5.12.07

Sobre el móvil (y la intimidad)

Mañana, a estas horas, ya habré preparado mi equipaje y estaré a punto de partir rumbo a Nápoles, donde espero huir durante este puente en la mejor de las compañías, con ganas de conocer la ciudad napolitana y, cómo no, los testimonios de Pompeya, que siempre me han itrigado (supongo que como a todos los que amamos la Historia y el mundo clásico).

En estas huidas, además, consigo evadirme de uno de los ruidos que más me molestan y perturban. El ruido del móvil. Hace días, en una cena con mi amigo Raúl (una de esas personas de las que siempre se descubren nuevas facetas y cuya amistad es tan enriquecedora como su honestidad), pues bien, en una cena con este amigo salió el tema del móvil y de mi escaso hábito de responder a las llamadas. Por primera vez me di cuenta de que mi punto de vista en este sentido o no se entiende o no se comparte y, aunque pueda parecer un antipático o incluso un borde (ya ni siquiera me preocupa eso), esta vez necesito soltarlo.

El móvil es, en mi opinión, la mayor y más terrible intromisión contra la intimidad que me veo obligado a sufrir las 24 horas del día. Parece mentira que existiera una vida sin móviles -y la existió, los de mi edad, desde luego, sí que la conocimos- y, de repente, todo el mundo siente la necesidad de llamar sin preguntarse jamás qué pensará, hará, sentirá o deseará la persona a la que llama en ese instante. El caso es llamar, es más, insistir e incluso preguntar ese cansino "¿Pero por qué no me coges el teléfono?" que, francamente, no sé por qué tengo que justificar.

No se trata de ir contra la tecnología (quienes me conocen saben que soy un tecnoadicto), sino contra el uso despreocupado y abusivo de esa tecnología. Hay métodos rápidos y mucho más sutiles, mucho más respetuosos con el tiempo y el ritmo ajenos: el mensaje y el e-mail. Ambos se reciben en el momento, ambos nos permiten expresarnos, ambos sugieren la necesidad de una respuesta pero no nos obligan a dar esa contestación en el momento. Ambos, eso sí, requieren una mínima elaboración, aunque solo se trate de teclear unos cuantos caracteres. ¿Que no se puede decir todo en un sms? Por supuesto que no. Pero ¿no se puede sugerir, incitar, comentar, esbozar...? Claro que sí, aunque eso requiere un cierto esfuerzo y es menos cómodo que hacer la llamada y divagar hasta que se dice algo (si es que hay algo que decir). ¿Que no todas las llamadas deben ser funcionales? ¡Por supuesto! Pero, ¿tan difícil es asegurarnos mediante una vía menos invasiva de que vamos a llamar en un buen momento a esa persona?

Personalmente, lo admito, no me gusta nada el teléfono (de ahí el nombre de mi grupo, Armando no me llama, que puesto cuando solo contaba yo con 18 añitos fue una síntesis perfecta de mi conducta en este tema). No sé hablar por ese dichoso aparato (bueno, salvo con mi chico, porque hace años que inventamos nuestro propio lenguaje y ni siquiera el teléfono es un obstáculo en nuestra semántica egoístamente individual) y no soporto mantener largas conversaciones por el móvil salvo cuando la situación lo requiere. Y cuando el tiempo de los dos contertulios lo permite.

Y no, no se trata solo de no poder contestar a causa de las ocupaciones cotidianas -reuniones laborales o momentos en los que nos es imposible contestar-, se trata también de muchos momentos en los que, llame quien llame, no apetece contestar. Y eso no tiene nada que ver con la persona que hace la llamada, sino con el instante privado en que yo la recibo. En mi caso, mi vena social suele confundir (me encanta la gente, hacer amigos, sí, pero como contrapartida necesito respirar mucho tiempo a solas: ¿cómo podría escribir si no, por ejemplo?) y nadie aprecia que necesito -exijo, demando, respiro- una faceta individual, solitaria y nómada que no quiero ni deseo compartir con nadie. Así, cuando una tarde decido perderme a mirar dvds por la fnac, por ejemplo, claro que -si quiero- puedo coger físicamente el móvil, pero no psicológicamente, porque si suena es una intromisión en ese momento, en ese instante, en esa necesidad. En ese acto simple y sencillo de mirar dvds o de pasear por el centro de Madrid con el I-Pod a todo volumen y sin ganas de hablar con nadie, tan solo de escuchar alguna de esas listas de reproducción de sanísimas influencias como mi Lydi, culpable de más de una nueva adicción disco-consumista que, si es buena, ya le confesaré.

Quienes me conocen saben que es mejor localizarme por sms, porque me hacen ilusión, porque me gusta y porque me permiten sacar el móvil cuando realmente me siento sociable, abierto, receptivo. Así se lo digo a mis amigos, aunque suene raro o incluso parezca pretencioso. ¿Tan ocupado estoy? ¿Tanto preaviso necesito? En parte -en gran parte- es cierto, mi agenda suele ser un caos, un laberinto (me comprometo a veces a más tareas de las que debería..., me pueden mis ganas de hacer cosas, de colaborar, de crear), pero también me resulta mucho más grato el sonido de un mensaje que no me coacciona que el timbrazo de una llamada que me pone en el compromiso de hablar o no hablar. ¿Y si no quiero hablar? ¿Y si estoy demasiado eufórico, triste, abúlico, feliz o cualquier otro adjetivo que haga que prefiera el silencio? ¿Y si estoy hablando ya con un amigo en un restaurante o en su casa y el télefono interrumpe ese momento? ¿Por qué cuando suena el móvil en una conversación con alguien ese alguien se siente incómodo y luego, sin embargo, no tiene reparos en llamar tantas veces y a tantas horas como le plazca?

Lo sé. Suena egoísta y, posiblemente, poco amable, (en realidad, este post no es más que un desahogo de alguien que se siente algo presionado y estresado por su entorno y al que le gustaría que se le comprendiese sin tener que dar tantas explicaciones), pero no creo que el móvil deba ser un elemento que me esclavice socialmente ni que multiplique por arte de magia tecnológica mi ya densa vertiente social. Es un instrumento de comunicación con el exterior que agradezco y valoro, pero que quiero emplear con libertad, sin sentirme presionado ni obligado. Por eso, supongo, casi siempre lo llevo en el modo silencio. Ni timbres polifónicos, ni monofónicos, ni sinfónicos. Nada, cero. Porque no quiero que me interrumpa en clase, ni cuando estoy con mi pareja (¿qué pinta un timbrazo cuando -a la hora que se desee, que para eso está el horario: para saltárselo- se está haciendo el amor?), ni cuando quedo con mis amigos, ni cuando estoy en casa de mis padres, ni cuando estoy escribiendo, ni cuando simplemente no quiero estar para nadie porque ni siquiera sé muy bien donde estoy yo o cómo estoy y me siento yo.

Por eso estos viajes -entre otras muchas razones- me devuelven la calma y me hacen olvidar el estrés cotidiana. No solo por la distancia o por la fascinación del destino (estos tres últimos meses ya van tres lugares a los que volvería sin dudarlo: Turín, mein geliebter Berlín y ahora Nápoles), sino porque en ellos sí que me pierdo y desconecto móviles y teléfonos. Y porque tengo la suerte, la inmensa suerte, de hacer esas escaoadas con alguien que no solo me complementa, sino que entiende y respeta esa parcela mía de soledad, de reflexión, de independencia. Alguien que, como yo, no concibe ni la pareja ni la amistad como una especie de simbiosis que mutila a sus componentes, sino como una sincronía en la que la libertad de ambos genera un movimiento y una meta comunes. Por eso, supongo, en esos viajes ambos sumamos un dos tan rotundo, porque ninguno pierde la individualidad ni el deseo de que el otro siga siendo tan singular, tan diferente y tan único como nos gusta ser.

Nos vemos a la vuelta. Cuídense y usen con cabeza -y corazón- sus móviles. A veces los 160 caracteres de un sms son mucho más rotundos -y mucho más cercanos- que interminables facturas donde las palabras no significan mucho más que el aire -o las ondas- en que se perdieron.

10 comentarios:

Fidelio dijo...

Como ya te comenté, a mí a veces me pasa algo parecido ... y estoy de acuerdo con que no tiene nada que ver con quién llama sino cuándo llama ...

Un abrazo honesto de este tu amigo con A mayúscula ... aunque "tu compañero en sincronía" suena también genial...

Por cierto, me voy a Berlín a pasar la noche vieja ... ¿Algún consejo? Me pasaré por tu post ...

Slim dijo...

a mi tmpoco m gsta l tfno, asi ke t entiendo perfctax. ke te dvierts n npoles ;-)

Anónimo dijo...

Me ha encantado este autorretrato tuyo. Al principio me ha recordado mucho a tu admirado Javier Marías. Pero a medida que iba leyendo, me parecías aún mejor que él. Debe ser porque lo eres ;-)

Que conste que odio los sms y que soy adicta a las conversaciones por teléfono… cuando me apetece. Así que pienso remitir a esta declaración de principios tuya, y hacerla en parte mía, para no tener que volver a enredarme en justificaciones absurdas para una no-respuesta. ¡He dicho!

Buen viaje.

Bs,

Pal

Cinephilus dijo...

Nochevieja en Berlín, Fidelio? Qué lugar tan estupendo... El mejor consejo, que te dejes arrastrar por la ciudad. Berlín es de esos lugares donde todos los rincones ofrecen algo que ver, que visitar, que vivir... Yo andaré por París, así que estaremos todos invadiendo Europa para inaugurar el año de manera cosmpolita y ejemplar :-)

ya smos 2 ntoncs, slim ;-)

ay, pal, que cosas tan bonitas escribes... tus comments son un motivo estupendo siempre para, no solo la reflexion, sino sobre todo, la sonrisa... y escribe y llama a quien quieras y cuando quieras, que ya está bien de tanto dar explicaciones a todo el mundo, no te parece? :-*

Mari dijo...

I miss you.

inquilino dijo...

Sí, sí, yo seré buena y me tendrás que confesar todo :-) pero tú también tendrás que ser bueno si quieres que te regale el nuevo Lydi-CD que te tengo preparado :-P

Buen viaje :-)

SisterBoy dijo...

No consigo imaginarme como era todo antes de la llegada de los teléfonos móviles (que aquí podríamos datar digamos en 1996). ¿Cómo se quedaba antes con la gente?. Curioso

No creo que nunca haya estado más de tres minutos hablando por teléfono ya sea fijo o móvil (excepto cuando se trataba de mujeres). Los doce euros de factura que recibo al mes lo atestiguan. A ver quien supera eso.

Peter P. dijo...

Me ha gustado mucho este post.

Yo es que he sido siempre de palabras escritas en el papel. Se pueden comunicar muy bien los sentimientos si se toma uno el tiempo apropiado.

Pero todo depende del destinatario. Hay quien malinterpreta una frase dicha en tono amigable y prefiere una llamada. Y hay quien malinterpreta el tono de una llamada... En general, a ambos tipos hay que mantenerlos alejados para vivir uno feliz jaja.

Y 160 caracteres dan para mucho... sobre todo usando mi truco de unir las palabras escribiendo la inicial de cada palabra con mayúsculas juas. Hala, un consejo para los no-sms-adictos XD

Pasadlo genial en Nápoles ;-)

Arual dijo...

Yo tampoco soy de las que responden ipso facto al móvil de hecho la mayoría de las veces ni lo llevo encima porque lo he olvidado en casa, sobre todo cuando estoy de relax en mi pueblo natal, así que nadie se sorprende si no contesto, mandan un sms y listo. Siempre digo que cuando hay una urgencia ya me entero, y afortunadamente son pocas las veces que una llamada implica una urgencia, verdad?
Bueno, bueno, así que Nápoloes esta vez, y Nochevieja en París, chico no paras, ni que decir que la envidia me corroe, yo no es que viajara tanto como tú antes, ni mucho menos, pero de vez en cuando sí hacía alguna escapadita con mi chico, pero ahora con el malestar que me está dando el embarazo nada de nada, no estoy para salir mucho de casa, y me temo que de ahora hasta que el bebé se haga un poquito grande voy a tener abstinencia total de viajes, con lo que a mí me gusta, pero es parte del sacrificio que conlleva ser mamá, así que lo tomo de buen gusto, te lo prometo. Disfruta como siempre con tu chico y haz muchas fotos!! Besos!!

amelia dijo...

...Y si un día dejara de sonar,si no encotraras ningun sms,o un correo, y no un spam, en tu bandeja de entrada...

Entonces...¿Pensarías igual que ahora?...

Una Forta Abraçada!