27.10.07

Nach Berlín

Han pasado nueve años desde aquel Berlín. Parecen muchos más, pero tan solo fueron nueve. Uno de esos números mágicos -asimétricos- con los que toda cábala que se precie ha jugado más de una vez. Aquel Berlín fue el lugar de mi fuga, el punto de partida que provoqué cuando la vida se me hacía una carga demasiado insoportable a causa de tantos interrogantes. De tantas dudas. Nunca he dejado que la vida me pase por encima, ni siquiera le permito que pase junto a mí, quiero -con errores o incluso con aciertos- moldearla y exigirle que el camino sea que el que yo voy dictando, con acciones-reacciones que, aunque jamás podremos controlar, sí que origino en su primera instancia. Luego, lo que resulta de cada decisión es ya cuestión del azar, o hasta del sino, o puede que de alguna de esas formas de determinismo en las que creo para poder ejercer la negación.

Tenía veinte años en mi primer Berlín. En aquel hotel donde trabajaba como un recepcionista inexperto que intentaba solventar los errores con algún que otro inocente coqueteo... Casi veintiuno en el segundo. Veinte años y un historial de pasiones ocultas y poco memorables. Veinte y un profundo hastío académico y profesional ante la incertidumbre de qué iba a hacer después. De qué iba a ver después. Veinte y un hartazgo de tanta mentira, de tanto esconder, de seguir inventándome nombres para las sombras con las que me acostaba.

Por eso fue Berlín. Y allí, en esa fuga decidida pero jamás premeditada, me enamoré de verdad por primera vez. Tuve suerte. Di con alguien que merecía la pena. En su momento no lo supe. Todo pasó rápido -schnell, schnell, schnell-, pero con el tiempo me he dado cuenta de hasta qué punto el azar fue generoso con aquel chico dulce que, desde su experiencia, me enseñó un Berlín -una forma de aceptación y de orgullo- que yo desconocía.

La ciudad, plena de vida y de cultura, se convirtió en mi particular Ítaca (¿quién no tiene la suya propia?) y el amor duró menos que el recuerdo de ese verano. De esas noches. De ese aprendizaje en el que decidí que, a mi regreso, ya no habría más escondites, ni más verdades a medias, ni más sombras anónimas. Por eso volví con más palabras de las que me había ido, y me abrí ante todo y ante todos, con el apoyo firme de mi familia y la complicidad eterna de mis amigos. Luego, tras Berlín, vinieron otros hombres. Y siguieron, durante unos meses, llegando sus cartas. No tenía sentido prescindir del descubrimiento que ambos, en aquel viaje, habíamos hecho. Él -de eso no me compete hablar a mí- también cambió su Berlín interior. Y yo, al fin, construí el mío propio.

Mi primer trabajo ya en España, por supuesto, fue en una empresa alemana. Como traductor. Y allí, en ese mini-Berlín de empresa de trabajo temporal (qué mal pagaban, qué poco ganaba, y -sin embargo- qué feliz fui en esos diez meses de sobreexplotación) apareció, gracias a la pantalla de un chat supuestamente verboten en la oficina, mi Berlín real. Un Berlín -viajero, con barbita, con la capacidad de devolverme la autoestima que las relaciones previas habían desgastado con tanta fuerza- que ambos provocamos, que ambos tentamos, que ambos quisimos que ocurriera. Y de repente, los hombres que hubo entre ambos Berlines no fueron más que siluetas para inspirar relatos y obras de teatro futuras. Poco más quedaba de ellos cuando la vida se volvía dibujar con fuerza ante mí.

Y esa nuevo Berlín se convirtió en París, y en Nueva York, y en Roma, y en Lisboa, y en tantos rincones donde hemos ido tejiendo juntos esta biografía que compartimos y a la que siempre encontramos nuevos capítulos que sumar. Ahora, en este periplo juntos, recalamos en el Berlín real. En ese Berlín al que hace tantos años que no he regresado. Esa ciudad donde intenté con cierto éxito ser yo mismo por primera vez y a la que la semana que viene regreso con la única persona con la que soy yo en el sentido más amplio -y más rotundo- de ese complejo y breve pronombre. Por eso este Berlín juntos -el que nos aguarda en tan solo unos días- sé que será especial. Porque no hay otra forma de ser en Berlín, salvo la excepcional.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Danke!Dieser tekst ist sehr schön!

Cinephilus dijo...

Es ist einfach einen schönen Text zu schreiben, wenn es so viele schöne -und mitverteilte- Erfahrungen gibt... ;-)

Arual dijo...

Bueno bueno no entiendo ni pajolera de lo que decis tendré que llamar a mi hermana para que me eche un cable con la traducción, pero mientras estimado Cinephilus quiero felicitarte por esa maravillosa relación que tienes, que te hace crecer como persona y que sobre todo no para de regalarte felicidad. Es maravilloso tenerlo, saberlo y sobre todo tener las palabras exactas para describirlo...