30.9.07

Barroco... y ridículo


Hace tiempo que no asistía a un montaje tan nefasto como este. Los motivos, innumerables, especialmente aquellos que tienen que ver con la inaudita capacidad de semejante equipo artístico para destrozar textos tan sublimes como los de Las amistades peligrosas , de Ch. de Laclos y el audaz Cuarteto de H. Müller.


La función, en primer lugar, en formato estereofónico -y cacofónico- gracias al uso y abuso continuado de la música -machacona, simplista, gris- y de los micrófonos (¿por qué no jugar con la voz, ese hermoso instrumento teatral, en vez de discotequear textos que deberían ser mimamos y no gritados). El texto, pretencioso y profundamente vacuo (posiblemente, el libreto sea -junto con la dirección- lo peor de este nefasto montaje), nace de la refundición de las dos obras en las que se inspira y que trata de reinterpretar desde una visión pueril, moralista, simplona y, para colmo, pedagógica. La pretensión es tal que se encargan de añadir un personaje al dueto Merteuil-Valmont, un tal Barroco/Navegante que, por si no hemos pillado la metáfora, lleva un barco (como los de los Playmobil, más o menos) adherido a un brazo. Este engendro literario se encarga de explicarnos la obra por si no nos enteramos del argumento o, peor aún, por si no captamos la intencionalidad del director. Y así, como si de un capítulo de los Lunies se tratara, tenemos que soportar su clasecita dramático-histórica mientras continúa la acción en el escenario.


La acción, por cierto, consiste en una sucesión de escenas que rozan lo irrisorio, con momentos tan estupendos como la vendimia de Blanca Portillo, que nos tortura durante cinco minutos en una hermosa escena muda en la que -mientras la música nos atrona- exprime uvas sobre una copa, o -siguiendo en el mundo de la fruta y la verdura- el final del montaje, en el que el pésimo Valmont de la función (¿se puede decir peor y con menos morbo, sensualidad y gracia ese texto?) aplasta sandías contra el suelo del teatro para luego bañarse con ellas, en lo que parecía una parodia frutal de los anuncios de jabón Sanex. Tampoco podemos dejar de insistir en la belleza plástica de la lucha -se supone que danza- entre Merteuil y Valmont, coreografiada por Nacho Duato e inspirada -suponemos- en algún espectáculo de pressing catch de esos que ahora emite Cuatro.


Las ideas del director -Pandur, ¿por qué ese empeño en destrozar grandes textos de la literatura universal?-, además de estos sutiles hallazgos, no acabaron ahí... También tuvo la genialidad de colocar dos tenedores a Madame de Merteuil (que parecía vestida por la profesora de estilismo en Supermodelos), tenedores simbólicos -claro-, y por ello se los quita cuando Blanca Portillo (en un continuo mono-registro y demasiado pagada de sí misma) hace su segundo papel: una meliflua y ñoña Madame de Tourvel. Del erotismo, por cierto, ni rastro, salvo un desnudo de la Portillo -que nos podía haber ahorrado, la verdad- y algún que otro momento soez que no alcanza ni la valentía del verdadero erotismo ni la insinuación de la novela original. Ver a Valmont rascándose los huevos mientras hace de perro y recita un texto supuestamente morboso es, digamos, una visión bastante ramplona de lo que debería ser la sexualidad animal del personaje.


Asier Etxeandía -imaginamos- tuvo celos de los tenedores de la Portillo, así que su Valmont se ve obsequiado con la colgadura en sus muñecas de dos abanicos, con los que emula en sus ampulosos movimientos los peores videoclips de Locomía. Imposible tomárselo en serio con semejante caracterización, que se ve completada -por si faltara algo- con unos cuantos insufribles números musicales en los que nos canta temas horrendos que habrían hecho huir a Müller de su butaca. Entre sus canciones, destacamos la versión moralista y culta de "Lo más vital" de El libro de la selva, convertida en este caso en algo así como "si yo soy tú y si tú eres yo", en una pueril alegoría donde todos somos Valmont y, por tanto, todos estampamos sandía compulsivamente contra el suelo en algún momento de nuestra existencia.


En definitiva, una obra que conviene perderse para no tener que sufrir el destrozo de dos obras cumbre en sus respectivos géneros. Y, por cierto, una duda: ¿por qué aplicar el título barroco aplicado a una historia que transcurre en el dieciocho en los albores de la Revolución Francesa? Teniendo en cuenta que el barroco había acabado un siglo antes y que la Revolución es consecuencia directa de la ideología ilustrada... ¿qué diablos pinta el barroco en medio de todo eso? Será como las sandías, que estaba de oferta y quedaba bien restregarlo por el suelo. Y hasta entre las butacas.

25.9.07

Y yo con estos pelos

1. Hairspray
Admito que no estaba totalmente convencido y, sin embargo, salí del cine más que satisfecho con esta película que, desde su simplicidad, nos deja un buen puñado de escenas y canciones para el recuerdo. Naive y simplona, como todo musical que se precie (y que me perdonen Bernstein y Fosse, pero genios como ellos no se han encontrado muchos, la verdad), la película aborda con sentido del humor, ritmo a raudales y bastante ironía un tema tan esencial como la integración y la aceptación del diferente. El tema, obviamente, se trata a base de gruesos brochazos y de moral en conserva, pero admito que no esperaba mucho más en este sentido.

En el plano negativo, hay que hacer notar que se ha perdido gran parte de la mala leche de John Waters (divertidísimo, por cierto, su cameo como exhibicionista), al convertirse su espectáculo en una película mainstream que no es tan valiente como podría haberlo sido.

En el plano positivo, sin embargo, pesa la partitura -rítmica, nerviosa, vibrante-, las interpretaciones -estupendos los jóvenes, divertido y autoparódico Travolta, oportuna Latifah, carismático Walken y bellííííísima Pfeiffer-, los momentos surrealistas -fotos cantarinas, coros de gospel desde las vallas publicitarias- y algunos números musicales absolutamente inspirados, como Miss Pfeiffer siendo coronada Miss Ladilla Adolescente -el texto de la canción es tan brillante como su interpretación: ¿por qué esta mujer no hace tanto cine ni tan bueno como nos gustaría a sus fans?- o la seducción simultánea de Travolta/Pfeiffer al acorralado Walken, donde el trío de actores hace una labor más que resolutiva.

En conclusión, una de esas películas que no pasarán a la historia pero que tratan el género del musical con dignidad, con apasionamiento y con ritmo. Hasta tiene sus momentos emotivos como la manifestación encabezada por Latifah, donde resulta difícil no sentir cierto pellizco en el estómago. Y es que un musical sin un baladón no es un musical...

2. SupermodelosY, como no podía ser menos, aquí va nuestra ración de supertonterías del programa de ayer...

A) Nos encanta comprobar que para ser modelo hay, ante todo, que jugarse la vida. En esta ocasión, las concursantes se vieron obligadas a posar delante de una vaquilla y, tras sobrevivir a esta bonita y racial prueba, debieron caminar por una barra como si fueran equilibristas (tal y como dijo una con toda la delicadeza de la que son capaz: "A ver si me voy a dar en el chimichurri"..., el significado de este extraño vocablo lo dejamos a su imaginación). Por supuesto, los profesores se indignaron cuando una de ellas dijo que no se ponía delante de la vaquilla con argumentos tan realistas como "si eres modelo, este puede ser tu trabajo" (¿alguien ha visto alguna vez a Naomi Campbel correr vestida de Versace en los san fermines?) o "en el peor caso, solo te hubiera tirado al suelo: era una vaquilla, no un toro". La verdad es que hay que ser tonto para oponerse a ser derribado y pisado por una vaquilla, algo tan agradable y que tanto placer nos da a cualquiera.

B) Para ser modelo, además, hay que comer platos como los que ayer pusieron a las concursantes: sesos de mono, hígado de cebra, ojos de pez... Según el programa, aquella era una clase de gastronomía cultural. De nuevo, imaginamos que Linda Evangelista jamás pudo pedir un club sandwich o una ensalada en los hoteles de lujo donde la llevaran, sino que tuvo que digerir cuanto seso de mono le pusieron por el camino. Imagino que esa es la auténtica explicación para las esmirriadas tallas de muchas modelos y la falta de mujeres con curvas como la Crawford encima de las pasarelas. Definitivamente, las modelos no necesitan leyes que regulen sus tallas mínimas, sino que alguien les haga la compra con algo de criterio y deje a las cebras y a los monos en paz.

C) Las modelos, sobre todo, lloran mucho. Ayer hubo episodios absolutamente trágicos, como el momento en que una lloró porque tenía sinusitis y las demás -pérfidas ellas- no creían que tuviera sinusitis; el instante en que otras dos lloraron porque sentían que los profesores no eran justos con ellas; el momento en el que las demás lloraron también porque les molestaba que las otras dos lloraran por creer que los profesores no eran justos con ellas; y, ante todo, mi favorito: el momento en que una lloró porque no había llorado en todos los programas anteriores y estaba harta de no llorar como las demás.

D) Las modelos no saben hablar en su mayoría porque tienen profesores que no conocen la conjugación verbal ni la formación del plural en español. El ejemplo de Valerio, el ser que no conoce la ese al final de los sustantivos, lo confirma: "Toda vosotra soi", "Me gustan los traje", "Bonitas foto". Entre sus frases memorables de ayer, destacaremos la siguiente, pronunciada cuando obligó a las modelos a desfilar en una plaza de toros: "Que os salgan la sangre española por todos los poro de la piel"
Que no sea capaz de formar sustantivos en plural es un misterio gramaticalmente irresoluble. Se admiten teorías explicativas plausibles. En cuanto a la sangre, afortunadamente, no salió. Hubiera sido muy gore ver cómo se desparramaban sus venas por la plaza, como si de sesos de monos se tratase.

E) Las modelos son hermosas gracias al efecto de la comparación. Solo así se explica la presencia de Rossy de Palma (la -eufemísticamente bautizada- belleza picassiana) como jurado en un programa de belleza. En el próximo, que se lleven a Julián Muñoz para que les enseñe a abotonarse los pantalones a la altura de la axila, por ejemplo.

F) Las modelos se hacen fotos abrazando gallinas (gran momento en el que una concursante se queja de que la gallina en cuestión le ha picado el ojo y el fotógrafo le responde que "no se desconcentre" y "quiera al pollo") y, además, desfilan con los ojos cerrados chocándose con sillas y cayéndose al suelo (ayer, concretamente, cayeron tres: si desean lesionarlas de por vida, hay que reconocer que van por buen camino).

Conclusión: mejor no sean modelos. Les va la vida -y la salud- en ello...

23.9.07

Noche en blanco

Menos mal que siempre nos queda Forges para ver la realidad con algo de ironía y, sobre todo, de espíritu crítico. Y es que anoche triunfó el populismo cultural de todo a 1 euro, esos saldos de euforia -falsa pero compartida- en la que todo el mundo sale a la calle para hacer cosas que, ante todo, son gratis y que, además, quedan muy bien para compartir en el café del lunes (esas mismas cosas que no tienen el impulso de hacer el resto del año). Así pues, ante el evento de la noche en blanco, se clausura el centro de Madrid, se organiza un gran caos circulatorio y se consigue que quienes amamos salir por las noches de esta ciudad nos veamos invadidos por todos aquellos que nunca lo hacen y que, de repente, deciden hacer colas de hasta dos horas por ver el manuscrito del Poema del mio Cid. Esto último sería una gran noticia si ocurriera cualquier otro día del año, un día no mediático ni carnavalesco, un día donde el interés cultural fuera íntimo y real, y no el eco borreguil de lo que nos venden los medios. Y así, quienes jamás tuvieron el más mínimo interés en leer semejante poema, esta noche aguardan dos horas de cola para contemplarlo, aunque tampoco tengan muy claro el qué. El para qué sí: para contarlo.

El ayuntamiento, consciente del maremagnum que provocan estas iniciativas, decide cambiar los búhos de su sitio habitual, de modo que quienes estábamos viviendo nuestra propia noche -por aquello de que nos gusta decidir el dónde y el cuándo de la cultura sin necesidad de la Guía del Ocio municipal- tuvimos que dar vueltas y vueltas hasta encontrar alguna parada donde arrancase un miserable autobús. Y es que, en esta ciudad que no duerme, en esta noche en blanco de la gran cultura para las grandes masas (¿por qué nos da tanto miedo ser individuos? ¿ser diferentes? ¿tener vida, ritmo y pensamiento propios?), nadie tuvo la iniciativa de abrir el metro y de evitar, de este modo, el caos en el que ayer se convertía Madrid.

Por supuesto, este no es más que mi relato. El de alguien que, ajeno a la verbena cultural gallardoniana, pasó una noche espléndida con su pareja y unos amigos en uno de sus restaurantes predilectos de la ciudad. Alguien que disfrutó parte de la velada restante en el ático de un sofisticado hotel, uno de esos refugios aéreos desde los que se puede observar -y devorar- toda la ciudad. Alguien que no pretendía más que pasar otra noche madrileña más, una de esas noches interminables y lúcidas de esta ciudad en la que tantas monsergas tenemos que aguantar a lo largo del año. Manifestaciones reales o culturales, maratones deportivos o inventados, pasarelas ciclistas o monopatineras, todo cabe en el centro de una ciudad ya difícilmente transitable de por sí y donde se empeñan en no dejarnos disfrutar de la cultura, o del deporte, o de la vida -así de simple- a nuestro ritmo y a nuestro modo.

Convertir la cultura en un mercadillo nocturno de oportunidades no es, en mi modesta opinión, el modo de difundir ideas, estéticas o pensamientos. Es tan solo un ejercicio de trivialidad que permite calmar las conciencias de quienes con la noche de ayer ya han cubierto el cupo de cultura hasta la próxima noche en blanco. Hay que despertar interés, motivación, impulso real, no un paseo lobotomizado para rellenar casillas de visto/no visto en el panfleto de la organización. Y ahora que terminó la noche en blanco, como ya no hay jolgorio nocturno ni cámaras televisivas ni las entradas son gratuitas ni tiene gracia contar lo que se haga en adelante, las exposiciones de la Biblioteca Nacional y las butacas de los teatros seguirán llenándolas los mismos. Siempre que el metro nos lleve o que los búhos no cambien de sitio para futuros eventos de igual calado. ¿Pero qué es la cultura real frente a unos jugosos minutos televisivos? A fin de cuentas, eso es el populismo del siglo XXI. Tan solo, puro marketing.

20.9.07

Niños. Una opinión y dos extremos

Extremo 1
Hace poco fui acusado de practicar la demagogia al defender, ante un par de modernos pasarela-cibelescos, el derecho de toda trabajadora a querer ser también persona y, por tanto, su derecho a convertirse en madre sin que se la penalice por ello (de nuevo, los hombres tenemos una posición mucho más cómoda en este asunto). Asimismo, se me ocurrió asegurar que era vergonzosa la actitud de las empresas con respecto al tema de la maternidad -despidos encubiertos, excedencias que no se cumplen, sutiles formas de relegar a un segundo plano a la mujer que quiere ser madre o que acaba de serlo...- y su falta de visión ya no solo desde una perspectiva humana o socialmente concienciada, sino también económica: ¿no estamos invirtiendo en nuestro propio futuro cuando invertimos en la maternidad? ¿No nos parece preocupante el envejecimiento de este continente? Los modernos -para colmo, publicistas- me tacharon de antiguo y demagógico, haciendo hincapié en que la culpa la tenía el sistema y que la solución pasaba por el regreso de las mujeres al hogar para que no se estresasen y tuviesen hijos con toda la calma del mundo. Los modernos, además, eran un hombre y una mujer jóvenes, hecho que me preocupó doblemente. Por mi parte, me alegro de saber que soy un antiguo (joven, eso sí) que sigue creyendo en la igualdad de oportunidades y en la libertad individual por la que cada cual -sea del sexo que sea- debe decidir cuál ha de ser su destino y la mejor forma de realizarse en el plano vital que desee hacerlo.

Extremo 2
Anoche veía en mi sobreexplotado dvd el episodio 9 de la sexta temporada de Sexo en Nueva York (A woman's right to shoes). El guión me pareció especialmente ingenioso y, sobre todo, me sentí muy identificado con los pensamientos de Carrie durante sus veintiocho minutos de Manolos y vestidos Dior. Y es que Carrie se quejaba de haber gastado una fortuna -en tiempo y en dinero- en regalos para amigas casaderas y amigas futuras madres, abrumada por las celebraciones que todo el mundo se empeña en hacer de cada uno de sus cambios vitales. La independencia, la vida en pareja o la soltería no se celebran como tales, así que los que estamos en cualquiera de estas situaciones no torturamos a los demás con listas de bodas, listas de bautizo, listas de comuniones... y, sin embargo, sí tenemos que sufrir la imposición de los niños ajenos y de los compromisos de los demás. En el trabajo -al menos, en el mío- no tener cargas familiares hace que no podamos eximirnos de ciertas tareas con la misma facilidad que nuestros colegas padres, a quienes se toleran ciertas conductas que a los no padres se nos penalizan. Y, por último, tenemos que sonreír cuando más de un padre irresponsable deja que su hijo nos martirice en algún restaurante, en un avión o en la piscina de un hotel. Personalmente -lo confieso- no me gustan los niños (bastante infantil soy yo..., supongo que es una cuestión de celos) y no sé por qué tengo que soportarlos en determinados contextos donde los padres se escudan en el consabido "es que son niños" para justificar cualquier barrabasada que puedan cometer. Yo también lo fui y no daba el coñazo a nadie. En caso de hacerlo, obtenía una pertinente reprimenda y así, poco a poco, supe comportarme en restaurantes, hoteles y otros lugares donde ahora me gusta que transcurra mi placentera vida adulta.

En el episodio mencionado de Sexo en Nueva York, Carrie acaba mandando invitaciones de una boda consigo misma para celebrar su independencia y recuperar con esa pequeña treta parte de lo invertido durante años en las vidas ajenas. Y es que no se trata tanto de la inversión como del cansancio que provoca el cambio consiguiente a ese festejo: de repente, aquel o aquella que celebraba su nueva etapa vital, aquel o aquella que nos obligaba a sentirnos tan felices en la exhibición de su boda o en la fiesta prenatal de su bebé, comienza a contarnos lo ocupadísimo/a que se encuentra en esa misma etapa y -¿por qué resulta tan difícil evitarlo?- comienza a hacer comparaciones entre nuestra ociosa vida hedonista (quieren decir egoísta) y su auténtica vida adulta. De repente, pasamos a ser el condimento entretenido de las reuniones: se nos deja el papel de anecdotario social para amenizar la velada y se nos quita la palabra cuando la conversación pasa al plano de lo auténticamente importante. Y hay que tener niños para saber qué es lo importante, parecen decir.

No todos somos así, desde luego, y entre mis mejores amigos cuento con madres y padres excepcionales, personas a las que admiro por conciliar un sinfín de facetas que a mí se me antojan imposibles y que no han convertido su nueva etapa en un monotema. Padres y madres que jamás han subestimado la vida de los demás por considerarla menos adulta, menos comprometida o menos compleja. La vida, en general, siempre es compleja. Aunque los niños (y ahí sí les envidio) todavía no lo sepan.

18.9.07

Supermorreos 2007

Definitivamente, Supermodelos es -una vez más- el hito imprescindible de la telebasura del siglo XXI. Ayer, en un nuevo alarde de creatividad, nos dejó algunos momentos tan esenciales como estos... Y como el tiempo no me permite extenderme en tan jugoso tema, recurriré a la siempre socorrida enumeración. Los que no vieran algunos de esos instantes siempre podrán buscarlos en youtube -a ser posible, en horas de trabajo y cuando su jefe no les mire. Empezamos...

1. La p con la r: pr
El jurado cursi -un señor que parece una señora y que está enamorado en secreto de Valerio Pino- le dice a Cristina -la tutora y profesora de estilo, justo eso que ella jamás tuvo- que debe tomarse en serio su labor de tutora, pues eso es fundamental "para el pograma". La ausencia de la r en la sílaba pro fue reiterada segundos después, así que esperamos que el susodicho pograma también le ponga un tutor o, en su defecto, un logopeda a este jurado.

2. Cómo mejorar la autoestima
El grupo de profesores consiguió ayer levantar aún más la autoestima de las chicas con frases como "Demuestra que no eres un paquete", "Todos dicen que eres un paquete" (y otros enunciados que contenían la palabra paquete y que apuntaban a la incomprensible concursante Raquel). Para colmo, la tutora-dominatrix insistió en la bonita ceremonia de quitar los zapatos rojos a las concursantes eliminadas con frases tan cariñosas como "Quítatelos. No están hechos para ti". La última expulsada, por cierto, estuvo a punto de perder el equilibrio y caerse rompiéndose tanto los tacones como, de paso, una pierna. No se habría llevado consigo la autoestima ni los zapatos, pero sí una bonita escayola firmada por todas las supermodelos de esta edición.

3. Buscando a Nemo
La prueba fotográfica de la semana no tuvo desperdicio: debían posar sensuales dentro de un acuario gigantesco. El fotógrafo hipócrifo -la camiseta abierta de ayer da fe de que es un maromo puesto únicamente para calentar a la audiencia- las acusaba de blanditas por no ser capaces de aguantar la respiración, sonreír y seducir a la vez que tragaban agua y eran perseguidas por todo tipo de peces y objetos acuáticos no identificados. Solo por eso, las chicas tienen ya toda mi admiración, además de que espero que el Oceanográfic de Valencia las nombre hijas adoptivas en breve.

4. Lulu? Oui, c'est moi
La prueba de interpretación dejó aún mejores momentos. Su objetivo: besar a un guapo modelo -era guapo, es cierto- fingiendo pasión y diciendo una única frase en francés: Sans toi, je ne peux pas vivre. La frase se convirtió, en boca de estas grandes políglotas, en (y transcribimos con toda la literalidad que nos permite nuestra inagotable capacidad de vergüenza ajena) San tu, ye ne se pa, Santi yo en el pub libre o Santo ne nepalí. Pijadas lingüísticas aparte, las modelos se quejaron de tener que morrear a un desconocido, ante la indignada mirada de sus profesoras, que las acusaron de estrechas y remilgadas. Obviamente, un grupo de niñas de dieciséis, diecisiete y dieciocho años está ya lo suficientemente experimentado como para no escandalizarse de nada, como indica su madura edad. Parece que ni la profe de interpretación ni la tutora han oído palabra alguna sobre la adolescencia, así que les invitamos que se compren algún libro al respecto o que pasen una jornada de convivencia con mis alumnos de Bachillerato. Ellas, además, que son más liberadas que nadie se dieron un morreo en toda regla para caldear aún más el programa, que ha decidido no quedarse atrás de GH y apunta maneras casi tan chabacanas como las de Amor (esto, sorry, merece otro post monográfico... tendrán que esperar).

5. Con la muerte en los tacones
También aprendimos anoche que no nos debe importar el número del zapato que gastemos, aunque nos caigamos porque sea tres números mayor que nuestro pie. Como bien resumió Valerio -que, como le ocurría a Rafaella Carrá, cuanto más tiempo pasa aquí, peor habla el español- "me importa un auténtico bledo de los zapatos grandes de tres números más". Ahora, coloquen bien artículos y preposiciones y la oración hasta tiene sentido. Y desde aquí, un llamamiento a la producción del programa: ¿por qué no compran zapatos de la talla de las chicas de una maldita vez? ¿Aspiran a lesionarlas por algún oscuro motivo que se nos escapa a los supermodelfans?

6. Correcta y amargá
Mención especial para la vulgaridad de Paula y sus inexistentes modales (sobre todo al final del programa, donde nos dio toda una lección de no saber estar que a punto estuvo de hacerme sonrojar). Todo ello, sumado a la agresividad de Zaida, al momento del codazo (es bello comprobar que las modelos interpretan de forma literal eso de ponerse la zancadilla en lo profesional) y la pedantería hipócrita de Raquel, dio como resultado algunas escenas de auténtico slapstick llenas de humor y falta de sentido común. Frases como "prefiero mi familia incorrecta a tu familia correcta" o "no quiero ser correcta y amargá" (ambas, made in Paula) podrían ser títulos de nuevos temas posmodernos de Martirio, como aquel Estoy atacá o Tó el mundo es guy que tan buenos ratos nos han hecho pasar.

7. El regreso de Esteso y Pajares
Especialmente lírico y nada sexista el momentazo del desfile "como cortesanas", tal y como dijo con su habitual talento social la sinigual tutora. Convertir a las chicas en prostitutas y pedirles que saquen su lado más vulgar es, sin duda, un ejercicio fascinante de sexismo y atraso social en una cadena que presume de ser la más concienciada y moderna. Ahora que han estrenado un programa de reciclaje, tal vez deberían también reciclar escenas y situaciones como esta. Además, no contentos con reírse de las concursantes que desfilaban, pidieron a sus compañeras que las piropeasen en el tono más cazurro que pudiesen, obteniendo alentadores comentarios como "Eso sí que son dos cuerpos y no los de la guardia civil". En ese instante, dudé si estaba viendo una película de Esteso y Pajares o el programa de Judit y su dislexia.

8. Madre -y presentadora- no hay más que una
La Mascó sigue llevando el programa como si de un castigo de Sísifo se tratase. Entre sus errores más memorables de anoche, destacaremos el bautismo no pretendido de una de las concursantes a la que convirtió en Marta Vicente. Después aclaró que se había confundido porque Marta Vicente es su hija, no la concursante. El público, siempre piadoso, aplaudió el error como si fuera algo muy entrañable. El director del programa, imagino, se tiraría de los pelos y se preguntaría por qué no aceptó la oferta de Mira quién baila o hasta la de Identity, para olvidar a semejante show-woman.

9. Chicago
Los morreos, en cualquier caso, fueron la tónica de la semana. Tal y como se puso en evidencia tras el encuentro de Paloma -la más simpática y natural de esta edición- con el insufrible presentador de Money, money. Este último tuvo un bonito gesto de abuso de poder y, en plena presentación de la programación de Cuatro, pidió dar un pico a la tal Paloma. Ella no dudó en dárselo y sus amigas la criticaron con perlas como "Da una imagen falsa de nosotras" o la defendieron (es un decir) con otro tipo de perlas como "Claro, como ella es de Chicago, pues es más liberal". El presentador en cuestión -de todos modos- no acertó provocando una situación en la que, seguramente, ellas no tenían la misma capacidad de reacción que él, ni por experiencia profesional, ni por edad, ni por contexto. Es como si hubiera aparecido Gabilondo pidiéndoles un morreo. Uf... Ahora que lo pienso, menos mal que eso nunca pasó.

10. Vicky, esa gran mujer
Y como cierre, una sentencia memorable de Vicky, esa gran contertulia y diseñadora a un tiempo. Una mujer que demuestra que se puede vivir cómodamente de la nada y que ha convertido esa misma nada en un arte racial. Pues bien, anoche quiso elogiar la labor de Valerio (que cada es más insoportable y grita de modo más ridículo: estoy harto de tener que bajar el volumen de la tv cada vez que aparece). Según Vicky, las chicas han mejorado y "después de una semana, las modelos ya no tienen color". Imaginamos que quiso decir que no había color entre el principio y su evolución posterior, pero todo se quedó en que las modelos están pálidas y al borde del colapso. A ellas, por tanto, les deseamos que les vuelva la color y a Vicky le deseamos la compra urgente de un diccionario de la RAE. Seguramente no sepa usarlo durante una temporada, pero con ayuda, paciencia y la colaboración de los tutores del pograma (¿querría decir popgrama y no le salió la segunda p?) seguro que encuentra el modo de integrar la gramática en su nueva vida de nada que diseña.

Y esto es todo. O casi..., pero los dedos no me dan para teclear más. Y el tiempo, tampoco, que esta noche me han invitado a la Pasarela Cibeles y estoy deseando inspeccionar aquello para poder despellejarlo con calma mañana en esta misma pantalla. De momento, voy a pensarme el modelo, que seguramente sea en tonos marrones y en tejidos Ferragamo de esos que, en sus arrebatos de espléndida y dulce locura me regala mi chico. Y es que él (cuántas ganas de que sea ya viernes...), eligiendo ropa es tan genial como eligiendo pareja. Yo soy la prueba :-)

14.9.07

La era del revival

Pavorosa. Así es la portada del On Madrid de hoy (nota al margen: ¿qué comité de dementes o saboteadores coordina los contenidos de todos los suplementos de El País?). Y es que, cuando menos, provoca pánico pensar que lo más in del On (disfruten del efecto aliterativo de tanta tendencia) es el reestreno de Jesucristo Superstar, una ópera rock con más años que la mismísima Massiel. Y, por si el hecho en sí no fuera lo bastante escalofriante, la portada nos devuelve a un resucitado Camilo Sesto que, en mi caso, hace años que no es más que el cantante de Vivir así es morir de amor, clásico etílico en cualquier bareto de copas que se precie. Las declaraciones de los protagonistas del evento, para dar más color -¿rosa?- al reportaje, se sazonan con declaraciones como "esperamos que la Iglesia no organice la misma polémica que el día de su estreno" y, en ese mismo instante, es cuando se me eriza el escaso vello no erizado que me quedaba. Si la Iglesia se escandaliza por semejante espectáculo -hoy en día más ingenuo e inocente que un programa de los Lunies-, se certificaría que la Iglesia tiene un grave problema mental que se niega a reconocer. En el fondo, espero que sí se rasguen las vestiduras y hagan todo eso que hace normalmente la Iglesia. Es más, a ver si el foro de la familia se queja también, que estos sí que hacen el ridículo con mucha gracia.

Pues bien, con o sin polémica, JC superstar es el gran estreno de la temporada teatral madrileña, lo que no deja de resultar triste y lamentable. Y no porque no tenga su gracia el musical (a mí siempre me han gustado los números de Judas y hasta pasé una época en la que me emocionaba la balada de María Magdalena), sino porque tengo la sensación de que estoy viviendo en el mismo país que hace veinte años solo que con veinte años más. Y me aburre que mi generación, los que acabamos de cumplir los treinta -aún somos más veinteañeros que treintañeros-, disfrutemos más con el revival de unos años que tampoco están tan lejos que con la búsqueda de nuevas formas de expresión, nuevas creaciones, nuevos autores, nuevas vías.

Me resulta agotador comprobar que una revista como On Madrid prefiera poner en portada a Camilo Sesto sobre las aguas (la imagen debe haberla confeccionado el becario, porque hasta yo manejo mejor el photoshop) antes que cualquiera de los espectáculos del ya inminente Festival de Otoño madrileño. Casi tan agotador como saber que Naim Thomas estrena musical (El rey de bodas) o que se espera con auténticas ganas la verbena del Dúo Dinámico titulada, para sorpresa de todos, Quisiera ser. En este caso, y cuando empiecen a cantar, yo creo que quisiera ser sordo momentáneo. O sordo selectivo.

Afortunadamente, el cutresuplemento EP3 (ese que antes fue El País de las Tentaciones y que luego cambió su nombre para mantener el mismo, ejem, contenido) contrarresta estos excesos populacheros con su habitual sucesión de nombres absolutamente prescindibles y sus pomposas y vacuas entrevistas. Entre este desesperado intento por crear una cultura alternativa de la nada y la cultura de patio de vecinos de toda la vida, no tengo muy claro en qué (odioso) extremo posicionarme.

De momento, solo tengo claro el deseo íntimo y secreto de que se acaben -por favor- los revivals y comiencen los vivals sin más. También yo tengo mi punto nostálgico -con mi colección de dvds de La bola de cristal incluida-, pero eso no me impide sentirme parte de lo que se hace, piensa, dice y escribe ahora, incluso cuando no me gusta. Y prefiero conversaciones sobre Six feet under, Prison Break o Desperate Housewives que volver a bromear sobre los eternos goles de Campeones o echar de menos programas El planeta imaginario. Me niego a seguir con listados de series favoritas de la infancia, personajes favoritos de la infancia o musicales favoritos de la infancia. Y es que a ritmo de tanto revival a más de uno se le va a pasar la vida recordando, hasta que la memoria no le dé para más y tenga que contentarse con saberse y tararear -uno a uno- todos los grandes éxitos de Camilo Sesto.

11.9.07

Bocados de realidad

La televisión comienza su nuevo curso y se lanza, de lleno, al retrato manipulado y tramposo de la realidad. La realidad en cuestión tiene más de circense que de cotidiana y nos deja momentos impagables en programas como estos...

1. Massiel en Días de vino y rosas
Como si del personaje de Jack Lemmon en esta espléndida película se tratase, Massiel se incorpora a las mañanas de Antena 3. Allí colabora con contertulia experta en nada para aportar su siempre sabia opinión sobre temas tan poco delicados como la desaparición de Madeleine. En el debate nos deja perlas como la siguiente: "Los padres son unos irresponsables. Consumir una sola botella de vino en una cena ya es por sí lo bastante grave". Teniendo en cuenta el sano pasado y presente de la (antaño) cantante, imaginamos que lo que quiso decir es que lo grave es que tomaran solo una botella de vino y no todas las que hubiera en la bodega del restaurante... Basta recordar los últimos tres o cuatro millones de momentos sonrojantes que nos ha proporcionado la edificante Massiel gracias a la ingestión masiva de un líquido más bien rojizo que suele conocerse con el nombre vulgar de tintorro. Resulta -por lo demás- esperanzador que personajes así sean consultados en temas como este. Confío en que, ahora que se avecinan las elecciones generales del mes de marzo, se convoquen debates políticos con Karina, Malena Gracia, Raquel Mosquera y otras glorias del pensamiento contemporáneo.

2. Judit Mascó en El club de los poetas muertos
Solo que en vez de poetas que se cultivan en la lectura de textos clásicos, este club está formado por adolescentes que lloran cuando les cortan el pelo, que lloran cuando las maquillan, que lloran cuando encienden la luz, que lloran cuando las saludan, que lloran cuando parpadean... y así hasta completar un listado de infinitas causas de llanto que el espectador es incapaz de descifrar.
Pero si en algo destacan las concursantes es por su alto nivel de formación. Aquí va un pequeño ejemplo del talento de esta nueva elite ilustrada...

Una de las supernenas es sorprendida por el profesor de fotografía (un morboso francés que sospechamos no es siquiera fotógrafo: lo han puesto de pega para contentar al público femenino y gay del show). El profesor le dice que ha sido contratada para ir a hacerse un reportaje en Santander. La supernena se emociona, grita, llora... y exclama "¡Qué bien!" Después, hace una pausa y pregunta...: "Pero..., ¿dónde está Santander?" Las demás, sobrecogidas por la dificultad intelectual de la pregunta, no fueron capaces de hallar la respuesta.

Aparte de estos momentos de intensa erudición, los profesores continúan en su estéril polémica con el jurado (parece que concursan a ver quién viste peor de todos ellos), la profesora de estilismo sigue colgándose objetos extraños alrededor del cuello (ayer lució un collar de perro con cable telefónico incorporado que espero adquirir cuanto antes), Judit Mascó sigue haciéndose una coleta infame y luciendo una ropa espantosa que sospechamos debe haber mangado de Bershka, el profesor de fotografía sigue proponiendo pruebas inútiles (hacerse fotos llenas de grasa en un desguace de automóvil es algo que no acaba de parecerme especialmente elegante) y la profesora de protocolo les enseña a usar el usted hablándoles de tú y usando expresiones dequeístas y laístas. Por no hablar del insólito equipo de asesores de imagen que se ocupan de afear tanto como pueden a todas las participantes en cada una de las ediciones del programa. En este caso han batido su propio récord con Raquel -la concursante freaky de esta edición- a quien han demostrado que odian con toda su alma y con todos sus tintes. ¿Se puede pedir más?

Pues sí, se pueden medir momentos tan sonrojantes como las nominaciones de ayer, donde el jurado engolado y acartonado se extendió tanto con la insufrible Raque que la concursante en cuestión se creyó salvada y corrió fuera del escenario. Mascó no supo detenerla con un mínimo de gracia y, cuando la chica salía despepitada de a pantalla, se limitó a recordarle "Oye, que no hemos terminado". El jurado, lógicamente, salvó a otra y consiguió que el programa acabara con su toque cutre habitual.

3. Mercedes Milá en Ojos negros
Ha regresado. El primero de todos los reality shows y el más delirante a pesar de su aparante simplicidad. Delirio gracias a la calaña de sus concursantes y, sobre todo, a la locura total de su presentadora, que hace tiempo se olvidó del periodismo y lo cambió por un estilo basado en la salida de tono constante y la vulgaridad más absoluta. En conclusión: un festín visual de auténtica telebasura.

En el programa de estreno, dos momentos estelares. El primero, la entrada de una concursante invidente que permitió a la Milá demostrarnos su gran sentido del humor. Y así fue como empezó a hacer bromas tan divertidas como "O la coge alguien del brazo o se nos mata en la casa" o "Es increíble: ¡comentan cómo son sus tacones y no le han dicho nada de su bastón! ¡Pero si es ciega!". Los continuos comentarios de la presentadora eran un subrayado grotesco de la incapacidad de la concursante que, gracias a Mercedes Milá, parecía una especie animal protegida. Es triste, pero poco importa lo que haga o diga la concursante para demostrar su valía (si la tiene, porque en GH no ha pasado un solo concursante que la tenga): Milá y su tremendismo siempre estarán ahí para anormalizar su presencia en el programa.

El segundo momento fue el reencuentro de dos hermanas que no se conocían y que, por lo que se vio, tampoco tenían ningún interés en conocerse. Cuando una le dijo a la otra "Soy tu hermana. Tú no me conoces", esta le respondió "Ah. Qué bien. ¿Pero tú te vas ahora o también te quedas a concursar?" Seguramente un reality no es el mejor lugar para que a uno le crezca la familia, porque pueden ganar en tu lugar y eso, con o sin regalo familiar, es una lástima.

10.9.07

Serie matemática

Hay días como hoy en que los aviones se llevan consigo demasiado de mí mismo. Y este lunes salgo en vuelo a Bruselas y a Barcelona en dos trayectos donde va gran parte de lo mejor de mí. La noche -inevitable- invita a la reflexión quizá lánguida pero necesaria para alguien que, como yo, tiende a una melancolía que necesita para reconstruir su habitual euforia. Supongo que para ser el hiperactivo contumaz -y pesadísimo- que soy, necesito estos instantes introspectivos, casi silenciosos (aunque prometo traicionar este propósito solemne con el visionado de Supermodelos esta misma noche, palabra).

En realidad -pienso mientras repaso fotos de este verano- poco de mí hay en mí. Esa primera persona está diluida en cada uno de los retazos que componen el espejo donde de verdad habito. Mi yo más íntimo habita en Bruselas, porque la ciudad no le gusta, pero allí ha aprendido a ser quien soy y vivir la vida como ahora la vivo. Mi yo más cercano habita en Barcelona, porque hay demasiadas confidencias, demasiadas risas, demasiados instantes como para guardarlos en mi armario de Madrid. Y, por si fuera poco, sé de un pedazo que acaba de volar a Grecia, otro hace tiempo que vive en Dublín, otro se mudó hace ya dos años a Sevilla... Y así, de la continuidad entre tanto fragmento discontinuo, nace mi identidad, esa que se define en la mirada de los amigos, en el sexo y la complicidad de la pareja, en la más reducida intimidad familiar.

El yo, al menos el mío, no es más que una entelequia. Una abstracción que solo encubre una serie lógica (¿ilógica?) donde sus múltiples componentes se suceden sin que yo pueda determinar la clave que los une, pero siendo consciente de que esa serie es tan coherente y férrea como cada uno de los eslabones que la forman. Lo mejor de la serie es que -gracias a la poesía de las matemáticas- es infinita, así que en cada nueva etapa se suman nuevos fragmentos de ese espejo en el construyo mi identidad. Poliédrica. Plural. Ansiosa por más puntos de vista, por más palabras, por más mundos que descubrir. Por más zonas de mí en las que indagar.

Hoy viajan en sendos aviones dos de los eslabones fundamentales de esa serie. Los dos que, posiblemente, posean la clave para definirla y descifrar su sentido. O descifrarme a mí. El vídeo musical, por cierto, es el (fabuloso) cierre de la cuarta temporada de mi serie de cabecera, Nip/Tuck. Porque la melancolía también puede tener su punto de inteligente ironía, de humor agridulce y, sobre todo, de elegancia.

6.9.07

La sonrisa de Monna Lisa

No, no se preocupen. No se trata de un post sobre la película de Julia Roberts, aquella versión femenina de El club de los poetas muertos en la que la profesora -supuestamente una revolucionaria- enseñaba a un club de futuras marujas pijas la importancia de ser una maruja ilustrada. No, no vamos a hablar de semejante alegato por la independencia femenina, sino de la noticia más escalofriante del mes que, como no podía ser menos, abre el ¡Hola! de esta semana. Y es que, tal y como afirma esta publicación que debería ser de lectura obligatoria, se han encontrado a los descendientes directos de la Monna Lisa.

Sí, efectivamente, ser descendiente directo de una obra del siglo XVI tiene su mérito, sobre todo porque las protagonistas del hallazgo son, según la sesuda historiadora que habrá redactado este apasionante reportaje, dos jóvenes princesas italianas. No sabemos bien qué tipo de principado las avala, pero para tener una madre tan antigua se conservan estupendamente. Lo mejor, por supuesto, son las concluyentes pruebas que ofrece el autor del reportaje y que, sucintamente, se resumen en estas dos evidencias aplastantes:

a) Las dos jóvenes princesas italianas posan exactamente igual que la Monna Lisa, tal y como demuestra la foto que incluimos bajo estas líneas. Poder cruzar los brazos en esa complicadísima posición y mantener tan difícil postura son dos rasgos que solo pueden justificarse gracias a la herencia genética, por supuesto.

b) La segunda prueba, propia de científicos tan rigurosos como el mismísimo Iker Jiménez, es que su abuela les aseguró que son descendientes de la Monna Lisa. Espero que mi abuela, en un arrebato de idéntica lucidez, me diga en algún momento que soy descendiente del David de Miguel Ángel y confío, desde luego, en que ¡Hola! me haga un reportaje imitando al de la honda y demostrando que no tengo nada que envidiar al pastorcito bíblioco ese.

Siguiendo con el apasionante mundo de las deducciones lógicas, nos detendremos brevemente en dos estrenos de la temporada. Dos series televisivas españolas (este adjetivo dentro del sintagma nominal serie televisiva suele estropar el sintagma en cuestión) que se basan en el olfato lógico-deductivo de sus protagonistas y que plantean tramas intrigantes y llenas de supuesto interés.

La primera, Hermanos y detectives, es un prodigio de insulsez gracias a la mezcla de ingredientes absolutamente infumables: un niño repelente y desagradable que se cree gracioso y que recuerda los peores filmes de Joselito (le deseamos, eso sí, un futuro mejor, aunque igualmente deseamos que se dedique a darle el coñazo a sus parientes en las fiestas familiares y nos deje en paz a los demás); un protagonista flojo y sin carisma (mono, como atestigua la foto, sobre estas líneas aunque afeado y acartonado en esta serie) del que lo mejor que se puede decir es que repite la mediocridad habitual en él; un secundario de lujo (Eusebio Poncela) que sobreactúa en cada plano y que trata de hacer creíble un personaje infame (un profesor que roba una novela a un alumno y lo mata para publicarla en su nombre mientras la Julia de Verano Azul le pone un café); un puñado de secundarios previsibles (el ambicioso, el cateto pero divertido, el amigo simpaticón...) y unos guiones tramposos, ñoños de puro blancos (¿quién ha dicho que el humor para ser blanco deba ser... tonto?) y argumentos ridículos de puro mal construidos (el niño repelente resuelve el caso gracias a una tarta que no se comió el asesinado). Es triste asumirlo, pero los guiones de Rex son joyas del cine negro comparados con esto... Por supuesto, y viendo el éxito de la infame Escenas de matrimonio, le auguramos un gran futuro a este nuevo bodrio.

La segunda apuesta fuerte de la temporada es Quart, una serie basada libremente en una novela (¿se le puede llamar novela?) de Pérez Reverte. La novela, La piel del tambor, es una de las narraciones más irrisorias y sonrojantes que he leído jamás. No solo porque esté mal escrita y peor estructurada, sino porque su desenlace no habría sido perpetrado ni por el cerebro de un teletubbie (merece la pena el martirio de atravesar sus insufribles páginas solo por reírse con su final). A pesar de ello, se ha reconvertido en una serie que, como no podía ser menos, ha resultado deshilvanada, caótica, frenética y vacía, donde resulta imposible no desinteresarse en menos de diez minutos por mucho que a uno le ponga su prota (el siempre morboso Roberto Enríquez) o le gusten los secundarios (el siempre eficaz Pou). No sé si los guiones son obra de los genios que inventaron aquel pésimo Círculo rojo o si han colaborado los artificieros tramposos de Motivos personales, pero sea como sea, el cocktail no funciona y la serie irá perdiendo gas por momentos si algo no lo remedia. Además, competir con el niño repelente de Tele5 les será difícil, así que cabe la posibilidad de que Antena 3 siga su entrañable método de cambiar día y hora de emisión sin avisar hasta que Quart se nos quede más perdida en la parrilla televisiva que su prota en el Vaticano. De todos modos, siempre nos quedará reírnos con la imitación hispana de CSI, protagonizada por el gran experto en yogures diuréticos José Coronado y que debe ser algo así como una parodia no pretendida de este nuevo género de ficción.

Y hasta aquí por hoy, que ni la tele ni yo damos esta tarde para más, sobre todo tras aguantar las reclamaciones de unas decenas de padres de esos que jamás debieron tener un niño y a los que nadie se encargó de impedirles la procreación. Lástima que no haya tantas dificultades como para adoptar, porque así se evitaría que más de un cafre trajese al mundo proyectos de cafrecitos... Tras este breve desahogo docente, voy a ver si poso un rato en mi cuarto como el Conde Duque de Olivares para comprobar si mi origen es más noble de lo que yo creía...

3.9.07

Excesos

Vehemencia es, sin duda, mi palabra favorita del castellano. Y no se debe solo a su fonética exuberante, ni tan siquiera a mi pervertida pasión ortográfica por la h intercalada. En realidad, se trata de una predilección semántica, porque nada me parece tan digno ni tan humano como lo intenso. Y nada me hace tan feliz como esa intensidad.
Sin embargo, no todos los excesos tienen las mismas consecuencias. Sirvan, como muestra, los siguientes...

1. Excesos... de ritmo
En este caso, el exceso se salda con una cuenta más que positiva. Una película trepidante, ágil, llena de nervio y de inteligencia. Actores espléndidos en sus sencillos roles (se limitan a interpretar personajes, no a inventar caretas ni poses que arruinen el film) y, sobre todo, un director que confirma que tras su nombre se esconde un gran artesano. Seguramente no sea el autormás original (tampoco creo que lo pretenda), pero El ultimátum de Bourne es, posiblemente, la mejor de la trilogía y, junto con su United 93, una prueba de que este tipo sabe dirigir y contar historias con un efectismo que se agradece.
La película, por supuesto, amalgama todos los tópicos de su subgénero: un héroe que sobrevive a cuantas trampas, accidentes y sabotajes se le presentan; una chica fiel, inteligente y lista; un malo malísimo cruel y corrupto; una supuesta mala que, en realidad, no lo es... y así hasta agotar un sinfín de tópicos que el director maneja con pericia (su ruptura de la unidad de lugar nos deja imágenes memorables de Turín, Túnez o Madrid) y con las que juega como el niño inteligente que es. En suma, una gozada de peli de acción.

2. Excesos... de pretensiones
La última nota (traducción insípida y equivocada de La tourneuse de pages) es un filme notable pero fallido. Un buen reparto para una historia que hemos visto mil veces antes (otra mano que mece la cuna), por mucho que el largo francés intente teñir la historia de pretensiones sensuales (¿por qué todo psicothriller debe tener su clímax lésbico desde los noventa?) e incluso pseudointelectuales (¿por qué el cine francés tiene que ser casi siempre tan... francés?). La película, sin embargo, está más vacía de contenido de lo que se pretende y tanta pretensión impide que el guionista y su director indaguen por los vericuetos realmente interesantes del texto: la perversión de esa pasadora de páginas, esa mujer bella y enigmática que se limita a maldades minúsculas y tontorronas.

Ni se alcanza la perversidad, ni el terror, ni la sorpresa..., ni siquiera el humor negro de otras cintas francesas como aquella estupenda Harry, un amigo que os quiere. La película no pasa de una tibieza correcta, pero simplona. Además, en este caso los aspectos inverosímiles del guión son excesivos y no admiten la benevolencia del espectador, ya que se plantea como un drama verista e íntimo. Francamente, un bluff de los que deben evitarse a favor de otras películas menos cargadas de pretensiones y más llenas de contenido.

3. Excesos... de caspa.


Nunca pensé que lo diría, pero... ¡¡¡¡echo de menos Dolce Vita!!!! Y es que, al menos, allí estábamos protegidos contra la avalancha de estulticia y gilipollez de su sustituto: La noria. En Dolce Vita, una serie de reporteros de medio pelo decían estupideces sobre famosos absolutamente intrascendentes elevando el género de la entrevista a la categoría de basura cósmica. Sin embargo, la vacuidad del conjunto solo hacia peligrar el buen gusto de la audiencia. Ahora, sin embargo, otro de los reyes de la telebasura -el cada día más insufrible Jordi González- se viste de periodista serio -al más puro estilo Ana Rosa Quintana- y llena su plató con temas que pretende serios y que provocan una mezcla de sonrojo y vergüenza ajena. Los temas que se debaten, supuestamente de interés sociológico y político, se someten al criterio de unos cuantos expertos: Terelu Campos, Paloma Gómez Borrero y Urdaci, entre otros prodigios del pensamiento hispano.

El debate que estas mentes privilegiadas sostuvieron en el último programa no tenía desperdicio: ¿es la homosexualidad una enfermedad? La Borrero estaba en el bando de los que querían vacunarnos (supongo que Dios se lo habría confirmado en alguna conferencia telefónica previa) junto con el personajillo ese que preside el ínclito Foro de la Familia. Pero no contentos con darles la palabra a semejante caterva de cavernícolas, el programa decide que para defender la tesis de que la homosexualidad no es comparable al tifus, nada mejor que contar con Terelu Campos y Jorge Javier Vázquez. Gracias a todos ellos, se escucharon atrocidades que me hicieron añorar un debate sobre la silicona y el botox entre Yola Berrocal y Sonia Monroy.

La caspa del programa, en el que una señora muy afectada hace un resumen pardo y rancio de nuestra transición (¿alguien va a mirar hacia delante alguna vez o seguiremos siendo los catetos del Cuéntame hasta que nos muramos?), es mucho más nociva que la de sus predecesores. Porque en este caso el presentador y sus contertulios se toman a sí mismos muy en serio y eso es tan descaballeado como pensar que el Foro de la Familia es un espacio de tolerancia, respeto y progreso social.

4. Exceso... de glamour.
Nip/Tuck siempre ha sido mi serie de cabecera, pero esta cuarta temporada se ha vuelto a ganar el hueco más profundo de mi corazón televisivo. Y es que no solo hemos disfrutado de los lados más siniestros de sus protagonistas en unas tramas sórdidas y excelentemente narradas, sino que se ha contado con un reparto excepcional, donde brillan con luz propia las mujeres: Brooke Shields (sexy y morbosa, aunque algo desaprovechada, en su papel de psicóloga), Catherine Deneuve (fabulosa, como siempre, en el mejor y m´sa buñuelesco capítulo de la temporada) y, sobre todo, una rediviva Jacqueline Bisset (personaje turbador fuera y dentro de la pantalla que devora cada escena en la que aparece).

Además, el estilo también ha dejado su huella en la dirección, capaz de plasmar con elegancia -mezclando lirismo y humor- los sueños y el inconsciente de los personajes en la temporada más onírica y freudiana de la serie (los sueños gays de Julian MacMahon, su visión de las mujeres con las que compartió apartamento y cama, las pesadillas culpables de Sean McNamara...). Una serie de culto de la que, espero, habrá quinta temporada. Y si no, habrá que exigirla. Con vehemencia.

1.9.07

Teen plays

Can we climb this mountain?
I don't know
Higher now than ever before
I know we can make it if we take it slow
Let's take it easy
Easy now, watch it go

The killers, When you were young


Hermosa noche la de este viernes (gracias, chicas). Rescatando memorias de una adolescencia compartida que ha sido el tránsito hasta estos treinta recién estrenados en los que seguimos guardando anécdotas, vivencias y, sobre todo, rasgos de todo aquello. Una época en la que nada parecía tan complicado, en la que la vida no tenía tantos borrones, tantas curvas, tantos acantilados. Una época a la que regreso una y otra vez: gran parte de mis mejores amigos nacieron allí, casi todas mis pasiones -teatro, literatura, cine- comenzaron allí, incluso mis grandes juergas y mi espíritu nocturno se inició allí, a pesar de que mis padres fijaran sus horas límite correspondientes.

Por eso, quizá, mi último texto teatral -escrito a instancias de otra de mis grandes amigas- habla -entre otras cosas- de ese salto. De ese acantilado que hay que afrontar para dejar la adolescencia y asumir la identidad que hemos ido construyendo hasta ese instante. Su título, Tres formas de lenguaje. Su fecha de estreno, 27 y 28 de septiembre. Porque los hechos -el hecho, en realidad- transcurren en este mes siempre iniciático, de cursos y de vidas. Inicios para los que nunca esperamos desenlace. Aunque acaben teniéndolo. Esta vez, además, solo soy el autor. Será otra persona la que dirija. Otras voces las que lo cuenten. Y así, a mi manera, podré sentirme adolescente en mi butaca, responsable tan solo de las palabras, pero libre de la mirada que imponga la dirección ajena. Mirada que seguro enriquecerá un texto que habla de pérdidas, del tiempo como ganancia pero también como renuncia, porque pronunciar con rotundidad una identidad supone, queramos o no, dejar de lado otras opciones. Y las opciones -esas que atesoramos desde niños como si siempre pudiesen brillar con idéntica intensidad- dejan de serlo pronto, aunque no se agoten, sino que se transformen según esa ley universal de la energía que no desaparece. Así, los personajes de esta obra dejan atrás etapas que, a su vez, suman en una capa más de confusión o de identidad. En un lenguaje más de comunicación o de silencio. De eso, creo, habla este pequeño texto que se estrenará junto con otros dos en tan solo unas semanas. Más adelante, ya daremos datos concretos del montaje y el lugar.

Y además de él, en el mes de octubre, se reestrena otro de los textos donde encerré adolescentes, si bien -en este caso- ni siquiera son conscientes de serlo... Se trata de los atormentados -y tormentosos- habitantes de mi Distrito Cabaret, que de la mano del grupo El Hambre regresan a los escenarios en octubre, dentro del Festival Internacional Madrid Sur. Cabareteros adultos en sus cuerpos y en sus edades, pero adolescentes en sus relaciones sexuales, sentimentales, personales. Incluso en sus monólogos, donde se buscan para no encontrarse o, en el mejor de los casos, para horrorizarse ante el hallazgo de su oscuro reflejo. Dos textos en dos meses de principio de curso y de agenda escolar. Dos obras que ofrecen dos visiones que, a su modo, tienen mucho en común. A tanta dualidad coincidente, supongo, se le llamará coherencia discursiva. Esa debe ser una de las ventajas (creativas) de la madurez.