24.3.08

Una joya y un bodrio

Estas han sido unas vacaciones muy especiales. Muy diferentes. Iguales a las anteriores en la calidez de sus días, en la voracidad de sus noches y despertares o en los juegos morbosos -a dos, a tres- de algunas de sus tardes, pero distintas -sobre todo- en la continua sensación de ir contracorriente que, de lo más mínimo a lo más importante, ha presidido nuestro viaje a Niza y el regreso a Madrid. A contracorriente por el proyecto común que ahora comenzamos, que no es más que la progresión -lógica, intensa, ascendente- de una apuesta hecha hace ya siete años y que, de repente, nos presenta nuevos retos y nuevos alicientes, dejando que sigamos reinventándonos juntos y esquivando a una rutina que jamás consiguió alcanzarnos, aunque nuestro mundo no fuera convencional y eso despistara -escandalizara, incluso- a quienes no conciben más vidas que las estipuladas por la costumbre. A contracorriente también en lo diminuto, porque fue hermoso abandonar Madrid cuando casi nadie se había marchado aún para disfrutar de una Costa Azul a la que le debo el siguiente texto en este blog (demasiadas imágenes -colores, texturas- que disfrutar -y ordenar- aún en el recuerdo) y volver a esta ciudad cuando casi todos la habían abandonado ya. Y en esos días nos dedicamos al teatro, al cine, al dvd y a la lectura en casa. Vida cultural sin necesidad de grandes esperas porque Madrid parecía desierto aunque, en realidad, nunca lo esté. De esos días vagando felinos por la ciudad hoy selecciono dos extremos: una recomendación cinematográfica que todo el mundo debería ver... y una propuesta teatral que, honestamente, habría que evitar.

1. La joya: Auf der anderen Seite (Al otro lado)
En su momento, ya me gustó Contra la pared. Me interesó lo que contaba y la forma en que lo hacía. Sin embargo, poco queda de ese estilo narrativo -nervioso, visceral- en esta segunda obra, más madurada, más serena, más clásica de su director. En este caso, se nos plantea una estructura que parece influida por el (deshecho) tándem Iñárritu-Arriaga. Sin embargo, los elementos no se fuerzan hasta la extenuación, sino que el juego estructural permite ahondar en los temas y, sobre todo, en las emociones de cada uno de los personajes que viven en alguno de los dos lados que aborda la película. Lados y fronteras que se mezclan y fusionan hasta dejarnos con la duda y el interrogante de un marco espaciotemporal que tan solo dibujan las personas y no los idiomas ni las culturas. La película, aunque parte de una tesis sociopolítica (que, por otro lado, huye de moralismos o lecturas maniqueas), no se conforma solo con ese análisis de las relaciones entre Alemania y Turquía (lleno de apuntes interesantes), sino que profundiza en temas tan universales como la búsqueda de un sentido a la propia existencia (todos los personajes intentan, con mayor o menor fortuna hallar ese motivo, ese porqué) , la culpa y la posibilidad de redención, o los fantasmas en las relaciones entre padres e hijos (con una inmensa Hanna Schygulla que protagoniza una de las escenas más duras y memorables del filme). Sin embargo, y a pesar de la dureza realista de la propuesta, hay en ella esperanza y vías abiertas, lejos del tremendismo -para mi gusto, algo hiperbólico- de Babel y con una mayor confluencia de emociones. Una película extraordinaria que bien merece un hueco en la agenda de todo espectador curioso por el (buen) cine europeo y el (alentador) nuevo cine alemán.

2. El bodrio: El burlador de Sevilla, en la Abadía.
Hay obras que, supongo, no se saben leer. O si se leen, deben leerse mal, porque no puedo entender que un director de escena no encuentre en El burlador de Sevilla -una de las mejores de nuestro teatro del Siglo de Oro- suficientes elementos -temas, personajes, motivos, interpretaciones- como para poner en marcha una puesta en escena digna, inteligente, profunda, divertida, rítmica y transgresora sin necesidad de añadir elmentos chabacanos propios del humor de verbena . Últimamente, además, cada vez que acudo a un espectáculo de teatro clásico siento que me tratan como si tuviera diez u once años: ¿no se nos puede dar a los espectadores una mínima dimensión intelectual? ¿Deben contarse los textos clásicos como si todos fuésemos unos colegiales? ¿No se nos puede confiar una cierta partipación en la lectura del montaje? ¿Tan necesario es el chiste de brocha gorda y la ridiculización paródica?

Tampoco acabo de entender qué aporta en este pésimo montaje la inclusión de música reggae y el empleo de técnicas del circo y del cabaret que, lejos de aportar matices de humor sombrío o barroco al montaje, lo acercan a aquellos célebres payasos de la tele. El burlador, un actor de edad inapropiada y físico igualmente desafortunado, hace de histrión de principio a fin y su bufonización continua elude uno de los rasgos básicos del don Juan: su magnetismo. Sin esa cualidad, el mito no tiene sentido y en este caso, el magnetismo y la sensualidad brillan por su ausencia. Por mucho que se quiera presentar a don Juan como un bufón o que se desee desmitificar el mito, es preciso respetar -para luego esperpentizarlo- los rasgos básicos del personaje y un don Juan no seductor es, sinceramente, una estupidez. Además, la propuesta tampoco es sólida ni consistente, y aunque parece apostar por el teatro dentro del teatro, no sabe emplear los recursos apropiados para ello, aun cuando la literatura barroca le habría propuesto un sinfín de ocasiones y elementos para ello. Lamentablemente, una puesta en escena coherente y realmente moderna requiere mucho más interés, tiempo, creatividad y aliento que una simple mediocrización (perdonen el neologismo casi quevedesco) de la obra original, queriendo convencernos de que se bufoniza el texto cuando, en realidad, tan solo se destroza... El director, además, tiene el dudoso gusto de mostrarnos a don Juan vestido de bufón en la última escena por si acaso somos tan simples -o tan niños- que no hemos entendido su intelectualísima propuesta escéncia... Esta caricatura del personaje -porque no se puede hablar de esperpento cuando la deformación es tan cutre y ramplona, digna de un personaje de Aída- se hace extensible a los demás -el criado se vuelve aburrido y estático, las damas son lascivas pero no sensuales ni valientes, etc- y se arruina así cuanto momento lírico e intimista tiene la obra, por no hablar de la inefable aportación del convidado de piedra y su coreografía al más puro estilo Flanders (sí, el de los Simpsons), logrando que la escena clave del último acto pierda cuanto sentido pudiera tener o haber tenido jamás.

En cuanto a la supuesta modernidad del montaje, llama la atención la pobreza de movimientos: los personajes se limitan a beber y desnudarse, beber y desnudarse, beber y desnudarse..., y el único actor al que nos gustaría haber visto más sin camiseta solo se la quita una sola vez (lástima, porque su torso trabajado habría amenizado -al menos en un ápice- el sopor de la función). Pese a tanto desnudo -e incluso a una escena supuestamente transgresora de sexo oral en la barra del omnipresente bar-, la obra carece de sensualidad, de sexualidad, de auténtica fisicidad. Y sin esa sensualidad, sin esa sensación de que el sexo preside a todo y a todos en escena (y hasta en la platea), un burlador es poco menos que una mala imitación de Pocoyó, igual que todos los personajes que en él aparecen.

Los intentos de naturalizar el verso, por otro lado, dan pie a escenas tan deplorables como el monólogo de la pescadora, donde se intenta -tarde y mal- dignificar un personaje hermosísimo previamente vapuleado por la dirección y el concepto de la obra. Después de que se nos presenta su burla como un episodio de Escenas de matrimonio, se obliga a la actriz a recitar su texto de modo monótono y supuestamente intimista, intentando captar su emoción y hacer que esta traspase al verso, contagiándolo de la pena del personaje. Gracias a ese intento naturalista -propio de alguien que desconozca cualquier principio mínimo de declamación- se consigue que el monólogo quede inerte y vacío de su densísima carga poética y dramática.

Y ya puestos a vaciar del todo la obra, se incorporan coreografías propias de Los Lunies al son de temazos como Rivers of Babylon (sí, sí, la misma), se añaden personajes tan innecesarios como una maga que pone en escena elementos o personajes que no son capaces de aparecer por sí solos (como si de una mala parodia del mago de Scoop se tratase), o hasta se suman gags tan divertidos y creativos como una larga meada de don Juan en una coctelera, cuya gran duración arranca enormes carcajadas del respetable.

Personalmente, estoy cansado de ver montajes de alpargata y pandereta como este, comprobando una y otra vez que falta tanto imaginación como talento y, sobre todo, un mínimo respeto a textos que superan, con creces, las limitadas ideas de quienes los montan. Obviamente, cada texto requiere su visión y los clásicos, además, permiten un sinfín de interpretaciones, pero convertirlos en un entremés verbenero y simplista es, cuando menos, poco afortunado. Además de que en esa verbena se echó de menos un diseño de luces inexistente y que, si lo que se quería era un burlador cabaretero, habría ayudado a dar un mínimo empaque formal -y hasta sensorial- al deplorable conjunto. La semana que viene me espera el rey Lear..., confío en que este, al menos, no nos honre con otra meada en una coctelera, que con una por temporada, tengo de sobra.

3 comentarios:

SisterBoy dijo...

Me gustó mucho "Contra la pared" no porque piense que sea una buena pelicula, que no lo pienso, sino porque quede totalmente conquistado por su pareja protagonista. Esta lamentablemente no la han estrenado aqui pero no pierdo la esperanza de verla. Si tal cosa sucede ya te contaré

Cinephilus dijo...

De acuerdo contigo en Contra la pared, Sisterboy. Ya verás como esta segunda película es, cinematográficamente, muuuuuucho mejor.

Arual dijo...

Se hablan tantas maravillas del cine de Fatih Akin que ya hace tiempo que tengo ganas de hincarle el diente, o mejor dicho los ojos, a alguna de sus películas. Aquí tampoco han estrenado ninguna de ellas pero siempre hay métodos alternativos para conseguirlas. Me apunto la recomendación.
Por otro lado celebro que el viaje fuera tan bien, volvisteis pronto y disfrutasteis de la ciudad tranquila, eso sí que vale la pena y es un lujo poder hacerlo. Yo que me crié en un sitio pequeño y que vivo en una ciudad pequeña creo que sólo sería feliz en una ciudad grande en días así. Los agobios me matan, que le voy a hacer. Aunque reconozco que tiene sus ventajas, claro está.
Besotes!