28.3.08

N21

Hacía tiempo que no veía tantos taxis libres en Madrid. Verdes, vacíos, hipotéticamente apetecibles. Y, sin embargo, no quería subirme a ninguno de ellos. Prefería apurar unos minutos más el aire nocturno de una ciudad que, con sus aristas y sus grietas, sigue siendo el lugar donde mejor me defino. Donde mejor me encuentro (si es que encontrarse es, como me gusta hacerlo, redefinirse a cada paso). Y allí, en una parada de autobús concurrida por todo tipo de cuerpos y miradas anónimas, he esperado pacientemente el búho que, en el fondo, estaba a punto de llegar. El N21 no ha tardado más que unos minutos, cinco, tal vez diez..., minutos suficientes para paladear -con el ipod a todo volumen- el flashback de las recientes cañas, el ballet, las risas, las críticas, las colas en la populista noche de los teatros (mejor inflar globos y regalar merchandising que ayudar de manera efectiva al teatro alternativo) y hasta las propuestas para solucionar un mundo que, cada uno a de los que estaba sentado en esa mesa, intentamos -en nuestra pequeña y cotidiana esfera- mejorar. Y al ritmo de esas cañas, de nuestras megalómanas propuestas para la mejora de la civilizacion y hasta de los comentarios sobre el ballet del no menos megalómano Duato, han salido palabras como ética profesional, responsabilidad individual, utopía, inconformismo o necesidad cultural. Palabras que no pretendían ser solemnes, que tan solo eran puntos de vista que, en esas cañas y en esta noche, volvían a resultar coincidentes.

Noche, jueves, Madrid. Sumo, mientras sigo esperando ese autobús, tres de mis coordenadas predilectas. Sobre todo si el jueves -este jueves noctámbulo- es preludio de un viernes de reencuentro, de sábanas deshechas, de maletas morbosas de bienvenida y miradas de absoluta complicidad. Y así, a las cañas del jueves, al Madrid construido de calles y de amigos de este jueves, se suma la presencia firme y apasionada de un viernes que tanto ansío a estas horas de la noche. Que, a su modo, habrá de dormir junto a mí lo que queda de noche.

Por eso hoy no podía subir a un taxi. Porque necesitaba esos minutos en la parada. Con mi música. Con mis pensamientos. Con mis deseos. Sentir el aire en el rostro y robar Madrid en una mirada que no apuntaba a sitio alguno, tan solo al instante. Y al futuro. Y a un mes de mayo que se acerca con la voraz euforia de todo lo que, de puro hermoso, de puro valiente, podría dar miedo. Pero no lo da. No puede provocar nada que no sea tan plácido -tan deseable- como este viento ya de primavera -aunque hablen del frío, o del invierno, o de los temporales que no me explico-, viento que acaricia las calles y los rincones que me constituyen en este inmenso puzzle de mis amigos, de Madrid y sus noches, de los jueves de cañas, de los viernes a medias.

26.3.08

La España de Azcona

La contundencia, el ingenio y la profundidad tragicómica -nunca pretenciosa- de sus guiones ya justificaría, por sí sola, su presencia en la historia de la mejor literatura española (visual, pero literatura al fin y al cabo) de la segunda mitad del siglo XX. Y por eso, en un blog con tanto amor por el cine como este, no puede faltar un homenaje al ayer desaparecido Rafael Azcona, uno de los grandes nombres de la cultura española del siglo XX, como atestiguan títulos como El verdugo, El pisito, Plácido, Belle Epoque o La escopeta nacional, bien ejecutados por la pericia de sus respectivos directores pero impensables sin el inmenso talento verbal y cinematográfico de este gran creador. Lástima que ayer el homenaje de TVE-1 -al menos hubo homenaje, algo es algo...- se basara en uno de sus últimos y no más brillantes guiones -La niña de tus ojos- en el que ni siquiera trabajó de modo autónomo, sino de manera coral. Supongo que, en estos tiempos de cutrerío televisivo, emitir en prime time dolorosas y lúcidas tragicomedias como Plácido o El verdugo debe considerarse un suicidio comercial. Lástima, sí, porque hay toda una generación que debe -y merece- conocer la intrahistoria de aquellos años como solo Azcona -con sus cómplices habituales, ya fueran Berlanga o Ferreri- supo contarla.

24.3.08

Una joya y un bodrio

Estas han sido unas vacaciones muy especiales. Muy diferentes. Iguales a las anteriores en la calidez de sus días, en la voracidad de sus noches y despertares o en los juegos morbosos -a dos, a tres- de algunas de sus tardes, pero distintas -sobre todo- en la continua sensación de ir contracorriente que, de lo más mínimo a lo más importante, ha presidido nuestro viaje a Niza y el regreso a Madrid. A contracorriente por el proyecto común que ahora comenzamos, que no es más que la progresión -lógica, intensa, ascendente- de una apuesta hecha hace ya siete años y que, de repente, nos presenta nuevos retos y nuevos alicientes, dejando que sigamos reinventándonos juntos y esquivando a una rutina que jamás consiguió alcanzarnos, aunque nuestro mundo no fuera convencional y eso despistara -escandalizara, incluso- a quienes no conciben más vidas que las estipuladas por la costumbre. A contracorriente también en lo diminuto, porque fue hermoso abandonar Madrid cuando casi nadie se había marchado aún para disfrutar de una Costa Azul a la que le debo el siguiente texto en este blog (demasiadas imágenes -colores, texturas- que disfrutar -y ordenar- aún en el recuerdo) y volver a esta ciudad cuando casi todos la habían abandonado ya. Y en esos días nos dedicamos al teatro, al cine, al dvd y a la lectura en casa. Vida cultural sin necesidad de grandes esperas porque Madrid parecía desierto aunque, en realidad, nunca lo esté. De esos días vagando felinos por la ciudad hoy selecciono dos extremos: una recomendación cinematográfica que todo el mundo debería ver... y una propuesta teatral que, honestamente, habría que evitar.

1. La joya: Auf der anderen Seite (Al otro lado)
En su momento, ya me gustó Contra la pared. Me interesó lo que contaba y la forma en que lo hacía. Sin embargo, poco queda de ese estilo narrativo -nervioso, visceral- en esta segunda obra, más madurada, más serena, más clásica de su director. En este caso, se nos plantea una estructura que parece influida por el (deshecho) tándem Iñárritu-Arriaga. Sin embargo, los elementos no se fuerzan hasta la extenuación, sino que el juego estructural permite ahondar en los temas y, sobre todo, en las emociones de cada uno de los personajes que viven en alguno de los dos lados que aborda la película. Lados y fronteras que se mezclan y fusionan hasta dejarnos con la duda y el interrogante de un marco espaciotemporal que tan solo dibujan las personas y no los idiomas ni las culturas. La película, aunque parte de una tesis sociopolítica (que, por otro lado, huye de moralismos o lecturas maniqueas), no se conforma solo con ese análisis de las relaciones entre Alemania y Turquía (lleno de apuntes interesantes), sino que profundiza en temas tan universales como la búsqueda de un sentido a la propia existencia (todos los personajes intentan, con mayor o menor fortuna hallar ese motivo, ese porqué) , la culpa y la posibilidad de redención, o los fantasmas en las relaciones entre padres e hijos (con una inmensa Hanna Schygulla que protagoniza una de las escenas más duras y memorables del filme). Sin embargo, y a pesar de la dureza realista de la propuesta, hay en ella esperanza y vías abiertas, lejos del tremendismo -para mi gusto, algo hiperbólico- de Babel y con una mayor confluencia de emociones. Una película extraordinaria que bien merece un hueco en la agenda de todo espectador curioso por el (buen) cine europeo y el (alentador) nuevo cine alemán.

2. El bodrio: El burlador de Sevilla, en la Abadía.
Hay obras que, supongo, no se saben leer. O si se leen, deben leerse mal, porque no puedo entender que un director de escena no encuentre en El burlador de Sevilla -una de las mejores de nuestro teatro del Siglo de Oro- suficientes elementos -temas, personajes, motivos, interpretaciones- como para poner en marcha una puesta en escena digna, inteligente, profunda, divertida, rítmica y transgresora sin necesidad de añadir elmentos chabacanos propios del humor de verbena . Últimamente, además, cada vez que acudo a un espectáculo de teatro clásico siento que me tratan como si tuviera diez u once años: ¿no se nos puede dar a los espectadores una mínima dimensión intelectual? ¿Deben contarse los textos clásicos como si todos fuésemos unos colegiales? ¿No se nos puede confiar una cierta partipación en la lectura del montaje? ¿Tan necesario es el chiste de brocha gorda y la ridiculización paródica?

Tampoco acabo de entender qué aporta en este pésimo montaje la inclusión de música reggae y el empleo de técnicas del circo y del cabaret que, lejos de aportar matices de humor sombrío o barroco al montaje, lo acercan a aquellos célebres payasos de la tele. El burlador, un actor de edad inapropiada y físico igualmente desafortunado, hace de histrión de principio a fin y su bufonización continua elude uno de los rasgos básicos del don Juan: su magnetismo. Sin esa cualidad, el mito no tiene sentido y en este caso, el magnetismo y la sensualidad brillan por su ausencia. Por mucho que se quiera presentar a don Juan como un bufón o que se desee desmitificar el mito, es preciso respetar -para luego esperpentizarlo- los rasgos básicos del personaje y un don Juan no seductor es, sinceramente, una estupidez. Además, la propuesta tampoco es sólida ni consistente, y aunque parece apostar por el teatro dentro del teatro, no sabe emplear los recursos apropiados para ello, aun cuando la literatura barroca le habría propuesto un sinfín de ocasiones y elementos para ello. Lamentablemente, una puesta en escena coherente y realmente moderna requiere mucho más interés, tiempo, creatividad y aliento que una simple mediocrización (perdonen el neologismo casi quevedesco) de la obra original, queriendo convencernos de que se bufoniza el texto cuando, en realidad, tan solo se destroza... El director, además, tiene el dudoso gusto de mostrarnos a don Juan vestido de bufón en la última escena por si acaso somos tan simples -o tan niños- que no hemos entendido su intelectualísima propuesta escéncia... Esta caricatura del personaje -porque no se puede hablar de esperpento cuando la deformación es tan cutre y ramplona, digna de un personaje de Aída- se hace extensible a los demás -el criado se vuelve aburrido y estático, las damas son lascivas pero no sensuales ni valientes, etc- y se arruina así cuanto momento lírico e intimista tiene la obra, por no hablar de la inefable aportación del convidado de piedra y su coreografía al más puro estilo Flanders (sí, el de los Simpsons), logrando que la escena clave del último acto pierda cuanto sentido pudiera tener o haber tenido jamás.

En cuanto a la supuesta modernidad del montaje, llama la atención la pobreza de movimientos: los personajes se limitan a beber y desnudarse, beber y desnudarse, beber y desnudarse..., y el único actor al que nos gustaría haber visto más sin camiseta solo se la quita una sola vez (lástima, porque su torso trabajado habría amenizado -al menos en un ápice- el sopor de la función). Pese a tanto desnudo -e incluso a una escena supuestamente transgresora de sexo oral en la barra del omnipresente bar-, la obra carece de sensualidad, de sexualidad, de auténtica fisicidad. Y sin esa sensualidad, sin esa sensación de que el sexo preside a todo y a todos en escena (y hasta en la platea), un burlador es poco menos que una mala imitación de Pocoyó, igual que todos los personajes que en él aparecen.

Los intentos de naturalizar el verso, por otro lado, dan pie a escenas tan deplorables como el monólogo de la pescadora, donde se intenta -tarde y mal- dignificar un personaje hermosísimo previamente vapuleado por la dirección y el concepto de la obra. Después de que se nos presenta su burla como un episodio de Escenas de matrimonio, se obliga a la actriz a recitar su texto de modo monótono y supuestamente intimista, intentando captar su emoción y hacer que esta traspase al verso, contagiándolo de la pena del personaje. Gracias a ese intento naturalista -propio de alguien que desconozca cualquier principio mínimo de declamación- se consigue que el monólogo quede inerte y vacío de su densísima carga poética y dramática.

Y ya puestos a vaciar del todo la obra, se incorporan coreografías propias de Los Lunies al son de temazos como Rivers of Babylon (sí, sí, la misma), se añaden personajes tan innecesarios como una maga que pone en escena elementos o personajes que no son capaces de aparecer por sí solos (como si de una mala parodia del mago de Scoop se tratase), o hasta se suman gags tan divertidos y creativos como una larga meada de don Juan en una coctelera, cuya gran duración arranca enormes carcajadas del respetable.

Personalmente, estoy cansado de ver montajes de alpargata y pandereta como este, comprobando una y otra vez que falta tanto imaginación como talento y, sobre todo, un mínimo respeto a textos que superan, con creces, las limitadas ideas de quienes los montan. Obviamente, cada texto requiere su visión y los clásicos, además, permiten un sinfín de interpretaciones, pero convertirlos en un entremés verbenero y simplista es, cuando menos, poco afortunado. Además de que en esa verbena se echó de menos un diseño de luces inexistente y que, si lo que se quería era un burlador cabaretero, habría ayudado a dar un mínimo empaque formal -y hasta sensorial- al deplorable conjunto. La semana que viene me espera el rey Lear..., confío en que este, al menos, no nos honre con otra meada en una coctelera, que con una por temporada, tengo de sobra.

21.3.08

Pobre Vania...

Ya de regreso de la Costa Azul... Pero mientras organizo las fotos de un viaje realmente extraordinario (tanto como todas nuestras escapadas, esas pequeñas o grandes fugas en las que dejamos en libertad nuestros ánimos viajeros), dejo aquí esta breve reseña de uno de esos montajes decepcionantes que, en este caso desde el Teatro María Guerrero, llenan nuestra cartelera: Tío Vania.

No me apasiona el mundo de Chejov. Evidentemente, se trata de uno de los grandes nombres del teatro universal y, sin su aportación -como la del teatro de autores como Ibsen o Strindberg-, sería díficil -por no decir imposible, comprender la evolución del género dramático a lo largo del siglo XX. Sin embargo, con la excepción de La Gaviota, sus obras no llegan a conmoverme, pues me resulta inevitable quedarme lastrado ante la extrema contundencia de su prosa -brillante pero excesivamente prolija en monólogos donde la sutileza y el silencio o la sugerencia son barridos por la palabra- y por la previsibilidad de sus conflictos, cuya resolución siempre es el mismo statu quo, en el que el movimiento de unos u otros personajes no aporta cambio alguno, ya que tanto quienes se marchan como quienes permanecen siguen sometidos al mismo yugo existencial. Me interesa, sin embargo, el retrato de esa angustia de personajes mediocres, mezquinos, atrapados en su cotidianidad y sin fuerzas para oponerse a ella, pero me agota la ausencia de seres que, con excepciones, rompan esa monotonía y se rebelen. En Tío Vania solo el personaje del doctor parece querer huir de las redes de esa vida mecánica y sin sentido, sin embargo, ni siquiera él huye del spleen ni del vacío existencial. Discutible, por supuesto, el sentido de las palabras que cierran la obra y que personalmente prefiero entender como una amarga y cínica parodia de la resignación cristiana, porque el "Hay que vivir" de Sonia poco tiene del "Hay que vivir" de Buero. Este último es un hay que vivir vitalista -en su Tragaluz, en su opresiva Escalera, tan próxima al mundo de Tío Vania-, mientras que el "Hay que vivir" de Sonia es un vitalismo cristiano, resignado, macilento: vivamos mal, pero vivamos, que en la otra vida se nos recompensará. Afortunadamente, la frase de Vania -Hay que afinar el piano- pone en jaque ese sentido bíblico tan pobre como pobres son las expectativas y el presente de los personajes.

El montaje que se nos ofrece en el María Guerrero a partir de esta obra cumbre -nos guste más o menos- de la literatura es, cuando menos, desafortunado. En primer lugar, resulta más que discutible la adaptación del texto, que traslada la acción al África colonial. Esta excusa le permite al director lucir un decorado verista, esmerado, carísimo e infrautilizado, además de incluir escenas que rozan el ridículo como el coro semi-gospel de los braceros que cierra la obra. A esta necesidad innecesaria de trasladar tiempos y espacios sin aportar nada nuevo ni interesante al tiempo y el espacio original, se suma una dirección plana, ramplona y absolutamente convencional que no va más allá de la lectura superficial del texto y que, por supuesto, no es capaz de solventar los problemas de ritmo que presentan los textos de Chejov. Así, el director consigue que la primera mitad de la obra se aproxime a la definición de lo simplemente soporífero, para despertarnos en la segunda mitad con una suerte de vodevil que confunde el humor negro de Chejov -su cinismo amargo y recalcitrante, lleno de poso filosófico- con escenas propias de los Quintero en África...

El reparto tampoco está mucho más inspirado que el director: mi admirada Emma Suárez interpreta su papel de forma un tanto errática y es obvio que no ha sido bien guiada ni dirigida, aunque ella aporte elegancia y algo de verdad a su creación (oficio y belleza no le faltan); Malena Alterio (sobrevalorada por la crítica en esta función) dota de mirada a su personaje, pero le entrega un halo de cursilería innecesario que roza lo ñoño y que poco tiene que ver con la mujer fuerte y trabajadora que interpreta; Frances Orella hace un doctor correcto pero nada magnético (imposible comprender la seducción que ejerce en la casa de tío Vania); y, por último, Enric Benavent nos regala uno de los más horrororos tíos Vanias que se recuerdan, con una interpretacion que recuerda a Quique Camoiras y que nada guarda del cinismo digno y amargo del personaje original. Los demás secundarios componen una galería de tipos entre freakies y desdibujados, más adecuados para un casting que Tienes talento que para una función de Chejov.

En definitiva, un montaje pretencioso y vacuo, donde la escenografía no puede batallar con la falta de ideas y, sobre todo, con la lectura obvia de un clásico que, honestamente, merecía un trabajo mucho más profundo y denso. Lo colonial, la verdad, se lo podían haber guardado para hacer una versión musical de Memorias de África que, visto lo visto, seguro que arrasaba en taquilla...

Y ahora, les dejo, que nos espera -con impaciencia- la previsiblemente interesante Auf der anderen Seite.

14.3.08

Madrid-Niza-Cannes

Al fin, las vacaciones. Y, en esta ocasión, se trata de unos días llenos de significado. Por lo que suponen y, sobre todo, por el momento -ya cada vez más cercano- al que anteceden. Un viaje a uno de esos destinos apacibles y cinéfilos -Cannes y Niza- que tantas veces he querido hacer y que, de nuevo, gracias a la magia del apasionado viajero con quien comparto vida e ilusiones se hace realidad. Un viaje para pensar en ese proyecto común que sigue creciendo, afianzándose y tomando nuevas aristas en un prisma siempre complejo y peno, como todo cuanto merece la pena, como todo cuanto me hace realmente feliz.

Antes de ese avión, de esa costa azul que espero que haga honor a su cromática denominación, las de esta semana han sido noches de cenas con amigos de diferentes entornos a los que el azar -camuflado en trabajo docente y trabajo editorial- tuvo la deferencia de poner en mi vida. Cenas de martes, de miércoles y de jueves en las que desgranar libros, referencias, anécdotas, caminos, curiosidades y posibilidades con personas a las que quiero y con las que me identifico. Cenas a las que siguieron copas, bailes y noches discotequeramente en vela -como ese rítmico martes con mis increíbles amigas del instituto- o que se cerraron a horas menos intempestivas con una copa plácida y cómplice en alguno de mis pubs y cafés predilectos de Madrid.

Y en medio de todo eso, incluida la vorágine de trabajo de las evaluaciones, del teatro, de los encargos editoriales..., no puedo controlar -no quiero controlar- una sensación de felicidad íntima, contagiosa, redonda como alguno de esos poemas de Guillén en mi tantas veces releído Cántico... Felicidad porque me gusta esta forma de vida, este compartir desde la identidad, esta sensación de libertad ante mis amigos -con mis amigos- y, sobre todo, con mi pareja. Deseando hacer hoy juntos la maleta, fugarnos una vez más y recorrer otra geografía que no es más que la excusa para ambientar el auténtico recorrido por nuestros cuerpos cobijados ante un paisaje nuevo, aun cuando los lugares que ocupen nuestra mente -y nuestro deseo- no se hallen fuera de las ventanas del hotel, sino que habitan fuertes -precisos y sinuosos, como un perfil de Schiele- dentro de nuestra piel. Aconvencionales, con un prefijo a que no indica negación sino rebeldía, olvido de lo normal y de lo anodino, de lo monocromo y de lo gris, antónimo de nada que no sea individual, real, crescente... Felicidad, sí, porque cuanto más camino hacia la entrega absoluta -esa que ya nos dimos y que, cada día, fortalecemos con mayor intensidad- más libre -más yo mismo- me siento.

6.3.08

Alcantarillas

Tras unas semanas absolutamente estresantes -pero también muy especiales- al fin puedo poner esto al día. Las funciones con mi grupo -que han sido un éxito-, los exámenes de mis alumnos y el trabajo editorial me han tenido más que ocupado estos últimos días... Por no hablar de (íntimas e importantísimas) novedades personales que, además de especialmente hermosas, también han exigido su tiempo para prepararlas como se merecen (Bulgari y Zegna incluidos...) Así que, en plena jornada electoral (ojalá los sondeos demoscópicos y demás encuestas acabadas en -ópicos que le dan la mayoría al PSOE se cumplan) Y aunque con retraso, comenzamos la actualización del blog con dos estrenos que bucean en diversos tipos de alcantarillas con propósitos igualmente heterogéneos...

1. Sweeney Todd
Decepcionante. Así puedo resumir mi experiencia con este musical en el que Tim Burton se pliega por completo ante la obra teatral y se limita a ponerla en escena con corrección pero sin un ápice de originalidad ni creatividad. De la pieza original desaparece por completo el sentido del humor y la obra se convierte en un musical previsible con canciones lóbregas -¿por qué se suprimió La balada de Sweeney Todd?- y un grupo de personajes que van desde lo prescindible a lo irrisorio, como el galán y la hija de Todd, dos secundarios que -francamente- son lamentables, cursis y anodinos (¿por qué la hija tiene esas cejas tan desagradables?). A destacar el trabajo de Alan Rickman, un sorprendente Borat y, sobre todo, de Helena Bonham Carter que, a pesar de ser una de las actrices que menos me gustan, hace un gran trabajo en este film. En cuanto a Depp, aparte de que su interpretación musical no es especialmente brillante (cantar, lo que se dice cantar, canta regular), su labor se sustenta en una mirada potente y una más que notable caracterización; sin embargo, este papel queda bastante lejos de su Ed Wood, donde sí hubiera merecido un Oscar que, en este caso, le habría quedado grande.

Se echa de menos el aliento de películas tan brillantes como La novia cadáver y llama la atención el tono encorsetado y arrítimico de una película que prometía ser uno de los grandes estrenos del año. Sin embargo, nada se añade al guión del musical original, ni a su puesta en escena. Evidentemente, la obra original parecía ajustarse a la estética burtoniana, pero esto no debería justificar la nula aportación de ideas que el director presta al libreto. Una adaptación fiel, desde luego, pero también insustancial, a la que alguna traición la habría salvado de la rutina de su desarrollo y de su puesta en escena. Ni siquiera se consigue salvar las lagunas del argumento -con giro final previsible sustentado en el personaje, mal trabado y peor caracterizado, de la mendiga-, cuya tesis básica -una versión muy particular de las ideas de Hobbes- resulta excesivamente pobre para sostener dos horas de filme. A cambio, destacaría los últimos quince minutos -los únicos brillantes y con ritmo- en los que Burton se convierte de nuevo en Burton.

2. La guerra de Charlie Wilson Pudo ser una gran película, pero ni el director ni los guionistas supieron rematar la jugada. Sin embargo, en este caso, el resultado superó mis expectativas y me divirtió sentarme ante un filme político -al menos un argumento interesante y una idea que va más allá del costumbrismo rancio y anacrónico del último cine español- en el que, además, se sabe analizar con cierto sarcasmo algunas de las claves de la política internacional made in USA. Evidentemente, podrían haber sido más valientes pero... ¿Cuántas películas comerciales y con gran prespuesto sobre un tema político tan reciente y controvertido imaginamos que podrían rodarse en países como el nuestro? ¿Es justo acusar de ausencia de autocrítica al cine norteamericano cuando el nuestro, aparte de la guerra civil, poco revisionismo histórico más ha hecho? Lejos nos quedan las valientes aportaciones del reciente cine alemán o hasta del cine francés, así que, en este caso, me parece demasiado fácil criticar una película que, de acuerdo, no evita el momento de la bandera y la condecoración, pero que sí apunta con crudeza la responsabilidad norteamericana en el ascenso del fundamentalismo islámico.

Los actores, correctos en sus papeles, juegan bien sus cartas, aunque me quedé con ganas de más Julia Roberts, quien, de nuevo, hace gala de su fotogenia y de su romance con las cámaras, aunque el guión le racanee escenas y la convierta en una secundaria muuuuy secundaria. Hanks, a quien no aguanto, cumple con su rol y está bien secundado por una producción correcta y con ritmo (incluyendo algunas escenas de comedia elegante y eficaz). Eso sí, les recomiendo que la vean en salas con un público que, al menos, tenga cara de haber leído el periódico una vez en su vida, porque a mí me tocó aguantar a una pareja que reaccionaba con un “¿pero de qué hablan?” cada vez que en pantalla aparecían palabras con una mínima carga política...

3. Euro¿qué?
No estaba previsto, pero tras la elección pre-eurovisiva de ese horror de ¿canción? cuyo nombre me niego a reproducir, no puedo dejar de asomarme a esta tercera alcantarilla ¿musical? que, gracias a TVE, ha llegado a sus mayores cotas de estupidez y cutrerío. Anoche, afortunadamente, no pude ver este glorioso especial, ya que el finde ha estado protagonizado por dos cenas estupendas muy diferentes pero igualmente brillantes en cuanto a lugar, menú y compañía, así que me he tenido que conformar con ver hoy, en plena sesión de gym, la reposición de una catástrofe televisiva que presentaba (o algo así) la Carrá, mientras un montón de energúmenos gritaban a favor y en contra de los freaks asistentes (con todos mis respetos para La Casa Azul, que no sé si se habrán arrepentido de haber participado con su buena música en semejante festival...). Por lo demás, me provoca bastante aburrimiento y desazón vivir en un país tan cutre donde triunfan Aida, Escenas de matrimonio y este tipejo nacido del -cada vez menos ácido e interesante- show de Buenafuente. Confundir el sentido del humor con la astracanada es algo habitual por estos lares -que se lo digan a Valle-Inclán, barrido del panorama teatral de su tiempo por autores más que menores- y, francamente, no acabo de entender el gusto nacional por lo cutre, lo casposo y lo rancio. Ver a este individuo haciendo el ganso me recordaba las películas de Ozores o los peores sketches de Noche de fiesta. Supongo que ese es el humor que nos llega y para el que estamos preparados... Lástima que no resuciten los Quintero: en estas alcantarillas de nuestra cultura, seguro que -como ya hicieron en su tiempo- se forrarían.