28.1.08

(Dos) historias de violencia

París.. (Intercálese aquí un suspiro). Cada vez me (nos) cuesta más abandonar esa ciudad. Esta vez, además, sus tiendas de soldes (permítaseme el galicismo) fueron una tentación irrenunciable y, lógicamente, algo de ropa -endiablos Diesel y G-Star, ¿por qué siempre aciertan?- sí que cayó en la maleta. Y ya de regreso, para reestablecer el equilibrio de lo solemne y lo frívolo, dos críticas (mejor dicho, opiniones) culturales -una de los Coen y otra de la Reza-, muy distintas en forma, argumento y ejecución, pero con un nexo común: la violencia.

1. No country for old menNo soy ni un gran fan ni un gran detractor de los hermanos Coen. Me interesó su Sangre fácil, me gustó su Muerte entre las flores, me reí con algunos hallazgos -marca Acme- de la enloquecida Arizona Baby y hasta me parecieron francamente buenas sus puestas al día del cine negro en la terriblemente cómica Fargo y en la desoladora El hombre que nunca estuvo allí (en mi humilde criterio, su mejor película hasta la fecha). Por el contrario, me aburrió e irritó el vacío zafio y pandillero de El gran Lebowski, me durmieron con El gran salto y me olvidé pronto de su O Brother (incluso a pesar de George Clooney).

Hecha esta salvedad, confieso que su último film no me ha parecido, ni mucho menos, la gran película que se pretende. Su estructura, nada original, se limita a plasmar -con acierto, eso sí- el espíritu de la novela que le sirve de base (y, que, por otra parte, pertenece a ese grupo de novelas americanas cuyo valor contextual aprecio, si bien como lector no me interesan en exceso ni por sus temas ni por sus formas). La realización es desigual y la película no mantiene ni el ritmo ni la tensión a lo largo de todo su metraje, tensión que decrece hasta el último y lánguido tercio final, donde todo resulta innecesariamente confuso y profundamente decepcionante.

En cuanto al tema, su prólogo y su epílogo -sendos monólogos de una pedantería insulsa- resultan cacofónicos y reiterativos, además de incidir en ese afán de muchos supuestos grandes directores por explicar las películas al público, como si no fuésemos capaces de asociar el título y argumento sin ayudas tan (pre)escolares. Además, el análisis de la violencia en esta película -si es lo que hay- es simplón y maniqueo, con personajes que parecen inspirados en los escondrijos morales de Twin Peaks pero a los que le falta el talento y la provocación de Lynch (él, se le reconozca o no, sí que es un genio).

Interpretaciones notables, aunque Tommy Lee Jones se limite a parecer cansado y abatido (es el personaje más Fargo y menos original de la función), Bardem a parecer -¿parecer?- bruto (una mezcla entre su secundario de Días perdidos y su inefable interpretación en Perdita Durango) y Josh Brolin a hacer de ¿qué? El conflicto moral de este último, supuestamente, sustenta la tesis y el último tramo del filme. Sin embargo, Josh Brolin -sobrevalorado cual Shia LaBeouf, a mi parecer- solo transmite angustia y desazón porque le persiguen, además de obsequiarnos con un bigote de lo más sudado -y poblado- que, como ya vimos en American Gangster, parece ser su marca de fábrica. Alguien debería explicarme por qué, de repente, actores tan normalitos y simples -por no decir mediocres- se ponen de moda de repente.

Problemas de verosimilitud aparte (¿realmente se justifica el regreso del personaje de Brolin al lugar de los hechos con la garrafa de agua?), la película no es más que un notable ejercicio visual -buena fotografía, buenos encuadres, buen celofán para envolver un contenido obvio y predecible- donde se nos regalan escenas de violencia cruenta y gratuita que vuelven a demostrar lo que ya sabemos: mejor rodar un cuerpo degollado que un desnudo. Lo segundo, lo censurarán; lo primero, incluso puede que lo oscaricen.

Ah, y también sale -aunque nadie sepa muy bien para qué- Woody Harrelson, en uno de esos personajes típicamente Coen que no aportan nada y que se suma a su lista de secundarios desaprovechados (de los que en esta película hay unos cuantos). Y como cierre, una pregunta: ¿por qué los actores españoles ponen unas voces tan impostadas y falsas cuando actúan en un filme norteamericano?

2. Le dieu du carnage
De acuerdo, no es Arte. Seguramente Yasmina Reza jamás escriba nada tan inteligente ni tan bien calculado como ese texto (ojalá me equivoque). Sin embargo, y tras dos obras bastante más mediocres, aquí vuelve a tomar un hecho sencillo, cercano, cotidiano y real como punto de partida para un análisis de nuestra propia esencia.

Su tema, el conflicto entre civilización y barbarie, un asunto tratado hasta la extenuación por algunas de las mejores novelas hispanoamericanas del siglo XIX -como la clásica Doña Bárbara-, rescatado por la narrativa europea ya en el XX gracias a la eclosión del existencialismo sartreano y al desarraigo de los primeros años de la posguerra española, y que aquí se retoma desde un planteamiento absolutamente europeísta, del siglo XXI y, podríamos decir, muy francés.

Estrenada en Zurich -el teatro en alemán sigue un paso por delante-, la obra se presenta llena de juegos de palabras, gags memorables, interpretaciones contenidas y moderadas (solo en el primer tercio), emociones gélidas, lenguaje política(supuesta)mente correcto y estallidos in crescendo para lucimiento de un cuarteto de actores en el que, cómo no, sobresalen ellas. Y, de nuevo, la Huppert -diva entre las divas-, que aunque a veces sobreactúe, se come el escenario y al público, haciendo una composición de su personaje meticulosa, creíble en su hipérbole, divertida en su tragedia cotidiana.

La trama, sencilla: los padres de Bruno se reúnen con los padre de Fernando, ya que este ha agredido a su hijo en el parque. Y a partir de aquí, su intento civilizado de conciliación da lugar a una vorágine de violencia entre las dos familias y, más aún, entre las parejas y hasta entre los diferentes sexos, hasta que caen las máscaras culturales y se plantea una lucha -dialéctica, vodevilesca- entre la cultura y el instinto.

No es Arte, desde luego. Pero sí es un texto interesante y que, con ironía e inteligencia, se acerca a nuestra ideología de celofán, a nuestro discurso de lo políticamente correcto, y -como afirma la misma Reza- a esa Jane Fonda que -nos guste o no- cohabita con John Wayne en nuestro interior.

6 comentarios:

Sisterboy dijo...

Como le dijo a Pi aplazo mi comentario hasta haber visto la pelicula

Anónimo dijo...

OK... Y cuándo nos cuentas con detalle el resto de cuestiones parisinas? Ya sabes que Ainhoa y yo somos todo orejas... :)
(Además, rabio -de ganas pero también de envidia- por ver esas fashoneces que enriquecerán tu ya nutrido y chic armario...).

¡Dejo la pelota en tu tejado! :-)


Klingsor

Mari dijo...

deberiamos salir de shopping usted y yo que usamos las mismas marcas.

Sobre el tema de la violencia estoy en estado crítico mi querido cinephilus. Ultimamente tengo tantas ganas de defenderme.

3'14 dijo...

jo! no he visto ninguna de las dos pelis, también volveré cuando las haya visto, por lo menos la de Bardem, que ganas le tengo... a la peli, bueno, y a él también ;)

vargtimen dijo...

Apoyo lo que dices sobre Lynch.
Hombre, la peli de los Coen es como un capítulo estirado del Coyote y el Correcaminos. Yo me lo pasé muy bien y el tramo final, aunque decepcionante, es una manera original de resolver la trama.
Josh Brolin y su bigote también se pasean por "En el valle de Elah" (además de Tommy Lee Jones y el Maurice de "Doctor en Alaska" que hace un cameo en las dos películas, que hay momentos en que no sabes cual de las dos estás viendo).
Respecto a Bardem, su personaje es lo que más se te queda grabado de la película, pero eso es mérito de los Coen (o del novelista) más que del intérprete, que el pobre ni gesticula.
Además, cada vez es más feo y se parece más a su madre...valga la redundancia.

¿Has visto "Barton Fink"?

Pep Duran dijo...

Hola
Por casualidad he llegado a tu blog. También he leido el original de "Le Dieu du Carnage" y leyendo me gustó muchísimo. No he podido no podré ir a Paris, pero ya tengo entradas para Londres, donde se va estrenar en marzo bajo el título de "God of the Carnage" con Ralph Fiennes en el papel del abogado padre del niño "agresor".