31.8.07

Ciudada-¿no?-s

El comienzo de este nuevo curso escolar está marcado, sin duda, por los siguientes hitos:

1. El estreno de la película más tonta del año: Bratz, the movie. Su eslogan y grito de guerra, "No tengo nada que ponerme", es el equivalente textil al "Salva la animadora, salva al mundo" de la serie Héroes. En este caso, lo que hay que salvar es el armario, tanto el de la protagonista como el de algún que otro espectador que se cuele a verla... El argumento, que dudamos que exista, es el de típica peli teen, pero sus protas son las muñecas esas espantosas que han pretendido -osadas ellas- competir con la Barbie.

2. La campaña más penosa -y mira que es difícil- de la vuelta al cole de El Corte Inglés, donde los niños son elfos, los colegios son reinos mágicos y los profesores imagino que seremos algo así como hadas (como las Bratz, para ser hada tampoco tengo nada que ponerme) en un spot más cursi y ñoño que el acordeón y los pajaritos de María Jesús.

3. Las fascinantes nuevas colecciones por fascículos, entre las que destacamos Construye tu propia casa andaluza (a ver, quién no quiere tener una casa andaluza en su salón), Construye tu propio galeón español (complemento perfecto para la casa: así el tipismo se agrava con consecuencias nocivas para nuestra salud visual), los minicuentos de Calleja (por si la vista no la hemos estropeado lo bastante con tanta maqueta cutre, así nos aseguramos quedarnos miopes definitivamente), los muñecos de porcelana de la infancia (cierto, ¿quién no ha tenido un gato con botas de porcelana en su infancia, eh?) o, sobre todo, la colección Vuelta al cole con las Supernenas (que no son las Bratz, pero como si lo fueran). De esta última colección, por supuesto, pienso hacerme con el estuche rosa y la carpeta rosa y la mochila rosa y todo cuanto han teñido de rosa sus creadores, que han decidido que supernena=rosa igual que Bárbara Rey=telebasura, en fin, son pequeñas ecuaciones que nunca fallan.

Pero, además de estos eventos culturales, el nuevo curso comienza con la bonita y relajada polémica de: NO A LA CIUDADANÍA. Es estupendo pararse a reflexionar, al menos un momento, sobre el significado profundo de esta negación que haría que Aristóteles volviese a morirse en caso de que le diera por resucitar. Básicamente, este lema supone negarse a la dimensión ética, cívica y política de todo ser humano. Así que, Espe y sus compinches podrían alentar la objeción de conciencia con lemas como NO A LA CIUDADANÍA, SÍ A LO TRIBAL o NO A LA CIUDADANÍA, SÍ A LA ANTROPOFAGIA. Y es que supongo que es mejor comerse a los que piensen diferente, en vez de intentar entenderlos y respetarlos.

No sé, sinceramente, quién impartirá esta asignatura, aunque supongo que los más jóvenes de cada instituto -es decir, los pringados que acaban de empezar, como yo- tendremos el placer de estrenarla. Y, francamente, la asignatura -su programa es más que sensato y necesario, si atendemos al nivel nulo de formación política y social de nuestros alumnos- no es más que la sistematización de unos contenidos llamados transversales que han aprobado previamente todos los partidos en todas sus leyes educativas anteriores. Estos contenidos suponían que, mientras se impartía la asignatura -ya fuera matemáticas, lengua, inglés o acupuntura-, se debían incluir contenidos que favorecieran la convivencia y el sentido ético y cívico de los alumnos. De este modo, se invitaba a que los problemas matemáticos tuvieran fondo moralizante o a que en las clases de idiomas se escogieran textos que tratasen temas de este tipo. De este modo, se recomienda que para analizar sintácticamente una oración se planteen enunciados como "La basura debe reciclarse" en vez del habitual "Pedro y María juegan con sus Bratz en el parque". Lógicamente, la inventiva del profesor no siempre tiene la transversalidad suficiente, así que los contenidos transversales acaban siendo más bien colaterales, como los daños en la paciencia del docente.

Ahora se sistematiza todo eso y se crea una asignatura que trata de explicar a los adolescentes qué es esto de la democracia, cómo funciona y en qué consiste, además de que hacerles reflexionar sobre temas relativos a la convivencia, la marginación y las diversas clases de fobias y violencias que hacen invivible nuestro marco social. No se trata de adoctrinarles para que piensen como nosotros, sino de darles las herramientas para que, de una vez, empiecen a pensar. ¿Se puede refutar un sistema sin conocerlo? Obviamente no. Es como yo si pretendiera criticar a las Bratz sin haberlas comparado en profundidad con las Barbies. Mi juicio sobre esta delicada cuestión no se sostendría.

En cualquier caso, Espe y sus objetores son, además de ruidosos, muy ingenuos. ¿Creen que esos contenidos no los impartimos ya los profesores concienciados sobre ellos? ¿De verdad piensan que la docencia es aséptica y que no se transmite ningún tipo de ideología? Lógicamente, los profesores tratamos de resultar impersonales en cierta medida a este respecto y, sobre todo, de no manipular ni influir negativamente. Pero en nuestro día a día afrontamos mil situaciones que nos obligan a posicionarnos ante nuestros alumnos para comunicarles una visión de la sociedad que sea constructiva. Así, cuando oímos decir un sonoro maricón en nuestras aulas -no siempre por motivos de homofobia, sino por puro mal hábito lingüístico-, podemos optar por hacer oídos sordos o por explicar por qué la opción sexual de cada persona no debe ser jamás un insulto ni utilizarse como tal. Y cuando se repiten tantos terribles episodios de violencia sexista, podemos optar por trabajar textos periodísticos que hablen de cuestiones inocuas o llevar un reportaje sobre los malos tratos para concienciar a los futuros hombres y mujeres que tenemos ante nosotros de una lacra tan enorme como esa. Y hasta cuando en mi programa de Literatura me asomo al texto de La Celestina, tengo que volver a elegir entre dar apuntes anodinos y blancos, o profundizar en el texto y en su sentido profundamente humanístico, en su mirada crítica sobre la sociedad y en su defensa de que somos lo que hacemos y lo que perseguimos, en su reivindicación de los sectores marginales, en su negación de que no somos quienes nacemos o quienes nos dicen que somos, ya estemos en el bando de los Calistos o en el bando de los Sempronios y sus prostitutas.

Según los medios crispantes que le gustan a Espe, el nuevo curso va a ser una guerra entre los que queremos vivir con otros ciudadanos y los que prefieren compartir su existencia con futuros borregos embrutecidos. La guerra, sin embargo, se libra cada día dentro de las aulas, aunque Espe y sus objetores no lo sepan y, peor aún, no lo valoren (¿por qué el trabajo docente solo es objeto de críticas y nunca se le da el valor que tiene?). Y esa guerra es mucho más minúscula, diminuta e invisible. Y, sobre todo, mucho más importante. Tanto como encontrar el top perfecto cuando se es una Bratz. O la laca perfecta cuando se es una Espe.

28.8.07

Feísmo

Vivimos en un país hortera. Hortera, cateto y vulgar. Al menos, esa es la única conclusión que puedo sacar ante ciertos ¿espectáculos? de diversa índole... Como si de un episodio de House se tratase, vayamos prueba por prueba...

1. Las fiestas populares
Correr delante de unos cuantos toros y lamentar las víctimas de cada encierro es, sin duda, una de las tradiciones más hermosas de nuestro país. A este acto profundamente lírico, hay que sumar el gusto por verbenas, orquestas rancias, bailes chuscos y demás parafernalia festiva. En mi caso, me sobrecogió la conducta de los asistentes al día en que corrían las fuentes en la Granja. Seré snob -me gusta serlo en ocasiones- y lo compararé con el verano en que asistía al día en que corrían las fuentes de Versalles:
a) En Versalles, se hicieron funcionar durante dos horas por la mañana las fuentes del lado Este y durante otras dos horas por la tarde, las del lado Oeste. Se instalaron discretos altavoces por los jardines para acompañar las fuentes con música barroca orquestada, con exquisito gusto, por Jordi Savall. Los visitantes caminaban tranquilamente viendo cuanta fuente les apetecía, sin aglomeraciones.
b) En la Granja, se abrían las fuentes una por una, de modo que todo el mundo se agolpaba en torno a la misma fuente, dando lugar a una preciosa aglomeración en la que, obviamente, era imposible ver nada. Una vez que se abría la fuente, solo se dejaba que funcionase con normalidad durante unos cinco minutos y, cuando por fin podíamos disfrutar del hermoso dibujo trazado por el agua -pura arquitectura acuática-, se daba la máxima potencia a todos los surtidores para mojar a los asistentes (hecho en el que, al parecer, residía el máximo placer de la fiesta). Los asistentes, a su vez, iban disfrazados de animales diversos -pollos, gallinas, vacas...- y se tiraban a las fuentes una y otra vez, con el mismo ánimo primitivo y tribal que los horteras madridistas que arruinan la fuente de la Cibeles y se apropian de un monumento de todos para su lamentable celebración.
El símil entre ambos eventos no requiere muchos más matices. Pero resulta triste que, no solo se permita, sino que hasta se jalee que la gente se tire a hacer el idiota a unas fuentes que son patrimonio artístico y en las que sobrevive -no me explico cómo- parte de nuestro poco conocido siglo XVIII.

2. La televisión matinal
Este largo verano de profesor -nunca pensé que se pudieran tener tantas vacaciones... y aún así, parece que ya tocan a su fin-, he podido disfrutar alguna que otra mañana de la maravillosa televisión que nos ofrecen todas las cadenas. Como debía escribir un par de obras de teatro, además de redactar unas unidades para los nuevos libros de texto en los que ando trabajando, el televisor era una excusa perfecta para no hacer nada. Y allí, camuflado entre el lamentable programa de Silvia Jato y los feísimos narcisos de Telecinco (un Maxim con más pluma, soberbia y vacuidad cada día, y un Oscar absolutamente prescindible y pésimo comunicador), apareció la joya matinal: la nueva Ruleta de la Fortuna.
En esta nueva versión del programa de toda la vida, la novedad consiste en que el público ¡canta y baila! Así, se entonan versiones ruletizadas de clásicos populares como Macarena, entre otros. También se grita "que boten, que boten" y otras tantas catetadas que hacen reír mucho al público, que encantan al espectador y que gustan mucho a los concursantes. A mí, la verdad, casi me da un soponcio de tanto feísmo...

3. Supermodelos
Sí, ha vuelto, al fin tenemos el concurso más lamentable de la televisión, solo superado por Confianza ciega y Nadie es perfecto. Y así, en un programa que supuestamente versa sobre el mundo de la moda, podemos contemplar a una presentadora (¿se puede hacer peor que Judit Mascó?) disfrazada de gladiadora con un cinturón dorado fuera de moda y de temporada; una profesora de estilismo disfrazada de Gilda y que combina unos shorts tejanos con un tutú; un jurado experto en estética que parece la versión cutre de Anton Ego; un profesor de baile que da vergüenza ajena; un entrenador personal enanito y supuestamente cachitas que imita los discursos de Clint Eastwood en El sargento de hierro... Y, como colofón, el desfile de uno de los diseñadores más sobrevalorados de nuestra moda: Custo, célebre por estampar caras de personas en camisetas horrendas, además de por diseñar prendas sin talla, que sirven como abrigo, como cortina o como mantel, según se prefiera. El programa, por supuesto, estuvo lleno de problemas de producción (vídeos que no entraban, cámaras que se cruzaban con la presentadora...) y ni siquiera supieron rodar bien el desfile, ya que las cámaras no parecían aptas ni bien situadas para la nueva pasarela. Las chicas pusieron todo lo mejor de sí: su paverío, su sosez, sus lágrimas, sus tontadas de niñas monas y vacías... y el programa cumplió con todas las expectativas: vuelve a ser el rey de la telebasura en Cuatro, esa cadena que piensa que todo lo que toca lo convierte en calidad, contratando a pensadores tan eminentes como Gonzalo Miró o sosteniendo en su parrilla concursos tan insufribles como Money, money, con unos bailarines que recuerdan al Telecinco de las Mamachico y un presentador gritón y, de nuevo, muy hortera.

Feo, rancio y hortera. A lo mejor un día hasta decidimos evolucionar. De momento, no es ese nuestro caso...

P.S. Me ahorro las referencias a Umbral. Me gustaba cómo escribía pero nunca me interesó lo que escribió. Y, sinceramente, me aburre la mojigatería nacional, empeñada en santificar a todo nuevo cadáver. Fue un tipo hipócrita e insufrible en vida, aunque dominara el arte de la palabra y de la manipulación. Ahora, imagino, lo beatificarán como ya hicieron con Polanco. Y hasta con Emma Penella, de la que todo el mundo alaba su participación en El verdugo, como si la bajísima calidad de nuestro nuevo cine no la hubiese obligado hace años a refugiarse en su monótono y cansino papel de vecina gritona.

26.8.07

Baños mitológicos

Diana, rodeada de sus ninfas, se desnuda antes de su baño

Pasar un fin de semana rodeado de gentes como Apolo, Diana, Zeus o Hércules ya es, de por sí, un plan estupendo. Pero haberlo pasado -además- junto a mi pareja y mis padres ha sido, honestamente, excepcional. Y es que nada me causa tanta euforia como la felicidad compartida con la gente que quiero y me quiere con la misma transparencia que la del agua en las mitológicas fuentes de la Granja, uno de esos lugares en los que -lo sé: es imperdonable- no había estado antes y al que -lo sé: soy muy ansioso- ya pienso en volver...

Apolo, dispuesto a amenizar con su música, el baño de Diana
Hércules, sobre la piel del león de Nemea

24.8.07

Crecimiento

Difícil sustantivo. Deverbal, surgido de la sufijación. Y de los interrogantes. Crecimiento. Visible en lo físico. Angustioso, por momentos, en lo demás.

Las dudas, las preguntas, las inquietudes siguen siendo el mejor motor de este concepto abstracto -que merecería la mayúscula con la que adorna sus sustantivos el alemán-, aunque a veces ese crecer, ese cambiar, ese sumar metas sea, a su vez, sinónimo de angustia. O hasta de encrucijada. O de simple visión de un páramo donde no sabemos donde colocar las curvas y las rectas de la trayectoria a seguir.

Normalmente, suelo relacionarme con gentes capaces de sentir ese vértigo de la decisión, del siguiente paso, de las opciones que tomamos para evitar estancarnos en una mediocridad indolente, sonora, estrepitosa. Mediocridad de trabajos no realizadores, o de perezas mal asumidas, o de vidas en pareja rutinarias y torpemente dependientes... Para vencer esos fantasmas del tedio y el abandono personal, no se requieren ínfulas de falsa trascendencia, sino conciencia -humilde y egótica- del yo y de sus limitaciones. De ahí, supongo, la necesidad de escribir, o de leer, o de seguir estudiando, o de acudir a una ópera, o de dejarse llevar por una melodía. Necesidad que nace de la negación de los límites de una vida demasiado compleja como para encerrarse en el recuadro de lo común. De lo vulgar. De lo prescindible. Y de la ansiedad por seguir sumando gotas al océano de nuestra ignorancia, porque aunque jamás completemos el mar, será placentero cada nuevo intento por sentirnos menos idiotas y más humanos.

La capacidad de agonía es proporcional a la inquietud y, a su vez, esa inquietud suele ser inversamente proporcional al placer que proporciona lo minúsculo. Seguramente porque tanta duda hamletiana sobre el itinerario personal acaba haciéndonos conscientes del regalo que supone cada segundo de auténtico placer. De pura vida.

Y esa conciencia no tiene nada que ver con las cifras de la edad, sino con el significado vital que se haga de ella. Con la etapa con la que coincide, con las personas con quienes se comparte. En mi caso, me hace sentir más seguro -más tranquilo- la certeza de que cuento con amigos como Y. y R., que en cenas tan estupendas como la de hoy comparten conmigo esas incertidumbres sobre los adultos que vamos a ser -o que ya somos- y que se niegan a dejar de seguir creciendo personal y profesionalmente. Certezas como la de mi pareja, capaz de entender y apoyar con su extraordinario carácter mis vaivenes profesionales, literarios, teatrales... y seguir alentándome para que no omita las palabras que, según la fase en que me sienta, a veces me parece inútil seguir tecleando en un archivo de word. Certezas como la de los viajes que proyectamos juntos, donde seguimos el rastro de culturas, lenguas y ciudades que me enriquecen porque el hallazgo es mutuo y la necesidad de seguir indagando es compartida. Ceretzas, en fin, que hacen que merezca la pena preguntarse y hasta tratar de contestarse escribiendo otra obra de teatro. Otra novela. O incluso en un posible ensayo que, tal vez -y solo tal vez-, llegue a editarse más adelante. Pero eso, también, es otro interrogante. Y salga o no, merecerá la pena adentrarse en él y buscar sus propias preguntas. Y hasta resignarse a no encontrar respuestas... Para seguir creciendo.

22.8.07

Recorrido teatral por Madrid...

Yo y mi compañía venimos del teatro de los burgueses,
del teatro de los condeses y de los marqueses,
un teatro de oro y cristales,
donde los hombres van a dormirse

y las señoras… a dormirse también. (...)
Entonces yo avisé a mis amigos, y huimos
por esos campos
en busca de la gente sencilla,
para mostrarles las cosas,
las cosillas y las cositillas del mundo;

bajo la luna verde de las montañas,
bajo la luna rosa de las playas.

Federico García Lorca

Hoy todo consistía en trazar un itinerario a través de la historia del teatro en Madrid. Desde los Siglos de Oro hasta el primer tercio del siglo XX. La compañía, una mágica xana que llena de ilusión cualquier plan, por diminuto que sea. Y así, acompañados de su entusiasmo y mi pésimo sentido de la orientación, hemos atravesado juntos un Madrid que, a ratos, parece que se nos oculta, aunque en él latan el teatro y los escenarios de tantos siglos. De tantas épocas.
El punto de arranque, la plaza de Santa Ana, donde se alza el Teatro Español sobre el que antaño fuera uno de los dos principales corrales de comedias de la capital (en concreto, el corral del Príncipe). Ya a principios del siglo XX, fue testigo de escándalos como el del estreno de la Electra de Galdós, descrito por Baroja en sus memorias. Cerca y en la misma plaza, la iglesia de San Sebastián, donde tuvieron su sede las dos principales cofradías teatrales –de la Pasión y la Soledad- que financiaban los estrenos durante el Siglo XVII. En la que ahora es una floristería -descrita por Galdós en su Misericordia- antes se alzó el cementerio que contenía los restos de Lope de Vega. Con el tiempo, tanto el cementerio como los restos se perdieron. Hoy, lo cubren las flores.
Y casi perdidos entre el mar de gentes de la plaza, una minúscula estatua de Lorca –gigantesco en su literatura, en su renovación de la escena, en su rescate de ese teatro popular al que le dio altura heroica- y otra de Calderón –autor casi desconocido en su faceta de gran cómico y, al fin, cada día más valorado como el único dramaturgo shakespeareano que dio nuestro Siglo de Oro.

Casi contiguo, el callejón del Gato, con sus espejos cóncavos valle-inclanescos, donde nació la teoría del esperpento que aún hoy sirve para explicar nuestra ¿grotesca? historia. Y en su desembocadura, otro espacio teatral por excelencia, ya derruido pero aún recordado por una tímida placa: el otro gran corral de comedias madrileño, el corral de la Cruz. Y la posada donde se alojó, durante casi un año, el siempre escurridizo Casanova... Ya en dirección Atocha, la plaza donde el siglo XVII se alzó contra el siglo XVIII en el motín de Esquilache y, siguiendo la línea ilustrada, el precioso edificio donde nació Moratín, que fue remozado a finales del siglo XIX y que hoy cobija un acogedor bar de jazz en su planta baja.
Tras las primeras cervezas, se alternan las calles del teatro barroco, con el convento de las Trinitarias, donde vivió la hija de Lope y hoy descansan los restos de Cervantes; el mentidero de representantes, donde se contrataban los espectáculos de la época y lugar de obligada visita para autores y artistas; la casa en la que Cervantes escribió algunos de sus mejores textos –aunque tuvo que conformarse con pequeñeces como inventar la novela moderna o renovar el género del entremés y el teatro breve, porque sus comedias nunca tuvieron el éxito que él soñó-; el edificio donde Quevedo compuso sus jácaras y mojigangas teatrales, además de algunos de los mejores sonetos de nuestra literatura; y, orgullosa y casi intacta, la casa donde el gran best-seller de la época, el envidiado Lope de Vega, escribió todas sus obras de madurez.
Y, entre todo ese teatro, una taberna que, sin darnos cuenta, nos empuja a una anécdota que parece haber ocurrido hace siglos y que, en realidad, debe ser más reciente. El lugar (a mis espaldas), una simple taberna. Conspiradores. Un lugar donde, hace unos años, representamos en mi grupo algunas piezas de café teatro. Eran años más locos, seguramente más ingenuos, años de universidad y exámenes parciales en los que recorríamos con escenografías imposibles los bares y las tabernas de Madrid. A veces, en los primeros tiempos, hasta dejamos aquellos objetos escénicos en casa de nuestros primeros e inexpertos amantes, nombres casi adolescentes de usar y tirar que que luego, como aquellos bares, también pasaron al cajón del olvido.

Y una de esas noches, cuando aquella etapa del café-teatro tocaba a su fin, representamos un monólogo llamado Homocalipsis en la taberna Conspiradores. En él, el actor debía comenzar entrando desde la calle. Hacía su aparición acompañado de una estruendosa música y de una vieja maleta llena de trastos que usaba como atrezzo durante la función. El primer problema se planteó enseguida: nuestro CD no podía ser leído por el reproductor del local, así que tuvimos que cambiar toda la música –consistente en temas petardos y profundamente gays, ya que el monólogo parodiaba cuestiones recurrentes del mundo homosexual- y la sustituimos por una antología de temas de los Beatles que nos dejó el dueño del local. La música elegida, por supuesto, no pegaba nada, pero nos convencimos a base de cervezas de lo contrario... Justo cuando creímos que habíamos superado la peor parte, descubrí que mi actor salía corriendo en dirección opuesta al escenario. ¿Un ataque de pánico? La respuesta fue mucho peor: acababan de robarle su maleta. Retrasamos el comienzo de la obra y salimos corriendo tras el ladrón, al que descubrimos registrando la maleta con absoluta perplejidad ante un contenedor. Convencido de que acababa de desvalijar a un turista, le resultaba imposible comprender qué hacían allí aquellas prendas tan extrañas -incluidos unos leotardos malvas- que de nada le iban a servir. El ladrón nos dio la maleta horrorizado y la función acabó siendo un éxito.

Hoy, al pasar por allí, ha sido inevitable hacer esa foto. Recordar esos días. Y hasta sentir nostalgia de esa ingenuidad. De esas funciones. De ese entusiasmo de los diecimuchos y los veintipoquísimos. De los comienzos.

Ahora, cuando acabo de terminar un nuevo texto teatral que, además, pondrá en escena otro director que no seré yo con otras ideas que no serán las mías, más aún, ahora que sé que eso es lo que más me apetece hacer: escribir para otros, siento que en todo este tiempo hemos madurado, hemos crecido, hemos mejorado. Pero resulta inevitable idealizar los borrones creativos del principio, las borracheras despreocupadas de después, cuando no importaba faltar a la primera clase o llegar con resaca a un examen (Filología tiene esas ventajas).

Por todo ello, supongo, me es inevitable amar esta ciudad. Porque tengo en mí muchos de sus rincones. Y muchos de ellos, aunque esos lugares ni siquiera lo sepan o lo recuerden, tienen parte de mí.

19.8.07

American Day

Y es que, hay días, que salen redondos. Como ayer, por ejemplo, donde el paseo por Estados Unidos fue el hilo argumental de un sábado radiante...

1. Una de arte: Richard Estes
Apabullada por el éxito de la exposición de Van Gogh, y tan solo a unos metros de ella, se encuentra esta otra muestra del Thyssen. Un paseo por uno de los genios del fotorrealismo, cuyo mérito no reside tan solo en su impecable factura sino, fundamentalmente, en su creativa reinterpretación del punto de vista. Una perspectiva que convierte lo hiperreal en surreal por el sencillo mecanismo de lo doble, del espejo, del reflejo y la fragmentación -procedimiento típico de la posmodernidad- que retuerce lo obvio hasta convertirlo en una suerte de trampantojo que pone a prueba nuestra capacidad de juicio.

Y de la fragmentación surge, además, esa ciudad poliforme, proteica, escindida en rostros y lugares, en gentes y soledades, en días y noches de caótica sucesión. Igual que las siluetas de espaldas en las cabinas. Anonimia y vertiginosa altura en el epicentro de su obra, un Nueva York que, y ahí me pierde lo biográfico, me devolvió a aquel viaje de hace no tanto, a aquellas vistas desde el hotel, a aquellos paseos por el bullicioso Broadway...

También, por supuesto, es recomendable comprobar la vehemencia -casi furia y rabia- creativa del Van Gogh de los últimos meses. Pero, lo confieso, en mi caso la exposición de este último no me sobrecogió tanto como esperaba -me pesa el recuerdo de la gigantesca muestra Van Gogh/Gauguin de Amsterdam hace ya unos cuatro años-, pero la diversión cosmopolita que me contagió la obra de Estes redondeó la visita.

2. Una de cine. Memorias de Queens.
Llevaba meses queriendo verla, pero nunca encontraba el momento. En el fondo, temía encontrarme con una versión más de aquella mítica Malas calles, solo que sin el talento de Scorsesse.

Sin embargo, esta película -su título es una torpe simplificación del original, A guide to recognizing your saints- no trata de copiar ni de imitar, sino de contar de fora veraz y original un espejo roto -de nuevo, los reflejos y la ciudad- de vidas igualmente truncadas.
Su estructura, impecable. Sus subrayados, los justos. Su estilo, interesante sin estridencias. Y su reparto, fabuloso. Desde los actores jóvenes hasta veteranos como Palminteri o Diane Wiest, quienes ya coincidieron en aquellas Balas sobre Broadway y que ahora dan un recital de amargura y silencios en esta dura película. Mención aparte para la belleza inteligente de Rosario Dawson y la introspección actoral de Robert Downey Jr., que -cuando se lo propone- sabe ser el mejor.
Sobre el papel, todo es tópico y predecible. Pero el resultado final es feístamente elegante, cotidianemente estrambótico, gélidamente cercano. Diálogos que, a ratos recuerdan el guión de Smoke y que, en otras ocasiones, abandonan a Auster para asumir la herencia de Scorsesse. Una de esas películas que podrían haber sido una más y que, sin embargo, goza de nombre propio. Y de recuerdo propio. Y merecido.

3. Una de libros. Queer

Que William S. Burroughs es un autor arriesgado, doloroso y seco nadie lo duda. Basta leer -o releer- su Almuerzo desnudo para darse cuenta de ello. Que domina los resortes de la novela clásica al más puro estilo de la Novelle alemana y que es capaz de superar los tópicos de la novela maldita norteamericana aportando personajes mucho más redondos y tramas mucho más cerradas, es algo que puede comprobarse de nuevo en esta brevísima Queer, reeditada por Compactos Anagrama, donde se han empeñado en elaborar un fabuloso catálogo de bolsillo. Teniendo en cuenta la estupidez de la mayoría de los nuevos lanzamientos editoriales y, sobre todo, las ínfulas y pretensiones de muchos de ellos, se agradece el retorno de estos pequeños clásicos que demuestran que la literatura no necesita ser rompedora, sino apasionante. Y eso solo lo consiguen autores capaces de transgredir el código de la gramática y de la crítica. Autores que no se dejan llevar por modas ni por necesidades de trascendencia porque saben que sí tienen algo que contar. Autores como Burroughs, que consiguen hacer de una anécdota sórdida y obsesiva una novela corta apasionante. Esa trascendencia inconsciente sí es literatura. Lo demás, solo es humo.

15.8.07

Cine de verano. Sesión doble

Tras comprobar anoche que Madrid en agosto sigue siendo un paraíso para las aves nocturnas -restaurantes sin aglomeraciones, pubs con sofás libres, terrazas chuequiles donde conversar hasta las tantas-, retomo las lides cinematográficas para dos filmes estivales de muy diferente alcance y pretensión: la delicia de Ratatouille y el blockbuster de Los 4 fantásticos y Silver Surfer. Cine de arte y ensayo, desde luego...

1. Ratatouille
Que los de Pixar son geniales es una verdad innegable en el mundo de la animación. Pese a sus rudimentos técnicos -que hoy le confieren un toque antiguo casi impagable- su Toy Story (1 y 2) sigue siendo una de las obras magnas del cine familiar de todos los tiempos. Y, desde entonces, se han seguido superando en una sucesión de películas arriesgadas, atrevidas, que se han ido aproximando -lenta pero inexorablemente- al público adulto. Que Brad Bird es un director talentoso es algo que tampoco admite muchas dudas. Ya su humilde El gigante de hierro (maltratado y peor promocionado por la Warner) auguraba un buen futuro a un creador, ante todo, de personajes, más preocupado por sus caracteres que por la búsqueda de gags facilones o guiños artificiales. Y así fue como se atrevió con Los increíbles (obviamente, se nota que es una de mis películas favoritas), donde hizo una parodia absolutamente modélica de series como los Bond o de personajes como los Fantastic Four, además de componer una galería humana (familiar) totalmente reconocible y próxima.

Esta vez, el salto es arriesgado. Porque se nos plantea un argumento demasiado lejano, seguramente, a las expectativas infantiles. Una rata que quiere ser chef de la nouvelle cousine es, cuando menos, una trama poco pueril... Sin embargo, esta idea -sobre el papel, difícilmente defendible- se ha estructurado en una película brillante, llena de hallazgos, con una expresividad insólita en este tipo de cine y con unos personajes que evolucionan, maduran, cambian y hasta sufren en su pequeño mundo animado. Un mundo que reconstruye París desde los ojos de una rata y que, para los que amamos esa ciudad, cuenta con el atractivo añadido de pasear por sus calles a ras de suelo... A ras de Remy y a la izquierda de estas mismas líneas, uno de los dibujos más redondos -no por su volumen esquelético, sino por su profundidad psicológica- de la Pixar: Anton Ego (hasta su nombre juega con su rol de antagonista), con quien se permiten homenajear a Proust y a su magdalena al final de la peli...

Todo ello, por supuesto, aburrió a los niños (y ahí radica el problema del filme: ¿el camino de la animación no puede contentar a ambos públicos?), pero encandiló a los adultos que, en su mayoría, semillenábamos la sala.
Entre los temas, la diferencia y su aceptación, la no integración (frases como ese "Vivimos en un mundo gobernado por nuestros enemigos" que contenían más carga crítica y política que muchos bodrios intelectualoides cargados de ínfulas) o el enfrentamiento crítica vs. arte (con la afirmación de que "cualquier obra tiene más mérito por el riesgo que supone exponerse a uno mismo que la mejor crítica que se pueda hacer de ella"). Película redonda en su planteamiento y en su ejecución, absolutamente recomendable.

2. Los 4 fantásticos y Silver Surfer

Bien, si alguien espera ver una buena película, que no acuda. Los personajes no tienen ningún tipo de carne, el argumento es inverosímil y pueril, los diálogos dan risa no por su comicidad, sino por su simplicidad adolescente...

Bien, si alguien espera pasar 90 minutos desquiciantemente pop e ingenuos (un superhéroe que se pasea en una tabla de surf es al mundo del comic lo que la lata de sopa Campbell al mundo del arte), que se acerque a ver a esta familia disfuncional donde nadie se plantea dilemas morales ni existenciales, es decir, donde a nadie se le ha ocurrido emular al muermo de Superman Returns que Bryan Singer nos endosó el año pasado. Aquí adjuntamos dos argumentos a favor del visionado de la película:

Por supuesto, la peli requiere palomitas, cocacola y actitud quinceañera, para soportarla con dignidad, si bien su corta duración lo permite. Se echa en falta, eso sí, una mayor exhibición carnal, aunque Jessica Alba y Chris Evans hacen lo que pueden. La primera se planta escotes vertiginosos en cuanto tiene la menor ocasión -la chica lo merece- y el segundo aparece en toalla en la escena más ridícula y, sin embargo, más memorable de la película. Su presencia con el torso desnudo es totalmente forzada, por supuesto, pero es el único modo de fidelizar a los fans para una próxima tercera parte.

Y, cómo no, hay que mencionar el aliciente de tanto guapo junto, desde Mr. Fantástico, que cada día está más sexy en su papel de intelectual medio tímido, pasando por el ya mencionado Evans (igualmente exhibido en otras bobadas como Cellullar -película que merece una parodia en un futuro post- o Not another teen movie) o, sobre todo, el Dr. Muerte, que actúa con absoluta desgana y con gara de yo pasaba por aquí, pero que tiene el rostro y el cuerpo del hunk Julian McMahon, más conocido como el cirujano promiscuo de Nip/Tuck.

Antes de cerrar el chiringuito por hoy, les dejamos con el vídeo de la escena prometida. En el fondo, es el mejor spoiler que podemos hacer...

13.8.07

Mono gia sena

Lo parece, pero no es un anuncio de gafas Dolce & Gabbana. Ni siquiera de bisutería Viceroy o de Breill. A pesar de las gafas de los cantantes y de los kilos de quincalla que llevan encima -concretamente, él lleva colgado a modo de collares el equivalente a su masa corporal-, se trata de una simple canción pop griega, veraniega y descaradamente comercial que se me ha pegado sin remedio... Él es algo así como la versión griega de Tiziano Ferro, aunque algo más gay y, a su vez, algo más turbio (me gusta tanto lo segundo como lo primero). Ella es una versión mejorada de Paris Hilton y el vídeo está a tono con sus protagonistas... Su título, Mono gia sena (Solo para ti, en traducción improvisada: menos mal que el griego moderno es sorprendemente fiel al griego clásico). Y el motivo de dejarlo por aquí no es más que provocar una sonrisa en la distancia. Porque en los tiempos de espera, me gusta bucear en guiños de humor compartidos, en cotidianidades simples y bien conjugadas. Así, en este ritmo facilón -y bailable- del pop, me siento más cerca. Mucho más...



Y, en breve en esta misma pantalla, Ratatouille, otra maravilla de Pixar que, tras dormirnos con Cars (aquel tedioso filme en el que un coche se enamoraba de una cocha...) recupera la magia de siempre dando un salto mortal... en la cocina. Y encima, se permiten el lujo de reflexionar sobre las relaciones entre arte y crítica. Casi nada...

12.8.07

De nuestra Odisea: Santorini

Antes de empezar el viaje, alguien -bastante desinformado y, sin embargo, muy pretencioso- me aseguró que en una primera visita a Grecia era absurdo e inútil visitar cualquiera de sus islas. Afortunadamente, desoímos sus consejos -suelo hacerlo con todo tono dogmático que llega a mis oídos: ¿por qué los que se autoproclaman tolerantes son siempre tan intolerantes?- y arribamos en Santorini. Hoy, en el suplemento de El País, Carlos García Gual abre su reportaje sobre la Grecia mítica con una foto de Oia, en Santorini, e incide -tal y como nosotros los percibimos- en la importancia de las islas para construir la identidad griega. Y es que, sin su omnipresencia blanquiazul sería imposible comprender poemas como los homéricos, donde el itinerario es tan esencial en el discurso como en la identidad de los personajes. Así que, como si de Calipso se tratara, la isla nos atrapó en el mismo instante en que llegamos. Y aún hoy, cuando ya han pasado semanas desde el regreso, seguimos teniendo la imagen de aquellos atardeceres muy cerca de nosotros... Esta vez, me limito a dejar las imágenes con algún pie de foto. Para qué más... Feliz domingo :-)

Atardecer en Fira. A unos pasos de nuestro hotel...

Mañana radiante -todas lo fueron- en Oia.

Puerta al mar en Oia.
Ojalá todas las barreras y muros fueran tan abiertas y fácilmente franqueables como esta...

El laberinto blanco de Santorini.

Relieve volcánico. El antiguo cráter de Santorini visto desde un viaje en barco de esos que no se olvidan con facilidad. Los baños de mar, sin palabras... Como los colores de la lava en sus múltiples e intensos contrastes.

Moi, al borde de la pool. Al fondo, de nuevo el cráter.

Próxima (y última entrega): Vouliagmeni y Sunion, el reino -indiscutible- de Poseidón.

9.8.07

De nuestra Odisea: Atenas II

De nuevo, soy yo. Esta vez, estrenando camiseta Gas (gracias, Paloma... cómo me conoces) que se ajusta amarilla y perfectamente a mi moldeado torso en el gimnasio... Y tras autoelogiarme sin ningún tipo de moderación, apuntaré que el edificio a mis espaldas es el Museo Arqueológico Nacional ateniense, en el que se escondían personajes e historias como estas...

Según la imaginación del visitante, varía la identidad del dios. Y es que si le colocamos un tridente, obtenemos un Poseidón. Mientras que si pensamos que está a punto de lanzarnos un rayo, sería un Zeus. Los expertos no consiguen aclararnos cuál es el atributo divino que falta en la escultura, si bien el resto de los atributos está notablemente bien situados. La escultura, impresionante en sus formas, volúmenes y gestualidad, es uno de esos prodigios ante los que resulta difícil no sentirse (casi) acongojado.





Siendo la diosa del amor, Afrodita estaba condenada a tener un hijo tan gamberro -aunque algo cursi en su iconografía- como Eros. En esta ocasión, el niño se afana por unir a su madre con un sátiro, a quien coge con fuerza de uno de sus cuernos para empujarlo contra la airada diosa que, en un gesto entre doméstico y familiar, amenaza a su hijo... ¡con una zapatilla! La escena no puede ser más folklórica, a un paso de las escenas de la serie más hórrida de este verano, esas Escenas de matrimonio que nos recuerdan los peores tiempos de José Luis Moreno...


Y como no solo de esculturas clásicas vive el hombre, también hay lugar para las musculaturas rígidas y exultantes de los kuroi, muchachotes atléticos e inexpresivos que, sin embargo, provocan un curioso placer estético. Imaginamos que una copia carnal a tamaño real causaría otro tipo de placer, siempre que los cirujanos de Nip Tuck accedieran a cambiarle el rostro y, sobre todo, a borrar esa pavisosa sonrisa arcaica, marca de la casa.

Y, en la siguiente entrega, Santorini, isla -y post- no aptos para retromarxistas muermos y/o recalcitrantes... Como adelanto, aquí van las vistas del antiguo cráter desde la infinite pool de nuestro hotel... Sí, lo confieso, siempre me ha gustado sentirme cual la Bergen en Ricas y famosas...

2.8.07

De nuestra Odisea: Atenas I

Nuestra primera imagen fue desde lo alto. En un acto de temeridad, relegamos a un segundo plano el cansancio del viaje y subimos, mientras atardecía, por las sinuosas laderas del monte Licabeto. Y desde allí, a nuestros pies, la ciudad con sus contrastes y su caos . Con sus templos griegos (en la foto, el templo de Hefesto) y sus templos bizantinos (como el de la esquina inferior derecha de esta imagen). Y, como premio, tras el esfuerzo de la subida, uno de los atardeceres que, en este viaje, habrían de llenar nuestro recuerdo. Y nuestros sueños.

Inexcusable y previsible visita, pero no por ello menos impresionante. Desde la ciudad alta se podía jugar a arañar el mismísimo Olimpo. Ni siquiera el mar de gente que rodeaba las dóricas columnas del templo era capaz de romper el hechizo. Así que, tras atravesar los propíleos comenzamos a sentir metamorfosis ovidianas en alguno de esos dioses sátiros y menores que, probablemente, habrían hecho alguna de las suyas en la Acrópolis...

Cuentan los mitos que Atenea y Poseidón se disputaron la protección de la nueva ciudad. Así que, en singular combate, cada uno de ellos hizo brotar algo que le permitiese ganar el afecto de sus fieles. Poseidón hizo nacer un río, mientras que la diosa de la sabiduría hizo surgir un olivo. Y así, consagrado a su victoria (Nike) se levanta este templo de Atenea en el conjunto de la Acrópolis. Las cariátides, tan arrogantes como la diosa a la que tributan su presencia, son una de la perspectivas más singulares de este impresionante conjunto monumental.

Y para dos amantes del teatro como nosotros -uno, como espectador sensible y crítico y otro, como director y autor masoquista que sigue combatiendo contra el mundo teatral apolillado y ramplón que tanto nos disgusta...-, era especialmente intensa la sensación de ocupar las gradas de los dos teatros que completan el conjunto de la Acrópolis. Lugares donde era inevitable imaginarse aquellos certámenes dramáticos que trajeron consigo el nacimiento del teatro desde las estatuarias obras de Esquilo, hasta los conflictos éticos de Sófocles y, cómo no, la aparición en escena de la pasión y la humanidad con el -cada día más moderno- Eurípides (por cierto, su texto Hipólito está siendo destrozado actualmente en los escenarios españoles por Ana Belén y Fran Perea... No, no es una broma...). En cuanto a la foto, obsérvese la naturalidad de mi posado...

Atenea fue, en su nacimiento, un dolor de cabeza. Y no se trata de una metáfora de lo dura que es la paternidad, sino de uno de los mitos más ingenuos y casi hilarantes que han llegado hasta nosotros. Según Hesíodo, Zeus tenía una fuerte cefalea, así que le pidió a Hefesto que le abriera la cabeza y allí, ya armada y adulta, estaba Atenea, que no dejaba de dar a su padre con la lanza. Una vez fuera, se convirtió en una de las tres diosas vírgenes -junto con Diana y Hestia-, y sería junto con Diana una de las mujeres más belicosas, temidas y esenciales del culto y la literatura clásica. Quizá por eso, para vigilar bien a su hija, se erigió este templo de Zeus buscando una tramposa perspectiva que permitiese ver con claridad el Partenón. En este caso, las imponentes columnas corintias de Zeus apuntan, directas y orgullosas, hacia esa Acrópolis que, al fondo del paisaje, acompaña cada uno de sus días.

Pero no solo de mitos vive el hombre (griego), como atestiguan estas Dimoxia Grafia (o Civic offices), al pie del templo de Hefesto en el antigua ágora griega. Tampoco es casual que sea Hefesto el dios que preside este lugar, ya que el ágora es el espacio de la vida pública, del comercio, de la discusión (en griego moderno, significa -entre otras cosas- 'mercado') y, por tanto, era esperable que fuera un dios gremial quien protagonizase este espacio. El elegido, el dios de los herreros, conocido por haberse casado con Afrodita, a quien -recuérdese el velazquiano La fragua de Vulcano- sorprendió en la cama con Marte. Hefesto, airado por la injuria a la que se veía sometido (bastante tenía ya con ser el único dios cojo y feo de todo el Olimpo), atrapó a los amantes en una red de hierro y convocó a todos los demás dioses para que los vieran desnudos y eyaculantes en su dormitorio.

Y con esta bonita y aleccionadora fábula moral (hay que reconocer que la religión clásica griega no ha sido jamás igualada en su gamberrismo sexual, con el permiso de algunos tórridos episodios bíblicos), cerramos este primer capítulo odiseico. En breve, más...