoto de Alcorcón, que nos ha deleitado con lo que ha bautizado como el Hormigas blancas de la peor música (y vaya que sí lo era...). Por hacernos bailar, sudar y saltar como locos. Hasta por colarnos un número de reggaeton absolutamente infumable a mitad del concierto y por afirmar que Merche -imprevista star guest- es "la única estrella del pop español" (sic). Por todo ello y por seguir siendo diferentes, por tener letras donde el ritmo camufla sentimientos, verdades y pensamientos mucho más amargos del colorismo de su propuesta, el concierto ha sido -una vez más- inexcusable. Sobre todo si se tiene en cuenta la compañía. En este caso, mucho más que imprescindible. Simple y llanamente, vital.

26.4.07

Iconos de ida y vuelta

¿Cómo convertir una canción mediocre en algo diferente? Según Vale Music -esa discográfica responsable de la pachanga más radical que sufrimos en este país-, basta con rodar un video hortera y calentito para que nos olvidemos de que la música es cutre y la letra, nefanda, para pasar a centrarnos en el chorreo de imágenes de porno soft.

Después de obligar a Leo a lucir torso en su primer single (una especie de revival de lo peor de los Hombres G con lo peor de Kike Santander en su inmensa mismidad) y de hacernos así comprobar que este chico tiene un ombligo espantoso (hay torsos que aparentan mejor bajo una camiseta: ese es su caso), ahora nos regalan un ejercicio de outing de lo más curioso. Consiste en convertir al osito oficial de OT -así lo llamaban con su melosidad habitual- en parte de un trío, jugando la baza de la bisexualidad como reclamo de marketing.

En el vídeo, como podíamos esperar de la siempre avanzada Vale Music, se confunde lo sensual con lo chabacano, basta ver cómo restriegan las tetas de la chica, abandonada a su suerte entre los dos o cómo se frotan ambos el paquete, en un registro que es al erotismo lo que UPA Dance a la danza.

De toda esta operación de marketing me quedo con la naturalidad con la que, de momento, el tal Dani asume su papel en el videoclip. De vez en cuando, se agradece que alguien no se ande con ambigüedades sin cuento y se muestre con algo más de franqueza. Por supuesto, la intención de su discográfica no es normalizar nada, sino -simplemente- crear de la noche a la mañana otro vídeo icónico gay para aumentar las ventas. Y es que, como le decía la otra noche a una amiga mía, ser gay es cada día más caro y estresante. No tenemos tiempo ni dinero para tantos discos y libros como hay que oír y leer, teniendo en cuenta que somos capaces de generar un divo o diva en el tiempo record de cinco minutos. Lo que dura, más o menos, cualquiera de esas canciones olvidables entre las que muy pocos -sorry, Dani- perdurarán.

Y tras estas apasionantes reflexiones regreso a mi equipaje... Aún no he decidido con qué atuendo arrastraré mi belleza por las calles de París...

24.4.07

Tranvía a la Ma-LV-arrosa

Aún no he vuelto -lo confieso- a la realidad. El fin de semana ha sido demasiado intenso -marino, sofisticado, apasionado y frívolo- como para retomar la rutina con tanta rapidez.

Llegada a Valencia en medio de un sol mediterráneamente generoso. En el aeropuerto un joven trajeado nos aguarda para conducirnos a una limusina que nos conducirá hasta el hotel. Al borde de la Malvarrosa. Un hotel lleno de esbeltos regatistas y hasta de algún que otro imprescindible de la música, como Zubi Mehta, que se alberga cerca de nuestra habitación sin que nos demos cuenta. Paseos por la ciudad. Bajo un sol que no nos abandona. Y, sobre todo, vistas al mar. Almuerzos y cenas en sitios sofisticados. Paseos en la arena. De nuevo, la Malvarrosa con sus colores del tranvía novelado de Manuel Vicent. Y el domingo, yate a nuestra disposición como cortesía del anfitrión -un más que espléndido Louis Vuitton- y paseo a ritmo de exquisito catering y Moet Chandon. Ocho personas y treinta y seis botellas; una proeza aritmética, supongo. Entre las copas, la fuerza del viento y del sol justo antes de que -ayer hubo suerte- comenzara la regata. No podía imaginar que fuera tan impresionante verlos de cerca. Las velas izadas, la velocidad, la coreografía de sus quillas sobre el mar. Y el regreso al puerto tumbados en la proa, contigo a mi lado, en una versión náutica del Capote más intrascendente. De ese Capote delicioso que se perdió en Tiffany's y que habría sabido describir con acierto nuestro paseo. Después, en versión dual y masculina de Audrey Hepburn, nueva limusina con chófer atractivo y culto que nos habla de ópera en la carrera hasta el aeropuerto. Azar con acento argentino que sirve de colofón a un fin de semana lleno de detalles poco comunes.

No me hizo falta subir al avión que nos trajo anoche de vuelta para sentir que no rozaba el suelo. Me dijiste que esta vez podía dejarme llevar, que no era malo aparcar mis prejuicios -los tengo, ya lo sabes- y disfrutar de un fin de semana sin más ocupación que la de un hedonismo compartido. Y así lo hice. Porque, también en esta ocasión, tenías razón. Ahora -tras este ejercicio glamourous de carpe diem- tan solo espero a que llegue este sábado para volver a aterrizar. Esta vez en Bruselas y, como siempre, en ti.

18.4.07

Rayas

Ante la violencia y las armas, solo cabe la posibilidad del rechazo. El silencio rotundo y acusador a quienes siguen considerando legal su uso y alentando, una y otra vez, masacres tan terribles como la que esta semana -en Virginia, esta vez- nos ha robado a todos fe en eso que llamamos ser humano y que tanto odio es capaz de engendrar.

Por eso, porque no sé luchar más que con las palabras -en las que siempre creí firmemente y a las que, de una manera u otra, me dedico-, presento un libro como única bala. Un libro supuestamente juvenil que, sin ser excepcional, sí es digno. Interesante. Reflexivo. Un libro escrito para lectores capaces de interpretar la fábula desde la ironía de su autor, que no pretenden epatarnos con juegos verbales audaces sino, tan solo, acercarnos al horror de la Historia desde una mirada sencilla, próxima y en la que el humor sirva para descargar la tensión de las densas líneas de esta historia. Lejos de la simpleza de la fábula moralista para adolescentes -de la que tantos ejemplos hay en nuestros supuestos autores-, la obra trata a los lectores como adultos, así que el texto gana en relieve y la crítica, en profundidad.

Y es que esta novela, que ha entusiasmado a mis alumnos y con la que estamos a punto de inagurar un ciclo de debates que ellos mismos han organizado y gestionado, retrata con acierto el horror de la intolerancia y las razones de la sinrazón. No cuenta nada nuevo, eso es cierto, pero es otro montón de palabras -bien escritas y notablemente bien traducidas- contra el bando de los violentos, de los intolerantes, de los asesinos. El bando de los lobos de Hobbes que, en más de una ocasión, aparecen ante nosotros vestidos de cordero. Cuidado, por si acaso, con los adalides de la demagogia y del populismo. Ellos también guardan el lobo -y el revólver- bajo la falsa lana de borrego.

15.4.07

De lentejuelas


La estupidez ajena desata -deduzco- mi lado más divo. Y es que desde el patinazo de la Cutre-Universidad-Complutense este jueves, me ha dado por una sobredosis de música reina (¿nos inventamos ese neologismo?) que incluye desde los gritos más histéricos de Mónica Naranjo a este clásico instantáneo y redescubierto anoche a eso de las 6 de la mañana con la voz (por decir algo) de Gloria Trevi.

Del jueves, digamos que se trató de constatar que la Universidad Complutense de Madrid es un organismo caótico, infame, absolutamente desorganizado y profundamente desinteresado en los alumnos y demás particpantes en la comunidad universitaria. El porqué, digamos que una bonita anécdota consistente en que anunciaron y programaron una actuación -la de mi grupo- en un local -el Paraninfo- que, sin embargo, no reservaron, de manera que nos vimos obligados a suspender la función porque tres señorones que nada tienen que ver con la Universidad debatían ante una multitud de aburridos señorones y señoronas estupideces de esas que se hablan en estos foros para quedar bien. Nosotros, desde luego, aún no salimos de nuestro asombro ante la ineptitud de los organizadores del certamen, incapaces de otorgar una fecha y un lugar correctamente. Personalmente, sé que no se puede esperar nada mínimamente digno ni profesional de la Complutense -salvo algunos profesores excepcionales que allí resisten a pesar de la vacuidad reinante- pero no creí nunca que fueran a constatármelo de modo tan indignante.

Y por eso ayer, precisamente ayer, fue una noche tan alocadamente necesaria. Porque la compañía era estupenda y la música, increíblemente chillona. Así que liberar los pulmones fue todo un gusto.

Hoy, a cambio, me he limitado a dormitar hasta una hora infame, a elaborar un dossier de prensa de una novela que alguien debería haber quemado en lugar de haber contratado (pero de eso, hablamos en otro post) y a ver capítulos pendientes de todo tipo de teleseries norteamericanas. También me he deleitado con el suplemento de El País de hoy, donde como no les cabían todas las estupideces en el formato habitual, han sacado un Extra de Belleza (más bien, un catálogo de cremas) y con la revista Hola, que nos devuelve a Isabel Preysler (en realidad, nunca se fue) y nos ofrece un sobrecogedor reportaje sobre la casa de Falete. Falete de por sí ya me ha dado siempre mucho miedo, pero hay que reconocer que su mansión -que convierte los decorados de Entre tinieblas en prodigios de la sobriedad- provoca auténtico pánico. Cuando mi escáner se recupere del susto, cuelgo alguna foto. De momento, no he tenido el valor de castigar a mi Pc con tamaña ofensa.

También he dedicado parte del día a leer y hasta a escribir algo en lo que estoy medio metido y que no acabo de terminar, pero eso es mucho más aburrido de narrar, salvo que me diera un arrebato cultural-exhibicionista de esos que no suelo tener. No, por fortuna, yo no tengo el narcisimo de un Mister Cuenca -¿alguien se ha sobrepuesto a las imágenes del pobre muchacho?- ni las ansias chupacámaras de Derek -¿alguien entiende por qué está en un programa de monólogos mostrándonos que no tiene ningún talento verbal, en vez de en un programa donde nos muestre los talentos que realmente queremos ver de él?-, así que no hablaré de estas experiencias menos frívolas y sí me referiré a las segundas. O sea, a las frívolas.

Entre ellas, mi viaje -cual Chábeli en las noticias de hoy (sí, porque ha salido en las Noticias, muy cerca de sus borbónicas indigestiones)- a Valencia la semana que viene. Invitado -sí, sí, esto es aún peor que el post aquel donde colgué zapatos como si fuera un niño a la espera de los Reyes Magos- por cierta casa de modas que ha decidido que mi chico y yo estaríamos monísimos subidos a un barco y viendo la regata. Yo, de momento, ya tengo el modelo para el evento y, ahora mismo, estoy intentando diferenciar un barco de una lechuga, porque mi experiencia con la navegación se limita al barco pesquero de Playmobil que me regalaron cuando era niño. Ahora, que ya no soy niño (bueno, por pocos años, anyway), me visto de playmobil marinerito y, con esa excusa, espero disfrutar mucho de Valencia. Que, con mi acompañante, me resultó tórridamente hermosa en nuestra última escapada hasta allí.

De momento, no me extiendo más. Tengo que acabar de recortar las recetas de El País Semanal, acabar cierto capítulo de eso que supuestamente estoy escribiendo y, a ser posible, memorizar de una vez si babor es izquierda o derecha, a ver si consigo destacar únicamente por mi belleza apolínea y no por mi catetura naval...

11.4.07

Ahí vamos

Domingo. Suena el despertador y me hago el dormido sin demasiado éxito. Sigue lloviendo. Igual que los días anteriores. Igual que otros domingos. Finjo no escuchar el timbre y olvidar el trabajo. Un trabajo no remunerado. Un trabajo de horas dedicadas a una de esas pasiones que no se explican. Que no puedo ni siquiera justificar ante mí mismo. Una pasión que se parece mucho al teatro, que tiene algo de eso, y que lleva viva ya toda una década. Con nombres propios, claro, porque sin mi grupo seguramente seguiría escribiendo. Tratando con palabras. Pero haría mucho tiempo que habría abandonado las tablas, los ensayos, los certámenes, las salas alternativas de escenario y medios tan reducidos como su aforo. Las salas del teatro que me gusta. O de las palabras que me provocan. Sí, todo eso lo habría cambiado por la comodidad de mi escritorio. De mi ordenador. De la seguridad que da escribir sin pelearte tanto. Ahora, lo confieso, tengo ganas de que me estrenen otros. Pero sigo respirando a través de mi grupo. De la gente excepcional que lo compone.

Suena el despertador. Y justo este domingo, este en el que el cansancio y la desconfianza en mí mismo me doblegan, encuentro tu brazo rodeando mi cuerpo. Internándose en mi sexo. Alentando con procacidad un despertar que se hace inminente. Así que, a través de ese orgasmo madrugador -con el placer que provoca el sexo en duermevela-, me demuestras una vez más tu apoyo en esta locura y eso hace que mi inseguridad tenga que doblegarse ante tu ánimo. Porque, como tantas otras cosas, también en esto habría tirado ya la toalla -tan poca fé tengo en mí tantas veces, ya lo sabes- y ahora tendría más recuerdos que proyectos.

Salgo y, tras la lluvia incómoda y el autobús infame, comienza un ensayo donde ellas vuelven a darle a todo un sentido que el despertador ignoraba. El sentido de unas horas intensas, hilarante, voraces. Porque no sabemos si la obra es buena, si el montaje funcionará, ni siquiera estamos convencidos de que sea divertido, pero el proceso -el camino hasta su estreno- está siendo especial. Como todos los caminos que en estos años transitamos juntos.
Las ausencias duelen, desde luego. Y se echa de menos la Voz -allá en Barcelona- y el Lirismo -allá en Philadelphia-, pero de algún modo ocupan sus asientos en cada ensayo también ahora.

Y mañana, al fin mañana, estrenamos este collage -este zapping en el sentido más literal del término, si es que la RAE lo admite algún día- donde no hay más pretensión que comunicar inquietudes y contar, con humor negro, retazos de vidas. Escenas que rozan la hipérbole, que no tratan de ser naturalistas, que ni siquiera estamos seguro de que sean teatro. Escenas de trámites absurdos en el INEM, de incomprensibles despedidas de solteras, de anuncios de compresas y de repúblicas independientes suecas a golpe de especulación ajena.
No sé, la verdad, qué saldrá mañana. Ni siquiera estoy seguro de que salga bien. Todos trabajamos en otras cosas. Todos llegaremos cansados y estresados a la función. Todos habremos destinado muchos días que no tenemos a la hora y cuarto de mañana. Y en una hora y cuarto puede pasar de todo. O puede, mucho peor, no pasar nada. Pero eso tampoco creo que importe.

Importa saber que hay tantos motivos -con nombres y apellidos concretos- para vencer la pereza del despertador, para seguir rompiendo la lluvia de un domingo, para no dejar que venza la inseguridad y su séquito de temibles fantasmas. Eso, sinceramente, sí que importa.


Zapping mileurista. Festival de Teatro de la Universidad Complutense de Madrid. Facultad de Filología (frente a Derecho). 20 h. Autobuses G, U, I. Entrada libre.

2.4.07

Como cabras

Pues no. No soy moderno ni tolerante. Eso es lo que he deducido esta noche. Y lo he deducido porque me temo que yo solo creo en la libertad, en el deseo, en la pasión compartida por todos aquellos que, voluntariamente, deseen compartirla entre sí. Creo en la heterosexualidad, en la homosexualidad, en la bisexualidad, en la pansexualidad. Creo que somos un 99% sexo y que, probablemente, el 1% restante también lo sea, solo que no lo sabemos o, si lo sabemos, lo callamos. Creo en la monogamia, en la poligamia, en el trío y en la orgía. Creo que nuestra vida se basa en el deseo, que nuestras acciones son consecuencia de su sed, que el amor y el cuerpo y el alma son conceptos que se anudan con fuerza entre sí. Creo que el placer nace de la fantasía, de la imaginación, de la libertad de cada cual para atrapar sus delirios de belleza o de instinto. Creo que el sexo va más allá de la piel y se interna en el campo del intelecto, que es sofisticación, que es Sade y es dieciocho francés, que es fetichismo y es obsesión. Y creo en todo eso, supongo, porque siempre lo he pensado así y porque tengo la inmensa suerte de compartir mi cuerpo, mi vida y mi cama con alguien que no deja de abrirme caminos de tolerancia -sexual, sentimental, personal- desde que empezamos a andar juntos.

Por eso, en mi nada moderna forma de ser, no creo que la zoofilia planteada en la obra teatral La cabra sea una metáfora válida para hablar de esa libertad. No creo en las formas de sexo donde uno de los participantes no escoge su presencia en el acto. No creo en la violación de animales como no creo en la violación de niños. No me parece que aplaudir algo así sea un ejemplo de modernidad. Por eso, supongo, no soy moderno.

Por eso y porque el montaje La cabra -que sufrí ayer con toda la dignidad que pude- es, ante todo, un espectáculo ajado y cateto, con interpretaciones histriónicas y desmedidas, con una dirección ramplona y con un nivel actoral más que insuficiente, con ejemplos como el supuesto hijo (que me hizo añorar a los pseudoactores de Al salir de clase), el simple del amigo o la histérica y vulgar esposa del, por otro lado, desubicadísimo protagonista.

La obra, que se afana por demostrar su vertiente inteligente y transgresora, se compone de una sucesión de chistes dignos de Aida en sus peores momentos y se ve aún más castigada gracias a la traducción de su director, que ha decidido llenar de tacos el texto en un intento de convertirlo en un diálogo cercano y espontáneo. Como siempre, la densidad mata la intensidad, así que uno acaba sin inmutarse ante tanto grito y tanto insulto. Los gritos, eso sí, abundan. Y, para colmo de males, se ven acentuados por la presencia de unos micrófonos escénicos (¿por qué ya no quedan voces teatrales de verdad?) que hacen metálicas las, de por sí chillonas, voces de los cuatro protagonistas.

Y lo peor, lo más nauseabundo, lo que más me enojó, fue el aplauso hipócrita de la sala. Los bravos ante un montaje más que mediocre -malo, realmente malo- de todos los espectadores allí presente. Porque estoy seguro que todos esos que ayer veían tan moderno y tan tolerante la metáfora del hombre que se acuesta con una cabra pondrían el grito en el cielo si su hijo o hija les contase algo tan sencillo como que es gay. Muchos de esos que aplaudían con tanto entusiasmo la zoofilia jamás concebirían que un trío o una sesión de sadomaso fuera una forma digna o decente de sexualidad. La mayoría seguirá mirando hacia otro lado hacia asuntos como la prostitución que es mejor dejar pasar para no pringarse demasiado.

Es fácil, y hasta cómodo, hablar de la tolerancia sexual desde la aberración con la excusa del humor del absurdo. Pero lo valiente, lo realmente osado, es plantear la sexualidad con naturalidad sobre el escenario. Sin explicaciones. Sin debates. Sin justificaciones. Eso, aunque suene mal, lo hicimos en mi grupo con El sexo que sucede, y era curioso observar las reacciones de algunos públicos ante la bisexualidad de una de sus protagonistas. No pretendíamos nada más que plasmar situaciones cotidianas y ni siquiera había un solo desnudo en escena, pero todo lo cargamos de sensualidad. De normalidad.

El problema es que el sexo, cuando es normal y múltiple, sí que escandaliza. Y se ponen carteles prohibitivos como los que acompañaron al estreno de la poco y mal apreciada Shortbus. No, es mucho más moderno plantear el tema de follarse a una cabra. Dónde va a parar...