4.5.07

Ciudades con dueño

Es hermoso poseer una ciudad. Disponer de un lugar común donde huir cuando resulta necesario, ya sea en la inminencia de un viaje o en la nostalgia idealizada de un recuerdo. Una ciudad con nombres y calles propios, con personajes reales o inventados, con trazados secretos por donde nadie podría seguirnos o, al menos, encontrarnos. Tal vez acabaran dando con nuestro paradero, porque no es difícil imaginarnos en ciertos sitios a los que somos tan proclives, aún así, siempre encontraríamos un hueco o una puerta falsa para seguir en la anonimia de un placer mutuo que nada ni nadie podría interrumpir.

Y esa ciudad, en nuestro caso, no es Bruselas. No podría serlo con su provincianismo, su atraso cultural, su torpeza urbanística. Y eso que lo hemos intentado, que hemos tratado de rastrear en sus calles cacofónicas algo más que la rudeza de una ciudad gris que se sueña metrópoli sin serlo. Tú ya llevas mucho tiempo allí y yo, a mi manera, siento que también. Y aunque le tenga cariño a mi modo -gracias a esa ciudad soy lo que soy en ti- no es nuestro lugar.

El lugar, evidente, es París. Porque en viajes como este nos permite sumergirnos en su estridencia cultural, en su exquisita frivolidad, en sus escaparates y sus librerías, sus restaurantes y sus parques, sus museos y sus boutiques. Todo tiene cabida en una ciudad que se sabe moderna, que se sabe clásica, que se luce y exhibe con esmero ante el voyeurismo de quienes la admiran por primera vez o de quienes, como nosotros, se convierten en sus amantes habituales.

Y en este caso, tres visitas a tres de esas exposiciones menores que, sin embargo, merecen un viaje. Tres recomendaciones que, si alguien quiere seguir, tienen más encanto -y hasta más arte- del que parece...

La primera, una muestra de la obra gráfica de David Lynch. Tan asfixiante, retorcida, obsesiva e irónica como su creador. Llena de grandes collages y piezas mínimas, de muestras de forzado expresionismo y de íntimo surrealismo. Obras sobre lienzos canónicos o sobre post-it y bolsas anti-mareo de Air-France. Mezcla, deconstrucción, posmodernidad y caos. Todo lo que Lynch ofrece en su cine irrepetible y que ahora la Fundación Cartier -en su espléndido edificio- ofrece en una muestra única.

La segunda, una exposición casi teatral: el vestuario ideado por Gaultier para un espectáculo de danza-teatro llamado Le Defile que, a su vez, parodiaba el mundo de la moda. La muestra, en la zona del Louvre dedicada al diseño, destaca no solo por lo colorista y atrevido de su contenido (no soy, en todo caso, muy afín a Gaultier, que me parece tiende a lo macarra y fácilmente querelle-ista con demasiada frecuencia) sino por lo excepcional de su continente. Los vestidos se exhibían en vitrinas, plataformas y rudimentos giratorios absolutamente teatrales, dotando de una segunda vida escénica a cuerpos inertes y jugando con elementos como la superposición de sombras o el movimiento circular como motores de una revitalización que tenía mucho de juego y de inteligencia. De nuevo, un ejemplo para museos como el Prado, donde si algo falla es la imaginación -y las ganas- a la hora de coordinar exposiciones con contenidos mucho más vistosos de por sí...

Y la tercera, una pequeña -y deliciosa- sorpresa en... unos grandes almacenes. Y es que Le bon marché ha organizado un homenaje a Cannes creando una particular sala de cine en su sótano y decorando cada butaca con una fotografía significativa del año en cuestión. El recorrido por la historia del cine -americano y, sobre todo, europeo- es impecable e imprescindible para cualquier cinéfilo. Su catálogo, con unas fotos estupendas, sumó unos cuantos kilos más a mi maleta que, gracias al check-in on-line no sufrió las iras de ninguna compañía aérea y pudo subir conmigo al avión.

Además, claro, también hubo cenas, paseos, sexo (mucho y tórrido, bien sur) y hasta sandalias, porque el clima -en su enloquecido enloquecer- decidió verano en Bélgica y Francia, de modo que mis pies retomaron el sano hábito de la desnudez al que también aspiran opositar en breve en este ahora lluvioso Madrid.

El regreso, salpicado de repentina soledad (a punto de acabar con ella en tan solo un par de días) y, sobre todo, de mediocridad patria. Con sucesos como la batalla campal en Malasaña (tanta violencia hace dudar sobre el papel de los educadores en todo esto... ¿de qué sirve nuestra labor y cómo hay que conducirla?) o con declaraciones tan homicidas como las de Aznar sobre la bebida en carretera y su parodia del eslogan de la DGT (¿es posible mayor irresponsabilidad?). Por eso, entre otros muchos motivos, es bueno poseer una ciudad. Porque así la huida sigue siendo posible.

4 comentarios:

Mari dijo...

él me mandó aquella foto frente al Pompidou, ahí donde los chicos se sientan a no hacer nada, mientras miraba las nubes. Yo se lo pedí y él me la envió.

Arual dijo...

Eres un fantástico narrador de tus viajes, y me alegra leer que has sido tan feliz en "vuestra" ciudad, París. Si este verano nada lo impide yo también me escaparé allí con mi chico unos días, aunque desde luego no sabré contarlo tan bien como tú lo haces, no sabes cuando disfruto leyéndote, un beso cielo!

PD. Los acontecimientos en Malasaña merecen un punto y a parte, ¿qué nos está pasando? No lo sé...

SisterBoy dijo...

Tu post parisino me ha hecho recordar otras dos entradas parisinas de blogs que frecuento

http://lachicadelatele.blogspot.com/2007/03/oh-la-la.html

http://raestaenlaaldea.blogdrive.com/archive/cm-4_cy-2007_m-5_d-4_y-2007_o-20.html

A ver si entre estas tres visiones nos hacemos una idea los que nunca hemos ido (y tardaremos bastante en ir)

He oido lo de Aznar. Este hombre es como Bill Murray en "Atrapado en el tiempo". Todas las mañanas cuando se levanta es 11 de Marzo. Pero en esta ocasión, y al contrario que en la pelicula, dudo mucho que consiga salir nunca de ese día

inquilino dijo...

A menudo, no es lo que se cuenta, sino cómo se cuenta. Como tampoco es lo que se expone, sino cómo se expone. La literatura, el cine, el arte o la vida son cuestión de matices, de gestos. El regalo más insignificante -un simple folleto- cobra el más extraordinario y hermoso de los significados por todo lo que de vivencias compartidas, complicidades y presencias en la distancia implica. No es, en definitiva, lo que se vive, sino cómo y con quién se vive.