29.5.07

Treinta

Y nos da tanta rabia que parece nostalgia.
Astrud

Un mes mas y son treinta. Y no es que me importe, o sí, tal vez sí es que me importa, pero parece que ahora se impone hacer balance o negarse a hacerlo. Se exige -sea cual sea, sea la que sea- una intrascendente pero ineludible decisión, una determinación cualquiera. Darle importancia o limitarse a quitársela, fingir que me preocupa o fingir que no me acuerdo, que no hay límite, ni concepto, ni expectativa, ni interrogantes.

Podría obviar, supongo, pero la vida tiene sus cartas y no me va a permitir que pase de puntillas por esta cifra. Por eso este mes se ha complicado -o simplificado, según los cristales de la botella que rompamos para mirar por ella- de repente. Y así elimino tareas, bloqueo números de teléfono, arranco páginas de la agenda y tacho recuadros de mi horario escolar. Y hago huecos y busco espacios para respirar, para retomar, para volver. Regresos a resúmenes y esencias, a cifras cabalísticas que me alejan en idéntica proporción a los lugares donde me acercan.
Y hoy hago una llamada. Y cancelo un compromiso. Y estreno un bote de perfume azul y aroma de mar. Lo dejó esta mañana junto a mí, en uno de esos guiños que me despiertan la sonrisa cuando su ausencia está a punto de torcer el gesto de mis labios. Y salgo a la calle. Y pienso que tal vez me falten horas. Que siempre faltan horas. Que debo aprovecharlas. Y hago trampas de carpe diem y hasta me río del tempus fugit. Me da por el latinajo y por la adolescencia. Por canciones pop. Por recuerdos y sueños que revivo o que, en el mejor de los casos, voy haciendo reales.

Y, con el fantasma de la vida adulta, paso también por los callejones sin salida, por los lugares tapiados, por los muros de esa otra historia, la mía, donde se van cercando los recuerdos ingratos. Y ahora, al empezar etapa, siento que hay más de un muro que derribar, que voy a tener que hacerlo, que tal vez sea el momento de acabar con ciertas franjas de tiempo que me ahogan. Con ciertos campos donde se concentran obligaciones ya banales o vanos desde las que desterrarlas para siempre.

Y este perfume azul que sabe a mar me hace sentir ligero. O me hace sentir oleaje. O me hace reconfortarme cuando pienso que, a pesar de lo imaginado, tampoco el año que viene va a ser exactamente como esperaba que fuese. Pero sigue este olor a mar, a isla griega, a templo pagano donde hacer el amor. Y entonces respiro una vez más y me convenzo de que, al menos, será un paso más hacia esa Ítaca que tanto anhelo. Esa Ítaca compartida que se va aproximando aunque la realidad nos robe horas y el banco, números. Y entonces, cuando respiro el mar que exhala este frasco tan intensamente azul, quedan atrás trenes a lugares remotos, a escenarios lejanos, a telones alzados a costa de una piel que, a ratos, se deshace y a ratos se reinventa. Y me hago mestizo y me vuelvo invisible y me agazapo en las sombras de un día a día que me agota porque van a ser treinta y sigo siendo quince. Porque ellos ya son treinta y yo todavía quince. Porque han cerrado -Astrud dixit- algunos de mis bares, algunas de mis calles, algunos de mis rincones. Porque también cerraron los supuestos amigos, los que nunca lo fueron, los que ahora se destapan en su egoísmo, en su exigencia inútil, en su crueldad inane. Y se abren nuevas puertas. Y nuevos mares. Y este frasco tan azul que parece un pedazo de cielo encerrado en mi baño.

Ellos van a ser treinta. Como los años de Star Wars. Como el aniversario de El Jueves. Y así, entre las nubes de unos y el humor de otros, entre la fantasía y la transgresión, sigo sumando quince. O dieciséis. O -con el permiso de LHR- veintitrés, el año en que todo cambió y empezó la juventud real. La juventud entre maletas y aviones. La juventud con él, que antes de partir me deja mares y aromas para que me impregne de su cuerpo hasta la hora -anhelada y urgente- de su regreso.

27.5.07

Virtudes de lo esférico

Noche ochentera como preámbulo a una intensa jornada electoral que, pese a lo previsible de algunos resultados (¿alguien salvará a los madrileños de la des-esperanza...?), se promete interesante. Obviamente, si esto fuera un blog snobísticamente correcto estaría despotricando contra las elecciones, criticando la ingenuidad de los que votamos y demás monsergas panfletarias que quedan fenomenal en cualquier reunión intelectualmente aceptable. Como de intelectualmente aceptable tengo poco, admito que sigo con interés el día de hoy y que me gusta saber que sumo un uno más (el uno es un número mucho más nutrido de lo que parece) con cada papeleta. Hay vuelcos, como el 14-M, que no se hubieran conseguido de otro modo.

Anoche, tocó renfe, buses y taxis para llegar a la casa lejana pero -sobre todo- cálida de mon frère David, hermanito mayor por cuestión de días (te pillo el mes que viene para sumar ese tres que tanto vértigo nos da este año...) quien, como siempre, se desvivió por y para todos los que allí fuimos. El color de la velada, por cierto, fue el coral, impuesto por las atrevidas camisas de mi chico -no soy objetivo, pero estaba guapísimo, as usual- y del anfitrión -también estupendo, comme d'habitude-, que debieron ponerme de acuerdo sin avisarme aunque, por ser quienes son, no me sentí celoso de tanta afinidad cromática y ni siquiera les reproché que no me avisaran de la tendencia coralista. Quizá por eso, por la afinidad y por el cariño, todo salió tan bien. Seguramente es que David, como es una de las mejores personas que conozco, merece que todo le salga bien. Sí, yo creo que va a ser eso.

Y después, aunque decepcione a mi querida Pal (que espera un post sobre la tiranía de mis amigas y el estrés que me provocan con sus demandas), pude disfrutar de dos de esas personas con las que la comunicación no admite etiquetas porque, simplemente, es excepcional. Porque no fue estresante ir a veros, my girls, sino todo un regalo de esos que de vez en cuando te caen por sorpresa y ante los que solo cabe disfrutarlos con toooooda la delectación posible. Así que allí nos fuimos los tres, a buscar un Morocco que se había escondido en una bocacalle tramposa y a sumergirnos en risas, anécdotas y confidencias mientras el dj se divertía con sus packs de revivals, demostrándonos que en ese local la música la pinchan por tandas y la reciclan por toneladas. El mejor pack, sin duda, el ochentero, justo antes de que viviésemos el flash-back brutal hacia los sesenta y comprobásemos que, al menos en el Morocco, los hombres hetero no saben qué hacer con semejantes músicas. Natural, porque los hombres no hetero tampoco lo tenemos muy claro.

Ritmos aparte, la noche acabó sonándome a Radio Futura, a Alaska, a Los Zombies. Y por eso, en homenaje a una noche redonda, opto por el más esférico de los símbolos ochenteros. Se trata de una bola de color transparente que, en este caso, está en manos de Santiago Auserón. Seguramente el voto sirva para que haya décadas como aquellos ochenta y ciudades como aquel Madrid. Aunque eso, lástima, siga sin ser snobísticamente correcto. Qué le vamos a hacer.

22.5.07

Cristales

Hay días en los que el espejo no me devuelve la mirada. Se esconde en sí mismo, esquivándome, alejándose en una opacidad intensa, desmedida. Son días en los que el cristal acaba hecho pedazos, sin mayor motivo que un detalle olvidado, un instante perdido, un lugar común deconstruido. Nada que no haya pasado antes junto a ese mismo espejo y que, sin embargo, de repente provoca un efecto óptico insólito, deformante, grotesco. Y esos -justamente esos- no son días de analizar, ni de reflexionar, ni siquiera son días de cine o de lectura, porque al leer se tiñen las palabras con la incertidumbre gris del reflejo huido y se acaban llenando líneas ajenas con preguntas propias. Tan solo son días de incertidumbre, de dudas sobre el por qué o el para qué, de confundir causales y finales en un ejercicio burdo de sintaxis que, ante el espejo, acabaremos suspendiendo. Días en los que la melancolía se hace pegajosa y la nostalgia nos estorba en la mirada hacia un espejo donde sigo sin verme. Porque los obstáculos -cotidianos, minúsculos, casi microscópicos- me hacen trabajoso el camino, porque no sé bien qué camino es ese, porque hay demasiadas horas en las que me pongo en duda con esa falta de fe que me caracteriza. Quizá eso hace que algunos obstáculos duelan más, que algunas carreteras se hagan más imposibles, que el caminar canse y la lluvia -esta lluvia que no acaba de estallar y de limpiar calles y conciencia- fatigue tanto. Obstáculos -la mediocridad, la torpeza, la ruindad ajena- que hacen que, en días como hoy, acabe lanzando el espejo por el afilado desfiladero de la memoria.

20.5.07

Cosas de chicos

Dos repartos evidentemente masculinos en dos de las películas más interesantes de este mes. Por motivos y trucos diferentes -que de todo hay en ellas- pero, en cualquier caso, dos apuestas seguras en cada uno de los géneros que, a su modo, dinamitan...
Será mi yo docente o hasta esa vocación de la enseñanza con la que no había contado antes y que, en este (mi primer) curso, me ha atrapado con una fuerza inesperada. En cualquier caso, History Boys consiguió emocionarme incluso a pesar de su realización plana y algo tosca, porque el talento que le falta a su director le sobra a cada uno de sus diálogos y a una interpretación coral donde todos tienen ese toque teatral típicamente británico que -eso va en gustos- a mí me entusiasma. El guión, lleno de preguntas a las que no se responde -porque no sería posible hacerlo-, plantea diferentes modos y formas de enseñar, planteando un ficticio combate entre diversas formas de entender la pedagogía. Entretanto, los alumnos siguen en un proceso de autobúsqueda que el guión sazona con ironía, mordacidad y algo de morbo filogay -lo que también es de agradecer en este tipo de película. La novedad, que los alumnos no necesitan que los salven de ningún tipo de atolladero intelectual o social y que, sobre todo, son seres pensantes. Película que invita al debate y que, a su manera, reinventa desde la ironía y la mirada adulta el género de una de mis debilidades, El club de los poetas muertos.Y la segunda película masculina -Jake Gyllenhaal, Mark Ruffalo y Robert Downey Jr. dan fe de ello- del fin de semana es Zodiac, un thriller donde el climax se sustituye por el anticlimax, ya que el filme -más de dos horas y media de metraje- consigue atrapar al espectador (al menos, yo me vi totalmente inmerso en la historia) sin jugar al morbo del crimen y de su violencia (destripada, y nunca mejor dicho, en el mejor tercio del largo), sino indagando en el proceso de la investigación y en cómo afecta a las vidas de quienes participan en él. La película huye del efectismo y busca modelos estéticos asépticos que la aproximen a un falso documental (con planos y escenas tan elegantes como la que precede al asesinato en el taxi), lo que supone un riesgo para una película que, supuestamente, iba a ser un blockbuster. No lo será, sin duda, aunque sus actores estén impecables y se nos regale, de nuevo, la ocasión de disfrutar de uno de los más atractivos intérpretes del nuevo cine made in USA, Jake Gyllenhaal, el inolvidable protagonista de Brobeback Mountain (por cierto, ¿para cuándo El banquete de boda en dvd?) . Admito -una confesión más- que tengo debilidad por su director, David Fincher, a quien he podido perdonar pequeñeces como The game gracias a joyas como Seven o, sobre todo, su incomprendida El club de la lucha, que sigue siendo la mayor parodia -en realidad, todo un vómito disfrazado de película de acción- sobre y contra el capitalismo que he visto en mucho tiempo. Ahora, una vez más, se inventa un nuevo modelo de thriller y se aleja de sí mismo y de sus comienzos, porque sustituye la sordidez de Seven por el fino humor de Zodiac (impagable la escena del dibujante y sus hijos ante la pizarra de la cocina, cual émulos babies del CSI) y el ritmo trepidante del género por el homenaje lento y calculado de las películas, reportajes, testimonios y fuentes de las que se nutre. Al final, la investigación de un asesino en serie acaba siendo una metáfora de la obsesión, un interrogante sobre la justicia y una pregunta nunca formulada -pero sí sugerida- sobre el feed-back entre la realidad y los mass-media... Pero ese tema lo debatimos otro día...

18.5.07

Arte nuevo de hacer comedias

Esta semana me quedo, sin duda, con dos nuevos métodos cómicos de diferente calado pero resultado similar.

El primer instante es la conversión mediática de Sebastián, candidato a la alcaldía madrileña, ante las cámaras de TVE-1. El candidato pasó de ser el aspirante gris cuyo nombre nadie recordaba a convertirse en la versión política de Karmele Marchante, exhibiendo fotos de Interviú en su más que personal interpretación de lo que debe ser un debate político. A Gallardón se le congeló la sonrisa y, con él, a todos los (escasos) espectadores que seguíamos ese debate que alguien tuvo la genial idea de programar el mismo día de la final de la UEFA...

El segundo momento cómico es la más que recomendable película El infierno, sobre una idea (es un decir) del siempre pesado, aburrido e insufrible Kiewlowski. Este señor, de apellido absolutamente imposible, ya nos atormentó en vida con bodrios como la sobrevalorada trilogía cromática, donde Juliette Binoche abría muchos los ojos para mostrar no sabemos qué sentimiento en la soporífera Azul, Irene Jacob fingía tener mucha vida interior en la insulsa Rojo y Julie Delpy intentaba resultar creíble en la innecesaria Blanco. Pues bien, el tal Kiewlowski sigue torturándonos desde el más allá, gracias a coproducciones imposibles en las que se retoman guiones que él -afortunadamente- no pudo rodar. En este caso, la película se llama El infierno (se llama así porque el espectador cree que jamás va a salir del cine) y forma parte de otra trilogía que no acabó (las otras son claro, el cielo y el limbo: esta última debe ser fascinante). La trama gira en torno a tres hermanas que sufren mucho por algo que solo se nos explica al final y que, la verdad, nos importa un bledo. Durante la hora y media que dura esta pesadilla, el director nos plantea unas 789 metáforas diferentes, a cual más obvia y más simple, incluyendo monólogos donde se nos resume la historia de Medea y otros fragmentos igualmente pedagógicos. Lo mejor, sin duda, las lecturas del libro Guinness de los records que la hija mayor hace ante su madre muda (no sabemos por qué está muda ni por qué la han peinado tan mal ni por qué han contratado a los maquilladores de los Morancos en esta ocasión). En una escena, supuestamente intimista, la hija comienza a leer el siguiente texto: "Pollo que ha aguantado más tiempo vivo sin cabeza: se llamaba Mike y vivió 18 meses sin cabeza hasta que se atragantó con un grano de trigo". Lógicamente, la sala también estuvo a punto de morir atragantada -de la risa- mientras la música ponía punto y seguido a esta notable escena y pasaba a otro momento aún más sublime. Por cierto, que la traducción tampoco tiene desperdicio con frases como: "Perdone, su profesor se ha ausentado unos minutos para ir a la Acrópolis" (la acción sucede en París) en vez de "Perdone, su profesor se ha ausentado unos minutos para dar un seminario sobre la Acrópolis". Obviamente, la película es lo más pretencioso, insufrible y rancio que he visto en años -solo comparable a las estupideces de Anton Reixa y a alguna que otra salida de tono del cada día más soporífero Cesc Gay, que se cree que ha reinventado la sutileza...-, pero merece la pena con tal de echarse unas risas o, como dijo un buen amigo mío, para regalarse a lo largo de su metraje "un sueñecito no lineal".


Y, como cierre, una de las fotos que más me han gustado recientemente: la imagen de la baronesa Thyssen vestida monísima y conjuntadísima para encadenarse a un árbol. ¿Quién dijo que no se podía ser un revolucionario fashion y hasta de alta costura? El personaje, lo admito, me cae bien, porque gracias a ella tenemos esa maravilla del Thyssen en Madrid y, aunque solo sea por el lujo de sus exposiciones (la del retrato es, una vez más, asombrosa) tiene todo el derecho a encadenarse cuanto le plazca. Eso sí, espero que siga haciéndolo con el modelito apropiado (véase la imagen), que siempre viene bien un poquito de glamour ecológico para variar.

16.5.07

A mi don Giovanni ;-)



Música y armonía. Libertad para llenar pentagramas, mapas y recovecos geográficos y corporales. Sábanas que son un atlas o una partitura. Libretos donde don Giovanni redime a Leporello o Leporello a don Giovanni, porque la identidad es tan única que se difuminan los borrosos límites de la distancia y tan solo permanecen las notas rotundas de la proximidad. Del sexo orquestado por el ansia, por la vehemencia, por el anhelo. Música y armonía o cine y ópera, como este Losey que resume, a su modo, parte de nuestra síntesis. Este Losey que hoy, en un día tan especial, es el mejor regalo que puedo hacerte. El resto, los que tienen que ver con la piel, llegarán en tan solo unas horas... Felicidades.

14.5.07

L'ivresse du pouvoir


Árida y densa. Como las perfidias más afiladas de Chabrol -¿qué sería del cine europeo sin su retrato de nuestra sociedad?- y las miradas profundas -esta vez, menos turbias- de la Huppert.
Y de un guión lento, sin más acción que la verbal, sin más personajes que los estrictamente necesarios, sin más hechos que los previsibles desde el primer minuto de película, se teje -sin embargo- un retrato sólido y asfixiante de eso que nos rodea y que, entre todos sus camuflajes, acaba teniendo siempre la misma esencia: corrupción, manipulación, poder.

L'ivresse du pouvoir, inteligente en planteamiento, no se queda en el escándalo puntual -aunque se ambiente en los escándalos financieros de la era Chirac-, sino que -más allá de las operaciones Malayas de rigor- ataca dos dianas mucho más complejas. Una, la más lejana: los círculos intocables que sustentan ese circo de corruptelas y sobornos, la infraestructura que se mantiene ajena a la justicia y a su acción, el bosque que -como en el plano que metafóricamente cierra la película- sobrevive al talado de algún que otro árbol con el que contentar a las masas.

Otra diana, la más arriesgada, mucho más próxima: la del riesgo de autoembriagarse, emborracharse, enajenarse. La posibilidad de perder los límites de la ética personal al vernos con el más mínimo poder. Con la más mínima opción de ejercerlo. Y ahí, en ese juego de identidades, es donde el filme gana su mayor baza. Porque se atreve con un tema demodé: la ética individual, pero necesario. Y si no, basta con escuchar a todos los que ponen el grito en el cielo por el precio de la vivienda y, acto seguido, confiesan que están comprándose un piso como inversión. Para alquilarlo o para revenderlo. Pero como inversión... La suya es una especulación minúscula, casi invisible, pero real y palpable. Otra forma de corrupción que toleramos y ante la que asentimos convencidos. Haces bien, responderemos, haces bien en contribuir con tu granito de arena a esta sinrazón del suelo inasequible y la vivienda digna como utopía irrealizable para la mayoría de la población.

La película, desde luego, no parece tener gran fe en el ser humano, aunque personajes como la jueza compañera de la Huppert y el sobrino de su marido -un estupendo secundario cargado de ambigüedad/humanidad- nos permitan respirar con cierto alivio y sentir que, tal vez, ser fiel a uno mismo sí es posible.O, por lo menos, merece la pena intentarlo.

8.5.07

Rechazo frontal

No a la condescencia con hechos religiosos misóginos, violentos, homófobos, asesinos y brutales.

No a la confusión de la tolerancia de la fe -que cada cual crea lo que quiera y lo que le parezca- con la castración de los derechos fundamentales. No a la modernidad malentendida de defender ritos que perpetúan la mutilación de la libertad de las mujeres, de los hombres, de todos los que se ven sometidos a religiones que les humillan, ya sea instituciones que resucitan el infierno y el miedo -como el actual y temible Ratzinger, portavoz de los tiempos de la más oscura inquisición- ya sean formas bárbaras de inconcebible crueldad como las de las sectas islámicas más ortodoxas.

Y no a la utilización morbosa de imágenes tan crueles como la lapidación en Irak de una joven de 17 años que hoy hemos visto una y otra vez en todos los canales, programas y noticiarios. Hay que informar y denunciar, pero no se debe exhibir un acto tan inhumano, tan animal, tan absolutamente detestable como si se tratara de una snuff movie. No querían informar, querían ganar espectadores deseosos de escandalizarse, de rasgarse las vestiduras mientras asistían impertérritos a unas imágenes que, habituados a tanta violencia audiovisual, ya ni siquiera nos conmocionan. Unas imágenes que le dan la razón a Hobbes -clarividente Hobbes- y que me hacen envidiar las medidas de la sí avanzada Francia, donde se prohíben velos y demás castraciones de la identidad femenina en sus centros educativos, por ejemplo, donde se cree que la integración no es permitir la discriminación oficial de ciertas religiones, sino abolir las diferencias y apostar por intentar la convivencia, aunque sea difícil y complejo.

Y en nuestro país, nuestro religioso católico y ultramontano país, dos mujeres más han muerto este fin de semana a manos de bestias que decían ser sus parejas. La rabia y la cólera se me quedan pequeñas ante tanta barbarie.

¿Esto -de verdad que esto- es el siglo XXI?

Eurovision days

Cuando Sakis Rouvas (ver foto ilustrativa justo sobre estas líneas) no presenta Eurovisión, el certamen pierde un 99% de su interés. El ex-gimnasta también llegó a cantar (es un decir) una célebre canción que, si no recuerdo mal, mon cher Dave, ma cherie Eva y otros tantos locos como yo vimos unas 456 veces repetidas en el dvd durante la misma velada. Después se nos pasó la obsesión y conseguimos no engancharnos a Misión Eurovisión, lo que no fue difícil gracias a la insulsez de las canciones (ni siquiera eran horteras, tan solo simplemente vulgares) y la sosería de Paula Vázquez, que cuando no presenta en bikini, también pierde bastante.
Este año, para no perder las costumbres, los griegos insisten en su desfile de kurós, solo que en esta ocasión apuestan por un tal Sarbel, modelo quasi-buenorro jovencito a medio hacer entre el yogur desnatado y la cuajada de barrio (de nuevo, la imagen acompaña estas siempre imprescindibles palabras), con una estética que de puro plumífera mata cualquier intento de seducción y/o arrebato sexual. El chico se mueve con la sensualidad entendida a lo Chayanne, es decir, grandes giros sobre sí mismo y caderazos mezcla del taekwondo y el merengue, pero aporta algo de testosterona al que promete ser el festival más aburrido de los últimos años.

En el caso de España, presentamos una joya musical llamada Nash y, por problemas legales, rebautizada D'Nash en un alarde de creatividad de los dueños de la franquicia. La canción, con el poético título I love U, mi vida (estribillo: I love U mi vida, i-e-o, i-e-o), ha sido compuesta (warning: ironía) por Rebeca, aquella musa de la canción higiénica de los 90: y peino mi pelo, y pinto mi cara, me baño en la noche, me pierdo en la playa... Dudo sobre la corrección de la cita de semejante poesía, pero creo recordar que acumulaba unos cuantos verbos similares en su inolvidable estribillo, rematado con aquel duro de pelar, duro de pelar, yo siempre en casa, loca por amar que, amén de su misoginia recalcitrante, marcó -para mal- tantas tiernas generaciones de adolescentes. Y hoy, treintañeros ya los adolescentes duros de pelar de aquel entonces, asistimos al derrumbe del folklomito en carnes pantojiles, al infantimiento de nuevos bebés que vivirán del cuento de reyes y reinas igual que sus borbónicos ancestros y a la ruina del euromito en los tintes rubios d'nasheros, gracias a estos cuatro pipiolos que tratan de ser ídolos de crías adolescentes a las que, una vez más, se les vende un producto no apto para su consumo... Es curioso que todos estos cantantes raquíticos de talento -en cuanto a sus espaldas, suelen estar mejor- se conviertan en producto para adolescentes incautas que todavían no identifican los pertinentes armarios de cada uno de ellos. En este sentido, nada mejor que un destape a lo Daniel Zueras: cutre -no quiero enamorarmeeeee, quiero estar dentro de ti- pero sincero.

Entre los ex-ídolos para adolescentes de cuarto oscuro, vaya hoy nuestro homenaje para el igualmente eurovisivo Raúl. Sí, sí, aquel de hace tanto que sueño su boca que la vida se me ha vuelto loca... Tras semejante pareado -su calado aún espera la aportación investigadora de algún filólogo aburrido-, la joven superstar sacó una colección en fascículos titulada Los secretos de Raúl... En la colección, que comenzaba con el regalo de un neceser rosa para sus fans..., se omitió -suponemos- el mejor secreto de todos -presente la semana pasada a horas intempestivas en el siempre intempestivo Polana-, que tal vez hubiera relanzado su ya extinta carrera. Y es que los gays, puestos a relanzar carreras, somos únicos. Con tal de subirse a nuestro carro-pride, relanzamos al primero que se nos pase por delante. Obviamente, con tanto disco gay, peli gay, libro gay y demás, no damos abasto para la cultura de verdad, porque desentrañar textos como las letras como las que Marta Sánchez ha escrito para su último disco nos roba mucho tiempo... Menos mal que Carlos Jean ha mezclado la música intentando sepultar las palabras, para que no podamos identificar las miss-sanchezadas que se le pasan a nuestra madonna de chamberí por la cabeza...

Semana, desde luego, apretada en lo cultural. Incluyendo el estreno de la intriga made in Antena 3, Círculo rojo, donde los autores de la tramposa Motivos personales se plagian a sí mismos y nos dan nuevos motivos -personales, impersonales y motivos a secas- para adorar el emule y las series norteamericanas... Sobre todo ahora que la tercera temporada de Desperate Housewives prescinde de la intriga innecesaria y se sumerge de lleno en la alta comedia (estupendos episodios del 16 en adelante) o que House sigue profundizando en sus personajes protagonistas... Incluso el caos de Lost y su más que decepcionante capítulo 3x18 (el personaje de Julliet dando tumbos, la paracaidista apareciendo sin motivo, Desmond estropeando cada plano en el que aparace...) sigue enganchándonos más allá de cualquier subproducto made in Spain. Y eso a pesar del cansancio que me provocan ya sus tramas, sus giros de guión cada día más esperables, la reiteración de algunos personajes y la manera en que van desdibujando algunos de los más interesantes, como Locke o Sawyer. Por no hablar de que tanto Jake como Sawyer están cada día más cebados y menos atractivos, convirtiendo al coreano en el mejor cuerpo -actual- de toda la serie.
Por eso y sin ningún motivo aparente más allá de nuestro deseo de ser erráticos y aculturales, esta vez cerramos post con el nuevo mito erótico-festivo-nacional: Darius/Darek. Personaje de nombre tan dudoso como su talento haciendo monólogos. Pero, ¿quién quiere oírlo hablar? Sus dos portadas de este mes (en Man -ver arriba, allá donde los abdominales se ganan su nombre- y Men's Health, ya saben, dos heteromagazines que duplican sus ventas cuando sacan portadas filogays) le hacen merecedor de este hueco en nuestros corazones. Si alguien estaba pensando en abrir otro tipo de huecos, eso ya es cosa suya...

4.5.07

Ciudades con dueño

Es hermoso poseer una ciudad. Disponer de un lugar común donde huir cuando resulta necesario, ya sea en la inminencia de un viaje o en la nostalgia idealizada de un recuerdo. Una ciudad con nombres y calles propios, con personajes reales o inventados, con trazados secretos por donde nadie podría seguirnos o, al menos, encontrarnos. Tal vez acabaran dando con nuestro paradero, porque no es difícil imaginarnos en ciertos sitios a los que somos tan proclives, aún así, siempre encontraríamos un hueco o una puerta falsa para seguir en la anonimia de un placer mutuo que nada ni nadie podría interrumpir.

Y esa ciudad, en nuestro caso, no es Bruselas. No podría serlo con su provincianismo, su atraso cultural, su torpeza urbanística. Y eso que lo hemos intentado, que hemos tratado de rastrear en sus calles cacofónicas algo más que la rudeza de una ciudad gris que se sueña metrópoli sin serlo. Tú ya llevas mucho tiempo allí y yo, a mi manera, siento que también. Y aunque le tenga cariño a mi modo -gracias a esa ciudad soy lo que soy en ti- no es nuestro lugar.

El lugar, evidente, es París. Porque en viajes como este nos permite sumergirnos en su estridencia cultural, en su exquisita frivolidad, en sus escaparates y sus librerías, sus restaurantes y sus parques, sus museos y sus boutiques. Todo tiene cabida en una ciudad que se sabe moderna, que se sabe clásica, que se luce y exhibe con esmero ante el voyeurismo de quienes la admiran por primera vez o de quienes, como nosotros, se convierten en sus amantes habituales.

Y en este caso, tres visitas a tres de esas exposiciones menores que, sin embargo, merecen un viaje. Tres recomendaciones que, si alguien quiere seguir, tienen más encanto -y hasta más arte- del que parece...

La primera, una muestra de la obra gráfica de David Lynch. Tan asfixiante, retorcida, obsesiva e irónica como su creador. Llena de grandes collages y piezas mínimas, de muestras de forzado expresionismo y de íntimo surrealismo. Obras sobre lienzos canónicos o sobre post-it y bolsas anti-mareo de Air-France. Mezcla, deconstrucción, posmodernidad y caos. Todo lo que Lynch ofrece en su cine irrepetible y que ahora la Fundación Cartier -en su espléndido edificio- ofrece en una muestra única.

La segunda, una exposición casi teatral: el vestuario ideado por Gaultier para un espectáculo de danza-teatro llamado Le Defile que, a su vez, parodiaba el mundo de la moda. La muestra, en la zona del Louvre dedicada al diseño, destaca no solo por lo colorista y atrevido de su contenido (no soy, en todo caso, muy afín a Gaultier, que me parece tiende a lo macarra y fácilmente querelle-ista con demasiada frecuencia) sino por lo excepcional de su continente. Los vestidos se exhibían en vitrinas, plataformas y rudimentos giratorios absolutamente teatrales, dotando de una segunda vida escénica a cuerpos inertes y jugando con elementos como la superposición de sombras o el movimiento circular como motores de una revitalización que tenía mucho de juego y de inteligencia. De nuevo, un ejemplo para museos como el Prado, donde si algo falla es la imaginación -y las ganas- a la hora de coordinar exposiciones con contenidos mucho más vistosos de por sí...

Y la tercera, una pequeña -y deliciosa- sorpresa en... unos grandes almacenes. Y es que Le bon marché ha organizado un homenaje a Cannes creando una particular sala de cine en su sótano y decorando cada butaca con una fotografía significativa del año en cuestión. El recorrido por la historia del cine -americano y, sobre todo, europeo- es impecable e imprescindible para cualquier cinéfilo. Su catálogo, con unas fotos estupendas, sumó unos cuantos kilos más a mi maleta que, gracias al check-in on-line no sufrió las iras de ninguna compañía aérea y pudo subir conmigo al avión.

Además, claro, también hubo cenas, paseos, sexo (mucho y tórrido, bien sur) y hasta sandalias, porque el clima -en su enloquecido enloquecer- decidió verano en Bélgica y Francia, de modo que mis pies retomaron el sano hábito de la desnudez al que también aspiran opositar en breve en este ahora lluvioso Madrid.

El regreso, salpicado de repentina soledad (a punto de acabar con ella en tan solo un par de días) y, sobre todo, de mediocridad patria. Con sucesos como la batalla campal en Malasaña (tanta violencia hace dudar sobre el papel de los educadores en todo esto... ¿de qué sirve nuestra labor y cómo hay que conducirla?) o con declaraciones tan homicidas como las de Aznar sobre la bebida en carretera y su parodia del eslogan de la DGT (¿es posible mayor irresponsabilidad?). Por eso, entre otros muchos motivos, es bueno poseer una ciudad. Porque así la huida sigue siendo posible.