22.8.07

Recorrido teatral por Madrid...

Yo y mi compañía venimos del teatro de los burgueses,
del teatro de los condeses y de los marqueses,
un teatro de oro y cristales,
donde los hombres van a dormirse

y las señoras… a dormirse también. (...)
Entonces yo avisé a mis amigos, y huimos
por esos campos
en busca de la gente sencilla,
para mostrarles las cosas,
las cosillas y las cositillas del mundo;

bajo la luna verde de las montañas,
bajo la luna rosa de las playas.

Federico García Lorca

Hoy todo consistía en trazar un itinerario a través de la historia del teatro en Madrid. Desde los Siglos de Oro hasta el primer tercio del siglo XX. La compañía, una mágica xana que llena de ilusión cualquier plan, por diminuto que sea. Y así, acompañados de su entusiasmo y mi pésimo sentido de la orientación, hemos atravesado juntos un Madrid que, a ratos, parece que se nos oculta, aunque en él latan el teatro y los escenarios de tantos siglos. De tantas épocas.
El punto de arranque, la plaza de Santa Ana, donde se alza el Teatro Español sobre el que antaño fuera uno de los dos principales corrales de comedias de la capital (en concreto, el corral del Príncipe). Ya a principios del siglo XX, fue testigo de escándalos como el del estreno de la Electra de Galdós, descrito por Baroja en sus memorias. Cerca y en la misma plaza, la iglesia de San Sebastián, donde tuvieron su sede las dos principales cofradías teatrales –de la Pasión y la Soledad- que financiaban los estrenos durante el Siglo XVII. En la que ahora es una floristería -descrita por Galdós en su Misericordia- antes se alzó el cementerio que contenía los restos de Lope de Vega. Con el tiempo, tanto el cementerio como los restos se perdieron. Hoy, lo cubren las flores.
Y casi perdidos entre el mar de gentes de la plaza, una minúscula estatua de Lorca –gigantesco en su literatura, en su renovación de la escena, en su rescate de ese teatro popular al que le dio altura heroica- y otra de Calderón –autor casi desconocido en su faceta de gran cómico y, al fin, cada día más valorado como el único dramaturgo shakespeareano que dio nuestro Siglo de Oro.

Casi contiguo, el callejón del Gato, con sus espejos cóncavos valle-inclanescos, donde nació la teoría del esperpento que aún hoy sirve para explicar nuestra ¿grotesca? historia. Y en su desembocadura, otro espacio teatral por excelencia, ya derruido pero aún recordado por una tímida placa: el otro gran corral de comedias madrileño, el corral de la Cruz. Y la posada donde se alojó, durante casi un año, el siempre escurridizo Casanova... Ya en dirección Atocha, la plaza donde el siglo XVII se alzó contra el siglo XVIII en el motín de Esquilache y, siguiendo la línea ilustrada, el precioso edificio donde nació Moratín, que fue remozado a finales del siglo XIX y que hoy cobija un acogedor bar de jazz en su planta baja.
Tras las primeras cervezas, se alternan las calles del teatro barroco, con el convento de las Trinitarias, donde vivió la hija de Lope y hoy descansan los restos de Cervantes; el mentidero de representantes, donde se contrataban los espectáculos de la época y lugar de obligada visita para autores y artistas; la casa en la que Cervantes escribió algunos de sus mejores textos –aunque tuvo que conformarse con pequeñeces como inventar la novela moderna o renovar el género del entremés y el teatro breve, porque sus comedias nunca tuvieron el éxito que él soñó-; el edificio donde Quevedo compuso sus jácaras y mojigangas teatrales, además de algunos de los mejores sonetos de nuestra literatura; y, orgullosa y casi intacta, la casa donde el gran best-seller de la época, el envidiado Lope de Vega, escribió todas sus obras de madurez.
Y, entre todo ese teatro, una taberna que, sin darnos cuenta, nos empuja a una anécdota que parece haber ocurrido hace siglos y que, en realidad, debe ser más reciente. El lugar (a mis espaldas), una simple taberna. Conspiradores. Un lugar donde, hace unos años, representamos en mi grupo algunas piezas de café teatro. Eran años más locos, seguramente más ingenuos, años de universidad y exámenes parciales en los que recorríamos con escenografías imposibles los bares y las tabernas de Madrid. A veces, en los primeros tiempos, hasta dejamos aquellos objetos escénicos en casa de nuestros primeros e inexpertos amantes, nombres casi adolescentes de usar y tirar que que luego, como aquellos bares, también pasaron al cajón del olvido.

Y una de esas noches, cuando aquella etapa del café-teatro tocaba a su fin, representamos un monólogo llamado Homocalipsis en la taberna Conspiradores. En él, el actor debía comenzar entrando desde la calle. Hacía su aparición acompañado de una estruendosa música y de una vieja maleta llena de trastos que usaba como atrezzo durante la función. El primer problema se planteó enseguida: nuestro CD no podía ser leído por el reproductor del local, así que tuvimos que cambiar toda la música –consistente en temas petardos y profundamente gays, ya que el monólogo parodiaba cuestiones recurrentes del mundo homosexual- y la sustituimos por una antología de temas de los Beatles que nos dejó el dueño del local. La música elegida, por supuesto, no pegaba nada, pero nos convencimos a base de cervezas de lo contrario... Justo cuando creímos que habíamos superado la peor parte, descubrí que mi actor salía corriendo en dirección opuesta al escenario. ¿Un ataque de pánico? La respuesta fue mucho peor: acababan de robarle su maleta. Retrasamos el comienzo de la obra y salimos corriendo tras el ladrón, al que descubrimos registrando la maleta con absoluta perplejidad ante un contenedor. Convencido de que acababa de desvalijar a un turista, le resultaba imposible comprender qué hacían allí aquellas prendas tan extrañas -incluidos unos leotardos malvas- que de nada le iban a servir. El ladrón nos dio la maleta horrorizado y la función acabó siendo un éxito.

Hoy, al pasar por allí, ha sido inevitable hacer esa foto. Recordar esos días. Y hasta sentir nostalgia de esa ingenuidad. De esas funciones. De ese entusiasmo de los diecimuchos y los veintipoquísimos. De los comienzos.

Ahora, cuando acabo de terminar un nuevo texto teatral que, además, pondrá en escena otro director que no seré yo con otras ideas que no serán las mías, más aún, ahora que sé que eso es lo que más me apetece hacer: escribir para otros, siento que en todo este tiempo hemos madurado, hemos crecido, hemos mejorado. Pero resulta inevitable idealizar los borrones creativos del principio, las borracheras despreocupadas de después, cuando no importaba faltar a la primera clase o llegar con resaca a un examen (Filología tiene esas ventajas).

Por todo ello, supongo, me es inevitable amar esta ciudad. Porque tengo en mí muchos de sus rincones. Y muchos de ellos, aunque esos lugares ni siquiera lo sepan o lo recuerden, tienen parte de mí.

11 comentarios:

inquilino dijo...

No quiero ni pensar la de vueltas que tú y tu sentido de la orientación habeis debido de dar para completar ese recorrido :-)

Homocalipsis!! Qué recuerdos, madre!

3'14 dijo...

Jo!!! Segundo post que leo sobre Madrid de entre los blogs que frecuento y para mi regocijo para hablar bien. Me estais poniendo nostálgica!! Me encanta Madrid, siempre que he estado me queda un regusto de volver una y otra vez.¿Será una señal de que no he de tardar en visitarla?

Cinephilus dijo...

Espero que, si es una señal, tengamos el placer de verte prontito por aquí, querida Pi :-) Y sí, supongo que Madrid también se merece, como tú dice, que quienes la amamos, hablemos bien de ella. Esta ciudad es más generosa con nosotros de lo que a veces pensamos, no te parece? Muchos besines

Jajaja, inquilino, mi sentido de la orientación ayer funcionó perfectamente. Increíble pero cierto ;-) Muaks!

Mart-ini dijo...

Bonito recorrido!!

Fidelio dijo...

A mí me encanta Madrid (reconozco que empiezo con una frase que más parece sacada de Leticia Sabater que del existencialista-elitista que soy ... pero bueno ...) … y ese barrio del que hablas más aún … Lo realmente chulo de la vida es reinventarse … y pocos escenarios como esos para servir de fondo a esa “reinvención” … Aunque, seamos sinceros, cualquier escenario es bueno si la obra es buena y si, sobre todo, el personaje es bueno …

Mañana te veo

Firmado: Antonius Block

Fidelio dijo...

A mí me encanta Madrid (reconozco que empiezo con una frase que más parece sacada de Leticia Sabater que del existencialista-elitista que soy ... pero bueno ...) … y ese barrio del que hablas más aún … Lo realmente chulo de la vida es reinventarse … y pocos escenarios como esos para servir de fondo a esa “reinvención” … Aunque, seamos sinceros, cualquier escenario es bueno si la obra es buena y si, sobre todo, el personaje es bueno …

Mañana te veo

Firmado: Antonius Block

Mari dijo...

Querido Cinephilus, descubrir qué es lo que uno quiere hacer, qué lo hace feliz, al margen de las expectativas ajenas es la madurez en sí misma. Me encantaría ver una obra suya, en madrid claro está. Esa ciudad que durante años fue mi ciudad favorita y ahora, con su ayuda, recuperará su podio.

besos todos.

Cinephilus dijo...

Descubrir qué es lo que uno quiere hacer, qué lo hace feliz, al margen de las expectativas ajenas es la madurez en sí misma

Imposible decirlo mejor, Mari... Ni de modo más bello... Gracias, además, por tantos besos. Todos, también, para ti

SisterBoy dijo...

Desgraciadamente sólo conozco (por dentro) el Teatro Alfil a ver si en próximas visitas voy corrigiendo estos huecos culturales

Anónimo dijo...

Mi adorado Gerundio/Complemento circunstancial más glamuroso:

No sabes cuánto deleite me producen todos tus periplos culturales y literarios de este verano. Muchísimas gracias por el teletransporte gratuito.

Una duda "existencial": ¿te han algargado las piernas este verano? Además de guapísimo, te veo más alto...

Un beso enorme.

NaT dijo...

Me ha encantado este post, ese Madrid que a tus ojos, parece más Madrid. Tienes toda la razón al decir que es una ciudad más agradecida de lo que creemos, pero también es más desagradecida de lo que parece. O quizá no sea la ciudad, si no sus habitantes.
Yo no la cambiaría por nada, pero si viviera fuera, no me vendría aqui por nada del mundo. Sí, reconozco que es una paradoja, pero Madrid es así, se ama y se odia a partes iguales.
Besos cinéfilos.