30.9.07

Barroco... y ridículo


Hace tiempo que no asistía a un montaje tan nefasto como este. Los motivos, innumerables, especialmente aquellos que tienen que ver con la inaudita capacidad de semejante equipo artístico para destrozar textos tan sublimes como los de Las amistades peligrosas , de Ch. de Laclos y el audaz Cuarteto de H. Müller.


La función, en primer lugar, en formato estereofónico -y cacofónico- gracias al uso y abuso continuado de la música -machacona, simplista, gris- y de los micrófonos (¿por qué no jugar con la voz, ese hermoso instrumento teatral, en vez de discotequear textos que deberían ser mimamos y no gritados). El texto, pretencioso y profundamente vacuo (posiblemente, el libreto sea -junto con la dirección- lo peor de este nefasto montaje), nace de la refundición de las dos obras en las que se inspira y que trata de reinterpretar desde una visión pueril, moralista, simplona y, para colmo, pedagógica. La pretensión es tal que se encargan de añadir un personaje al dueto Merteuil-Valmont, un tal Barroco/Navegante que, por si no hemos pillado la metáfora, lleva un barco (como los de los Playmobil, más o menos) adherido a un brazo. Este engendro literario se encarga de explicarnos la obra por si no nos enteramos del argumento o, peor aún, por si no captamos la intencionalidad del director. Y así, como si de un capítulo de los Lunies se tratara, tenemos que soportar su clasecita dramático-histórica mientras continúa la acción en el escenario.


La acción, por cierto, consiste en una sucesión de escenas que rozan lo irrisorio, con momentos tan estupendos como la vendimia de Blanca Portillo, que nos tortura durante cinco minutos en una hermosa escena muda en la que -mientras la música nos atrona- exprime uvas sobre una copa, o -siguiendo en el mundo de la fruta y la verdura- el final del montaje, en el que el pésimo Valmont de la función (¿se puede decir peor y con menos morbo, sensualidad y gracia ese texto?) aplasta sandías contra el suelo del teatro para luego bañarse con ellas, en lo que parecía una parodia frutal de los anuncios de jabón Sanex. Tampoco podemos dejar de insistir en la belleza plástica de la lucha -se supone que danza- entre Merteuil y Valmont, coreografiada por Nacho Duato e inspirada -suponemos- en algún espectáculo de pressing catch de esos que ahora emite Cuatro.


Las ideas del director -Pandur, ¿por qué ese empeño en destrozar grandes textos de la literatura universal?-, además de estos sutiles hallazgos, no acabaron ahí... También tuvo la genialidad de colocar dos tenedores a Madame de Merteuil (que parecía vestida por la profesora de estilismo en Supermodelos), tenedores simbólicos -claro-, y por ello se los quita cuando Blanca Portillo (en un continuo mono-registro y demasiado pagada de sí misma) hace su segundo papel: una meliflua y ñoña Madame de Tourvel. Del erotismo, por cierto, ni rastro, salvo un desnudo de la Portillo -que nos podía haber ahorrado, la verdad- y algún que otro momento soez que no alcanza ni la valentía del verdadero erotismo ni la insinuación de la novela original. Ver a Valmont rascándose los huevos mientras hace de perro y recita un texto supuestamente morboso es, digamos, una visión bastante ramplona de lo que debería ser la sexualidad animal del personaje.


Asier Etxeandía -imaginamos- tuvo celos de los tenedores de la Portillo, así que su Valmont se ve obsequiado con la colgadura en sus muñecas de dos abanicos, con los que emula en sus ampulosos movimientos los peores videoclips de Locomía. Imposible tomárselo en serio con semejante caracterización, que se ve completada -por si faltara algo- con unos cuantos insufribles números musicales en los que nos canta temas horrendos que habrían hecho huir a Müller de su butaca. Entre sus canciones, destacamos la versión moralista y culta de "Lo más vital" de El libro de la selva, convertida en este caso en algo así como "si yo soy tú y si tú eres yo", en una pueril alegoría donde todos somos Valmont y, por tanto, todos estampamos sandía compulsivamente contra el suelo en algún momento de nuestra existencia.


En definitiva, una obra que conviene perderse para no tener que sufrir el destrozo de dos obras cumbre en sus respectivos géneros. Y, por cierto, una duda: ¿por qué aplicar el título barroco aplicado a una historia que transcurre en el dieciocho en los albores de la Revolución Francesa? Teniendo en cuenta que el barroco había acabado un siglo antes y que la Revolución es consecuencia directa de la ideología ilustrada... ¿qué diablos pinta el barroco en medio de todo eso? Será como las sandías, que estaba de oferta y quedaba bien restregarlo por el suelo. Y hasta entre las butacas.

10 comentarios:

Fidelio dijo...

Confieso que no he leido las obras a las que, supuestamente, asesina este montaje... pero creo que lo de las sandías es, directamente, suficiente pago por el precio de la entrada ...

Por otra parte, tengo la sensación de que ser "demasiado pagada de sí misma" es un pecado muy extendido en este pais ... y el teatro no iba a ser menos ...

Bueno, si me disculpáis, voy a estamparme un melón en la cara mientras me rasco los genitales al son de "Please, dont go"... con una bapitaurus colgada del brazo, claro ...

Anónimo dijo...

Totalmente de acuerdo con su análisis. Si la obra tuviera un subtítulo debería ser "o como destrozar dos textos geniales".Además de todo lo ya expuesto, destacaría ese intenso y desagradble olor a sandía que invade la sala (sandías que, por otro lado ya están cortadas en dos mitades visibles al aparecer en escena para que el reventón de las mismas sea infalible).Es de esperar que la sala esté asegurada contra posibles reclamaciones de espectadores incautos,sentados en la primera fila, en los que, sin duda,aterrizará algún trozo de ese veraniego fruto.Me pregunto si el director hace un homenaje, nada sutil, a Arcimboldo pues entre las uvas, las sandías que Valmont/Etxeandía saca de su entrepierna oculta por una falda semejante a la que en ese momento luce Merteuil/Portillo y, no olvidemos esa "sutileza" del fresón del principio utilizado como símbolo del erotismo, al igual que en las películas y fotos pornográficas de escaso o nulo calado. La premiada Portillo, no por esta obra espero, hace el peor papel de su carrera y no demuestra aquí ninguna calidad, al igual que el pavisoso Asier Etxeandía, malo hasta el dolor.Del tercer personaje no hablo, sólo merec ser ignorado. En fin, la obra es pésima y el montaje peor. Detesto los montajes de teatro en los que se recurre al uso indiscriminado,a las voces en off y a los narradores y al micrófono. Creo que esos tres elemntos son la prueba de algo no funciona bien. Esos artificios antiteatrales demuestran la incapacidad de la obra o del montaje. Las cancioncillas que se marca el pobre vizconde de Valmont son feas y malas.Recuerdan un musical de poca monta.Quizá había que recordar que Asier Extxeandía ha cantado ya en alguna obra y no tan mal,por cierto. Aquí la voz cala, recurre al falsete y le falta soplo respiratorio, debiendo cortar la música a menudo para poder aspirar y seguir.
La pretensión de la obra es terrible y parece ser del agrado del público que ovaciona sin parar, de forma casi frenética,Pra mí, resulta incomprensible.

SisterBoy dijo...

Cinephilus me voy a dar un salto a la metropoli en unos días dime que obras no debo perderme si dedico un par de noches al teatro, bye bye.

inquilino dijo...

Pero, Ci, ¿seguro que no fuiste a ver "El ocaso de los Fruitis"? X-D

Yo, esta misma tarde, me voy a poner a escribir una adaptación teatral de algo que no me haya leído. Creo que si saco a alguien en bolas, ficho al Mariano Alameda y escribo algo que no entienda ni yo triunfo seguro.

coxis dijo...

hace unos años vi un montaje de Las amistades peligrosas con Toni Cantó y Amparo Larrañaga de lo más terrible...

Pero por lo que apuntas, éste debe ser todavía peor...

Mejor me veo la peli con Glenn Close

Anónimo dijo...

Creo que el resto debería ver la obra antes de opinar.
Puede que el autor haya destrozado las obras, cosa que no creo (pero ahí cada uno con su opinión). Lo que no se puede negar es que Portillo y Etxeandia lo bordan.

Cinephilus dijo...

Si por bordar entendemos sobreactuar, tener mala dicción y gritar el texto, es cierto, sí que lo bordan... De todos modos, es cierto: vayan y véanla. Nada mejor que ver para opinar ;-)

Anónimo dijo...

Es ciero que cada cual puede opinar y tener una idea propia tan vàlida como la contraria, casi siempre, pero en este caso decir que Portillo y Etxeandìa "lo bordan".....Coincido con Cinephilus, la dicciòn de ambos es pèsima, que gritan desaforadamente y ademàs tienen que recurrir a la amplificaciòn electrònica.Tan sòlo èsto deberìa hacer reflexionar..Actores de teatro que necesitan amplificaciòn en un teatro no muy grande....Y ese pobre Etxeandìa que no controla la emisiòn de su voz en un simulacro de canto, que desafina, que cala la voz, en fin, lamentable, como el resto del espectàculo, tan pretencioso como vacuo.Pues sì, yo niego que Portillo y Etxeandìa lo borden y no serà en esta obra en donde demuestren ser buenos actores.Màs bien lo contrario.Eso es lo que opino.

Anónimo dijo...

Lo que realmente me saca de quicio es la insoportable capacidad del ser humano para "beatificar" muertos. Destrozar el texto de Laclos es bastante complicado porque nació con una grave falta de calidad, de brillantez y desde luego muy inferor a otras obras escritas en ese mismo siglo, gracias a Christopher Hampton que agarró una novelucha epistolar y la convirtió en un guión maravilloso, si no hubiera sido por este hecho "Las amistades peligrosas" hubiera quedado enterrada por la montaña de mediocridad que desprenden cada una de sus páginas.
Sobre la obra, que cada uno extraiga la conclusión que quiera, eso sí, después de verla.

Cinephilus dijo...

Me temo que discrepo plenamente en ese juicio literario, ya que la novela de de Laclos es una de las más logradas de su tiempo, sobre todo si se compara con la mojigatería coetánea de la literatura en lengua española, por ejemplo. La sucesión de las cartas está trabada con un notable acierto y los personajes se esbozan -al igual que los temas- con una osadía impropia de su tiempo. Que Hampton es -a veces- un buen guionista, nadie lo duda (pese a la beatitud simplona de su fallido Carrington), pero sin el talento de la novela jamás habría conseguido crear un personaje tan emblemático como Valmont.
El mérito de de Laclos reside, precisamente,en reinventar un género absolutamente caduco y agotado desde el siglo XV, en el que comienzan las novelas epistolares con temática sentimental. El problema estriba en que no se puede buscar la brillantez de sus palabras si no es en una lectura pausada -a ser posible en francés- y minuciosa de un texto donde la semiótica es más plural y ambigua de lo que, según las convenciones, podría o debería haber sido.
En cualquier caso, y como usted bien dice, señor anónimo, es conveniente ver la obra -y leer un libro- antes de juzgarla. Me congratula, en cualquier caso, que usted opine de un libro que ha leído. Solo por eso ya merece la pena el debate (sin el cual, por cierto, el arte no tendría demasiado sentido) ;-)
saludos valmontianos