27.11.07

Día atípico

No, no voy a empezar comentando la final de Supermodelos porque... ¡aún no la he visto! Y es que ayer tuve una preciosa cena con mi amiga Marta, así que puse el dvd a grabar y hoy me daré un atracón mascó-niano para ver cómo acabó semejante joya catódica... Antes del post sobre este evento televisivo, me centraré en algo tan cotidiano y simple como mi día académico de hoy, que ha sido de todo menos previsible...

1ª hora: Clase de alemán. Teniendo en cuenta que yo soy de Literatura española, el hecho de ejercer este año como profe de alemán durante este curso (y, posiblemente, los siguientes) ya es una novedad algo insólita en sí misma. Y lo mejor es que cada día me gusta más ese papel y, sobre todo, la posibilidad de retomar -y reverdecer- una lengua y una cultura que tanto me han gustado siempre.

2ª hora: Clase íntegra en inglés de lengua española. Y aquí, justo aquí, ha sido donde la rutina se ha roto de repente, con la entrada de cuatro estudiantes británicos de dieciséis años que venían a visitar el instituto y que no hablaban apenas nada de español. Cuando me comunicaron ayer que hoy los tendría en mi clase de niños ¡de doce años! sentí un ataque de pánico. ¿Qué podía hacer con gente mayor que mis chavales y que, además, no tenía ni idea del idioma? ¿Cómo hacer algo productivo para todos a la vez...? La solución me vino en forma de pantera rosa, gracias a la cuidadísima edición de todos sus cortos que salió hace un par de años. Y así pues, tras temer que mi elección fuera un desastre, he dividido la clase en cuatro grupos en los que los pequeñajos debían conseguir que los mayores describiesen con slang español a los protagonistas del corto. Al ser mudo, todos entendían la trama, de modo que podían centrarse en su análisis, en el que los pequeños han disfrutado enseñando español a los mayores, a la vez que los mayores se morían de la risa con las ocurrencias medio en inglés, medio en español (se han defendido con muchas ganas y mucha imaginación) de los primerines. Al final, las cuatro exposiciones han sido estupendas y los teenagers británicos han aprendido a decir piba, pillar, pedo y otras joyas de la jerga juvenil. A mí, eso sí, me ha tocado dar la clase íntegra en inglés y aunque me he sentido rarísimo impartiendo mi materia en la lengua de Shakespeare, la sensación global ha sido más que positiva. Lo mejor, los comentarios finales -esos me los guardo, que aquí suenan prepotentes- de los cuatro chavales británicos, que me han hecho sentir francamente bien, la verdad.

La ruptura de la rutina, en realidad, ha sido diminuta, pero lo bastante intensa como para desequilibrar -para bien- este martes. Quizá esa capacidad de sorpresa dentro de lo monótono que tiene la enseñanza -al igual que cualquier otro trabajo donde el objeto profesional no es tal objeto, sino seres vivos y, por ende, cambiantes- sea uno de los mayores alicientes que le encuentro a este trabajo. De momento no es más que mi segundo año, así que llevo ventaja a la hora de ser optimista (el tiempo no pesa aún en mi contra), pero no hay día que no me levante con ganas de pelearme -y reírme- con ellos, en el mejor y más dialéctico sentido de la palabra. Hoy, desde luego, los pequeños me han dado una clase de trabajo en equipo, desparpajo lingüístico y habilidad social. Hasta les ha parecido natural que su profe no dijera una sola palabra en español en toda la clase. Ojalá eso sea síntoma de algo parecido a un cierto europeísmo o, cuando menos, a algún que otro aire de necesario -y antiprovinciano- cambio.

25.11.07

Lions for lambs

Comenzaré admitiendo mi debilidad por Robert Redford, director de dos de las películas que más me han impactado en distintos momentos de mi vida: su intensa, seca y acertadísima Ordinary people -uno de las radiografías más lúcidas de la familia jamás rodadas- , y su aguda, inteligente y necesaria Quiz show -una disección de los mass media y, sobre todo, del mundo televisivo, que sigue resultando vigente.

En esta ocasión, Redford nos ofrece en su Lions for lambs una película honesta, valiente y difícil. Un guión perfectamente estructurado en noventa minutos densos y nada comerciales, donde cada línea del texto es un golpe de conciencia. Los actores, recluidos en espacios cerrados y condenados a interpretar de manera estática sus personajes, se dejan la piel en una de las películas que más me han impresionado recientemente. Meryl Streep, denostada por unos y adorada por otros (entre estos últimos me cuento), da una lección de cómo crear un personaje con tan solo miradas, gestos, movmientos de manos (esas manos que sabe usar como pocas) y convierte su personaje en crisol mediático de una tragedia de la que todos somos testigos, si no cómplices.

Así que la película se convierte en un interrogante, tal y como la pregunta que cierra el filme, donde se golpean tres frentes fundamentales: la política, los medios de comunicación (escalofriante la ironía del avance "urgente" de noticias de la escena final) y la educación, con una entrevista profesor-adolescente que, siendo la más tramposa de las tres, consiguió removerme y hacerme reflexionar sobre mi papel en el aula (hacía tiempo que necesitaba escuchar algo así, que me reafirmase en mis principios de lo que hago cada día cuando entro en clase). Y así, a lo largo de noventa minutos con escasísima acción, se suceden temas como la implicación, la marginación, la inseguridad, el fanatismo o la manipulación. Una película valiente, oportuna, incómoda y en la que la violencia -sin ser tan explícita e inútil como en el último Cronenberg, cuyo final cada día me resulta más pueril y ñoño- juega un papel brutal y no plástico. Dos muertes que no tienen nada de heroico y que ni siquiera permiten desplegar una de esas banderitas que tanto le habría gustado desplegar a directores como el otrora interesante Oliver Stone.

Cine político, cine discursivo, cine que es en verdad ensayo y que, sin embargo, sigue siendo cine. Nada que ver con el horror pretencioso de películas supuestamente discursivas como las del insufrible Guerín (¿por qué considera que su bodrio En la ciudad de Sylvia era algo que debía compartir con el mundo?). Nada que ver. Lions for lambs no posee el efectismo de El mensajero del miedo -en cuyo remake, por cierto, también bordaba su papel de pérfida manipuladora Mrs. Street-, pero tampoco lo necesita. La elegancia de la cámara, la acertada sincronización del montaje, la interpretación brillante de los actores -incluso Cruise resulta razonablemente verosímil, sobre todo por el acierto en el casting- y la buena estructura del guión ya suman el efectismo, la emoción y, en definitiva, el cine necesario.

Una de esas películas que se deben ver. Que se deben hacer.
P.S. El fin de semana, por cierto, perfecto. Una cena inesperada y realmente especial el viernes, un sábado íntimo-cinéfilo-cómplice y un domingo con comida sofisticada -pocas cosas me gustan tanto como un buen restaurante...- y siesta de pereza y sexo por delante... ¿Se puede pedir más...? ;-)

22.11.07

Telón

DON LUIS. Para ese empleo te vendría bien la bicicleta que te iba a comprar cuando pasase esto, ¿te acuerdas?
LUIS. Ya lo creo. Yo la quería para el verano, para salir con una chica.
DON LUIS. ¡Ah!, ¿era para eso?
LUIS. No te lo dije, pero sí.
DON LUIS. Sabe Dios cuándo habrá otro verano.
(Siguen paseando.)
TELÓN
Fernando Fernán Gómez
Las bicicletas son para el verano

Era uno de los grandes. Uno de los pocos intelectuales -auténticos en su talento y en su eclecticismo- que nos quedaban. Magnífico actor, gran director y dramaturgo culpable -con permiso del gran Buero Vallejo- de una de las mejores obras del teatro de posguerra, Las bicicletas son para el verano, un texto que marcó un camino teatral por el que aún sigue transitando la escena española. Una reflexión sobre la intrahistoria unamuniana, en la que vida política y vida personal quedan disociadas hasta que la primera aplasta sin piedad a la segunda. "Quería contar cómo sentí que con aquella guerra me habían robado la adolescencia" dijo una vez su autor. Y eso, exactamente eso, es lo que supo contar con una prosa sencilla y unos personajes tan vivos y minúsculos como sus heridas.

Y para los cinéfilos, nos quedan en la memoria obras tan poderosas e insignificantes como El extraño viaje, todo un alarde de cine maldito e inteligente, o su personal -y emocionante- homenaje al mundo del teatro y a los cómicos de la legua, El viaje a ninguna parte.

Como amante de la literatura, del cine y del teatro me gustaría pensar que eso es, precisamente, lo que ha emprendido Fernando Fernán Gómez. Un viaje hacia algún lugar donde pueda seguir otorgando dignidad y categoría artística al instrumento -tan tristemente desperdiciado- de la palabra.

16.11.07

I know where i've been

Gracias al sensacionalismo -al terrible amarillismo- mediático, uno no sabe muy bien si Madrid será, como avisan, una ciudad invadida por el odio y la violencia este fin de semana. La prensa, de nuevo, ha actuado con toda la irresponsabilidad de la que ha sido capaz para caldear tanto los peores instintos como los más diversos miedos. Y quizá por eso hoy me voy a limitar a colgar una de las escenas más naives de Hairspray -su b.s.o, que acaba de editarse, merece una visita a la tienda de discos más cercana-, naive porque es un alegato sencillo y casi sentimentalista contra la segregación, contra la violencia, contra el racismo.

Lo triste es que algo que debería ser testimonio de tiempos peores ya superados se convierte, de nuevo, en asunto de necesaria reivindicación. I know where i've been, canta Queen Latifah, en un tema cuya letra habla de la memoria, de la conciencia del esfuerzo de tantos hombres y mujeres a favor de una concordia y una tolerancia que no siempre llegan. Cada minoría, por supuesto, puede que haga su propio alegato, e incluso su propia manifestación, hasta su propio discurso victimista. El problema es que, en realidad, todos somos de una u otra minoría. Todos raros, todos complejos, todos únicos. Y por eso a todos -que sabemos como Queen Latifah de dónde venimos y dónde hemos estado- nos debería resultar sencillísimo respetarnos.

Esta vez, me temo, siento auténtica vergüenza y repugnancia ante la labor de ciertos medios de comunicación. Y es que estoy cansado de que una ciudad tan viva, abierta y ya herida como Madrid tenga que ser objeto de sus apocalipsis. Buen -y pacífico- fin de semana a todos.

12.11.07

De estreno... en Sevilla

Y, para cambiar el tono del último post, hoy incluimos una buena noticia... Mi último texto teatral, Tres formas de lenguaje, ha sido seleccionado -junto con piezas de autores como Alonso de Santos o Antonio Álamo- entre las obras de teatro breve que se dramatizarán en el VIII Salón Internacional del Libro Teatral.

Este año, el Salón Internacional (organizado por la Asociación de Autores de Teatro ) se celebrará en Sevilla, en el Casino de la Exposición (Avda. María Luisa s/n) , del 29 de noviembre al 2 de diciembre de 2007.

De momento aún no sé cuándo ni cómo se pondrá en escena, pero si alguien está por Sevilla y tiene curiosidad por el mundo del libro teatral, que no deje de pasarse por allí. Y, si es posible, que luego me lo cuente :-) Lo admito: estoy contento. Es el tipo de pequeños hechos que, de vez en cuando, apuntalan un poquito mi -inevitablemente frágil- autoestima.

9.11.07

Formas de violencia

Unos jóvenes se bajan de un coche y agreden brutalmente a un hombre colombiano de 56 años.
Un joven agrede a una chica de dieciséis años en un tren de cercanías.
Unos jóvenes irrumpen borrachos en las aulas de una universidad de Vigo e insultan a profesores y alumnos.
Una concursante transexual de GH, que reivindica su derecho a ser respetada, insulta a un concursante negro por el color de su piel.
Un concursante negro de GH, que denuncia con razón todo acto racista y discriminatorio, confiesa abiertamente su homofobia y afirma que la homosexualidad es antinatural y un peligro para la sociedad.
Un clérigo saudí aconseja en una televisión musulmana cómo se debe golpearse a la mujer para no dejar marcas y conseguir modificar su conducta.
Un joven anuncia una matanza en youtube y la ejecuta a sangre fría.

No son comparables entre sí, lo sé, pero todos ellos son síntomas de una sociedad absolutamente enfermiza y desquiciada, donde la violencia -física y verbal- alcanza todos sus grados en una escalera que no nos lleva hacia ningún sitio que no sea la autodestrucción. Puede que el virus que me tiene esta semana medio enfermo y con el estómago revuelto sea en parte responsable de que me cueste ver la botella medio llena, pero el vacío mental que todas esas acciones demuestran me resulta, cuando menos, alarmante.

Quizá por ello, en esta ocasión, más que reflexionar, quiero compartir dos experiencias de esta misma semana en dos de mis clases. En ambas tomé la determinación de actuar, aunque albergara dudas sobre la conveniencia de mi intervención. En cualquier caso, y como siempre, se admiten opiniones. El dogmatismo, resulta evidente, no es más que otra forma de violencia.

1. Situación A
Clase de 2º de ESO. Alumnos de 13 y 14 años a los que no doy clase y que, por tanto, no conozco. En una hora en la que estoy de guardia por la ausencia de un profesor empiezan a pasarse un folio que les hace reír mucho a todos ellos. Confío en que dejen de intercambiárselo, pero ante su persistencia, al quinto alumno secuestro el folio. En el papel en cuestión, un curioso titular: "Medidas de gobierno". Y después, una sucesión de normas como las siguientes: Masacrar toda América del Sur; Fundar pabellones de tortura y violación; Hacer esclavos a los negros; Violar a toda América del Sur; Masacrar otros países salvo a los chinos... Indignado, pero intentando encontrar un sentido razonable a semejante documento, pregunto quiénes son sus autores y qué habían querido escribir. En el fondo -muy en el fondo- me hubiera gustado oír que era una crítica ácida y terrible de la política imperialista de ciertos países -como EE UU-, pero teniendo en cuenta la edad de aquellos alumnos sabía que era poco probable escuchar algo así. Su respuesta: "solo es un juego. Es divertido". Podía haber fingido no leer el papel, podía no haber intervenido, podía haberme callado (total, ni siquiera era mi clase), incluso podía haber querido comprender que no era más que humor infantil e inconsciente..., pero no pude hacerlo. Y les hablé de que era aberrante que se rieran de temas tan serios como la violación o la tortura, que era inaceptable emplear argumentos racistas y xenófobos en algo que para ellos no era más que un chiste y que, sin embargo, atentaba contra la dignidad de los demás... Y tras una hora de debate, al menos, conseguí que entendieran la gravedad de su escrito -aunque no tuvieran malas intenciones en él-, pero no sé si se quedaron convencidos de ello. Obviamente, ninguno de aquellos chavales quería masacrar nada, pero dejar impune aquel papel era abrir una mínima grieta en la que, de nuevo, la violencia podría empezar a germinar y a campar a sus anchas. A fin de cuentas, si aquellas medidas eran graciosas para ellos, ¿qué habría pasado si alguno decidía ponerlas en marcha? La difusa barrera entre el juego y la realidad a ciertas edades sumada al torrente de confusión que, al respecto, reciben diariamente, no era algo que me hubiese permitido irme tranquilo a casa sin intervenir directamente primero.

2. Situación B
Clase de 1º de ESO. Alumnos de 12 años a los que doy Lengua Española. Les había propuesto un taller dramático en el que debían dar voz -es decir, inventar y representar un diálogo- para una escena de La lengua de las mariposas, que previamente vieron sin volumen. Todos los grupos hicieron creaciones orginales y personales y la sesión transcurrió de forma animada y fluida. Uno de los grupos, sin embargo, decidió incluir un elemento nuevo al final de la escena: el personaje del padre abofetea a su hijo y, cuando este es defendido por su madre, también la golpea fuertemente a ella. El resultado, una carcajada general ante los golpes y, supongo, ante las palmadas con las que pusieron efecto sonoro a la escena. Mi reacción, de nuevo, darles la correspondiente charla sobre la gravedad de lo que habían hecho -de manera inconsciente- debido al tema que allí subyacía: los malos tratos. En este caso, la reacción de los alumnos fue sincera, porque no se habían percatado de que su broma atacaba tan directamente a uno de los temas más graves de nuestra realidad social: la violencia familiar que, por desgracia, sigue existiendo. Personalmente, me alarmó aquella risa y el hecho de que ninguno de los 30 alumnos presentes esbozase el más minúsculo signo de alarma ante lo que estaba viendo.

Puede que todo sea culpa de ese virus que me tiene medio enfermillo esta semana, pero la convivencia diaria con tanta forma de violencia me tiene cada vez más preocupado. Y no solo las terribles tragedias -como esa matanza a sangre fría que hemos tenido que padecer esta semana- sino también los gérmenes -verbales, físicos o casi invisibles- de esas mismas -¿y evitables?- tragedias.

4.11.07

El cielo -nuestro- sobre Berlín

para JJ
Como el título de la película de Wenders, esa que se ha colado -entre tantas otras cosas- en nuestra maleta. Así, sobrevolando la ciudad desde todas sus aristas, es como me he sentido estos días junto a ti. Días en los que he descubierto que Berlín ha cambiado tanto como yo mismo, porque entonces -en aquellos primeros viajes- yo era una primera persona del singular y ahora, en este retorno junto a ti, he vuelto siendo primera del plural, un rotundo nosotros que le da sentido a cada recuerdo y, sobre todo, a cada proyecto.

Y Berlín, con sus contrastes, desde ese espléndido The Regent que con tanto mimo y acierto elegiste como alojamiento, ha sido nuestro cómplice en estas veladas. En estos largos paseos. Gendarmenkmarkt, Ku'Damm, Unter den Linden, Potsdamer Platz, Friedrichstrasse... En estas visitas a esos museos que ambos amamos y, cómo no, en la experiencia total de esa ópera -Carmen, apasionada y brutal en su excelente orquestación y en su inteligentísimo montaje- que vimos en la Staatsoper el viernes por la noche.

El viaje, sin duda, ha sido excepcional. Pero no solo por reencontrar una ciudad tan especial como Berlín, sino por el inmenso placer de poder descubrírtela y compartirla contigo, de poder sumarla al posesivo nuestro en el que tú y yo sumamos tantas ciudades -tantas vidas- juntos. El placer -el enorme privilegio- de descubrirte a ti también en ella. De descubrirte inmensamente generoso. Inmensamente valiente. Inmensamente necesario en cada uno de los segundos de mi existencia. Y es que, como en la película de Wenders, tú eres mi único cielo posible en mi Berlín. Y si no está tu mano acariciando la mía, ya no hay Unter den Linden, ni Brandenburger Tor, ni siquiera ese museo de Helmut Newton tan provocador como nuestro sexo y tan carnal como nuestra pasión. Sin tu mano, sin tu cielo cubriendo mis noches, todo -la vida, la pasión, el futuro- se desvanece. Porque ahora, como me susurraba al oído Berlín con una voz que tenía algo de la de la Dietrich, ya no soy uno. Ahora, cogido de tu mano desde hace siete años, soy siempre dos.
Mi mejor motivo para levantarme cada mañana. La mejor parte de mí mismo...


Gendarmenmarkt

Konzerthaus. Schillers Denkmal



Brandenburger Tor


Berliner Dom. Fernsehturm.


Spree Ufer

Sony Center

Jüdisches Museum

Siegessäule

Gedächtnis Kirche. Berlin (von Chillida)

Humboldt Universität

Gorki Theater

Historisches Museum