21.3.08

Pobre Vania...

Ya de regreso de la Costa Azul... Pero mientras organizo las fotos de un viaje realmente extraordinario (tanto como todas nuestras escapadas, esas pequeñas o grandes fugas en las que dejamos en libertad nuestros ánimos viajeros), dejo aquí esta breve reseña de uno de esos montajes decepcionantes que, en este caso desde el Teatro María Guerrero, llenan nuestra cartelera: Tío Vania.

No me apasiona el mundo de Chejov. Evidentemente, se trata de uno de los grandes nombres del teatro universal y, sin su aportación -como la del teatro de autores como Ibsen o Strindberg-, sería díficil -por no decir imposible, comprender la evolución del género dramático a lo largo del siglo XX. Sin embargo, con la excepción de La Gaviota, sus obras no llegan a conmoverme, pues me resulta inevitable quedarme lastrado ante la extrema contundencia de su prosa -brillante pero excesivamente prolija en monólogos donde la sutileza y el silencio o la sugerencia son barridos por la palabra- y por la previsibilidad de sus conflictos, cuya resolución siempre es el mismo statu quo, en el que el movimiento de unos u otros personajes no aporta cambio alguno, ya que tanto quienes se marchan como quienes permanecen siguen sometidos al mismo yugo existencial. Me interesa, sin embargo, el retrato de esa angustia de personajes mediocres, mezquinos, atrapados en su cotidianidad y sin fuerzas para oponerse a ella, pero me agota la ausencia de seres que, con excepciones, rompan esa monotonía y se rebelen. En Tío Vania solo el personaje del doctor parece querer huir de las redes de esa vida mecánica y sin sentido, sin embargo, ni siquiera él huye del spleen ni del vacío existencial. Discutible, por supuesto, el sentido de las palabras que cierran la obra y que personalmente prefiero entender como una amarga y cínica parodia de la resignación cristiana, porque el "Hay que vivir" de Sonia poco tiene del "Hay que vivir" de Buero. Este último es un hay que vivir vitalista -en su Tragaluz, en su opresiva Escalera, tan próxima al mundo de Tío Vania-, mientras que el "Hay que vivir" de Sonia es un vitalismo cristiano, resignado, macilento: vivamos mal, pero vivamos, que en la otra vida se nos recompensará. Afortunadamente, la frase de Vania -Hay que afinar el piano- pone en jaque ese sentido bíblico tan pobre como pobres son las expectativas y el presente de los personajes.

El montaje que se nos ofrece en el María Guerrero a partir de esta obra cumbre -nos guste más o menos- de la literatura es, cuando menos, desafortunado. En primer lugar, resulta más que discutible la adaptación del texto, que traslada la acción al África colonial. Esta excusa le permite al director lucir un decorado verista, esmerado, carísimo e infrautilizado, además de incluir escenas que rozan el ridículo como el coro semi-gospel de los braceros que cierra la obra. A esta necesidad innecesaria de trasladar tiempos y espacios sin aportar nada nuevo ni interesante al tiempo y el espacio original, se suma una dirección plana, ramplona y absolutamente convencional que no va más allá de la lectura superficial del texto y que, por supuesto, no es capaz de solventar los problemas de ritmo que presentan los textos de Chejov. Así, el director consigue que la primera mitad de la obra se aproxime a la definición de lo simplemente soporífero, para despertarnos en la segunda mitad con una suerte de vodevil que confunde el humor negro de Chejov -su cinismo amargo y recalcitrante, lleno de poso filosófico- con escenas propias de los Quintero en África...

El reparto tampoco está mucho más inspirado que el director: mi admirada Emma Suárez interpreta su papel de forma un tanto errática y es obvio que no ha sido bien guiada ni dirigida, aunque ella aporte elegancia y algo de verdad a su creación (oficio y belleza no le faltan); Malena Alterio (sobrevalorada por la crítica en esta función) dota de mirada a su personaje, pero le entrega un halo de cursilería innecesario que roza lo ñoño y que poco tiene que ver con la mujer fuerte y trabajadora que interpreta; Frances Orella hace un doctor correcto pero nada magnético (imposible comprender la seducción que ejerce en la casa de tío Vania); y, por último, Enric Benavent nos regala uno de los más horrororos tíos Vanias que se recuerdan, con una interpretacion que recuerda a Quique Camoiras y que nada guarda del cinismo digno y amargo del personaje original. Los demás secundarios componen una galería de tipos entre freakies y desdibujados, más adecuados para un casting que Tienes talento que para una función de Chejov.

En definitiva, un montaje pretencioso y vacuo, donde la escenografía no puede batallar con la falta de ideas y, sobre todo, con la lectura obvia de un clásico que, honestamente, merecía un trabajo mucho más profundo y denso. Lo colonial, la verdad, se lo podían haber guardado para hacer una versión musical de Memorias de África que, visto lo visto, seguro que arrasaba en taquilla...

Y ahora, les dejo, que nos espera -con impaciencia- la previsiblemente interesante Auf der anderen Seite.

1 comentario:

SisterBoy dijo...

De la obra dramática de Chejov sólo conozco un par de adaptaciones cinematográficas precisamente de Tio Vania (incluida la imprescindible "Vania en la calle 42" de Louis Malle). Algún día leere "La Gaviota" pero mientras tanto me conformo con sus relatos cortos.

Por cierto me ha dicho mi hermano que muy pronto se a representar en Madrid una adaptación teatral de "Bartleby el escribiente" de H. Melville, Si vas no dejes de decirnos que tal está