10.12.07

Días napolitanos

Hay destinos que se salen de lo corriente. Incluso de lo esperable. Destinos que requieren ser viajero en vez de turista. Que no admiten al segundo y que, sin embargo, acogen al primero. Nápoles, sin duda, es uno de ellos.No resulta fácil asomarse a sus calles, a sus rincones, a sus facetas decadentes y, sin embargo, grandiosas antaño. En sus edificios late la esencia neorrealista y el tiempo se compone de sumas y restas aleatorias, juguetonas, eternas en el trampantojo de una ciudad que despista al visitante hasta conseguir que se ría de su desorientación y se deje llevar por el bullicio y el ruido de su alma sureña y portuaria.No aconsejaría Nápoles a quienes esperen una Italia domesticada y bien embalada, una Italia de souvenirs o de escaparatismos ultramodernos, pero sí a quienes deseen adentrarse en la Italia del sur, en ese lado luminoso y complejo donde el escaparatismo cede ante una realidad mucho más tangible y, a la vez, mucho más poliédrica. Incluso a quienes busquen un escaparatismo clásico de grandes modistos y camiseros, de zapateros ilustres y de una estética, en fin, sublime en los tejidos y más recta en las formas y el diseño.Seguramente si no hubiera ido con él -contigo-, con el viajero que tantos lugares me ayuda y enseña a descubrir, ahora no podría rehacer el relato -y la memoria- de un viaje que ha sido mucho más intenso y hermoso de lo que una guía al uso puede transmitir. De nuevo, cegado por mis prejuicios, tuve que despojarme de ellos -él, con astucia, me despojó de ellos con su paciencia y su generosidad habituales- y ahora, de regreso en Madrid, extraño las alocadas carreras en taxi -mi rostro pálido entre el miedo y la incredulidad eran una clara descripción del tráfico en la ciudad- y la exuberante gastronomía, que se basta de unos cuantos y sencillos ingredientes para preparar la mejor pizza y la más deliciosa pasta que jamás he probado. Y es que, como ellos dicen, la pizza napolitana no es comparable a ninguna otra en Italia. Y tienen razón...El hotel, lujoso y situado en la bahía -uno de los rincones más hermosos de toda la ciudad-, nos ofrecía unas vistas ante las que era imposible no dejarse llevar: el palazzo del'Ovo, el Vesubio, Capri... Cómo no dejarse contagiar por el mar y bucear en la belleza que se ocultaba tras el caos de una ciudad que no sabe embelesar, pero sí atraer. Y sugerir.
Y cómo no, el palacio de Capodimonte -con los Caravaggios y Tizianos de obligada visión- y el museo arqueológico, con un gabinete secreto lleno de pinturas eróticas romanas y grupos escultóricos como el toro farnesio, que por sí solo ya merece un viaje. Y, fuera del museo, a tan solo algunos kilómetros, la viva Pompeya, deslumbrante en su sucesión de calles, casas, mosaicos, rótulos...: vidas, sobre todo vidas y existencias que parecen siluetearse con precisión mientras se curiosea por un tiempo que fue y que, gracias a la arqueología, hoy sigue siendo. Nunca había sentido algo parecido en un yacimiento arqueológico y todavía me estremezco al pensar en cómo nos adentramos en las habitaciones y la intimidad de aquellos hombres y mujeres que, un día, se vieron sorprendidos por el traicionero Vesubio, hoy cómplice de las fotografías y ambiguo -siempre- en sus intenciones.Una ciudad -un viaje- paradójica, ecléctica, cambiante, mediterránea... vital.

9 comentarios:

Mari dijo...

qué lindo niño.
No sabes cómo me gusta las palabras dulces que le dedicas a quien amas. Son afortunados de poder viajar juntos y renocer y reconocerse en medio de la historia.

besos sendos.

Fidelio dijo...

Pues si que tiene buena pinta ... la verdad. Yo este fin de semana, y perdóname el chiste horrendo, tuve que conformarme con unas napolitanas de chocolate del Orio ... que estaban deliciosas pero sobre las que, sospecho, nunca se podrá escribir un 'port' tan sugerente como el tuyo.

De Italia conozco el norte. Me impactó Roma, me deleitó Florencia y me aturdió Venecia... pero el sur es una visita pendiente.

Un abrazo napolitano y perdona de nuevo por el chiste, pero la techa de borrar, seamos sinceros, no funciona muy bien en mi ordenador ;-)

Anónimo dijo...

Las intenciones de los volcanes siempre suelen tener algo de subterráneo. En Nápoles, de todas formas, al Vesubio creo que ya lo tienen bastante controlado desde hace siglos, ¿no?

Más allá de que cada erupción sea diferente, el magma sigue tieniendo la misma naturaleza de siempre.

Anónimo dijo...

Este post invita a conocer Nápoles, desde luego. La mirada con la que lo has descubierto tiene mucho que ver con la mirada de quien te ha propuesto descubrirlo y cuando las miradas confluyen surge el gran viaje, el viaje maravilloso que dura y permanece, más allá de días, fechas y horas, después de que aterricen aviones.Siempre habrá otro vuelo que compartir en perspectiva.

Cinephilus dijo...

tus palabras siempre saben cómo acariciarme, mari, gracias por cada guiño compartido

jaja, fidelio, hay que admitir que tu chiste, de puro malo, hasta me ha hecho reír... ya hablaremos de Nápoles en una de nuestras cenas intelectuales, pero en resumidas cuentas, merece mucho la pena la experiencia; aunque la verdad es que jugaba con ventaja, porque Juan supo guiarme con mucho talento por la ciudad

Miradas que confluyen... Sí, eso es un viaje, uno de los de verdad, de los que te cambian y te construyen, como debería hacer cualquier experiencia importante en nuestras vidas. Los viajes son, quizá por eso, uno de los pilares de mi relación, y de mi propia esencia. Porque me permiten añadir detalles y matices a mi identidad gracias a las identidades de culturas (solo en principio) ajenas, gracias a esas dos miradas -la suya y la mía- que reinventan cada destino y lo revisten, lo decoran y hasta -por qué no- lo idealizan con el recuerdo de la vivencia mutua. Cómo no esperar el siguiente vuelo. Cómo no ilusionarse con cada tramo de recorrido que, da igual el donde, trace junto a él.

Arual dijo...

¿Te he dicho ya cuanto me gustan tus relatos de viajes? Por un segundo me he sentido inmersa en esas calles napolitanas, respirando el aroma de mar que seguro desprendían y vigilada por la atenta mirada del Vesubio, qué gozada!

Cinephilus dijo...

gracias, arual, el mérito no está en el relato -que es más bien breve y escueto- sino en la vivencia de esos viajes... en esta ocasión fue un viaje peculiar, porque yo tenía muchas ideas preconcebidas, y fue mi chico quien me ayudó a infiltrarme en el alma de la ciudad, a viajar de verdad, desnudo (en todos los sentidos de la palabra, jeje)
muchos besos, guapa ;-)

vargtimen dijo...

Bueno, ya está bien de viajes, hombre. Que te vamos a tener que a atar a la pata de la mesa.
Que la envidia sana tiene sus limites, caballero. :P

Arual dijo...

Pues Vargt sigue envidiando porque el chaval se nos va a pasar la Nochevieja en París, yo te prometo que he cambiado el color de piel, ahora es verde!!