27.12.07

Cine navideño

Un día antes de partir rumbo a París -qué cercana se ve ya nuestra ciudad, J.,-, tres recomendaciones de cine navideño -es un decir- que salvan, con mucho, la actual (y mediocre) cartelera... Y es que, por una vez, junto a los infumables dibujos prefabricados para estas fechas (que este año nos traen las desgracias de Donkey Xote y El arca de Noé), las películas protagonizadas por Papá Noeles falsos, reales o clónicos y demás monsergas obsoletas y políticamente correctísimas, la cartelera ha albergado títulos que sorprenden en sus diversos géneros y que, personalmente, me han regalado unas estupendas horas de cine en esta última semana. Empezamos...

1. Deseo, peligroLástima que el lust del título americano se quede aquí en un tibio deseo que, por vulgarización léxica, es un sustantivo demasiado devaluado en nuestro poco autoconsciente castellano. Y es que la película es una delicatessen para los cinéfilos voraces, tanto por su apasionamiento narrativo como por el lirismo -seco, adusto, distante y magistral- de su puesta en escena.

Demasiado extensa -seguramente, sí-, pero disfrutable y llena de aciertos, como casi todo el cine que nos regala Ang Lee. En este caso, se demora en exceso en el primer tercio del filme, pero -en mi caso- agradecí esos minutos por pura complicidad con la materia relatada. La presentación del grupo de teatro universitario -el amor que por el teatro desprende la película, al igual que por el propio cine- y la disección de esos personajes -fundamental para entender el desenlace de la historia- me conmovió y, a su modo, me hizo pensar en mis propios comienzos teatrales. En la utopía inicial de mi grupo y en cómo hemos ido posicionándonos hacia la realidad y lo factible. Nada comparable al contexto del filme, desde luego, salvo por la importancia que ese grupo -ese mundo teatral universitario- tiene en las vidas adultas de los personajes. Y eso, quienes amamos el teatro, sabemos que es siempre así. Sea cual sea el contexto...

Más allá del debate de su duración, la película logra -de nuevo- presentarnos una pasión prohibida, terrible, fatal, uno de esos amores que, entre el deseo más carnal y la represión más terrible, sabe contar Ang Lee en sus mejores filmes. Ya sea con cowboys (Brobeback mountain), señoritas de época que toman té en tacitas de porcelana (Sentido y sensibilidad), gélidos habitantes de la década de los setenta (La tormenta de hielo) o gays en el armario de su más cáustica y divertida comedia (El banquete de boda).

De nuevo, con su excelente pulso narrativo y su sensibilidad para ahondar en los sentimientos ajenos, Ang Lee sabe construir un relato ambiguo, contradictorio e incluso salvaje, donde lo inverosímil se hace verosímil porque sabe cómo transmitir la pasión sin, pese a ello, querer emocionarnos. Tal vez ahí radique la mayor dificultad de la película: es pretendidamente fría. No hay ni una sola escena subrayada y esto, unido a su metraje, no la convierte en una obra de fácil visionado. Sin embargo, ahí -precisamente- radica también su mayor logro. En llenar de sexo y de deseo la sala de cine gracias a sus coreografías de cama y a sus silencios y elipsis. Una película que, pese a lo explícito de sus imágenes sexuales (bravo, se echa de menos el buen sexo en el cine de nuestro tiempo), oculta mucho más de lo cuenta.

2. La brújula doradaCine familiar, sí. Cine poco personal, también. Pero cine de entretenimiento eficaz y, sobre todo, con un mensaje que elude la moralina convencional. En este caso, la película -como la novela- defiende el pensamiento liberal y, a su modo, el ateísmo.

Resulta divertido asistir a esta función en la que los malos pertenecen a un Magisterio -así dice llamarse- que recuerda poderosamente a la curia eclesiástica. El mismo edificio que les alberga parece un remedo futurista de San Pedro, en el Vaticano. No es de extrañar, pues, que la Iglesia católica -ese ente que debería ser, como todos los extremismos religiosos, una realidad agonizante y moribunda en nuestro siglo- haya puesto el grito en el cielo. Y solo por eso ya recomendamos esta película convencional, pero bien rodada y ciertamente ágil, con una bellísima Kidman y un más que atractivo Daniel Craig. Aunque este último aparezca poco (¡con lo bien que le sienta esa barba!), confiamos en que goce de mayor protagonismo en el siguiente capítulo de la saga. Si el mensaje sigue siendo la defensa del pensamiento libre y la negación de toda creencia dogmática, también iré a verla.

3. PersépolisNo, no es estreno, pero hasta ayer no pude sentarme a verla con tranquilidad. Evidentemente, es una adaptación pero, personalmente, no encontré nada reprochable en ella. Fui con mi pareja y un amigo común, y a los dos les entusiasmó la película como tal. Es decir, que la obra funciona de manera autónoma, sin necesidad de explicar sus fuentes ni justificar -una y otra vez- que es la versión fílmica de una novela gráfica. Este hecho, por sí solo, ya me parece más que suficiente para defender esta pequeña joya de la animación francesa: es, ante todo, una película, no una mera versión. En cuanto al relato en sí, me pareció especialmente inteligente su modo de sintetizar una historia tan densa y compleja, y su talento al hilvanar las imágenes y, sobre todo, los diálogos (sublime el personaje de la abuela), además de que las voces -Deneuve, Derrieux...- constituyen un auténtico lujo cinéfilo.

Honestamente, creo que toooodo el mundo debería ver esta película al menos una vez para tener una visión interna -y, en general, bastante mesurada- de un tema tan complejo como la realidad iraní. En el monólogo de la joven protagonista -ya en la universidad- sobre el uso del velo, habría aplaudido si de una obra teatral se tratase. Y, aunque no venga a cuento, aprovecho aquí y me reafirmo: no al velo en las aulas de nuestro país. No se puede tolerar ni defender la humillación de la mujer como una forma de cultura ni de religión. En eso Francia nos lleva ventaja, y hace años que prohíbe tanto el uso de velos como el de los crucifijos en sus aulas. Y es que la religión debe ser algo respetado, por supuesto, pero también íntimo y personal. Nunca un elemento que interrumpa la vida de un Estado laico ni, mucho menos, un instrumento de opresión sobre los demás.

Y soltado este discurso (de vez en cuando, uno necesita un desahogo...), corto y cierro la emisión por unos días. En París no pienso conectarme a nada que no sean las exposiciones de sus museos, los paseos por sus avenidas, las cenas en sus restaurantes y el sexo en sus camas... A la vuelta les cuento. Pásenlo muuuy bien y empiecen con la mejor escena posible su nueva película del 2008.

P.S. Por cierto, si se aburren estos días, prueben a dormirse con la segunda e insípida temporada de Héroes, que ha concebido la continuación como una repetición & plagio de sí misma. Así pues, no hay una sola novedad reseñable en su monótono avance, salvo los kilos de músculos que se ha puesto encima el otrora enclenque Peter Petrelli. Teniendo en cuenta que sus escenas de exploitation durante los primeros capítulos son lo único reseñable de esta temporada (imitando, por cierto, las de la tortura de Craig como 007), les dejamos como postal navideña con el recién trabajado torso del muchacho que, la verdad, se lo ha currado muuuuucho más con las pesas que los guionistas con el ordenador...

23.12.07

Way of life (...& Merry Christmas)

En septiembre de 2006 empecé, sin darme cuenta, una nueva vida. Un cambio de trabajo que, en este primer año y medio, me ha transformado -para bien- en más de un aspecto. Y aquel septiembre, sin más razón que la cercanía en metro (y la posibilidad -necesidad- de seguir comiendo con mi amiga Mercedes), elegí un instituto en el que hoy continúo. Un centro donde, nada más llegar, apareció alguien con nombre tan metafórico como pertinente. Alguien que dijo llamarse Camino y que, desde muy pronto, se convirtió en la mejor compañía posible para esa nueva senda profesional y personal de la enseñanza. Y así, aprendiendo de ella, riendo con ella, hasta llorando con ella (porque la vida -cuando se vive intensa y honestamente- da siempre para todo), hemos construido una amistad en la que nos identificamos y nos seguimos construyendo y creciendo día a día. Una amistad que, como todas las verdaderas relaciones que he ido cosechando en cada una de mis diferentes etapas vitales -algo de lo que confieso que me enorgullezco-, es el mejor resumen de este momento, de este lugar, de esta nueva vocación de la enseñanza que ya veremos por qué lugares -por qué caminos- me conduce.

Así que, con todos estos datos, no era de extrañar que la fiesta que preparamos juntos el pasado viernes en nuestro (habitualmente serio) insti, fuera un éxito. Todo el mundo implicado, mezclado, revuelto en el mejor y más social de los sentidos. Y nosotros disfrutando de ese pequeño momento juntos, haciendo el loco y apurando birras que sabían a vodka como la tarde -incluso la mañana- nos supo a noche. En las fotos tan solo se intuye, pero tras su sonrisa -y su cuerpazo, que su pasado de gimnasta rítmica y su presente de deportista nata bien se notan- hay un camino amplio, generoso, vital, imprescindible. Un camino de autenticidad que desde hace ya año y medio tengo la suerte de transitar cada día. Y así, en ese andar machadiano, puedo seguir aprendiendo en nuestros cafés fugitivos de las 11.10, intuyendo más de mí, más de los demás, hasta de cómo dar una clase o de cómo parodiar algún momento malo para que deje de serlo.Quizá por eso estas fotos -y estas impresiones- son, en este 2007, mi post de felicitación navideña para amigos, blogueros y lectores curiosos. Porque no hay mejor tarjeta que la felicidad propia, la que de verdad se desea compartir con los demás (sobre todo si se evitan dibujos cursis o papá noeles con sobrepeso, que cada año me atacan más). Y esta felicidad -plena, imborrable, arrolladora- solo la obtengo en mi pareja -qué poco nos queda para inaugurar París en el 2008-, en la familia más cercana y en los amigos de verdad.

Felices fiestas a todos... Y dedicada a ti, my way, ahí va una de nuestras canciones (que, en tan solo año y medio, ya suman unas cuantas...) Just for your eyes.

20.12.07

Jueves!!!

Siempre me ha gustado este día -su noche es, sin duda, una de mis favoritas-, pero concretamente este jueves -sí, este en el que tecleo estas mismas letras- se presenta -simple y llanamente- excepcional. ¿Motivos? Ahí van:
1. Llegada vía Iberia de esa mitad mía -más que mitad, en realidad, el porcentaje que habita de él en mí es cada día mayor...- sin la que, como es obvio, permanezco incompleto. Y esta vez, su llegada viene con tres semanas por delante sin más viajes, sin más despedidas, sin más esperas, salvo nuestra escapada -juntos- a París... Ese motivo, por sí solo, ya hace que este jueves sea genial...
2. Copa con amigos en casa. Y no unos amigos cualquiera. No. Amigos de esos que valen una vida. Que atraviesan contigo cada momento. Los buenos, los malos, los sencillos, los complejos. Amigos con los que te sientes cómodo, feliz, arropado. Y, sobre todo, te sientes tú. Sin impostura alguna. Amigos, en el sentido más amplio y generoso de la palabra (ese sentido en el que los amigos, la verdad, no se puede decir que abunden...)
3. Bailes enloquecidos con mi Inquilino, la gogó más glamourosa a este lado de la ciudad. Y la única mujer conocida capaz de fingir el playback de cualquier canción polanesca como si realmente la conociese. Hasta ahora, jamás la han detenido ni le han pedido canon alguno por su amoral actitud cantarina ;-)
4. Comienzo de vacaciones!!! Hasta el 8 de enero... ¡se acabó!
5. Planes ya seguros de funciones este 2008 que se acerca con mis niñas (Silvia, Paloma, Eva... ¡qué ganas de recuperaros en el escenario), Nuria... ¡qué ganas de que te subas con nosotros a él!, Alber... ¡jo, cómo te echo de menos en estas lides...!). Funciones con Melibea y Zapping mileurista los días 18 y 25 de febrero, 3 de marzo y 17 de mayo. Confirmadas (de momento). Y más que vienen en camino...
Y, para colmo, aún me dura el buen sabor de boca de mi velada santillanil por dos grandes motivos: Mercedes y Klingsor, dos amigos que merecen sendos posts para ellos solos, porque cada risa, cada confidencia, cada velada, tarde o momento con ellos es, simplemente, estupendo. Abajo, por cierto, poso con Klingsor -nótese que éramos, sin duda, los dos editores más guapos y bien conjuntados de la fiesta- en la pasada juerga editorial. El del chaleco -de riguroso estreno, jeje- c'est moi.
Besos para todos los blogueros. Pásenlo bien estos días y, ante todo, sobrevivan a las Navidades... :-)

14.12.07

Balance audiovisual de la semana

El gobierno recomienda comer conejo en Navidad. Esta es, según El Mundo, una de las noticias más importantes de este día. Personalmente, estoy tan cansado de la precampaña, que ya no sé si lo dan como una noticia positiva en lo gastronómico o peyorativa en lo económico o si, simplemente, desde que se les ha acabado el chollo de la conspiración, no tienen muy clara cómo empezar las portadas de su diario... Claro que también puede que el vodka de ayer y la resaca de hoy tengan algo que ver en mi nula capacidad para interpretar semejante crónica periodística. Y es que, la proximidad navideña, ya ha irrumpido con su lista de compromisos y su agenda de reuniones varias. Ayer, lo confieso, la reunión -profesional y docente- se saldó con una velada estupenda en la que hasta nos volvimos humanos y nos dimos cuenta de que, lejos de una pizarra, formamos un grupo más que majo... Los bailes, al horrendo ritmo de la pachanga habitual, dieron muestra de ello.

Y entre lo horrendo de estas semanas, incluyo -desde luego- ese Orfanato que, al fin y por algún motivo masoquista aún por explicar, vi hace ya un par de semanas. La película, aparte de provocar mi hilaridad (aún me río con la escena en que Mrs. Rueda se enfrenta a las temibles nancy peinados...), no consiguió que entendiera por qué todo el mundo ha decidido ir a verla. Obviamente, mandarla a los Oscar es un despropósito que solo se justifica por el hecho de que casi toda la producción nacional de este año ha sido lamentable. Sin embargo, elegir semejante estupidez en vez de obras, cuando menos más dignas, como Siete mesas de billar francés solo prueba que, además de hacer malas películas, no tenemos criterio para seleccionarlas o premiarlas... Confío en que el año que viene, mandemos ese bonito plagio de Shrek que es Donkey Xote, cuyo contenido debe estar a la altura de su ingenioso título. Sinceramente, la animación española debería estar prohibida por el código penal, con la excepción de De profundis (por eso supongo que la vimos cuatro gatos mal contados...) y de los excelentes animadores que tienen que emigrar para no verse abocados a hacer bobadas varias.

Y entre lo mejor de la semana, el hecho de que al fin hayan expulsado al tal Andalla de GH, autor de esa gran frase que rezaba tal y como sigue: "El fin del mundo se acerca porque hay muchos gays que han salido del armario". Por supuesto, como es un personaje musulmán, nadie puede criticarlo y hay que entender que su homofobia galopante y su estrechez mental son "productos culturales". Me gusta esa visión empobrecedora que solo condena las atrocidades -que son unas cuantas de la religión cristiana- y sin embargo proclama tolerancia con todas las vejaciones que contra mujeres, homosexuales y demás comete -y promueve- el lado más duro de otras grandes religiones de este atrasado mundo.

Ah, también sumamos a lo mejor el calendario de curas cañón que el Vaticano ha sacado, un año más, en plan extraoficial. Esperamos que en el siguiente les quiten directamente la sotana, total, seguro que no es la primera vez que se desnudan delante de alguien ni que..., bueno, dejo ahí los puntos suspensivos para que los completen ustedes, queridos lectores, con sus más calenturientas imágenes. Como muestra ahí les dejo un botón (o mejor, un alzacuellos...) Ah, y un comentario curioso: dos de los curas que aparecen en la imagen superior (sí, los dos del lado derecho)... NO SON CURAS. Al parecer, el Vaticano ha decidido que es mejor ahorrar gastos y USA IMÁGENES SIN PAGAR DERECHO ALGUNO de cofrades sevillanos. Reveladora noticia que nos demuestra, una vez más, que la caridad empieza en casa y que Ratzinger no está para mariconadas (bueno, según el tipo, porque se me ocurre alguna que otra que haría las delicias de este pequeño y cabroncete hitler de bolsillo). En fin, me alegra la vista el muestrario de curas y me alegra mi alma atea recalcitrante comprobar que la iglesia no abandona, ni por un instante, su mezquindad habitual. Alabado sea su dios (el del dinero, claro).

Y hasta aquí por hoy, que esta tarde me espera Rossini y un fin de semana de sexo, amor y lujo de esos que tanto me gustan. Los detalles morbosos, el lunes... Si la resaca de la voracidad que me espera estas noches me permite relatarlos...

10.12.07

Días napolitanos

Hay destinos que se salen de lo corriente. Incluso de lo esperable. Destinos que requieren ser viajero en vez de turista. Que no admiten al segundo y que, sin embargo, acogen al primero. Nápoles, sin duda, es uno de ellos.No resulta fácil asomarse a sus calles, a sus rincones, a sus facetas decadentes y, sin embargo, grandiosas antaño. En sus edificios late la esencia neorrealista y el tiempo se compone de sumas y restas aleatorias, juguetonas, eternas en el trampantojo de una ciudad que despista al visitante hasta conseguir que se ría de su desorientación y se deje llevar por el bullicio y el ruido de su alma sureña y portuaria.No aconsejaría Nápoles a quienes esperen una Italia domesticada y bien embalada, una Italia de souvenirs o de escaparatismos ultramodernos, pero sí a quienes deseen adentrarse en la Italia del sur, en ese lado luminoso y complejo donde el escaparatismo cede ante una realidad mucho más tangible y, a la vez, mucho más poliédrica. Incluso a quienes busquen un escaparatismo clásico de grandes modistos y camiseros, de zapateros ilustres y de una estética, en fin, sublime en los tejidos y más recta en las formas y el diseño.Seguramente si no hubiera ido con él -contigo-, con el viajero que tantos lugares me ayuda y enseña a descubrir, ahora no podría rehacer el relato -y la memoria- de un viaje que ha sido mucho más intenso y hermoso de lo que una guía al uso puede transmitir. De nuevo, cegado por mis prejuicios, tuve que despojarme de ellos -él, con astucia, me despojó de ellos con su paciencia y su generosidad habituales- y ahora, de regreso en Madrid, extraño las alocadas carreras en taxi -mi rostro pálido entre el miedo y la incredulidad eran una clara descripción del tráfico en la ciudad- y la exuberante gastronomía, que se basta de unos cuantos y sencillos ingredientes para preparar la mejor pizza y la más deliciosa pasta que jamás he probado. Y es que, como ellos dicen, la pizza napolitana no es comparable a ninguna otra en Italia. Y tienen razón...El hotel, lujoso y situado en la bahía -uno de los rincones más hermosos de toda la ciudad-, nos ofrecía unas vistas ante las que era imposible no dejarse llevar: el palazzo del'Ovo, el Vesubio, Capri... Cómo no dejarse contagiar por el mar y bucear en la belleza que se ocultaba tras el caos de una ciudad que no sabe embelesar, pero sí atraer. Y sugerir.
Y cómo no, el palacio de Capodimonte -con los Caravaggios y Tizianos de obligada visión- y el museo arqueológico, con un gabinete secreto lleno de pinturas eróticas romanas y grupos escultóricos como el toro farnesio, que por sí solo ya merece un viaje. Y, fuera del museo, a tan solo algunos kilómetros, la viva Pompeya, deslumbrante en su sucesión de calles, casas, mosaicos, rótulos...: vidas, sobre todo vidas y existencias que parecen siluetearse con precisión mientras se curiosea por un tiempo que fue y que, gracias a la arqueología, hoy sigue siendo. Nunca había sentido algo parecido en un yacimiento arqueológico y todavía me estremezco al pensar en cómo nos adentramos en las habitaciones y la intimidad de aquellos hombres y mujeres que, un día, se vieron sorprendidos por el traicionero Vesubio, hoy cómplice de las fotografías y ambiguo -siempre- en sus intenciones.Una ciudad -un viaje- paradójica, ecléctica, cambiante, mediterránea... vital.

5.12.07

Sobre el móvil (y la intimidad)

Mañana, a estas horas, ya habré preparado mi equipaje y estaré a punto de partir rumbo a Nápoles, donde espero huir durante este puente en la mejor de las compañías, con ganas de conocer la ciudad napolitana y, cómo no, los testimonios de Pompeya, que siempre me han itrigado (supongo que como a todos los que amamos la Historia y el mundo clásico).

En estas huidas, además, consigo evadirme de uno de los ruidos que más me molestan y perturban. El ruido del móvil. Hace días, en una cena con mi amigo Raúl (una de esas personas de las que siempre se descubren nuevas facetas y cuya amistad es tan enriquecedora como su honestidad), pues bien, en una cena con este amigo salió el tema del móvil y de mi escaso hábito de responder a las llamadas. Por primera vez me di cuenta de que mi punto de vista en este sentido o no se entiende o no se comparte y, aunque pueda parecer un antipático o incluso un borde (ya ni siquiera me preocupa eso), esta vez necesito soltarlo.

El móvil es, en mi opinión, la mayor y más terrible intromisión contra la intimidad que me veo obligado a sufrir las 24 horas del día. Parece mentira que existiera una vida sin móviles -y la existió, los de mi edad, desde luego, sí que la conocimos- y, de repente, todo el mundo siente la necesidad de llamar sin preguntarse jamás qué pensará, hará, sentirá o deseará la persona a la que llama en ese instante. El caso es llamar, es más, insistir e incluso preguntar ese cansino "¿Pero por qué no me coges el teléfono?" que, francamente, no sé por qué tengo que justificar.

No se trata de ir contra la tecnología (quienes me conocen saben que soy un tecnoadicto), sino contra el uso despreocupado y abusivo de esa tecnología. Hay métodos rápidos y mucho más sutiles, mucho más respetuosos con el tiempo y el ritmo ajenos: el mensaje y el e-mail. Ambos se reciben en el momento, ambos nos permiten expresarnos, ambos sugieren la necesidad de una respuesta pero no nos obligan a dar esa contestación en el momento. Ambos, eso sí, requieren una mínima elaboración, aunque solo se trate de teclear unos cuantos caracteres. ¿Que no se puede decir todo en un sms? Por supuesto que no. Pero ¿no se puede sugerir, incitar, comentar, esbozar...? Claro que sí, aunque eso requiere un cierto esfuerzo y es menos cómodo que hacer la llamada y divagar hasta que se dice algo (si es que hay algo que decir). ¿Que no todas las llamadas deben ser funcionales? ¡Por supuesto! Pero, ¿tan difícil es asegurarnos mediante una vía menos invasiva de que vamos a llamar en un buen momento a esa persona?

Personalmente, lo admito, no me gusta nada el teléfono (de ahí el nombre de mi grupo, Armando no me llama, que puesto cuando solo contaba yo con 18 añitos fue una síntesis perfecta de mi conducta en este tema). No sé hablar por ese dichoso aparato (bueno, salvo con mi chico, porque hace años que inventamos nuestro propio lenguaje y ni siquiera el teléfono es un obstáculo en nuestra semántica egoístamente individual) y no soporto mantener largas conversaciones por el móvil salvo cuando la situación lo requiere. Y cuando el tiempo de los dos contertulios lo permite.

Y no, no se trata solo de no poder contestar a causa de las ocupaciones cotidianas -reuniones laborales o momentos en los que nos es imposible contestar-, se trata también de muchos momentos en los que, llame quien llame, no apetece contestar. Y eso no tiene nada que ver con la persona que hace la llamada, sino con el instante privado en que yo la recibo. En mi caso, mi vena social suele confundir (me encanta la gente, hacer amigos, sí, pero como contrapartida necesito respirar mucho tiempo a solas: ¿cómo podría escribir si no, por ejemplo?) y nadie aprecia que necesito -exijo, demando, respiro- una faceta individual, solitaria y nómada que no quiero ni deseo compartir con nadie. Así, cuando una tarde decido perderme a mirar dvds por la fnac, por ejemplo, claro que -si quiero- puedo coger físicamente el móvil, pero no psicológicamente, porque si suena es una intromisión en ese momento, en ese instante, en esa necesidad. En ese acto simple y sencillo de mirar dvds o de pasear por el centro de Madrid con el I-Pod a todo volumen y sin ganas de hablar con nadie, tan solo de escuchar alguna de esas listas de reproducción de sanísimas influencias como mi Lydi, culpable de más de una nueva adicción disco-consumista que, si es buena, ya le confesaré.

Quienes me conocen saben que es mejor localizarme por sms, porque me hacen ilusión, porque me gusta y porque me permiten sacar el móvil cuando realmente me siento sociable, abierto, receptivo. Así se lo digo a mis amigos, aunque suene raro o incluso parezca pretencioso. ¿Tan ocupado estoy? ¿Tanto preaviso necesito? En parte -en gran parte- es cierto, mi agenda suele ser un caos, un laberinto (me comprometo a veces a más tareas de las que debería..., me pueden mis ganas de hacer cosas, de colaborar, de crear), pero también me resulta mucho más grato el sonido de un mensaje que no me coacciona que el timbrazo de una llamada que me pone en el compromiso de hablar o no hablar. ¿Y si no quiero hablar? ¿Y si estoy demasiado eufórico, triste, abúlico, feliz o cualquier otro adjetivo que haga que prefiera el silencio? ¿Y si estoy hablando ya con un amigo en un restaurante o en su casa y el télefono interrumpe ese momento? ¿Por qué cuando suena el móvil en una conversación con alguien ese alguien se siente incómodo y luego, sin embargo, no tiene reparos en llamar tantas veces y a tantas horas como le plazca?

Lo sé. Suena egoísta y, posiblemente, poco amable, (en realidad, este post no es más que un desahogo de alguien que se siente algo presionado y estresado por su entorno y al que le gustaría que se le comprendiese sin tener que dar tantas explicaciones), pero no creo que el móvil deba ser un elemento que me esclavice socialmente ni que multiplique por arte de magia tecnológica mi ya densa vertiente social. Es un instrumento de comunicación con el exterior que agradezco y valoro, pero que quiero emplear con libertad, sin sentirme presionado ni obligado. Por eso, supongo, casi siempre lo llevo en el modo silencio. Ni timbres polifónicos, ni monofónicos, ni sinfónicos. Nada, cero. Porque no quiero que me interrumpa en clase, ni cuando estoy con mi pareja (¿qué pinta un timbrazo cuando -a la hora que se desee, que para eso está el horario: para saltárselo- se está haciendo el amor?), ni cuando quedo con mis amigos, ni cuando estoy en casa de mis padres, ni cuando estoy escribiendo, ni cuando simplemente no quiero estar para nadie porque ni siquiera sé muy bien donde estoy yo o cómo estoy y me siento yo.

Por eso estos viajes -entre otras muchas razones- me devuelven la calma y me hacen olvidar el estrés cotidiana. No solo por la distancia o por la fascinación del destino (estos tres últimos meses ya van tres lugares a los que volvería sin dudarlo: Turín, mein geliebter Berlín y ahora Nápoles), sino porque en ellos sí que me pierdo y desconecto móviles y teléfonos. Y porque tengo la suerte, la inmensa suerte, de hacer esas escaoadas con alguien que no solo me complementa, sino que entiende y respeta esa parcela mía de soledad, de reflexión, de independencia. Alguien que, como yo, no concibe ni la pareja ni la amistad como una especie de simbiosis que mutila a sus componentes, sino como una sincronía en la que la libertad de ambos genera un movimiento y una meta comunes. Por eso, supongo, en esos viajes ambos sumamos un dos tan rotundo, porque ninguno pierde la individualidad ni el deseo de que el otro siga siendo tan singular, tan diferente y tan único como nos gusta ser.

Nos vemos a la vuelta. Cuídense y usen con cabeza -y corazón- sus móviles. A veces los 160 caracteres de un sms son mucho más rotundos -y mucho más cercanos- que interminables facturas donde las palabras no significan mucho más que el aire -o las ondas- en que se perdieron.

2.12.07

Del Prado a Manhattan

Fin de semana con más trabajo del deseable pero, también, con intensos momentos compartidos. Momentos culturales, urbanos y, cómo no, necesariamente tórridos, de esos que hacen que el lunes se pueda abordar con una (lujuriosa) sonrisa. Dejando a un lado las escenas de cama y las compras sofisticadas, nos centraremos en el repaso de algunas recomendaciones y antirrecomendaciones de índole, digamos, cultural.

1. El nuevo Museo del Prado
Francamente, después de años criticando su escasa presencia mediática en la vida social española y madrileña, hay que reconocer que el lavado de cara que está viviendo este museo es, cuando menos, un motivo de celebración. Nueva web -mucho más cercana, llena de contenidos y también de funciones prácticas- y dos exposiciones que, por motivos diferentes, son merecedoras de una visita.

A) Fábulas de Velázquez

No es una muestra deslumbrante, a pesar de que detenerse ante la Venus del espejo ya compensa la visita. En realidad, es un claro ejemplo de esas exhibiciones en las que el Prado amortiza su colección permanente. En este caso, el mérito reside en la colocación de los cuadros que, salvo alguna sala errática (en especial, la segunda y la tercera), consigue el efecto deseado. Al fin un planteamiento pedagógico y didáctico definido y una contraposición inteligente de las pinturas, que tienen -posiblemente- su punto más álgido en la sala dedicada al desnudo, donde se hace un recorrido fastuoso -tanto por su capacidad sinóptica como por la calidad de las pinturas allí escogidas- por la estética del barroco. Inteligente, sin duda, también el cierre de la muestra, con Las Hilanderas -una de las obras de Velázquez que más me emocionan- y el cuadro que inspiró el tapiz que aparece en el cuadro, El rapto de Europa, de Rubens.

No es una exposición que descubra nada nuevo, pero sí es recomendable para los interesados en iconografías mitológicas y religiosas (en el fondo, ambas son míticas...) y constituye una hora de velazquiano y deslumbrante paseo.

B) El siglo XIX
No estamos aquí ante una muestra de grandes pinturas -sí en las dimensiones, no en la calidad de la mayoría de los autores y obras. Excepciones hay, claro, como Fortuny, algún Madrazo, algún Goya -los menos- e incluso un par de Sorollas que, tal vez por estar en la última sala, no lograron captar demasiada atención por parte de los visitantes. Sin embargo, el recorrido por el XIX español es absolutamente impagable. A mí, que soy un amante de este siglo (al igual que del siglo XVII, las dos épocas literarias y artísticas que, junto con el XX, más me interesan), me resultó enriquecedor -e incluso revelador- el paseo por cada una de estas salas, donde se sucedían romanticismo, realismo, naturalismo y hasta noventaiochismo y primeras vanguardias en una vorágine de influencias que representa, con acierto, la suma y la fusión de las diferentes tendencias, esas que tanto nos afanamos por clasificar y que, en la práctica, son tan complejas de deslindar plenamente.

La muestra, además, viene precedida por un folleto que, a modo de librito, explica con claridad el tema y argumento de todas las pinturas, lo que consigue -al fin- que la exposición sea realmente didáctica y fácil de seguir, tanto para los expertos en XIX como para los neófitos. A mí, que llevo tantos años criticando la asepsia informativa de las exposiciones del Prado, consiguieron conquistarme por primera vez y, desde luego, reconozco su mérito y su buen criterio. Bonanzas de una exposición que se ve favorecida, además, por la ampliación de Moneo, a la que no encuentro pegas y que me pareció que dignificaba y realzaba aún más el Prado, dotándolo de una infraestructura arquitectónica y espacial que, por primera vez en décadas, lo aproxima a la estética y la filosofía de otras grandes pinacotecas europeas.

En dos semanas, por cierto, me llevo a un grupo de 12 alumnos que, voluntariamente (prometo que no hubo coacción), se apuntaron a hacer esta misma visita conmig por la tarde. A cambio, eso sí, les invitaré a merendar. Que el XIX con un buen batido de chocolate en Vips se digiere mucho mejor...

2. El anti-cineY es que para homenajear a Billy Wilder hay que ser... Billy Wilder. Algo así pensé cuando me topé con el comienzo de la insulsa y aburridísima The nanny diaries, cuya escena inicial recuerda a los símiles antropológicos que abren La tentación vive arriba. La tentación, en este caso, son Scarlett Johansson (más fea que nunca y con todo su repertorio de mohínes, ahora que no está papá Allen para dirigirla) y Chris Evans (a quien el director no quita la camiseta y, por tanto, desperdicia todo su -único y musculoso- talento). Lo demás es una sucesión de gags ramplones, zafios y maniqueos, donde se intenta emular la sofisticación de El diablo viste de Prada -que sin ser genial, es mucho más ingeniosa que esta solemne tontería- y que, en este caso, se queda en un simple La niñera se viste de Bershka. Ni siquiera se aprovecha el escenario -podría haberse rodado en Nueva York o en Cáceres, nadie notaría la diferencia gracias a los planos pobres y simples que nos ofrece el montaje final- y solo el vestuario de la Linney (que se esfuerza por dar carne a un papel imposible) tiene cierto estilo. Si no fuera por las bolsas de Tods, Louis Vuitton y Dior que llenan de vez en cuando la pantalla, nadie diría que es una "parodia de la alta sociedad", tal y como se vende el filme, ya que esa alta sociedad ni siquiera es parodiada, al menos, no con un mínimo de gracia. Considerar que los hombres con dinero deben ser todos gordos y calvos, que las madres con dinero rozan la estupidez compulsiva y que los jóvenes con dinero -que, por cierto, se llaman Jojo...- humillan cruel y burdamente a una joven en un bar por ser niñera (ni en el peor culebrón venezolano se da semejante escena) es, cuando menos, un tanto maniqueo. Hasta el vídeo aquel del pasapalabra y el cocodrilo era más sutil...

Y hablando de tonterías, he visto parte -no he sido capaz de terminarla- de la insufrible La habitación de Fermat y casi me caigo de espaldas de la risa ante la complejidad de los enigmas matemáticos. Suponemos que sus intelectuales directores -dos criaturas que no deberían haber salido jamás del anonimato en el Club de la Comedia- las han copiado de algún mono de feria, porque si no, no hay quien se explique semejante gilipollez. Ahí va, para que se ilustren con él, el primer (e indescifrable, jeje) acertijo de este nuevo bodrio del cine español (que menudos últimos añitos llevamos...): "¿Por qué orden están estos números: 5, 4, 2, 9, 8, 6, 7, 3, 1?"

1.12.07

Crónica (a)social

Lo cierto es que la final de Supermodelo fue, cuando menos, decepcionante. La vi en diferido, así que eso puede que le restara un poco de emoción a semejante prodigio televisivo. Lo mejor, sin duda, los arrebatos provincianos de los diferentes lugares de procedencia de las chicas, donde se organizaron comités de recepción que parecían una parodia a lo Bienvenido Mr. Marshall. Entre los de peor gusto, nos quedamos con el desenfreno de la concursante murciana, a la que agasajaron con globos en forma de enormes falos y el regalo de la escultura -por llamarla de alguna manera- de un pie amputado en un zapato rojo que, imaginamos, habrá obligado a la pobre adolescente a recurrir a un terapeuta para olvidar semejante visión. A destacar también los esfuerzos del cámara por disimular la soledad de Alba, la única madrileña del certamen (es lo que tenemos los de las grandes ciudades, que pasan de nosotros nuestros conciudadanos y no nos regalan pies amputados ni globos fálicos), a quien sentaron en la Vaguada para que la gente la confundiera con la azafata de una promoción de toallitas desmaquilladoras. La ganadora, Noelia, no era mi favorita (hubiera preferido a Alba, por fotogenia y medidas, a pesar de su insoportable actitud en el concurso), pero al menos es una chica con personalidad y con facciones interesantes. Mejor que Isa -demasiado bajita para la pasarela- y Magda -¿cómo diablos llegó a la final esa chica?-, desde luego.

En cuanto al resto de la vida social de nuestro cutrepaís, no podemos dejar de destacar tres de los personajes con los que ¡Hola! -tan profunda en sus comentarios y reportajes con las novelas del mismísimo Musil- nos ilustra esta semana, y eso a pesar de que lleva ya un mes dedicando su portada a los dichosos infantes de Lugo. A este paso me cambio a la Vale, que al menos saca en portada a Hugo Silva sin camiseta.... Ahí van algunas joyas.

1. Julio Iglesias, Jr.
Este ser de difícil descripción, antes llamado Julio José, enseña su modesta casa de Miami y amenaza con sacar disco. Entre las preguntas del periodista (que debería dedicarse a cualquier otra cosa antes que a perpetrar entrevistas como esta) y las respuestas del entrevistado, el artículo no tiene desperdicio:

- (Refiriéndose a la casa) Lo que no es muy grande, Julio.
- Para nada. Tiene alrededor de trescientos metros cuadrados, tres dormitorios, salón, cocina y cuartos de baño.
- Ahora te perderás en la de tu madre.
- Es diferente, por que la mía es más de playa.
- Con todo y con eso.
- Ya, bueno.

(Si alguien entiende las dos últimas intervenciones de este "diálogo" que nos las traduzca... Y si alguien tiene una casa "más de playa" que avise también.)

Además, entre el nuevo léxico acuñado por el personaje a lo largo de la entrevista destacamos el momento en que afirma que su novia es "su pie a tierra". Personalmente, ya he escrito a la RAE para que incluyan esta lograda expresión en su próxima edición del diccionario, junto con el modismo "chupa pan y moja" que se inventó este jueves la inefable Milá en GH.

2. Tamara Falcó
Y es que la familia Iglesias-Preysler-etc-etc da para mucho... Ahí van algunas perlas:

- Del matrimonio de mi madre y de mi padre, solo nací yo, y sería como si no tuviera hermanos. En cambio, es todo lo contrario. Todos son mis hermanos.
(Nótese la paradoja, que ni Santa Teresa de Jesús... Esto demuestra que las neuronas de Tamara trabajan en dos bandos y cuando habla un bando se opone al otro sin piedad, hasta que salen frases como esta).

- ¿Crees que la gente tiene razón cuando se mete contigo porque dice que hablas pijo?
- Sí. Intento hablar despacio, pero me sale así.

(La relación entre ser pijo y la velocidad al hablar es otro dato que se les ha escapado a los lingüistas de todos los tiempos. Confiamos en que solucionen enseguida este error tras la agudeza semiótica de Tamara, que -como ella misma afirmó- es una experta en "comiuniqueishion", que debe ser como comunicación pero sin que te entiendan)

3. George Clooney
Es guapo, está tremendo, incluso puede ser un actor correcto (que no genial), pero ¿por qué lo anuncia todo él? En esta ocasión, hemos contado los anuncios de Mr. Clooney a página completa... ¡Tres campañas diferentes! Nespresso, Porcelanosa (con, glups, la Preysler) y Martini. Menos mal que, de momento, Isabel Coixet no le ha propuesto rodar el remake del anuncio de compresas de Silke, porque si no, lo teníamos preguntándose a qué huelen los sueños mientras se prepara una taza de Nespresso. Se ve que este señor compagina muy bien el discurso moralista y de buen rollo político con el lado pesetero y mercantil... Me caía mejor antes de que decidiera convertirse en pancarta publicitaria, la verdad. Y es que me da a mí que este hombre quiere convertirse en el nuevo Robert Redford y, lógicamente, no le sale.