30.10.07

Super-gymkaMa


Y eso fue, según Judit Mascó, lo que esta semana hicieron las supermodelos de mi cutreprograma favorito: una GYMKAMA. Lástima que pareciera más una gymkana, porque lo de la cama prometía. Podían haberles metido a unos cuantos modelos (masculinos) las habitaciones... Ayer, por cierto, tras haber visto hace poco al sosainas y supuesto guaperas de Aitor Trigo -bajito y pésimo presentador, por ponerle algún tipo de profesión...- me tocó coincidir con el fotógrafo de Supermodelos en Sephora. Yo acababa de salir de comprar cremas y maravillosos perfumes para mi chico, así que tuve que volver a entrar sin excusa alguna para observar a Rouzic de cerca. Y este, con sus orejillas despegadas y todo, es de los que gana de cerca. Menos cuadrado de lo que se le ve en algunos programas, pero bien proporcionado, casi tan alto como yo y muy bien conjuntado, la verdad. Destila heterosexualidad por todos sus poros, y las sephora-girls acudieron raudas a probarle cuanto se dejó. En fin, que tras verlo ayer estoy aún más convencido de que es un fotógrafo de mentira: él se limita a entretener la vista de la audiencia femenina y gay, mientras un fotógrafo de verdad se dedica a hacer las instantáneas. Por lo demás, del programa de ayer destacaremos algunas secuencias memorables como...


1. Los pájaros

Sí, Cristina ya no llevaba su loro, pero -a cambio- y tras el éxito de colgarse un peluche en un top, se puso dos periquitos que, si bien eran menores en tamaño, ganaban en cantidad y complicidad entre ellos. Nos gustaría haber escuchado su conversación en el hombro de la profesora de estilismo, pero no nos fue posible.


2. Aterriza como puedas

Especial mención merece la prueba en la que obligaron a las modelos a cambiarse de ropa cada vez que sonaba un timbre. La primera vez las pusieron tan histéricas que consiguieron que una de ellas se cayera de bruces sobre la pasarela gracias a los amables empujones de sus compañeras y, sin embargo, enemigas. Los profesores reaccionaron con su tacto habitual insistiendo en que debían ser cuidadosas cuando ellos les pidieran que se despepitaran corriendo por el centro de mal-formación.


3. Carros de fuego

O cómo lesionar a las modelos que te estorban. Así, decididos a acabar con Zaida fuese como fuese, el profesor de gimnasia les propuso una carrera en bicicleta por equipos. Como todos sabemos, una modelo no puede serlo si no es capaz de ganar el tour de Francia. Zaida se cayó, se hizo moratones pero, para desgracia del programa -que la odia sin contemplaciones- se levantó y siguió pedaleando. Imaginamos que la siguiente prueba será agarrarse a la cola de un avión y no caerse cuando despegue...


4. Esta casa es una ruina

El desfile-prueba de la semana también tuvo su punto: dejaron a las modelos en ropa interior en medio del Instituto Europeo del Diseño y les pidieron que corrienda buscando su ropa. Consiguieron que todas lloraran -no sé por qué lloraban, pero lo hicieron con ganas- y aunque no tengo claro que aprendieron, a ellas les pareció una experiencia muy reveladora. No dijeron el adjetivo revelador, por supuesto, pero seguro que se les cruzó por la cabeza gracias a su espléndido vocabulario.


5. All that jazz

Y, como cierre, uno de esos momentos surrealistas que revelan que los creadores del programa viven en una realidad paralela no identificada. Llevaron -como prueba de dudosa finalidad- a dos modelos a pasar "por una alfombra roja" que, Mascó corrigió enseguida, "era roja aunque fuera azul". La alfombra roja que en realidad era azul llevaba al evento Rock in Rio, donde aseguraron que las chicas conocerían a muchísimos e importantísimos famosos. Y allí, tras esa alfombra de color cambiante, conocieron a Bimba Bosé -esa modelo que nunca debió serlo, al menos en público-, a Antonio Carmona y a Rosario -su relación con el mundo de la moda es abrumadora- y a una tal Almudena Fernández, que también estaba en el plató. La fiesta, evidentemente, estaba llena de personajes insignes... O tal vez sí que lo estuviera, pero pasaron por una alfombra roja que en realidad era verde y estaban en otra habitación mientras las supermodelos pasaban a la sección de flamenquito chachorro.


Y de momento, poco más. Que hoy tengo que preparar las maletas para el vuelo de mañana... Y eso sí que va a ser una -berlinesa y extraordinaria- gymkama con mi pareja.

29.10.07

Cassandra's dream

La crítica, en esta ocasión, ha decidido ponerse en contra. Supongo que es cuestión de modas. O que los críticos tienen cosas mejores que hacer como para destacar las virtudes de una película más que digna. Evidentemente, no es la mejor de Woody Allen, pero eso no quiere decir que -con sus fallos y, sobre todo, con sus aciertos- no sea una de las mejores opciones que nos ofrece ahora mismo la cartelera.
Cassandra's dream, un título perfecto para esta nueva tragedia greco-contemporánea, presenta una estructura correcta y eficaz. Una película de tesis -y fábula moral- donde se desarrollan, como núcleos temáticos, dos grandes motivos: la ambición y la culpa. Y así, mediante una metáfora hiperbólica, Woody Allen nos presenta su versión -desdoblada- del Raskolnikov del siglo XXI en este remake inconfeso de Crimen y castigo. En este caso no hay vieja, sino un contable algo molesto. Y la necesidad del Raskolnikov de la novela rusa se convierte en el arribismo del ambicioso Ewan McGregor y la ludopatía de Colin Farrell. Ambos, por cierto, me sorprendieron en sus papeles, especialmente el señor Farrell, capaz de pasar de un registro cómico -humor negro, negrísimo- al dramático con una eficacia que, hasta la fecha, no había comprobado en él (aparte de que sigue siendo uno de los hombres más tórridamente sensuales del descafeinado Hollywood actual). A destacar lo mucho que le favorece el look viril-macarra con el que se pasea por la pantalla (monos de mecánico con grasa incorporada, camisas de leñador semiabiertas y camisetas ajustadas que dejan adivinar un cuerpo de esos que, a juicio de lo que parecíamos opinar el público femenino y gay de la sala, apetece morder...).
Y no, claro que esta no es la mejor de Woody Allen. Hay algún que otro problema de ritmo y, sobre todo, el espectador habitual de su cine se topará con un desenlace que, seguramente, haya previsto desde el propio arranque del filme. Sin embargo, son dos horas de reflexiones necesarias, oscuras, complejas. Dos horas en las que las palabras -desusadas y, sin embargo, omnipresentes en toda vida racional y mínimamente consciente que se precie- culpa, remordimiento, conciencia se pasean por el patio de butacas como un revulsivo dostoievskiano que, en estos tiempos light, tampoco viene nada mal. Más aún si se compara con la ingenuidad de panfletos melifluos y folletinescos como Trece rosas y otros intentos de cine serio con los que nos tortura el último cine español.

Definitivamente, se puede culpar a Woody Allen de que no nos regale una obra maestra en esta ocasión. Pero hay que agradecerle que, con esta infravalorada Cassandra's dream, siga regalándonos cine inteligente año tras año. Y eso, cuando la cartelera se llena de zafios árbitros que salen pitando, huerfanitos psicóticos y supersalidos adolescentes, ya me parece más que suficiente como para seguir viendo todas y cada una de sus películas. Thanks a lot, Mr. Allen.

27.10.07

Nach Berlín

Han pasado nueve años desde aquel Berlín. Parecen muchos más, pero tan solo fueron nueve. Uno de esos números mágicos -asimétricos- con los que toda cábala que se precie ha jugado más de una vez. Aquel Berlín fue el lugar de mi fuga, el punto de partida que provoqué cuando la vida se me hacía una carga demasiado insoportable a causa de tantos interrogantes. De tantas dudas. Nunca he dejado que la vida me pase por encima, ni siquiera le permito que pase junto a mí, quiero -con errores o incluso con aciertos- moldearla y exigirle que el camino sea que el que yo voy dictando, con acciones-reacciones que, aunque jamás podremos controlar, sí que origino en su primera instancia. Luego, lo que resulta de cada decisión es ya cuestión del azar, o hasta del sino, o puede que de alguna de esas formas de determinismo en las que creo para poder ejercer la negación.

Tenía veinte años en mi primer Berlín. En aquel hotel donde trabajaba como un recepcionista inexperto que intentaba solventar los errores con algún que otro inocente coqueteo... Casi veintiuno en el segundo. Veinte años y un historial de pasiones ocultas y poco memorables. Veinte y un profundo hastío académico y profesional ante la incertidumbre de qué iba a hacer después. De qué iba a ver después. Veinte y un hartazgo de tanta mentira, de tanto esconder, de seguir inventándome nombres para las sombras con las que me acostaba.

Por eso fue Berlín. Y allí, en esa fuga decidida pero jamás premeditada, me enamoré de verdad por primera vez. Tuve suerte. Di con alguien que merecía la pena. En su momento no lo supe. Todo pasó rápido -schnell, schnell, schnell-, pero con el tiempo me he dado cuenta de hasta qué punto el azar fue generoso con aquel chico dulce que, desde su experiencia, me enseñó un Berlín -una forma de aceptación y de orgullo- que yo desconocía.

La ciudad, plena de vida y de cultura, se convirtió en mi particular Ítaca (¿quién no tiene la suya propia?) y el amor duró menos que el recuerdo de ese verano. De esas noches. De ese aprendizaje en el que decidí que, a mi regreso, ya no habría más escondites, ni más verdades a medias, ni más sombras anónimas. Por eso volví con más palabras de las que me había ido, y me abrí ante todo y ante todos, con el apoyo firme de mi familia y la complicidad eterna de mis amigos. Luego, tras Berlín, vinieron otros hombres. Y siguieron, durante unos meses, llegando sus cartas. No tenía sentido prescindir del descubrimiento que ambos, en aquel viaje, habíamos hecho. Él -de eso no me compete hablar a mí- también cambió su Berlín interior. Y yo, al fin, construí el mío propio.

Mi primer trabajo ya en España, por supuesto, fue en una empresa alemana. Como traductor. Y allí, en ese mini-Berlín de empresa de trabajo temporal (qué mal pagaban, qué poco ganaba, y -sin embargo- qué feliz fui en esos diez meses de sobreexplotación) apareció, gracias a la pantalla de un chat supuestamente verboten en la oficina, mi Berlín real. Un Berlín -viajero, con barbita, con la capacidad de devolverme la autoestima que las relaciones previas habían desgastado con tanta fuerza- que ambos provocamos, que ambos tentamos, que ambos quisimos que ocurriera. Y de repente, los hombres que hubo entre ambos Berlines no fueron más que siluetas para inspirar relatos y obras de teatro futuras. Poco más quedaba de ellos cuando la vida se volvía dibujar con fuerza ante mí.

Y esa nuevo Berlín se convirtió en París, y en Nueva York, y en Roma, y en Lisboa, y en tantos rincones donde hemos ido tejiendo juntos esta biografía que compartimos y a la que siempre encontramos nuevos capítulos que sumar. Ahora, en este periplo juntos, recalamos en el Berlín real. En ese Berlín al que hace tantos años que no he regresado. Esa ciudad donde intenté con cierto éxito ser yo mismo por primera vez y a la que la semana que viene regreso con la única persona con la que soy yo en el sentido más amplio -y más rotundo- de ese complejo y breve pronombre. Por eso este Berlín juntos -el que nos aguarda en tan solo unos días- sé que será especial. Porque no hay otra forma de ser en Berlín, salvo la excepcional.

17.10.07

Torino

Esta vez, tras un viaje tan intenso y tan especial, dejaré que hablen por sí solas las imágenes. Tan solo una brevísima selección de las más de trescientas que ahora se agolpan en mi cámara, en mi ordenador y, sobre todo, en mi memoria... El elegante y barroco Turín, sin necesidad de ayudas verbales externas, es capaz de definirse por sí solo. Una bellísima y dinámica ciudad, sin duda, para volver tantas veces como las posibilidades lo permitan (y unas tiendas de moda italiana, también lo confieso, para perderse en ellas...)





15.10.07

Saturno en Turín

Recién regresado de Turín. Sin tiempo aún para descargar las fotos de unos días intensos, hermosísimos, plenos en una ciudad sorprendente en cada una de sus interminables sucesiones de calles y plazas barrocas. Todo un templo urbano de la belleza que, para colmo de mi espíritu frívolo y coqueto, se veía sazonado de jugosos y sofisticados escaparates donde renovar -Italia lo vale- el vestuario... Y, mientras preparo el reportaje de esta ciudad, comienzo el relato por el final, por la noche de la llegada y el momento en el que, echados en el sofá -reticentes al sueño, seguramente porque había demasiados buenos recuerdos que compartir- abrimos el dvd comprado en uno de nuestros habituales atracones culturales... En este caso, se trataba de la última de Ozpetek, Saturno contro, recién estrenada en España y traducida con el burdo título de No basta una vida. Título que no solo se traiciona el aire críptico y mistérico de Saturno contro, sino que se liquida -en tan solo una frase- gran parte del sentido y la coherencia de la película. Y es que, mientras anoche la veía en su regazo, con Verdi ronronéandonos a ambos tras su fin de semana de gata solitaria y emancipada -en el fondo, aunque se queje, eso le gusta a nuestra gata-, no me daba cuenta de cómo y hasta qué punto calaba en mí el argumento y la historia de ese Saturno, de todos sus habitantes, y del punto de vista que emplea aquí su director.

Al fin, Ozpetek parece haber superado los subrayados excesivamente evidentes y algo facilones de películas estimables como Hamam o, la más previsible, El hada ignorante. Ambas me gustan, pero en las dos hay un exceso de información sentimental, de búsqueda del instante mágico, de anotación a pie de página que me pueriliza como receptor. En Saturno contro, sin embargo, hay más elipsis que narración, más puntos suspensivos que diálogos, más vidas sueltas -dispersas y libres- que enunciados y relatos ortodoxos. Preguntas que, como los sentimientos de los personajes, vuelan durante la hora y media -poco más- que dura esta película y que, sin darme cuenta, volvían a mí esta misma mañana. Sobre todo esa historia de amor entre David y Lorenzo, una historia real, brutal, apasionada y, sin embargo, nada convencional. Una historia que despierta curiosidad en su entorno -el director capta esa duda de los demás con inusitada inteligencia-, una historia cuya verdad solo los protagonistas saben vivir, paladear... y sufrir. A veces, porque mi vida tampoco es convencional, me he sentido como ellos, tentado a explicarme ante quienes parecen no ser capaces de entender mis elecciones o mi camino, pero lo cierto es que a mi alrededor tengo demasiadas parejas convencionales, amistades convencionales, vidas convencionales que, en su perfecta convención, hace demasiado tiempo que no funcionan. Y yo, sin embargo, siento plenamente cada instante en mi vida de pareja no convencional, en mis amistades tampoco convencionales, en mi negación -involuntaria pero constante- de lo reglado o de lo esperable. Y así, lejos de la rutina en la que escucho romper y acartonar vidas ajenas, sigo inventando ciudades. Países y lugares de propiedad exclusiva. Incluso infinita. Lugares donde la mezquindad de los que no entienden está lejos, más allá de las puertas que se cierran ante ellos. Igual que las puertas que albergan a Lorenzo y a David. Las puertas tras las que los demás quisieran mirar sin jamás conseguirlo.

Una película más dura de lo habitual para un director que sigue creciendo. Que tampoco apuesta por la convención, ni siquiera en sus músicas. Como la estremecedora canción de Consoli con la que hoy, aún preso de los recuerdos del viaje, pongo los puntos suspensivos... Y mañana, Turín.

10.10.07

(Breve) agenda teatral


Hoy miércoles 10 de octubre hago doblete en la cartelera. Dos textos míos suben a escena en manos de otros directores y actores:

- Tres formas de lenguaje, dirigida por Aitana Galán. A las 19 h., en el Centro Cultural Julio Cortázar dentro del montaje Adiós al verano.

- Distrito Cabaret, por el grupo El Hambre. A las 20 h. en el XII Festival Internacional Madrid Sur. Más información sobre la obra, en este enlace. La imagen del post pertenece a una de las escenas de este cabaretero -y casi trágico- montaje.

9.10.07

I feel pretty

Si en el post anterior me sentía la réplica de la princesísima Tamara, en este he decidido sentirme como la mismísima Natalie Wood en una de mis escenas favoritas de West Side Story. Y es que si alguien como Raquel tiene un sitio en Supermodelos, yo también puedo ocupar mi propio lugar en los bulevares de la fama y el musical... Porque, gracias a los talentosos guionistas y a los no menos talentosos colaboradores del programa, la edición de Supermodelos de ayer nos dejó todo un rastro de escenas musicalmente inolvidables... Ahí van algunas.

1. Siete novias para... un hermano.
O cómo conseguir que nueve adolescentes que llevan encerradas no sé cuántos días pierdan los papeles al meter a un modelo (insisto en el artículo masculino) buenorro y cachas que, pese a su evidente simplicidad, está más que apetecible. La pelea-juego-coqueteo tribal inicial de ¿eran judías, kikos o altramuces? dio paso a una guerra de almohadas -original, ¿verdad?..., ¿para cuándo el model-edredoning?- y acabó como los documentales más bestias de National Geographic, con el revolcón colectivo de las supernenas sobre el mocetón que pasó de disfrutar del coqueteo a sufrir casi tanto como el padre de Simba en la estampida del Rey León... Precioso, en cualquier caso, ese detalle de estimular la libido de las concursantes con estos métodos tan macarras, si bien hubiéramos agradecido un macarrismo completo que consistiese en desnudar como se merecía al modelo en cuestión.

2. Chicago
Lo más terrible de Chicago no era Velma, la asesina evidente, sino Roxie, la mosquita muerta que esconde una auténtica homicida moral dentro de sí (por cierto, cuántos y cuántas Roxies nos rodean y acechan en todas partes a cada momento...). Algo así ocurrió ayer gracias a nuestra nueva Roxie: tan rubia de bote como ella, Raquel se plantó en el programa anunciando que:
a) es reportera de moda para Las Mañanas de Cuatro;
b) ha entablado contactos con diseñadores como Carlos Díez, de quien llevaba un traje;
c) ha recibido ofertas de China.
Esto nos lleva, a su vez, a tres conclusiones:
a) Los encargados de seleccionar el personal de Las Mañanas de Cuatro odian a la Campoy y la sabotean con estos contratos bomba.
b) Carlos Díez es la versión fashion de Robin Hood: si Robin robaba a los ricos para dárselo a los pobres, Carlos Díez desviste a los sofás para ponerle sus tapicerías a las modelos. Y así, tapizada con el sofá de -suponemos- la abuela de Carlos Díez, apareció Raquel, esa mujer en la que -por cierto- los peluqueros ensayan horrendos peinados que no se atreverían a hacerle ni al busto de una nancy.
c) China quiere destruir occidente y, para ello, va a comenzar convirtiendo a Raquel en ídolo mediático, consiguiendo que nos quite a todos el gusto por la moda y hasta por la fotografía. Ver a Raquel en una valla publicitaria puede hacer que -por aquello del condicionamiento- no miremos más allá de nuestros zapatos nunca más.
Pero, además de todo, esto, Raquel fue más Roxie que nunca en su visita-regreso al centro de formación, donde insistió en que ella no le guarda rencor a nadie, porque no sabe lo que es el rencor, aunque Alba sea fría, manipuladora y fea por dentro, y Silvia sea fea también por dentro, además de falsa (y otras lindezas). Obviamente, no guarda rencor, simplemente lo lleva consigo en un tapper como quien lleva el almuerzo de la una y media. Guardar, lo que se dice guardar, no se lo guarda..., tan solo lo restriega. Alba y Silvia, que además de guapas son de las únicas coherentes en este programa, la pusieron en su lugar y el jurado, que tiene tanto gusto y criterio como Carlos Díez en sus diseños, decidió que eran dos envidiosas de la suerte de Raquel. Solo les faltó añadir que también envidian su belleza y sus peinados inspirados en las pesadillas de algún personaje de David Lynch para que el absurdo hubiera sido completo...

3. Las miserables

Y así, disfrazadas de campaña pro-reciclaje, salieron las modelos en su desfile final, gracias al talento de El delgado Buil, cuyo ingenio se les agotó al idear el nombre para semejante -y premiadísimo- engendro creativo. Colgarse plásticos con cremalleras del cuello y vestirse de contenedor de vidrio no es, digamos, mi idea de moda. Obviamente, solucionan problemas de tallas y polémicas, porque lo más ceñido que te puede quedar semejante horror es al cuello. Por lo demás, las formas eran inexistentes y no se sabía si desfilaban las modelos o si era un pase de cartones de esos que se usan en las ferias para hacerse una foto donde solo aparece la cabeza... Después de semejante visión, he recapacitado y creo que las caras estampadas de Custo -y hasta los sofás robados de Carlos Díez- me parecen más respetables.

4. Gonzalo Superstar
Como el JC del musical, pero con los pectorales más marcados y sin melenas. Así estaba Gonzalito, que fue presentado como "todo un experto del mundo de la comunicación" (sic). Suponemos que eso era un chiste irónico de algún guionista cabreado (¿se puede ser un experto tras una, ejem, experiencia de unos, ejem, tres meses comentando, es un decir, vídeos en un, ejem, zapping?). Y es que Gonzalo es otro miembro más del complot anti-Campoy organizado por sus enemigos en las Mañanas de Cuatro. Gonzalo, ajeno a semejante atentado periodístico, se sentó en la silla más o menos como lo hacen mis alumnos quinceañeros en el aula -despatarrado, con los brazos arrastrando por el suelo y arrastrando igualmente la voz y el tono medio cheli- y opinó con ese don de la palabra que la Naturaleza le ha dado en comentarios tan brillantes como "Si la insultan, normal que se defienda", "No les déis tanta caña a las chicas" o "Pfffff...., pues me da igual".

5. Mamma mía
Y así, como la gran anfitriona de la noche, se volvió a estrellar contra el misterio de la pantalla la inefable Mascó, que al fin ha descubierto cómo interrumpir elegantemente los debates cuando le avisan de que se están pasando de tiempo o cree que el tono está subiendo demasiado... Y es que Judit ha descubierto que esos ruidos tan incómodos que provocan sus invitados al abrir la boca y mover la lengua -algún día descubrirá que eso se llama hablar- se corrigen hablando por encima de ellos -venga a cuento o no- y haciendo que los de sonido tengan que bajarles el micro a todos, en un efecto absolutamente poético: la silenciación. Esta hermosa metáfora de lo que es silenciar a alguien está alcanzando cotas de creación realmente espectaculares gracias a la torpeza de la Mascó y la verborrea inútil de sus contertulios. Entre ellos, destacaremos la incomprensible obstinación de ayer del jurado en fase terminal de sí mismo -un tal el-Kum, cuyo apellido soy incapaz de recordar correctamente- que se empeñó en interrumpir el programa cada cinco minutos para repetir que "Si tiene enemigas, será por algo". Nunca aclaró ni quién tenía las enemigas, ni quién eras la enemigas, ni qué era ese algo, pero consiguió formar una atmósfera de intriga y suspense jamás vista en este fantástico programa. Tal vez se refiriese a la Campoy y quisiese hacer una alusión indirecta al complot en su contra.

6. We will rock you... and kill you
Solo así se entiende que el programa haya decidido que escuchemos la dichosa Umbrella de Rihanna -esta tampoco tengo claro cómo se escribe y no pienso buscarlo en google- unas 567 veces por programa. Me alegra saber que en Supermodelos han sacado un cd, porque pienso comprarlo por el mero placer de romperlo, quemarlo, pisarlo y convertirlo en mi budú musical personal. ¿¿¿¿No pueden pinchar otros temas cuando pasan los vídeos???? Aunque, teniendo en cuenta que la novedad musical de ayer fue invitar a Soraya, casi prefiero seguir con la consabida Umbrella. En cuanto a Soraya, por cierto, ¿cuántos cds de los ochenta va a grabar además de los dos que lleva ya? ¿Por qué nos torturan así? ¿Por qué canciones que nunca debieron existir no solo existieron sino que, para colmo, se versionan y nos recuerdan que fuimos horteras y nos las sabíamos? ¿Y por qué las versiona todas ella? ¿No hay otro triunfito a quien explotar? Y lo que es más importante, ¿no hay ningún triunfito guapo al que explotar y desnudar para que, ya que nos machaca el oído, al menos nos alegre la vista...? Otro misterio inexpugnable de nuestra tv... y ya van unos cuantos.

Tras este sesudo análisis semanal de mi programa favorito por su extrema falta de calidad (me dejo cosas, pero para eso están los comentarios: supermodelofans, el turno es vuestro), me autorregalo uno de mis vídeos favoritos. Porque con la euforia pre-Turín que tengo encima me siento totalmente identificado con ese momentazo en el que Natalie -pobre, no sabía la que se le venía encima- grita eso de I feel pretty and witty and bright, and I pity any girl who isn`t me tonight...

7.10.07

Todos somos Tamara Falcó

Un fin de semana lleno de motivos para hacerle caso a dexter, abandonar mi rollo melancólico (esto de ser ciclotímico es lo que tiene...) y sonreír con ganas, como si fuera Tamara Falcó vestida de princesita parisina en la portada del ¡Hola! Entre esas razones, la noche loca de este sábado -Absolut sigue siendo un gran compañero para los bailes chuequiles, sobre todo cuando la compañía es tan genial como el grupo Dave+Camino+Raquel de ayer: qué genial reír, bailar y compartir inquietudes con vosotros, chicos- y, sobre todo, los preparativos de mi escapada en pareja a Turín este jueves. Como siempre, todos esos preparativos han sido cuidados y mimados por mi chico, que -en el futuro- debería pensar en abrir una agencia de viajes personalizados. Algo así como la versión carnal y sexy de las guías de viaje Vuitton, que son las que a él le gustan (y a mí, admitámoslo, cada vez más también). En fin, que solo pensar en viajar juntos ya me pone de un humor excelente.

Y, por si fuera poco, hoy también tocó día de buen cine, y hasta de reconciliación con la Portillo, que está espléndida -ahora sí- en esas Siete mesas de billar francés, de Gracia Querejeta. Sigo creyendo que su opera prima, aquel inolvidable Robert Rylands, es todavía su mejor film, pero aquí ha conseguido una historia sincera, emotiva, algo previsible pero, en cualquier caso, bien ponderada. Buenas interpretaciones -estupenda Verdú: nunca me gustó y desde la brillante Y tu mamá también no deja de sorprenderme- y situaciones que, a pesar de algún toque cómico algo forzado, consiguen ser un vehículo adecuado para las reflexiones que se plantea tanto el guión como la dirección de la película. Algún problema de sonido -¿por qué ese punto sigue siendo tan deficiente en el cine español? ¿falta de medios, de pericia, de ganas?- aunque el balance sea más que positivo. Una película digna que merece la pena ver y que deja en el aire pequeñas grandes preguntas (como el desolador ¿Para qué sirve un viejo? que reitera Amparo Baró) de esas que, de vez en cuando, no viene mal repetirse.

Me extendería más, pero tengo que acabar de cenar antes de que empiece el debate de GH, ese gran programa donde el presentador que ahora mete cizaña contra el colectivo de los médicos en La Noria demuestra su gran talante humano y su innegable sentido de la elegancia (¿le eligen los trajes a Jordi González los mismos que escogen los chalecos de la Milá?). A ese respecto, solo una reflexión: además del morbo que conlleva tratar una y otra vez el tema del jugador Antonio Puerta -y del daño que se hace a su familia y a sus allegados: léase al respecto el artículo de Marías hoy en EPS-, ¿es realmente lícito intentar cabrear a todo un país contra un colectivo profesional, en este caso, el de los médicos? ¿Es esta nueva táctica de Telecinco? Imagino que, cuando se les acaben los Hormigas blancas de famosos (al ritmo que van, ya solo les queda empezar con el clan de Leonardo Dantés y similares...), empezarán con el Hormigas blancas de profesiones. Es más, si la Milá insiste en crear alarmismo con su Diario de (ahora nos ha convencido de que vivimos en un mundo de tribus y peleas urbanas que riéte tú del Bronx), lo mismo hasta hacen un Hormigas blancas de razas para, de paso que hacen el servicio social, alentar el cabreo y la xenofobia.

De momento, ese gran comunicador -cada día más tiránico, parcial y partidista- que es Jordi González está desprestigiando a los médicos, pero luego pueden seguir vejando a otros colectivos como los profesores, los policías, los panaderos, los vendedores o los churreros. Es genial que se venda como servicio público un programa que solo aspira a crear mal rollo y a crispar, como si de la versión televisiva de Zaplana y Acebes se tratase. Por lo demás, el debate de esa cutre-noria, solo provoca sonrojo, con opiniones tan desinformadas como las de Terelu Campos (¿sabe de algo en concreto esa mujer? ¿hay algún tipo de vida en su cabeza además de tinte para el pelo?), opiniones tan fuera de lugar como las del anacrónico doctor Cabezas (¿ese no era famoso en la época del destape? ¿no será la versión rediviva de algún personaje de Alfredo Landa?) y opiniones tan imparciales como las del presentador, que calla a quien no le gusta o a quien le toca la moral pensando de manera diferente. Por eso, lógicamente, no pienso perderme el debate de hoy de GH, para ver si se dedica a despotricar contra el sector de los cámaras o a caldear el plató con su tacto y su saber hacer para que los asistentes linchen a algún concursante recién salido de la casa. Con presentadores tan generosos con el mal gusto como él, nunca se sabe...

P.S. Solo un deseo para que mi optimismo de esta semana se vea reforzado: por favor, que alguien despida YA a Espido Freire de la redacción de Público... Vale que el periódico sea cutre. Vale que la maquetación y el diseño sean horrendos. Vale que su sección de cultura sea pobre y superficial. Vale que los titulares parezca que los redacta el becario. Vale que la sección de deportes ocupe medio periódico. Vale que su rollo políticamente correcto resulte cansino, aburrido y mojigato (tronchante el logo de "Aquí no ponemos anuncios que inciten a la prostitución" en la sección de Anuncios por palabras). Vale que den la tabarra para ganarnos al colectivo gay, haciéndonos la pelota con noticias que no son noticia. Hasta vale que sigan hablando de la Prehistoria en su sección de ciencia, dando noticias realmente novedosas que vienen en cualquier libro de 1º de la Eso (y hasta en los míos de 6º de EGB)... Pero si tengo que leer una sola columna más de esa supuesta escritora sobre Teseo y Ariadna o cualquier otra de sus estupideces líricas, prometo presentarme en la dirección del periódico y quemar fotos de la redacción que, visto lo visto, es el modo reivindicativo que más se lleva esta temporada.

3.10.07

Tres (parte dos)

Ahora, años después, imparto clases a chicos de esa edad y, cada septiembre, doy un salto mortal hacia atrás. En teoría, les enseño literatura. Eso, cuando se dejan… En la práctica, solo intento que sepan en qué libros –en qué palabras- pueden encontrar refugios o escondites cuando su mundo se empiece a quebrar y sus torres también se derrumben. Porque a su manera, eso es septiembre. Incluso, a su manera, eso debe ser también la madurez. El lenguaje de un mundo que se quiebra. Y el silencio, ensordecedor y lacerante, de después.

Tres formas de lenguaje

Al fin se estrenó Tres formas de lenguaje, y la densidad del texto -poético y sexual a un tiempo- subió a escena gracias al talento de la directora, Aitana Galán, y de sus actores, unos estupendos Gala García-Cuerva, José Troncoso y Pablo Vázquez. La dirección, personal y creativa, fiel a la esencia del texto pero capaz de reinventarlo -dirección creativa, que no mimética- y de levantar las palabras y dotarlas de aliento propio, con situaciones oportunas, movimientos precisos y una acertada coreografía que coloca las emociones de los personajes y de las situaciones en los lugares donde quise ponerlos como autor. Los cortes, por cierto, precisos y acertados. Y el final, francamente difícil de ejecutar y fundamental para entender el sentido del texto, es perfecto en su ejecución.

Los actores, intensos y entregados. Modulando cada frase a pesar de los ensayos acelerados, del montaje en tiempo record, de las prisas. Y, tras luchar con todos esos handicaps, los tres actores consiguen que los monólogos comuniquen -y no prediquen- y que las emociones entre ellos -vivas y lúcidas sus miradas dentro de la escena- se vayan dibujando paulatina pero intensamente, tal y como se pretende en este texto donde las palabras son las máscaras de las emociones que, sin éxito, se intentan ocultar. Corporal y vocalmente crean personas de los que en mi texto eran personajes. Como autor, en definitiva, no cabe más que estar agradecido a quienes se adentran en mi mundo de palabras para darle vida. Sobre todo, cuando se hace con tanto talento y tanta honestidad.

Honestidad que, por cierto, también he visto con absoluta nitidez -por primera vez- en mi propio texto. Y es que, de repente, el sofá con la sábana blanca que llenaba la escena me ha llevado a darme cuenta de la desnudez de mi obra, de cómo estoy en muchas más líneas de las que pensé en un momento. Sobre todo en esa reflexión que, de la madurez y de sus relaciones, hacen los personajes. Reflexión que, supongo, es en parte la culpable de que me halle esta semana en una de esas etapas extrañas, melancólicas, introspectivas. Etapas en las que me vuelvo mejor escritor que compañía, porque tengo más ideas que compartir con mi ordenador que palabras que compartir con los amigos. Y quizá, en el fondo, entre los motivos de esa etapa se halla esa sensación de tránsito hacia algún lugar, de cambio vital, de etapas, de pérdidas... De descontento con algunas cosas (¿por qué me siento tan raro en mis inquietudes frente a ciertas tendencias, modas o lugares comunes?), de euforia con otras. Y la mezcla, explosiva, no permite una tranquilidad de ánimo que, a veces, le vendría bien a mi ciclotimia.

Objetivamente, es una gran etapa a todos los niveles. Subjetivamente, hay aspectos de esta etapa que, aun siendo buenos, me provocan miedo, inseguridad y dudas. Dudas porque noto que mi frágil autoconfianza se resquebraja más ahora, así que -repentinamente- me da más pudor enseñar mis textos, o entregarlos a editoriales, o moverlos y hasta estrenarlos. Y dudo de que tenga sentido lo que escribo, o el para qué lo hago, o el para quién lo hago. Y es que ni me interesa lo comercial y facilón, ni el humor de brocha gorda, ni el lirismo de opereta, ni -tampoco- los círculos de la supuesta cultura elitista que solo oculta obras pedantes que sus propios autores tampoco comprenden. ¿Por qué a veces me parece que mi voz no encaja en ninguna de esas casillas? ¿No se puede conciliar la cercanía en los temas con el trabajo de la forma y de la estructura? ¿No se puede ser comunicativo desde la creación verbal, desde la palabra? Y hasta se me ofrecen opciones creativas -la semana que viene parece que se esboza una buena ocasión de la que, de momento, prefiero no hablar...- que me provocan tantas ganas como incertidumbre. ¿Y si no merece la pena? ¿Y si es mejor ponerme negativo para evitar que surja el proyecto? Hasta dudo en mis clases, de los métodos que empleo, de los contenidos que me obligan a dar, de los contenidos que yo me obligo a dar. Quizá sentirme observado por tanta gente durante tantas horas esté agudizando mi hiperestesia. Puede ser. Y por eso salgo tan motivado a la vez que tan nervioso, como si cada clase fuera un examen y cada gesto de los alumnos una calificación en el examen. Y entre las dudas, interrogantes tan adolescentes como los fantasmas de mis personajes en esta nueva obra, se cuela la desconfianza algo misántropa en mi entorno, del que me encuentro un poco cansado, un poco desontento, un poco exhausto. No haré reproches -no creo en ellos-, pero el regusto amargo de ciertas situaciones -y de ciertos silencios- se mantiene. De nuevo, el ordenador y el folio en blanco parecen mejores aliados ante esa misantropía que, de momento, no controlo del todo.

Un día intenso. Un buen estreno. Y ganas de que pasen estas lluvias de octubre y llegue un sol cálido aunque otoñal. Y con él, un viaje la semana que viene en el que perderme con la persona en la que reclino todas estas dudas. Y es que el folio en blanco, donde las convierto en novela, en relato o en obra teatral, no sabe abrazarme y cuidarme como me abraza y me cuida él.

Tres formas de lenguaje

El lenguaje no es más que un escudo para protegernos. Una suma de mentiras, o de verdades a medias, para evitar que nuestros cuerpos acaben por decir todo lo que realmente piensan o sienten. Normalmente, cuando me hablan, no escucho con demasiada atención. Sin embargo, sí me fijo en el movimiento de las manos, de los brazos, de las piernas. En la distancia que guardan con respecto a mí. Si se acercan, o si se alejan, o si buscan un espacio contiguo o claramente delimitado. Todo eso es real, es inconsciente. Y como no admite la manipulación se convierte en la única forma de sinceridad en la que creo. Luego, más allá de eso, están las caricias, los abrazos, los roces y hasta las miradas. Y justo ahí, en medio de todo eso, el sexo. Y la sensualidad. Porque es difícil controlar lo sexual cuando la comunicación fluye de manera real. De manera íntima.
Mario en Tres formas de lenguaje
Septiembre, 2007
Este miércoles 3 de octubre se estrena, dentro del montaje Adiós al verano, mi último texto: Tres formas de lenguaje, una pieza breve de 20' de duración dirigida por Aitana Galán. La función tendrá lugar a las 19 horas en el Centro Cultural Julio Cortázar (C/ Antonio Machado 20 - Metros Antonio Machado y Valdezarza). También se representará el próximo día 10 de octubre en el mismo lugar.