31.1.08

Febrero teatral

Ya estoy con mi estrés, mi ansiedad y mi inseguridad habitual. Menos mal que hay buenas -estupendas- noticias que me devuelven la calma, como la presencia de cierto viajero en cierta función del próximo mes... Así de (erótica y artísticamente) protegido, es mucho más fácil arriesgar... Y el riesgo, esta vez, consiste en una buena tanda de funciones. Aquí van las propias y hasta alguna ajena:

- Martes 5 de febrero: Tres formas de lenguaje, escrito por un servidor y dirigido -con talento y sensibilidad- por Aitana Galán, dentro del espectáculo Adiós al verano. Paraninfo de la Facultad de Filología de la Complutense. Entrada libre. 20 h.

- Lunes 18 de febrero: Melibea, protagonizada por una inmensa Silvia López-Ortega, que llena de pasión y vida el personaje y el escenario. Centro Cultural Moncloa (Pza. de la Moncloa nº1). Entrada libre. 20 h.

- Lunes 25 de febrero: Melibea. Centro Cultural Moncloa (Pza. de la Moncloa nº1). Entrada libre. 20 h.

- Lunes 3 de marzo: Zapping mileurista, comedia alocada y crítica protagonizada por las siempre estupendas Paloma Aparicio, Eva Gómez Sedano y Silvia López-Ortega, capaces de dotar de mordacidad y agudeza a cada uno de los gags -y, sobre todo, de los dificilísimos monólogos- de esta obra, donde la carcajada no es más que el resultado de mirar con ánimo entre esperpéntico y caricaturesco la realidad que nos circunda. Centro Cultural Moncloa (Pza de la Moncloa nº1). Entrada libre. 20 h.

- Sábado 17 de mayo. Melibea. Teatro Buero Vallejo de Alcorcón. Entradas ya a la venta y disponibles también en Servicaixa. Aquí, por cierto, también os invitamos a venir, sobre todo porque hay que llenar aforo y el teatro Buero Vallejo es un gigante... En serio, la función lo merece ;-)

Y tras este gigantesco momento de autopromoción y publicidad nada subliminal, hago mutis por el foro. O por los vinitos de la Latina que es lo que, gracias a mi gata Mercedes, me espera hoy. Besos prebáquicos.

29.1.08

Se acabó el Tomate

Lo admito: voy con retraso. Acabo de descubrir la noticia mientras hacía una pausa en mi trabajo editorial. En principio, es una gran noticia. Al fin se termina uno de los programas abanderados de la telebasura, cuya posición era absolutamente indefendible desde hacía ya mucho tiempo.
Sin embargo, la noticia tampoco puede sacarse de contexto ni contemplarse (al menos, así lo creo) como un juicio ético de la antaño cadena amiga (exacto, Telecinco). La retirada de semejante formato tiene más que ver con la paulatina pérdida de audiencia que, en el último año, parecía seguir consolidándose.

Me gustaría pensar que es un gesto de higiene mediática. Sin embargo, si lo fuera, debería ir acompañado de la supresión de otros espacios como el infame y sanguinolento Está pasando, el tedioso El ventilador, el moralista y desfasado Hormigas blancas o el simplemente hórrido espacio que de madrugada presenta Yolanda Flores y cuyo nombre ni siquiera soy capaz de recordar... Ahora la pregunta es con qué nuevo espacio nos castigará Jorge Javier Vázquez y qué contenidos emplearán en Tele5 para suplir los vídeos del Tomate que repetían hasta la extenuación. También los creadores de Sé lo que hicisteis deberán renovar el arco de sus críticas que, por cierto, están algo estancadas en esta nueva temporada, con repeticiones algo cansinas de fragmentos del Tomate y Dónde estás corazón (tanto que a veces no sé si es una síntesis o una crítica) y gags innecesariamente alargados entre los personajes representados por Ángel Martín y Patricia Conde. También en el caso de la Sexta se nota cierto agotamiento del formato (la reposición eterna del espacio no ayuda nada) y se echa en falta algo más de originalidad, además de que ciertos colaboradores -como el siempre insoportable Dani y su sección de noticias- podían volver al silencio del que salieron para seguir cultivándolo en la oscuridad...

De momento, nos quedaremos con la buena noticia de que el Tomate ha perdido audiencia y que, gracias a eso, al fin desaparece, aunque no sea más que la punta de un iceberg demasiado monstruoso y que, evidentemente, aún sigue en pie. Flotando, firme aunque a la deriva, en la basura.

28.1.08

(Dos) historias de violencia

París.. (Intercálese aquí un suspiro). Cada vez me (nos) cuesta más abandonar esa ciudad. Esta vez, además, sus tiendas de soldes (permítaseme el galicismo) fueron una tentación irrenunciable y, lógicamente, algo de ropa -endiablos Diesel y G-Star, ¿por qué siempre aciertan?- sí que cayó en la maleta. Y ya de regreso, para reestablecer el equilibrio de lo solemne y lo frívolo, dos críticas (mejor dicho, opiniones) culturales -una de los Coen y otra de la Reza-, muy distintas en forma, argumento y ejecución, pero con un nexo común: la violencia.

1. No country for old menNo soy ni un gran fan ni un gran detractor de los hermanos Coen. Me interesó su Sangre fácil, me gustó su Muerte entre las flores, me reí con algunos hallazgos -marca Acme- de la enloquecida Arizona Baby y hasta me parecieron francamente buenas sus puestas al día del cine negro en la terriblemente cómica Fargo y en la desoladora El hombre que nunca estuvo allí (en mi humilde criterio, su mejor película hasta la fecha). Por el contrario, me aburrió e irritó el vacío zafio y pandillero de El gran Lebowski, me durmieron con El gran salto y me olvidé pronto de su O Brother (incluso a pesar de George Clooney).

Hecha esta salvedad, confieso que su último film no me ha parecido, ni mucho menos, la gran película que se pretende. Su estructura, nada original, se limita a plasmar -con acierto, eso sí- el espíritu de la novela que le sirve de base (y, que, por otra parte, pertenece a ese grupo de novelas americanas cuyo valor contextual aprecio, si bien como lector no me interesan en exceso ni por sus temas ni por sus formas). La realización es desigual y la película no mantiene ni el ritmo ni la tensión a lo largo de todo su metraje, tensión que decrece hasta el último y lánguido tercio final, donde todo resulta innecesariamente confuso y profundamente decepcionante.

En cuanto al tema, su prólogo y su epílogo -sendos monólogos de una pedantería insulsa- resultan cacofónicos y reiterativos, además de incidir en ese afán de muchos supuestos grandes directores por explicar las películas al público, como si no fuésemos capaces de asociar el título y argumento sin ayudas tan (pre)escolares. Además, el análisis de la violencia en esta película -si es lo que hay- es simplón y maniqueo, con personajes que parecen inspirados en los escondrijos morales de Twin Peaks pero a los que le falta el talento y la provocación de Lynch (él, se le reconozca o no, sí que es un genio).

Interpretaciones notables, aunque Tommy Lee Jones se limite a parecer cansado y abatido (es el personaje más Fargo y menos original de la función), Bardem a parecer -¿parecer?- bruto (una mezcla entre su secundario de Días perdidos y su inefable interpretación en Perdita Durango) y Josh Brolin a hacer de ¿qué? El conflicto moral de este último, supuestamente, sustenta la tesis y el último tramo del filme. Sin embargo, Josh Brolin -sobrevalorado cual Shia LaBeouf, a mi parecer- solo transmite angustia y desazón porque le persiguen, además de obsequiarnos con un bigote de lo más sudado -y poblado- que, como ya vimos en American Gangster, parece ser su marca de fábrica. Alguien debería explicarme por qué, de repente, actores tan normalitos y simples -por no decir mediocres- se ponen de moda de repente.

Problemas de verosimilitud aparte (¿realmente se justifica el regreso del personaje de Brolin al lugar de los hechos con la garrafa de agua?), la película no es más que un notable ejercicio visual -buena fotografía, buenos encuadres, buen celofán para envolver un contenido obvio y predecible- donde se nos regalan escenas de violencia cruenta y gratuita que vuelven a demostrar lo que ya sabemos: mejor rodar un cuerpo degollado que un desnudo. Lo segundo, lo censurarán; lo primero, incluso puede que lo oscaricen.

Ah, y también sale -aunque nadie sepa muy bien para qué- Woody Harrelson, en uno de esos personajes típicamente Coen que no aportan nada y que se suma a su lista de secundarios desaprovechados (de los que en esta película hay unos cuantos). Y como cierre, una pregunta: ¿por qué los actores españoles ponen unas voces tan impostadas y falsas cuando actúan en un filme norteamericano?

2. Le dieu du carnage
De acuerdo, no es Arte. Seguramente Yasmina Reza jamás escriba nada tan inteligente ni tan bien calculado como ese texto (ojalá me equivoque). Sin embargo, y tras dos obras bastante más mediocres, aquí vuelve a tomar un hecho sencillo, cercano, cotidiano y real como punto de partida para un análisis de nuestra propia esencia.

Su tema, el conflicto entre civilización y barbarie, un asunto tratado hasta la extenuación por algunas de las mejores novelas hispanoamericanas del siglo XIX -como la clásica Doña Bárbara-, rescatado por la narrativa europea ya en el XX gracias a la eclosión del existencialismo sartreano y al desarraigo de los primeros años de la posguerra española, y que aquí se retoma desde un planteamiento absolutamente europeísta, del siglo XXI y, podríamos decir, muy francés.

Estrenada en Zurich -el teatro en alemán sigue un paso por delante-, la obra se presenta llena de juegos de palabras, gags memorables, interpretaciones contenidas y moderadas (solo en el primer tercio), emociones gélidas, lenguaje política(supuesta)mente correcto y estallidos in crescendo para lucimiento de un cuarteto de actores en el que, cómo no, sobresalen ellas. Y, de nuevo, la Huppert -diva entre las divas-, que aunque a veces sobreactúe, se come el escenario y al público, haciendo una composición de su personaje meticulosa, creíble en su hipérbole, divertida en su tragedia cotidiana.

La trama, sencilla: los padres de Bruno se reúnen con los padre de Fernando, ya que este ha agredido a su hijo en el parque. Y a partir de aquí, su intento civilizado de conciliación da lugar a una vorágine de violencia entre las dos familias y, más aún, entre las parejas y hasta entre los diferentes sexos, hasta que caen las máscaras culturales y se plantea una lucha -dialéctica, vodevilesca- entre la cultura y el instinto.

No es Arte, desde luego. Pero sí es un texto interesante y que, con ironía e inteligencia, se acerca a nuestra ideología de celofán, a nuestro discurso de lo políticamente correcto, y -como afirma la misma Reza- a esa Jane Fonda que -nos guste o no- cohabita con John Wayne en nuestro interior.

24.1.08

Le dieu du carnage

¿Qué mejor lugar para (casi) poner punto y final a este estresante mes de enero que París? Sobre todo si la excusa para volar mañana es un estreno de Yasmina Reza, la autora de esa genial obra llamada Arte que ahora estrena un nuevo e inteligente texto, Le dieu du carnage. Aunque no todo en él me parece redondo, su escritura es, cuando menos, interesante y tanto el tema como los personajes y su evolución dramática son más que destacables. Solo resta esperar que la Huppert haga, de nuevo, un maravilloso trabajo y que la dirección de la propia autora esté a la altura de su texto. La obra, por cierto, apuesta por el minimalismo -como mi grupo, Armando no me llama, con quienes ultimo ahora nuestros ensayos para las funciones de febrero- y eso, desde el punto de vista escenográfico, me encanta. Le dieu du carnage se estrena este mismo viernes y nosotros asistiremos, expectantes, a la función del sábado. Luego, la noche parisina se encargará de acogernos como corresponde. Una noche que se anuncia rotunda, redonda y plateada, cual anillo de Bulgari...

Disfruten mucho de su fin de semana. Nos lo hemos ganado.

23.1.08

A love that will never grow old

Hoy podría haber sido un buen día para hablar de las nominaciones a los Oscar. Del previsible triunfo de Bardem, de las ausencias (notables) en la quiniela final, hasta de la huelga de guionistas y sus repercusiones en esta gala de la que, pese a todo, los que amamos el cine difícilmente sabemos prescindir. Sin embargo, la realidad se impone con dureza (excesiva, inútil, injustificada) con una de esas noticias que crean nuevos iconos malditos -como lo fuera hace una década el también malogrado River Phoenix- con la muerte de uno de los actores más destacados de la nueva generación: Heath Ledger .

Veintiocho años, una carrera prometedora y, sobre todo, un personaje que nos marcó a todos los que vimos esta película con la misma pasión con la que la rodó su director. Y es que, en mi memoria personal, Heath Ledger siempre será el vaquero rubio de Brobeback Mountain, protagonista de algunas de las escenas más intensas que recuerdo. Ahora que se aproxima el estreno de su tenebroso Joker -me entristece el previsible morbo que despertará ese nuevo Batman por parte de la prensa más canalla-, resultará difícil volver a ver la película de Ang Lee sin sentir que una nueva connotación -tan triste y amarga como el desenlace del filme- se une a su visionado.

Por eso hoy este bloguero no habla de las nominaciones, ni del omnipresente Bardem, ni de las (notables) ausencias en la quiniela final, ni siquiera de la interminable huelga de guionistas. Y no lo hace porque esta noticia le ha resultado inusitadamente triste, temprana e injusta. Quizá, en un ejercicio de introspección que no sé si quiero o debo hacer, es que este bloguero ha vivido demasiadas muertes tan tristes, tempranas e injustas en demasiado poco tiempo.

Esta noche, lo sé, acabaré escuchando el cd con la banda sonora de Brobeback Mountain (el título del post, para quien no lo haya reconocido, es su track 4). Es lo malo -y lo realmente grandioso- del cine, que sus intérpretes -y sus historias- acaban siendo parte de nuestras vidas.

19.1.08

Hueco(s)

Expiación no es una película que admita un juicio rápido ni, mucho menos, dogmático. Resulta interesante acercarse a ella para, al menos, formarse una opinión, aunque se salde -como ha sido mi caso- de forma negativa.

Acudí sin grandes expectativas, en parte porque no he leído la novela que le sirve de base y en parte porque no me había informado sobre el tema ni el argumento del filme. Últimamente, prefiero documentarme después, para no limitar tanto mi punto de vista ante lo que voy a ver.
Y lo que vi me pareció un ejercicio de estilo que imita de modo un tanto escolar -y pretendidamente brillante- la narración literaria para contar una historia de escaso calado que, sin embargo, se pretende épica. No creo que la épica pueda impostarse ni, mucho menos, forzarse, sino que debe nacer de una estrecha complicidad -casi catártica- entre el relato y el receptor. El Cid, Ulises o Sigfrido no son héroes épicos porque los narradores nos obliguen a creer que lo son, sino porque el texto hace que, al acabar su lectura, creamos que lo fueron. Más aún si la épica es de naturaleza amorosa, en ese caso se puede caer en estupideces como la insufrible El paciente inglés -con esa escena antológica en la que la Binoche, disfrazada de pastorcita cursi, descubre los horribles frescos de Kiko Argüello en una especie de Almudena improvisada- o en cintas descafeinadas y videocliperas como Titanic -con ese inolvidable primer plano de los pies agrieteados de la anciana a la que, encima, nominaron a un Oscar.

En el caso de Expiación se nos plantea una historia de amor que ha de ser trágica por motivos demasiado trillados -diferencia de clase social, muy a lo Gosford Park- y por motivos demasiado caprichosos -el destino, que es igualmente obvio desde la primera escena. Ni los actores dan lo mejor de sí -ella, por cierto, me resulta cada vez más sosa y aburrida, además de planísima- ni el guión ahonda en sentimiento alguno. Se opta por el silencio y la elipsis, pero en esta ocasión creo que el silencio no alberga grandes pasiones soterradas, sino impotencia para contar con mayor rotundidad una historia que, personalmente, no consiguió conmoverme en todo su metraje. La idea que le sirve de base se plantea como brillante y se nos insiste en lo insólito que resulta ese amor que se sostiene a través del tiempo gracias a una única escena erótica. La acrobacia es tan visible y tan artificial que me obliga a visionar el largometraje como un entomólogo, no como un espectador capaz de integrarse en la trama o de interesarse por la suerte de los personajes. Poco o nada me importan sus desventuras y andanzas, por no hablar del tramo bélico y de su más que desbaratada puesta en escena, donde el autor no sabe si optar por el surrealismo, el esperpento o el hiperrealismo. Finalmente, todo se mezcla en un caos visual que, de nuevo, volvió a dejarme frío.

El epílogo, con una siempre correcta Redgrave, pretende sorprendernos y, una vez más, solo sirvió para corroborar que nada de lo que pasa en esa cinta tenía capacidad para esquivar mis monótonas deducciones. Ni siquiera me sacó de la rutina de la cinta ese truco -innecesario- final que, a su modo, intenta reflexionar sobre la ficción y sus conexiones con la autobiografía y que, honestamente, me parece un pensamiento simplón disfrazado de cita profunda.

Frente a Deseo, peligro -con la que guarda alguna, aunque lejana, conexión formal e incluso temática- prefiero, evidentemente, los silencios de Ang Lee y su tortuosa historia de amor. A todos aquellos los que Deseo, peligro les resultó larga y artificiosa, probablemente Expiación les interese bastante más. Y es que, en cualquier caso, es un filme meritorio y que, por lo menos, se salva de la zafiedad que reina en la cartelera, dominada por terror indigno hasta de la serie B -tonterías como El Orfanato, paranoias menores como 1408, gore de andar por casa como Rec- y otros títulos de igual o similar entidad. No le daría ese globo de oro al mejor drama que tan grande le queda a Expiación, pero tampoco sería justo dejar de reconocerle el mérito de, al menos, intentar contar una historia de forma personal. Y eso, en los (mediocres) tiempos que corren, ya es bastante...

P.S. Para el próximo post dejamos dos temas de alto interés social... El estilismo de Fama (la gala de este último viernes fue antológica en lo que al vestuario se refiere) y la reciente adquisición de cierto coche de marca trilítera -empieza por B...- por parte de una pareja de lo más in y fashion del panorama cinephilo madrileño... ¿quiénes serán? :-P

13.1.08

Repaso mediático semanal

Grandes eventos los que se me avecinan esta semana: desembarco de nuestro esperado televisor panorámico y fashion (técnica y estética siempre juntas), estreno con mi recién contratado entrenador personal (veremos qué resultados proporciona este nuevo paso en mi nueva identidad deportiva) y, sobre todo, primeras pesquisas para un cada vez más próximo cambio de residencia en la que se mezcla la nostalgia por el lugar que ya ocupamos con las ganas de diseñar el que está -a su modo- llegando ya. A esto, por supuesto, hay que sumarle otros eventos de igual o incluso más calado como el regreso de Los Orozco -que, aunque tarde, ha empezado a interesarme, apúntese entre los argumentos el guapo hijo de la Velasco, el guapo amigo del guapo hijo de la Velasco y hasta la sobreactuación de la Velasco, que tiene su punto divertido cuando repite eso de "Tú eres un Orozco"- y. claro está, el inicio del nuevo cutre-concurso de Cuatro, Fama, al que le dedicamos unas merecidas líneas más abajo, justo en nuestro repaso audiovisual de la semana. Empezamos.

1. Una de mafiosos... American GangsterRidley Scott me provoca, ante todo, curiosidad e inquietud. Curiosidad porque siempre espero ver en sus películas algo que me haga creer que él fue, realmente, quien dirigió Blade Runner y Thelma & Louise. Inquietud porque temo encontrarme con el hombre que dirigió bodrios como El reino de los cielos, una de las películas más sonrojantes que jamás se han rodado sobre la Edad Media.

En esta ocasión, y sin lograr la genialidad de otros títulos del subgénero de mafiosos al que pertenece el filme, sí que consigue -al menos, a mí me lo pareció- una película digna, bien contada, interesante y, sobre todo, inteligente. Algunos subrayados innecesarios -el montaje no perdona ni un solo jeringazo entre los yonquis de Harlem, por ejemplo-, demasiados micrófonos en los encuadres -¿nadie los vio en la sala de montaje?, ¡si hasta yo, que soy un despiste andante, me di cuenta de que estropeaban muchos planos generales!- y algún que otro instante algo sobreactuado que, sin embargo, no logra estropear una narración con ritmo -lento arranque, pero notable crescendo tras su primera media hora- y, sobre todo, con dos actores que, a su modo, llenan sus respectivos personajes.

No me entusiasma Crowe y me excita desde hace años, el antes morboso Denzel (desde que se volvió papá responsable ha perdido mucho). Sin embargo, ambos están francamente bien en sus papeles -especialmente un Crowe que se ganó mi simpatía sin que pudiera evitarlo- y responden a los clichés que deben desempeñar. Alguna que otra escena digna de mención, un continuo -y algo cansino- contraste entre ambas identidades y, en definitiva, una suma de tópicos -¿qué película de gangster no los alberga?- que gracias a la pericia del director no aburre en ningún momento. Seguramente porque el guión se centra más en la corrupción policial y en el tema de la heroína que en los eventos propiamente gangsteriles, resueltos con una sobriedad que funciona bien dentro del conjunto. A su modo, este American Gangster tiene más de French Connection -citada explícitamente en este filme cinéfil y cinéfago- que de El Padrino. Un retrato algo simplista pero, personalmente, me ha convencido más que la pretenciosa y excesiva Promesas del Este. Las comparaciones sobran, claro, pero a mí me gusta mucho hacerlas.

2. Una de ideologías... Mi hermano es hijo único
Interesante. Cuidada. Digna. Pero... ¿redonda? El final, atropellado y abrupto no parece más que un punto y seguido en una narración que se presenta como deudora oficial de su precedente. Y aquí el director, frente al deje televisivo de La mejor juventud, intenta obviar ese mismo rasgo catódico con una voluntad de estilo que no acaba de cuajar a lo largo de este largometraje un tanto simple en su planteamiento -película de tesis a lo Ken Loach y su viento agitando la cebada...- como en su resolución.

En cuanto a su estructura, amén de la dualidad fascismo-comunismo reflejada en los dos hermanos protagonistas- llaman la atención sus forzadas elipsis, que parecen querer aportar complejidad interna a una historia sencilla que precisaría un ritmo propio, en vez de una sucesión sincopada de momentos más o menos curiosos.

Los actores defienden bien sus papeles, aunque se desperdicien sus posibilidades -tanto los hermanos como la chica daban mucho más- y, sobre todo, no se aprovechen todas las opciones del trío que sustenta la narración. Blanca en su concepto y en su ejecución, la película cae en lo naive en más de una ocasión. Una ingenuidad que me recuerda en exceso a nuestro Cuéntame y sucedáneos. Si se puede ver en dvd y en casita, mucho mejor. La gran pantalla no aporta gran cosa en este filme, una suerte de This is England italiano.

3. Una de pluma... Fama
Y aquí vamos, ahora sí, con el programa revelación de este invierno. Y es que Cuatro, en su afán por hacer televisión de calidad, no deja de sorprendernos con experimentos que calidad, lo que se dice calidad, no tienen ninguna, pero que, a cambio, nos permiten unas horas de jolgorio y cachondeo más que saludables.

Así que, agotado el formato de las Supermodeloshasta la próxima edición (por favor, que alguien le diga a la ganadora que deje de hacerse moño y se tape un poco más las orejas cuando haga un anuncio o una campaña publicitaria), han decidido montar una escuela de danza en la que, aunque parezca mentira, los concursantes lloran aún más que las modelos adolescentes. Tal vez lloren porque no son capaces de reconocer a su presentadora, una Paula Vázquez que ha conseguido, por fin, que la cirugía borre cualquier rasgo que nos permite saber con certeza que es ella. Es más, si se presentase como Petra Domínguez, también nos lo creeríamos. Y una sugerencia más, que la vista alguien que no sea daltónico o que, por lo menos, sepa que la moda de los ochenta murió, como tal, en los ochenta...

Los concursantes de este educativo espacio, salvo excepciones, no tienen desperdicio. Entre ellos, el nivel de pluma es brutal y suponemos que el lobby gay estará de lo más contento ante el nuevo reality semi-especializado de la cadena políticamente más correcta. Algún gay hay también que, afortunadamente, no cumple con el estereotipo y demuestra que se puede ser bailarín, homosexual y hasta masculino (sí, gays normales y corrientes, de esos que parece que formamos parte de una especie en vías de extinción), frente a criaturas como un tal Javier que esperamos sea expulsado mañana mismo por cursi, por ñoño, por engolado, por horterilla y por sus pésimos peinados, capaces de horrorizar a cualquiera con un mínimo sentido del gusto. Ah, y por último, incluso se les ha colado algún concursante masculino hetero, como un chiquito gaditano llamado Miguel que es, hasta la fecha, uno de los pocos sensatos -además de guapos- del concurso. Al pobre Miguel le han endosado una pareja de baile que se niega a que la toque "por si la ve su novio". Evidentemente, la chica debía pensar que estaba haciendo un casting para presentarse como estatua viviente en Identity, porque si no, no entendemos semejante melindre y/o estupidez.

Estéticamente, el concurso nos ofrece todo el repertorio posible de piercings, tatuajes y otros adornos corporales de mayor o menor tribalidad que se puede encontrar hoy en día. La ropa es una mezcla de los shows de Eva Nasarre en los 80 y el Krueger de Elm Street. Y el maquillaje y la peluquería me hacen echar de menos a los estilistas de OT que, al menos, afeaban con originalidad.

De momento, y mientras el nivel se mantenga como está (es decir, por los suelos), seguiremos viendo los progresos de este maravilloso programa e informando puntualmente del mismo. Menos mal que Cuatro sí que nos ofrece televisión inteligente. Menos mal...

P.S.1. ¿¿¿Dónde hay que firmar para que se destruya para siempre -sin dejar NI RASTRO- la letra de ese supuesto "himno" (ejem) de España que Plácido Domingo amenaza con grabar??? ¿¿¿Qué hay que hacer para que no quede ni rastro de esa gilipollez de letra??? ¿¿¿¡¡¡¡A nadie más le da vergüenza ajena???!!!!

P.S.2. ¿Cómo es posible poner en escena un engendro como Las bizarrías de Belisa del teatro Pavón? ¿Por qué hay que simplificar a los clásicos y puerilizarlos, como si el público fuese idiota? ¿Hay que convertirlo todo en teatro para niños por miedo a que no se entienda el texto o es que los directores de ciertas compañías son quienes realmente no saben ni entender ni desentrañar ni montar los textos clásicos que trivializan? ¿Se puede conseguir una puesta en escena más torpe, menos ágil, menos interesante, más anodina? ¿Es necesario que dos soldados finjan un deseo gay en escena para que el montaje resulte actual? ¿Hay que plantear un infantil juego con las acotaciones para provocar un humor que nacería del texto si el texto se pusiese en escena con un mínimo de ingenio? ¿Se debe emplear la música de forma machacona durante toooooda la función para subrayar y marcar como si de un spot de hora y media se tratase? ¿Alguien le ha dicho a Caprile que olvide el vestuario teatral por una temporada después de observar sus creaciones para este montaje? ¿Eduardo Vasco tiene algún talento oculto como director que justifique su destrozo sistemático de textos clásicos? ¿Por qué teatralmente, culturalmente, literariamente estamos en un momento tan mediocre y ramplón? De momento, prefiero reírme con los engreídos profesores de Fama o las sobreactuaciones de la Velasco, es mejor esa trivialidad autoconsciente que la mediocridad no asumida que, para colmo, se nos quiere vender como cultura. La cultura -y el teatro- no tiene nada que ver con eso...

5.1.08

Feliz (y parisino) 2008

Ya de regreso. De nuevo en Madrid tras unos días parisinos de los que me traigo tantos recuerdos como fotos (no, en realidad, son muchos más los primeros que las segundas). Días y noches sofisticados, culturales, sexuales y profundamente personales que han sido, sin duda, el primer -y mejor regalo- de sus majestades de Oriente en este 2008. Y como el nuevo año me ha cogido perezoso -le he pedido a Baltasar algo de tiempo libre y creo, según me han contado, que va a concedérmelo-, me limitaré a un sucinto resumen de este reciente París mediante fotos. Imágenes de algunos de los lugares visitados -antitéticos, concéntricos, elegantemente erráticos- en uno de esos cocktails imposibles que tanto me gusta practicar... A finales de enero, por cierto, me escapo de nuevo para allá. Mi chico ha decidido que es necesario asistir al próximo estreno de Yasmina Reza (Le dieu du carnage) que, por cierto, protagoniza nuestra admirada Isabelle Huppert. Evidentemente, ante planes como este no cabe más respuesta que un sí entusiasmado y ansioso... De momento, estas son algunas imágenes de los últimos días (en espera, una vez más, de los siguientes).

1. Exposiciones (I). CourbetFue la primera que vimos en esta semana tan atípicamente navideña. Todo un descubrimiento para ambos. La calidad de sus retratos -como su visión casi expresionista, con la que se ilustraba el catálogo y la entrada a la muestra- y, sobre todo, el morbo de sus pinturas más eróticas. Su juego con el desnudo sin necesidad de coartada mitológica o bíblica. Su gusto por el cuerpo. Por la belleza. Su moral libre y absolutamente provocadora. Consciente de ser -aún hoy- un moderno. Imagino que los 160000 pazguatos que se manifestaron en Madrid el pasado fin de semana también se manifestarían hoy contra este artista. Porque su obra, pura sensualidad, puro arte, pura naturaleza -humana y salvaje- también debe atentar -supongo- contra su ñoño concepto de familia. Contra su paupérrima mentalidad. Contra su vacío intelectual y humanista. Contra su ranciedad. Dedicadas a ellos -deseando que alguna vez abran sus mentes y hasta sus piernas para dejar de ser tan estrechos y aburridos-, aquí van algunas de las obras de Courbet expuestas en esta más que recomendable muestra.
2. Exposiciones (II). FragonardOtro hallazgo. Como casi todos los grandes autores del XVIII -especialmente en el XVIII francés, porque el XVIII español fue un coñazo en términos generales: ahí radica, entre otras carencias, nuestra ausencia de un Estado auténticamente laico-, también Fragonard presenta una doble o triple faz. En él se alterna el gusto por la ciencia -con sus geniales y casi delirantes retratos de Franklin, por ejemplo- con la pasión rococó por el fetiche y el libertinaje. Magnífico ilustrador de autores tan diversos como LaFontaine, Cervantes o Ariosto, también jugueteó con el erotismo y construyó -con talento y siluetas morbosas- sus propias Amistades peligrosas. Y es que, a fin de cuentas, el XVIII no fue más que el preámbulo de ese 1789 sin el que nuestra cultura no sería como es. O como podría -si los pobres de mente nos dejan- llegar a ser...
3. Los espectáculosInvitados por el hotel a ver la Carmen de Sara Baras -que se alojaba unas habitaciones más allá de la nuestra-, pudimos disfrutar de su éxito parisino. El espectáculo, tal vez no fuera tan genial como los anteriores (su Mariana Pineda, gracias al talento de Lluis Pasqual marcó un hito en su carrera) pero, sin duda, era francamente digno. Además, tras sufrir ayer el horror pueril y lamentable de Las bizarrías de Belisa con que nos obsequia ahora el Teatro Pavón (a este engendro supuestamente teatral le dedicaré más adelante un post de puro desahogo), espectáculos como el de la Baras se crecen en el recuerdo, ya que -al menos- son dignos y profesionales, no visiones infantiles y catetas de clásicos que estarían mejor a salvo de ciertos directores...

Y, siguiendo con la música, en estos días asistimos a una de esas funciones difíciles de olvidar: el montaje original de West Side Story que, como celebración de sus 50 años, ha emprendido una gira europea. Sumar Broadway a los Elíseos fue una mezcla impagable, quizá porque me enloquece esa partitura, quizá porque siempre me gustaron esas coreografías, quizá porque soy un fan acérrimo de la película (aunque nunca entendí qué hacía allí Natalie Wood), o quizá porque West Side Story trasciende el género del musical y se acerca, en su genialidad, al género de la ópera. La función, por supuesto, no defraudó.

4. Los escaparates
No todo iba a ser cultura. Además de cenas en restaurantes más que recomendables -vinos deliciosos y menús que hubieran hecho las delicias de la ratita chef de Ratatouille e incluso del cruel Anton Ego-, también hubo tiempo para las compras y la frivolidad. A destacar la decoración -en árboles malvas- del pequeño pasaje donde se agolpan Dior, Chanel y compañía..., muy cerca de la Madelaine, y el escaparate de rebajas -ilustrado cual cómic- de la célebre Colette, una de esas tiendas parisinas a las que se debe ir aunque solo sea por el placer de comprobar cuántas tonterías inservibles se pueden llegar a comprar a precios tan módicos como 1000, 3000 o hasta 6000€.
5. Los paseosLa decoración navideña parisina era, en su conjunto, bastante más elaborada que la madrileña. Y la ciudad, así engalanada, no deslucía de su habitual belleza. El propósito general parecía ser ornamentar sin que los adornos restasen protagonismo a un París que, por sí solo, ya es uno de los lugares más bellos que puedan visitarse. Así que las luces navideñas se situaban estratégicamente para conferir un aire especial, pero sin alterar la esencia del París cotidiano. Bajo esas luces recorrimos los puentes del Sena, los Elíseos -nuestro hotel estaba a tan solo unos pasos-, el pintoresco -aunque demasiado turístico ya- barrio de Montmartre, la avenida Montaigne con sus tiendas de lujo y sus excéntricos paseantes, y cuanta avenida, bulevar o arista del río nos apeteció transitar. De nuevo, pensé en el ratoncito Remi correteando por París. Así me siento yo desde hace ya unos años. Tan alocado, tan parisino... y tan feliz como el pequeño Remi.