27.12.08

2/3

1. Buscando un beso a medianoche
Sensible. Inteligente. Cercana. Generacional. Un clásico instantáneo que relee, desde los tiempos y las ciberpremisas del facebook, el gaydar o el meetic, las historias de Breve encuentro o de, la mucho más reciente, Antes de amanecer. Una de esas historias que sabe a verdad y que te rasga en algunos de sus momentos -no todos brillantes, pero sí los suficientes como para enamorarse de esta película- por aquello de que nos recuerda noches, ansias, lugares y fotogramas tan erráticos y privados como el lirismo visual de esta película que huye del preciosismo vacuo de la sobrevalorada My blueberry nights, para dar dosis de verdadera poesía con cuatro duros y mucho menos envoltorio. Los planos de los zapatos olvidados, algún gag -como el inicial- y la química entre los protagonistas deja a Jude Law & friends a la altura del betún. Sí, es obvio: esta hay que verla.
2. El intercambio

Bien, de acuerdo, estupendo. Esta vez tocaba criticar a Eastwood y acusarle de hacer un drama facilón y tramposo por aquello de que se basa en un hecho real. Sinceramente, no entiendo ese despelleje de la crítica hacia esta película ni la tirria que le tiene todo el mundo a la Jolie. Que sí, que vale, que busca el Oscar. ¿Y qué? Se lo merece con su maravillosa interpretación, con su mirada, con sus gestos, con ese envoltorio magnífico que es el vestuario y la decoración de una película mucho más dura de lo que su apariencia elegante nos hace suponer. Un filme que nos recuerda los fantasmas de Mystic River y les suma los demonios de una de mis películas favoritas, L.A. Confidential. No, no es tan redonda como ninguna de estas, pero sí es una película emocionante, terriblemente dura, honda como todo lo que toca Eastwood y afortunadamente seca en su narración, ya que de lo contrario caería en el folletín una y otra vez. Y, además, recuperamos al mejor Malkovich. Súmenla a sus listas, por favor. Merece la pena el intento.

3. High School Musical

No, no quería ir a verla. Lo prometo ;-) Pero la cara de ilusión de mi prima pequeña al sentarse en el patio de butacas y oír a sus adorados Gabriella y Troy, justificaba el esfuerzo. Y eso es lo mejor que puedo decir de este musical: que da justo lo que quiere su público y, además, admitámoslo, está bastante bien ejecutado. El elenco, joven y entusiasta, se defiende bien cantando y bailando, con algunos personajes especialmente bien trabajados y otro mucho más grises. La historia (¿hay alguna historia?) no arriesga nada en ningún momento, pero tampoco importa gran cosa. Los números musicales son irregulares, pero los más corales consiguen que uno se olvide del tostón de las baladas (uffffff) y, en el plano positivo, es un festival de cuerpos estupendos -ellos, brazos espectaculares los de Chad y musculatura espectacularmente proporcionada la del Troy que actuó en mi función, y ellas- y la melodía, de puro simplona, acaba pegándose (para bien o para mal). El musical, eso sí, no se corta ni lo más mínimo al tocar las fibras más facilonas del público y juega con todos los sentimientos posibles haciendo cuanta trampa se le ocurrió a sus libretistas, ya sea el amor, la paternidad o la amistad, siempre desde la emoción más sensiblera y superficial. Pero..., ¿y qué? Los críos que llenaban la sala no esperaban mucho más y tampoco se tomaban en serio la historia. Solo querían cantar, bailar, reírse. Y eso, admitámoslo, lo consiguen. Además, hay un elemento perturbador en este experimento Disney que sí me gusta: su tema. Y es que es la historia Disney más gay desde Peter Pan -exacto, ese muchachote que vivía rodeado de piratas osos con los que debía jugar a algo más que a cazar cocodrilos-. Genial el momento en que la estrella de baloncesto sale del armario y dice que quiere cantar. A partir de ahí, la salida del armario se generaliza -por no hablar del malo, malísimo gay de la función, redimido solo al final de la obra- y todos deciden romper sus tabúes. La idea no puede ser más simple, pero consigue dos aciertos: plantea un tema interesante para la adolescencia (los tópicos que los encarcelan y su necesidad de pertenecer al grupo) y, cómo no, acercarse al público gay con este guiño que de puro naive resulta divertidísimo. En fin, una tontería superfical y americanizadísima que se pueden ahorrar perfectamente, pero que si se ve acompañado de críos o preadolescentes fans puede ser una experiencia divertida. Eso sí, como entren en el espéctaculo, les costará recuperar la madurez y quitarse el sabor a melaza (o a ketchup) durante, al menos, una semana...
Y de momento, nada más. Mañana me espera Londres, mi hotel favorito del mundo mundial (One Aldwych), la Tate Modern, unas entradas para Hairspray, otras para el Cascanueces en el Convent Garden y, con todo ello, la bienvenida british y en pareja al nuevo año... A la vuelta, hablamos. Feliz 2009 ;-)

20.12.08

Radiofórmula

Esta fue una semana de cenas navideñas, de bailes, de despedidas de un año que se acaba y en el que ha cambiado mi mundo. Un año en el que he dicho que sí a la persona más importante de mi vida, en el que me he instalado en un hogar hecho a medias y donde la luz entra con tanta fuerza y tanta intensidad como la alegría de estar en él. De estar aquí con él. Un año en el que siento, con más fuerza si cabe, que mis amigos son absolutamente esenciales en mi vida y que cada encuentro -cada coincidencia que nos hizo conocernos- fue un regalo del azar. Un año en el que me reafirmo en que he encontrado el trabajo de mi vida, algo que idealizaba de adolescente y que ahora se materializa en las risas con mis alumnos, en la emoción que me provocan, en la vida compartida en las aulas. Un año en el que vuelvo a sentir ganas de escribir novela, en el que he acabado más de un texto y en el que siguió habiendo suerte con la locura del teatro que tanto me aporta, que tanto me agota, que tanto necesito. Y por eso, de estas cenas, de estos bailes, de esta semana de eterna resaca y de noches en vela, me quedo con tres canciones que, casualidad o no, he bailado las tres noches y que tienen, como en toda radiofórmula que se precie, su pertinente dedicatoria...


El tú de esta canción es evidente. Ese tú que me hace sentir vivo, que me equilibra, que me complementa, que me apasiona, que me inspira ternura y morbo, inteligencia y sensibilidad, presencia y necesidad. Así que, aunque él -como me confesaba esta mañana- prefiera la versión de Marisol, aquí dejo una -creo que lo fue- canción del verano que, en su estilo naive, resume exactamente lo que, hasta un ateo confeso como yo, se atrevería a decir: y doy gracias a la vida y le pido a Dios que no me faltes nunca... que mi vida comienza cuando te conocí. Exactamente entonces. Cuando te conocí.


Aquí va una para los amigos -y las amigas- a las que he visto emocionarse con esta letra. Porque todos tenemos fracasos y éxitos, todos guardamos pasados y recuerdos, todos convivimos con la dificultad de ser solos y, a la vez, ser duales. Ser sociales. Así que, de nuevo en su simplicidad pop, la letra habla de esos imposibles que lejos de ser sencillos, resultan tan complejos. Y tan amargos. Pero para eso están los bailes, la tónica (con vodka o con lo que se tercie), la cerveza, la risa y la complicidad. Para seguir andando. Y para dar aquello que nos quema a quien sí lo merezca. O a quien sí se atreva a recibirlo. O, siempre libres, a quien nos dé la gana.


Dime si tú sientes lo mismo, si estás conmigo o contra mí... Y eso se sabe, se sabe con la rotundidad con la que lo expresa Lydia, Camino, Silvia, David, Paloma, Pilar, Rafa, Mercedes, Gracia, María Jesús... Todos ellos estuvieron junto a mí esta semana. Todos ellos caminan en esta dirección que es la nuestra: la de compartir, la de soñar, la de crecer, la de ser diferentes y, sin embargo, siempre tan parecidos. Así bailar es muy sencillo: ellos -con su entusiasmo- marcan el ritmo. Porque estas ansias de vivir no caben en una canción...

Necesito dormir. Me consta. Es evidente. Pero tengo tantos motivos como canciones para hacerlo. Y si me abrazas, si tú me abrazas fuerte como lo haces cada noche, el descanso vendrá acompañado del más hermoso -el más nuestro- de los sueños.

14.12.08

Ansias de volar

Hacía tiempo que no me emocionaba tanto en una sala de teatro. Y es que, además de la maravillosa música de Janacek, la Katia Kabanova que nos ofrece este mes el Teatro Real es, sin duda, un espectáculo teatral de primera magnitud.
La escenografía, sencilla, inteligente y moderna en el mejor sentido de la palabra, capta toda la intensidad dramática del conflicto, la lucha entre el individuo -la mujer que da título a la pieza- y la sociedad -mezquina, totalitaria y gris, representada en la odiosa figura de la madre. La puesta en escena no subraya lo obvio, sino que crea nuevas sugerencias, nuevos estados anímicos, nuevos matices. Y el director sabe ser terrorífico -en la tormenta- y poético -en el reencuentro- sin perder nunca la capacidad de sorprendernos y, sobre todo, de emocionarnos. Y es que esta pieza, en la que se habla de la libertad individual, de la búsqueda de una vida sin límites en un mundo que nos limita continuamente, de la realización de un yo al que los demás agotan hasta vaciar de significado, no admite distanciamientos brechtianos ni fórmulas falsamente transgresoras. Al revés, esta obra requiere ese verismo simbólico -curiosa mezcla: hay que ser realmente bueno para lograrlo- que le otorga el director de escena y que se ve reforzado por la precisa -y sublime- interpretación de todos y cada uno los cantantes, miembros del coro y bailarines.

Resulta inevitable no emocionarse, no llorar, no sentir impotencia ante la tragedia de una mujer que solo quiere volar (¿por qué los hombres no vuelan como los pájaros?, le canta a su cuñada), como La gaviota de Chejov, como la Nora de Ibsen, como la Ozores de Clarín..., como todas las mujeres del XIX con las que los novelistas y dramaturgos realistas dibujaban las ansias de una existencia en la que el yo no fuera empequeñecido por las barreras del entorno. Barreras económicas, sociales, culturales, sexuales, familiares... Límites como los caminos de madera que bordeaban el Volga en el que transcurre la acción de esta Katia Kabanova, en la que la única fuga es la muerte -heroica y libre, eso sí- de su protagonista. Muerte que grita la necesidad de una vida que supere los límites de lo convencional y que ahogue las voces de los mediocres que, como la suegra, sonríen ante el triunfo de sus fantasmas.

Nadie debería dejar de ver un espectáculo como ese. Tanta genialidad hace imposible la indiferencia. Obligatoria la ovación. Y, mejor aún, la emoción. Gracias, am, por convencerme... ;-)

30.11.08

Más/Menos

Dos películas. Una da más de lo que se podría esperar. Otra, sin embargo, ofrece mucho menos...
1. Más: Die Welle (La ola)
Película modesta -en presupuesto y en formato, no tanto en intenciones- que, sin embargo, consigue convencer o, por lo menos, revolver al espectador en su butaca. Incluso consigue superar su planteamiento didáctico -inevitable, por otro lado- y convertirse en una obra interesante y hasta emocionante en algunas escenas. El reparto adolescente funciona -buenas interpretaciones y, sobre todo, buena capacidad de observación por parte del director- y el bando adulto, algo desangelado (lástima que ni la esposa del profesor ni la directora del centro gocen de mayor relieve: la película habría ganado con más puntos de vista), se sostiene bien gracias a la más que solvente labor del protagonista.

Una reflexión que, inevitablemente, engarza con mi ámbito de preocupaciones más directo: la educación. Y que plantea, casi de soslayo (o tal vez no, tal vez como tema prácticamente central), el interrogante del poder del que dispone/mos los profesores en el aula y del empleo de ese potencial.
Una película que, en definitiva, merece ser vista y comentada porque forma parte de ese selecto grupo de filmes sobre institutos en los que -frente a lo que suele ocurrir en este subgénero- se respira verdad. Y eso, ya por sí solo, es todo un enorme punto a su favor.
2. Menos: Quantum of Solace
El guión es tan imposible de entender como su título. O peor aún: lo más terrible del guión es el momento en que comienza a entenderse a pesar del afán por el director y los autores de evitar que logremos hacerlo. Justo en ese instante, la moralina pseudoecológica -lo siento, pero el ecologismo fácil cada vez me toca más las narices- y la simpleza de la trama -la más tonta de Bond en mucho tiempo- hace que la complejidad narrativa anterior (¿por qué tanta confusión previa?) resulten hasta chistosas.

Y la confusión no nace solo del guión, en el que el diálogo -por cierto- es apenas inexistente: ¿dónde quedó el lado irónico y divertido de Bond? ¿su faceta seductora, gamberra y amoral? Y, más aún, ¿por qué todos los superhéroes de nuestro tiempo parecen sacados de una novela de Kafka, ya sea el recalcitrantemente angustiado -y sobrevalorado- Batman de Nolan -o este Bond que parece emular al mismísimo Otelo? Pero además de esta angustia vital tan de los héroes del nuevo milenio, se suma la angustia del espectador al no poder diferenciar una sola imagen con cierta nitidez. Las escenas de acción están rodadas -y montadas- con precipitación, con ganas de epatar, con una confusión absoluta en la que ya no sabemos quién da la patada, o quién da el puñetazo, o quién dispara. Y peor aún, ni siquiera nos importa.

Tampoco hay escenarios sobresalientes -mucho movimiento, sí, pero poco lucimiento de los entornos bondianos-, ni gadgets destacados, ni demasiado sexo, ni humor negro, ni nada de lo que caracteriza a una saga que necesita más glamour, más elegancia, más sofisticación, más lujo, más morbo y menos corrección política. Si a Goldfinger le hubieran dado un giro ecoñoño no sería lo que es hoy...

Por lo demás, algún momento estéticamente logrado pero excesivamente megalómano, como la escena de Tosca, donde Marc Forster se empeña en decirnos que es él -y no otro- quien rueda el filme. Personalmente, lo prefiero en Monster's Ball y en cualquier otra película donde, realmente, pueda hacer cine de autor. No estaría mal que Bond lo hicieran directores de más oficio y que retomara el ritmo narrativo y el interés de aquel Casino Royale que prometía una saga mucho menos pesada, simplona y anodina de lo que este Quantum of Solace (título ridículo donde los haya) nos ofrece. Ah, y pretender que nos conformemos con un par de planos de Daniel Craig sin camiseta después de su maravillosa escena de la tortura en la entrega anterior es, simplemente, un imposible. No se puede prometer tanto para dar tan poco...

28.11.08

La noche y el espejo

A veces -cambiantes como el gato de Chesire de Alicia- resulta difícil encontrar el sentido que tienen -o deberían tener- algunos días. Y en esos casos, lo mejor es dejarse llevar por la noche -por su cómeme, bébeme- y darle la espalda a lo anodino para refugiarnos en sus opciones. En sus secretos. En sus miradas. Secretos a voces como la cena japonesa y cómplice de ayer -gracias, gatita- o secretos susurrados en el morbo de la intimidad, como el aterrizaje de hoy -en el aeropuerto y en nuestras sábanas. Así, desde este lado (nocturno) del espejo no hay reina de corazones capaz de cortar la cabeza de la esperanza, o del ensueño o del entusiasmo. Así se multiplican los relojes -el sexo los amortigua hasta callarlos en su eco impertinente- y se vuelven mudos los locos sombrereros. Tal vez haya algún rastro de las prisas inútiles de aquel conejo blanco, pero de eso, al menos esta noche, no quiero tener noticia alguna.

16.11.08

Mad about the men

Que era inteligente y adulta resultaba previsible. Bastaba con asomarse a su abultado currículum de premios y hasta con dejarse seducir por un par de sus más que sofisticados fotogramas. Pero Mad Men no solo es una nueva conquista de la televisión -el único medio que ahora mismo alberga una narrativa de auténtica calidad y que enloquecería de placer a Balzac o a Flaubert si pudieran disfrutar de ella-, sino también todo un placer estético en el más amplio sentido de la palabra. Y no solo por la ambientación -exquisita-, o por los guiones -inteligentes y llenos de sobreentendidos-, o por el vestuario, la peluquería y el maquillaje -que recuerdan los excesos de la brillante Lejos del cielo, de Todd Haynes-, o por las interpretaciones -matizadas, puntuales, complejas-, sino también por la presencia de un actor que debería amenazar desde ya el reinado de otros guapos oficiales. El equivalente catódico a Daniel Craig (al fin, solo unos días para su Quantum of Solace: ¿alcanzarán la cima (hot) de su tortura en Casino Royale?) es el viril Don Draper (personaje oscuro y enigmático de esos que te seducen con solo un par de frases), interpretado por un poco conocido Jon Hamm, actor al que desconocía y del que me declaro fan desde ya. Para ello, cómo no, ilustraremos este post con alguna que otra foto que, sin aclararnos dato alguno de su filmografía, servirá para aclararnos las ideas. O, en su defecto, para calentarlas...

Y siguiendo con series, aquí andamos, peleándonos con las nuevas temporadas de...

...House: un buen planteamiento pero un desarrollo errático en una fórmula que tal vez empiece a gastarse. La idea del detective privado se desaprovecha por los vaivenes de un guión incapaz de prescindir de Wilson de una vez (nunca soporté a ese personaje), al igual que seguimos aguantando el lastre de la primera camada de House, incluso cuando Cameron y sus dos amiguitos carezcan del más mínimo interés desde la temporada anterior. A cambio, se recrudecen las imágenes médicas (¿realmente era necesario?) y se titubea en el desarrollo de la historia. No sé si llegaré a la sexta temporada..., el divertimento cada vez me resulta menos adictivo y más cansino.

...Prison Break: una cuarta temporada que parece que nos hará olvidar la monotonía de la tercera. Si la primera fue un grandioso homenaje al cine carcelario y la segunda, un guiño a las películas de prófugos; la tercera se limitó a sumar las dos primeras ofreciéndonos un refrito poco elaborado en el que se notó en exceso la huelga de guionistas. La cuarta, sin embargo, arranca con nuevos referentes -una versión postcarcelaria de Misión imposible- y parece prometer la emoción perdida en sus últimas emisiones. Veremos... Por cierto, ¿por qué Lincoln está cada día más sexy (y más cuadrado) y Michael, sin embargo, aparece en cada episodio más fofo, gordito y asexuado? Que algún asesor de imagen intervenga ya...

...Mujeres desesperadas: brillante, como siempre, y con ganas de jugar con la estructura en cada episodio. Flash-backs, flash-forwards y guiones de precisión en una serie que no tiene miedo a ser fiel a lo que los espectadores esperan de ella: humor malévolo, giros sorprendentes de la más pura soap-opera y algo de lujo falsamente doméstico. Ah, y sigue saliendo Mike Delfino (lástima que lo descamisen menos que en temporadas anteriores?). ¿Se puede pedir más?

9.11.08

Sharing changes

De nuevo, una semana más marcada por los amigos. Por los de verdad. Por los de siempre. Y, mejor aún, amigos que también comparto en pareja, porque sabe bien eso de sumar independencia y dependencia sin perder la primera ni temer en absoluto la segunda. Depender de aquel a quien se quiere y saberse, sin embargo, libre y poseedor de claves y ratos propios -ya sean sus músicas y sus óperas o mis bailes y mis vodkas- que luego se comparten -ya sea conversando el día siguiente o haciendo el amor en una tórrida madrugada. Pero también hay momentos comunes, como los de esta semana, para amigos de ambos y con los que se sigue creciendo, cambiando, evolucionando...

Amigos que te aguantan cuando las cosas no salen como esperan, como la presencia de Lydia -generosa y atenta incluso cuando el tiempo no le llega, incluso cuando es imposible que esté- y el abrazo de Rafa y Ainhoa tras el complejo -para mí, decepcionante- estreno de este miércoles... Como las hemerocañas de Pilar, siempre capaz de contagiar vitalidad y humor aun cuando los vientos no sean favorables. Como los sms de Camino, siempre altruista y al pie del cañón, llena de energía y de entusiasmo del que me hace sonreír y querer que sea lunes para compartir unas risas juntos. Como los correos de mi diva (sorry, aún te debo uno: ni siquiera he tenido tiempo de responder, cielo), siempre elegante y cercana, dando mucho más de lo que pide. Como los sms de Dave, a quien quiero imaginar feliz e ilusionado en su nueva aventura este largo fin de semana... Como las comidas del lunes con Mercedes (qué sería de tu gatín sin ti...) Amigos, como Isa y Steve, que buscan un hueco -aunque no lo tengan- para darte un abrazo y un beso en su viaje relámpago a Madrid desde esa Irlanda en la que han edificado su vida desde hace años. Amigos, como Pal, Yol, Pablo y José Enrique, con los que pasar un sábado que no parece acabarse porque siempre hay algo que decir, algo que comentar, algo que compartir... y, además, todo ello se acompaña con un menú delicioso y unas formas exquisitas (gracias Pal y Pablo: sois unos anfitriones excelentes y fue un día excepcional). Amigos con los que sientes que sigues siendo esencialmente el mismo -porque en ellos está lo mejor de ti- y, a la vez, percibes cómo sigues cambiando en tantos aspectos. A veces, hasta de número, porque ayer era hermoso notar con tanta claridad que Yol y su chico ya no son dos: son tres ;-) Y de nuevo, cuando ese número se haga del todo realidad, también lo celebraremos juntos.

Por eso, porque la vida está hecha de sencillos instantes compartidos, de conversaciones sin freno, de sinceridades a medias, me llama la atención leer en El País una noticia tan insólita como el deseo de ciertos servidores de correo electrónico de frenar el envío de e-mails en estado de ebriedad. Para ello, sigue la noticia, se harán tres preguntas al usuario y solo si demuestra no estar borracho, podrá mandar su texto. De este modo, aseguran, se evitan reacciones peligrosas o no deseadas cuando se está sobrio. Lo leo y lo releo y no salgo de mi asombro, porque no creo que se pueda evitar el error y, seguramente, tampoco creo que se deba hacerlo. Porque hablar -borracho o no- es necesario y los límites -del quién, del qué y del cómo- debe aprender cada cual a establecerlos por sí mismo. Hay quien, seguramente, necesite una copa para decir -en persona o por mail- alguna que otra verdad y seguro que también hay quien necesite esa misma copa para decir alguna que otra mentira. Es tan ingenuo como pretender que los escritores siempre compongan sobrios sus textos, que jamás se inspiren en sus vidas, que nunca toquen temas que puedan herir sensibilidades de su entorno, que no digan nada que les desnude en público. Entonces, seguramente, haría años que ya habría dejado de escribir teatro y, por qué no, hasta de escribir en este simple blog.

La vida es algo mucho más sencillo en su infinita complejidad. Algo mucho más cambiante, más voluble, más vulnerable. Y por eso tenemos derecho a escribir borrachos. O a escribir sobrios. O a no escribir. Y de eso -del error, o del miedo, o de la duda- no hay servidor de correo -ni palabra de verificación- que pueda protegernos. Ni consolarnos. Los amigos, sin embargo, sí.

3.11.08

De la fe castradora

Los hombre con mente femenina conducen fatal. Esta es la perla filosófica de hoy de mi inefable profesor de autoescuela, quien, en su nueva jornada de humillación del alumnado, ha sido capaz de sumar la misoginia y la homofobia en una sola frase. Lástima que la reina no escuchara semejante afirmación antes de publicar su magno libro, porque podría haberla incluido en la sarta de conservadoras idioteces que le ha regalado a Pilar Urbano. Por otro lado, resulta de lo más curioso ver cómo todo el mundo se escandaliza al saber que tenemos una reina de derechas..., cuando era previsible que fuera republicana... En fin, me limitaré a parafrasear a Lewis Carroll y su que le corten la cabeza, aunque mi espíritu antimonárquico choca con mi pasión por la revista ¡Hola! que, desde luego, quedaría mucho más pobre sin la presencia de esta familia borbónica tan normal según las retrógradas palabras de su matriarca.

Y de matriarcas trata la nueva versión de Retorno a Brideshead que, sin ser una obra maestra, sí es una película digna e interesante. Y lo es, sobre todo, porque encierra una crítica necesaria al catolicismo fundamentalista que tantas vidas ha arruinado y sigue arruinando con su moral pacata y su concepto de culpa. Como afirma Cora en la película: Prefiero la visión mediterránea: disfruta y vive; luego confiésate. Para que no nos quede duda alguna sobre el tema, Emma Thompson hace una interpretación breve pero espléndida de la matriarca castradora del atormentado clan familiar y el reparto de jóvenes actores mantiene un nivel respetable a lo largo de una película que, por una vez, no se excede en su metraje. Mathew Goode es más guapo que complejo, pero tampoco importa demasiado: el paisaje, el vestuario y los coches de época le sientan como un guante. La película es tan previsible como ya lo fuera la novela y su versión televisiva, pero el retrato de caracteres está logrado y el filme se sigue con notable interés (bravo por el actor que interpreta a Sebastian, capaz de darle matices a pesar del trazo algo caricaturesco por el que apostara la novela original). Incluso hay alguna línea de guión memorable en el que, sin embargo, se aprecian demasiadas lagunas y -supongo- cortes de montaje (¿por qué desaparece la mujer de Charles, por ejemplo?).

De matriarcados y niños va también la nueva -quinta ya- temporada de Mujeres desesperadas, que retoma la mala leche de la cuarta y da un salto en el tiempo cinco años más tarde (como ya nos adelantaran en aquel estupendo último capítulo de la temporada anterior). Y así, con los niños como punto de unión -y de arranque- de sus cinco primeros capítulos se nos presenta una nueva entrega de la serie que promete estar al nivel de sus mejores tiempos. Reinventarse -bien lo saben sus guionistas- o morir, that's the question.

Y terminaremos -aprovechando la cita teatral- con una recomendación: el estreno de mi último texto, Improclásicos, mañana en el Centro Cultural Julio Cortázar, a las 20 h. (Madrid). La función se representará allí también el día 19 a la misma hora y el día 13 de noviembre a las 20 h. en el Centro Cultural de Moncloa. Esta vez, sin embargo, se trata de un texto de encargo que no he montado ni dirigido yo (insisto en esto último...). Cuenta con la garantía de su productora, mi gran amiga Ainhoa, y con un reparto magnífico. El resultado final, si venís, lo discutimos en persona con unas cañas.

Yo, por cierto, iré este miércoles después de superar la clase número ¿¿¿cuarenta y...??? con ese ejemplar simiesco que no sé si me está enseñando a conducir (¿por qué habré decidido asumir ese reto al que durante años me negué?), pero con el que sin duda estoy aprendiendo que la evolución no es un proceso homogéneo y que hay individuos tan primitivos, intolerantes, ineptos y llenos de prejuicios que serían capaz de convertir a la reina en un prodigio de modernidad y tolerancia. Para que luego digan que el personaje de la Thompson en Retorno a Brideshead pertenece al pasado... Sí, lamentablemente, pertenece al pasado: a pasado mañana...

31.10.08

Toda la noche en la calle

Semana de conciertos, pero -sobre todo- de grandes amigos. Conciertos facilones y llenos de ritmo -como la fiesta del lunes de OBK, donde lo de menos es la música y lo de más, seguir el ritmo y volver a cuando tuvimos quince-; conciertos sofisticados y alternativos -como el del martes con los interesantes Vetusta Morla y los consagrados La Habitación Roja, que sonó peor de lo que debieran y en el que no pudimos disfrutar como nos hubiera gustado de sus estupendas letras; conciertos en los que el grupo decide dejarse la piel -como el de este jueves de Amaral, donde el dúo dio lo mejor de sí mismo durante casi tres horas de un excelente espectáculo. Y entre acordes, bailes y coros a voz en grito, junto a mí, David, Lydia y Álvaro. Así, como en la canción de Amaral, es fácil querer pasar toda la noche en la calle. Con ellos, sin dudarlo.
La Habitación Roja
Obk
Amaral

24.10.08

Un dios salvaje

Empezaré siendo un snob (lo siento, pero es inevitable). Hace solo unos meses vimos esta obra en su estreno parisino (he aquí su reseña en este mismo blog), con una excelente Isabelle Huppert en el papel de la madre del niño agredido. No sin miedo hemos repetido y, sinceramente, nos hemos sorprendido con una adaptación digna, divertida, inteligente y respetuosa -con cambios comprensibles- con la propuesta original. Nada que envidiar tiene el fabuloso trabajo de Aitana Sánchez-Gijón a la interpretación de la Huppert y eso que, lo confieso, no soy especialmente aitanófilo. Sin embargo, el cuarteto de actores de la función asume sus roles con tantas ganas como talento y consigue regalarnos una función ágil, ácida, cómica, dura y, en esencia, profundamente trágica, aunque las carcajadas no cesen durante la hora y media de espectáculo.

Que Yasmina Reza es un nombre imprescindible en el teatro actual es un hecho, pero que desde Arte no había vuelto a acertar con contundencia también parecía serlo. Ahora, de nuevo, recuperamos su esencia: obras entre intelectuales y sencillas donde, de modo nada pretencioso, se plantean temas cercanos y, a su vez, interesantes. Personalmente, coincido con ella como autor y como director en criterios como el uso de una escenografía mínim, la supresión de frases vacuas y pedantes (qué harto estoy del teatro que solo trata de escucharse a sí mismo a través del altavoz de la pedantería) y de la potenciación del actor en un espacio casi desnudo, donde la palabra (sí, la palabra, eso que también obvian ciertos teatros modernos que, en realidad, juegan a destiempo a imitar al teatro experimental de los 70) juega un papel esencial. No es un teatro físico, sino verbal, y por ello mismo las acciones cobran, por su rotundidad y escasez, un gran significado dentro del montaje y alcanzan, asimismo, un enorme impacto y efecto sobre los espectadores. Entre sus habilidades como dramaturga destacaría, en esta obra, su capacidad para hilvanar los pequeños detalles hasta configurar un universo escénico escueto y, sin embargo, interesante y compacto, donde todo cobra sentido. El empleo del detalle aparentemente superficial y su posterior recuperación a lo largo de la obra -como el motivo del hámster, por ejemplo, o el fármaco en el que trabaja Alex- forma parte de las técnicas más queridas por la Reza, con las que sabe llevar al público por el camino que se propone.

En definitiva, este sí es un montaje recomendable. Unas actuaciones soberbias -Aitana, de diez; la Verdú saca un lado cómico que ya echábamos de menos y demuestra que ahora también sabe enfrentarse al teatro, tras sus algo fallidas Después de la lluvia y Te quiero, muñeca; Molero cumple a la perfección con su rol cómico y Pere Ponce se quita la sotana -¡por fin!- para sacar al actorazo que lleva dentro y que descubrimos en la deliciosa Amo tu cama rica. En resumen, una hora y media estupenda en la que reírse sin complejos a la vez que se lleva uno a casa la inquietante pregunta de: ¿cuánto tiempo al día consigo encerrar yo a mi dios salvaje...? Tengan cuidado, por si acaso...

22.10.08

Cine light

1. Vicky Cristina Barcelona
Baja en calorías intelectuales. Densa en tópicos. Baja en interpretaciones (¿por qué aparece una Scarlett tan vulgar y prefuturamatrona? ¿por qué Bardem aparece tan desganado y poco verosímil?). Baja en localizaciones (es un tomavistas simplón de la Barcelona más turística: mucho Gaudí y poca vida barcelona). Baja en música (¿por qué no asesinan a la cantante del temita machacón?). Baja en su capacidad de sorpresa (todo previsible, todo evidente, todo vodevilesco). Baja en su humor (gags manidos, salvo por la presencia de Pe y de algún que otro barbarismo hispánico). Baja incluso en su final y en el pesado del narrador (basta de voces en off inútiles, por favor). Y sí, es Woody, pero hasta los genios deberían replantearse si es necesario producir tanto. ¿Una película al año? Tal vez no sea oportuno. Tal vez no sea el momento. Tal vez un descanso nos devuelva al director de Balas sobre Broadway o Delitos y faltas y nos haga olvidar al autor de aquella memez que aquí se tradujo como Y todo lo demás.

2. Los girasoles ciegos
Baja en contenido. Baja en capacidad de adaptación literaria. Baja en síntesis. Baja en su forma de convertir en un cuento de buenos y malos uno de los cuatro complejos relatos de Alberto Méndez. Ah, no solo uno, también mutila -destroza y pisotea- el segundo de ellos. La Verdú hace lo que puede, Javier Cámara está horrendo (por favor, que lo retiren ya), el niño se defiende (creo que es el actor que más me convenció) y Raúl Arévalo da bandazos con un personaje simplón y maniqueo (otro de los actores sobrevalorados que están bien cuando dan con directoras como la Querejeta y que vuelven a su vulgaridad cuando dan con directores mediocres como Cuerda). Si la intención era hacer un remake curil de La lengua de las mariposas, lo han logrado. Si la intención era captar un ápice de la amargura, el horror y la complejidad de la novela de Alberto Méndez, el saldo es -definitivamente- negativo.

3. Quemar después de leer
Baja en pretensiones (evidente su tono cartoon). Baja en sus referencias cinéfilas (demasiada autoparodia y automención: los Coen hacen cine para sus fans en esta ocasión). A cambio, un estupendo Brad Pitt. Algo de humor chusco (¿qué pinta la máquina fabricada por Clooney?). Y muchos actores repitiendo sus estereotipos (la Swinton vuelve a hacer de zorra perversa y John Malkovich..., bueno, Malkovich sigue empeñado en demostrarnos que perdió la cabeza hace décadas y que desde Las amistades peligrosas, más o menos, no levanta la cabeza perdida). Por lo demás, la moraleja misántropa del filme no es original, ni novedosa. Ni siquiera es necesaria. Lo mejor, el final del personaje de Pitt (lástima, era el que más me gustaba) y las conversaciones entre los jefazos de la CIA. Por lo demás, una suerte de cruce entre Fargo (solo que a años luz de su calidad) y El gran Lebowski. Básicamente, un filme ideal para los fans del Nota que, a mí, siempre me dio urticaria... Al menos solo dura noventa minutos y hasta tiene ritmo. De las tres hoy mencionadas, sin duda, es la más interesante.
Tiempos light en el cine. O leído de otra forma, tiempos de cierta -y contundente- mediocridad.

19.10.08

Son mis amigos

Son mis amigos, en la calle pasábamos las horas...
Son mis amigos, por encima de todas las cosas.
Amaral



Tantas noches juntos. Tantos días de resaca. Tantas risas y tantas coreografías imposibles con canciones infames. Tantas confidencias. Tantas lágrimas en momentos difíciles. Tanto apoyo siempre que lo buscamos. Tanta complicidad. Tanta belleza... Todos nosotros sabíamos que ayer sería un día especial, que nos emocionaríamos, que sería inevitable sentir una felicidad intensa, rotunda, contagiosa. Pero ni siquiera así pudimos imaginar el extraordinario sábado que nos aguardaba. Ni el recuerdo de un día imborrable ya para todos (hubo hasta cierto apuesto galán que bailó a mi lado por primera vez desde que nos conocemos...). Una fecha llena de luz para quienes, Paloma y José Carlos, os queremos con locura armandeña. Y así transcurrió el día, rememoranndo tiempos bagusianos, queenéfilos y polanizados. Sintiendo que la amistad sigue creciendo y se hace más fuerte con los años, con sus trampas, sorteando el azar y sacando partido de él incluso a sus espaldas. Y así, en un abrazo inmenso -qué magnífico grupo formamos todos los que allí estuvimos- bailamos a voz en grito la canción de Amaral que hoy cierra este post. Confieso que no pude evitar emocionarme y, en plan cómico, hasta se cayó una de mis lentillas por culpa de las lágrimas. Daba igual: ya iba ciego, y no solo de vino y de vodka, sino de amistad. Y de felicidad.

Gracias por regalarnos un día inolvidable. Y feliz viaje al muy cinéfilo Nueva York... ;-)


17.10.08

Ni feria, ni ciencia

Y Madrid sigue convirtiéndose en un ghetto privado. Esta vez, gracias a la clausura -por falta de presupuesto, dicen- de uno de los pocos eventos científicos para escolares que se organizaban en la ciudad: la Feria de la Ciencia. Un evento en el que participaban decenas de centros educativos y en el que los escolares exponían sus creaciones, más o menos logradas, pero al menos suyas y originales.
La Comunidad, eso sí, nos ha dejado una opción fascinante: ahora la Feria es virtual, es decir, que los alumnos pueden exhibir sus obras... en internet. Perfecto, sobre todo teniendo en cuenta que la mayoría de sus trabajos son interactivos y que, además, la Feria no solo era una muestra científica sino, además, un espacio de convinvencia e intercambio personal y cultural para los alumnos de Secundaria y Bachillerato.
Por otro lado, ¿a quién le importan esos adolescentes? Total, siempre pueden sumarse a las estadísticas del fracaso escolar, ¿no?, que nunca viene mal para seguir desacreditando la enseñanza pública.
Ah, y además, también cierran el Mercado Fuencarral. Con un poco de suerte vuelven a convertir el barrio de Chueca en la zona de delincuencia que era hace un par de décadas. Total, qué más da. Solo se trata de Madrid, una ciudad que, por lo visto, solo amamos quienes no estamos a cargo de su gobierno...

12.10.08

Nociones de aritmética

Andrea y Sara rompieron hace años. Lo hicieron civilizadamente y mantuvieron, con esfuerzos y gran éxito, su íntima amistad. Por eso, cuando Laura se enamoró de Sara, enseguida tuvo noticias de tan imponente lazo fraternal. Sin embargo, algo en su interior le decía a Laura que la vida acabaría recolocando las nuevas posiciones sin demasiado esfuerzo, que las tres se reubicarían en el lugar menos doloroso y que, sin imposiciones, se dispondrían como adultas en el lugar de las sábanas -y del recuerdo- que les correspondiese.

Por eso, años después, Laura sigue sin entender esas llamadas. Ni esas palabras. Ni esa presencia cansina e inevitable del pasado que se hace real cada día. Mensajes, mails, llamadas. Poco importa el medio, la tecnología -cada día más compleja- asegura la interrupción y el boletín diario. A Laura la incomoda saberse tan conocida, tan investigada, tan relatada a oídos de Andrea. Sabe cuándo salen, con quién, cómo. Sabe cuándo sufren, por quién, cómo. Sabe dónde viajan, en qué, hasta dónde. Andrea, con la excusa de la fraternidad, conoce la respuesta a todos los adverbios interrogativos, a todos los pronombres, incluso a algún que otro determinante díscolo a los que ni siquiera Laura se sentiría capaz de responder. Discontinua pero férrea, se erige como una interferencia obstinada -e interesada- que impide la comunicación. Que la dificulta a conciencia hasta convertirse en el único obstáculo de una relación que, sin tanto pasado, sería perfecta. Quizá por eso Andrea, bajo su camuflaje de eterna víctima y samaritana contumaz, sigue insistiendo. Quizá no espera nada -Laura piensa que sí, que lo espera aunque jamás se lo confiese a nadie-, tan solo las migajas de lo que pueda ocurrir si el tiempo -y sus llamadas- corroen la solidez de una relación a la que ella no pertenece. Una relación en la que ella, tan solo, se inmiscuye.

Por eso, cuando hace un par de semanas fueron juntas como tres adultas civilizadas y modernas a disfrutar del último Woody Allen, Laura no pudo evitar sentirse asqueada ante la simpleza con la que su admirado director analizaba el conflicto de la convivencia del pasado y el presente en una relación. Porque la auténtica comedia -como las grandes de su otrora idolatrado Woody- precisa análisis, crudeza, realidad. Y allí, salvo la excitación que le produjeron los cuerpos de Penélope y Scarlett, poco más encontró. Solo podía ver el espejo ridículo de una situación que conocía demasiado bien y que sabía que requería mucho más esfuerzo, mucha más lucha y mucho más dolor del que aquella situación frivolona mostraba. Porque, mientras la película avanzaba, Laura se sentía extraña sentada junto a aquellas dos mujeres que decían ser amigas y que habían compartido noches, semanas, años. Y Laura se preguntaba qué papel debía jugar en esa relación, en ese pasado que tanto la inquietaba. No por celos de un improbable polvo, sino por celos de su propia intimidad, por la necesidad de saber que su mundo -el de ella y el de Andrea-, era realmente suyo, sin esa huésped que se negaba a ocupar un espacio distinto. Porque, y quizá eso era lo que más la derrumbaba, se sentía incapaz de hacérselo a entender a Sara, que ahora solo reaccionaba hastiada ante sus comentarios. Y esa acusación implícita de egoísmo era, entre otros de los sentimientos obviados por Allen en su superficial tomavistas barcelonés, una de las sensaciones que con más fuerza -y amargura- ahogaban a Laura.

Las tres -número imposible y poco recomendable- salieron de la película comentando lo habitual. El guión, las interpretaciones, los primeros planos, hasta la cansina música de una película que ninguna de las tres encontró brillante. Laura, sin embargo, hablaba sin tan siquiera escucharlas. Sin escucharse. Laura solo quería que aquel pasado -la número tres- se ubicase lejos y que no se le exigiese una generosidad que le seguía pareciendo excesiva. Cuando Sara y Laura se quedaron a solas, .ya en su casa, ya en su cama-, Laura sintió la misma desazón que la Vicky de Allen en el plano final. Desazón por la necesidad de borrar para siempre ese tres y dibujar, rotundo y cómplice, tan solo el dos. Y al apagar la luz, justo en el fundido en negro de la una y media de la madrugada, descubrió que quizá la película de Allen no había sido tan insulsa. Ni tan vacía. Ni tan superficial. Que quizá sus fantasmas. como los de Vicky, estaban justo ahí. En el fundido en negro.

6.10.08

De los institutos y la CAM...

Al fin. Algo mejor. En parte porque he podido descansar algo. Y en parte porque el dia ha sido tan caotico que he acabado estallando en una enorme carcajada que, como no, mi linda inquilino ha compartido conmigo via telefono. Ademas, ahora mismo estoy en un hotel pequenho, en un teclado donde no encuentro la tilde ni la enhe, en una habitacion desde la que veo la calle serrano y un sinfin de gentes pasar por delante de esos escaparates en los que, zegna y ferragamo -alla vamos-, me gusta perderme. No ha sido voluntario -el parquet y su barnizado mandan-, pero la fuga dentro de la propia ciudad supone una ruptura que, a mi modo, creo que necesitaba. El hotel, mas que recomendable, se llama Petit Palace Serrano y, para aquellos que quieran acercarse a Madrid, merece la pena alojarse en el. Muy gayfriendly y con unos chicos estupendos en todas sus secciones, por cierto...
Por lo demas, sigo con mi animo incendiario -gracias, diva, por aplacarlo con tu hermoso correo de hoy- ante la desfachatez de la Comunidad Madrid en su actuacion contra la educacion y la sanidad publicas. Como los grandes datos ya figuran en los periodicos y en la red, prefiero aportar hechos concretos y singulares que apoyen esas macrocifras alarmantes que a nadie parecen inquietar...
El anho pasado, en mi centro, habia dos profesores de compensatoria, es decir, dos personas expertas en la atencion de ninhos con necesidades educativas especificas. Las leyes educativas, desde la LOGSE, propugnan su integracion en el grupo comun pero, para ello, es preciso que reciban ayuda especial de pedagogos y profesores capacitados para ello. Se trata de alumnos con deficiencias de comprension o incluso con problemas de incapacidad comunicativa, pues -a menudo- no conocen ni una palabra de nuestro idioma, y no basta con que se esfuercen, requieren ayuda real e inmediata.
Este anho, sin embargo, los recortes en educacion publica han reducido las 2 plazas de compensatoria a... tachan... cero plazas, asi que los alumnos con problemas especiales estan en las aulas con los alumnos que no tienen problema alguno. Esto, evidentemente, perjudica a todo el mundo, al profesor que no sabe como actuar, a los alumnos que no acaban de entender el cambio y, sobre todo, a los chicos con problemas a los que nadie ayuda por falta de capacidad y de tiempo.
A cambio, se siguen regalando terrenos a los colegios concertados y se potencia la ensenhanza privada y religiosa, mientras que la publica y laica se ve sometida a un continuo acoso y derribo contra el que seguimos resistiendo.
Personalmente, entre mis pocas o muchas convicciones, hay una que figura inamovible, mi conviccion en el sistema publico, en los servicios sociales, en la ensenhanza y la sanidad publicas y gratuitas. Por eso, seguramente, me indigna tanto la conducta despota, arbitraria y antisocial de la Comunidad de Madrid. O quiza no, quiza no es tan grave y, en realidad, tienen razon al afirmar que en educacion no hay verdaderos problemas. Seguramente es que mi cansancio de esta semana me impide darme cuenta de ello...

5.10.08

Filling the gaps

Pausa. El trabajo desparramado sobre la mesa. La pantalla invadida por las palabras. Los folios que se amontonan junto al teclado. Músicas a todo volumen en el ipod. El flexo a todo gas. La luz afuera cae. Se desvanece. Se aniquila. Y los verbos que ya no se quieren conjugar. Las palabras que ni siquiera salen. Las teclas cansinas. El adsl ralentizado. La noche inminente. El otoño y sus trampas. El mal tiempo. El cansancio. El mal humor. La rutina del lunes. El domingo agonizando y el flexo incendiándose de tareas por hacer. De sueños por quemar. De naves por arder. Pausa. Y -en cinco minutos robados al deber- este post nominal. Sin nada que decir. Sin ni siquiera texto. Y la música fuera. O dentro. Igual que el otoño. Que el domingo que acaba. Que la tarde vacía. Vacua. Tan solo una vocal. Tan solo una vocal y cambia todo. O quizá ni siquiera cambie nada. Pausa. Silencio y otra pausa. Leer y decidir no publicar este post. No leerlo y publicarlo. Este post sin nada que contar. Ni nada que decir. Solo domingo. Solo otoño. Solo -el flexo acaba de devorar la habitación- un algo de confusa tristeza, un algo de soledad -hoy no sé si elegida- y un mucho de contumaz -agotador- cansancio.

1.10.08

Retales

Y los recuerdos al aire me besan la cara.
Solo recuerdo lo bueno; de lo malo nada.
Celtas Cortos
Qué difíciles los días en los que, por tonterías, por detalles, por instantes o por simples segundos, se hace difícil sentir un equilibrio que creemos perder. Qué estupendo debe ser saberse -siempre o casi siempre- eufórico, seguro de uno mismo y sin tanto vaivén ciclotímico. El cansancio, supongo, tiene estos resultados. O el exceso de autoexigencia. O la realidad que, en alguna que otra arista, se empeña en darnos una visión afilada y cortante. Tonterías diminutas y solucionables, sin duda, pero que exigen sacarle brillo al yo funambulista y realizar, con gesto grácil, la acrobacia de la cotidianidad.

29.9.08

Teatro y poder...

El binomio del teatro y la política está, sin duda, condenado al fracaso. Y es que no debe resultar nada fácil aplaudir ni, mucho menos, apoyar una forma artística que estimula el pensamiento libre, la creatividad y el sentido crítico. Quizá por ello, por el espíritu independiente de los grupos que somos precisamente eso: independientes, y por nuestro escaso interés por mostrarnos sumisos a quienes mandan (esos que, curiosamente, dan las subvenciones a quienes mejor les caen), el teatro es un arte siempre en crisis (siempre vivo), siempre en guerra con la banalidad y con la estupidez de los que rigen eso que se llama cultura y que consiste en que Nacho Cano componga una simpleza y estrene los rimbombantes teatros del Canal, por ejemplo.

En esta línea de estímulo a la creación y de ayuda continua a los nuevos autores, directores y autores, el Ayuntamiento de cierto pueblo madrileño al que ya prefiero obviar va a cometer -de forma inminente- un nuevo despropósito que sumar a su lista: cerrarán la Escuela Municipal de Teatro. Y con ella, también las salas de ensayo y los almacenes de los grupos -independientes, sí, independientes y por eso luchadores a la par que pobres- que allí trabajamos. En nuestro caso, Armando no me llama lleva ya más de diez años (once, si somos exactos), dejándose la piel fin de semana tras fin de semana, trabajando por el mero placer de aportar algo en escena -de contar algo- y colaborando con el Ayuntamiento en cuestión cada vez que ha sido preciso y que nos lo han propuesto: hemos llenado sus carpas en la Feria del Libro, hemos llevado nuestros montajes a su día de la mujer y hemos movilizado público en cada actuación para la que se nos ha requerido.

Ahora, once años después, nos quedamos sin lugar de ensayo y sin almacén justo en un momento en el que, por suerte -y por trabajo-, nos va bien. Tenemos nuestro público, nuestras salas y, mejor aún, nuestro lenguaje propio. Ahora que todo eso se suma sin problemas -pero con mucho esfuerzo- la política vuelve a dar muestras de que no se apoya nada que sea cultura, al menos, si esa cultura no es vistosa, ni lucida, ni consigue más votos para un futuro próximo y muy cercano. Luego resulta fácil y cómodo lanzar campañas antipiratería y hablar de que la gente debe ir al cine, al teatro, a la ópera. Sí, por supuesto, pero para ello hay que abrir puertas a la creación y no dar portazos a iniciativas que vayan más allá de ver cómo los de Sé lo que hicisteis se suben a un escenario para, como tantos otros famosos, destrozar textos ya de por sí mediocres que se recrean en el eterno vodevil. Eso, desde luego, da dinero y no provoca mucho a las neuronas. Seguramente sea tan interesante como el musical de Nacho Cano. Y seguramente a cualquier político le guste más.

El cierre de la Escuela de Teatro es una muestra de ese desinterés por la cultura de base, la que realmente nos hace evolucionar, avanzar y crecerr. Y sí, seguramente esa escuela trasladen, o la muden, o la cambien a un nuevo edificio (¿cuándo, por cierto?), pero la dejadez y la desidia que se está mostrando -y que se ha mostrado desde hace tiempo al respecto- son una falta de respeto al trabajo y el esfuerzo de todos y cada uno los que luchamos por esto del teatro. Todos y cada uno de los que, por ingenuos o por testarudos, seguiremos haciéndolo.

P.S. Por apuntar un dato tonto frivolón y algo más alegre, la Asociación de Autores de Teatro ha modernizado los perfiles de los Autores (en la sección de Asociados - Quiénes somos). Si pincháis en Fernando J. López (sí, figuro por la L, para los despistados), veréis que luzco estupendo y monísimo en la foto ;-) Lo que se ve al fondo de la imagen (bueno, se intuye más bien) es Capri.

22.9.08

Otro monólogo publicado...


Una casualidad. Andaba buscando material para el taller de teatro que me toca dar este año en el instituto cuando, de repente, me asalta una novedad editorial que ni siquiera andaba buscando. Y la novedad tiene como título Grita! Tengo SIDA, un proyecto en el que participé hace ya un par de años y del que se habló de cierta posible publicación que nunca supe si se había concretado o no. Cojo el libro con cierto escepticismo y descubro que mi monólogo (Lo entiendo) figura ahí y que, sin previo aviso, se suma a mi lista de publicaciones teatrales. La verdad es que estoy contento, tanto por la edición del texto (pese a su brevedad, me gusta especialmente) como por el hecho de que los beneficios de la venta de este libro van destinados a la ONG Prosalus, con el fin de seguir luchando contra esta terrible enfermedad. Así que, tras este feliz encuentro, dejo aquí la portada del libro y, sobre todo, una sonrisa al ver que, pese a todo, el teatro se sigue publicando y se sigue leyendo, aunque su público sea una minoría y sus autores seamos una pandilla de locos sin remedio que siguen creyendo en la necesidad de romper -con palabras, con ideas, con vida- la cuarta pared: la de la incomunicación.

20.9.08

Una lectura necesaria


Siento estar tan poco activo en la blogoesfera..., pero andamos mudándonos y, lógicamente, resulta difícil encontrar tiempo (e incluso espacio) para actualizar y leer los blogs como a uno le gustaría... Aún así, no quiero dejar de recomendar uno de los libros que más me han emocionado recientemente: Mal de escuela, de Danniel Penac.


No voy a hacer una crítica, ni siquiera una reseña, porque es una obra que merece ser leída y descubierta con absoluta libertad. Solo apuntar que se trata de un texto exquisito en su sensibilidad y agudo en su ironía, capaz de analizar con talento, inteligencia y buen gusto algunos de los problemas a los que nos enfrentamos en las aulas de la llamada Enseñanza Secundaria...


Quizá por eso, este texto en el que se funde la novela, el ensayo y la biografía con acierto y sin pretensiones vacuas, debería ser de lectura obligada para profesores (Coxis, Sinclair: creo que podría resultaros interesante), alumnos y padres de alumnos. En definitiva, para cualquiera que quiera hacer una reflexión -emocional y emocionante- sobre qué esto de educar, a qué nos conduce y cómo afrontar el fracaso para reconvertirlo en algo que sea gris, que no sea trágico, que no sea el final de nada sino el principio y la búsqueda de otro itinerario (vital) que recorrer.


P.S. Y, cambiando (radicalmente) de tercio, el próximo post irá dedicado al peor y más patético concierto que he visto últimamente, el de la vaga (Dave dixit), antipática y pésima Mónica Naranjo, que se encargó anoche de defraudar a cuantos fuimos a escucharla (a ella no la escuchamos, pero a sus playbacks sí) en la hora y cuarto (sic) que duró su más que triste y tacaño espectáculo...

9.9.08

Vuelta a las pantallas...

Solo una semana de septiembre y la televisión ya nos ha dado motivos más que suficientes para regocijarnos en su cada día más sonrojante visionado. Mientras me mentalizo para el arranque de la vuelta al cole (campaña que en el corte inglés comenzó allá por junio), enumeraré algunas de las joyas catódicas que más me han sacudido -que no conmovido- estos días...
1. El retorno de Concha García Campoy
Y es que era de esperar que regresara con su programa con ínfulas de televisión de calidad y sus grandes colaboradores: Gonzalo Sosísimo Miró y Aitor NoDoyNiUna Trigos, dos reporteros dicharacheros capaces de emborronar cualquier tertulia que se precie. Pero, sin duda, lo más lamentable ha sido ver cómo utilizan una tragedia como la de Barajas para seguir ahondando en el amarillismo con la excusa del homenaje. Y así, con esa razón absolutamente manida, nos cuentan una a una las vidas de las víctimas y nos enseñan sin ningún pudor, el dolor de sus amigos y familiares. Después, por supuesto, cambian el registro y comentan los castings de Factor X en un ejercicio de gran gusto y rigor periodístico. Es terrible que se hagan reportajes así y que, además, se oculten con la doble moral de costumbre. Carnaza sin más que ni siquiera respeta la intimidad en momentos tan dolorosos como este. Supongo que en el vocabulario de las Mañanas de Cuatro la palabra homenaje significa, precisamente, intromisión.
2. El retorno de Patricia Gaztañaga
Cuando creíamos que ya teníamos bastante con su horrendo legado del Diario de Quien Sea (que sigue emitiéndose en las tardes de Antena 3), esta maravillosa profesional nos regala otra muestra de su genialidad y buen gusto que debería ser de obligada visión en todos los centros de Secundaria: No es programa para viejos, una especie de gran plató choni donde una serie de adolescentes y jovenzuelos absolutamente hiperbólicos y lejanos a la realidad exageran y despotrican cuanto les viene en gana, aderezando su discurso con numerosas expresiones poéticas tales como que te follen, que te den y similares, a veces salpicadas por algún verbo e incluso algún intento de construir un enunciado. Y sí, debería verse este programa en todas las aulas para que nuestros alumnos vean por qué nos empeñamos en educarles: para evitar que se conviertan en estereotipos huecos, simplones y manipulables como los adolescentes que Gaztañaga se ha inventado en su nuevo hueco nocturno. Lástima que el hueco no sea un agujero negro para perder semejante programa de vista...
Por cierto, que el programa está muy en consonancia con esa también sonrojante sección de El País de este verano: Me cago en mis viejos, donde alguien -sospechamos que un mal autor de novela juvenil, que no un adolescente, salvo que sea tan simple como su personaje- escribía simplezas de media página reiterativas hasta la náusea y tan melifluas y tontorronas como el consultorio de la Vale. Al menos, eso sí, la Vale es honesta -no se vende como prensa seria- y regala pegatinas. A ver cuándo se decide El País a sacar una colección de cromos de Hugo Silva.
3. La ficción nacional
Y ahí sí que confieso mi adicción a uno de los mayores bodrios que he visto nunca: Física o Química. Guiones infumables, interpretaciones ortopédicas (qué mala es Blanca Romero y qué pésimo es el actor que hace del oriental Jan) y peor ritmo en una serie que, sin embargo, me tiene enganchado. Y es que saca de mí ese lado de "yo veía Al salir de clase y Beverly Hills 90210" , además de hacerme gracia ese instituto de ciencia ficción con alumnos que parecen sacados de una baraja de cartas de prototipos estudiantiles.
Menos mal que están los guapos jovencitos de los Orozco para salvar la papeleta en la sobreactuadísima Herederos. Un folletín sin pies ni cabeza con una histriónica Concha Velasco que tiene muchísima gracia y que, al menos (eso sí), está bien producido y hasta goza de buen sonido y de ambientaciones cuidadas. Los actores, por cierto, incluso vocalizan (y Félix Gomez en esta nueva temporada aparece más trabajado en el gym que en la primera, lo que constituye un cambio sustancial a mejor).
Como escena del primer episodio, me quedo con la sutil caracterización del personaje de Concha, leyendo la sección de Economía del diario francés Le Monde. Todo muy creíble.
4. Y otros...
Otros como Bardem, que siempre ha sido antipático y que vuelve a demostrarlo en sus declaraciones sobre España y bla, bla, bla. No creo que haya acertado en lo que ha dicho (por otro lado, me importa más bien poco lo que diga: me interesa su faceta interpretativa, nada más), pero en parte (y viendo lo que hace la prensa española actual con cualquier rumor, cotilleo o incluso noticia) sí tiene razón. Nadie, por cierto, se ha molestado en averiguar si las declaraciones están sacadas de contexto; simplemente nos han dado la lata con el tema durante dos días a falta de noticias de mayor calado. Se ve que esto de la crisis ya cansa como noticia y nos parece más oportuno perder el tiempo en temas mucho más jugosos. Para eso, la verdad, me quedo con el de la boda de la duquesa y su noviete gay, que me parece digno de una novela de Corín Tellado. O mejor aún, de un episodio de Herederos. A ver cuándo le encuentran a la Orozco un (casi) amante igual... De momento, corto y cierro, que me espera la Velasco en el segundo capítulo de esta apasionante temporada... ;-)

1.9.08

Enfin veuve

De nuevo el cine francés viene a remover con algo de ingenio las más que insípidas aguas de este verano cinematográfico. Salvo excepciones joviales -y sí, superficiales- como Mamma mía, películas ingeniosas (aunque alargadas en exceso) como Yo serví al rey de Inglaterra y el negrísimo, brillante y estremecedor blockbuster The dark knight, solo el cine francés ha ayudado, desde producciones modestas pero correctas, a ofrecer algo que nos despierte de un cierto sopor o, peor aún, de un dejà vu generalizado en cuanto a los estrenos de cine se refiere.
En el caso de Por fin viuda, y como ya pasara en Dejad de quererme, se trata de una película honesta tanto en su planteamiento como en su ejecución. Solo pretende ser una comedia romántica o, casi mejor, antirromántica. Una comedia que no juega a plantear tema alguno -salvo los estrictamente indispensables- y que se apoya en un guión divertido -a ratos, hilarante- y en unos intérpretes estupendos (bravo, de nuevo, por la pareja protagonista: atractivos y clowns a un mismo tiempo). Es un placer comprobar que se puede hacer una comedia simpática sin necesidad de emplear el chiste ordinario y zafio tan del gusto del último cine español -ramplón hasta decir basta- y aunque la película no remate bien al final, al menos se pasa un buen rato viéndola.
Algunas ideas de guión, sin ser muy sofisticadas, sí que son muy eficaces y dan lugar a escenas abiertamente divertidas, como el entierro del marido, la composición de la carta, la fuga con el flotador o la presencia del pesado del hijo, uno de los personajes más infumables del filme y muy divertido hasta que la película se toma más en serio de lo que debiera y se pierde un poco su esencia ante la exigencia -innecesaria- de un happy end convencional.
Se echa de menos -lástima- un final mucho más enloquecido, con una huida en toda regla que sirviera de perfecto broche a la función vodevilesca, pero se opta -en cambio- por el melodrama, el romanticismo y la elipsis simplona (ese temible "Dos años después..."). Aún así, la película es recomendable por su falta de pretensiones y su acierto en el planteamiento de situaciones cómicas. Inevitable -salvo que uno se empeñe en no querer participar de la sencillísima peripecia- no lanzar más de una carcajada.

24.8.08

Cine estival

1. Mamma mía
Igual que el musical (hasta en los bises finales: ese Waterloo...) pero con un reparto de lujo y absolutamente desatado. La dirección, ramplona hasta decir basta, desaprovecha cada ocasión de convertir la cinta en una verdadera película, pero poco importa eso ante lo pegadizo de la música y el vitalismo de sus protagonistas, absolutamente encantados de participar en este film de verano que tan solo pretende ser eso y que, honestamente, lo consigue. Hay que hacer verdaderos esfuerzos por no dejarse llevar por el ritmo de Dancing queen, SOS y demás temas made in ABBA. El desenfreno pop elimina de un plumazo la ausencia de guión (la historia sigue siendo tan endeble e inexistente como lo fue siempre en este musical: es más, ¿a quién le importa la historia?) y hasta consigue que olvidemos la cursilería de la pareja joven protagonista. A cambio, es una gozada ver desatada a la Streep (sí, claro, tan excesiva como siempre: o se la odia o, como yo, se la ama) y a unos más que guapos Pierce Brosnan y Colin Firth (les sienta bien la autoparodia). Confieso que volvería a verla con gusto (y, en cuanto salga en dvd, lo haré). De momento, la banda sonora se viene en mi i-pod a todas partes...

2. El caballero oscuro
Y sí, es realmente oscuro este Batman del talentoso Nolan. No me gusta su duración (¿realmente se necesitan dos horas y media para este tipo de filmes?) y echo en falta algo más de humor negro (sigo prefiriendo la visión de Burton: más infiel al cómic, pero profundamente inspirada). En cualquier caso, y pegas aparte, la película es soberbia en su género. Sobrecogedor, sin duda, Heath Ledger. Y espléndida la narración, sobre todo por su capacidad de sorpresa (desagradable y pesimista, eso sí) y de ritmo. Dura, violenta, desabrida, más próxima al último James Bond que al cine de superhéroes convencional. Cine negro. Negrísimo. Y desolador.

3. Wall-e
Magnífica ejecución. Impecable diseño. Increíble caracterización de personajes (su expresividad solo merece elogios). Exquisitos homenajes al cine mudo... Y un tostón de película que se alarga hasta la náusea para contar una historia de amor cursi y una fábula ecológica y moralista. Ni una pizca del ingenio y de la complejidad de Ratatouille o Los increíbles, guiones llenos de curvas frente a esta línea plana -perfecta, sin duda, pero plana también en esa perfección- donde no conseguí emocionarme una sola vez. No sé qué opinará el público infantil, pero a mí -lejos de compartir el entusiasmo general de la crítica- la película me parece evidente en sus logros y tediosa en su resolución. La emoción no consiste en hacernos ver continuamente lo acertados de sus homenajes cinéfilos o la calidad técnica de cada uno de sus planos, sino en conseguir que olvidemos todo eso para entrar de lleno en la historia, ya sea en la vida de un ratoncito chef o en la de una familia de superhéroes con problemas de lo más variopinto. En esta caso, confieso que no conseguí entrar en la nave espacial. Me sentí, definitivamente, en otra galaxia.

4. Dejad de quererme
Buenos diálogos. Una soberbia interpretación protagonista (qué actor, qué actor...). Y alguna escena brillante (bravo por la fiesta de cumpleaños). Sin embargo, la película se apoya en exceso en un giro de guión que, según el espectador, puede resultar muy previsible... Personalmente, no suelo adelantarme a lo que va a ocurrir (es más, lo evito) y, pese a ello, en este caso me bastaron diez minutos de proyección para adivinar el final. Aún así, es una película sincera y, por momentos, emocionante. Sencilla en la ejecución pero con buen oficio y algunas conversaciones que permiten al espectador sentirse cerca de la historia y de sus personajes. Pequeño cine francés que, sin levantar grandes pasiones, sí eleva el tono de una cartelera demasiado lejana de lo humano. En este caso, lo humano -afortunadamente- es protagonista.

5.8.08

Hombre imperfecto a la izquierda. Disculpen las molestias

Some would call me a cheat, call me a liar
Say that I've been defeated by the basest desired
Yes I have strayed and succumbed to my vices
But I tried to live right

But I have no regrets, no guilt in my heart
I only feel sadness for any pain that I've caused
I guess I wouldn't bother to worry at all
If I'd lived right

Do you live by the book, do you play by the rules?
Do you care what is thought by others about you?
If this day is all that is promised to you
Do you live for the future, the present, the past?

Tracy Chapman, Unsung psalm



Han sido -están siendo- días intensos. Días de cajas por hacer en las que se mezcla el futuro que ya es casi presente (al fin nuestro, am) y el pasado que se acumula en un olvido no siempre pretendido pero, eminentemente, sí ocurrido. El tiempo que sucede podría haber sido el título de aquella obra donde cambié el sustantivo tiempo por el verbo no conjugable sexo. Y así, en ese suceder, en esas cajas, se amontonan nombres, lugares, historias, olvidos y fotografías cada vez más borrosas de tres décadas -tres ya...- en las que hay mucha más vida de la que estos cartones permiten ver.

Pero en toda esa intensidad no deja de atormentarme ese yo melancólico y autocrítico que he sido desde niño. Ese yo que desde siempre -tres décadas, tres- se ha flagelado cada vez que algo no salió bien, cada vez que alguien no se sintió bien, cada vez que creyó haberse equivocado en algo. O en alguien. Por eso, en esas cajas, no puedo evitar detenerme ante los testimonios de aquellos amigos que dejaron de serlo. De los primeros amores, equivocados sí, pero necesarios para aprender a amar ahora. De quienes prometían amistad sincera y acabaron clavando aguijones, venenos y puñales de diversa e innecesaria consideración. De los trabajos por los que fui pasando y en los que siempre robé algo de madurez y me dejé algo de inocencia. De amantes que se creyeron en posesión de verdades que no tuvieron nunca. De nombres a quienes adolescentemente amé y jamás poseí. Del principio de mi actual historia de amor -la que hoy me hace respirar- y su continuación a través de tantos pequeños guiños guardados en cada una de las cajas... De las irrenunciables presencias que ya no están a mi lado porque la muerte me las arrebató y que aún abrazo en fotografías que ha sido especialmente doloroso recuperar.

Quitarle el polvo al tiempo no es una tarea fácil. Apenas es un oficio deseable. Sobre todo si se tiende -es mi caso- a la mortificación por todo y por todos. Si, como yo, se es incapaz de alzar los hombros y despreocuparse de lo que suceda. Si se es de los que sufren por no poder llamar a todo el mundo, por no poder hablar con todo el mundo, por no poder contentar a todo el mundo. Porque, y por eso me siento tan asfixiado con cierta frecuencia, siempre siento que no doy lo suficiente, que no hago lo suficiente, que no entrego lo suficiente. Resulta difícil hacerlo cuando se tiene la suerte de contar con gente tan extraordinaria en la agenda del móvil, llena de amistades sinceras, puras, esenciales, a las que jamás podré medir por el tiempo que compartimos juntos, nunca proporcional al nexo que me une a ellos y a ellas.

Y así, fuera o no culpa mía, en estas tres décadas deconstruidas en tan solo tres días (primera fase de la mudanza superada) se han ido sumando los hallazgos -nombres nuevos de amistades que me hacen sonreír con su sola presencia- y las pérdidas. No supe hacerlo mejor, como canta Tracy Chapman en la canción que hoy me sirve de cita para este post. Un tema que, por cierto, me regaló mi amiga Ana, una de las personas que más ha significado en mi vida y de la que hace ya siete años que no sé nada. Tampoco ella sabe nada de mí. Nos distanció querernos tanto, supongo, y no saber entender que el tiempo tiene límites, que la necesidad no los domina, que somos imperfectos. Hoy sigo escuchando esa canción y sigo viéndome tan reflejado en ella como cuando la escuchábamos juntos tumbados en un sofá. Ella solía acariciarme con ternura cuando oíamos canciones como esta y yo me dejaba llevar a su mundo a la vez que la invitaba al mío. Ahora, en esas cajas, han aparecido libros que nos regalamos, postales que nos enviamos, cartas que nos escribimos, cintas -sí, casettes, parece la Prehistoria- que nos grabamos (Pedro Guerra y aquel concierto juntos) y entradas de películas que veíamos los jueves por la noche en el cine de barrio de aquel Alcorcón que hoy ya no existe. Por lo que sé, intentó arreglarlo. Yo también. No lo hicimos bien y preferimos borrarnos para no herirnos más. Hoy no tenemos noticias el uno del otro -aunque nos intuyamos, aunque pudiera ocurrir que volviésemos a cruzarnos- y sé que, aunque nuestro orgullo jamás lo admita, el espacio que dejan nuestros huecos está tan vivo como lo estuvo siempre. No es culpa de ninguno, diría Tracy, simplemente nos hicimos un daño inútil y cada uno se torturó por él a su manera. O culpó al otro en la medida en que creyó que debía hacerlo. Lástima, nunca podré decirle -tal vez ni siquiera haga falta- cuánto cariño siento hacia ella y con qué mimo atesoro nuestros recuerdos. No se puede dejar de querer al amigo que nunca nos traicionó, al amigo -la amiga- que, simplemente, se alejó y que nos hizo daño sin pretenderlo jamás. Diferente al de quienes sí lo pretendían y, paradójicamente, jamás lo consiguieron.

Esta tan solo es una historia entre todas las que encierran esas cajas. Pero, como cada minuto que comparto con la gente que quiero -o que he querido-, es una historia importante que, desde su hueco en el ayer, forma también parte de la silueta de ese futuro en el que, como afirman rotundas estas setenta y una cajas perfectamente precintadas, seguiré siendo el mismo tipo inseguro, huidizo, autoexigente e imperfecto de siempre.


P.S. En breve me subo a un avión. Nos leemos a la vuelta.

18.7.08

Cine de verano

Me estoy volviendo un poco misántropo. Y me temo, que como en la obra de Molière, no es un proceso fácilmente reversible. La culpa, de momento, la tiene el cine, una de mis mayores pasiones y, a la vez, un nuevo suplicio. Y es que, cada vez con mayor frecuencia, no dejo de acudir a ciertas proyecciones con miedo a enfadarme/cabrearme/irritarme/(aquí irían más sinónimos) ante la marea de individuos que se sientan en mi misma sala con la única intención de hacer saltar, una por una, las más mínimas normas de cortesía. Y así, en tardes como hoy, me descubro en una sala donde suenan móviles cada cinco minutos -más de uno, por cierto, contesta y charla aunque los demás chisten y/o insulten al interlocutor-, donde hay quien se descalza y planta el pie en el brazo de la butaca delantera, donde la gente come cosas inverosímiles (¿cómo se puede alguien tomar nachos con queso fundido y olor intenso a chorizo en una sesión a las cinco de la tarde?), donde los adultos sufren incontinencia (¿en una hora y media se pueden ir tantas veces al baño ni no es para practicar el sano deporte del cruising?) y donde, en definitiva, me pregunto por qué no le habré dado al e-mule y me habré ahorrado, no el dinero de la entrada, sino el mal rato de la zafiedad ajena.
Dejando a un lado mi cada día más acendrada pasión por el consumo masivo de dvds (home, sweet home), pasamos a comentar -brevísimente- tres pelis estivales...

1. Funny games
De nuevo, una provocación. Y esta vez, una provocación no solo narrativa, sino esencialmente metanarrativa, en tanto que se trata de un plagio de sí mismo. A fin de cuentas, otros autores llevan años plagiándose y vendiéndonos cada copia como una película diferente. Haneke no. Haneke retoma su genialidad inicial y la filma de nuevo, con unos actores estupendos (qué fabulosa es Naomi) y nos demuestra, encima, que su película sigue siendo tan morbosa, atractiva, brutal, dolorosa y salvaje como el primer día. No entraré en el debate de si es o no necesario hacer un remake de un filme propio. Me limitaré a mostrar mi emoción al volver a ver una película que ya me pareció soberbia en su momento y que, en el nuevo formato, lo sigue siendo.

2. Hancock
Pffff... Una propuesta que parecía interesante sobre el papel. Un director que podía haber dado más de sí (esperaba más al Berg de Very bad things que al Berg de... esto). Y un reparto con ciertas posibilidades (la Theron consigue que la cinta despegue en algún momento, aunque es demasiado para ella solita). Sin embargo, la película no acaba de acogerse a ningún género y, aunque en esa indefinición reside su mayor mérito, esa ausencia de identidad constituye también su mayor defecto. En especial, porque el humor no acaba de funcionar: gags manidos, facilones y reiterativos. La acción no está mal rodada, pero carece de emoción. Y la parte sensiblera... En fin, la parte sensiblera sobra como siempre en estas películas familiares de Hollywood. Al menos, eso sí, no es aburrida y hasta tiene algún apunte interesante o, cuando menos, original: un superhéroe bebiendo en pleno vuelo de salvación o ingresando en la cárcel para hacer méritos de cara a la galería. Sin embargo, la opción de caminar por el lado oscuro de la historia debió asustar a la productora y se ha preferido esta mezcla final blandita y simplona que solo sirve para pasar un par de horas de verano. Poco más. Ah, y ni siquiera nos ofrecen la habitual escena de black exploitation de Will Smith luciendo musculado cuerpazo como ya hiciera en Soy leyenda o Yo, robot, donde sus sesiones de gimnasia sin camiseta son las únicas escenas que he visto completas en ambos filmes. A ver si el verano que viene el muchacho no nos decepciona de nuevo.
3. Hulk
Pues bueno, si dicen que es mejor que la de Ang Lee, yo me lo creo. La primera me durmió plácidamente. En esta, con tanto ruido, no pude ni dormir. La Taylor demuestra por enésima vez que es una actriz pésima y Roth hace lo contrario: hasta en un papel de juguete actúa con un mínimo de dignidad. William Hurt resulta pelín patético (da pena verlo metido en esto mientras uno se acuerda de cómo bordaba clásicos modernos como aquel Fuego en el cuerpo) y Norton, que siempre me ha parecido un actor interesante, hace lo que puede con un no-guión o guión de videojuego en el que todo consiste en superar una persecución para pasar a la siguiente fase. Nada del otro mundo, pero al menos nos ahorran el discurso metafísico y, sobre todo, la película dura lo justo. Sobra el cameo final (¿?) y, junto con él, los demás cameos, que uno empieza a estar harto de ver a Stan Lee en cuanta peli marvel se estrena (qué tostón de señor, en el plano fílmico, quiero decir) y tampoco termina de ser ni siquiera gracioso el cameo de Ferrigno, a quien, por cierto, nadie del público potencial del filme (adolescentes, adolescentes y adolescentes) reconoce.

Y de momento, nada más. O estrena pronto Pixar su Wall-e o me doy al emule misántropo en las próximas semanas. Queda dicho.

P.S. Gran día hoy para el mundo Barbie tras su victoria sobre las Bratz. Personalmente, siempre he sido mucho más fan de la primera que de las horteras de sus imitadoras. Aún así, y como sé que este tema es de gran calado social, evitaré pronunciarme con mayor rotundidad para no herir sensibilidades. Imaginamos que el eunuco Ken (¿por qué nunca tuvo el sexo que todos le buscábamos bajo sus pantalones?) estará encantado con la resolución judicial. ¿Lo celebrará con algún fornido GI Joe? Apuesto a que sí...

14.7.08

Centros de bienvenida

Julio se inicia, en lo personal, intenso. Radiante. Viajero. Lleno de motivos para sentirme bien y lanzarme en breve -nunca faltan- a nuevos proyectos. Y así, en la maleta de estos primeros quince días del mes, cuelo una estupenda función de El sexo que sucede el pasado 6 de julio en DT (bravo, chicas). Y un viaje espléndido a Cádiz, donde nos hemos dejado broncear por ese sol andaluz tan vivo y tan especial. Y una escapada a Mérida, con unas intensas Troyanas en las que Mario Gas ha sabido dotar a Eurípides -nadie escarbó en la miseria moral del ser humano como él- de todo el contradictorio patetismo que requiere su dramaturgia. Y ahora, tras la playa y el teatro, una visita a Jaén, a los orígenes, a la familia y al calor de un segundo hogar que visito -me temo- menos de lo que quisiera y debería (Cronos, siempre es Cronos). Y así, arropado por tanta buena estrella, hasta retornan las ganas de escribir, de ponerme con nuevos textos. Algo de teatro. Algo de prosa. El año, en lo teatral, ha sido mejor de lo esperado, realmente muy bueno. Muchas funciones. Diversos espectáculos. Y sobre todo, muchos públicos y muy distintos entre sí. Con estas premisas es normal el entusiasmo que me atraviesa este julio. En lo personal, claro.

Y es que en lo colectivo, en lo social, en ese yo que no puede evitar leer el periódico, el optimismo se diluye ante la barbarie cotidiana. Y, sobre todo, ese yo se aburre ante el cateto paletismo de este país donde cualquiera enarbola un trapo con ínfulas de bandera para asegurarse el seguimiento folklórico y acrítico de su peculiar caterva de egoístas y desalmados. Me da igual el nacionalismo, todos me resultan igual de rancios, paletos y anacrónicos, ya se escuden tras la bandera española, tras la catalana, tras la vasca o tras la del dichoso toro de Osborne, que además de una horterez me parece un signo, cuando menos, inquietante.

Así, protegidos por esa extraña aura de prestigio que poseen los nacionalismos (¿por qué no se puede criticar lo evidentemente criticable? ¿por qué solo parece que haya un Els Joglars suelto dispuesto a dar caña a tanta estupidez?), se proclaman medidas como la inauguración oficial del Apartheid educativo en Cataluña (seguro que doña Espe, igualmente progresista, está deseando copiar el modelo en Madrid). En un hermoso homenaje al eufemismo, las autoridades catalanas han denominado centros de bienvenida a los ghettos donde destinarán a los alumnos inmigrantes, para que no estorben en el sistema y no desvirtúen a los alumnos de verdad, que son los nuestrosm (o los suyos, vaya usted a saber). El lenguaje, una vez más, es el problema. La realidad, no, claro. La realidad es fantástica y solo los que nos empeñamos en no entender el maravilloso concepto de centros de bienvenida somos quienes estropeamos ese mundo ideal donde se segrega a los inmigrantes y se echan por tierra todas las teorías educativas que inciden en la importancia del contexto para formar al individuo.

Lamentablemente, no temenos un monte Táigeto ni un buen ejército de espartanos capaz de despeñar a esos alumnos que ni siquieran merezcan centros de bienvenida. Porque, si empezamos a segregar, también podemos sacar del sistema a los alumnos con discapacidades, a los alumnos con una orientación sexual que no nos parezca conveniente y, por qué no, a alumnos que simplemente nos caigan mal o que piensen distinto o que, simple y llanamente, no nos apetezca tener en nuestro centro. Una vez aprobada una medida pro-marginación como esta, ¿quién pone los límites a las demás?

Lo más desalentador es que el ministro Corbacho -un señor con nombre de humorista: por una vez, el apellido acierta en su esencia connotativa- ha respaldado la medida y le ha parecido muy valiente (sic). Imagino que casi tan valiente como correr borracho delante de los toros en los san Fermines, otra hermosa tradición popular -no sé si nacionalista o no, pero cateta y salvaje es un rato- de esas que tenemos los que hemos nacido aquí y que los inmigrantes deberán aprender en sus centros de bienvenida si quieren dejar de serlo de una vez. O se corre delante del toro y se maltrata de paso al pobre animal o no se es de la tierra. Luego, una vez corrido (de vergüenza, en su sentido del Siglo de Oro), se pasa uno a enrollar en la bandera que más le convenga y en el nacionalismo que mejor le vista. Además, se les puede exigir que aprendan a bailar el chotis en un ladrillo, a preparar una paella valenciana o a hacer una torre de castellets. Solo cuando tengan suficiente bagaje en cada uno de nuestros ritos -y, por supuesto, hayan olvidado los suyos: aquí para qué los queremos, con lo cómodos que estamos en nuestra miniburbuja- podrán ser ciudadanos de verdad. O tal vez ni eso. Tal vez haya ciudades de bienvenida para que tampoco se mezclen con los ciudadanos reales, o sea, los que ya estamos.

No sé, siguiendo con la semántica y sus dificultades, si hay crisis económica o si solo nos la estamos imaginando -¿seremos como don Quijote, que confundimos el sueldo con la inflación?-, pero lo que sí hay es, sin duda, una crisis de sensatez, de respeto, de inteligencia. Y, sobre todo, de modernidad. A ver si algún día me levanto y este no es el país de la alpargata, los toros y la barretina. A ver si algún día este es solo un lugar -sin tanta banderita ni tanta gilipollez- en ese otro espacio llamado mundo donde nos preocupe más la integración que la segregación.

2.7.08

Las invasiones bárbaras

Soy un enamorado de Madrid. Convencido, que no dogmático. Y vehemente, que no cerrado. Me gustan todas y cada una de las ciudades que conozco, que visito, que comparto, pero siento una predilección especial por esta ciudad que emerge como eterna superviviente a lo largo de su Historia.

Y no me refiero a la supervivencia de invasiones como la francesa (no entiendo tampoco por qué conmemorar a bombo y platillo el habernos quitado de encima la única opción de europeísmo que nos quedaba en aquel momento, tras haber tenido un siglo XVIII ultracatólico, cateto y pazguato..., más o menos como lo que tenemos ahora), sino a invasiones mucho más terribles y, peor aún, cotidianas.

La primera la hemos disfrutado esta pasada semana, en la que hemos celebrado el éxito del fútbol con la elegancia que nos caracteriza. Así, gracias a la euforia nacional, hemos arrancado postes, quemado contenedores, asaltado estatuas (cuando la Cibeles se largue, a ver quién se atreve a reprochárselo), colapsado vías, agredido a las fuerzas de la seguridad y, por si fuera poco, hemos contribuido a romper los tímpanos de la ciudad con el uso y abuso del siempre dulce cláxon. Todo un ejemplo de espíritu deportivo que espero siga cundiendo y dé lugar a nuevas celebraciones multitudinarias de la misma índole. Hasta yo, que no sigo el fútbol, me alegré del resultado de la final e incluso (sí, lo confieso), vi el partido, pero supongo que me faltó salir a la calle a quemar algo. La próxima vez, por supuesto, lo haré.

Así que, tras sobrevivir al podemos de Cuatro, a la plaza de Colón teñida de rojo, al Que viva España de Manolo Escobar (¿a nadie le ha parecido peligrosamente rancio ese momento...?, ¿seguro que Cuatro no es de Losantos?), al vaciado mental que ha provocado esta ola de fútbol (¿por qué los periódicos han dejado ocultos todos los demás titulares tras las camisetas de la selección? ¿es que la crisis cesa cuando marca Torres? ¿baja el euribor cuando para Casillas?), tras sobrevivir a tanta euforia y tanto festejo, ahora Madrid se prepara para el segundo asalto: el del orgullo.

Y es que desde esta tarde un sinfín de personas muy orgullosas (bien por ellas, que tan claro lo tienen, a mí que soy un eterno inseguro, el orgullo no es la virtud que más me gusta ni en mí ni en nadie), llenarán el centro de la ciudad para exhibir ese mismo orgullo teñido del archisabido arcoiris (en qué hora se rodó esa memez sobrevalorada del mago de Oz...) y, sobre todo, para lucir el orgullo de las anfetas y los ciclos que más de uno se ha puesto este año para contribuir muscularmente al evento en cuestión. Y es que sin unos buenos ciclos y unas cuantas mandíbulas cuadriculadas (efecto secundario de los primeros) no se puede estar orgulloso de nada. Evidentemente, este orgullo conlleva la discriminación efectiva de los gays diferentes, aquellos que no pertenecen ni a secta ni a grupo alguno y que, por supuesto, no tienen cabida en esta pride-party, tan llena ella de convivencia y de purpurina. Todo un ejemplo de la supuesta reivindicación que se ejerce en esta semana de tanto calado social...

Personalmente, nada me gusta tanto como comprobar que vivimos en una sociedad de estereotipos donde quienes los padecemos no solo no luchamos contra ellos, sino que los fortalecemos, para convencer a todo el mundo que son ciertos. Así que desde hoy todos los gays vamos sin camiseta, somos musculocas o similares, nos disfrazamos de purpurina, bailamos hasta el amanecer, dejamos Chueca hecha unos zorros (todos los años se celebra la Olimpiada de meada en la calle: no es oficial, pero sí cotidiana) y abrimos los garitos gays como si de pequeños zoos se tratara para que entren curiosos que consideran que el orgullo es algo así como la versión con pluma de San Isidro.

Por supuesto, me parece fenomenal y muy enriquecedor que en un país como el nuestro, donde al fin es legal casarse y adoptar, los homosexuales sigamos haciendo el indio durante esta semana para reivindicar no se sabe qué, solidarizándonos claramente con aquellos otros gays que no pueden vivir su homosexualidad en libertad en otros países, en los que se les persigue y maltrata con ello. Evidentemente, nuestro carnaval les ayudará a demostrar en sus países que la homosexualidad no es más que una de las miles de características que se suman en cada persona y que solo determina con quién nos vamos a la cama, pero nada más. También podríamos practicar una lucha real y activa, dejando a un lado el carnaval del orgullo y dando ejemplo de tolerancia, modernidad y progreso social, pero eso, evidentemente, es mucho más coñazo y, además, hay que hacerlo con la camiseta puesta. En fin, una lata.

Afortunadamente, desde esta noche -con pregón del intelectual Hugo Silva: puestos a pregonar, mejor que el tío esté bueno, no vaya a saber hablar y diga algo inteligente-, Madrid se va a llenar de carrozas dispuestas a demostrar lo contrario y, sobre todo, de gente que aprovecha la excusa del orgullo para darse esa fiesta que no es capaz de darse a lo largo del año. ¿Por qué este gusto por la masificación? ¿Por qué el hedonismo tiene que ser comunitario y vulgarizado? ¿Por qué hay gente que solo sabe divertirse cuando lo manda el calendario? Entretanto, los que siempre hemos luchado por la igualdad y la equiparación de derechos desde otros frentes menos coloristas -la literatura, el teatro, nuestra propia conducta en el trabajo, en la familia...- nos sentimos plenamente agradecidos ante esta eclosión de himnos gays, músicas de los Village People, banderas de colorines y, sobre todo, calles llenas de minis de calimocho y cerveza que dejarán el barrio tan degradado como cada mes de julio.

Pero no importa, porque Madrid -cuando pase esta orgullosísima semana- seguirá siendo la superviviente que es y, ante nosotros, se dibujarán dos meses de verano en los que la ciudad se irá quedando cada vez más vacía, más placentera, más secreta. Dos meses en los que la única bandera que quedará será la de la libertad que siempre defiende y ha defendido la gente -acogedora, cálida, paciente- de esta (nuestra) ciudad.